El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivar para el mes “junio, 2013”

Humor ilegítimo

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Debo confesar que, por mucho tiempo, incluso desde mucho antes de que el hoy difunto presidente pasara a mejor vida, sospeché de que se habían vendido al régimen, Estaba casi seguro de que los humoristas del país, en vista de la escasez de espacios, de la censura y la autocensura, habían terminado por vender su arte y creatividad al Socialismo de Siglo XXI.

De verdad, no los culpaba. No es difícil comprender que ellos también comen, tienen familia qué mantener, colegios qué pagar, multas eléctricas qué cancelar, si no quieren que la intermitente oscuridad se les torne permanente. Por muy buen humor que tengan, tienen que pagar al buhonero de la esquina la Harina Pan a 50 bolos y el azúcar a 20 el kilo. O sea, como todos los que no estamos inscritos en una Misión del gobierno, si no trabajan, no comen y, si lo único que saben hacer es humor y, en este país, el omnipotente régimen es el único que da empleo, ¿qué les quedaba? O se vendían al régimen, o sucumbían a la “insiforia”, vieja palabra maracucha que denota la más absoluta ruina y que, por más que pase de moda, es la que mejor expresa esa sensación de pobreza extrema. Porque, por ejemplo, no es lo mismo decir “el chavismo dejó el país en ruinas” que “El chavismo dejó el país en la insiforia”.

En fin, ¿quién podría señalar a Laureano Márquez, a Claudio Nazoa, a Emilio Lovera, a los del Chigüire Bipolar o a Rayma si, para poder comprar 4 rollos de papel tualé, a escondidas en el chino de la cuadra a 90 bolívares, más guillaos que quien compra droga, se vieran forzados a escribir los guiones a los ministros y al supuesto presidente? No sería yo quien tirase la primera piedra. Leía, oía y callaba. Aunque cada vez, reía menos.

Pero, resulta que, cuando ya estaba absolutamente convencido de mi teoría, la hermana, del cuñado, de la prima de un amigo cuyo hijo está en el mismo hogar de cuidado diario a donde lleva a su peque Rosita, la señora que le plancha los boxers a Laureano, -sí, sí. No se asombren. No creerán ustedes que Laureano con esa cara de social cristiano que se gasta va a usar slip o hilo y, mucho menos que, tan Opus como se ve, como buen copeyano, se pondrá los boxers sin plancharlos-.

Bueno, pues mi amiga me chismeó que Rosita, la doñita de la plancha, contó de la desesperación en la que entró el humorista cuando vio la noticia que daba cuenta de que Nicolás había dicho que Chávez al momento de morir “No tenía casa, ni carro. La pensión que le daban, la donaba a los pobres. Él hizo un voto de pobreza”. 

-¡No puede ser! Esto era “Pobre de toda santidad”, mi columna para este viernes en Tal cual, -dice Rosita que se quejaba el humorista, batuqueando el periódico hacia el cielo-. ¿Cómo pudieron, de nuevo, fusilarse un texto que ni siquiera he publicado? Ahora, ¿qué escribo para el periódico?

Contaba la mujer que ya antes le había visto una crisis parecida cuando Laureano vio que denunciaban desde el gobierno que la oposición había comprado por docenas aviones de guerra. El hombre, furibundo, se pasaba la mano por la cabeza con frenesí y decía con ojos llorosos y cabellos erizados, como si hubiese metido los dedos en un tomacorriente o se peinara con triqui-traquis:

-Estos desgraciados tienen que haberme hackeado el computador. No solo me vigilan e intervienen el teléfono sino que también el computador me lo tienen controlado. No hay otra explicación para que se filtrara mi columna sobre los aviones antes de que la publicara  en Tal Cual.

A partir de ese día, a Laureano, por más que quiere escribir con humor, solo le salen textos tristes y dramáticos que no hacen sonreír a nadie.

Cuentan que algo similar le pasó a Claudio Nazoa cuando escuchó que Nicolás decía “Nosotros tenemos un objetivo con el Sicad: torcerle el brazo ‘completico’ al dólar paralelo”.

“¡Coño, alguien escuchó cuando le contaba a Kico Bautista de qué iba mi artículo!”, pensó Nazoa al ver la declaración. Y, días después, cuando leyó que Eljuri afirmaba muy serio que “la inflación debe bajar en junio y la escasez en los próximos dos meses “será un problema resuelto”, rió con nerviosismo a carcajadas, con los ojos más salidos de sus órbitas de lo habitual, se afiló las puntas del bigote con los dedos índice y gordo y gritó histérico:

-¡Me tienen pillado! ¡Saben de qué escribo incluso antes de que lo escriba! Se acabó. no escribo una línea más. Viviré de hacer mis panes de jamón ¡Hasta hoy regalo esos panes en navidad! Si el gobierno se va a robar mis textos antes de que los publique, pues me dedicaré a vender pan de jamón todo el año y se acabó la pendejada de la humorada. Total, para lo que da hacer humor en este país y con semejante competencia desleal…

Y por allí siguió la enloquecida perorata del Nazoa que se veía rico a punta de hacer pan de jamón sin pararse a pensar de dónde diantres sacaría la harina.

Con Rayma no fue diferente la historia. Dicen que dos hechos la hicieron pensar definitivamente en cambiar de profesión. Uno fue cuando vio que una caricatura suya de biberones y leches maternas entre rejas era plagiada por las palabras de una diputada que ofrecía castigos y multa a quienes usaran esos productos y, el segundo y definitivo, fue cuando vio a la ministra de Deportes con un body painting de generala, exactamente igual al que le había pintado ella a Lina Ron, en una caricatura que guardaba bajo el colchón.  Ese día, despidió a la mujer que iba dos veces por semana a limpiar su casa y se inscribió en un curso de peluquería canina on line, porque de hambre no se iba a morir. “Prefiero pelar perros que pelar bolas -dicen que dijo-. Si encima de que nos persiguen, nos enjuician, nos acosan y multan, nos van a boicotear el trabajo antes de que se publique en El Universal, me doy por vencida y empiezo a peluquear cachorros”.

