El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivo para la etiqueta “El Brujo”

Hilaria (5)

hilaria2

(Cuento)

Quinta entrega

***

-Señor, Rigoberto. ¡Rigoberto Altuve!

Entre el ruido de la canción colombiana sonando en la rocola, los gritos de los contertulios, los golpes de las piezas del dominó sobre las mesas de pantry y la borrachera de Rigoberto, no lograba distinguir si alguien lo llamaba o eran solo las voces esas que desde hacía algún tiempo lo atormentaban en su cabeza.

Una mano fuerte lo asió por el brazo y lo hizo voltear.

-¿No es usted Rigoberto Altuve?

-El mismo que viste y calza –Dijo salpicando saliva en el aire mientras arrugaba los ojos tratando de enfocar y distinguir quién era el hombre que lo llamaba con tanta familiaridad.

-Hombre, ¿cómo te ha ido? ¿Prendiste la vela de La Candelaria al llegar como te dije?

Fue entonces cuando Rigoberto cayó en cuenta de quién se trataba y reconoció en la intensidad de los ojos negros al hombre aquél que años atrás había conocido en la última fiesta de La Candelaria que había asistido en La Parroquia. Parecía que había pasado un siglo. Rigoberto sentía que un siglo se había instalado en sus huesos. Pero la mirada de aquel hombre no había perdido intensidad ni  cambiado en  todos esos años.

-¡Coño, “El Brujo”! –Dijo Rigoberto-. Prendí la vela, pero no me sirvió de mucho. La vida no ha sido fácil, amigo. La pobreza es como una maldición imposible de vencer. Por donde uno mete la cabeza, se la cortan. Han pasado más de diez años y no he logrado conocer las delicias del petróleo. Ahora soy más pobre que cuando llegué. Más pobre y más viejo y ya no tengo fuerza ni ánimo para empezar otra vez o para devolverme. La vida es una mierda. Este país es una mierda donde si uno nace pobre está condenado a morir más pobre aún.

-Te lo dije ese día. No es el país, Rigoberto. Es la brujería, el vudú que te montaron que no te deja echar pa’lante. ¿Te lo dije o no te lo dije? Te dije que eso iría a peor. Y no solo en lo económico. La salud también te la ha escoñetado. ¿Qué crees que son esos dolores de cabeza que te dan, esas puyadas en la base del cráneo? Es el vudú que te va a terminar matando. Esa mujer te la juró, Rigoberto.

-Verga, ya estoy por creer que tienes razón porque solo deja de dolerme cuando estoy borracho. Vamos a bebernos un buen trago y después vemos cómo resolvemos los de la brujería esa.

-Yo me vine a vivir a la capital hace unos dos años, Rigoberto. Jamás pensé que te encontraría por aquí en esta vaina tan grande. En verdad ya ni me acordaba de ti hasta que te vi hace rato y me acordé de ese dos de febrero en La Parroquia. Jajaja la cara que pusiste cuando te dije lo del vudú. Esa mujer te jodió feo.

Rigoberto estaba tan borracho que apenas escuchaba la voz de El Brujo como a lo lejos sin comprender muy bien lo que le decía. En su embriaguez confundía las voces de su cabeza con la de El Brujo y ya no lograba distinguir quién decía una cosa y quién otra. ¡Esa maldita rocola que no para de sonar!

-Vámonos pa’l coño, Brujo. Ya no aguanto esta vaina. Mañana me dices cómo me puedes ayudar con esa brujería porque ahorita creo que no te voy a entender un coño.

***

-Hilaria tu sabes que la vida de tu papá está en tus manos. Solo tú puedes ayudarlo para quitarle ese trabajo que le montaron hace muchos años. Tú y Lucrecia son las dos hijas que tienen el poder para tumbar el vudú que le montaron a Rigoberto y que si no se lo quitamos va terminar loco… o muerto.

Hilaria detestaba las sesiones con El Brujo. Cada vez que el hombre pasaba por su lado y le decía en un susurro: “Hoy te espero en la pieza”, sentía nauseas y mareos y quería morirse. Pero, sabía que si no iba la brujería empeoraría a su papá y lo mataría. Peor ahora que no salía de una borrachera y a que las pastillas que le habían recetado lo mantenían como drogado, medio atontado. Como ido.

Las borracheras de Rigoberto, que en un principio estaban limitadas a los fines de semana, se fueron haciendo más frecuentes a medida que escaseaban los empleos y los dolores de cabeza se hacían más intensos y habituales. Cuando no estaba borracho, estaba de mal humor o se quejaba a gritos de las puyadas en la base del cráneo hasta que Teresa o una de sus hijas le daban los calmantes que parecían doparlo, más que calmarle el dolor.

Ya Hilaria no sabía si su padre había empezado a beber por la falta de trabajo o si por la bebedera y borracheras perdía sus puestos en las construcciones. A medida que las borracheras se hicieron diarias o inter diarias y los dolores en la base del cráneo, como decía Rigoberto, atacaban con más fuerza, los ingresos de la familia disminuían.

