El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivar para el mes “noviembre, 2013”

El buitre hambriento nos ronda

Buitre

Captura de pantalla de la página http://www.cuentosinfin.com/el-buitre/

Quienes me siguen en la redes sociales deben haber leído el cuento de Kakfa que aparece en la foto porque lo he subido varias veces tanto a Facebook como a Twitter y Google+.

La razón por la que reincido en la publicación del corto relato de Franz Kafka titulado “El buitre” es porque desde que lo reencontré -hace pocos días, gracias a la mención que de él me hiciera mi sobrina Valentina-, “El buitre” me ha estado carcomiendo la mente. Me impresiona ver que en pocos párrafos, en apenas 20 líneas, el autor nacido en Praga ha logrado pintar de manera tan contundente y precisa la Venezuela de los últimos 15 años.

El cuento parece una alegoría de lo vivido y sufrido por los venezolanos desde que el socialismo a la cubana decidió instalarse en estas tierras benditas de las que parece haberse olvidado Dios.

A los venezolanos, como al hombre del cuento, desde hace 15 años nos empezaron a devorar como lo hace el buitre de la historia kafkiana. El régimen actúa como el hambriento emplumado y los ciudadanos hemos respondido tal y como lo hace el hombre de la historia, nos justificamos para no hacer nada contra el buitre, nos sobran las excusas para la inacción: “porque somos débiles”, “porque el buitre es muy fuerte”,”porque estamos solos”, “porque lo que nos ha quitado es poco” -al hombre del cuento apenas los zapatos y los pies. Todavía tiene el resto del cuerpo-. Como aquellos a quienes les expropiaron 2 de sus 5 fincas y lo asumieron sumisamente porque le quedaron 3 y no quisieron arriesgarlas…

Como en el caso del relato, algunos venezolanos no hacemos nada porque sentimos que hasta ahora es poco lo que hemos perdido y “No vale. Yo no creo” que pasen de allí. “Venezuela no es Cuba”…

Otros esperamos que la solución nos venga de afuera, que aparezca el hombre y diga que va a buscar el fusil para atacar al buitre y nos defienda. Porque “a los gringos no les conviene, porque el petróleo, y bla bla bla…”

Con cierta impotencia y resignación, hemos tolerado que el socialismo a la cubana se vaya afianzando en suelo patrio. Lo vemos venir, lo sentimos llegar pero todavía no parecemos convencernos.

15 años han pasado y todavía muchos dicen “No vale. Yo no creo”. Mientras otros celebran con la inconsciencia de quienes no se han percatado de que esa fiesta terminará en una resaca que Carianilos devorará a ellos también.

El buitre de Kafka tiene días revoloteando en mi cabeza. Leo la despedida del programa Zonalibre de Alexandra Cariani luego de 8 años al aire en horario estelar de la Emisora Cultural de Caracas y siento que el pajarraco ha asestado un certero picotazo en nuestra libertad.

¡Qué tristeza tan honda me da cuando leo noticias como esa!

Al leer a la Cariani siento que en este país se han conseguido tantas formas de irnos enmudeciendo, de irnos devorando la libertad, que una vez más recuerdo el cuento de Kafka y “El buitre” anida en mis neuronas.

Siento que la bestia nos va carcomiendo de a poco y nosotros por ignorancia, por estupidez, por cobardía, por desinterés, lo permitimos sin hacer nada. Me abruma la tristeza.

Pocas horas después, leo en Últimas Noticias que el régimen estudia una medida mediante la cual los “Extranjeros deberán pagar en dólares pasajes que compren en el país”. Sí, en dólares y no en moneda nacional. El buitre enfurecido ataca de nuevo, pienso.

Leo y releo la noticia porque el titular de un solo golpe me mandó 23 años atrás cuando fui a La Habana y como turista todo lo tenía que pagar en “divisas”, como decían ellos. Si quería como extranjero invitar a comer a un cubano, su comida también la debía pagar en dólares. El peso cubano era un entelequia que no servía para nada.

