El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Venezuela en un cuadro

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La depresión no pasa. Crece y se prolonga como crecen y se prolongan las colas y los comercios asediados, acosados por un régimen empeñado en acabar con toda iniciativa productiva.

Uno trata de evadirse pero la realidad lo persigue. Se conecta a las redes para desconectarse, sale a pasear, trata de no pensar en esta absurda y cruel realidad que nos ha tocado vivir pero no hay manera. Cuando juegas con fotos para no pensar y subes una de amor y amistad al Facebook, la realidad se te cuela en un link a un triste video de un comerciante árabe que llora mientras es detenido tratando de explicar que no puede vender su mercancía calculando el dólar a 6,30 porque la compró con dólar a 60,00 y, muy probablemente, tendrá que reponerla con dólar a 68,00, si es que decide continuar con su negocio.

El paseo se convierte en una tortura, las colas se dispersan por todas partes. La gente parece agua que se desborda. A las ya acostumbradas hileras de gente frente a supermercados para tratar de pescar un kilo de leche o un litro de aceite, se le suman la nuevas, las desatadas al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”. Frente a las tiendas de electrodomésticos, frente a Traki, a Zara, a Epa… el río de gente en frenética onda consumista se reúne para aprovechar la rebatiña. Uno no deja de sorprenderse ante semejante furor consumista propiciado por un régimen que se autocalifica como comunista.

La locura consumista desatada por el desafortunado llamado de Nicolás Maduro es tal, que la gente ni siquiera se percata de que, en muchos casos, están haciendo colas de hasta cinco horas para comprar al mismo precio que estaba la mercancía antes del desatino de Nicolás. Otros, después de horas en la hilera entran con 10 mil bolívares a pretender comprar un aire que está en 18 mil. Dan una vuelta y salen con las manos vacías y la decepción y el cansancio en el rostro.

“¡Que no quede nada en los anaqueles!” resultó ser la mejor promoción, el mejor slogan, que le pudieron haber hecho a muchos comerciantes. Sus anaqueles quedaron vacíos sin bajarle ni un bolívar a sus productos.

Junto a los engañados y los ilusos, se apuestan a las puertas de los establecimientos los aprovechadores de siempre. Esos que ven en este festín la gran oportunidad de hacerse con arte popular7mercancía a precios de gallina flaca para luego aprovechar de revenderla a precios de oro cuando la escasez que se avizora haga su entrada triunfal y el mercado negro en ciernes se termine de configurar. Otros, compran para llevar esa mercancía a Colombia y obtener millonarias ganancias con poco esfuerzo. Solo unas horas de cola y una buena mordida a los Guardias de la frontera. Muy poco esfuerzo para tan jugoso negocio.

Definitivamente, la evasión no es posible. Por donde uno meta la cabeza, la realidad lo cachetea con fuerza. Una imagen de una torta de chocolate y fresas en Facebook, colgada para endulzar el triste día, termina siendo un rosario de lamentaciones sobre política.

La vecina me cuenta que a muchas de las empresas que hoy obligan a vender a precios rebajados, según lo contó alguien cercano al régimen, efectivamente recibieron divisas a precios preferenciales. Nada nuevo en realidad. Todos sabemos como muchos empresarios terminaron adquiriendo dólares preferenciales a través de empresas de maletín, en contubernio con gente del régimen que se llevaba su buena tajada por adjudicar esos dólares. Ninguno de esos dueños de empresas son los que están detenidos en este momento. Solo los gerentes y encargados de las tiendas parecen tener que responder con la privativa de libertad. Todo hecho arbitrariamente, obviando la presunción de inocencia y el debido proceso. ¿Acaso esos gerentes y encargados de tiendas fueron los que se enriquecieron con las divisas preferenciales?

Llego a mi casa, aturdido luego de una semana agobiante de depresión y angustia y solo da vueltas en mi cabeza la imagen de un cuadro de Nabor Terán que vi en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía arte popular5Bermúdez.

Fue el 24 de octubre, día de fiesta y asueto regional. En las salas altas del CAM, se exhibían las piezas de la colección del Museo de Arte Popular Salvador Valero de Trujillo. Una interesante colección con lo más representativo de la imaginería popular venezolana. Una delicia de exhibición en la que la imagen de “La revolución por la torta en Venezuela”, de Terán, una pieza ensamblaje en relieve de 2002, se quedó fijada en mi mente como una alegoría de la Venezuela actual y que en estos días de delirio consumista “revolucionario”, me asalta a cada instante.

Vi la obra de Terán, justo después de un desagradable recorrido por la nave central del Centro de Arte donde se desarrollaba la Fería del Libro, un evento que repugnaba por la palurda propaganda del régimen que abundaba por todas partes con afiches de Nicolás y del difunto dispuestos en los paneles de los stands. Una vergonzosa muestra de la viveza de quienes detentan el poder.

El cuadro de Terán, en ese contexto, resultaba aún más elocuente de lo que de por sí es: En la parte inferior central, se ubica un pastel. A sus lados, una hilera de roedores negros con boinas rojas y manchas blancas, a la izquierda. Otra hilera, de ratas blancas con banderines, a la derecha. Ambos grupos se ven dispuestos a atacar a dentelladas, sin compasión, el pastel en medio de la calle. En la esquina superior izquierda, un hombre solitario -¿tú? ¿Yo? ¿Bolívar?- de espaldas a un ave se pregunta: “Dónde están presos los corruptos”.

Del lado de las ratas negras con boinas rojas, un texto reza: “Quién pudiera comer uvas y no clavos… Tenemos manchas blancas porque el cáncer se pega…”.

Leo  la inscripción y corro una vez más a ver la fecha de la realización del cuadro: “2002”, diez arte popular6años antes de que nos enterásemos que Chávez, el padre de todo este desastre, moriría de la fatal enfermedad. ¿Una premonición?