Emilio Lovera, con un humor digno de ser el futuro cliente de Rayma, o sea, de perros, sacó su traje hediondo a naftalina, la peluca y la barba de cuando interpretaba a Perolito y se juró que, en adelante, se dedicaría a recoger latas y pedir limosna, luego de ver que Samán le robó, con puntos y comas, el texto completo del que sería su próximo stand up comedy, en el que hablaba de que saldría a perseguir a los buhoneros causantes de la inflación con su especulación. Show que tenía escrito junto con una jocosa charla en la que hablaba de que en las cárceles no había presos sino “privados de libertad y no existían “pranes” sino líderes negativos. El espectáculo finalizaba cuando Lovera, mirando a la tribuna, fúrico y con mirada de poseso decía:

“Pranes no hay, y el que los conozca que diga quiénes son”.

Los otros que, según dicen las malas lenguas, están buscando a qué dedicarse -parece que ya metieron papeles para optar por cargos de profesores universitarios (¡así estarán sus almas!)-, son los de El Chigüire Bipolar, pero antes, entablarán una querella judicial por derechos de autor y plagio a los del Sibci y de “Ola Bolivariana”, porque no hacen más que publicar con “copy y paste”, en sus portales de internet, sus posts humorísticos. Demanda que todo el mundo sabe cómo terminará con el TSJ que nos gastamos en este país.

Así, poco a poco, han ido y seguirán cayendo uno a uno los humoristas y comediantes de este país. La siguiente fue Tania Sarabia que está montando un restorán en el patio de su casa para vender almuerzos hechos con las recetas de su abuela porque Jaua le chalequeó la obra de teatro que estaba por estrenar y que se llamaba “Patria o papel tualé”. Ella, como es su costumbre, no se amarga y muerta de la risa echa el cuento de cómo el canciller se aprendió completico el texto de la comedia teatral.

Dicen que el gremio de humoristas del país está haciendo una petición on line para exigirle al gobierno que no se meta en su campo de trabajo, con amenazas de dedicarse ellos a gobernar si el régimen insiste en hacer humor ilegítimamente. Parte de la petición diría, más o menos, así:

“Señores del régimen, respetuosamente les decimos que no hay creatividad ni humor que pueda con ustedes. Están empeñados en serrucharnos el trabajo y resulta que  siempre terminan contando por adelantado el final del chiste.

Los humoristas nos negamos rotundamente a dedicarnos a copiar y pegar las declaraciones y noticias que ustedes emitan, por muy hilarantes que nos parezcan. Preferimos dedicarnos a la panadería y a pelar perros.

Ustedes, y se lo decimos sin acritud, están matando el humor. Se dedican a hacer comedia de manera ilegítima, como todo lo que hacen. Ilegitimidad parece ser su sino. Los chistes que ustedes hacen no causan risa a nadie porque, para hacer humor, hay que tener talento, cosa de la que carecen todos ustedes que ostentan cargos oficiales. Talento, humor y régimen son palabras opuestas, antogónicas, que no cuadran en una misma oración.

Es por eso que, mientras la gente disfruta y ríe con nuestras ocurrencias, cada vez que ustedes pretenden hacerla reír con sus humoradas, terminan todos llorando a moco tendido.

Ustedes ejercen el humor de manera ilegítima, por eso sus chistes terminan siendo una payasada. Pretenden hacer una gracia y les sale una morisqueta. Eso se debe a que a nadie le gusta que se burlen de uno. Los chistes de ustedes, terminan siendo una ofensiva burla a la lógica y a la inteligencia. Todo el mundo se da cuenta de que se están burlando del país, que se ríen “de” nosotros y no “con” nosotros, como haríamos los verdaderos humoristas.

Finalmente, si ustedes insisten en seguir demostrando día a día que, como humoristas, hacen muy mal gobierno y como gobernantes hacen pésimo humor. Nosotros nos veremos en la imperiosa necesidad de asaltar el poder y enseñarles a ustedes cómo se gobierna bien y cómo se hace buen humor”.

Firmas en depósito.

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¿“Patria segura”? Seguro te extorsionan

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Son las 11 y media de la noche. Estoy llegando de la calle. No, no estaba de fiesta, en el cine o visitando amigos. Hace mucho tiempo que el miedo a la inseguridad y a la violencia callejera hizo que me abstenga de darme esos gustos noctámbulos. La inseguridad personal me ha obligado a vivir una vida monótona que transcurre diariamente en ir del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Lo más arriesgado que me atrevo a hacer es ir a La Vereda del Lago, unas tres o cuatro veces por semana, a ejercitarme para que no me dé un yeyo por la inactividad y la subida de triglicéridos y colesterol. Y hasta esas jornadas de ejercicio las hago con el Jesús en la boca, desde que me enteré de que a un amigo, lo atracaron en ese lugar a las 6 y media de la mañana para, revólver de por medio, quitarle el teléfono inteligente con el que tomaba fotos del amanecer.

La salida imprevista de hoy, a las 11 de la noche, cuando ya me encontraba desvestido y dispuesto a dormir, se debió a un mensaje que, sorpresivamente, recibimos en el chat familiar del Whatapp. Una hermana ponía textualmente y sin correcciones:

“Hay alguien en la calle q tenga plata q xfa me compren 200 en una tarjeta de movistar o movilnet que a enmanuel lo detuvieron y la policía le está pidiendo plata o tarjeta”.

Inmediatamente, el grupo se alborotó. El matraqueo se desarrollaba en Caracas, mi hermana pedía auxilio desde Margarita y mi familia en Mérida, y yo en Maracaibo, nos movilizábamos para, a esa hora, conseguir las tarjetas exigidas en el soborno.