Teresa empezó a hacer pasteles andinos y hallacas para vender en el mercado de Los Teques los fines de semana, cuando sus hijas estaban en la casa y podían quedarse a cuidar a Lucrecia.  Entre semana, recibía ropa para lavar y planchar. La familia cada vez dependía más de lo que pudiera conseguir Teresa y contaban menos con los aportes de Rigoberto, quien no solo dejó de llevar el sustento a la casa sino que le quitaba la plata a Teresa para irse a beber.

Milagros y Fabiola dejaron sus estudios. No terminaron el bachillerato porque aunque el liceo era gratuito, estudiar era costoso y lo poco que ganaba Teresa no les alcanzaba para libros, pasajes, uniformes, colaboraciones y tareas.

Milagros iba todos los días a limpiar en casa de un señor por La Castellana y Fabiola limpiaba baños y atendía las mesas en un restaurant de La Candelaria. Por lo menos ganaban para cubrirse sus gastos y ayudar un poco con las medicinas del papá y de Lucrecia y para colaborar con los estudios de Hilaria que estaba terminando su primaria.

Pero para las borracheras de Rigoberto, las hijas no eran más que putas aunque dijeran que estaban cachifeando. Milagros se tiraba al patrón de La Castellana y Fabiola, la peor, era fichera en un bar de mala muerte por las torres de El Silencio. De allí no lo sacaba nadie. Ni las lágrimas de Milagros ni los gritos de Fabiola. Eran putas, como putas eran todas las mujeres.  Hasta que le daban sus drogas y se volvía dócil y cariñoso con su “canasto de cucas”, como le gustaba decir para referirse al conjunto de sus cuatro hijas.

Continuará

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Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
Tercera entrega http://wp.me/p2UoX7-209
Cuarta entrega http://wp.me/p2UoX7-209
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Hilaria (4)

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(Cuento)

Cuarta entrega

***

En agosto de ese año 63, Rigoberto agarró sus ahorros y los envolvió en un pañuelo, tomó los pocos chécheres que tenían utilidad o valor, a sus tres hijas y a su mujer embarazada de tres meses y se montó en la furgoneta Volkswagen de Diomedes, su compañero de jornada en la cosecha de papas y enfilaron rumbo a Caracas en un largo viaje que duró casi 24 horas.

El aguardiente y el chimó le ayudaron a tolerar el viaje y a pasar el malhumor que le producían los vómitos de Teresa que cada dos por tres los obligaban a detenerse a orillas de la carretera para volcar solo un líquido amarillento y espumoso, pues no tenía nada en el estómago luego de la tercera vomitada. De nada servía haberse forrado la panza en papel periódico como le había aconsejado Clotilde, su vecina, ni el limón con bicarbonato que normalmente le calmaba las nauseas. “Ojalá, esta vez sea el ansiado varoncito, porque no tengo intenciones de volver a quedar preñada nunca más”. Este embarazo era el que peor le había sentado y el viaje interminable no ayudaba mucho.

¡Por fin llegaron a Caracas! En pocos minutos estarían en casa del primo Teobaldo quien les había ofrecido techo a Rigoberto y su familia mientras construían un ranchito en  un pequeño terreno al borde de la carretera de Los Teques, donde Teo vivía desde hacía 8 años, cuando, al igual que ahora hacía Rigoberto, había decidido dejar el páramo merideño para irse a la capital en busca de un mejor futuro para él y su familia.

El ranchito de Teobaldo estaba casi a nivel de la carretera. Era una casa de tres habitaciones con paredes de cartón piedra, piso de cemento pulido rojo en las áreas comunes y verde en los cuartos. El techo era de zinc y solo tenía en construcción de bloques, las paredes externas. En una sola habitación se ubicaron Rigoberto, Teresa, Milagros, Fabiola y Lucrecia. Mientras construían en el terreno más hacia abajo del barranco, bajando unos escalones hechos de tierra, la que sería su casa hasta que la suerte del petróleo los tocara con su vara mágica y los sacara definitivamente de pobres.

Lo que más les gustaba a todos de la zona donde estaban viviendo, es que era como no haber dejado nunca el páramo andino. El clima era frío y por las tardes y al amanecer la neblina cubría todo y entraba por puertas y ventanas. Era como seguir en Mérida pero con una perspectiva de futuro más próspero acorde con el progreso que en general estaba haciendo de Venezuela un país en vías de desarrollo.

En pocos meses, con la ayuda de Teobaldo y su hijo mayor, ya tenían levantado el rancho. Un rectángulo de tres paredes de bloques, la mayoría robados de la construcción donde estaban trabajando Teobaldo y Rigoberto de albañiles y una cuarta que no era más que un inmenso peñasco en la montaña que taparon con un panel de cartón piedra, material con el que también dividieron la habitación en dos para que las tres niñas durmieran aparte en su cuarto. Solo pusieron puerta de madera hecha con listones de estibas,  a la entrada principal. Para las habitaciones de los esposos y las niñas, bastaba con unas cortinas de flores. El resto del espacio, sería la sala, cocina y comedor. El piso era de tierra, mientras echaban uno de cemento pulido, cuando la paga de Rigoberto le permitiera ahorrar un poco para los materiales.