Entre el pastel y las ratas blancas con banderines, otra inscripción reza: “¿Ustedes quieren la patria o la torta? ¡La torta! ¿Por qué? por ella somos millonarios a costas de mentiras nosotras vivimos felices. Cuando se muere un tonto, nace un penal… ¡Sigan botando!”.

Es arte popular. Es arte ¿ingenuo? Es un cuadro desgarrador que nos retrata tan literalmente que no puedo dejar de pensar en él con la piel erizada cuando veo lo que nos pasa y avizoro lo que nos vendrá.

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Ha pasado un ángel…

 

 

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“¿Recuerdas a Eleonor Rigby?” Llamó Luis Brito a su muestra de ángeles de camposantos en homenaje a Lennon. Una canción que habla de soledad, de fe, de desamparo… de muerte:

“Mira toda la gente solitaria
¿De dónde vienen todos?

Mira a toda la gente solitaria
¿A dónde pertenecen?”

… Desde los tiempos de la antigua Roma, cuando en algún momento se produce un silencio abrupto, se dice: “ha pasado un ángel”.

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Estando en El Cairo, Luis Brito, tomaba su desayuno en un restaurante, el 9 de diciembre de 1980, cuando escuchó la noticia de que cinco disparos dejaron, la noche anterior, sin voz a John Lennon. El fotógrafo tomó su cámara y salió, tras el último bocado, movido por el subconsciente, a buscar a ese ángel que surcó el cielo en el momento cuando la voz del Beatles se apagó repentina, abrupta e irremediablemente.

De allí nace la serie de los ángeles. De esa impresión que produce el primer contacto con la muerte. Lennon fue el primer “familiar” que se le murió a Brito. Con su asesinato, Tánatos se acercó por primera vez a las emociones del joven fotógrafo.

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Los Beatles eran sus hermanos, sus compañeros. A cualquier parte del mundo que fuera, allí estaban ellos. Su música sonaba por doquier. Eran sus compinches, sus compañeros de viajes. Esa mañana, uno de ellos se había marchado para siempre sembrando en el fotógrafo la inquietud por lo efímero de la vida, la impresión de la fatalidad y la incertidumbre por la implacable parca.

Al cementerio de El Cairo llegó con su sensación de luto y soledad a exorcizar sus fantasmas con la cámara. Venciendo sus propios prejuicios contra el uso del color en la fotografía, optó por llenar sus imágenes con un intenso y dramático cielo azul. Fue un momento de rupturas y de inicios.

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Pero, ¿es realmente color lo que se aprecia en las imágenes de los ángeles? ¿O es solo un guiño del fotógrafo, un engaño, para hacernos creer y, creer él mismo, que está irrumpiendo en el uso del color en la imagen, cuando en realidad está solo versionando el blanco y negro?

Si observamos con detenimiento, la serie de los ángeles es como un sucedáneo de su trabajo en blanco y negro. El intenso azul toma el lugar del dramático negro pero no se puede hablar de abundancia del color.

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A las fotografías de los Ángeles de El Cairo, le siguieron instantáneas captadas en cementerios de Valencia, Buenos Aires, Maracaibo, Roma… Para el fotógrafo de Río Caribe es muy importante conocer los cementerios de las ciudades para profundizar en la cultura de los seres humanos que las habitan. Los hombres se retratan en la manera como se relacionan con sus muertos.

Las imágenes de la serie rompen con los convencionalismos de la fotografía. Son des-estructuradas. ¿Quién dijo que el sujeto fotografiado siempre debe estar en el centro? ¿Dónde se encuentra el punto de fuga? ¿A dónde fue a parar el horizonte?

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Los ángeles, sin dar referencias de lugar, parecen interrogar el firmamento. Cada imagen es una crónica del desamparo y la soledad. Un relato del dolor tras el clic de quien se interroga por el sentido de la vida y clama al cielo por respuestas. El infinito cielo azul es evidencia de lo pequeño que es el ser humano y lo finita que es la vida. Esa vida que se fuga como parecen fugarse los ángeles del encuadre.

Ante tan contundentes sensaciones y emociones, pierden toda importancia las nociones del lugar y el momento. La soledad, como el cielo, es igual en todas partes del mundo. No hace falta poner un territorio al firmamento, como no es necesario darle ubicuidad a la soledad. De allí que las fotografías no tengan referencias a lugar o fecha.

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Los ángeles de Brito hablan de una soledad sin desahucio. Es la soledad de quien sufre un dolor pero se aferra a una fe, para no sucumbir. De quien enfrenta un momento crucial en su existencia.

Arriba hay un cielo y, al final, eso es lo que importa. Es lo que da la fuerza para no caer, para no paralizarse, para no rendirse. Es la fe, la creencia en un “algo más”, lo que se desprende de las imágenes. La certeza de que la respuesta a preguntas y plegarias debe llegar.

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Es un sistema de fe, el de Brito, poco convencional, como su fotografía. Construido a partir de sus inquietudes y necesidades. Es la fe de quien se crió en un pueblo cuya vida circulaba alrededor de “la religión, la locura y la muerte” y cuyos miedos y dudas lo hicieron rechazar la Primera Comunión hasta bien entrada la adultez. De quien logró construirse un sistema de creencias con el que compensó sus vacilaciones ante la religión. Brito se forjó una fe particular, formada y fortalecida con su recorrido vital y espiritual.

Locura, religión y muerte son constantes y recurrentes en el trabajo de Luis Brito. Son el leitmotiv en sus imágenes. Y, en el medio de todo, la belleza. La insaciable búsqueda de la belleza. La sensibilidad del fotógrafo le ha permitido, como se ve en esta serie de ángeles, extraer lo hermoso hasta de los más dolorosos sentimientos y eventos y plasmarlo en imágenes que perturban y conmueven.