Mientras tratábamos de conseguir el botín de la extorsión, mi hermana contaba cómo había sido todo. Mi sobrino iba hacia su lugar de residencia y, al entrar a comprar un queso en una panadería, reclamó al panadero porque le estaba dando menos queso del que le estaba cobrando. Se insultaron mutuamente, saliendo a relucir progenitoras en la discusión hasta que el hombre llamó a la policía y estos detuvieron al muchacho en un punto de vigilancia del “Plan Patria Segura”. Uno de esos puntos de control que ubican en carpas en la calle. Allí  lo mantenían retenido, mientras él hacía las llamadas telefónicas para poder satisfacer las demandas de los oficiales, dentro de los que se encontraba una mujer quien, incluso, llegó a decir: “Pero que se apuren con esas tarjetas que yo ya me quiero ir a dormir”.

En Mérida estaba todo cerrado. Yo, en Maracaibo, me vestí recordando la vez que me llamaron desde la cárcel para amenazarme con mandarme a matar si no compraba unas tarjetas y se las pasaba por mensaje. Ahora los delincuentes no eran presos, eran los representantes de la ley. Salí a buscar las tarjetas junto con Cristian. No albergaba muchas esperanzas de conseguirlas porque hace tiempo que los negocios dejaron de venderlas, precisamente porque se convirtieron en apetitosos objetivos de atracadores quienes saben que, al ejecutar un golpe en un lugar con tarjetas telefónicas, podrán cargar con facilidad con unos cuantos millones de bolívares.

Por fortuna,  en el primer sitio que visitamos, una tienda de conveniencia de una estación de servicio de gasolina, conseguimos. Los choroagentes tuvieron incluso la suerte de que les dimos 10 bolívares más de lo que solicitaban, porque solo había tarjetas de 150 y de 60. Compré las dos tarjetas, las raspé, copié en un mensaje de texto los códigos y se los pasé a mi hermana para que ella, a su vez, los enviara al sobrino, quien se los pasaría a los policías para que lo dejaran seguir su camino en paz.

Esta es la “patria” que tenemos de la que se ufanan los oficialistas. ¡Tenemos patria! Gritan orgullosos. Esta es la vida en el socialismo del Siglo XXI. Este es parte del vigésimo segundo plan de seguridad del régimen en estos 14 años de revolución. Esos oficiales son quienes tienen en sus manos la ejecución del “Plan Patria Segura”. ¡Uh, ah, así es que se gobierna!

A mí, la úlcera comenzó a patearme la boca del estómago. Ya de nuevo en casa, me tomé el Esomeprazol con un té caliente. Mi sobrino acaba de avisar que ya llegó a su destino. Ahora queda tratar de conciliar el sueño luego de comprobar, una vez más, qué tan felices podemos vivir en este “mar de la felicidad”.

Esto no pinta nada bien…

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Esta foto que circulaba por twitter me produjo cierta suspicacia. En la imagen se ve la pantalla de un computador en la que se lee:

“El cliente ya ha comprado el límite diario establecido para productos regulados.

Comuníquese con el Supervisor de Caja para realizar la anulación del producto”.

Y en letras rojas, mayúsculas sostenidas, especifica:

“LECHE SABANA SOBRE 900GR”

Al preguntar sobre la fotografía, me dijeron que correspondía a un supermercado de una red de Maracaibo cuyos propietarios son chinos.

“Nicolás se va a tener que hacer un collar con las bolas que le está parando Arias Cárdenas a su orden de suspender el racionamiento”, fue lo primero que pensé al observar la imagen e, intrigado, le pasé un mensaje de texto a mi amiga supervisora de supermercado, cuyos buenos oficios, durante bastante tiempo me han evitado tener que hacer las infernales colas para adquirir los productos que escasean desde hace ya más de 3 o 4 años en Maracaibo.

YO: “Hola. Cuéntame algo ¿Es cierto que empezó a funcionar la vaina del racionamiento y que aparece en pantalla que ya el cliente compró ese producto y que el cajero se dirija al supervisor para anular la venta?

ELLA en una seguidilla de mensajes: “¡Hola, Golcar! ¡Eso del racionamiento por sistema lo tenemos desde hace mucho tiempo! Piden cédula, pasan una cantidad, dependiendo del producto, y si pasas otra vez, el sistema avisa que ya compraste. ¡Por eso tus primos goajiros tienen varias cedulas!”

“No te he llamado para que vayas a buscar productos porque se está formando mucho mollejero y ¡no me dejan guardar mercancía! Hoy tuvimos que esperar a la Guardia Nacional para abrir porque  querían meterse y ¡hasta ofrecieron quemar la tienda! ¿Qué tal? Mañana llega harina y aceite, por si quieres comprar y conocer “la patria nueva”.

YO: “Gracias a ti todavía tengo aceite y harina, así que puedo retrasar un poco el placer de conocer “la patria nueva”.

Pero, dime, entonces, no es que está la red de supermercados conectada como decía Arias que harían. Es solo bloqueo para comprar en el mismo supermercado. ¿Todavía podrían ir a comprar en otro lado? “

ELLA: “Solo si compras en el supermercado, ¡por ahora! Y puedes comprar todos los días. Pero, en “Bicentenario”, ¡solo puedes comprar 2 veces a la semana!

Efectivamente, lo de los abastos Bicentenarios, los antiguos Supermercados Éxitos expropiados por el difunto Chávez,  ya lo sabía porque un amigo que trabaja allí me lo había contado, cuando, con mucha ira, me contó también que si alguna persona quería comprar un electrodoméstico allí, tenía que pagarlo y luego pasar por el Core 4 (Comando Regional número 4 de la Guardia Nacional) con la factura para retirarlo.

-Se armaba tal verguero y se robaban tantos aparatos que fue la única forma de medio controlar la situación. Dijo rojo de la rabia.

En conclusión, la imagen que corre por la red no es nada nuevo. Es continuación de lo que venimos padeciendo desde enero de 2011, cuando lo denuncié en indignado en mi artículo “Metamorfosis de una Cédula de Identidad”.

