El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivar para el mes “agosto, 2015”

Me he mudado sin moverme

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Se me agotó la capacidad para subir fotos en “El blog de Golcar” por eso, he creado un nuevo espacio donde seguir compartiendo mis vivencias y experiencias.
Los espero por “P(u)ateando la vida. Otro blog de Gocar” para seguir disfrutando de historias y descargas sobre política, viajes, familia, libros, cine… todo lo que me mueve y me conmueve.

Este es el primer post que encontrarán allí:

Santiago de Compostela, una ciudad con truco

Un paseo por Oporto

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A Oporto llegamos como a las siete de la tarde. El verano estaba aún más fresco que el de Lisboa. De hecho, había frio. La brisa fresca del río entraba por las ventanas del apartamento ubicado en la Rúa Vicente Meneris, frente a la plaza Carregal que, al atravesarla, nos conduce al Hospital de Santo António.
Nos hospedamos en un apartamento rentado para tres noches por 195 euros, para cuatro personas, completamente equipado. Se nota que es un apartamento habitado por quien lo renta por días en el verano. Suponemos que el propietario, a su vez, se encuentra de vacaciones de verano fuera de su ciudad. Este tipo de alquileres constituyen una opción accesible a los bolsillos de quienes viajamos con fondos limitados.
Dejamos el equipaje y salimos a buscar un sitio donde comer.
En la esquina, frente al hospital, encontramos un buen lugar. Ricardo, el dueño, nos atendió con la amabilidad característica de los portugueses a la que uno se acostumbra inmediatamente. Pedimos Unas «francesinhas», un plato típico de Oporto que consiste en un torre de pan de molde, relleno con salchicha picante y carne. Como lo pedimos «especial», la torre de pan estaba coronada por un huevo y cubierta con queso fundido. La torre era una isla que flotaba en una salsa hecha a base de caldo, licores y especias. Una delicia. También pedimos «tripa» otro plato típico de la ciudad y que está hecho con caraotas blancas guisadas con panza de cerdo y verduras, acompañado de arroz blanco y papas fritas. Pesado, pero muy rico.
Después de semejante atracón de comida, lo mejor es una caminata por los alrededores para bajar la pesadez. Ricardo nos explicó en el mapa con mucha paciencia dónde nos encontrábamos y adónde ir.
A pocos metros, estaba la zona de bares. Tres calles llenas de sitios para beber donde se encuentran también algunas tiendas exclusivas y de marca.
Esa noche, había fiesta en la plaza, cerca de la Torre dos Clerigos. Un desfile con música pinchada por un DJ para presentar el nuevo uniforme de la selección de fútbol.
El viernes en la mañana recorrimos el Centro Histórico, no es tan monumental como el de Lisboa, es mucho más pequeño y modesto, pero sigue siendo bastante imponente.
Pasamos el Ponte Dom Luiz I a pie, caminando junto a las vías del tren y disfrutando de las hermosas vistas del río Duero —Douro, para los portugueses—.
Tomamos el funicular para bajar al nivel del río desde el puente, un gasto innecesario, pero una experiencia divertida. Con el ticket del viaje, nos regalaron unos boletos para un trago de Oporto en las bodegas de Quevedo.
El paseo lo hicimos rodeados por el planeo de montones de gaviotas. Bellas aves marinas que llegan a ser un infierno con sus graznidos, día y noche, que impiden dormir en paz a cualquier hora.