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Mirna Chacín, el hedonismo hecho fotografía

"Exuberance" se llama la muestra que la fotógrafa venezolana Mirna Chacín exhibirá en Toronto, Canadá.

“Exuberance” se llama la muestra fotográfica que la venezolana Mirna Chacín exhibirá en Toronto, Canadá.

Un banco dibujado con delicadas líneas negras en medio del plano parece invitar a  sentarse y disfrutar del exuberante espectáculo de la primavera canadiense. Los robustos y floridos árboles regalan su delicada sombra y todo su esplendor. El parque parece haberse quedado vacío solo para uno y, en la esquina inferior derecha de la imagen, una pareja alista a un niño pequeño para regresar a casa luego de un día de sol primaveral y relax.

Esta imagen es la fotografía inicial que constituye un anticipo del placer que se irá descubriendo a medida que se contemple el sublime conjunto de fotografías de la primavera en Canadá, realizadas por la fotógrafa venezolana Mirna Chacín.

Imaginariamente, me arrellano cómodamente en el banco y así comienza el recorrido por ese mundo cargado de naturaleza, disfrute, armonía, belleza y placer que se desprende de cada una de las imágenes captadas por el ojo especial de Mirna.

Si me piden que en una palabra describa lo que es para mí la fotografía de Mirna Chacín, la primera que se me viene a la mente es “hedonismo”.  Placer. Cada imagen es un derroche de placer. Es contemplar una escena de goce, participar de un cuento, de una historia preñada de belleza para el disfrute de quien observa.  Sí, hedonismo en toda la extensión de la palabra, porque al mirar una fotografía hecha por Mirna, uno intuye el regodeo que la fotógrafa siente al momento de hacer el click en la cámara, siente que quienes participan de la escena están teniendo un momento también placentero y todo esto se convierte en un instante de gozo y disfrute para quien contempla, extasiado, la imagen.

Ya ubicado en ese privilegiado lugar, se descubre a una pareja de mujeres que, distraídas, conversan a la orilla de un reservorio de agua, ajenas a esas ramas del sauce llorón que caen como lluvia de estrellas sobre sus cabezas  y alejadas del ajetreo citadino. Dos amigas que parecen haber hecho un alto en el camino para compartir a la orilla del espejo de agua.

Más adelante, un hombre y una mujer disfrutan de un apasionado beso, recostados al tronco de un florido árbol, sin importarles las miradas de quienes contemplan la escena, sentados en sus bancos de reposo, ni el ir y venir de gente que a sus espaldas recorre el boulevard, a la ribera del lago, con alborozo. Absortos en su cariño, están ajenos por completo al grupo de ciclistas que en otra fotografía  se aprestan para arrancar su paseo dominical por el parque, desafiando el fuerte viento que sacude las ramas del sauce llorón bajo el cual se han reunido.

Todo en estas imágenes es placer, es ocio, disfrute del tiempo de esparcimiento, jolgorio. La pupila se regocija con la fotografía de la niña ataviada con su impecable vestido, gorrito de muñeca de porcelana y el pequeño balde de juegos playeros que mira paralizada a los estilizados cisnes en el agua, sin atreverse a importunar a las imponentes aves blancas con sus juegos acuáticos y con el niño que se entretiene lanzando piedras al agua, mientras en el fondo se divisa un velero, tras el amasijo de rocas que parecen hacer una pileta natural para que los más pequeños armen su juerga dentro de las llanas y seguras aguas.

En algunas de las fotografías de Mirna, parece develarse su primera vocación por la arquitectura ,por su manera de componer el cuadro y jugar con las líneas, como en esa imagen playera que resalta en el conjunto por su constante y reiterartiva horizontalidad. En un primer plano se observa una pareja acostada boca abajo con sus cabezas enfrentadas formando una línea horizontal que se repite en la orilla del agua y se reitera más atrás con la hilera de rocas, la línea final del horizonte y las nubes que en formación también horizontal participan en el plano. Una absoluta horizontalidad que se remarca con los pequeños puntos verticales de los veleros al fondo y de algunos bañistas de pie. Una deliciosa imagen de juegos de líneas y contrastes.

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Pica en la foto para ir al sitio web de Mirna Chacín y conocer más de su trabajo.

La utilización que hace Mirna del efecto infrarrojo es original y fascinante. Mientras otros fotógrafos como Simon Marsden,  han utilizado la técnica para dar sensación espectral y de  fantasmagoría, o para producir imágenes oníricas, en el caso de la fotógrafa maracucha, el infrarrojo le otorga a la imagen un matiz romántico, bucólico, hace que la composición se torne en una visión sublime de la naturaleza con unos cielos y nubes indescriptibles, realzando las texturas, como en la fotografía en la que el robusto tronco rugoso de un frondoso árbol enmarca el divertido juego de pelota de unos jóvenes. Las blanquísimas nubes al fondo y un velero que navega sobre las tranquilas aguas del lago, completan la armónica composición.

La profundidad de campo en las fotografías de Mirna nunca deja de sorprender. Se distingue con perfección hasta el más pequeño detalle en la distancia, en perfecto balance dentro de la composición. Así mismo, sorprende también la amplitud de sus encuadres que parecieran captar más allá de los márgenes que la visión humana natural pueden permitir. Como en esa deliciosa imagen de parejas que se solazan frente al lago, con el puente a un lado  y el hombre tumbado en la orilla que parece dormitar al calor del sol.

