El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Por mí no será. Yo sí voté

voto

¿Cómo no sentirme contento de haber votado para oponerme a este régimen oprobioso, tramposo y vergonzoso?

Llegué a mí centro de votación a eso de la una y media de la tarde. Revisé mi lista: “Mesa 3”. Me ubiqué de tercero en la fila y en menos de cinco minutos ya tenía el meñique manchado de tinta morada en señal de que había ejercido mi derecho y mi deber.

Menos de 5 minutos duró todo el proceso. No tuve que detenerme más de un minuto en cada estación.

Menos de 5 minutos que fueron suficientes para conocer una historia más de humillación y vejación a los ciudadanos venezolanos.

Digo: “Esta es la única cola que en el país hago con alegría”. Eso bastó para detonar el relato que a continuación se desarrolló entre la señora que estaba delante de mí y el el joven que venía detrás.

-¡Las malditas colas! -Exclamó la señora, y prosiguió:

-Anoche fui al supermercado a comprar varias cosas, una leche evaporada, una condensada y papel tualé. Después de hacer la cola, cuando llegué a la caja, me dice la cajera: “Señora, su cédula está bloqueda. No puede hacer esa compra porque lleva productos regulados”.

Le digo:

-Claro, gracias al régimen bolivariano y socialista, uno no puede comprar productos regulados más de una vez a la semana.

-¡Eso es lo peor! ¡Yo no he comprado esta semana nada! Cuando le dije a la cajera que yo no había hecho compras esta semana, me dice: “Pues alguien usó su número de cédula y por eso la bloquearon”.

La señora dice que no daba crédito a lo que le decía la dependienta:

-Ay, señora. Pasa mucho. Por eso no se puede decir el número en voz alta porque cualquiera lo oye y puede usarlo por usted.

-Pero si a mí me obligan a mostrar la cédula laminada, ¿cómo puede alguien comprar con solo decir mi número de cédula…?

-Ahora tiene que ir a que la desbloqueen.

-¿Donde?

-Eso sí no lo sé.

Cuando la mujer llega a esta altura del cuento, el joven que estaba detrás de mí en la cola, salta:

-Señora, le doy un consejo. No pierda su tiempo. Yo tengo tres meses en un solo peloteo por diferentes dependencias para tratar de desbloquear a mi tía de 75 años, y nada. De un lado me mandan para otro y en ninguna oficina resuelven. La última vez me dijo un tipo que me olvidara de eso, que si no pagaba un soborno, nunca desbloquearían a mi tía. ¡La pobre vieja! Su única diversión en la vida es salir todos los días a hacer su compra en el supermercado y ahora, gracias al racionamiento y a que le bloquearon su cédula, ni eso puede hacer.

Como dije al principio de este relato, toda esta historia fue contada en los menos de cinco minutos que duró el proceso de votación, mientras avanzábamos en la cola rumbo a la mesa en la que nos correspondía ejercer nuestro derecho.

Si bien es cierto que a mí no me emocionaba mucho votar por Evelyn, en efecto, no voté “por ella”, voté en contra de este régimen humillante y oprobioso.

Luego de escuchar a los dos compañeros de jornada en la cola, marqué feliz la tarjeta de la Mesa de la Unidad, para dejar constancia de mi absoluto rechazo a este régimen, consciente de que no estaba votando por una persona sino en contra de un régimen y a favor del país.

Salí de centro de votación con la satisfacción del deber cumplido y con la tranquilidad de que, pase lo que pase de aquí en adelante, nadie podrá nunca reprocharme o señalarme diciendo: “Porque como tú no votaste”.

A veces canto

Imagen tomada de Noticias 24

Imagen tomada de Noticias 24

Canto:

É pau, é pedra
É o fim do caminho
É um resto de toco
É um pouco sozinho…

É um caco de vidro
É a vida, é o sol
É a noite, é a morte
É um laço, é o anzol…

Canto “Las aguas de marzo” que suenan en el equipo porque no quiero pensar. Voy en el carro y no quiero recordar la escena que acabo de vivir. Por eso, le subo el volumen al equipo de sonido y canto:

São as águas de março
Fechando o verão
É a promessa de vida
No teu coração…

É pau, é pedra
É o fim do caminho
É um resto de toco
É um pouco sozinho…

Poco antes de las seis de la tarde, hora en que normalmente cerramos nuestro negocio, decidimos cerrar y correr al supermercado. Había llegado leche en polvo y llamamos al dueño del supermercado para ver si nos podían vender la cantidad que necesitamos para nuestras familias que hace ya unos cuantos días no consiguen el preciado alimento.

En realidad, las familias son tan numerosas que es casi imposible que en una sola compra podamos satisfacer toda la demanda, pero si lográbamos comprar un poco más que los dos paquetes que corresponden por persona, pues algo aliviaríamos a los más urgidos.

-Eso ahora está bastante complicado porque estamos muy vigilados –nos dice el amigo–, pero déjame ver si puedo conseguirles un bulto.

Si, un bulto de leche. 12 paquetes de 900 gramos cada uno. Eso es a lo máximo que podíamos aspirar para los familiares de Maracaibo y los de Mérida que pasan con facilidad las 50 personas incluyendo niños en edades en las que la leche debe ser parte imprescindible de la alimentación. Pero, bueno. De nada, algo…

Al poco tiempo llega el siguiente mensaje de texto:

“Pásame 6 números de cédula de identidad para poder chequearte el bulto porque solo son 2 paquetes por persona”.

