El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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La unión hace la fuerza o que me corten un brazo

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¿Será que de tanto manosear la frase, ésta ha perdido sentido?

¿Será que de tanto no ponerla en práctica perdimos el sentido de lo que significa?

¿Será que en un país tan dividido no tiene sentido intentar ponerla en práctica?

¿Será que en regímenes como el venezolano la frase es un sin sentido?

¿Será que en este socialismo la frase tiene un sentido que puede ser usado en tu contra?

En Venezuela está todo el mundo sobreviviendo por su lado. Tratando de salvar lo poco que nos queda a cada uno.

Vemos como vienen por el vecino. Y a pesar de sentir que cada vez están más cerca nuestro, parecemos impotentes ante lo que se avizora. Cada uno toma la medida individual que cree que lo salvará de las garras del lobo que se ceba con la carne de quien vive al lado.

Sentimos a través de los muros los dentellazos sobre el vecino y corremos a bajar la santamaría. “Cerramos por inventario”. Cooperamos. Colaboramos.Bailamos al son que nos tocan a la espera de pasar desapercibidos, pero a sabiendas de que nada de eso nos salvará y un día, en cualquier momento, cuando menos lo esperemos o aún esperándolo, vendrán por nosotros.

Uno lee la desoladora crónica de Tamoa Calzadilla sobre la rueda de prensa de Bernardo  Zubillaga, vicepresidente comercial de Farmatodo, Vicepresidente de Farmatodo: “No tienen idea de lo que es ser empresario en Venezuela”y puede sentir la impotencia del empresario que trata a toda costa de proteger el centenario negocio familiar:

No tienen idea de lo que es ser empresario en estos momentos en Venezuela. Deberían hacer algo sobre eso, las regulaciones, los dólares, las inspecciones. Debemos ser  de las empresas más inspeccionadas por las instituciones del gobierno. Yo diría que a Farmatodo la vigilan más que a ninguna otra (en el comunicado señalaron que solo en enero de 2015 recibieron más de 60 inspecciones en sus tiendas).

Es entonces cuando uno piensa ¿Y los otros empresarios? ¿Y los sindicatos? ¿Y los gremios? ¿Y los colegios profesionales? ¿Y los líderes políticos?

Está cada uno tratando de sobrevivir. Tratando de pasar desapercibido. Invisibilizándose.Retrasando la embestida como puedan. Farmatodo no es más que un paradigma. Como lo es Día a Día. Como lo es ese carnicero en Mérida a quien le llegó el Indepabis y lo obligó a vender en 100 bolívares el pollo que compró a 154, mientras observaba cómo los funcionarios llamaban a sus amigos y familiares para que se aprovecharan de la rebatiña.

Dice Calzadilla en su texto sobre la rueda de prensa, que Zubillaga “explicó que fue a hacer inmersión en una de sus tiendas en San Cristóbal y lo que vio “da como para hacer un libro”.  Estaba convencido de que el mayor contingente era “bachaquero”, personas que se dedicaban a comprar a bajo precio y luego a revender, incluso más allá de la frontera. Mujeres con niños, “pacientes” en camillas y sillas de rueda que siempre estaban en cola y volvían a hacerla una y otra vez. Esa situación lo hacía pensar en que era cierto que más de 60% de quienes hacían colas era para revender, según les había revelado un estudio de una firma consultora que no mostraron”.

Y uno vuelve a preguntarse entonces ¿Desde cuando revender es un delito? ¿Por qué revender se ha hecho un negocio rentable? ¿En qué país normal y con economía sana comprar en un supermercado para revender en la puerta de la casa es un negocio? ¿Quién en un país normal va a preferir ir al porche de una vivienda a comprar un paquete de pañales al 300 por ciento más de su precio pudiendo ir a adquirirlo en un comercio regular al momento que lo quiera y lo necesite sin el temor de no encontrarlo? ¿Por qué la gente le compra a los revendedores al precio que sea? ¿Por qué en muchos casos es más económico adquirir un producto en un supermercado que comprarlo a un distribuidor para vender en tu negocio? ¿A qué se debe la perversión actual del comercio en Venezuela?

Entonces los empresarios, en su afán de supervivencia y por las amenazas directas o veladas de expropiación, asumen funciones de control que no les corresponden. Se sienten obligados a convertirse en “policías”, como dijo Zubillaga:

“…tomamos esa medida porque dijimos, mira, eso es como si te ocurre algo y el médico te pregunta: “te corto el brazo o pierdes la vida”. Nosotros nos estamos cortando el brazo. Entendemos que es una medida dolorosa, aunque no es el captahuellas exactamente, pero era eso o morir.”

Y los supermercados tratan de organizar el caos, también “se cortan el brazo” para sobrevivir. Ponen captahuellas, exigen documento de identidad, exigen colas, limitan la cantidad de productos que se pueden comprar, venden por terminal de número de cédula, marcan a la gente con números en el brazo, llaman a las fuerzas del orden público para que controlen a la gente en las colas…

Y uno vuelve y se pregunta ¿Por qué tiene un empresario que asumir esas funciones? ¿Por qué un comerciante tiene que limitar la cantidad de productos que puede comprar una persona? ¿Por qué son los comerciantes quienes tienen que ejercer las funciones de vigilancia y control que solo le competen al Estado?

Si una persona quiere comprar toda la existencia de un producto, no tendría por qué negarse el empresario a venderlo. En todo caso es el gobierno el que tiene que ver cómo hace para perseguir al que compró y ver con qué intenciones lo hace. En un país con economía sana, si alguien compra toda la existencia de pañales en un supermercado, la gente sabe que va al lado y conseguirá el que necesita. No hay temor de “desestabilización” por desabastecimiento. La abundancia de productos no hace de la reventa una opción rentable.

El problema no es el comercio. El problema está en que el régimen acabó con el aparato productivo y el excesivo control de la economía ha pervertido el mercado. Los revendedores -aunque los estigmaticemos- sólo son el resultado de una economía enferma. El comerciante que venda y el gobierno que vea a ver como resuelve el problema de producción y escasez que ha hecho que este país se llene de colas en todos lados.

Desde hace días uno no puede, en Maracaibo como en muchas otras ciudades del país, acceder a su supermercado habitual porque ya las colas de horas a pleno sol, todo el día, van por tres tipos simultáneos:

Una para quienes van a comprar solo productos regulados.

Otra para quienes van a comprar productos no regulados.

Y una tercera para las personas mayores o con discapacidades.

Eso si no hay pañales para niños o adultos. Entonces, la gente debe llevar la partida de nacimiento del recién nacido o el informe médico de la persona enferma que justifique que de verdad necesitan comprar los pañales.

Luego de acceder al supermercado vienen otras horas de cola para pagar. Y, como nunca hay de todo lo que uno necesita en un solo lugar, la gente pasa cuatro horas en una cola para comprar un champú y de ahí va a otro sitio por tres horas más para comprar dos kilos de Harina Pan.

Cierra Calzadilla la crónica sobre la rueda de prensa del vicepresidente de Farmatodo con este párrafo lapidario:

“Tres meses después están declarando en el Sebin, con amenazas del propio Nicolás Maduro de expropiación, condena pública  y “sugerencia” judicial de mano dura, durísima.”

Y es cuando uno recuerda la manida frase “La unión hace la fuerza”.

¿Seguiremos así, cada uno sobreviviendo por su lado, cortándonos un brazo, hasta que vengan por nosotros?

Algún día no nos quedarán brazos ni piernas que ofrecer en sacrificio.

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Velando a Chávez

image A efectos de actividad normal en el país, hoy, 12 de enero, viene a ser como el primer día del año. Los comercios empiezan a laborar de manera general, las escuelas, liceos y universidades inician su actividad escolar. Se supone que los motores que mueven un país,aceitados con el descanso de las vacaciones de navidad y año nuevo, deben arrancar a funcionar con potencia.

Es lunes y, como cualquier lunes, el cuerpo acusa recibo del día como si fuera un karma. Peor aún este lunes “inicio de año”. Abro la ojos y, bostezo, estiro los músculos para desentumencerlos y, pereceando en la cama, enciendo el celular. El primer mensaje que leo en el whats app, termina de despabilarme el sueño:

“Buenos días…  Saqueado Farmatodo de Bella Vista (Frente a ENNE) a las 2 am. luego de fuerte mollejero”.

Al mensaje lo acompaña una tenebrosa fotografía de una interminable fila de gente, que en la oscuridad de las dos de la madrugada, rodea el establecimiento. Ese Farmatodo queda cerca de donde vivo. Una cola más que no por frecuente deja de sorprender y entristecer. Pero, para completar de deprimir el amanecer del lunes, otra foto de brazos marcados con números, pone:

“Asi marcaron a los clientes en Farmatodo. Hasta que empezó el saqueo 2am”. image Después me entero de que, si bien no hubo saqueo como tal, sí se llevaron algunas medicinas, papel tualé y computadoras y de que el sitio permanece resguardado por militares. Con el corazón resquebrajado, me voy a trabajar. No es fácil sacar ánimo de hacer patria luego de esas imágenes y noticias y de saber que los militares y policías se encuentran desplegados por la ciudad. A la depresión se le añade el temor.