La imagen de un par de cisnes blancos que en la orilla del lago parecen contemplar, extrañados, a una pareja que boga en un bote en medio del lago, hace sonreír. Es hilarante el momento captado. Como si los papeles se hubiesen invertido y quienes, de forma natural debieran ser observados nadando en el agua, pasan a ser los observadores de quienes se supone deberían observar. Es un guiño, un toque de humor, porque reír también es un placer.

Cada imagen de Mirna es una historia para contar. Sus fotografías son crónicas del regocijo cotidiano. En alguna oportunidad leí que si la fotografía logra conmover, producir alguna emoción, es arte. Sin duda, lo que se desprende de cada fotografía de Mirna es arte puro. Uno no puede permanecer impávido ante sus imágenes, pues cada una despierta una emoción en el espectador.

Por momentos, uno no puede dejar de imaginar las poses de la fotógrafa al instante de pulsar el obturador para poder captar esas imágenes casi rasantes. Es una búsqueda incansable por captar la belleza en cada click, llegando a niveles absolutamente poéticos como en “El cometa”,  la imagen de la chica con su bicicleta, sentada en un banco a la orilla del lago, con un único y florido árbol en frente y el cielo con un racimo de nubes blancas al fondo, de las que se desgarra una, como un trazo de pintor. O la del chico solitario, con pinta de cowboy,  sentado bajo la sombra de un robusto árbol, rodeado solo por luces, sombras y primaveral vegetación.

Las dos imágenes que siguen parecen resumir en ellas todo el hedonismo de la fotografía de Mirna Chacín. Son dos escenas absolutamente domingueras, de domingos de primavera o verano al aire libre. Día de picnic, de andar en bici, de pasear con los niños por el parque, de disfrutar del sol tumbados en la playa, de sentir la arena en la piel, de jugar sobre el césped. Días de reunirse en una rueda los amigos, sobre la grama recién crecida, para hacer ejercicios. Un poco de yoga, tal vez…

Y una última fotografía en la que dos botes de remos, uno con una pareja y, el otro más grande,  con todo un equipo de remeros a bordo y su líder de pie, en la embarcación, surcan el agua oscura bajo un imponente cielo con nubes desgarradas como ovillos de algodón en manos de expertas hilanderas. Una imponente imagen en la que se contrasta la serenidad del agua con la fuerza de los hombres y el majestuoso cielo que parece ir contra la dirección de las naves.

Después del exquisito y sublime recorrido visual, me quedo imaginariamente sentado en el banco, con las pupilas cargadas de primavera. Lleno de un exquisito deleite y regocijo en el alma. Agradeciendo tanto disfrute visual y gratificado por la suerte de contar con ese particular ojo de Mirna para mostrarnos, en sus fotografías,  el placer de vivir.

Un placer del que se podrá disfrutar en Toronto, Canadá, del 6 al 31 de julio,  cuando en los muros de la Mimico Centenial Library, se exhiban las imágenes de “Exuberance”, fotografías cargadas de floridos paisajes y colmadas del hedonismo, ocio, esparcimiento y contemplación, que la venezolana captó en la primavera de ese país del norte que desde el 2011 la recibió como inmigrante.

La Velada de Santa Lucía dijo adiós

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Los ángeles de la fuente con la imagen de la Santa y Mártir Lucía al tope nos reciben vestidos de naranja y con las cuatro letras de la palabra “AMOR” estampadas. La plaza y la calle 2 se encuentran atestadas de gente y artistas. La brisa fresca que circula entre el gentío nos evita el sofoco y se agradece.

En algún punto de la plaza un hombre de turbante dentro de un cuadrilátero de cuerdas con fotografías colgantes y con el fondo musical del saxo IMG-20130301-11444tocando jazz dan testimonio de lo que será un performance para criticar las guerras y el fanatismo. Más allá, una chica muestra su desnudez cubierta con un maquillaje corporal de vegetación a manera de estatua viviente que hace homenaje a natura y frente a ella pasean hombres vestidos de payasos.

La gente recorre el lugar, observa con atención las diferentes manifestaciones artísticas de calle. Algunos ríen, otros se burlan, otros más no parecen comprender muy bien de qué va la cosa, pero el lugar continúa llenándose de gente que viene a la que será la XIII Velada de Santa Lucía y la última edición del evento.

Entre la multitud se ve a una pareja vestida de blanco quienes protestan por el maltrato a los animales y las corridas de toros y a su lado, una estatua viviente de una madona con el niño. Son las 9 de la noche y la velada se encuentra a tope.

IMG-20130301-11453Frente a la casa dónde Clemencia Labin, creadora y promotora del evento, se aglomera la gente a la espera que la artista realice su performance, este año inspirado en una imagen de un cuadro de Santa Clemencia, cuyo contenido se reproduce en el medio de la sala a manera de altar. La hilera inamovible de gente frente a la puerta de la vivienda me indican que será prácticamente imposible entrar y ver la actuación de la Labin, por lo que, entre empujones y pisotones me decanto por ir a ver lo que exhiben las demás casas que participan de la velada.

Una mujer realiza una actuación en la cornisa de una de las casas de la calle 2 de Santa Lucía y entre la multitud circulan zanqueros con coloridos trajes y se encuentran diversas estatuas vivientes junto a las cuales la gente trata, en  muchos casos infructuosamente, de sacarse fotos. En la transversal hay todo un “happening”. De unas cuerdas guindaron una inmensa turbina que expulsa espuma de jabón a borbotones y la gente se divierte jugando entre las pompas de jabón.IMG-20130301-11454

A la entrada de la calle, frente a una improvisada carpa de quiromántica y como ajena a la algarabía de la espuma tras de ella, una gitana sentada en la acera parece esperar su próximo cliente en busca de su destino.