A Milagros y Fabiola de 12 y 13 años, las inscribieron en el liceo público que quedaba cerca del “rancho”, como insistían en llamar Rigoberto y Teresa a su vivienda haciendo rabiar a las niñas. Lucrecia se quedaba siempre en casa con Teresa, mientras Rigoberto pasaba de una construcción a otra. Unas veces levantando muros de altos edificios, otras echando platabandas, poniendo tuberías de aguas negras y blancas. Lo que no sabía, lo aprendía, no podía darse el lujo de rechazar trabajos con esa prole qué mantener.

El 4 de febrero de 1964 nació su cuarta hija. ¡Otra niña! Sus esperanzas de tener un varón que perpetuara su apellido y lo ayudara a sacar la familia adelante se desvanecieron cuando el médico del hospital salió de la sala de parto y les dijo que era niña y que estaba sana y saludable. Teresa también estaba bien. Dolorida por el parto pero en perfecto estado y con las tetas cargadas de leche como para criar trillizos.

-Pues será Hilaria, entonces. Que se llame Hilaria –Dijo Rigoberto.

El y Teresa estaban tan convencidos de que sería varón que habían decidido ponerle Hilario, como el abuelo de Rigoberto. En ningún momento pensaron nombres de niñas, así que se llamaría Hilaria, en honor al abuelo, y sanseacabó.

***

Hilaria tira la colilla al suelo y la pisa con la chancleta. “Tengo que dejar de fumar”. Sacude la vela de la Primera comunión de su hija en el aire, más para espantar los recuerdos que para apagarla y con cuidado la ubica junto a todas la cosas que ha conseguido. Jacqueline estará feliz con su regalo de cumpleaños. Mira el reloj y aún faltan unas horas para que la hija regrese del liceo. Tiene tiempo de seguir escudriñando para encontrar recuerdos. Después tendrá que buscar un buen lugar donde esconder todos los objetos, no vaya a ser que Jac los consiga antes de tiempo y eche a perder la sorpresa. Será solo por un tiempito, unos 2 meses, hasta el día del cumpleaños.

En una caja de zapatos consigue un casete TDK con las canciones que le ponía a Jac de pequeña para dormir. Ya se había olvidado de ese casete. “Música para soñar”, decía en la carátula. Lo puso en el pasa cintas y la canción que sonó hizo que se le aguaran los ojos. La voz de María Teresa Chacín cantando “…Hoy hay fiesta en el bosque, como a las nueve. Se casa la hormiguita con ratón Pérez. Larai larai…” la llevó a los días en que Jac no era más que una muñeca de carne y hueso que acunaban los brazos de la niña madre a los doce años, mientras le cantaba y bailaba para dormirla.

 

***

-Su hija está en proceso de parto, señora.

Teresa no entendía nada de lo que le decía el doctor. Ese hombre tenía que haberse vuelto loco o le estaba mamando gallo. ¿Cómo iba a estar su niña de apenas once años pariendo? ¡Si ni siquiera tenía novio! Y la regla le vino una vez y nunca más.

-Tiene que haberse intoxicado con las hallacas de anoche. Doctor. Ella, antes de venir, decía que le dolía mucho la barriga, que tenía retorcijones y como calambres. Por un momento pensé que podía ser dolor de vientre por la menstruación y le hice un bebedizo de conchas de naranja pero como no se le calmaba y decía que cada vez le dolía más pues decidimos venirnos al hospital para que la revisaran… Eso es una intoxicación seguro… ¿Serán parásitos, doctor?

Teresa no paraba de hablar. Milagros que la había acompañado, la escrutaba sin entender nada. Veía cómo Hilaria se retorcía en la camilla y con la mirada interrogaba al doctor.

-Señora, ¿usted no sabía que su hija estaba embarazada? ¿No la llevaron nunca a control? ¡Esto es inaudito! Necesito que me autoricen para hacerle una cesárea. No creo que debamos esperar que dé a luz sola porque es muy niña aún y se puede complicar. Pero tenemos que ingresarla a quirófano ya porque el parto está en proceso…

-¡¿Cuál parto?! ¡Usted está loco! –Gritaba histérica Teresa.