Pocos minutos antes de las doce del día, con una “pepa de sol” de más de 40 ° C., antes de que me cierren la joyería, salgo a pie a mandar a hacer un trabajo. El aviso de la casa de empeños que marca el precio de compra del oro y me sirve para darme una idea de cómo aumenta el valor del dólar paralelo ha dado un salto de 3650 que lo dejé el sábado, a 3900, hoy.

image Sigo mi camino.

A lo lejos, distingo una multitud. Hacia ella me voy acercando. Recostada a una reja, una larga hilera de personas se achicharra los sesos a pleno sol. Hay hombres, mujeres jóvenes, embarazadas, mayores, mujeres con bebés en brazos. Es la cola para el Centro 99, porque a ese supermercado llegaron pañales. Parece que pollo y papel tualé también.

Mientras espero que me hagan mi trabajo en la joyería, salgo a dar una vuelta. De regreso, unos 5 minutos después, escucho que alguien dice que se acabaron los pañales. La gente de la cola, dando voces,  empieza a correr hacia la puerta del supermercado.

“¡Ahí hay. Ahí hay!”, gritan algunos. Otros vociferan: “¡Patria, patria!”. El supermercado baja sus santamarías. La joyería en la que estoy también lo hace. Yo grabo unos cortos vídeos de la marabunta. image Me entregan mi trabajo y, agachado para no tropezar con el borde de la santamaría, salgo y regreso a mi tienda. La cola sigue al sol. A la espera, a ver si vuelven a sacar pañales o cualquier otro producto escaso y “bachaqueable”.

Ya en mi trabajo, veo un titular en Noticiero Digital con una foto de Nicolás sentado frente a un hombre con túnica y turbante que dice:

“Maduro: Venezuela exportará alimentos a países árabes”.

Sólo atino a decir:

Debe ser un buen negocio bachaquear a Arabia“.

image Quisiera empezar el día, la semana, el año, con el espíritu de los artículos de Carlos Lavado y Sumito Estévez que leí el fin de semana, pero no es fácil. Veo las colas y oigo los gritos de la gente en ellas. Veo sus caras de frustración tostada por el sol, mustias, y pienso:

Aquí yacen los restos de Chávez y su “revolución bonita. Este gentío lo está velando” .

Golcar Rojas

Hora y media en las profundidades del socialismo. ¡Llego leche!

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Mi cabeza parece una vasija llena de grillos, chicharras y sapos. Estoy aturdido como si estuviera en una discoteca con la música a todo volumen. Mi pecho da brincos como cuando el changa changa del DJ excede la capacidad de decibelios del equipo y uno está junto a una corneta que distorsiona el bom-bum de la música.

La tortura comenzó cuando me disponía a sentarme a seguir mi re-lectura de Trópico de cáncer -con el precio actual de los libros, toca recurrir a los ejemplares que uno guarda en la biblioteca-, y repicó el celular:

-¡Venite ya, que van a sacar leche en polvo de la que cuesta 40 bolívares!

Aparte del precio, lo que más me impulsa a cerrar el libro y correr al supermercado es que haya leche y poder olvidar por un tiempo la asquerosa leche líquida ecuatoriana que conseguí la última vez y que era un agua amarillenta e insípida.

Dejo el libro a un lado, tomo mi billetera con la cédula de identidad -requisito indispensable para poder comprar productos de primera necesidad- y me voy a paso rápido al supermercado.

La gente empieza a aglomerarse. El dato ha corrido por diferentes vías y el local se llena de compradores. Aún no sacan la leche.

-Mientras la sacan, pasa por la captahuellas. Me susurra mi amiga.

-Pero yo hace como dos horas que vine registré mi huella. Le advierto, pensando que no tendría que volverlo a hacer.

-Cada vez que vengas tienes que pasar por la captahuellas, Golcar. Eso se desactiva una vez que se registra tu compra en la caja. Así que anda antes de que se haga más larga la cola.

Le pregunto si los bachaqueros se han ahuyentado con las captahuellas y me dice que a ella le parece que ahora hay más bachaqueros que antes.

Me empieza a incomodar la situación pero ya estoy allí y me da vergüenza despreciar el gesto de la amiga que tan amablemente se toma la molestia de llamar y avisarme cuando llegan productos de los que escasean. Asumo una “actitud de sociólogo”, repiro profundo y me resigno a pasar por la aventura cotidiana del socialismo del Siglo XXI legado por el insepulto Chávez.

Me meto en la fila de la captahuellas. Han habilitado tres aparatos para la ocasión. La gente sigue llegando al local.  La cola tras de mi se va haciendo aceleradamente más larga.

La gente se empieza a impacientar. Se miran unos a otros con desconfianza. Nadie dice con claridad a qué han venido pero todos sabemos que el dato de la leche en polvo se ha regado velozmente.

Al poco tiempo, la cola es una larga anaconda furibunda. Ya yo he pasado por la captahuellas y observo como la hilera crece, atraviesa el local, serpentea, se enrosca hasta llegar a la pared del fondo. Hay un murmullo general con una rabia contenida. La fila es una vibora enfurecida que parece estar dispuesta a atacar y soltar su veneno en cualquier momento. No veo por ningún lado la alegría con la que Méndez, encargado de los “precios justos” del gobierno, dice que el pueblo compra lo que necesita. En la fila lo que se respira es rabia, incomodidad,  desconfianza, ira.

Hay algunos amagos de pelea entre la gente que no piensa permitir que nadie se colee. En estos casos, no vale que seas mayor de 60 años, que andes con bastón o andarivel, que lleves tapaboca o estés embarazada. Nadie tiene preferencia y la mirada de furia de quienes están en los primeros puestos de la cola y de los empleados del supermercado encargados de resguardar el orden lo certifican.

En la captahuellas también hay los momentos de incomodidad y roce. El sistema está lento. A algunas personas la máquina no les reconoce la huella. Pasa mucho con la gente mayor.

Pruebe con el otro dedo.
Límpiese bien el dedo.
Pongamos gel en la captahuellas.

Algunos se van furiosos sin poder comprar porque su huella parece estar definitivamente borrada. Otros logran superar la prueba.

Le digo a mi amiga que ya registré la huella y le consulto qué debo hacer.

-Da unas vueltas por allí. Ya la van a sacar. Disfruta de la “patria” y del socialismo.  Me dice con sonrisa sarcástica.

Observo a la gente. Por ningún lado veo “la felicidad de comprar lo que se necesita al precio justo”. Sin duda, Méndez no ha venido en momentos como estos cuando comprar es adentrarse en las profundidades del socialismo a la cubana.

Un empleado le da un golpe con su hombro por la cara a una señora. Esta grita y se soba la mejilla. Le digo sonriendo “Eso es el socialismo”.

-No. Eso fue un coñazo. Y se sigue sobando.

Se hace difícil moverse. Sigue llegando gente y nadie se va porque todos esperan la aparición de la preciada leche. Registran sus huellas y permanecen en el local. Nadie dice con claridad a qué esperan pero todos lo sabemos. Algunos preguntan qué van a sacar y se les responde con dudas:

-Dicen que leche en polvo.

Ya ha pasado más de una hora y nada que sacan la leche. A mí la impaciencia ya me gana. La barriga me da brincos. Las sienes me palpitan. Hago chistes necios con la gente para distraerme. Le comento a mis amigos que trabajan en el sitio que no sé cómo no han enloquecido.

-Yo estoy que me subo las enaguas y me jalo los pelos del chocho, como diría mi madre. Les comento y ríen a carcajadas.

-Ya nos acostumbramos. Dicen, pero la tensión en sus rostros y la ira en la mirada los delata. Ellos también están al límite.

Un empleado habla con uno de los vigilantes:

-Anda a buscar a tus compañeros porque yo solo ni de verga saco eso. Si vengo con la carrucha y se me viene la gente encima, dejo esa vaina botada.

“Tienes culillo”, le digo riendo y el hombre sonríe y asiente con su cabeza: “La pinga”.

Custodiada por unos seis hombres sale rodando la carrucha con las cajas de leche. La gente se alborota. Los murmullos ya son gritos. Corren todos a las cajas a hacer la cola para pagar pues la leche la entregarán después de cancelada. Dos paquetes de 900 gramos por persona.

Quedo de cuarto en mi caja. En la mano llevo dos paquetes de medio kilo de caraotas, un kilo de sal y una mayonesa. La cajera es lenta y hay una compra grande de primero. Pasa gente que consulta si deben pasar por la captahuellas para comprar compotas. Sí y son solo cuatro por persona.

Veinte minutos más tarde, pago. 166 bolívares hace mi cuenta con los dos paquetes de leche. Un solo paquete de 900 gramos de la descremada en polvo que se consigue con más frecuencia y facilidad cuesta 250 bolívares. Casi cien más de lo que estoy pagando por un kilo de caraotas negras, uno de sal y la mayonesa de medio kilo. He ahí la razón de tanto barullo.