Vuelvo a leer y solo puedo pensar que luego será con el pago de hoteles, con el pago de servicios turísticos… En poco tiempo el bolívar fuerte valdrá lo mismo que el peso cubano. Nada.

En el cuento de Kafka, llega el momento cuando el buitre sabe que un hombre puede buscar la escopeta para enfrentarlo. Ante esa certeza, la plumífera y hambrienta bestia decide atacar con más saña e ir por todo. Picotea en el cuello con furia y la sangre que maná lo ahoga.

Solo falta saber si en nuestro caso la sangre que brote realmente ahogará al buitre o, por el contrario, lo fortalecerá como a un vampiro hasta terminar de arrasar con todo.

Esto no es la depresión de un lunes

duele

Quisiera creer que todo está bien. Me gustaría pensar que la opresión en el pecho no es más que la depresión del lunes. Me gustaría poder decir que la sensación en el vientre no es más que el resultado de una pesada comida.

¡Cómo quisiera poder vivir en la ignorancia! Como aquella doctora que llega a comprar el alimento para su gato sin enterarse que en las tiendas de electrodomésticos el día anterior se empezó a aglutinar la gente para comprar “a precios justos”.

Como la chica que llega a buscar el Cat Chow para su mascota, coqueta y sudorosa luego de recorrer media ciudad infructuosamente y me dice:

-¿Qué está pasando con la comida de gatos que no se consigue en ninguna parte? He ido a tiendas de mascotas y supermercados y nada.

Yo, con esta amargura que se me está instalando en el alma, respondo con otra pregunta:

-¿Qué está pasando con la leche, con la azúcar? ¿Qué está pasando con el país?

Ella me mira con una mueca de sonrisa y yo sigo destilando mi hiel:

-Que estamos en un país socialista. En el país que nos heredó Chávez. En el país de Nicolás. Eso es lo que está pasando.

-¡Ay, ese hombre! Ojalá, se vaya ese Nicolás.

Cuando la oigo no puedo evitar terminar de espetarle mi vinagre:

-Por eso yo, antes de venirme a trabajar, pasé un buen rato a protestar.

-¿Protesta? ¿Cuál protesta?

No. Sé que esta no es la depresión del lunes. Es la depresión de pasar un domingo a las 11 de la mañana por Ferre Total para buscar unas piezas que le faltaron a mis persianas y conseguir que a pleno sol rechinante de Maracaibo, pegadas a la pared para agarrar un poquito de sombra del muro, había una fila de personas esperando turno para comprar a “precio justo” y, en la calle, la respectiva cola de autos. Todos de manera incosciente o conscientemente terminamos contribuyendo a la destrucción del país.

Es la depresión de ver el cansancio y la tristeza en los ojos de los empleados de Ferre Total que se esfuerzan por seguir dando una buena atención pero que no pueden disimular su depresión e incertidumbre.

Mientras espero que me busquen las dos piezas que le faltaron a mis persianas, leo el aviso puesto en la pared de entrada con la lista del límite de productos que cada cliente puede comprar, el racionamiento, pues. Sale un señor que hizo la insoportable cola para comprar 2 metros de cable «debe ser una emergencia», pienso, y veo que sale una señora con un galón de pintura y 6 ganchos para colgar ropa. Otra con un archivador de plástico y una más con una carretilla vacía… En fin, no quiero pensar que la gente pierda 3 horas de su vida a pleno sol, con 40 grados centígrados a la sombra, para comprar esas cosas.

Un chico se me acerca y comenta:

-Se me dañó una llave paso y tengo que cambiarla urgentemente y no tengo otro sitio dónde conseguirla hoy. En Epa no quedó nada. ¡Coño, yo no tengo tiempo para estas colas! Yo, para comprar, tengo que trabajar y si hago la cola no trabajo y, por lo tanto, no tendré con qué comprar. ¿Esta gente tiene plata y tiempo para hacer estas colas? ¿No trabajan?