Finalmente, Milagros firmó los papeles “Haga lo que tenga que hacer, doctor”. Teresa sacudía a Hilaria por los hombros “¡Puta, puta! ¿Con quién te acostaste?”. Hilaria solo gritaba de dolor. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Solo sentía que algo le quemaba el vientre como si le hubieran sembrado carbones prendidos o un afilado cuchillo desde adentro la desgarrara. Se plegaba sobre su abdomen apretando el vientre con fuerza con las dos manos. A lo lejos escuchaba al médico hablar de embarazo, parto y cesárea y nunca pensó que se refería a ella hasta que su mamá en el clímax de la histeria le dio dos cachetadas y gritando le preguntó:

-¿De quién es ese muchacho que vas a tener? ¿Cómo nunca me dijiste que estabas preñada? ¡Puta! ¿Quién te hizo eso?

-No sé, mamá. No sé nada. No sé cómo voy a tener un hijo –decía entre sollozos y dolores-. ¡Ni siquiera sé cómo se hace para tener un hijo! ¡Yo no soy puta, mamá!

El médico se llevó a Hilaria luego de arrancarla de la histeria materna. “Cálmala”, le dijo a Milagros. “Después tendrán tiempo de aclararlo todo pero ahora hay que atender a la niña y salvar a la criatura. Ojalá que venga bien porque un embarazo sin control y a esa edad es de alto riesgo”.

-¿Cómo se lo diré ahora a Rigoberto? ¡Con razón que no hacía sino engordar! Y yo poniéndola a dieta y a hacer ejercicios porque estaba como una vaca. ¡Rigoberto me va a matar!

Teresa saltaba de un tema a otro sin ningún orden de continuidad. Milagros no quería escucharla, no quería pensar. Lo que menos le preocupaba era lo que dijera su papá. Entre los calmantes y el miche, era más lo que vivía en las nubes que de lo que se enteraba. Cuando no estaba borracho, estaba drogado y, la mayoría de las veces, las dos cosas al mismo tiempo. Ya no sabía ni cómo se llamaba.

Para tapar los gritos de su madre, se concentró en el sonido del radio que tenía la enfermera encendido. El locutor hablaba de la importancia de este primero de enero de 1976 para el país. A partir de esta fecha, Venezuela será otra, más desarrollada y más soberana con la nacionalización del petróleo… y la inconfundible voz de Carlos Andrés Pérez desde el Salón Elíptico del Congreso se escuchaba en el aparato mal sintonizado:

“El petróleo es nuestro y está en nuestras manos la posibilidad de demostrar que somos capaces de manejarlo, que podemos confiar en nosotros mismos, que será herramienta de desarrollo democrático, de justicia social”.

Continuará…
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Hilaria (3)

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(Cuento)

Tercera entrega

 

***

Rigoberto conoció a “El Brujo” el dos de febrero de 1963 en la Plaza Bolívar de La Parroquia en Mérida. Como todos los años, desde hacía muchos que le había hecho la promesa a La Candelaria de bajar desde el páramo donde vivía para celebrar el día de la virgen aparecida en una tablita por los lados de Zumba y a la que Rigoberto, como muchos merideños, le rendía devoción por ser la patrona de los campesinos y en especial de los agricultores.

Ese día salió antes del amanecer de su casa de gruesas paredes de bahareque en Mucuchíes, cuando el autobús Blue Bird tocó la bocina por segunda vez frente a su puerta. Montó en el bus los guacales con verduras en el fondo del pasillo, buscó su ruana de lana marrón y se caló su sombrero. La madrugada estaba fresca y despejada. No quedaba ni rastro de la llovizna y de la niebla de la media noche. Apenas un rocío en las hojas de los frailejones del jardín delantero de la casa y en el monte crecido de un momento a otro.

No se sentía mucho el frío porque el viento se había detenido. En el oscuro cielo las estrellas brillaban con intensidad y una luna que empezaba a crecer languidecía en el horizonte. Luego de acomodar los guacales, Rigoberto buscó a su mujer y a sus tres hijas, tomó una mascada de chimó que colocó debajo de su lengua y los cinco subieron al autobús saludando con alegría al chófer.

Milagros, Fabiola y Lucrecia de sentaron en el puesto de tres asientos, dejando a Lucrecia en el medio de sus dos hermanas mayores. Rigoberto y su mujer se ubicaron en el asiento de al lado. Las tres niñas se durmieron casi inmediatamente al arrancar el autobús. La madre se recostó a la ventanilla con los ojos cerrados rezando y tratando de dormir y Rigoberto iba pendiente de la carretera. Esas curvas del páramo siempre le causaban temor y los bruscos movimientos del conductor al momento de tomarlas lo hacían estremecer. Cada cierto tiempo sacaba la carterita de aguardiente envuelta en una bolsa de papel y se tomaba un trago para que lo ayudara a encontrar el valor perdido.

El viaje se le hizo eterno. Sintió un poco de alivio cuando el sol empezó a clarear y la vía se veía con nitidez. Era obvio que el chófer conocía la sinuosa carretera de memoria, pero Rigoberto no podía evitar su pánico. Ni siquiera se atrevía a mirar a los lados porque la visión de los barrancos infinitos de la montaña le producía un terrible vértigo. Para no tener que asomar la cabeza por la ventanilla para escupir el chimó, se apertrechó con un cartón vacío de leche donde lanzaba los escupitajos marrones cada cierto tiempo.