Pago. Una corta cola para que me entreguen la leche y me despido de mi amiga con un beso y el corazón en la boca de hora y media de angustia y rabia contenidas. Hora y media en las que, una vez más, la realidad desmiente la propaganda oficial. Falso que las captahuellas agilicen o disminuyan las colas y eviten el bachaqueo.

-Gracias, cariño. Me voy a hacer yoga para recuperar mi centro.

-Ja ja ja ja, ahora sí me habéis hecho reír. Ya sabes lo que es tener patria. Has vivido la experiencia del socialismo profundo.

Golcar Rojas

El bachaqueo de cada día

bici

Ya no sé si es resistencia al cambio. Miedo a lo desconocido. Temor a enfrentar una nueva vida.  Una especie de resignación.

No sé si es por el correcorre de cada día tratando de obtener lo básico para subsistir. La pelea cotidiana por un kilo de leche, el litro de aceite, el paquete de pañales,  el medicamento que hay que tomar de por vida…

No sé si es que a pesar del pesimismo característico y del convencimiento de que esto no tiene pronta salida, uno guarda en el fondo una pequeña esperanza de que esto tiene que cambiar. Que, como dicen muchos, esto no hay quien lo aguante.

No sé si es que nos han puesto en el agua psicotrópicos, nos atapuzan de Haldol. Si es que hay una especie de Lexotanil en aerosol que nos rocían en las interminables colas sin que nos percatemos.

Tal vez es solo tozudez de uno. Terquedad. Obstinación.

Un poco de todo esto
tal vez, es lo que impide que uno agarre sus cuatro trapos y se largue a otro país sin importarle si va a barrer calles o a limpiar baños, pero correr a un sitio donde uno sienta que aún limpiando baños es más gente, más ciudadano que siendo un pequeño empresario en este país

Mantener un pequeño negocio en esta Venezuela “revolucionaria” es una proeza que cada vez se hace más cuesta arriba. Es una lucha constante contra todo y contra todos. Incluso a veces contra uno mismo o contra los que están en la misma situación que uno.

Cada día es una batalla a vencer. Se cierra a las seis de la tarde y no es para irse a su casa a descansar, al gimnasio, al Festival de Poesía para conocer a Rojas Guardia o a un cine. Uno cierra su negocio y sale a seguir batallando. El trabajo no se acaba con la bajada de la santamaría si uno quiere tener al día siguiente algo qué ofrecer a sus clientes. Ser comerciante aquí no es contar con una lista de proveedores y distribuidores a los que llamas o te visitan una vez a la semana o al mes. No.

El “bachaqueo” cotidiano se impone. La escasez y altos precios obligan a los comerciantes a salir a buscar alternativas que les permitan seguir funcionando e incluso tener ventajas comparativas para competir en el mercado. Mientras un distribuidor ofrece un producto a 150 bolívares más IVA, más pago de flete, uno puede conseguir el mismo producto con un precio final de 120 bolívares en un supermercado, o en un chino. Entonces hay que buscar el “resuelve”, aunque el trabajo se multiplique.

Hacen 43 grados centígrados de temperatura a las 10 y media de la mañana cuando decidimos enfrentar el infernal tráfico de Maracaibo para atravesar la ciudad y llegar a Ferreagro mascotas, un negocio de venta al mayor de productos de ferretería, agropecuaria y pequeños animales a donde se llega luego de media hora o cuarenta minutos, si no hay trancón.

¡Gracias a Dios, el aire del carro está funcionando bien y los 43 grados de afuera son solo 36 adentro, según marca el termómetro en la consola!

Total que poco después de las once de la mañana, estamos en el mostrador del negocio. Queremos apertrecharnos de algunos medicamentos que no tienen los otros distribuidores y, especialmente, unos collares garrapaticidas que, como tantísimos otros productos, están desaparecidos desde hace meses del mercado y que nos llegó el pitazo de que aquí tienen.

Una ojeada rápida a los estantes y ¡la decepción! No hay collares. Con cara transida le comento a la vendedora del mostrador mi pena.

–Si tenemos. Es solo que no los tenemos exhibidos.

Entiendo. Esa es otra práctica que se ha hecho cotidiana en este país del “no hay”. Uno va a comprar un litro de leche y se siente como un delincuente. Como si estuviera comprando cocaína. Como si estuviera cometiendo un delito muy grave. Hay que pedirlo guillado. Susurrado. En el momento oportuno. Cuando no hay ojos y oídos de intrusos…

–Ok. Póngame cuatro cajas, por favor.

–No se venden más de dos cajas por persona.

Trago grueso. Pienso “No tardarán en poner aquí también captahuellas”.

–Bueno, ya estoy aquí. Póngame las dos cajas que me tocan.

–Pero se venden en conjunto con tres champús garrapaticidas Scooby cada caja.

La sangre empieza a hervir en mis sienes.

– ¿Scooby? ¡Pero si eso es un hueso! Yo los tuve en la tienda y prácticamente los tuve que regalar.

La ira me va ganando. Tengo que forzar una sonrisa para saludar a un vendedor que se acerca y a quien conozco de no sé dónde. Después del saludo sigo con mi descarga, esta vez alternando la mirada entre la chica que me atiende desde el principio y el “amigo” que se acercó.

–Pero bueno. Esto parece una empresa socialista. Un ministerio del gobierno. Cómo es posible que ustedes me racionen los productos y además me condicionen la compra a llevar los productos que tienen aquí abollados. O sea, este país definitivamente nos volvió locos a todos, no es solo la pelea contra las arbitrariedades del gobierno sino que cada uno de nosotros aprovecha para cometer sus propias arbitrariedades…

Tomo una bocanada de aire que me infla el diafragma para tratar de no levantar más la voz porque siento que ya estoy gritando. Llega un amigo de hace tiempo. Con una mueca que imita una sonrisa le doy la mano y lo saludo. Resulta que también trabaja en el sitio.

Retomo mi discurso. La chica tiene los dedos en el teclado a la espera.

–Deme las dos cajas y los seis champuses –Le digo y sigo con mi retahíla–. Yo entiendo que por la escasez ustedes limiten las cantidades que venden porque tienen que tratar de cubrir un poco las necesidades de todos sus clientes, pero si me limitan la cantidad, no me condicionen también a que me tengo que llevar los huesos. O una cosa o la otra, si llevo el hueso de ustedes pues entonces véndanme todos los que yo quiera.

Todos miran hacia otro lado. Yo hablo como el loco de la plaza a una audiencia que me ignora por completo. La chica me mira como diciendo “¿Qué más va a llevar?”

–Eso es todo. Yo pensaba hacer una compra más grande pero ante este maltrato no les compro más nada. Deme los collares y los champuses. Y eso por no perder el viaje hasta aquí.

Me dan el monto, voy a caja a pagar y luego a “Despacho” con la factura para que me entreguen los productos.

Mientras empaquetan mi pedido, tratan de justificar el atropello. La excusa es peor que el hecho. En un país regido por delincuentes, todos somos sospechosos. Limitan la cantidad porque “no saben para qué los quiere uno comprar”.

Me limito a decirles que ellos saben muy bien que maltratando a quienes trabajamos honestamente no se solucionará el problema del contrabando. Quien va a contrabandear sorteará esas trabas y conseguirá adquirir los productos para seguirlo haciendo.

Encogida de hombros. Silencio.

En una bolsa me entregan los seis champuses. No veo los collares.

– ¿Y los collares?

–Esos los busca al salir, por almacén.

Me olvidaba de que lo que estoy es “cometiendo un delito” y no comprando. Debo ser discreto. Tomo mi bolsa y salgo a buscar los collares en “Almacén” para terminar de largarme.

Como estamos cerca del mercado de mayoristas, decidimos acercarnos hasta allí para ver si conseguimos alpiste y semillas de girasol que hace tiempo se acabaron y no hemos conseguido más.

En una época, le compraba esas semillas a una agropecuaria que me las llevaba hasta mi tienda. Pero una vez me despacharon un bulto que me costaba 3 mil 500 bolívares y la factura era por mil 500. Sí. Ellos que se ufanaban de ser socialistas, se cubrían las espaldas con lo del “precio justo”, cobrando un monto y facturando otro mucho más bajo. Al final, la culpa de la “especulación” sería del detallista. Devolví el saco y se acabó nuestra relación comercial.

Entonces, decidí comprar por otra vía. Conseguí una empresa que me las despachaba pero la última vez me dijeron que tenía que tener un guía del “Sada” para poderme seguir vendiendo. Tendría que ir al Minpopó no sé cuánto, pedir una cita que la darán para no sé cuando, casi un año después de pedida, llevar un montón de requisitos, hasta el certificado de defunción de mis tatarabuelos y…

Pues entonces no les compro más y sanseacabó. Uno tiene Rif, tiene registro de comercio, paga retención de impuestos, paga impuestos a la alcaldía, paga impuesto sobre la renta. Toda la parafernalia burocrática y cada vez que a un funcionario le pica el fondillo inventa un papel nuevo a solicitar y una vía más para el matraqueo y la extorsión. Pues no vendo más esas cosas y ya.