Quiero pensar que ya el martes habrá pasado esta sensación de lunes, pero sé que al día siguiente volverá la depresión cuando salga a comprar, en la panadería de la que soy cliente desde hace 20 años, dos litros de leche y me digan que solo puedo llevar uno. O cuando me avisen llegó una extraña leche condensada al supermercado y me digan las dependientes que si quiero comprar 3 potecitos (se lee TRES unidades) de esa leche tengo que hacer una compra, de más de 300 bolívares. De lo contrario, solo me permiten comprar 1 pote (se lee UN pote de 350 ml.)

Me deprimiré una vez más al contemplar el kiosco de periódico del chavista Francisco que está por mi cuadra y se ha convertido en una especie de alegoría de lo que es el país.

Un Kiosco que hace 15 años estaba lleno de periódicos, revistas, juegos, chucherías. Donde compraba cigarrillos cuando fumaba, donde hasta hilo, agujas y pega loca podía conseguir. Es un remedo de kiosco.

Como Venezuela, ese kiosco ahora está vacío y oscuro. Dos periódicos y unos cuantos frascos vacíos es los único que se ve al pasar frente a él. Ya ni siquiera me detengo. Hago una mueca de saludo y solo le digo a Francisco:

-¡Coño, esa vaina está cada vez más pelada!

El me responde que “ahora no se puede tener lo que no se vende”.

Lo sé muy bien. Tengo 15 años adaptando mi negocio a las circunstancias del país. Eliminar rubros, perseguir otros. Disminuir costos. Rebuscar por todos lados.

La nueva modalidad es “bachaquear”. Buscar en cualquier rincón del país la mercancía que los clientes necesitan para poder continuar ofreciendo el servicio. Bajamos cada vez más el margen de ganancia pero al cliente le sigue costando cada vez más el producto. Mi familia recorre los negocios de Mérida persiguiendo alimentos para gatos para comprarlos a precios más elevados de lo que yo los vendía y enviármelos con exorbitantes fletes. Todo contribuye a encarecer el producto pero la gente agradece y paga porque su mascota es uno más de la familia.

Así vamos. Uno quisiera no tener que salir a la calle para no tropezarse con la escasez, con las colas por comida, por electrodomésticos, por productos ferreteros, para conseguir un taxi… Colas por todos lados y para todo. Uno quiere evadir la realidad para evitar la depresión, pero la realidad se mete por los intersticios de la cotidianidad para golpearte moral y anímicamente.

No hay modo de evadirse. La depresión reincide. Salgo a perseguir un pote de leche condensada y un paquete de papel tualé, y una vez más, tropiezo con Francisco, el chavista del kiosco de periódico, sentado en su silla de metal frente a lo que queda de lo que en un tiempo parecía ser un próspero negocio. Lo veo encanecido, en silencio, venido a menos como su tarantín y no puedo evitar sentir que la depresión me cae de sopetón. Es miércoles y reincido en mi depresión. Confirmo que lo de dos días antes no era la depresión del lunes.

Efectivamente, la pancarta de la chica en la protesta del 23N tiene toda la razón: Venezuela duele. Miro al disminuido Francisco y solo puedo pensar si ese hombre se ha dado cuenta de su deterioro y del de su negocio. ¿Seguirá pensando que todo eso vale la pena porque “tiene patria?

“A esto se llama justicia” ¿Justicia?

justicia

“A esto le llamo justicia”, decía la leyenda tallada en el tronco al pie de una pieza de Alberto Manzanilla, hecha en madera tallada y policromada y que se exhibía en la sala alta del Centro de Arte de Maracaibo, Lía Bermúdez.

En el rótulo, al lado, una pequeña variación del este texto tallado le daba título a la obra: “A esto se llama justicia”. Un pequeño cambio de palabras pero que sirve para significar que tanto el artista, como muchas otras personas, llaman, a lo representado en esa pieza de arte popular, “justicia”.

La obra muestra a un buey que, parado en dos patas, lleva frente a sí a un par de humanos uncidos al yugo del arado y los pica con la lanza ante la mirada triste y rencorosa de quienes voltean a observar a su victimario. Es una pieza que forma parte de la colección del Museo de Arte Popular Salvador Valera, que se exhibió en el CAMLB.