Por fin llegaron a La Parroquia. La Plaza ya empezaba a mostrar actividad de feria. Las chicas estaban felices. Para ellas las fiestas de La Candelaria eran una divertida aventura que esperaban ansiosas todos los años. Estrenaban vestidos y era el día del año en que su papá nunca se ponía de mal humor y las complacía comprándoles algodón de azúcar y cotufas saladas y acarameladas.

En casa del compadre Golfredo, el prefecto de La Parroquia, padrino de Milagros, la mayor de la hijas de los Altuve Urdaneta. Como todos los años, los recibieron con un rico desayuno de arepas de harina de trigo, chocolate caliente y queso rallado y, después de comer, le dieron prestadas las sillas y las mesas con las que montarían su tarantín debajo del árbol de mamón en la esquina de la plaza, frente a la prefectura.

A las nueve de la mañana ya la plaza estaba a tope. Se veían pasar de un lado a otro a los vasallos de La Candelaria ataviados con sus coloridos trajes fucsia, celeste, rojos, amarillos, parecidos a los de los toreros. Con alpargatas y estrambóticos sombreros de ala ancha de colorines también, con borlas pequeñas colgando en el borde y amarrados por una cinta de color al mentón. En la mano llevaban el bastón de madera  y la maraca de los bailes en honor a la virgen.

La plaza era una algarabía. En la caminería del borde y en las aceras frente a las casa de los parroquianos había mesas en las que vendían diferentes objetos y comidas. Pasteles de carne y arroz, pasteles de queso, aliados o templones, esa gelatinosa chuchería hecha con la jalea que se obtiene de la cocción de las patas de res, tuétano y papelón de azúcar, melcochas de coco, dulces abrillantados, cotufas y algodones de azúcar, chicha de arroz y chicha andina de maíz con guarapo de piña fermentado. También había mesas de juegos, bingos, magos y adivinadores…

Junto al puesto de Rigoberto se ubicó en una pequeña mesa un extraño hombre de barba entrecana y mirada intensa, vendiendo largos cirios de color amarillo, adornados con cintas con el tricolor de la bandera de Venezuela trenzadas en mitad de las velas con un lazo. Los cirios estaban perfectamente ordenados por orden de tamaño y a un costado de la mesa había estampitas y medallas de la virgen de La Candelaria y del Perpetuo Socorro, mezcladas con las de María Lionza, el Negro Primero y el indio Guaicaipuro. Manos de azabache y pulseras con peonías y azabaches y algunas pepas de zamuro.

Era la primera vez que Rigoberto veía a ese hombre en las fiestas y le llamó la atención que en una fiesta religiosa alguien vendiera ese tipo de objetos usados en brujería. De vez en cuando, Rigoberto se sorprendía mirando fijamente los negros ojos del hombre que le respondía con una mueca que intentaba ser sonrisa e inclinando la cabeza.

Sonaron las campanas de la iglesia, señal de que la misa había terminado. Rigoberto le dijo a su mujer que llevara a las niñas para que vieran el baile del sebucán que ya iban a empezar a tejerlo los vasallos frente al templo.

Milagros y Fabiola agarraron cada una de una mano a Lucrecia y fueron a buscar puesto entre la multitud para ver como al ritmo de la música, los vasallos, dando pequeños saltos unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda, iban girando y tejiendo una trama de rombos hechos con gruesas cintas multicolores alrededor del palo para luego invertir sus movimientos y destejerlos. Era como un baile mágico para las niñas.

Después vino el baile del “lo lo lo ló, lo lo lo ló” de los vasallos con sus bastones de madera y sus maracas, lanzando versos a la virgen y escenificando las diferentes etapas de la siembra en el campo, hasta terminar con el entierro del gallo y ese baile alrededor del hermoso gallo metido en una jaula de alambre y madera y los vasallos bailando y saltando alrededor, escapando de los violentos bastonazos que con fuerza se lanzaban unos a otros haciendo zumbar la madera en el aire y obligándolos a brincar para esquivar el golpe.

La fiesta daba todo de sí para que la gente se divirtiera. Los juegos de los muchachos hacían que la multitud se alborotara en un solo griterío. El público aupaba con gritos y aplausos a los chicos que intentaban coronar el palo encebado para ganarse la moneda que habían puesto en el tope del mástil. La carrera de sacos y el corretear tras el cochino encebado hacían que la gente se desternillara de la risa.

Rigoberto se paró y dio unos pasos para estirar las piernas. Se acercó a la mesa del enigmático hombre y empezó a curucutear los objetos. Miraba las estampitas con curiosidad. Las pulseras de peonías con la mano de azabache le parecían bonitas para sus hijas. Las velas con el lazo hecho con la bandera nacional atada en medio, le llamaban la atención.

