El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Cajas de cartón, papel de embalar, grafito y dibujo cerámico para representar un país

portada

En torno a la exposición «Conexiones» que reúne piezas de
Adolfo Morales «Formas que el fuego acarició»
y de
Javier Rondón «La línea y el fragmento»
en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía Bermúdez.

Un funambulista con la luna hecha pedazos y el corazón sangrante junto a un malabarista que hace equilibrio de cabeza sobre una vieja silla de Viena a la que se le partió una pata y parece desvanecerse en el espacio.

javi12Imágenes que al verlas en el contexto del conjunto piezas que nos presenta Javier Rondón en la exhibición «Conexiones», en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía Bermúdez, Camlb, parecen cobrar un significado más allá del aparente desamor o despecho que pudo haber hecho trizas luna y corazón del artista circense o del tono lúdico y mágico del equilibrista.

Logra Javier Rondón, con esta muestra, meter el dedo en la llaga. Nos desgarra las vísceras, nos remueve el dolor en gerundio del desarraigo y la constante búsqueda de pertenencia en los que, desde hace algunos años, nos movemos los venezolanos.

En el contexto de la exhibición, el funambulista —como muchos venezolanos— tiene el corazón tan herido y sangrante como nuestro gentilicio y la luna destrozada como nuestra cotidianidad en la que, como el equilibrista, hacemos malabares para sobrevivir asiéndonos a unas bases que, como su silla, se desvanece y desguaza. Así, tratamos con insistencia de sanar el corazón y recomponer la luna a partir de los trozos desperdigados.

Los dos personajes nos introducen en un mundo donde los héroes que hicieron historia patria han sido deconstruídos, se rompen en pedazos, se desconchan, como nuestras ciudades. Parecen esfumarse dejando javi13apenas trozos sobre los cuales habrá que reconstuir, enraizar. Héroes y país, se hacen trizas en las expertas manos que con maestría se valen de la belleza y el arte para denunciar, obligándonos a buscar entre los pliegues de las vestimentas de bronce, a juntar los pedazos disgregados, a zurcir y a tejer, a juntar, remendar y coser —como diría Faitha Nahmens—, en un afán agotador por reconocer país e historia como propios.

El dolor nos embala, nos empaca. La diáspora se refleja en cajas y sellos postales. Como los héroes y las ciudades, las familias se desmoronan. Los hijos se van, se han ido. Se están yendo. Y aquella lejana e inverosímil realidad africana de las pateras se nos hace tan cotidiana que el viaje de un niño desde el norte de África, metido de contrabando en España —encogido hasta doler los huesos— dentro de una maleta, la sentimos como nuestra. Posible. Cercana.

Nos buscamos entre viejos ladrillos para reconocernos. Y como en las «Cabezas consteladas»  del artista, dormimos bajo un cielo de estrellas que se tornan en púas oxidadas de un alambre en nuestras pesadillas y que, durante la vigilia, nos sentimos vivir atados con el oxidado y punzante alambre que nos puede herir.

javi23Pero el artista no nos deja con la desazón y el desconsuelo. Dentro de esa cachetada de realidad, nos recuerda que Venezuela ha tenido y tiene gente,  como Oscar D’Empaire, como Josúe Colina —amigo ido a destiempo a otro plano, a cuya memoria dedican la muestra—, creadores como el mismo Javier Rondón o el ceramista Adolfo Morales —quien acompaña a Rondón es esta exhibición con sus instalaciones de sensuales crisálidas y árboles de cerámica, ahumados y bruñidos—, gente que también hace país y a la que nos aferramos para sentir que no todo está perdido y que la patria, la que portamos en el alma más allá de la prostituida en propagandas oficiales, es recuperable. Gente que nos habla de una posible salvación.