El explotado pasa a ser el explotador, el victimario pasa a ser la víctima, los papeles se invierten y, para muchos, eso es “la justicia”.

La imagen me chocó y me quedó rondando en la cabeza. Esa pieza constituye una de esas cuestiones que en mis noches de insomnio me taladran la cabeza: la justicia. ¿Qué es la justicia? ¿Qué entiende la gente por justicia? ¿Qué es lo justo para la mayoría? ¿Somos capaces los seres humanos de distinguir lo que es justicia de lo que es revancha, de lo que es resentimiento, de lo que es venganza?

Todos en un momento u otro hemos sido víctimas de actos injustos o, al menos, nos hemos sentido víctimas de injusticias. Pero ¿esto nos daría derecho a hacerles a los otros lo mismo que nos hicieron y considerarlo un acto de justicia? ¿Es justo el ojo por ojo y el diente por diente o eso es revancha y solo generará resentimiento y más injusticia?

Cuando estaba en los últimos años de la carrera de Comunicación Social en la Universidad de Los Andes, por allá por el año 1988 u 89, y perdonen la distancia, alguien me contactó con los dueños de una emisora de radio en San Cristóbal para hacer como una especie de pasantía en el noticiero de la emisora. Mi trabajo consistía en redactar  el noticiero del mediodía, con muy escasos recursos, apenas la prensa del día –para entonces no teníamos el recurso de la Internet para acceder de manera rápida a la información–.

Cuando me enteré, luego de tres o cuatro días en la emisora, por boca de la directora e hija del dueño de la estación, que no me pagarían por mi trabajo y, encima de eso, tendría que calarme como corrector y censor al locutor del noticiero quien no era periodista, no me pareció para nada justa la situación. Incluso me ofendió que la directora me tomara por idiota y con tono de magnánima madre me dijera:

–Toma tu paso por la emisora como una experiencia. Esto te servirá para hacer currículo. Si tú lo haces bien aquí, Golcar, posiblemente alguien de otro medio te vea y te contrate y puedas entonces tener un sueldo como periodista y llegar a ser un Nelson Bocaranda.

Suerte la de la caraja que entonces yo era un muchachito andino muy bien educadito, muy comme il faut. Muy de La Parroquia. Sin armar el escándalo se merecía, y que armaría hoy, y sin tirar puertas, le di la mano y me despedí para no volver a pisar la emisora.

Cerca de año y medio después, una situación similar me aconteció cuando, ya graduado, en Mérida, me ofrecieron un trabajo medio tiempo en un diario local. Emocionado por lo que sería mi primer trabajo como periodista en un periódico, me fui al encuentro del director. Un hombre muy simpático que me informó que mi trabajo consistiría en sentarme con una radio cassettera y una vieja máquina de escribir, grabar los noticieros de radio y luego transcribirlos en la destartalada máquina de escribir a la que incluso le faltaban teclas, con lo que la yema de los dedos se herían al teclear el desnudo metal, y convertir esas noticias en informaciones para rellenar páginas de la edición del día siguiente del periódico.

Ni qué decir que la historia del pago fue más o menos similar a la de la emisora de radio, creo que si acaso me darían algo para el transporte o alguna miseria así. Una vez más, salí de allí para no volver.

Ya más recientemente, tanto con mi casa como con el local donde tengo mi negocio, me he sentido víctima de la viveza y de la falta de consideración de quienes me arriendan ambos espacios. Exagerados cánones de arrendamientos y prácticamente nada de servicios en contraprestación. Irrespeto a la antigüedad, aumentos desproporcionados del alquiler anualmente, con el conocido “si no te sirve, desocupa”. Y una larga letanía de atropellos que no voy a detallar para no aburrir.