Pero los clientes buscan el producto. Hay una necesidad que es imperioso cubrir. Ya son tantas las cosas que no se consiguen, que es difícil dejar de vender lo poco que hay y que necesitan los clientes. ¡Vamos a intentarlo!

Están tan caras las semillas que apenas compro 10 kilos de alpiste y 4 de semillas de girasol para empaquetarlos de cuarto de kilo y ver cómo se mueve. Veo unos bultos de azúcar morena y quiero comprar uno. Son doce paquetes de 900 gramos.

–Para venderle el azúcar necesita tener la guía del “Sada”. Si le.vendo sin guía y lo para la Guardia, se.lo llevan preso por bachaquero. Hace un tiempo que está un muchacho preso porque llevaba un bulto de azúcar para un velorio guajiro.

De historias como esas vienen los titulares de “Detenidos 30 bachaqueros con productos de la canasta básica”.

“Vuelta la burra al trigo con la malparía guía del Sada”, pienso. Me quedo sin el azúcar morena. La cuenta hace 2 mil 500 bolívares. No aceptan tarjetas:

–Tenemos problemas con la línea de teléfonos desde hace tiempo –Me explica el señor–. Hemos llamado desde hace meses a Cantv y nada que lo arreglan y no hay líneas nuevas. Yo no sé qué tanta propaganda hace la Cantv en televisión si no hay nada.

Le digo que este régimen es todo pura propaganda y le pido que me haga la factura jurídica, que le pagaré en efectivo.

– ¿Factura? No, eso se vende sin factura. Le voy a decir la verdad, eso es de contrabando.

De regreso a mi negocio, conseguimos un hombre que va en una motocicleta transformada por la avenida. Le quitó la rueda delantera, le instaló una especie de plataforma y allí montó una pequeña vitrina donde lleva sus panes y una cava para mantener frío el jugo. Es un emprendedor que busca sobrevivir al socialismo. Ese es su negocio. Sin permisos. Sin impuestos. Sin pagos de alquiler. Rellenar los panes y preparar el jugo. Eso es.

Vivir en un paréntesis

parentesis

Hace 16 años en Venezuela se abrió un paréntesis. Muchos apoyaron, muchos celebraron, muchos se pusieron a la orden del nuevo gobierno para colaborar en la recuperación del país y la profundización de la democracia. Tendremos una democracia participativa y no solo representativa como hasta ahora. Otros estábamos recelosos, desconfiábamos de un gobierno en manos de militares golpistas. Unos y otros, en todo caso, creímos que se trataría de un paréntesis de cinco años. Ese paréntesis duraría lo que duraba un período presidencial, a lo sumo.

Pasó el tiempo. Vino la constituyente.  Empezaron los desencuentros y las desilusiones. El régimen empezaba a mostrar el tramojo pero aún había fiesta de triunfo en muchos sectores. La esperanza del cambio no se desvanecía. El paréntesis seguía abierto.

Se empezaron a crear argucias legales para afianzar el régimen en el poder. A vuelo de pájaro creo recordar que una decisión del Tribunal Supremo de Justicia determinó que el período presidencial no debía teminar cuando le correspondía

No obstante,  muchos insistían en que ya estaba por cerrarse ese paréntesis.  Al régimen le queda poco. Está  “débil, asustado y acorralado” por eso actúa como actúa. De allí tanto desafuero. La procrastinación nos invadía.

Llegó el 2002, un paro general de actividades pondría cierre al paréntesis. El país no aguanta más. Llegaba el fin de unos funestos años. Ningún gobierno podría sostenerse con cientos de miles de personas en la calle y toda la actividad productiva, incluyendo la principal fuente de divisas, la industria petrolera, exigiendo su salida. El paréntesis estaba por cerrarse. Es sólo cuestión de aguantar un poco.

Llegó el golpe de Estado. La confusión. La supuesta renuncia. La entronización de Carmona Estanga. La supresión de todos los poderes. La persecución de algunos. La huída de otros. La muerte de muchos. Cerrar el paréntesis traía consecuencias.

De pronto. Unas negociaciones. Unos hechos que aún no quedan claros. La carta de renuncia no era tal. “La cual aceptó”  ya no fue más.  El retorno fantasmagórico a media noche del tirano depuesto. El paréntesis seguía abierto.

20 mil trabajadores de la petrolera quedaron sin trabajo de un pitazo, literalmente. Hasta de sus viviendas los sacaron. Los persiguieron para que no encontraran trabajo en otros sitios. Muchos se fueron del pais. Otros lograron montar negocios. Algunos empezaron a hacer comida para vender. No había por qué asustarse. El paréntesis algún día se cerraría y regresarían todos a sus puestos de trabajo para reconstruir la industria que estaba en el suelo. Serán recibidos como héroes y su sacrificio recompensado, cuando el paréntesis se cierre. La industria y el país no aguantarían muchos años en esas manos inexpertas.

Vino el cierre de RCTV que para muchos sería la guinda.  Si se atrevían a ir contra el más viejo y popular canal d televisión, el paréntesis se cerraría definitivamente. Lo cerraron. “Un amigo es para siempre”. Miles de personas quedaron sin trabajo pero tranquilos, eso sería por poco tiempo. RCTV más temprano que tarde regresará . El paréntesis estaba próximo a cerrarse.

Tuvimos elecciones de diputados en 2005. La línea de la oposición fue abstenerse de participar. Eso es una pantomima. No vamos a convalidar al régimen en una Asamblea Nacional. Si no hay representantes de la mitad del país opositora en esa Asamblea todas sus acciones serán ilegítimas e ilegales y el mundo la desconocerá… El paréntesis tendría que cerrarse forzosamente ante un régimen ilegítimo donde la oposición no tendría  voz ni representación.

Venevision y Televen empezaron a bailar al son que sonaba en Miraflores. De un plumazo cerraron más de 30 emisoras de radio. Pero no había de qué preocuparse. Eso no sería para siempre.  Lo que vivía el país no era más que un paréntesis.

Cerraron miles de empresas e industrias. El país se deterioraba a toda prisa. Cada vez se producía menos. No había inversión en infraestructuras. Venezuela se sumía en la oscuridad por falta de inversión en el sector de la electricidad. La población crecía, se triplicaba y la infraestructura de Venezuela no le seguía el ritmo. No se invertía, no se crecía en servicios al ritmo que lo exigía el crecimiento poblacional. El parque automotor se triplicó y las vías seguían siendo las mismas y sin mantenimiento. El colapso se hacía inminente. La delincuencia, el narcotráfico, la corrupción, la entrega de las FAN, de ministerios, de la nación a manos cubanas era intolerable. La palabra “pran” se hizo familiar y el secuestro y el sicariato cotidianos en cualquier ciudad. La inflación no tiene límite ni control. El país se rebelaría  en cualquier momento para cerrar este oprobioso paréntesis de nuestra historia. No se podía humillar tanto al “bravo pueblo”.

Cada nueva elección se nos decía que ahora sí llegaba el fin. El paréntesis a puntico de cerrarse. Metieron presos a muchos por órdenes dadas en cadenas de radio y televisión. Murió Franklin Brito reclamando justicia. Todo signos de que el régimen estaba por caer.

Sin apenas darnos cuenta y sin reaccionar nos vimos haciendo cola. Tres, cuatro horas de cola para comprar alimentos básicos cuando hay y racionados. Largas colas para la gasolina, para el gas. El numero de.cédula paso a ser el control del racionamiento. Los anaqueles de los supermercados se vaciaron. No hay. No hay. No hay.  NO HAY. Ni azúcar, ni aceite, ni harina de maíz, ni harina de trigo, ni jabón de baño, ni detergente para lavar ropa, ni afeitadoras, ni pañales, ni papel tualé, ni medicinas, ni insumos médicos en hospitales, ni cauchos para vehículos, ni baterías… En cualquier porche de vivienda una ponen una mesa con los productos inexistentes en loa supermercados a cuatro veces su precio sin que haya autoridad que lo evite y sancione. En muchos sitios el mercado negro es controlado y cuidado por policías y militares.

El exilio se volvió sino y signo de la venezolanidad actual. Las familias se desmembraron. Las despedidas de ojos salobres nos marcan a diario. Ayer un hijo, hoy un hermano, mañana un amigo. Venezuela pasó de ser hogar de acogida de inmigrantes a regalarle sus hijos al mundo. Se cuentan por miles los venezolanos que se han ido procurando el futuro, el bienestar y la tranquilidad que les niega hoy su país natal. Se van con la expectativa de un posible futuro retorno, cuando el paréntesis se cierre…

Ese paréntesis abierto se hace eterno e invivible, pero se sobrevive en la esperanza de que un día habrá de cerrarse.  Esto no lo aguanta nadie. Esto es insoportable. Sigue la procrastinación.

Y llegó el cáncer. La enfermedad nos salvaría. La parca se encargaría de hacer lo que los venezolanos no pudimos o no quisimos. La muerte nos cerraría el paréntesis.

Murió.