En la bodega de Quevedo tomamos la copa «gratuita», obsequiada por la compra del boleto del funicular, escuchamos una chica que cantó con melodiosa voz algunos fados de los más populares y, luego, nos fuimos a la bodega Croft para realizar una cata guiada. Tres copas de vino: Rosado, rojo y tawny. Dulces y divertidos como la chica que nos sirvió de guía y nos contó la historia básica del vino de Oporto.
Luego atravesamos el puente de vuelta, y en la ribera opuesta a donde estábamos, almorzamos una picanha en uno de los restaurantes a orillas del Duero. Nada especial. Una punta trasera normalita, con arroz, caraotas negras y cambur rebosado y frito. Hay sitios más económicos y con mejor sazón para comer en Oporto.
Andando, llegamos al apartamento como a las ocho de la tarde, con la intención de bañarnos y salir de nuevo; pero el cansancio nos pudo y nos quedamos dormidos.
A la mañana del día siguiente desayunamos en el restaurante de Rosa y Alberto, un bonito espacio recién abierto con menús económicos y bien completos y sabrosos. Sabor de Fazenda está ubicado en la misma Rúa Vicente Meneris, a dos pasos del portal del edificio donde nos hospedamos. Es un negocio familiar, atendido por sus infatigables dueños que trabajan de lunes a lunes. Abren a las siete de la mañana para servir desayunos y cierran a las ocho de la tarde. Los domingos que es el día de la semana en el que Alberto y Rosa «manguarean», abren a las ocho de la mañana. No obstante, si uno llega a las siete de la tarde, Rosa lo recibe con una sonrisa amable y lo atiende como si no tuviera ya doce horas de trabajo a cuestas.
De allí, nos fuimos a visitar la librería Lello que nos quedaba a pocas cuadras del apartamento y por cuyo frente habíamos transitado un montón de veces sin percatarnos de su existencia. Es un edificio con una fachada discreta que guarda en su interior una belleza indescriptible que le ha valido para ser considerada una de las más bellas librerías del mundo y para que haya sido locación para la filmación de unas escenas de la saga de Harry Potter.
Luego visitamos un mercadillo en una plazoleta cercana y de alli nos fuimos a recorrer los hermosos espacios del Palacio de Cristal, un jardín con bellas vistas de la ciudad, patos, pavos reales, gaviotas, gallitos enanos, mucha vegetación y lindas y perfumadas rosas. El mirador se encontraba lleno de gente, niños y adultos que a la sombra de los frondosos árboles pasaban su día de verano, leyendo, haciendo picnic, jugando en las fuentes o conversando de manera relajada.
No podíamos despedirnos de Oporto sin visitar una de sus hermosas playas. Llegamos a una en la que la visión que nos recibió fue la de una inmensa red roja de pesca con forma de anémona que ondeaba en una redoma. La brisa marina le otorgaba a la anémona de matosinhos un movimiento característico y el reflejo de la luz del sol la hacía lucir mágica. Un lindo homenaje a los pescadores de Oporto.
El agua del Atlántico estaba tan fría que apenas me atreví a mojarme lo pies en las playas pero el paisaje invitaba a relajarse sobre la arena.
Finalmente, regresamos donde Rosa y Alberto que nos habían ofrecido unas hamburguesas especiales para la cena de despedida y luego nos tomamos un trago en un bar ubicado en una vieja casa de la zona de fiesta de Oporto con diferentes espacios. Al día siguiente Yofrank y José volverían a Madrid y Cristian y yo tomaríamos el tren a Vigo y de allí, otro tren nos llevaría a Santiago de Compostela.

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Fado, fe, robo y buena comida en Lisboa