Se vale Javier Rondón de elementos simples, cotidianos, efímeros, para narrarnos su discurso de desarraigo. Una caja rota de cartón, un pliego de papel de embalar, un lápiz o un creyón de grafito, unos ladrillos viejos recuperados, un alambre oxidado de púas, unidos a la maestría en el manejo del dibujo cerámico, son javi9suficientes para parir esas hermosas piezas que nos hacen quedar sin aliento y con el vientre transido.

Termina la visita y las imágenes duelen en el plexo solar. A dos cuadras, unos semáforos que miran a ningún lado y desubican más que señalizar; la arbitrariedad de un autobusero que para en mitad de la vía en el canal rápido a cargar y descargar pasajeros parando el tráfico del domingo;  las montañas de basura que crecen donde debería haber un paso de peatones o un cruce, nos confirman el extrañamiento, el desarraigo, nos reiteran el desmoronamiento representado en las piezas de arte que acabamos de contemplar.

El gentilicio se encoge nuevamente y un mensaje de whatsapp nos advierte que la realidad es más cruel aún:

«Hay papel tualé todavía y poca gente. ¡Venite!»

Dice la amiga del supermercado. Aceleramos. Debemos llegar antes de que cierre el comercio o de que se acabe el papel higiénico.

Esfuerzo vano. Ya los rollos del tesoro se agotaron.

Pero, como en la muestra del museo, una pequeña luz se filtra como promesa a través de una grieta. Cual mago que saca un conejo de la chistera, la amiga extrae un paquete de doce rollos que tenía reservados para ella y «porque le da la gana» me los cede.

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Venezuela en un cuadro

arte popular4

La depresión no pasa. Crece y se prolonga como crecen y se prolongan las colas y los comercios asediados, acosados por un régimen empeñado en acabar con toda iniciativa productiva.

Uno trata de evadirse pero la realidad lo persigue. Se conecta a las redes para desconectarse, sale a pasear, trata de no pensar en esta absurda y cruel realidad que nos ha tocado vivir pero no hay manera. Cuando juegas con fotos para no pensar y subes una de amor y amistad al Facebook, la realidad se te cuela en un link a un triste video de un comerciante árabe que llora mientras es detenido tratando de explicar que no puede vender su mercancía calculando el dólar a 6,30 porque la compró con dólar a 60,00 y, muy probablemente, tendrá que reponerla con dólar a 68,00, si es que decide continuar con su negocio.

El paseo se convierte en una tortura, las colas se dispersan por todas partes. La gente parece agua que se desborda. A las ya acostumbradas hileras de gente frente a supermercados para tratar de pescar un kilo de leche o un litro de aceite, se le suman la nuevas, las desatadas al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”. Frente a las tiendas de electrodomésticos, frente a Traki, a Zara, a Epa… el río de gente en frenética onda consumista se reúne para aprovechar la rebatiña. Uno no deja de sorprenderse ante semejante furor consumista propiciado por un régimen que se autocalifica como comunista.

La locura consumista desatada por el desafortunado llamado de Nicolás Maduro es tal, que la gente ni siquiera se percata de que, en muchos casos, están haciendo colas de hasta cinco horas para comprar al mismo precio que estaba la mercancía antes del desatino de Nicolás. Otros, después de horas en la hilera entran con 10 mil bolívares a pretender comprar un aire que está en 18 mil. Dan una vuelta y salen con las manos vacías y la decepción y el cansancio en el rostro.

“¡Que no quede nada en los anaqueles!” resultó ser la mejor promoción, el mejor slogan, que le pudieron haber hecho a muchos comerciantes. Sus anaqueles quedaron vacíos sin bajarle ni un bolívar a sus productos.

Junto a los engañados y los ilusos, se apuestan a las puertas de los establecimientos los aprovechadores de siempre. Esos que ven en este festín la gran oportunidad de hacerse con arte popular7mercancía a precios de gallina flaca para luego aprovechar de revenderla a precios de oro cuando la escasez que se avizora haga su entrada triunfal y el mercado negro en ciernes se termine de configurar. Otros, compran para llevar esa mercancía a Colombia y obtener millonarias ganancias con poco esfuerzo. Solo unas horas de cola y una buena mordida a los Guardias de la frontera. Muy poco esfuerzo para tan jugoso negocio.