Cual monarca, dejó un sucesor. Al que menos esperábamos. Al menos preparado. Por quien nadie daba medio. Quién definitivamente cerraría el paréntesis porque ni hablar sabe. Imposible que con semejante currículum y falta de preparación el país vote por él. Las elecciones pondrían fin al paréntesis y punto final al desastre.

El sucesor ganó las elecciones. No durará 6 meses. Imposible que semejante personaje gobierne al pueblo “que el yugo lanzó”. No creo que a este le aguanten lo que le aguantaron al difunto. Pasaron los meses. Llegaron las guarimbas. Llegó el diálogo.  Llegó #lasalida. Pasó un año.

Ya no quedan medios de comunicación independientes más allá de El Nacional y uno que otro programa de radio. Globovisión, Últimas Noticias y El Universal más tardaron en decir que no cambiarían su línea editorial que en incumplir su palabra. La censura es el pan de cada día. Los diarios han reducido sus páginas gracias a la falta de papel y divisas para importarlo. Otros han cerrado.

El régimen está débil. Está acorralado. Se siente débil y por eso hace lo que hace. Están raspando la olla porque se saben fuera. El país no aguanta más. La procrastinación se perpetúa. El paréntesis sigue abierto…

Golcar Rojas

Por mí no será. Yo sí voté

voto

¿Cómo no sentirme contento de haber votado para oponerme a este régimen oprobioso, tramposo y vergonzoso?

Llegué a mí centro de votación a eso de la una y media de la tarde. Revisé mi lista: “Mesa 3”. Me ubiqué de tercero en la fila y en menos de cinco minutos ya tenía el meñique manchado de tinta morada en señal de que había ejercido mi derecho y mi deber.

Menos de 5 minutos duró todo el proceso. No tuve que detenerme más de un minuto en cada estación.

Menos de 5 minutos que fueron suficientes para conocer una historia más de humillación y vejación a los ciudadanos venezolanos.

Digo: “Esta es la única cola que en el país hago con alegría”. Eso bastó para detonar el relato que a continuación se desarrolló entre la señora que estaba delante de mí y el el joven que venía detrás.

-¡Las malditas colas! -Exclamó la señora, y prosiguió:

-Anoche fui al supermercado a comprar varias cosas, una leche evaporada, una condensada y papel tualé. Después de hacer la cola, cuando llegué a la caja, me dice la cajera: “Señora, su cédula está bloqueda. No puede hacer esa compra porque lleva productos regulados”.

Le digo:

-Claro, gracias al régimen bolivariano y socialista, uno no puede comprar productos regulados más de una vez a la semana.

-¡Eso es lo peor! ¡Yo no he comprado esta semana nada! Cuando le dije a la cajera que yo no había hecho compras esta semana, me dice: “Pues alguien usó su número de cédula y por eso la bloquearon”.

La señora dice que no daba crédito a lo que le decía la dependienta:

-Ay, señora. Pasa mucho. Por eso no se puede decir el número en voz alta porque cualquiera lo oye y puede usarlo por usted.

-Pero si a mí me obligan a mostrar la cédula laminada, ¿cómo puede alguien comprar con solo decir mi número de cédula…?

-Ahora tiene que ir a que la desbloqueen.

-¿Donde?

-Eso sí no lo sé.

Cuando la mujer llega a esta altura del cuento, el joven que estaba detrás de mí en la cola, salta:

-Señora, le doy un consejo. No pierda su tiempo. Yo tengo tres meses en un solo peloteo por diferentes dependencias para tratar de desbloquear a mi tía de 75 años, y nada. De un lado me mandan para otro y en ninguna oficina resuelven. La última vez me dijo un tipo que me olvidara de eso, que si no pagaba un soborno, nunca desbloquearían a mi tía. ¡La pobre vieja! Su única diversión en la vida es salir todos los días a hacer su compra en el supermercado y ahora, gracias al racionamiento y a que le bloquearon su cédula, ni eso puede hacer.

Como dije al principio de este relato, toda esta historia fue contada en los menos de cinco minutos que duró el proceso de votación, mientras avanzábamos en la cola rumbo a la mesa en la que nos correspondía ejercer nuestro derecho.

Si bien es cierto que a mí no me emocionaba mucho votar por Evelyn, en efecto, no voté “por ella”, voté en contra de este régimen humillante y oprobioso.

Luego de escuchar a los dos compañeros de jornada en la cola, marqué feliz la tarjeta de la Mesa de la Unidad, para dejar constancia de mi absoluto rechazo a este régimen, consciente de que no estaba votando por una persona sino en contra de un régimen y a favor del país.

Salí de centro de votación con la satisfacción del deber cumplido y con la tranquilidad de que, pase lo que pase de aquí en adelante, nadie podrá nunca reprocharme o señalarme diciendo: “Porque como tú no votaste”.

Venezuela en un cuadro

arte popular4

La depresión no pasa. Crece y se prolonga como crecen y se prolongan las colas y los comercios asediados, acosados por un régimen empeñado en acabar con toda iniciativa productiva.

Uno trata de evadirse pero la realidad lo persigue. Se conecta a las redes para desconectarse, sale a pasear, trata de no pensar en esta absurda y cruel realidad que nos ha tocado vivir pero no hay manera. Cuando juegas con fotos para no pensar y subes una de amor y amistad al Facebook, la realidad se te cuela en un link a un triste video de un comerciante árabe que llora mientras es detenido tratando de explicar que no puede vender su mercancía calculando el dólar a 6,30 porque la compró con dólar a 60,00 y, muy probablemente, tendrá que reponerla con dólar a 68,00, si es que decide continuar con su negocio.

El paseo se convierte en una tortura, las colas se dispersan por todas partes. La gente parece agua que se desborda. A las ya acostumbradas hileras de gente frente a supermercados para tratar de pescar un kilo de leche o un litro de aceite, se le suman la nuevas, las desatadas al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”. Frente a las tiendas de electrodomésticos, frente a Traki, a Zara, a Epa… el río de gente en frenética onda consumista se reúne para aprovechar la rebatiña. Uno no deja de sorprenderse ante semejante furor consumista propiciado por un régimen que se autocalifica como comunista.

La locura consumista desatada por el desafortunado llamado de Nicolás Maduro es tal, que la gente ni siquiera se percata de que, en muchos casos, están haciendo colas de hasta cinco horas para comprar al mismo precio que estaba la mercancía antes del desatino de Nicolás. Otros, después de horas en la hilera entran con 10 mil bolívares a pretender comprar un aire que está en 18 mil. Dan una vuelta y salen con las manos vacías y la decepción y el cansancio en el rostro.

“¡Que no quede nada en los anaqueles!” resultó ser la mejor promoción, el mejor slogan, que le pudieron haber hecho a muchos comerciantes. Sus anaqueles quedaron vacíos sin bajarle ni un bolívar a sus productos.

Junto a los engañados y los ilusos, se apuestan a las puertas de los establecimientos los aprovechadores de siempre. Esos que ven en este festín la gran oportunidad de hacerse con arte popular7mercancía a precios de gallina flaca para luego aprovechar de revenderla a precios de oro cuando la escasez que se avizora haga su entrada triunfal y el mercado negro en ciernes se termine de configurar. Otros, compran para llevar esa mercancía a Colombia y obtener millonarias ganancias con poco esfuerzo. Solo unas horas de cola y una buena mordida a los Guardias de la frontera. Muy poco esfuerzo para tan jugoso negocio.

Definitivamente, la evasión no es posible. Por donde uno meta la cabeza, la realidad lo cachetea con fuerza. Una imagen de una torta de chocolate y fresas en Facebook, colgada para endulzar el triste día, termina siendo un rosario de lamentaciones sobre política.

La vecina me cuenta que a muchas de las empresas que hoy obligan a vender a precios rebajados, según lo contó alguien cercano al régimen, efectivamente recibieron divisas a precios preferenciales. Nada nuevo en realidad. Todos sabemos como muchos empresarios terminaron adquiriendo dólares preferenciales a través de empresas de maletín, en contubernio con gente del régimen que se llevaba su buena tajada por adjudicar esos dólares. Ninguno de esos dueños de empresas son los que están detenidos en este momento. Solo los gerentes y encargados de las tiendas parecen tener que responder con la privativa de libertad. Todo hecho arbitrariamente, obviando la presunción de inocencia y el debido proceso. ¿Acaso esos gerentes y encargados de tiendas fueron los que se enriquecieron con las divisas preferenciales?

Llego a mi casa, aturdido luego de una semana agobiante de depresión y angustia y solo da vueltas en mi cabeza la imagen de un cuadro de Nabor Terán que vi en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía arte popular5Bermúdez.

Fue el 24 de octubre, día de fiesta y asueto regional. En las salas altas del CAM, se exhibían las piezas de la colección del Museo de Arte Popular Salvador Valero de Trujillo. Una interesante colección con lo más representativo de la imaginería popular venezolana. Una delicia de exhibición en la que la imagen de “La revolución por la torta en Venezuela”, de Terán, una pieza ensamblaje en relieve de 2002, se quedó fijada en mi mente como una alegoría de la Venezuela actual y que en estos días de delirio consumista “revolucionario”, me asalta a cada instante.