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Poco más de seis horas duró el viaje de Madrid a Lisboa. Un trayecto tranquilo y con hermosos paisajes a ambos lados del camino. No hubo pérdida. Llegamos directo. Lo complicando fue encontrar el 112 de la Rua Vicente Borga, por la zona de Santos, cercana a Barrio Alto.
Lisboa es un laberinto de ruas, traversas y avenidas angostas que suben y bajan atiborradas de carros estacionados en la calzada a toda hora. Un seguro extravío para cualquiera, especialmente para un despistado como yo.
Por más que preguntamos, no era fácil, a pesar de la buena disposición de los portugueses para señalarnos el camino, comprender las indicaciones.
«De frente… A terceira vira a direita… segunda a izquerda… logo izquierda e uma volta mais a direita…».
No hubo caso. Dimos unas cuantas vueltas antes de dar con el edificio. José Navarro, el administrador de la propiedad, nos orientó por teléfono.
La zona no es bonita, pero por 225 euros por tres noches para cuatro personas no se puede pedir más. Nos sorprendió la brisa fría que recorría la ciudad a pesar de ser verano. Nada que ver con el calor que dejamos en Madrid.
El apartamento, una planta baja de un viejo edificio de tres pisos cuya ventana sin rejas ni protecciones da a la calle, estaba recién remodelado. Todo limpio y nuevo. Un solo ambiente con baño, kitchenette bien equipada y lavadora de ropa.
El barrio daba un poco de susto. Justo al lado del edificio hay una pequeña bodega de un paquistaní. En la estrecha calle cubierta con las típicas baldosas de piedra portuguesa que parecen brillar más con el tráfico y el uso, unos niños que sueñan con llegar a ser un Cristiano Ronaldo, jugaban fútbol con un balón que entró como un disparo por la ventana abierta y se estrelló contra un florero:
«Esto es lo más malo que les podrá pasar aquí si dejan la ventana abierta —dijo Navarro—, que entre un balón por la ventana. Los niños siempre están jugando fútbol. Entiendo que algunos latinoamericanos se asusten un poco al ver la zona porque les recuerda algunas áreas peligrosas de Brasil o Venezuela, pero aquí no pasa nada. Donde sí deben estar pendientes es en trenes y autobuses porque hay muchos carteristas».
Nos instalamos y salimos a caminar por la zona para encontrar un sitio donde comer. Lo encontramos en una esquina cercana donde comimos bacalao con garbanzos, salmón grillado y sardinas.
Luego paseamos por el Barrio Alto y en mi afán por escuchar fado y por el temor de irnos de Lisboa sin hacer realidad mi sueño, nos metimos en un sitio lujoso y caro, justo lo que yo no quería para satisfacer mi anhelo. Mi sueño era oír el fado en los bares a donde van los portugueses a oírlo y este no era el caso.
Decepcionados, salimos del sitio y nos zambullimos en las calles llenas de gente, principalmente jóvenes que ríen y beben. Muchachos de diferentes partes del mundo que convierten Barrio Alto en una inmensa fiesta callejera sin importar que es lunes. Estamos en verano.
El martes, a las 7:30 de la mañana me desperté sin más sueño. Cristian, Yofrank y José dormían sin compasión. Decidí salir a buscar un supermercado para comprar el desayuno.
Las ruas estaban desoladas. En el cielo azul brillaba una hermosa luna mañanera en cuarto menguante. A esa hora no estaban puestas ni las calles. Con el temor de extraviarme en ese laberinto luso, emprendí la aventura callejera. Navarro me había aconsejado no comprar en el paki de la esquina porque allí todo es más caro.
Los portugueses son tan amables que,  al contrario de lo que sucede en otras partes del mundo —incluso de habla hispana—, se esfuerzan en comprender lo que uno les dice y hasta nos hacen creer que «falamos portugueis». Preguntando a las pocas almas que a esa hora estaban despiertas, llegué al sitio a las ocho. Una señora que organizaba el movimiento del súper me miró como si viera a un loco y me indicó que la hora de abrir era a las nueve. Mucho tiempo para esperar.  Con el temor de no encontrar el camino de regreso, volví sobre mis pasos. Para mi sorpresa, llegué sin pérdidas.
Después de desayunar, nos fuimos hasta la estación de tren para ir a conocer Belém.
Haciendo números y sacando cuentas del tiempo y el dinero, decidimos que lo mejor era ir en bus.
Tomamos el 278. Al subir, le recordé a Cristian que debíamos estar atentos a los bolsillos porque la unidad iba llena y tendríamos que ir de pie.