Definitivamente, la evasión no es posible. Por donde uno meta la cabeza, la realidad lo cachetea con fuerza. Una imagen de una torta de chocolate y fresas en Facebook, colgada para endulzar el triste día, termina siendo un rosario de lamentaciones sobre política.

La vecina me cuenta que a muchas de las empresas que hoy obligan a vender a precios rebajados, según lo contó alguien cercano al régimen, efectivamente recibieron divisas a precios preferenciales. Nada nuevo en realidad. Todos sabemos como muchos empresarios terminaron adquiriendo dólares preferenciales a través de empresas de maletín, en contubernio con gente del régimen que se llevaba su buena tajada por adjudicar esos dólares. Ninguno de esos dueños de empresas son los que están detenidos en este momento. Solo los gerentes y encargados de las tiendas parecen tener que responder con la privativa de libertad. Todo hecho arbitrariamente, obviando la presunción de inocencia y el debido proceso. ¿Acaso esos gerentes y encargados de tiendas fueron los que se enriquecieron con las divisas preferenciales?

Llego a mi casa, aturdido luego de una semana agobiante de depresión y angustia y solo da vueltas en mi cabeza la imagen de un cuadro de Nabor Terán que vi en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía arte popular5Bermúdez.

Fue el 24 de octubre, día de fiesta y asueto regional. En las salas altas del CAM, se exhibían las piezas de la colección del Museo de Arte Popular Salvador Valero de Trujillo. Una interesante colección con lo más representativo de la imaginería popular venezolana. Una delicia de exhibición en la que la imagen de “La revolución por la torta en Venezuela”, de Terán, una pieza ensamblaje en relieve de 2002, se quedó fijada en mi mente como una alegoría de la Venezuela actual y que en estos días de delirio consumista “revolucionario”, me asalta a cada instante.

Vi la obra de Terán, justo después de un desagradable recorrido por la nave central del Centro de Arte donde se desarrollaba la Fería del Libro, un evento que repugnaba por la palurda propaganda del régimen que abundaba por todas partes con afiches de Nicolás y del difunto dispuestos en los paneles de los stands. Una vergonzosa muestra de la viveza de quienes detentan el poder.

El cuadro de Terán, en ese contexto, resultaba aún más elocuente de lo que de por sí es: En la parte inferior central, se ubica un pastel. A sus lados, una hilera de roedores negros con boinas rojas y manchas blancas, a la izquierda. Otra hilera, de ratas blancas con banderines, a la derecha. Ambos grupos se ven dispuestos a atacar a dentelladas, sin compasión, el pastel en medio de la calle. En la esquina superior izquierda, un hombre solitario -¿tú? ¿Yo? ¿Bolívar?- de espaldas a un ave se pregunta: “Dónde están presos los corruptos”.

Del lado de las ratas negras con boinas rojas, un texto reza: “Quién pudiera comer uvas y no clavos… Tenemos manchas blancas porque el cáncer se pega…”.

Leo  la inscripción y corro una vez más a ver la fecha de la realización del cuadro: “2002”, diez arte popular6años antes de que nos enterásemos que Chávez, el padre de todo este desastre, moriría de la fatal enfermedad. ¿Una premonición?

Entre el pastel y las ratas blancas con banderines, otra inscripción reza: “¿Ustedes quieren la patria o la torta? ¡La torta! ¿Por qué? por ella somos millonarios a costas de mentiras nosotras vivimos felices. Cuando se muere un tonto, nace un penal… ¡Sigan botando!”.

Es arte popular. Es arte ¿ingenuo? Es un cuadro desgarrador que nos retrata tan literalmente que no puedo dejar de pensar en él con la piel erizada cuando veo lo que nos pasa y avizoro lo que nos vendrá.

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