Vi la obra de Terán, justo después de un desagradable recorrido por la nave central del Centro de Arte donde se desarrollaba la Fería del Libro, un evento que repugnaba por la palurda propaganda del régimen que abundaba por todas partes con afiches de Nicolás y del difunto dispuestos en los paneles de los stands. Una vergonzosa muestra de la viveza de quienes detentan el poder.

El cuadro de Terán, en ese contexto, resultaba aún más elocuente de lo que de por sí es: En la parte inferior central, se ubica un pastel. A sus lados, una hilera de roedores negros con boinas rojas y manchas blancas, a la izquierda. Otra hilera, de ratas blancas con banderines, a la derecha. Ambos grupos se ven dispuestos a atacar a dentelladas, sin compasión, el pastel en medio de la calle. En la esquina superior izquierda, un hombre solitario -¿tú? ¿Yo? ¿Bolívar?- de espaldas a un ave se pregunta: “Dónde están presos los corruptos”.

Del lado de las ratas negras con boinas rojas, un texto reza: “Quién pudiera comer uvas y no clavos… Tenemos manchas blancas porque el cáncer se pega…”.

Leo  la inscripción y corro una vez más a ver la fecha de la realización del cuadro: “2002”, diez arte popular6años antes de que nos enterásemos que Chávez, el padre de todo este desastre, moriría de la fatal enfermedad. ¿Una premonición?

Entre el pastel y las ratas blancas con banderines, otra inscripción reza: “¿Ustedes quieren la patria o la torta? ¡La torta! ¿Por qué? por ella somos millonarios a costas de mentiras nosotras vivimos felices. Cuando se muere un tonto, nace un penal… ¡Sigan botando!”.

Es arte popular. Es arte ¿ingenuo? Es un cuadro desgarrador que nos retrata tan literalmente que no puedo dejar de pensar en él con la piel erizada cuando veo lo que nos pasa y avizoro lo que nos vendrá.

La sorpresa cotidiana

Contrabandistas protestan por aumento de controles en frontera colombo-venezolana

Sorprendente: “Contrabandistas protestan por aumento de controles en frontera colombo-venezolana”

Tendemos a decir con mucha facilidad “ya a mí no me sorprende nada”, con lo cual, en realidad, estamos construyendo un oxímoron porque el mismo tono en que lo decimos denota, además de decepción y cierta impotencia, sorpresa. Los invito a leer esta serie de eventos sorprendentes de la cotidianidad del venezolano y, al terminar, díganme si aún pueden decir que  ustedes perdieron al capacidad de asombro y “ya no los sorprende nada”.

Vivimos diariamente de sorpresa en sorpresa. Cuando decimos “Ya no me sorprende nada”, lo que queremos significar es que no nos extraña. Que la sorpresa cotidiana no se nos hace ni inverosímil ni poco común. Es la sorpresa que diariamente nos esperamos en esta especie de realismo mágico en que nos hemos acostumbrado a vivir sin dejar de sorprendernos.

Este texto podría convertirse en un sin fin porque, cuando uno cree que ya lo terminó, lo sorprende un nuevo acontecimiento como que “Robaron carpa de Patria Segura“. Si, tampoco es raro pero igual sorprende que roben a los encargados del plan de seguridad del gobierno.

En el momento cuando uno está leyendo del robo, suena el teléfono y un amigo, sin que le parezca raro, pero con tono de sorpresa dice: “¡tengo doce horas, desde la cuatro de la madrugada, sin luz! Se dañó algo en un poste y lo hemos reportado un montón de veces a Corpoelec y no vienen. ¿Puedes creer que tienen solo dos camiones para atender averías de toda Maracaibo y uno lo dedican cada vez que les provoca a poner propaganda del candidato oficialista a la Alcaldía?”

Puedo creerlo, pero no deja de sorprenderme. Ese mismo día, uno sonríe con un gesto que más que sonrisa parece mueca cuando lee este titular:

“Contrabandistas protestan por aumento de controles en frontera colombo-venezolana”.

Sorprende lo absurdo de la realidad, lo irónico de la protesta, lo paradójico que resulta que quienes viven al margen de la ley se atrevan a salir a protestar porque las autoridades pretenden ponerle freno a su actividad ilegal.

Lo esperado, lo cotidiano, es el contrabando, el tráfico de mercancías desde Venezuela hacia Colombia. Eso es “lo normal”.

“Los manifestantes, conocidos como “maleteros”, “alegaron a la prensa que cerraron el paso porque el gobierno de Venezuela se puso muy estricto en la vigilancia y control del contrabando”

Inmediatamente, uno lee entre líneas, como nos hemos acostumbrado a leer para tratar de extraer la verdad verdadera más allá de la controlada, censurada y autocensurada verdad oficial que transmiten los medios.

«Esto quiere decir, o bien que algún comandante no está conforme con la cantidad que diariamente le pasan los Guardias Nacionales producto del soborno que le hacen a los contrabandistas. O algún GN se la quiso dar de vivo y no le pasó la coima a su comandante. O quieren hacer el alboroto mediático un día para hacernos creer que el gobierno ataca el contrabando y, al día siguiente, cuando prensa, televisión y radio se hayan hecho eco de la protesta y de la “contundente acción del gobierno”, todo seguirá como siempre».

Todas, variables que encajan a la perfección en nuestra cotidianidad que no por reiteradas o frecuentes dejan de sorprendernos. Como no nos sorprende escuchar que los Guardias Nacionales pagan para ser destacados en los puestos fronterizos porque son una vía expresa para hacerse rico en poco tiempo o que, supuestamente, esos GN fronterizos tienen una tarifa diaria estipulada de dinero que deben pagar a sus comandantes. De allí para arriba, lo que ingresen por concepto de coimas, es de ellos.

Todo esto lo escuchamos en cualquier cafetería, en cualquier cola de supermercado y, a pesar de oírlo una y otra vez, no deja de sorprendernos, aunque comentemos “ya a mí no me sorprende nada”.

Como sorprende, aunque no es poco común, oír a un empleado de un Abasto Bicentenario, con su carnet de identificación rojo colgado al cuello, decir:

-Me voy este mes a Cuba a raspar las tarjetas.

Esas diez palabras encierran tantas paradojas que uno no puede dejar de sorprenderse. Un empleado del gobierno va  a raspar su cupo Cadivi contraviniendo lo que su empleador pregona y, más irónico aún, ¡va precisamente a La Habana a hacerlo!

Pero la realidad siempre logra sorprendernos de nuevo. Uno coge la prensa y se encuentra un gran titular que cuenta que, en un país donde escasean los alimentos y se hacen largas e insufribles colas para comprar comida, “Se pudren mil 400 kilos de pollo en PDVAL“. No es raro, hace poco tiempo se perdieron toneladas de alimentos, pero igual no deja de sorprender.

Otro día, nos sorprende saber que unos amigos de San Cristóbal, clientes del Banco Mercantil, han tenido que hacer un viaje a Mérida para hacer el engorroso trámite bancario de Cadivi, porque las citas para las agencias tachirenses se encontraban agotadas.

sorpresa2Nos toma por sorpresa también, aunque no nos parezca raro, ir a la panadería un día, después de que el Indepabis ha cerrado varios establecimientos de este tipo por incumplir con los precios estipulados, y conseguir que el yogurt que tiene un precio de venta marcado en el envase de 9,00 bolívares, en esa panadería lo venden a 10,00.

Dos días después, los ojos casi se desorbitan cuando uno se entera de que las funciones del Festival Internacional de Teatro para el que se invirtieron millones de bolívares, programadas con meses de antelación, son suspendidas arbitrariamente porque la presidencia decidió que necesitaba el teatro Baralt para un evento y, sin previo aviso ni posibilidad de pataleo, las tres obras pautadas del festival para ese día en ese teatro, son suspendidas para recibir la visita presidencial y al candidato oficialista a la alcaldía.

Y, hoy, como para que el día no pasara sin darme mi cotidiana sorpresa, escuché, a las puertas de un banco, el siguiente diálogo entre un cliente y el “cidicero”, como llamamos a quienes venden en la calle “quemaítos”, CDs piratas de música y películas:

Cliente: “¿tenéis “Bolívar, el hombre de las dificultades”?”

Cidicero: “No, papá. No la tengo. ¿Esa es venezolana?”

Cliente: “Sí. La de Roque Valero. ¿Vos no vendéis películas venezolanas?”

Cidicero; “No. Venezolanas no vendemos. Ese fue el acuerdo con el Core 3″

Cliente: ¿Cómo así, con el Comando Regional de la Guardia Nacional?”.

Cidicero: “Si. Nos reunimos con ellos y llegamos al acuerdo de que para que nos dejaran trabajar tranquilos, nos comprometíamos a no vender películas venezolanas. Pero, tranquilo, que si te la consigo, te la llevo al trabajo”.

Cuando aún los oídos no se recuperan del estupor producido por el diálogo cliente/cidicero, mientras uno piensa con incredulidad y asombro que todo lo aquí narrado ha ocurrido en menos de una semana; uno se sorprende nuevamente al enterarse que a los habitantes de ocho estados del país los sorprendió un apagón y que, a quienes estaban sin luz en una peluquería del aeropuerto de Maiquetía, los sorprendieron unos atracadores, quienes hirieron con una navaja a una persona.

