El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Humor ilegítimo

reir

Debo confesar que, por mucho tiempo, incluso desde mucho antes de que el hoy difunto presidente pasara a mejor vida, sospeché de que se habían vendido al régimen, Estaba casi seguro de que los humoristas del país, en vista de la escasez de espacios, de la censura y la autocensura, habían terminado por vender su arte y creatividad al Socialismo de Siglo XXI.

De verdad, no los culpaba. No es difícil comprender que ellos también comen, tienen familia qué mantener, colegios qué pagar, multas eléctricas qué cancelar, si no quieren que la intermitente oscuridad se les torne permanente. Por muy buen humor que tengan, tienen que pagar al buhonero de la esquina la Harina Pan a 50 bolos y el azúcar a 20 el kilo. O sea, como todos los que no estamos inscritos en una Misión del gobierno, si no trabajan, no comen y, si lo único que saben hacer es humor y, en este país, el omnipotente régimen es el único que da empleo, ¿qué les quedaba? O se vendían al régimen, o sucumbían a la “insiforia”, vieja palabra maracucha que denota la más absoluta ruina y que, por más que pase de moda, es la que mejor expresa esa sensación de pobreza extrema. Porque, por ejemplo, no es lo mismo decir “el chavismo dejó el país en ruinas” que “El chavismo dejó el país en la insiforia”.

En fin, ¿quién podría señalar a Laureano Márquez, a Claudio Nazoa, a Emilio Lovera, a los del Chigüire Bipolar o a Rayma si, para poder comprar 4 rollos de papel tualé, a escondidas en el chino de la cuadra a 90 bolívares, más guillaos que quien compra droga, se vieran forzados a escribir los guiones a los ministros y al supuesto presidente? No sería yo quien tirase la primera piedra. Leía, oía y callaba. Aunque cada vez, reía menos.

Pero, resulta que, cuando ya estaba absolutamente convencido de mi teoría, la hermana, del cuñado, de la prima de un amigo cuyo hijo está en el mismo hogar de cuidado diario a donde lleva a su peque Rosita, la señora que le plancha los boxers a Laureano, -sí, sí. No se asombren. No creerán ustedes que Laureano con esa cara de social cristiano que se gasta va a usar slip o hilo y, mucho menos que, tan Opus como se ve, como buen copeyano, se pondrá los boxers sin plancharlos-.

Bueno, pues mi amiga me chismeó que Rosita, la doñita de la plancha, contó de la desesperación en la que entró el humorista cuando vio la noticia que daba cuenta de que Nicolás había dicho que Chávez al momento de morir “No tenía casa, ni carro. La pensión que le daban, la donaba a los pobres. Él hizo un voto de pobreza”. 

-¡No puede ser! Esto era “Pobre de toda santidad”, mi columna para este viernes en Tal cual, -dice Rosita que se quejaba el humorista, batuqueando el periódico hacia el cielo-. ¿Cómo pudieron, de nuevo, fusilarse un texto que ni siquiera he publicado? Ahora, ¿qué escribo para el periódico?

Contaba la mujer que ya antes le había visto una crisis parecida cuando Laureano vio que denunciaban desde el gobierno que la oposición había comprado por docenas aviones de guerra. El hombre, furibundo, se pasaba la mano por la cabeza con frenesí y decía con ojos llorosos y cabellos erizados, como si hubiese metido los dedos en un tomacorriente o se peinara con triqui-traquis:

-Estos desgraciados tienen que haberme hackeado el computador. No solo me vigilan e intervienen el teléfono sino que también el computador me lo tienen controlado. No hay otra explicación para que se filtrara mi columna sobre los aviones antes de que la publicara  en Tal Cual.

A partir de ese día, a Laureano, por más que quiere escribir con humor, solo le salen textos tristes y dramáticos que no hacen sonreír a nadie.

Cuentan que algo similar le pasó a Claudio Nazoa cuando escuchó que Nicolás decía “Nosotros tenemos un objetivo con el Sicad: torcerle el brazo ‘completico’ al dólar paralelo”.

“¡Coño, alguien escuchó cuando le contaba a Kico Bautista de qué iba mi artículo!”, pensó Nazoa al ver la declaración. Y, días después, cuando leyó que Eljuri afirmaba muy serio que “la inflación debe bajar en junio y la escasez en los próximos dos meses “será un problema resuelto”, rió con nerviosismo a carcajadas, con los ojos más salidos de sus órbitas de lo habitual, se afiló las puntas del bigote con los dedos índice y gordo y gritó histérico:

-¡Me tienen pillado! ¡Saben de qué escribo incluso antes de que lo escriba! Se acabó. no escribo una línea más. Viviré de hacer mis panes de jamón ¡Hasta hoy regalo esos panes en navidad! Si el gobierno se va a robar mis textos antes de que los publique, pues me dedicaré a vender pan de jamón todo el año y se acabó la pendejada de la humorada. Total, para lo que da hacer humor en este país y con semejante competencia desleal…

Y por allí siguió la enloquecida perorata del Nazoa que se veía rico a punta de hacer pan de jamón sin pararse a pensar de dónde diantres sacaría la harina.