El hombre desde su silla, lo dejaba hacer y lo observaba sin decir nada.  Hasta que Rigoberto le preguntó para qué se usaban las pulseras y la pepas de zamuro.

-Las pulseras son para proteger a los niños del mal de ojo. Siempre es bueno que las criaturas pequeñas lleven una puesta porque uno nunca sabe cuando la mala energía puede hacer efecto. Y la pepa de zamuro es algo que uno siempre debe llevar en el bolsillo para protegerse de las malas energías y de los espíritus malignos. Yo las preparo en forma de reliquia en una bolsita de estas –tomó una pequeña bolsa de hilo rojo tejido- les pongo la pepa de zamuro, una mano Todo Poderosa y una medalla de las tres divinas potencias, una ramita de ruda y las rezo durante siete noches a la luz de una vela roja. Con eso en el bolsillo, no te cae ni coquito.

-uuuhmmm

El hombre de repente, tomó la mano de Rigoberto con fuerza y le estiró los dedos. Miraba la palma de la mano sin decir nada. Con el dedo índice iba recorriendo cada una de las líneas. Cerró los ojos un instante, echó hacia atrás la cabeza y, mirando fijamente a Rigoberto, le dijo:

-Esa mujer le echó una vaina. Le montó un trabajo para que no pueda levantar cabeza nunca más. Por eso la hija suya, la menorcita, nació así. Fue un trabajo que le montaron y con los años va a ir cobrando más fuerza porque fue enterrado en un cementerio. Yo se lo puedo quitar, pero tumbar ese tipo de brujería es un trabajo largo. Si usted quiero podemos…

-No, mijo. Yo no creo en esas vainas…

-A varios que han dicho lo mismo los he visto venir después suplicando…

-No. No. Esas son zoquetadas. Los que creemos en Dios y la Virgen estamos ya protegidos contra todo mal.

-Bueno. Compre un cirio de La Candelaria, entonces. Para que la luz de la virgen lo ayude y acompañe.

-Eso sí. Véndame este, para que la virgencita me alumbre el camino. Este año me voy a Caracas a probar suerte. El páramo ya no da para más y las niñas ya tienen que empezar en el liceo. No quiero que se queden brutas como yo.

-La capital está creciendo rápido. Hay muchas industrias y compañías extranjeras que se están instalando allá. El futuro está en Caracas. El petróleo está haciendo que esa ciudad se convierta en una metrópolis y todo el que llega se hace rico rápido porque hay mucho real en la calle.

-Eso me han dicho. Yo tengo fe en que me va a ir bien…

El hombre metió el cirio en una bolsa de papel y se lo tendió a Rigoberto.

-Tome. Al no más llegar a Caracas, préndaselo a la virgen para que lo ilumine… Ah, y tome, le regalo esta pepa de zamuro para que lo proteja. Pero sepa que ese trabajo que le montaron va para peor. Si no hace algo…

-No hombre, con Dios y la virgen siempre.

Terminó la fiesta. Hora de recoger los bártulos y prepararse para regresar.  Rigoberto y Golfredo se abrazan con estruendosas palmadas en la espalda:

-Bueno, compadre, que Dios los lleve con bien. Cuida a las niñas y a mi ahijada especialmente –Dijo Golfredo, bendiciendo con la señal de la cruz en la frente a Milagros y deslizando a escondidas en su mochila un sobre con un fuerte.

-Gracias compa, hasta el próximo 2 de febrero, si Dios y La Candelaria lo permiten.

-Lo vi conversando mucho con El Brujo, compadre. Tenga cuidado que ese hombre no me gusta. Demasiado charlatán y embaucador…

-Tranquilo, compadre. Yo no creo en esas vainas. Parece un buen tipo, pero igual no creo que lo vuelva a ver.

Continuará…
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Hilaria (2)

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(Cuento)

Segunda entrega

***

-¡Vamos, Hilaria, no seas floja! Haz diez flexiones más.

-¡Mamá que estoy muy cansada ya! Y las varillas de la faja me están maltratando mucho.

-Pero, ¿no ves lo gorda y fea que te has puesto? Estás rechoncha. Si no te cuidas desde ahorita vas a parecer una vaca y ningún hombre te va a querer.

-¡Yo no quiero que me quiera ningún hombre!

-Igual. Yo no quiero una hija obesa y tú, desde que te desarrollaste, no has hecho más que engordar.

Las palabras de su madre hicieron que Hilaria volviera a sentirse abochornada. Advertía que la cara se le ponía roja y caliente como se le puso aquella vez, hacía poco más de un año, cuando su mamá se burlaba de ella por no saber qué era la menstruación.

Hilaria tenía dos o tres meses de haber cumplido sus diez años y jugaba con su hermana Lucrecia, cuatro años mayor que ella y con síndrome de Down, a la pelota en el jardín delantero de su casa. Un fuerte golpe de Hilaria a la bola la hizo ir a parar en medio de la calle y Lucrecia corrió tras ella sin mirar la vía. Un intenso chirriar de frenos y el carro tuvo tiempo de detenerse a escasos centímetros de la cabeza de la chica.