Entro a una de las casas y me recibe el rítmico sonido de la gaita zuliana a todo volumen con una exposición fotográfica sobre El Zulia, su arquitectura, sus paisajes y su gente. En la parte trasera de la vivienda han hecho una instalación en la que se critica y denuncia la situación de la frontera venezolana en la actualidad con el contrabando de gasolina y los productos alimenticios de la cesta básica hacia la hermana república de Colombia. La instalación deja plasmado cómo la tortilla se ha dado vuelta, el peso ahora vale igual o más de lo que hace 20 años valía el bolívar, ya Maicao y Cúcuta han dejado de ser una opción para los venezolanos de  comprar productos económicos. Ahora son los colombianos los que buscan en Venezuela los artículos baratos que podrán revender en su país con jugosas ganancias.

En la casa 89B20 Marco Montiel-Soto aglomera innumerables objetos reunidos en una instalación de denomina “Arqueología en la memoria de las familias de Santa Lucía”. Todo un trabajo en el que el artista IMG-20130301-11470hurgó en cada hogar de la barriada recolectan cuadros, fotografías, lámparas, muñecos, cerámicas, muebles… Toda una serie de objetos que al juntarlos en una sola muestra parecen conformar lo que sería la memoria colectiva de “El Empedrao”, con todo la carga kisch que el barrio puede. En el centro de un sofá, frente a la compilación de diversas “Ultimas Cenas” de los hogares de Santa Lucía, un muñeco de trapo hecho a imagen de Jesús, da pie para que a su lado se ubiquen 12 muñecos más de trapo y peluche a manera de Última Cena, esa manida imagen que parece imprescindible en los comedores de las casas de la barriada. Y casi a la salida, entre el abarrotamiento de objetos, nos sorprende un cuadro cinético religioso que nos muestras 3 imágenes diferentes de santos dependiendo del ángulo desde el cual se observe.

En la calle 2 se ve la ropa blanca colgada en cuerdas para secarse al aire y al fondo la iluminada iglesia de Santa Lucía. La gente va y vuelve, recorre las casas, conversa. Es una ocasión en la que uno se consigue con amigos que tiene tiempo sin ver. Algunos que solo vemos cada año en la celebración de la velada.

En baño de otra vivienda, las fotografías de gente bañándose decoran la pared de la ducha en una sencilla e interesante instalación y frente a estas unas muy buenas tintas chinas se superponen a la desconchada pared. También vemos escultóricas sillas hechas con papel maché y en el porcheIMG-20130301-11486 de una vivienda una pareja de esculturas hechas de envoplast parecen conversar y pasar la noche recibiendo el fresco a la luz de la anaranjada e inmensa luna que comienza a asomarse tras los aleros de las casas. Mientras en el muro de una de las viviendas una imagen de santa Lucía estampada en la pared se apresta a recibir en “post it” autoadhesivos las peticiones de los observadores en una instalación que parece re-construirse minuto a minuto a fuerza de fe.

En la puerta de la casa del profesor de inglés, me detengo un rato a contemplar el video que se proyecta en la pared de la sala dormitorio del alcoholizado maestro. En el muro se contempla y oye al viejo, con una gracia particular, dictando sus clases de inglés. En la mitad del lugar se ubica la cama del instructor donde el anciano profesor se encuentra sentado junto a su bastón de IMG-20130301-11503aluminio. Su sonrisa sin dientes y mirada extraviada, a ratos, parece tropezar con la de alguno de los curiosos que se aglomeran en la puerta y ríen por lo bajito. Cómo cada año, salgo de esa casa con una sensación de presión en el pecho y espantando la depresión que se cierne sobre mí, pensando en si es el alcohol, la soledad, el karma o qué otro extraño sino lo que hace que una persona pueda terminar en semejante situación.

Las palabras impresas en el muro de la casa donde Clemencia Labín hizo su performance, justo la pared detrás del altar de Santa Clemencia, ubicadas junto a una sencilla y conmovedora instalación de pañuelos blancos, me sacan de la amenaza de depresión y me reconcilian con lo que acontece en la tumultuosa noche de velada.

La Velada de Santa Lucía, luego de trece ediciones, se despide. No se puede decir que haya cerrado con broche de oro porque, en realidad fue un final de fiesta un poco flojo, con más de lo mismo que hemos contemplado durante las últimas ediciones. Los artistas y creadores participantes pareciera que se quedaron en la zona de confort. Descubrieron lo que les funcionó en una primera oportunidad y se quedaron allí asumiendo muy poco riesgo en los sucesivos eventos.IMG-20130301-11517

La Velada da la impresión de que dio todo lo que tenía que dar y sus organizadores sabiamente lo percibieron y decidieron cortar por lo sano. De ahora en adelante, todos los primeros días de marzo, extrañaremos la fiesta del arte de la Calle 2 de Santa Lucía, recordaremos los gratos momentos que nos hizo pasar y esperaremos que surja en algún lugar y en algún momento un evento que nos mueva las simientes como lo supo hacer durante varios años la reunión de marzo en “El Empedrao”.

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X Velada de Santa Lucía. Toda la calle 2 para el arte

Ecos de La Velada de Santa Lucía. La Posición de Silencio

XI VELADA DE SANTA LUCIA

La XI Velada de Santa Lucía en el lente de Fernando Bracho

XII Velada de Santa Lucía ¿Llegó la hora de revisión?

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Panamá, un país sorprendente y en construcción

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Vamos en el taxi, camino a encontrarnos con el fotógrafo venezolano Rafael Guillén, amigo de redes sociales que, gracias a la magia del facebook se enteró que estábamos de paso por Panamá y tuvo la amabilidad y el buen gesto de invitarnos a conocer el taller del maestro Carlos Cruz Diez, ubicado en Tocumen, a escasos 5 minutos en auto del aeropuerto.