Con Rayma no fue diferente la historia. Dicen que dos hechos la hicieron pensar definitivamente en cambiar de profesión. Uno fue cuando vio que una caricatura suya de biberones y leches maternas entre rejas era plagiada por las palabras de una diputada que ofrecía castigos y multa a quienes usaran esos productos y, el segundo y definitivo, fue cuando vio a la ministra de Deportes con un body painting de generala, exactamente igual al que le había pintado ella a Lina Ron, en una caricatura que guardaba bajo el colchón.  Ese día, despidió a la mujer que iba dos veces por semana a limpiar su casa y se inscribió en un curso de peluquería canina on line, porque de hambre no se iba a morir. “Prefiero pelar perros que pelar bolas -dicen que dijo-. Si encima de que nos persiguen, nos enjuician, nos acosan y multan, nos van a boicotear el trabajo antes de que se publique en El Universal, me doy por vencida y empiezo a peluquear cachorros”.

Emilio Lovera, con un humor digno de ser el futuro cliente de Rayma, o sea, de perros, sacó su traje hediondo a naftalina, la peluca y la barba de cuando interpretaba a Perolito y se juró que, en adelante, se dedicaría a recoger latas y pedir limosna, luego de ver que Samán le robó, con puntos y comas, el texto completo del que sería su próximo stand up comedy, en el que hablaba de que saldría a perseguir a los buhoneros causantes de la inflación con su especulación. Show que tenía escrito junto con una jocosa charla en la que hablaba de que en las cárceles no había presos sino “privados de libertad y no existían “pranes” sino líderes negativos. El espectáculo finalizaba cuando Lovera, mirando a la tribuna, fúrico y con mirada de poseso decía:

“Pranes no hay, y el que los conozca que diga quiénes son”.

Los otros que, según dicen las malas lenguas, están buscando a qué dedicarse -parece que ya metieron papeles para optar por cargos de profesores universitarios (¡así estarán sus almas!)-, son los de El Chigüire Bipolar, pero antes, entablarán una querella judicial por derechos de autor y plagio a los del Sibci y de “Ola Bolivariana”, porque no hacen más que publicar con “copy y paste”, en sus portales de internet, sus posts humorísticos. Demanda que todo el mundo sabe cómo terminará con el TSJ que nos gastamos en este país.

Así, poco a poco, han ido y seguirán cayendo uno a uno los humoristas y comediantes de este país. La siguiente fue Tania Sarabia que está montando un restorán en el patio de su casa para vender almuerzos hechos con las recetas de su abuela porque Jaua le chalequeó la obra de teatro que estaba por estrenar y que se llamaba “Patria o papel tualé”. Ella, como es su costumbre, no se amarga y muerta de la risa echa el cuento de cómo el canciller se aprendió completico el texto de la comedia teatral.

Dicen que el gremio de humoristas del país está haciendo una petición on line para exigirle al gobierno que no se meta en su campo de trabajo, con amenazas de dedicarse ellos a gobernar si el régimen insiste en hacer humor ilegítimamente. Parte de la petición diría, más o menos, así:

“Señores del régimen, respetuosamente les decimos que no hay creatividad ni humor que pueda con ustedes. Están empeñados en serrucharnos el trabajo y resulta que  siempre terminan contando por adelantado el final del chiste.

Los humoristas nos negamos rotundamente a dedicarnos a copiar y pegar las declaraciones y noticias que ustedes emitan, por muy hilarantes que nos parezcan. Preferimos dedicarnos a la panadería y a pelar perros.

Ustedes, y se lo decimos sin acritud, están matando el humor. Se dedican a hacer comedia de manera ilegítima, como todo lo que hacen. Ilegitimidad parece ser su sino. Los chistes que ustedes hacen no causan risa a nadie porque, para hacer humor, hay que tener talento, cosa de la que carecen todos ustedes que ostentan cargos oficiales. Talento, humor y régimen son palabras opuestas, antogónicas, que no cuadran en una misma oración.

Es por eso que, mientras la gente disfruta y ríe con nuestras ocurrencias, cada vez que ustedes pretenden hacerla reír con sus humoradas, terminan todos llorando a moco tendido.

Ustedes ejercen el humor de manera ilegítima, por eso sus chistes terminan siendo una payasada. Pretenden hacer una gracia y les sale una morisqueta. Eso se debe a que a nadie le gusta que se burlen de uno. Los chistes de ustedes, terminan siendo una ofensiva burla a la lógica y a la inteligencia. Todo el mundo se da cuenta de que se están burlando del país, que se ríen “de” nosotros y no “con” nosotros, como haríamos los verdaderos humoristas.