Hilaria pegó un alarido “¡Lucre!”. Trató de correr hacia donde estaba su hermana pero el terror la tenía fijada al suelo. Paralizada. Sus piernas no le respondían y notaba que un líquido caliente corría por su entrepierna, empapando su pantalón.

Lucrecia miró a Hilaria, recogió la pelota, sonrió mostrándosela a su aterrorizada hermana y se devolvió donde se encontraba ésta, pálida de pánico. Sobrepasado el impacto, Hilaria corrió al baño porque se estaba orinando por el susto.

-¡Casi la mata un carro!- Dijo a su mamá que acudía ante el grito y siguió camino a la sala de baño. Se bajó los pantalones y las pantaletas y se sentó en la poceta al tiempo que terminaba de quitarse las prendas. Fue entonces cuando notó que algo no estaba bien. Las pantaletas tenían unas extrañas manchas rojas que parecían sangre pero, ¿Con qué y en qué momento se había cortado? ¿Cómo es que una cortada con tanto sangrado no le había dolido?

Angustiada, llamó a gritos a su mamá al ver que en la taza quedaba el rastro de más sangre en el agua.

-¡Mamá, mamá, me estoy muriendo!- Decía entre lágrimas. -Me estoy desangrando, mamá. ¡Mira!

Le mostraba las pantaletas y el pantalón manchados de rojo y luego señalaba el váter.

-Jajajajaja, qué muchacha tan pendeja y melodramática –reía su madre-. ¡Qué te vas a estar muriendo nada! Es la regla, boba, que te llegó antes de tiempo. Ahora eres una mujer.

La madre salió del baño sin parar de reír y sin decirle más nada. Hilaria la miraba irse como si se hubiera vuelto loca. ¿Qué le pasa? Yo me estoy muriendo y ella diciendo que si es una regla y que soy ¡una mujer! ¿Es que no ve que me estoy desangrando y que no llegaré a ser una mujer nunca porque me voy a morir niña? ¡Y me deja aquí sola!

Las lágrimas corrían por sus mejillas como si le hubieran abierto un grifo. Estaba aterrada y sollozaba. Su mamá regresó con ropa limpia, se la tendió junto con una compresa y le dijo:

-Toma, báñate y te pones esto.

La niña no entendía nada. Su mamá definitivamente había perdido la cordura. En lugar de agarrarla y llevarla corriendo a un hospital para que la revisara un médico a ver por qué se estaba desangrando, la mandaba a bañarse y le daba una vaina extraña para que se la pusiera no sabía dónde.

-No me mires así, necia jajajajaja. No te estás muriendo nada. Eso es algo por lo que pasamos todas las mujeres. Es un fastidio. Es como un castigo de Dios. No sé por qué carajo nos castiga, por ser mujer, será. Pero nos pasa a todas y nos pasa todos los meses. Se llama menstruación y de ahora en adelante te va a suceder todos los meses durante varios días. Así que resígnate y acostúmbrate.

-¿Y esto?- Dijo Hilaria con la compresa en la mano -¿Qué hago con esto?

-¡Coño, eso es un Modess y te lo pones en la nariz!

-¡¿En la nariz?! ¡¿Cómo?!

-Jajajajajaja ah muchacha pa’ pendeja y bruta jajajaja.

Fue entonces cuando Hilaria notó que la cara le ardía y se le enrojecía. No sabía si era por el bochorno de no saber o por la ira que le producía que su madre se burlara de ella y de su ignorancia. Posiblemente un poco de ambas cosas. Avergonzada, no se sentía capaz de preguntar más para que su madre no siguiera con la burla. Lo peor era saber que más tarde le contaría todo a sus hermanas y todas terminarían burlándose de ella y haciéndola sentir ignorante y tonta, como siempre.

Su mamá, sin parar de reír, le acomodó la compresa dentro de las pantaletas y le dijo:

-Solo dejarás de sangrar, cuando Dios te mande un embarazo. Durante los nueve meses de preñez esa sangre que ves alimentará a tu hijo en el vientre y al nacer se convertirá en la leche que saldrá de tus tetas para amamantar a tus hijos… Y no me preguntes nada más porque ya no sé qué más decirte.

***

Hilaria pone el álbum junto a las otras cosas que ha seleccionado y sigue buscando.  Sus sentimientos y emociones empiezan a mezclarse en su cabeza y en su pecho. Una mixtura de amor, nostalgia, temor, rencor, alegría y orgullo se va apoderando de ella a medida que va reuniendo recuerdos de estos 15 años.

En una gaveta encuentra entre medias de Jacqueline el rosario de cuentas blancas imitando perlas, los guantes blancos con encajes y la vela blanca con un lazo de ajadas cintas blancas atado a la mitad y unido por una medalla de latón de la Virgen del Carmen. No tenía idea de que la niña hubiera guardado allí la vela de su Primera Comunión. La mecha estaba negra en la punta como evidencia del tiempo que estuvo encendida en la ceremonia, mientras la bendecían.