Dos minutos, un frenazo hace que Cristian pierda el equilibrio y se agarre con las dos manos para no caer. Inmediatamente después, me dice: «¡Me sacaron la cartera! ¡Fue ese desgraciado!», y señala a un hombre que se está bajando del bus junto con otro tipo y dos mujeres.
En el piso del autobús estaban todos los euros en un rollo. Al carterista se le cayeron cuando los extrajo.
En la siguiente parada, nos bajamos los cuatro para ver en la zona donde bajaron los ladrones y tratar de encontrar la billetera. Habíamos recuperado el dinero, pero queríamos también los documentos.
Al aproximarnos al sitio, Cristian señala al frente, donde está un policía, y grita en castellano: «¡Ese hombre me robó!». Cruzamos la calle y tratamos de explicar a los oficiales lo sucedido. Allí están los cuatro carteristas muy tranquilos. Son rumanos y por su actitud se nota que están acostumbrados a la situación. No hablan ni protestan. Tampoco niegan la acusación. Ellas miran con cierta sorna a los agentes. Saben que las consecuencias no serán graves. Dos días detenidos. Nada más.
A los carteristas los esposan y los suben en una patrulla. A Cristian lo llevan a declarar en otro vehículo y el policía indica que yo debo ir también porque se supone que «hablo» y «entiendo» un poco más. Yofrank y José tomarán un autobús y nos alcanzarán en la «Esquadra de Polízia» de Belem.
Ya subidos en la patrulla policial, los testículos llegan al cuello. ¡Qué manera de conducir la de los carajos!
El trato de los oficiales fue siempre amable. Se notaban molestos por el mal rato y la mala imagen para Lisboa pero no hubo en ningún momento un gesto de desprecio para nosotros. Nos comentaron que son demasiados los carteristas en Lisboa. Los rumanos seguían de lo más tranquilos, para ellos no era mas que un trámite cotidiano.
En la comisaría, unos volantes hechos con la figura de una sardina, ícono de la ciudad, advertían en varios idiomas a los turistas del peligro de ser despojados del dinero y documentos por los carteristas.
Poco más de una hora estuvimos allí. La denuncia quedó hecha. Nosotros a seguir el paseo que todo fue «menos peor» de lo que podría ser. Nada que un arroz con pulpo, unos pinchos de cerdo y res, un vino verde y unos pastelitos de Belem y luego un recorrido por la hermosa zona de Belem, no puedan curar.
Descansamos un rato en la tarde y en la noche fuimos a caminar por los lados del Centro Histórico.
Al recorrer la imponente zona, uno llega a comprender en su totalidad el poder alcanzado por el imperio portugués. Todo en el Centro Histórico es majestuoso, impregnado de grandeza y riqueza.
De regreso al apartamento, paseamos por Barrio Alto. La fiesta seguía prendida. En un bar pequeño que decía algo de fado en la puerta, pregunté a la encargada y me dijo que no, que allí no presentaban fados. Pero me indicó cómo llegar al sitio donde podríamos disfrutar de buenos cantantes de fado.
En  el número 32 de la «Rua do Diarios do Noticias», un atlante rubio y de ojos azules, con cara de pocos amigos, me cierra el paso cuando intento abrir la puerta para entrar. Muy serio, me hace señas para que me haga a un lado y espere. Pega el oído a la puerta y, al poco rato, me indica que puedo pasar, pero rápido y en silencio.
La «Tasca do Chico» no es un bar; es un templo del fado. Un pequeño espacio de unos treinta metros cuadrados en cuyas paredes están las imágenes de los más significativos cantantes de fado de todos los tiempos. Es un sitio acogedor atendido por Joao Carlos, fadista, quien se encarga de presentar a los cantantes y como un perro guardian se ocupa de mandar a callar a quienes osen hacer ruido mientras los intérpretes cantan.
«La tasca de Chico» es mi sueño hecho realidad. Una jarra de sangría nos acompañó el rato. En una pared se leían avisos que decían «El fado es amarillo», «El fado es negro», «El fado es blanco».
Cuando uno escucha y ve a los intérpretes de fado, logra entender un poco más la forma de ser de los portugueses. Esa manera tímida de plantarse frente a la gente, con las manos entrelazadas o unidas por las yemas de los dedos o metidas en los bolsillos. Con los ojos cerrados. Casi sin expresión corporal, todo queda a cuenta de la voz y el sentimiento. Lo más expresivo que realizan con su cuerpo es despegar un poco los talones del suelo, apretando el culo para que la voz sea ese chorro de sentimiento que nace en las entrañas y explota en la garganta con las venas del cuello brotadas. Un volcán contenido, reprimido, que tiene como válvula de escape un torrente de sentimientos, de «saudade» que se libera con el canto.
A la noche siguiente volveríamos a «A tasca do Chico»