Fue a partir de esa fecha, cuando se oficializó el racionamiento de productos alimenticios por medio de la cédula de identidad. Anteriormente, quedaba a juicio del supervisor del supermercado, del cajero y, en algunos casos, hasta del portero, la cantidad de productos que un cliente podía comprar  por vez.

Al principio, el usuario iba y le permitían comprar, por ejemplo, 4 kilos de azúcar, entonces, volvía a hacer su cola y podía adquirir 4 kilos más y así hasta que obtuviera lo que necesitase. Pero a medida que el estado expropiaba empresas productoras, haciéndolas fracasar,  y la producción en el país iba decayendo, el abastecimiento de los productos básicos iba en descenso, los controles se iban haciendo más rígidos, en lugar de 4 por persona se bajó a dos, y a partir del 2011, se empezó a utilizar el número de cédula como libreta de racionamiento para bloquear a los usuarios que ya habían adquirido algún producto.

Lo demás es historia patria y conocida. La escasez, el desabastecimiento y el racionamiento se empezó a sentir también en el centro del país. Ya no era solamente en los estados fronterizos y del interior, sino que la situación cobró forma de problema racionamiento1nacional y empezó a ser noticia lo que hasta entonces no era más que murmullo en las redes sociales. El escándalo del papel tualé hizo que el mundo entero se enterara de la grave crisis venezolana y, no sin cierta sorna, los medios internacionales daban cuenta de un pobre país petrolero rico en el que la gente no conseguía en los supermercados ni papel higiénico, jabón o pasta dental.

A todas estas, el régimen nunca tomó en cuenta las denuncias de la escasez que estaba atravesando el interior del país. Las empresas en sus manos cada vez producían menos y en varias oportunidades fueron muchas las toneladas de alimentos importados por el gobierno que se pudrieron, sin que nadie diera una explicación creíble y mucho menos que se determinaran responsables.

El Socialismo del Siglo XXI se hizo oídos sordos a toda la problemática y en ningún momento se molestó en buscar una solución mientras que el ritmo de desaparición de los productos en los anaqueles se aceleraba a diario.

Para quienes trabajan en los supermercados, lo que en un tiempo fue un trabajo tranquilo y placentero se les fue convirtiendo en un infierno. Cajeros, supervisores, miembros de seguridad y hasta los gerentes de los establecimientos vieron como sus trabajos dieron un vuelco y hasta riesgoso llegó a ser su empleo.

Pero no solo ha sido un suplicio para los trabajadores de supermercados, los dueños restaurantes y comiderías y quienes viven de producir comidas caseras se ven cada vez más impedidos para obtener la materia prima con la que trabajan y el racionamiento no les allana para nada el camino. Sin mencionar el acoso del que han sido objeto los propietarios de los supermercados tanto por parte de los organismos del Estado que los multan y cierran cada vez que se les antoja, como por la industria del secuestro para la cual han pasado a ser apetitosos objetivos. Hasta presos por supuesto acaparamiento han ido a parar algunos, quienes tienen prohibición de salida del país y mantienen régimen de presentación.

Todo esto va haciendo que la olla de presión del desabastecimiento de alimentos básicos y de productos de higiene personal cada día se “sobrecaliente” más, por utilizar un término recientemente usado por Nicolás para referirse al tema.

Esto no pinta nada bien. Lo que se ha recalentado no es precisamente el consumo, como mal dijo Maduro. La que cada día parece estar más recalentada es la paciencia de la gente que ya empieza a dar muestras de desespero. Es que cuando se juega con el hambre de un pueblo, no se sabe cómo puedan terminar las cosas. En todo caso pueden terminar, si no muy mal, peor.

Ya ha habido heridos en las marabuntas que en diversas zonas del país se han formado cuando llegan productos. En las largas y exasperantes colas para la compra de productos, vigiladas por Guardias Nacionales armados de fusiles, los ánimos están cada vez más caldeados y mi día, que comenzó con la aparición de la foto de marras, termina con este video de un barrio de Maracaibo, un sector de escasos recursos de la ciudad, donde una poblada desesperada, rompió el candado de un camión que iba a descargar alimentos en el supermercado y saqueó la mercancía.

Sonidos, ruidos y conversas de La Vereda

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Imagínate que te pones tus shorts, tu franela sin mangas, las medias blancas tobilleras y los zapatos deportivos de caminar. El look está listo. Pasadas las 7 y media de la noche, estás llegando a La Vereda del Lago para tu hora de caminata con la que pretendes quemar grasa y bajar de peso pero, especialmente, disminuir esos elevadísimos índices de triglicéridos y colesterol, antes de que tu médico te sermonee en la próxima consulta.

Estacionas, apagas el auto y desciendes para iniciar la primera vuelta al circuito que darás en cerca de media hora caminando a paso rápido pues la idea es hacer ejercicio, no pasear.

Al abrir la puerta del vehículo escuchas el sonido de los motores de los demás autos que circulan por la vía, oyes cómo las cauchos suenan al rozar y deslizarse sobre el pavimento y sientes el sonido del viento que sopla fuerte entre el follaje produciendo una especie de frufrú al mover las hojas.

En ese momento te das cuenta de que el oído es el sentido que más se estimula en tus caminatas. Eres medio cegato, y el reflejo de las luces sobre los cristales de los lentes, en la oscuridad de la noche, te limita mucho más la visión. Tal vez por eso, centras tu atención en el oído.

Nunca te ha gustado llevar audífonos para la caminata, como observas que hacen muchos, porque te sentirías como impedido. Tal vez por deformación de comunicador o por malas mañas de pueblerino andino, te gusta estar atento a los ruidos y sonidos durante la caminata y, especialmente, a las conversaciones de las personas que pasan a tu lado.

Empiezas la caminata a paso lento.  El ruido de los carros pasa a un segundo plano cuando te vas acercando a una pareja que está con ropa deportiva similar a la tuya, parada en la acera y escuchas la voz masculina que con cierto tono de asombro y de no entender qué pasa pregunta:

-¿Pero tú no me dijiste que no ibas a trotar porque tenías gripe?