De sorpresa en sorpresa, los ojos, una vez más, se sorprenden al leer:

“El Presidente Nicolás Maduro denunció que desde la Casa Blanca, sede de gobierno estadounidense, se realizaron reuniones donde presuntamente se organizó un plan para desestabilizar al país en el mes de octubre, denominado “colapso total”

Uno vuelve a sonreír con la mueca habitual de quien no se extraña, pero se sorprende, y solo atina a pensar:

«El único plan que debe tener Estados Unidos para hacer que este país colapse es sentarse a esperar, sin mover un dedo. Venezuela cada día se aproxima más al borde del abismo y no necesita un empujón externo para caer estrepitosamente al vacío. Para colapsar, somos autosuficientes».

Las colas de la patria

colas1Allí están. En larga formación frente a las puertas del supermercado. Pasan de cien. En su mayoría son indígenas wayúu y la mayoría, mujeres. Hacen fila pacientemente, con sus caras morenas que reflejan el tono curtido que les otorga el ardiente sol de la Guajira. Con sus largos, lisos, negros y gruesos cabellos empapados de sudor. Con las frentes brillantes por la humedad que les imprime el bochorno de una calurosa tarde marabina. Con sus coloridas batas ondeando a cada movimiento del cuerpo.

Allí están. Como estuvieron ayer, como estuvieron hace seis meses, como tienen años estando.  Como estarán mañana. Con la paciencia de Job hacen su fila para comprar el kilo de leche que su número de cédula de identidad les permite. Un kilo, no más.

Allí están. “Los desgraciados guajiros”, “Los malparidos guajiros”, “Los apátridas bachaqueros”. Sí, también en esto ha triunfado la revolución bolivariana. Gracias a la persecución, estigmatización, criminalización hecha por la acción gubernamental que acosa al indígena con la excusa de salvaguardar la “seguridad alimentaria” del país, el zuliano ha afincado sus prejuicios racistas. La mayoría de la gente ha comprado a ciegas la versión del gobierno de que la escasez de alimentos de la canasta básica se debe al contrabando de los “bachaqueros” en su gran mayoría miembros de la etnia originaria wayúu, sin detenerse a pensar que las perversión del mercado socialista y la destrucción del aparato productivo son los principales responsables.

Es parte del legado del difunto Chávez, parte de su éxito al dividirnos y acentuar los resentimientos y la discriminación con sus desaforadas e interminables peroratas de odio. Antes de morir sembró al país de odio, división, escasez, resentimiento y… colas. Esas insufribles e indignantes colas de caras tristes que ahora son nuestra cotidianidad, a cualquier hora del día, por donde uno pase y que hacen que retumben en mi cabeza las palabras de aquella negra cubana en La Habana, cuando visité la isla en 1991: “Asere, aquí en Cuba tenemos que hacer cola hasta para hacer el amor”.

Cuántos discursos vacíos ha gastado el régimen venezolano para vociferar su amor por los pobladores originarios del país, para pregonar la búsqueda del bienestar de los indígenas y de los pobres y cuán poco hace efectivamente por otorgarles una vida digna a esos pobladores en minusvalía, a indìgenas y pobres.

La historia empezó cuando, a eso de las cinco de la tarde, una querida amiga me pasó por whats app una foto de su mamá abrazando feliz cuatro paquetes de leche en polvo La Campiña con el siguiente texto:

“Mami acaparando leche en De Cándido de Delicias”.

La felicidad se dibujaba en el rostro de su madre. No es para menos. Para los venezolanos del interior del país, desde hace colas2años, tener acceso a productos como leche, azúcar, aceite de maíz, papel tualé, jabón de baño o pasta dental, entre muchos otros, se ha convertido en una hazaña, una proeza solo alcanzable con mucha suerte y paciencia. Si, además, logras que te vendan más de un producto de cada uno, puedes considerarte tan afortunado como si te hubieras sacado la lotería.

–¿Hay mucha gente? –Pregunté poco esperanzado en la respuesta. Una señora me acababa de contar su drama en un supermercado cuando, luego de más de cinco horas en cola para pagar su compra, tuvo que dejar la mayor parte de los productos porque, sin darse cuenta en el despelote de gente que se forma dentro de los establecimientos, se metió por la caja rápida y, al querer pagar, no le permitieron facturar más que los diez productos estipulados para esas cajas. Lo contrario habría significado hacer de nuevo la eterna cola para pagar por otra caja.

–No. Eso fue hace como veinte minutos.

Pensé en mi familia en Mérida que justamente el día anterior me había preguntado si podría  conseguir leche para mandarles. A lo mejor lograba sacar unos seis paquetes en ese momento  y otros seis otro día y reunir así suficiente como para que el pago del flete del envío valiese la pena.

A eso de las seis y media de la tarde pasé frente a un supermercado. En la acera se apretujaba una larga hilera de más de cien personas a la espera para poder entrar al establecimiento para comprar productos regulados, cualquier producto regulado que en ese momento hubiera. Con el carro en marcha, saqué el teléfono y tomé una foto.

Seguí camino al supermercado donde me había dicho la amiga que había leche. Al estacionar y bajar, vi, recostadas a la reja del estacionamiento a otras más de cien personas que se aglomeraban en hilera, esperando su turno para entrar a comprar leche.

En la semi penumbra del atardecer, a esa hora cuando aún no es oscuro pero tampoco es claro, pude distinguir que la mayoría de quienes pacientemente se formaban para entrar, eran wayúus, mujeres guajiras con sus batas coloridas. También había unos cuantos ancianos y algunos niños que acompañaban a los mayores.

La perversión del sistema ideado por el gobierno para “combatir el bachaqueo” y “garantizar” la seguridad alimentaria, ha hecho que quienes van a comprar solo productos con precios regulados tengan hacer interminables colas a las afueras de los supermercados. Solo quienes tienen disponibles más de 300 bolívares para comprar otros productos, aparte de los regulados, pueden ingresar a los supermercados evadiendo la humillante cola de horas a pleno sol.

Por eso se ve a todas esas personas formadas en fila a las puestas de los expendios de alimentos. Es cierto, unos cuantos deben ser contrabandistas que pasan el día persiguiendo productos regulados para venderlos en Colombia y traerse unos dólares que luego venderán en el mercado negro. Otros tantos deben ser revendedores locales, gente que compra a precios regulados y luego vende en sus bodegas al doble del precio estipulado o más. Pero muchos de los que allí se apostan durante horas para comprar un kilo de leche, lo hacen porque no tienen todos los días disponibles 300 bolívares para comprar productos que, posiblemente, no necesiten o tengan ya en sus casas, solo para eximirse de hacer la humillante cola para acceder a los alimentos regulados que realmente necesitan. 300 bolívares que reducen el tiempo de cola de siete horas a tres o cuatro, porque de la insufrible espera nadie se salva.

De esta forma, pagamos justos por pecadores en este régimen que se autodenomina igualitario y justo. Un gobierno que supuestamente “ama a los pobres”, pero los somete a una indigna cola para comprar comida solo por el hecho de ser pobres, de no contar con el dinero que les permitiría, como a otros, saltarse la larga fila a pleno sol y solo soportar la infernal cola dentro del establecimiento para pagar la compra.

Al ver esta segunda hilera de gente en la calle, al mirar las caras de los guajiros con su paciencia esperando la señal que les indicaría que ya podían entrar al supermercado para tomar el kilo de leche y pasar a hacer la otra cola eterna para pagarla, sentí una opresión en el pecho, una intensa punzada que empezaba en el gentilicio y terminaba en el corazón.

Sin detenerme a entristecerme más, seguí camino al supermercado. Por el pasillo, frente a mí, ya de salida, venía una mujer con su colorida bata guajira blandiendo en la mano, como un trofeo, un paquete de un kilo de leche. ¿Cuántas horas de su vida habrá tenido que dejar esa mujer en una cola para comprar ese íngrimo paquete de leche al que se aferran sus dos manos?

Al entrar, dispuesto a llenar el carro de compras de productos que no necesito para poder acceder a la leche que enviaría a mi familia en Mérida, las largas colas de más de sesenta personas en cada caja para pagar, me produjeron una nueva punzada en el pecho e hicieron que desistiera de mi intento. Con el corazón dolorido, di media vuelta y, frustrado, me fui.

Al dirigirme al carro, pasé una vez más junto a los pacientes representantes de las etnias originarias del país, los colasprimigenios pobladores de la patria, que seguían allí formados en fila, a la espera de poder pasar a comprar su kilo de leche.

Allí estaban. Pasaban de cien. En su mayoría eran mujeres wayúu. Hacían fila, pacientemente, con sus caras morenas que reflejan el ardiente sol de la Alta Guajira. Con sus largos, lisos, negros y gruesos cabellos empapados de sudor. Con las frentes brillantes por la humedad que les imprimía el bochorno de una calurosa tarde marabina. Con sus coloridas batas ondeando a cada movimiento del cuerpo.