Fátima

Después de tomar el desayuno en el mercado, en una zona donde hay sólo puestos de comida gourmet con los nombres de los chefs en cada estante, tomamos el carro y nos fuimos a visitar el Santuario de. Fátima. Un espacio para la devoción a la Virgen aparecida en una casita de la zona. Una inmensa área dedicada a la fe Mariana.
Prendimos una vela a Fátima para agradecer y pedir su protección y luego fuimos a conocer Obidos, una ciudad a medio camino entre Fátima y Lisboa.
Cometimos el error de dejarnos guiar por los avisos y en lugar de visitar la ciudad, fuimos a parar en la ciudad amurallada, que más parece un parque temático que un lugar histórico. No está mal para quienes disfrutan de ese tipo de turismo. Un poco aburrido, con muchos puestos repetidos vendiendo los mismos souvenirs y restaurantes caros y poco atractivos.
Lo más interesante fue conocer a una señora que hace «capinhas» un pan dulce y especiado que recuerda un poco el sabor de algunos panes de los andes venezolanos. La receta de la señora tiene en su familia mas de 100 años, ha pasado de generación en generación. Las bolas de coco también estaban riquísimas.
Lo otro que me gustó fue probar el licor de guindas servido en diminutas tazas de chocolate que uno se come con el último sorbo. Les advierto que si prueban el licor al llegar, más adelante se encontrarán con que adentro sale más económica la prueba.
A la salida, compramos unas pulseras a una divertida brasileña que viaja con su esposo gallego de feria en feria, vendiendo sus artesanías de cuero. Ella nos advirtió de que en la ciudad no conseguiríamos nada abierto donde comer, por la hora. Los lugares abrirían a eso de las siete de la tarde.
Con la «capinha» y las bolas de coco nos aguantamos hasta llegar a Lisboa y comer en un sitio menos costoso y menos turístico, pero más apetitoso.
Ya de vuelta en el apartamento, un baño y una siesta y de nuevo a Barrio Alto a la «Tasca do Chico» para tomar algo y escuchar fado.
La mañana del último día en Lisboa, nos fuimos a visitar de día el Centro Histórico que habíamos conocido de noche. Majestuoso también bajo la luz del sol. Y a pleno día como en la noche, nos sorprendieron los vendedores de drogas que se le aproximan a los turistas para ofrecer, en un murmullo pero sin mucho temor, «Coca, hachís, marihuana…».
Me descalcé y metí los pies en las gélidas aguas del Tejo, con el puente de Lisboa como telón de fondo.
Para despedirnos de la ciudad, comimos unos deliciosos pasteles de bacalao con queso fundido adentro. Algunas fotos a los hipsters que pululan por el centro histórico exhibiendo sus atuendos y estilismos, y de vuelta al carro para viajar hasta Oporto, Porto para los portugueses.

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Mucho «mariconeo» en Madrid

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Esto lo escribo mientras voy por la carretera rumbo a Lisboa desde Madrid. A los lados de la vía me rodea un paisaje reseco de tonos ocres y verdes. En algunos tramos la vista se llena del amarillo de los sembrados de girasoles o del oro del pasto seco. En otros el paisaje vira a unos tonos entre gris y verde, los característicos de las siembras de olivares, para de pronto tornarse verde intenso con los inmensos maizales. El cielo es de un tono azul brillante y plano, apenas surcado por una que otra nube. El sol resplandece en lo alto y mientras avanzamos, rememoro lo vivido estos últimos días.

wpid-img_20150707_000029.jpgLos días 3 y 4 de julio fueron jornadas de marcha y algarabía en Madrid. Caminar por los alrededores de Sol y Chueca era asistir a una exhibición de diversidad y de la variedad de la especie humana. Días de fiesta y mariconeo por todos lados. Las lenguas e idiomas se mezclaban cual torre de Babel. Los colores de la piel relucían en todas su manifestaciones bajo un cielo soleado y azul. La noche del 3 quedamos en encontrarnos con Jacqueline y Guillermo junto a «la osa» de Sol. Dos viejos amigos de Maracaibo que llevan unos años viviendo en Madrid. En un bar por Sol nos bebimos unos tragos, comimos un delicioso queso manchego, pan y aceitunas. La conversa, como es habitual, giró en torno a la política, la inseguridad, la inflación y la escasez de Venezuela. No podían faltar algunas comparaciones y referencias a la realidad española y al espanto con el que algunos venezolanos recibimos el discurso de Podemos.

Luego, nos reuniríamos con Yofrank y José para pasear un rato por la Madrid de trasnocho y botellón. Más tarde, se nos uniría Marco.

Difícil decidir hacia dónde apuntar la cámara entre tanta gente llamativa y edificios y monumentos. Gran Vía esa noche era un inmenso templete. El botellón más grande que esa vieja dama que es Madrid haya podido observar. Por los lados de Callao, frente al cine del mismo nombre, una tarima ofrecía un concierto de «Las amistades peligrosas». El lugar estaba atiborrado de gente, algo muy significativo pues, justo en esa parte de wpid-img_20150705_085355.jpgMadrid, antes exhibían pintas de «Bienvenidos a la zona libre de homosexuales», o algo parecido, según me contó Marco Tulio. Al día siguiente, fuimos a una terraza para reunirnos con un grupo de españoles para almorzar antes de ir al desfile del orgullo gay. La mesa parecía el set de una película de Almodóvar. Gente alegre y divertida con ese humor característico de los personajes almodovarianos. Una rica paella, patatas bravas y una refrescante y deliciosa sangría. Un agua de Valencia, para concluir.