Mientras el conductor recorre las bulliciosas y transitadas calles de Calidonia, donde está ubicado  el hotelito (mas un lugar de aquí te pillo, aquí te mato, que un hotel; pero con todo lo necesario para dormir bien a bajo costo) en el cual nos hospedamos las dos noches que pasamos en Panamá, voy recapitulando nuestra estada en este país inicio de Centro América, y constato, una vez más, que la ciudad no dejó de sorprenderme ni por un instante.

El auto pasa frente al negocio de Elena, la más panameña de todas las chinas que uno pueda encontrar, una simpática oriental con quien resultó 11una delicia regatear la compra de baterías y accesorios para celulares. Entre risas, logramos que nos obsequiara un cargador de automóvil y nos diera un pequeño descuento, aparte de contactarnos con su taxista de confianza con quien vamos rumbo a las galeras (galpones) del maestro venezolano del cinetismo.

Poco más adelante del puesto de Elena, diagonalmente, está la Iglesia Don Bosco, una cálida basílica menor enclavada en medio del hiperactivo comercio de la zona a la que entramos a conocer y donde, entre el encandilamiento del sol callejero, el claroscuro del recinto y mi despiste, casi tropiezo con el ataúd de una persona a la que le estaban celebrando su funeral. Apresurado e impresionado, salí de allí para buscar “El machetazo” una gran tienda donde nos recomendaron buscar las tarjetas para el sistema de metro bus, casi imposibles de conseguir en ese momento.

Un poco más allá de la Iglesia, probamos los ricos y exóticos mamones chinos, una extraña fruta con 20apariencia de animal marino, con una carnosa y dulce semilla. En esa misma cuadra, nos matamos de la risa al ver a las mujeres en plena acera haciéndose la manicura y pedicura en los puestos callejeros.

Recordé que una de las cosas por las que Panamá no me llamaba la atención era porque algunos amigos decían que no valía la pena para hacer turismo, que era como Maracaibo y, efectivamente, en Calidonia uno llega a sentirse como en el centro de la capital zuliana, es igual de desordenada y caótica, se parece mucho en su bulliciosa actividad comercial, tanto formal como informal, y en su arbitrario tráfico automotor. La diferencia es que las calles de Calidonia son limpias dentro del caos reinante.

El taxista toma vía a la autopista y, a los lejos, distingo el alto edificio de cristales verdes y forma de tirabuzón que se visualiza desde múltiples zonas de la ciudad llamando la atención por su arriesgada arquitectura. Es la torre F&F, originalmente llamada “Torre de la Revolución”, según sostienen las malas lenguas panameñas por pertenecer, supuestamente al acaudalado y multimillonario político socialista venezolano, Diosdado Cabello. Nunca pudimos encontrar quien nos confirmara la especie pero por las calles panameñas algunas personas insisten en la historia que ya cobra visos de mito urbano.

La torre F&F junto con el amplio conjunto de modernos y lujosos edificios que se erigen a lo largo del paseo de la Cinta Costera y los que conforma la Punta Pacífico, donde se ubica la famosa torre del hotel de Donald Thrump, con su forma de quilla de barco, vienen a ser el lado13 opuesto de Calidonia.

Es que Panamá es una ciudad llena de contrastes y contradicciones. El centro es el más vívido ejemplo de un país del tercer mundo, con sus buhoneros y calles imposibles de caminar por el descontrolado tráfico, mientras que el lujo y el glamour que se respira en Punta Pacífico y otras pujantes y modernas zonas de la ciudad, son equiparables a los encontrados en Chicago, Florida o la zona de La Defense en París.

En Punta Pacífico nos llama la atención una larga y hermosa cerca perimetral de un lujoso edificio, con especies de estantillos de metal en tonos verde y azul que nos parecen obra de Cruz Diez y que le dan a la construcción un sello de modernidad y arte. Más tarde podríamos certificar que, efectivamente, el cinético y colorido enrejado es obra del maestro venezolano.

40La ciudad de Panamá se podría decir que está en plena construcción. Es impresionante la cantidad de obras que se encuentran en plena ejecución por todos lados. Desde la ampliación del aeropuerto y del Canal de Panamá, hasta la construcción de nuevos edificios y obras de restauración de edificaciones antiguas, que pretenden estar listas para la celebración, en el 2014, de los cien años del Canal.

No hay un sitio por donde uno pase que no esté en obras. Esto muestra, por un lado,  la cantidad importante de inversión extranjera que está llegando al país, inversión que en muchos casos estaría originalmente destinada a Venezuela y que por el sistema político imperante y por la inseguridad política de nuestro país ha decido establecerse en Panamá, así como en Colombia.

Pero esa ingente inversión en construcción y restauración, por otro lado, es evidencia del paraíso fiscal en el que se ha convertido el país centroamericano a donde, obviamente, parecen estar llegando grandes cantidades de dinero producto del narcotráfico y de la corrupción de otros países y que han encontrado en la laxitud de las leyes panameñas un buen lugar para blanquear el dinero. Según se rumora por las calles de la ciudad, son muchos los representantes del socialismo del siglo XXI 15venezolanos, “socialistas” con altos cargos en el gobierno, los que han establecido sus comandos comerciales en Panamá, enviando miles de millones de dólares para invertir.

A lo lejos, desde el carro en lenta marcha por el congestionado tráfico de la autopista, veo un grupo de trabajadores con chalecos anaranjados de seguridad y recuerdo a la hermosa morena con su diente de oro en forma de estrella que nos tropezamos en algún punto de la Cinta Costera supervisando trabajos. Nunca, en ningún lado había visto tanta gente, especialmente jóvenes, con dientes de oro como en Panamá. Pareciera una moda y, tal vez un símbolo de estatus como lo era antiguamente en nuestro país.