Ella no responde. Mira hacia otro lado para no tropezarse con la mirada de él. Tú ya estás lo suficientemente cerca para comprobar que se trata de unos jóvenes de unos 18 o veinte años de edad. Él continúa interrogativamente:

-¿Quién te entiende? Cuando te llamé me dijiste que vendrías, pero solo a caminar porque como tienes malestar de gripe no querías trotar. Entonces, como yo sí quería trotar, me vine antes para dar dos vueltas trotando y después caminar contigo. ¡Y ahora me sales con que por qué no te esperé para trotar juntos, cuando tu dijiste que no ibas a trotar!

Ella hace un mohín sin responder y lo último que escuchas en la distancia, es cuando él, medio suplicante, le dice:

-Bueno, vamos a trotar…

Ya no distingues las palabras, sigues tu camino acelerando cada vez más el paso. Escuchas las ruedas de las bicicletas que se aproximan, sientes el click del cambio de velocidad y el chirrido de la cadena mal engrasada de alguna de las bicis. Ya se empieza a sentir el sonido del vaivén de las olas del lago y el romper del agua sobre el concreto de la caminería que recorre la orilla.

-…parecía un idiota, el tipo. Estaba como deslumbrando con Kerry.

Son las primeras palabras que logras identificar de la conversación que sostienen dos hombres que caminan a paso lento delante de ti.

-¿No viste la foto? Esos carajos se la tiran de arrechos contra Estados Unidos pero a lo que tienen en frente a algún gringo como el Kerry, se chorrean y se deslumbran como carajitas de pueblo.

-No, eso no lo vi. Pero ¿quién es ese Kerry y quién se chorreo?

-El Secretario de Estado, que recibió al pajúo del Jaua ¿No te enteraste? ¡Si por eso fue que liberaron al gringo cineasta…!

-¿Cuál gringo es ese…?

-¡Coño!, el que vino a hacer el documental y lo metieron preso dizque por espía. Lo habían mandado para El Rodeo pero como no querían nada que enturbiara la reunión del pendejo del Jaua con Kerry, pues lo “expulsaron” del país…

-Ah, no me enteré de nada de eso…

Esto es lo último que logras distinguir de la conversación porque ya te has alejado de los tipos y una alarma pegada de un carro no te permite seguir escuchándolos.

El zumbido de los patinadores y el suave deslizamiento de los patines en línea sobre el pavimento hacen que te pongas alerta para no llevarte por delante a alguno o que uno de ellos o un ciclista te atropellen. Un niño en una pequeña bicicleta grita “¡Papá!” y un señor gordo en otra bici un poco más adelante, le responde “¿Qué?”. Obviamente están más de paseo que ejercitándose por el lento ritmo con el que pedalean.

La pareja joven que discutía a tu llegada se divisa más adelante. Ella camina a paso rápido, con cara de niña malcriada a la que no le compraron la chupeta que pedía y él unos pasos atrás, con el ceño fruncido.

Detrás de ti sientes el golpeteo de unos zapatos deportivos que se aproximan al trote y empiezas a sentir un jadeo que se acerca incómodamente a la nuca hasta producirte un poco de excitación. No volteas para no ser evidente pero incluso te parece sentir el calor del aliento en tu cuello. Te distraes mirando las luces de los barcos en el puerto y cuando quieres saber de quién era el jadeo, no logras distinguir entre las 10 personas que van delante, aunque la piel erizada aun acusa la intensa sensación por la que acabas de pasar.

-…muy jodidos estamos en el trabajo ahora –le dice un hombre a una mujer que lo acompaña a paso rápido.

-Ahora nos salieron con que no nos renovaron el seguro médico y el HCM porque para eso tenemos los CDI y el Seguro Social. Cuando la empresa era privada, teníamos un excelente seguro de salud pero desde que expropiaron esa vaina todo se ha vuelto una mierda. Lo peor es que uno no puede protestar porque lo envainan. Como yo soy del sindicato, el otro día se me ocurrió reclamar y me clavaron dos meses. Uno tiene que cuidarse mucho de lo que dice porque cada vez se ponen más represivos. Ahora, cuando me preguntan, les digo que todo muy bien, que todo perfecto para que no me vayan a joder…

Inmediatamente, cuando ya no logras distinguir lo que el hombre sigue diciendo en su monólogo, escuchas una voz chillona y nasal de una chica que le dice a su compañera de caminata:

-…horrible, Marica. A las dos de la tarde y eso que el centro comercial estaba lleno de Guardias Nacionales por el plan ese de Nicolás.

-Pero, ¿qué, entraron como clientes de Movistar a comprar algo?

-Claro, marica. Les abrimos porque estaban bien vestidos y, como habíamos visto los Guardias, nos confiamos. Cuando se cerró la puerta, sacaron las pistolas y nos encañonaron. La pobre Yanilet casi bota el muchacho con el susto, marica, ya tiene ocho meses, la panza le dio un brinco, estaba pálida…

El violento sonido de un frenazo de bicicleta en la vía contraria te distrae y ves como el hombre que la conduce se va de frente contra el pavimento. Intentas en un primer impulso acercarte a ayudar pero ves que el ciclista se levanta y sus dos compañeros, en sendas bicicletas, llegan para auxiliarlo.

Sigues tu caminata tratando de recuperar el ritmo alcanzado antes del percance. A lo lejos, escuchas un “guachi guachi” destemplado de alguien que supone que va cantando. Tratas de identificar de dónde proviene el desastroso “canto” y escuchas cada vez con más nitidez. Es el muchacho ese que camina unos dos metros delante de ti, moviendo la cabeza al ritmo de la música que escucha a través de los cascos que lleva en cada oreja. Unos audífonos blancos con plateado, inmensos, de esos que están de moda.