Allí estaban. Como estuvieron el día anterior, como estuvieron hace seis meses, como tienen años estando. Como estarán mañana.

Compungido, abrí el grupo de whats app de la familia buscando escapar de la angustia que amenazaba con hacerme su presa, y leí:

“A Eliana le acaban de robar el teléfono en el Mc Donalds de Mérida”.

Sientí de nuevo la punzada en el lado izquierdo del pecho. Miré al firmamento y distinguí en la oscuridad las parpadeantes luces de un avión que surcaba el oscuro cielo. Pensé “¡Cómo me gustaría ir en ese avión a cualquier lado, a cualquier sitio, lejos de esta patria que, por ahora, parece estar bajo los efectos de una nefasta y temible maldición!”

Cerré los ojos para imaginarme en vuelo y, al apretarlos, una solitaria y furiosa lágrima brotó de mi ojo izquierdo y cayó con ira, allí, donde sentía la opresión, en la parte del pecho donde dolía la punzada. Donde dolía el país.

¿Cuánta patria puede aguantar un corazón?

Foto tomada de la web

Foto tomada de la web

Esta vez no lloré de tristeza. Lloré de rabia. Lloré de indignación. Llanto de patria mortalmente herida, de gentilicio aborrecido. Lloré de arrechera.

Tengo dos días recorriendo y llamando a todas las farmacias buscando el medicamento Manidón, una pastilla que un amigo de 80 años, con marcapaso y con extracción de un riñón, debe tomar diariamente y que ya tiene una semana sin tomarlo porque no lo consigue.

En mi peregrinar de farmacia en farmacia, decidí salir a buscarlo y, de paso, comprar el Omega que yo mismo debo tomar para controlar mis elevados índices de triglicéridos y colesterol y evitar un colapso.

Como salí a pie, dejé en mi tienda el bolso para evitar tentar la suerte por la calle con la atemorizante inseguridad que nos azota. Al llegar a la tienda naturista donde generalmente compro el Omega, la amiga chavista, dueña del negocio, me da la ya habitual y cotidiana respuesta del “no hay”.

-Hago los pedidos y me llega menos de la mitad de lo que pido –dice-. Y cada vez más caros.

-¡Seguí votando por estos desgraciados!

-Ay, sí. Porque vos no votaste.

-Por ellos jamás. Siempre voto pero por la oposición.

-Igual estás pasando por lo mismo que yo.

-Claro, por los que como tú, siguen votando por ellos a pesar de sufrir las consecuencias.

Salgo de allí un poco cabreado. Camino hasta la farmacia. Tres que tengo en la vía. En ninguna consigo el Manidón. Cuando salgo de la tercera veo que pasa frente a mí una señora con bolsas del supermercado Latino. Institntivamente, le escaneo los paquetes. ¡Lleva Harina PAN!

Miro hacia la acera y veo una larga fila de gente a pleno sol, 36 grados centígrados de temperatura con sensación térmica como de 42. Me asomo y veo poca gente dentro del establecimiento. La hilera en la acera la conforma la gente que va solo a comprar la harina. Es decir, “bachaqueros”, o pobres que no tienen para pagar una compra de 300 bolívares.  Quienes van a adquirir otros productos o van a comprar la harina pero en compras de más de 300 bolívares pueden pasar sin esperar.

Me asomo y veo que dentro del establecimiento hay poca gente. Contraviniendo mi propia norma de no pisar los supermercados Latinos porque siempre maltratan a los clientes, cedo ante la tentación de poder hacerme con cuatro paquetes de Harina Pan que ya se me ha acabado en casa, y entro.

Recorro los pasillos metiendo en el carro de la compra un montón de productos que no necesito pero que siempre hacen falta en casa o están por terminarse. Todo con el objetivo de cubrir los 300 bolívares que me darán el derecho a poder comprar la harina sin el castigo de esperar a pleno sol 3 horas en una cola.

Como hace más de 3 meses no compro leche, aprovecho y meto un paquete de leche “crecimiento” para probarla, una leche para niños de uno a tres años, que es la que se consigue. Si me gusta, la seguiré comprando en vista de la escasez tan tenaz que estamos viviendo.

La cola de la caja es razonablemente corta. No obstante, sin razón aparente, no avanza con la rapidez que debería. En un rincón, una señora de unos 30 años grita a todo pulmón a un empleado que le dice “¡Pues tú no vas a entrar porque no me da la gana!”. Todos pensamos que se trata de una “bachaquera”.

A los 20 minutos, una empleada se acerca, acompañada con un policía, a la cola donde me encuentro.  Señalando a una chica que se está detrás de mí, le dice:

-¡Chica, ven acá!

Cuando la joven se acerca, la mujer y el policía le dicen que les muestre el celular.

-¿Por qué? –le pregunta la chica con toda la altanería que puede exhibir una niña de 16 años.

-Porque tú tomaste una foto de la cola y eso está prohibido y la tienes que borrar.

Por supuesto, se me volaron los tapones. Le grité a la mujer, al policía y a dos empleados más que se acercaron que dónde decía que estaba prohibido hacer fotografías. Discutimos un buen rato  hasta que dejaron en paz a la chica quien, afortunadamente, no dio su brazo a torcer y no borró la imagen.

-Esta se la voy a pasar a @HCapriles-. Me dijo con un contoneo retador que me subyugó.

Pasado el impasse, seguimos en nuestra cola conversando como es habitual del país que nos ha obligado a vivir un puñado de resentidos, corruptos y malvivientes que se apoderaron de Venezuela desde hace 15 años. De cómo, cuando los venezolanos íbamos a comprar a Colombia porque todo era más barato allá, jamás escuchamos que en ese país escaseará la comida y, mucho menos, que la racionaran. Al contrario, Colombia aprovechó la situación y producía lo que necesitaban allá y lo que comprábamos los venezolanos. ¡Producían! Cosa que no se puede hacer en Venezuela porque el Socialismo del Siglo XXI acabó con las industrias…

Una amiga que está delante de mí, me pide el favor de que le saque unas pechugas de pollo que no le permitieron comprar porque “excede el límite de compra diaria de pollo”.

Por fin, llega mi turno de chequear en caja mi compra. Subo todo en la correa y la cajera me pide la cédula de identidad laminada. “¡Coño de la madre!” Se me olvidó que no llevaba bolso y que en este país, incluso para pagar en efectivo, si uno va a comprar productos regulados como la Harina PAN, debe presentar el documento de identidad, que se quedó en el bolso con la billetera cuando decidí no tentar a los choros caminando con un bolso terciado por la calle.

-Si no tiene cédula laminada, no puede llevar la harina. Le puedo chequear lo demás pero tiene que dejar la harina-. Dice la cajera.

El señor que está detrás de mí en la cola, amablemente pone su cédula para que yo pueda hacer mi compra. Más de 500 bolívares es el monto de lo que llevo. Cuando el señor va a pagar lo suyo, la cajera le dice que su cédula está bloqueada para la Harina Pan porque ya la pasó con mi compra. El señor saca la cédula de su esposa y le dicen que tiene que estar presente el titular.

-¡Pero yo soy de Encontrados y mi esposa está allá!

-Si no está el titular presente no puede llevar la harina.

La chica del impasse con la foto, hija del señor, saca su carnet de la universidad para que chequeen la compra a su nombre.

-Tiene que ser la cédula laminada y tiene que ser mayor de edad para poder comprar la harina. Además, en esta compra no hay 300 bolívares-. Dice la cajera.

Mi corazón se acelera. Golpea con tanta fuerza que siento que se me va a salir del pecho. Siento que las sienes me van a estallar. Las manos me tiemblan. Estoy hecho un energúmeno. No queda una sola grosería de mi repertorio sin que se la estampe en la cara a la cajera y al montón de empleados que se han acercado para corroborar que las cosas son como las expone la dependiente.

Quiero matar a alguien. Agradezco a Dios que le tengo pavor a las armas porque, si llego a tener una, no queda uno solo vivo. Maldigo a Chávez, maldigo a Nicolás, maldigo a los chinos dueños de la cadena de supermercados quienes entrenan a sus empleados para que funcionen como  policías represores, como sapos cubanos, y no como trabajadores que ofrecen un servicio y se deben al público. Maldigo la mala hora en que incumplí mi promesa de no pisar nunca más un Latino en mi vida.

Camino enajenado y tembloroso, con las bolsas en la mano, las cuatro cuadras hasta mi tienda. Allí lloro mi rabia. Desahogo con llanto mi frustración. Lloro con arrechera, como hacía tiempo no lloraba. Pienso en cuántos días puede aguantar el corazón del viejo de 80 años sin su Manidón y en cuántas arrecheras como esa podría aguantar el mío sin explotar. ¿Cuánta patria puede aguantar un corazón sin que se parta en mil pedazos?

Cuando por fin puedo sosegarme y contarle a Cristian lo que ha pasado. Mi socio me dice:

-Vino tu amiga la defensora pública. La que te contó las cosas de la cárcel. Me dijo que te dijera que hoy, a una jueza, le pusieron un revólver en la sien.

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