Luego de hacer bromas con la chica del diente de oro, continuamos caminando a lo largo de ese rico boulevard a la orilla del mar donde los panameños van a caminar, a hacer deportes, a patinar o simplemente a vivir un momento romántico en pareja contemplando el atardecer. Al 50final, llegamos al Mercado de Pescado un pintoresco lugar con penetrante olor donde uno ve a los pescadores limpiando sus pescados y a los pelícanos, zamuros y gatos disputándose los restos de la labor del pescador.

Más allá, caminando a la izquierda, se entra a la hermosa ciudad antigua donde uno más puede apreciar la inversión que vive Panamá pues todas sus calles y casas están siendo reconstruidas y restauradas al mismo tiempo. Casas que estaban prácticamente en el suelo y que luego de los meses de obras están resplandecientes como en sus mejores tiempos.

En una esquina, un policía nos indica cómo llegar a la iglesia de San José, famosa por la leyenda de su altar de oro protegido del pirata Morgan por los sacerdotes, cuando el asaltante atacó y destruyó la Ciudad Vieja.

-Los curas pintaron el altar con pintura negra para ocultar el brillo dorado –dice el moreno y robusto agente-  y cuando Morgan les preguntó por el famoso altar, uno de los sacerdotes le dijo que allí lo que había era hambre y pobreza, nada de oro.

Entre risas el policía comentaba que el religioso engatusó de tal manera al pirata que este terminó dándole unas monedas de oro para los pobres. 116Tiempo después, reconstruyeron la iglesia y toda la Ciudad Vieja en el actual casco antiguo y transportaron el altar de oro a su nueva sede en la réplica de la iglesia.

-Al final, resultó que no era en verdad de oro, sino de madera cubierta con “pan de oro”. Y allí está aún, en la iglesia para el disfrute de los visitantes.

La historia nos la repetió tal cual, por unas cuantas monedas, Mabel, una guía que conseguimos al entrar al templo.

Un poco más allá esta la vieja Catedral y luego la zona de las Bóvedas con su obelisco, los bustos de personajes históricos, el mercado de artesanías donde encontrar las conocidas “molas” -especie de tapices de tela realizados por los Cuna y Emberá, etnias indígenas ancestrales de la zona-, y donde, a  horas del mediodía uno puede ver a los artesanos guarecerse del candente sol debajo de las mesas de exhibición, mientras trabajan o reposan el almuerzo. Es que el sol y calor de Panamá es sofocante. La humedad lo hace aún más inclemente, tan es así que uno gasta más dinero en agua y refrescos que en comida.

En Las Bóvedas está la embajada de Francia y algunas sedes de gobierno como el ministerio de Cultura, así como algunas galerías de arte.

117Como el trayecto por la autopista se torna lento y pesado, aprovecho para tomar notas mentales de lo recorrido en la ciudad esos días.

El primer día, en la mañana, luego de comprar la tarjeta de metro bus  decidimos ir al centro comercial Allbrooks donde tomaríamos transporte hacia el Canal de Panamá. Comimos en el mall y paseamos un rato viendo tiendas. En un local comercial, vimos una larga cola y al acercarnos nos sorprendió que todos en la fila tuvieran acento venezolano. No aguantamos la curiosidad y nos contaron que estaban allí para “raspar las tarjetas” una de esas ingeniosas soluciones que los venezolanos hemos encontrado para sortear las dificultades de cadivi y poder contar con divisas norteamericanas para diversos fines.

-Aquí en Panamá, por cualquier lado te consigues sitios donde “raspar” –nos dice una chica caraqueña en la fila-. Ahora hay menos, pero siguen habiendo por montones.

“Lástima que a mí no me queda cupo disponible ya –pienso- habría sido una buena oportunidad para llevar unos dolaritos y venderlos a 18”.127cristian

Salimos al área de autobuses y, luego de que un señor amablemente nos facilitó su tarjeta de pase para poder acceder a la terminal, esperamos el siguiente “diablo rojo” con destino al Canal de Panamá. A los 15 minutos ya nos encontrábamos ubicados en nuestros asientos del viejo autobús “Blue Bird” como de los años 50, que en Panamá los pintan de colorinches con imágenes de santos, artistas y hasta de familiares del dueño y a los que llaman “Diablos Rojos” por la cantidad de accidentes fatales en los que se han visto involucrados.

A mi lado, iba Henry, un hombre con pinta de obrero de construcción, que al sonreír dejaba ver su canino de reluciente oro amarillo y quien me fue comentando a lo largo del trayecto acerca de la política panameña y de la historia de algunos lugares por donde pasamos.

Henry trabaja en el Canal y me contó, cuando pasamos por una gran urbanización, que esta ahora se llama “La ciudad del saber”, un complejo para la educación que en los tiempos cuando la Administración del Canal estaba en manos de los norteamericanos, era el lugar de residencia de los gringos y que ahora está en manos de los panameños y dedicada a ser un gran sector para la enseñanza, formación, educación y aprendizaje de diversas carreras.

Bajamos en la entrada al Canal y Henry nos guió conversando hasta la zona donde está el Museo del Canal y el mirador desde donde uno observa el paso de los barcos de carga a través de los canales fluviales que se llenan y vacían de agua a medida que la embarcación avanza y se abren sus compuertas. Es realmente una visita interesante y obligada.

En la tarde, tomamos un taxi y nos llevó, por 8 dólares a la zona de Amador, un lugar robado al mar y construido con los escombros resultantes 77de la construcción del Canal de Panamá. Desde allí zarpan embarcaciones hacia las islas como Taboga.