Ya más cerca del muchacho logras adivinar las palabras de la canción, chillada, más que cantada.

“Everybody look to their left

Everybody look to their right

Can you feel that?  Yeah

We’ll pay them with love tonight “.

¡Qué manera de destrozar el inglés! El tipo cree que va cantando “Price tag”, de Jessie J. Oyes, mientras lo adelantas muerto de la risa, que él cree que canta:

“It’s not about the money, money, money

We don’t need your money, money, money

We just wanna make the world dance

Forget about the price tag…”

Cuando ya no escuchas al cantante de ducha, empiezas a  oír la conversación de una doñita que va diciéndole a la que parece ser su hija:

-…maginate,  ¡cuánto puede estar costando una Harina Pan en Margarita! Roberto me consiguió un bulto para mandárselo a Marisela, pero quiero conseguirle también unos aceites porque en la isla esas cosas, aparte de que no hay, deben costar un ojo de la cara… El peo va ser el flete, que de aquí pa´Margarita debe salir caro pero ahí veremos cómo hacemos para enviarlo…

Un carro que pasa con luces de neón hasta por la parte de abajo, sonando en el equipo un vallenato de Jorge Celedón a todo volumen, te tapa la conversación de la mujer. Cuando ya pasa el infernal ruido sobre ruedas, la señora y su hija han quedado muy lejos.

Oyes que el hombre que viene de frente, te llama por tu nombre. La voz se te hace conocida pero no tienes ni idea de quién pueda ser. Tratas de enfocar tu deficiente visión para ver si reconoces el rostro, pero no identificas al interlocutor. “¿Cómo está la vaina?” Dices para no quedar mal, sin atreverte a decir más nada para no meter la pata.

-Bruno se nos fue en enero. -Dice el hombre con tristeza en la voz y, al escuchar el nombre del perro, lo identificas. Imposible ubicarlo en la semioscuridad de La Vereda, con tu ceguera y lo flaco que está el hombre, cuyo nombre no te viene a la mente. Sin detener el paso, aunque disminuyendo la velocidad al mínimo, ambos se van volteando para seguir conversando de frente mientras caminan:

-Y ¿qué le pasó? Él no era tan viejo.

-No chico, tenía nueve años. Se enfermó de los huesos. Parece que fue por la subida y la bajada de escaleras en la casa.

-¡Ay, qué lástima! Lo siento mucho. Yo pensaba que te habías ido del país…

-No he podido. Estoy en eso pero se me ha hecho imposible y eso que ya toda mi familia se fue. ¡Esto esta invivible!

-¡Coño, sí! -Dices y levantas la mano para despedirte porque ya la distancia entre los dos hace imposible continuar con la conversación.

El zumbido del viento que ahora viene de frente te ensordece por un momento y hasta lo agradeces porque justo vas pasando frente a las bicicletas fijas y las caminadoras que siempre tienen música “changa changa” a todo volumen.  Frente a ti, divisas una vez más a la parejita de jovencitos que discutían al llegar. Vienen uno junto a la otra, a trote lento. La tensión entre ellos parece haberse diluido durante la jornada de ejercicios. Se miran y se sonríen entre sí. En algún momento de la noche, mientras daban vueltas a La Vereda, se deben haber reconciliado.

Te montas en el auto. Subes los vidrios. Enciendes la música y arrancas rumbo a tu casa. Son cerca de las nueve de la noche. Dentro del vehículo, con la música y el aire acondicionado encendido, quedan apagados por completo los ruidos, sonidos y conversaciones de La Vereda. Por un instante, pasa por tu mente esa pregunta que siempre te intriga al salir de La Vereda: ¿De qué conversarán, cuando hacen ejercicios, en un país normal?

Crónica de un instante socialista

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Maracaibo. 11 de la mañana. El termómetro marca 36 grados centígrados que en la piel se sienten como 42.

El astro rey, casi en su cénit, está como para pelar chivos, dirían en mi pueblo. Dentro del carro, con vidrios ahumados casi negros -que nos imponen tanto el calor y el sol despiadado como la inseguridad-, con el aire acondicionado encendido, siento una gota de sudor que resbala por mi sien. Sendas manchas en la franela a nivel de las axilas acusan el hervor al que nos enfrentamos.

Una impostergable diligencia me obliga a ir en el tráfico hacia la zona de El Tránsito, por los lados de Sanidad. Aunque lo que el cuerpo pide es agua fría en la ducha y encierro en algún lugar con aire central.

Ya a punto de llegar a mi destino. En el semáforo que está en la avenida Padilla, frente al cementerio El Cuadrado, la luz roja me obliga a parar y veo, recostada a una cerca de ciclón que recorre el perímetro de un terreno que pareciera un descampado o estacionamiento, una fila de gente pacientemente parada cubriéndose la cabeza con cualquier objeto disponible.

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Al inicio de la paciente y resignada hilera, unos tres o cuatro hombres con uniformes de la Guardia Nacional. No se sabe si están allí para resguardar el orden público o porque están haciendo la formación como el resto de los civiles. En este país uno ya no sabe distinguir cuando ve representantes de las fuerzas públicas en algún lugar, si están allí para cuidar, para extorsionar o para atender una llamada por atraco, asesinato o sicariato.

Por puro vicio y reacción instintiva, sin saber de qué va la cosa, saco el teléfono y hago unas cuantas fotos. La luz pasa a verde e, intrigado, sigo mi camino.

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En 25 minutos hago mi diligencia y, una vez de vuelta en la esquina, veo que la gente sigue apostada allí. Algunos, de repente, corren como si hubieran recibido una señal. Hay un instante de rebulicio.  A mi lado cruzan corriendo en estampida. Pasa una señora apurada arrastrando un andarivel. Otra cojea con su bastón tratando de apurar el paso y, atrás, en medio de las inmensas bolsas negras de basura que se acumulan en la calle, veo otra mujer con bastón.