A los cinco minutos las cédulas estaban en su bandeja de entrada y recibíamos la respuesta diciendo que pasáramos por el supermercado y preguntáramos por la gerente quien tenía las instrucciones para vendernos el producto.

Cerramos y corrimos al lugar.

El supermercado estaba a tope. Quienes iban a comprar solo los dos paquetes de leche en polvo debían hacer una fila en la calle hasta que les correspondiera el turno de pasar a hacer la cola dentro del local. Quienes iban a comprar más de 300 bolívares de otros productos podían pasar directo, hacer su compra y hacer también la inamovible fila para pagar.

Contactamos a la gerente –siempre de un asombroso buen humor a pesar de lo deprimente de la situación y de la presión del momento–. Nos pidió que esperáramos mientras nos resolvía nuestro pedido.

Tomé asiento en la silla del vigilante que estaba vacía porque el hombre, junto con otro grupo de empleados trataba de poner orden en la calle y adentro.

La gerente se me acerca y me dice:

–En estos días un hombre me partió el vidrio de la entrada. Era un bachaquero borracho… si hubiera tenido un revólver habría matado a alguien.

Sigue atendiendo su trabajo. Despacha por aquí, da instrucciones por allá. Siempre amable y con una sonrisa en los labios. Son las siete de la noche y ella se encuentra como si acabase de llegar a un relajado despacho de oficina. Recibe llamadas y avisa a quienes llaman que sí, que pueden venir a buscar leche que todavía están a tiempo. Yo miro a la mujer y no puedo menos que admirar su paciencia y su capacidad para atender mil cosas a la vez. Me dice:

–Ya saben que no podrán comprar más leche en una semana porque la cédula queda registrada como que ya compraron y si intentan comprar de nuevo, los bloquean.

Una vez más pienso en como nuestro documento de identidad devino en libreta de racionamiento. De la fila de la calle veo que entran las 20 personas a las que les permitieron entrar en ese momento. Una mujer regordeta pasa y justo cuando está frente a mí, se detiene, se saca su chancleta y la levanta para verificar que está despegada. Su rostro está sonriente. Las dos horas haciendo cola afuera no parecen haberla amargado. Lleva unos leggings a media pierna y al detallarle la franela distingo que, al nivel de los senos, tiene una calcomanía  de Arias Cárdenas con un corazón tricolor. Se acomoda su chancleta de nuevo en su pie y sigue hacia la cola de la leche.

Más atrás, viene otra mujer con franela roja. Esta lleva los ojos del difunto Chávez al nivel de sus voluminosas tetas.

Pienso en cómo una gente puede, después de pasar tan humillante momento para comprar 2 paquetes de leche en polvo, ir el siguiente domingo a dar su voto por un régimen que lo ha sometido a semejante bochorno.

La gerente me saca de mis elucubraciones, cuando la oigo a mi lado decir a un empleado, casi en un susurro:

–Alfredo, busca una caja de huevos para meter la leche de los señores porque si los que están afuera ven que salen con un bulto de leche, los linchan.

La mujer me mira y no tengo más remedio que sonreír con una mueca y decirle:

–En este país se puede comprar cocaína con más facilidad y menos riesgo que unos cuantos kilos de leche.

Asiente con la cabeza y me da las 6 facturas con los números de cédulas que le habíamos pasado al dueño en el mensaje de texto. Con su amabilidad característica, dice:

–Cojan la caja y salgan rápido…

Nos montamos en el carro y al prenderlo, el pendrive suena “La maldita primavera” de la mexicana Yury.

Llevo el alma en el suelo. El haber conseguido comprar ese bulto de leche que para unos sería un gran triunfo, me hace sentir triste y derrotado.

Recuerdo las colas de Cuba para todo y por todo que en el 91 me parecían tan insólitas y no puedo creer lo que estoy viviendo en mi rico y petrolero país.

Recuerdo la crónica de Leonardo Padrón en su libro “Kilómetro cero”, sobre su visita a Cuba en el 92:

“…Uno se pregunta cuál sería el estado actual de la revolución si Estados Unidos la hubiera dejado crecer libremente, si se hubiera podido  intentar la construcción del ‘hombre ideal’ sin tanto cerco y sin tanta dependencia lejana…”

Reviso esas líneas de Padrón y me convenzo que en realidad el bloqueo no fue más que la excusa de Fidel para someter a su pueblo. El proceso en Venezuela lo confirma. Sin bloqueo de USA y con el engaño caza-bobos de una imaginada y cacareada “guerra económica”, han logrado sumir a la gente de un país rico en las miserias de la isla caribeña.

Pienso en que el domingo yo estaré haciendo mi cola para votar contra esa humillación que acabo de vivir en ese supermercado, pero me inquieta e indigna que tantas personas –como esas dos mujeres con propagandas del régimen en sus pechos–, sin pensar en el apagón de cuatro horas sufrido dos días antes ni en la horas de vida que pierden en una cola para llevar un poco de alimentos a sus hijos, estarán en esa misma cola para seguir votando por las colas y la ruina de un país que alguna vez fue uno de los más ricos y prósperos de América Latina.

Le doy volumen al radio y canto a todo pulmón:

Lo que tu paso dejo 
es un beso que no pasa de un beso 
una caricia que no suena sincera 
un te quiero y no te quiero 
y aunque no quieras 
sin quererlo piensa en mi. 

Si para enamorarme ahora 
volverá a mi la maldita primavera 
que importa si para enamorarme basta una hora 
pasa ligera la maldita primavera 
pasa ligera me maldice solo a mi. 

¡Nada como “La maldita primavera” para desahogar un grito! Sigo cantando. Canto para no pensar. Canto para no llorar.

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