De allí, nos fuimos rumbo al Café de la luz a encontrarnos con Elvia Sánchez, una vieja amistad virtual con vínculos fraternales en la vida real. El encuentro fue ameno y divertido. Un grupo de amigas con las que provoca pasar horas conversando, todas con vínculos especiales con Venezuela, así que se imaginan sobre qué versó la mayor parte de la conversación. Pero, antes de llegar al Café de la luz, pasamos por la Calle del Desengaño, un viejo anhelo por cumplir. La calle no cuenta con el portal número 21 de la serie «Aquí no hay quién viva», llega hasta el 20, pero sí conserva algo del ambiente mostrado en el seriado televisivo que tantas risas me ha regalado por años. Está llena de putas viejas y gorditas echadas en los portales que hablan con diferentes acentos; colombianas, rumanas, dominicanas…

wpid-img_20150705_091050.jpgDel Desengaño, fuimos directo a Cibeles para ver el desfile. Los alrededores del Ayuntamiento, ese imponente edificio que era el Palacio de Comunicaciones y la sede de Correos en mi viaje anterior, frente a la fuente de la Diosa, estaba a tope.

Mucha piel, mucho cuero, mucha pluma. Toda la diversidad imaginable se daba cita para festejar el orgullo de ser y dejar ser. Niños, jóvenes, ancianos. Blancos, negros, amarillos. Judíos, católicos, cristianos, musulmanes, agnósticos, ateos… Homosexuales, transexuales, bisexuales, travestis, intersexuales; la calle de Alcalá era una vitrina de las diferencias. Las banderas de arcoiris ondeaban por doquier y relucían bajo el cielo azul y el resplandeciente sol de Madrid. Los bomberos rociaban agua con las mangueras para aminorar el sofocón.

wpid-img_20150705_095744.jpgAl final, el desfile no fue lo esperado. Las carrozas nunca aparecieron. Pero fue divertido y una experiencia interesante para practicar la tolerancia y superar prejuicios. La galería humana daba todo de sí, como se aprecia en las fotos.  A eso de las 11 y media de la noche, llegábamos exhaustos a casa. Luego nos enteraríamos de que a esa hora comenzaron a desfilar las carrozas. ¡VayaPalaMierda!

El domingo, nos levantamos tarde. Comimos una deliciosa pasta con ibéricos y crema hecha por Yofrank y salimos a pasear por el parque público de Tres Cantos. Un espacio con cisnes, patos, tortugas y pájaros. Con hermosos jardines y perfumadas y coloridas rosas. Puro relax.

Luego, al teatro. A La Latina, junto Lavapiés para ver «ATCHÚUSSS!!!», un divertido montaje dirigido por Carles Alfaro, con textos cortos de Anton Chejov, firmados con el seudónimo de Antosha Chejonte utilizado por el ruso wpid-img_20150706_001422.jpgen su juventud. Cinco historias breves, cinco estornudos que garantizan montones de risa. El dispositivo escénico es lúdico e ingenioso. Con dos grandes espejos decorados que funcionan como parabán y en el que, por efecto de la iluminación, nos permite observar a través para ver en segundo plano como los artistas se cambian de vestuario para encarnar múltiples personajes cada uno. La escenografía está muy bien concebida y el vestuario tipo clown contribuye a la explosión de carcajadas inspiradas por unos personajes miserables, unos pobres diablos que desnudan ante el espectador sus mezquindades, avaricias y miserias. Personajes interpretados magistralmente por Malena Alterio y Fernando Tejero de «Aquí no hay quién viva», Adriana Ozores  y Enric Benavent, el alcalde de «El secreto de Puente viejo», con lo cual, el espectáculo da la impresión de ser un encuentro entre viejos y divertidos conocidos. La selección de los textos y la secuencia hecha le imprimen un ritmo que hace que las carcajadas vayan in crescendo, con un humor inteligente que no se conforma con la vulgaridad y el chiste fácil. Hacía mucho no me reía tanto con una obra de teatro.

Al salir de la sala, dimos un paseo por la zona de El Rastro, pero sin el mercadillo y allí mismo cenamos con los añorados huevos rotos con jamón y patatas. Otro deseo cumplido. De allí, a casa para preparar la maleta para el viaje a Portugal al día siguiente. La aventura apenas empieza.

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