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Pegado en el muro que está junto a lo que supongo será la entrada al terreno cercado, a la distancia, distingo un papel bond tamaño carta en el que pone a mano alzada: “Misa Comandante”, con un garabato que parece simular una cruz entre las dos palabras. Debajo, en letras pequeñas que no logro distinguir, se ofrecen los detalles del artesanal aviso. Es entonces cuando caigo que es el día 5 del mes, fecha de “cumplemes” del fallecimiento del hombre causante de todo este descalabro que vivimos en la actualidad en Venezuela. Intuyo que lo que pone el aviso en letras chicas es el lugar y la hora en que celebrará la misa por el alma del difunto.

La curiosidad me vence. Bajo el vidrio y siento que me sofoco con el aire caliente que me golpea el rostro.

A una señora gorda, de pelo canoso, la increpo, apurado antes de que quienes vienen atrás en el tráfico comiencen a tocar corneta:

-¿Qué hay allí, qué pasa, doñita?.

Ella voltea hacia mí, abre los ojos todo lo que sus órbitas le permiten y me dice:

-¡Están vendiendo comida!

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El socialismo del SXXI nos hará comer “a la carta”

ciegosPor lo menos día por medio, cuando no todos, la realidad del país hace que en mi cabeza retumben una y otra vez algunas expresiones escuchadas hace más de 10 años, cuando la debacle del país apenas tenía visos de predicción. Su eco ha terminado siendo como una tachuela que insiste en penetrar el cerebro amenazando con no soltarse jamás.

Una es esta que le escuché una noche de tertulia a un amigo cubano que ya tenía unos cuantos años viviendo en Venezuela, a donde llegó con su madre, huyendo del horror castrista de Cuba:  “Óyeme una cosa, lo que soy yo ya estoy arreglando todo para largarme de aquí. Esta película ya la viví y no tengo ninguna intención de volver a pasar por lo mismo. Ustedes apenas van por los créditos del comienzo pero yo conozco el final”.

La otra, algo que oí decir a muchos más de una vez desde entonces, cuando les contaba lo que mi amigo cubano, ido hace tiempo a Miami, decía: “No vale, eso no va a pasar aquí. Venezuela nunca será como Cuba. Primero, porque esto no es una isla y, segundo, porque los Estados Unidos y la comunidad internacional no lo permitirán”.

Los años parecen haberle dado la razón al cubano.

Un buen día agarramos la prensa y nos conseguimos con que un funcionario del régimen declaró que:

La Gobernación del estado Zulia implementará un sistema automatizado para evitar que los consumidores compren el mismo producto en dos supermercados diferentes durante el mismo día”.

Inmediatamente, lo primero que cruza por la mente de todos es la famosa “libreta de racionamiento” cubana. Tal vez más ajustada a nuestros días, a los tiempos tecnológicos que corren, pero libreta de racionamiento al fin. Aunque al Gobernador Arias Cárdenas le enerve la comparación y diga: “No estamos racionando, estamos evitando que se lleven los productos a Colombia (…) No estamos en Cuba nada, estamos en Maracaibo.”.

No es que el racionamiento sea algo nuevo. En el interior del país tenemos años pasando por la humillación de tener que mostrar ante un cajero de supermercado la cédula de identidad para poder acceder a dos kilos de Harina Pan y dos tubos de pasta dental. Ya tenemos tiempo viendo como policías y GNB se encargan de custodiar los productos regulados en los supermercados, limitando la compra a 2 por persona mientras ellos salen con séis.

Es solo que la declaración del funcionario convierte el racionamiento en política de estado a cuyo servicio se pone la infraestructura de la teléfonica estadal y del Sistema de Identificación del país. Nada más y nada menos. Por eso la noticia rebota incluso al plano internacional y medios de otros países como Perú21, ABC o El Mundo de españa se hacen eco de la misma. El régimen puso toda su “creatividad” en idear “un sistema que se ha diseñado en la Gobernación, integrado a un servidor de Cantv que se va a direccionar desde el Ejecutivo regional para monitorear la compra de los 20 productos regulados. Es decir, el sistema va a registrar la adquisición del rubro en un establecimiento y evitará que el mismo usuario adquiera el mismo producto, el mismo día, en otro expendio de alimentos”.

Esa declaración lo dice todo. No creo que amerite ahondar en lo que el “sistema” significará para la población y su calidad de vida. Pero eso no es todo, ni lo peor. El funcionario parece enorgullecerse al decir: que “algunos rubros podrán adquirirse al siguiente día, pero que el mismo sistema determinará el período de tiempo que debe transcurrir para que se pueda comprar de nuevo un determinado producto”. ¡Qué eficiencia!

Es decir que con la instauración del creativo mecanismo, el régimen decidirá de acuerdo a su “justo” entender y parecer -como le dé la gana, pues-, cuánto tendría que durar en nuestros hogares un kilo de azúcar, un rollo de papel tualé, un litro de aceite o un tubo de pasta dental. ¡Dios nos libre de una diarrea o de antojarnos de hacer patacones fritos! Se nos agotaría el papel o el aceite hasta que el régimen decida que podremos volver a comprar. No se especifica si ese tiempo variará para un hogar de 2 personas o para uno de 10 familiares. Imagino que son detallitos que se “perfeccionarán” con el tiempo.

La genial idea del régimen para “solucionar” el grave desabastecimiento que enfrentamos en el país, se ve coronada con esta perla del gobernador Arias Cardenas: “Quien compre más de un mismo producto al día irá preso por desestabilizador“.

En ningún momento uno oye decir que las centrales azucareras expropiadas vayan a ser puestas a producir nuevamente o que las industrias arrebatadas a los empresarios privados se van a repotenciar para que comiencen a producir lo que anteriormente producían. Nada que ver. Ahí están Agroisleña y Friosa como monumentos al fracaso revolucionario. La creatividad del Socialismo del Siglo XXI parece estar puesta solo al servicio de la persecución del ciudadano, de hacernos sentir que todo este descalabro económico, que toda la ruina en la que han sumido al país es culpa de quienes se ven forzados a perder innumerables horas productivas de su vida en una fila para comprar un día la pasta dental, otro el aceite, otro la harina y así sucesivamente. Sí, la culpa es tuya, que consumes más de lo que necesitas. No del régimen que se adueñó de todo el aparato productivo para inutilizarlo.