Hilaria sin pensarlo mucho, sacó de su bolsillo el encendedor, prendió la vela y con su fuego encendió un cigarrillo. Se quedó mirando fijamente la llama de la vela y le lanzaba, con cuidado de no apagarla, el humo aspirado del cigarro. Su mente, sin apenas darse cuenta, se fue  a 16 años antes y se vio tendida desnuda en el suelo de aquel cuartucho de chécheres de su papá, donde había llegado a vivir pocos días antes, “El Brujo”.

Hilaria estaba acostada boca arriba completamente desnuda y en medio de un inmenso círculo de velas y velones encendidos. El Brujo, fumando tabaco y sacudiendo en el aire un oloroso ramillete de ruda, caminaba alrededor y por encima de la chica. Mezclaba oraciones con extrañas palabras en lenguas desconocidas para Hilaria.

Desde el suelo, Hilaria lo veía como a un indio gigante moverse en torno suyo. El Brujo llevaba colgando del cuello varios collares con cuentas de colores. Un collar hecho con pepas de zamuro y peonías rojas y en el medio un inmenso colmillo de animal. El tabaco echaba pequeñas chispas rojas cada vez que el hombre le daba una calada y una intensa humareda hacía que su rostro desapareciera en una soporífera nube gris.

Por un momento Hilaria pensó que vomitaría. El olor a tabaco mezclado con el humor que despedía el sudor del brujo moviéndose alrededor de ella y los buches de ron que le escupía sobre el pecho le produjeron nauseas. Respiró profundo cerrando los ojos y se calmó. A los pocos minutos ya no sentía ningún olor. Perdía casi por completo la consciencia de su cuerpo.

El Brujo le sacudía el ramillete de ruda sobre su vientre, azotando con suavidad. A ratos lo restregaba con movimientos vibratorios a los costados de su cuerpo empezando en los hombros y terminando en los pies. Le daba golpes con las ramas en la plantas de los pies y subía sin dejar de mover la ruda por la parte interna de sus piernas hasta llegar a su vagina. Todo lo hacía sin dejar de murmurar esas especies de oraciones y letanías en las que de vez en cuando Hilaria podía distinguir el nombre y apellido de su padre, Rigoberto Altuve.

Hilaria se sentía mareada pero ya no tenía miedo. El temblor incontrolable que tenía inicialmente se había ido calmando poco a poco. Aspiraba profundamente para respirar porque le parecía que se asfixiaba a ratos, pero en su mente se figuraba no estar en ese lugar. Era como si los sonidos y las imágenes le llegasen de un lugar lejano y ella tenía una extraña sensación de no estar allí. Sentía que levitaba y salía de su cuerpo y que se observaba a sí misma desde una nebulosa lejana. Solo volvió a percatarse de su cuerpo cuando El Brujo se acostó sobre ella y sintió el peso del cuerpo del hombre sobre el suyo y el repulsivo olor a sudor mezclado con alcohol y tabaco.

-Que este sacrificio ayude a sanar a Rigoberto Altuve del terrible mal que lo aqueja- Decía El Brujo al oído de Hilaria-. Que los espíritus malignos que lo tienen sometido lo dejen tranquilo, que abandonen su cuerpo y su alma para que recupere su propia voluntad de nuevo y vuelva a ser un hombre de bien y libre de mal.

El brujo tensó todo su cuerpo. Estaba como convulsionando acostado encima de Hilaria. Estiraba sus brazos y todo su cuerpo temblaba en una especie de paroxismo. Sus ojos se volvieron blancos y de pronto, todo su cuerpo se relajó e Hilaria lo sintió sobre ella como un peso muerto.

El hombre volvió en sí. Se levantó y empezó a apagar las velas una por una, mojando con saliva de su boca las yemas de los dedos y apretando las llamas dentro de ellas.

-Ya te puedes ir. Yo te aviso cuando tengamos que volver a trabajar…

-¿Otra vez?

-Sí, Hilaria. Otra vez. El mal que tiene tu papá es muy fuerte y muy malo. A él le montaron un trabajo con vudú muy difícil de tumbar y solo con tu intervención lo podremos curar y liberar de los demonios que lo atormentan.

-Pero yo no quiero…

-Ya sabes que si no lo haces tú, tendré que hacerlo con Lucrecia. Solo ella y tú pueden salvar a Rigoberto.

-¡No! Con Lucrecia no. Yo lo haré pero a Lucre ni la mires.

-Muy, bien. Menos mal que entiendes rápido. Recuerda que no puedes decirle nada de esto a nadie porque si se sabe los espíritus malignos matarán a tu papá y una maldición caerá sobre toda tu familia. Esto es entre tú y yo. Los dos curaremos a Rigoberto.

Continuará…
Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria

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