El Causeway de Amador o la Calzada de Amador como también se le llama es un área de clubes y restaurantes a los que se llega luego de pasar una larga carretera levantada en medio del mar. Allí comimos una suculenta bandeja paisa en un restaurant colombiano. La gastronomía de Panamá no es precisamente uno de sus encantos. La comida es excesivamente condimentada y los platos típicos son el arroz con pollo y el sancocho. Puedo decir que donde mejor comimos fue en un restaurante de unos venezolanos en el casco antiguo. Donde cuando ya nos disponíamos a ordenar un arroz a la marinera y una pasta con mariscos, la pareja de españoles que estaba en la mesa de al lado, a tiempo, nos advirtió:

-Pidan el menú ejecutivo. Es la misma comida y mucho más económica. Incluye sopa y refresco88 y es el menú destinado para quienes trabajan por acá y comen todos los días.

Agradecidos por la sugerencia le pedimos al mesonero el mencionado menú y, frunciendo el ceño, no tuvo más remedio que traerlo. Efectivamente, comimos los dos por el precio que habría comido uno solo con el otro menú.

En Causeway, la chica que nos atendió en el restaurante nos enseñó cómo ahorrar con los taxis.

-Cuando se acerque el taxi, levanten el dedo índice, mostrándoselo al chófer. Así él sabrá que le ofrecen un dólar por la carrera y podrá, más adelante subir otros clientes por ese mismo precio.

Esos pequeños tips que nos ayudan tanto a rendir el dinero en nuestros viajes. Especialmente útiles para los venezolanos que tenemos tan restringido el acceso a las divisas. En un viaje de esos económicos en taxi, un conductor nos llevó al pie del Puente de Las Américas para conocerlo y disfrutar del atardecer viendo pasar los inmensos barcos cargueros que se dirigen hacia el Canal y maravillados con las aves marinas que pululan buscando qué pescar.

Por fin, cargados con las maletas, llegamos a Las Galeras para conocer el taller de Cruz Diez. Allí nos recibió Rafael, ese amigo virtual que cobró cuerpo y quien amablemente se ofreció a llevarnos, luego de la visita a los galpones, hasta el aeropuerto para regresar a Venezuela.

141crisLa entrada a los talleres es de un gusto exquisito, pocos muebles de excelente y moderno diseño. Allí amontonamos el equipaje en un ladito del escritorio de la simpática recepcionista y empezamos el recorrido.

Rafael nos comenta que en un principio se pensó en montar el taller en España, o en Florida pero que luego de barajar varias opciones y ante la receptividad de Panamá, optaron por  instalarlo aquí, en la zona de Tocumen, próxima al aeropuerto.

El taller recibe el nombre de Articruz Panamá y la idea es, además de servir de espacio para la creación del maestro Carlos Cruz Diez, servir de plataforma para otros artistas y para la difusión del arte. Cualquier artista puede hacer uso de los servicios de corte, ensamblaje, soldadura e impresión de sus obras. Para ello cuentan con una inmensa máquina automatizada de impresión MIMAKI, especialmente adaptada, bajo las indicaciones de Cruz Diez, para que funcione a la perfección en la creación y producción de obras de arte.

Así como se adaptó la Mimaki, también se le hicieron ajustes al corte láser, instrumento con el que se facilita el trabajo del artista, se reduce el tiempo de producción y facilita la producción de piezas en serie.

-El maestro Cruz Diez es muy ingenioso –dice Rafael-, siempre está creando e inventando. A lo largo de su carrera se las ha arreglado para producir e inventar máquinas o adaptar algunas existentes para que le sirvan en su creación artística.135cris

En el centro de documentación está la biblioteca del maestro Cruz Diez con toda la historia del artista y con documentos que datan incluso de cuando el niño Carlos Cruz Diez apenas contaba siete años de edad. Allí compartimos con la arquitecto Norah Obadia y con Maria Elena Sucre, encargada de la documentación.

Cuando pasamos al área de ensamblaje, nos encontramos al artista Héctor Ramírez ensamblando con sus asistentes sus vibrantes piezas de líneas negras en movimiento dentro de los paneles de acrílico transparente y en otra sección se ven los cortes de algunas obras del maestro Rafael Barrios que se encuentran en pleno proceso de producción.

Cuando ya estamos a punto de terminar nuestro recorrido, se aparece Gabriel Cruz con un grupo de artistas para una visita guiada por el taller y, como aún tenemos tiempo de sobra, nos pegamos al grupo.

Escuchar  a Gabriel contar la historia de su abuelo, hablar de su arte con tanta pasión, amor y admiración lo llena a uno de regocijo. Gabriel nos muestra las áreas del taller, la de impresión, la de corte, la de restauración, la de documentación. En cada una nos narra anécdotas del maestro, nos muestra las diferentes etapas creativas por las que ha pasado, explica acerca de las conocidas fisicromías, creación de su abuelo, nos habla acerca de las obras diseñadas para intervenir el paisaje urbano como el piso del aeropuerto de Maiquetía o los pasos de peatones realizados como 142crisobras efímeras que se van consumiendo con el tiempo, de las espectaculares cajas de luz en las que uno se adentra para vivir una experiencia única de color y juego óptico.

Es un nieto absolutamente orgulloso de su abuelo, como orgullosos estamos todos los venezolanos de ese creador universal salido de esta tierra y que ha llevado el nombre del país a los principales centros de creación y exhibición de arte del mundo.

La visita a Articruz Panamá constituyó el broche de oro de unas deliciosas vacaciones y todos los venezolanos que se acerquen a Panamá, así sea solo para “raspar tarjetas”, no debería perder la oportunidad de recorrer los cuatro galpones del taller para reconciliarse con nuestro gentilicio y sentir el orgullo de ser de la misma tierra del insigne maestro Carlos Cruz Diez.

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Fotos: Cristian Espinosa y Golcar Rojas

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