Finalmente, si ustedes insisten en seguir demostrando día a día que, como humoristas, hacen muy mal gobierno y como gobernantes hacen pésimo humor. Nosotros nos veremos en la imperiosa necesidad de asaltar el poder y enseñarles a ustedes cómo se gobierna bien y cómo se hace buen humor”.

Firmas en depósito.

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Gledys Ibarra tiene su tumbao

Imagen hurtada del Facebook de Mateo Manaure

Imagen hurtada del Facebook de Mateo Manaure

Veía a Gledys Ibarra en el acto de artistas con Capriles y el mismo nudo en la garganta que se le hizo a todos los venezolanos que la vieron, se me hizo a mí. El mismo nudo que, a ratos, acusaban el quiebre de la voz de la hermosa actriz y sus aquosos ojos verdes. Verde esperanza y verde picardía y buen humor. Ese buen humor que no perdió y cuya chispa brillaba en sus paraparas verdes, aún en los momentos más emotivos de su intervención, cuando tenía a toda Venezuela moqueando y pasando mensajes de texto, tweets, actualizando estados de Facebook y lanzando pines y whasapps que dejaban en evidencia que hasta los corazones más duros del país se conmovieron con la negrita.

Es que Gledys es como la vemos en esta imagen hurtada del muro de Facebook de Mateo Manaure. Ella encarna a la mujer venezolana echada pa´lante, cuatriboleada. Ella es la representación de la mujer que a fuerza de trabajo, talento, tesón y esfuerzo logró superar su pobreza.

Gledys es la venezolana que creció en una humilde calle de una barriada pobre caraqueña. De esas venezolanas que uno consigue a las 6 de la mañana en el metro vía a su trabajo sin importar si la noche anterior la fiebre de uno de sus pequeños no la dejó dormir o si una balacera en el barrio fue la causa de su insomnio que no le permitió conciliar el sueño hasta que su hijo llegó a dormir. Bien dormida o mal dormida, a las 6 de la mañana de cada día esa mujer va en su vagón decidida a seguirle echando pichón a la vida y con el objetivo de salir de la pobreza a base de trabajo y esfuerzo.

Gledys Ibarra creció en Catia, en una calle ubicada en una pendiente de la barriada. A esa calle fuimos hace unos cuantos años a grabar un testimonio de la actriz para la Agenda Venezuela. Fuimos allí, no porque la agencia o la producción de la campaña lo hubiese acordado así. Fue ella, Gledys, quien cuando le propusimos que hiciera el testimonio, sin titubear y con su verde mirada puesta en el futuro del país, dijo que con mucho gusto lo haría pero no desde un estudio. Ella quería dar su testimonio de superación personal desde la calle donde creció, desde la pobreza donde vivió y de la que logró salir con talento, constancia y esfuerzo.

La negrita representa a esa estirpe de venezolanos que no se arredran, que miran siempre hacia adelante, que no se sientan sobre un guacal que funge de mueble de sala de casa a esperar que un gobierno le dé una limosna o una misión que le permita comer por una semana, para luego seguir sumidos en su pobreza. Gledys no pidió un pescado, aprovechó un país que le brindaba oportunidades y le arrebató a la vida la caña de pescar, se lanzó a las turbulentas aguas de uns Venezuela convulsa a pescar su pescado de cada día y a guardar para los siguientes días.

Gledys está hecha de la madera de los mejores árboles venezolanos y al verla en el acto de Capriles y al observarla en la imagen de Manaure, no puedo evitar pensar que la actriz es del guáramo y el temple de mi madre, Carmen Marquina de Rojas, viuda joven, quien a fuerza de hacer pastelitos andinos, pasapalos para fiestas y hallacas para vender logró sacar adelante a una familia de 13 hijos. Mujeres que nunca esperaron una limosna. Se amarraron sus pantalones y, con trabajo, salieron adelante.

Por eso, esté donde esté, Gledys no necesita enseñar su documento de identidad para demostrar que es venezolana. ¡Ella es Venezuela! Se encuentre donde se encuentre, trabaje donde trabaje, Gledys es nuestro gentilicio. Es la venezolana humilde que salió del barrió, pero nunca olvidó que allí vivió ni se avergüenza de su origen. Ella mantiene su frente en alto, se enorgullece de lo logrado y no olvida de donde viene.

Gledys es una mujer valiente y triunfadora en el más estricto sentido de la palabra. “Esa negrita tiene su tumbao” y yo la he admirado siempre y ahora la admiro y la respeto aún más. Es triunfadora, no porque haya alcanzado la fama y la popularidad; sino porque se superó a sí misma y a sus circunstancias. Es triunfadora como lo fue mi mamá, sin ser famosa, y como lo son todas esas personas que a diario enfrentan la vida, batallan contra la adversidad y aprovechan los recursos y talentos que tienen para superarse y progresar.

Gledys Ibarra es el ejemplo de esa Venezuela que dice “Yo soy venezolano y sí se puede”.

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