En un país serio y coherente, se esperaría que las declaraciones de los funcionarios hablaran de cómo enrumbarán la economía para estimular el aparato productivo. Uno esperaría que el régimen dijera que todas esas empresas paralizadas que están en su poder serán ofertadas para que quienes estén en capacidad de ponerlas a producir, las compren. Ya uno no espera ni siquiera que le sean devueltas a sus legítimos dueños, a quienes las hacían producir, porque sabemos que el régimen es pillo y siempre tratará de sacar ventaja de sus tropelías. ¡Pero que las vendan, que las subasten entre quienes sí tengan voluntad y capacidad de producir!

Pero no. Aquí se actúa como el nuevo rico cargado de oro: ¡Vamos a importar lo que se necesite! y, como el esbirro, ¡vamos a perseguir al ciudadano y a volverle la vida un infierno!

Desde hace ya casi 15 años, Venezuela, como esa sugerente imagen que circula anónimamente por la red, parece ser conducida por un ciego seguido por miles de adoradores que, si no son ciegos, se tapan los ojos para no ver. “No vale. Esto no será nunca como Cuba”. Y no asimilamos que ya es como Cuba.

La gente pasa 3 o 4 horas al día para comprar 2 paquetes de papel tualé y dos litros de aceite de soya (de maíz ni se asoma por ningún lado), después de pagar, sienten que fue un gran triunfo, experimentan la alegría de haber vencido. Nos tienen atados como mulas a la base de la pirámide de Maslow. Entretenidos buscando lo básico para subsistir.

Y ahora ellos decidirán si un rollo de papel tualé te debe durar dos días o 3 semanas, tendrás que cagar de acuerdo a lo que ellos digan que se supone debes cagar. ¡Que no te dé diarrea! ¿Cómo determinarán si un pollo me debe alcanzar para una semana o un día? ¿Tendremos que decir al momento de la compra para cuántas personas en el hogar estamos comprando? ¿Un kilo de harina debe durar una semana, aunque en casa comamos 15 personas? ¿O nos turnaremos para comer arepa de acuerdo a lo que ellos decidan? Una semana comes tú y, con la próxima compra, como yo. Como dice el viejo chiste que ya no nos causará gracia:

“-En casa comemos a la carta.

-¿En serio, cada uno escoge lo que quiere comer?

-No. Repartimos las cartas a la hora del almuerzo y a quienes les salgan los ases, comen”.

A mí me sabría a mierda

gaby

En verdad, la frase de María Gabriela da qué pensar y se presta para unas cuantas interpretaciones. Dijo La Hijísima en su Instagram: “Me sabe a ñoña la política,…”.

Por un lado, bien podría interpretarse que ante el ejemplo dejado por su padre en el ejercicio de la política y el poder, La Hijísima se siente tan asqueada, decepcionada, que la política le “sabe a ñoña”, porque vio de cerca cómo se puede abusar impunemente del poder, con la venia de todos los otros poderes arrodillados ante su padre y una cohorte de aduladores que a todo decían que sí como perrito de carro por puesto y reían y aplaudían hasta el peor de los chistes del difunto.

Por otro lado, al ver el estado de ruina y atraso en que la política del Socialismo del Siglo XXI de su padre y de sus sucesores han sumido al pobre país rico y petrolero llamado Venezuela, donde escasean los productos de la canasta básica alimentaria al punto de producirse heridos cuando aparecen en los mercados en la batalla por hacerse con un paquete de Harina PAN o un pote de margarina, pues la política le “sabe a ñoña”. Es que la asquerosa política ejercida por su papá y sus seguidores logró que desaparecieran hasta la pasta dental, el jabón y el papel tualé.

También se puede interpretar que, La Hijísima, al ver cómo se persigue a opositores políticos, se estigmatizan como traidores a la patria o vendepatria a todos los que se atreven a disentir, se mantienen en prisión a una juez como María Afiuni por cumplir con su trabajo, y a otros presos políticos como Simonovis, sin que terminen de ser juzgados y sentenciados pues, piensa en tanta porquería, y le “sabe a ñoña”, la política.

Al ver la corrupción que carcome todos los cimientos del régimen instaurado por su difunto “papito”, recordar cómo tantos amigos de su familia que hasta hace 14 años no tenían dónde caerse muertos, hoy ostentan mansiones, carros blindados importados, escoltas y cuantiosas cuentas en dólares en el extranjero, La Hijísima no tiene más remedio que decir que la política le “sabe a ñoña”.

Pero, otra posible interpretación, entre muchas otras que podrían surgir de tan sugerente frase, es que, viendo las  puñaladas traperas que empezaron a lanzarse entre sí los oficialistas, palpar cómo conspiran unos contra otros en su afán por mantenerse aferrados al poder, observar cómo los herederos políticos del difunto saltan en las grabaciones de Mario Silva, como conejos en sombrero de mago. Al leer los e-mails del hojillero donde no deja títere con cabeza, al ver cómo Nicolás y Diosdado fuerzan ante las cámaras una hermandad y amistad que no terminan de ser creídas por nadie, al recordar cómo se mintió y se manipuló la agonía y muerte de su “papito” durante más de 3 meses y luego se utilizó la imagen del muerto para manipularla políticamente y con ella obtener el voto de los seguidores en duelo, obviamente, la política, tiene que saberle a “ñoña”.

Es que yo me pongo en el lugar de la muchacha, veo tanta marramuncia, inmundicia y cochinada a su alrededor y no puedo pensar que la política me sabría a ñoña, de ser ella. No, a mí, directamente y sin eufemismos, me sabría a mierda.

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