A lo que voy. Estas historias personales las recreo aquí porque, cuando el régimen venezolano cerró arbitrariamente varias docenas de emisoras de radio, recordé mi fallida experiencia en San Cristóbal y a pesar de eso, no me alegré. Cuando el periódico de Mérida tuvo que cerrar sus puertas, me acordé de mi frustración de joven recién graduado en ese medio y no me sentí feliz. Cuando he escuchado que la gente no paga los alquileres porque se sienten protegidos por la ley, cuando veo que algunos invaden viviendas, cuando amenazan a los dueños de locales comerciales con que pronto la ley de arrendamientos irá por ellos también, no me siento reivindicado. No espero que la ley en algún momento diga que el local o la casa que ocupo por más de 20 años, pagando anualmente los aumentos de los cánones de arrendamiento, son míos. Nunca, por muy injusto que crea que ha sido el trato de los arrendatarios, he pretendido quedarme con lo que no es mío.

epa

Para mí, la venganza y la revancha propiciadas por el resentimiento no constituyen justicia. Como no lo es tampoco que con la excusa de proteger mi dinero y combatir la usura y la especulación, el régimen atropelle los derechos de los comerciantes sin un debido proceso y sin garantizar la presunción de inocencia. Haciendo que paguen justos por pecadores. No creo en una justicia que, por satisfacer el resentimiento y afán de venganza de algunos, ponga en riesgo los derechos de otros, como pasa con todos esos trabajadores que viven momentos de incertidumbre y angustia porque no saben si con todos estos atropellos contarán con un empleo a final de año o para comenzar el otro.

¡Tristes fiestas navideñas tendrán muchos este año! La angustia y la incertidumbre que viven los trabajadores de Epa, de Traki, de Dorsay, de Daka… de todos esos comercios que han sido violentados por un régimen que no respeta el estado de derecho, no se la deseo a nadie. Eisquel, de Epa, Luz de Ferre Total, todos esos empleados con los que he podido conversar en estos días tendrán las peores navidades de sus vidas. ¿Cómo sentirme reivindicado y protegido contra la supuesta especulación mientras atropellan a tanta gente trabajadora?

Si hay –como estoy convencido que en efecto hay– especulación de algunos, una especulación y usura propiciadas por las absurdas medidas y controles económicos excesivos y que han crecido bajo la mirada complaciente del régimen, no puede ser este atropello la manera de hacer justicia. Esto es revancha, desquite, retaliación. Es el imperio del resentimiento. En este festín de consumismo desatado por los autodenominados comunistas no veo justicia por ningún lado.

Yo entiendo por justicia que la ley me proteja a mí de los abusos de los otros pero que también protejan a los demás de mis posibles abusos. No quiero venganza ni revancha.

No quiero que al dueño de la emisora de radio le expropien su estación, quiero que la ley garantice que al trabajador se le pague lo justo por su trabajo. No quiero que el periódico que me atropelló como profesional, cierre. Quiero que haya una ley que obligue a los propietarios a brindar a sus trabajadores condiciones dignas de trabajo y salarios justos. No quiero que un juez determine que la casa o el local que me alquilan desde hace 20 años, es mía sin pagar. Quiero una ley que me proteja como inquilino y que obligue al propietario a satisfacer las necesidades y requerimientos de sus inquilinos en justicia y de acuerdo a lo legal, y dado el caso, que me venda a justo precio la propiedad.

En pocas y simples palabras, no quiero que los bueyes vayan detrás.

Venezuela en un cuadro

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La depresión no pasa. Crece y se prolonga como crecen y se prolongan las colas y los comercios asediados, acosados por un régimen empeñado en acabar con toda iniciativa productiva.

Uno trata de evadirse pero la realidad lo persigue. Se conecta a las redes para desconectarse, sale a pasear, trata de no pensar en esta absurda y cruel realidad que nos ha tocado vivir pero no hay manera. Cuando juegas con fotos para no pensar y subes una de amor y amistad al Facebook, la realidad se te cuela en un link a un triste video de un comerciante árabe que llora mientras es detenido tratando de explicar que no puede vender su mercancía calculando el dólar a 6,30 porque la compró con dólar a 60,00 y, muy probablemente, tendrá que reponerla con dólar a 68,00, si es que decide continuar con su negocio.

El paseo se convierte en una tortura, las colas se dispersan por todas partes. La gente parece agua que se desborda. A las ya acostumbradas hileras de gente frente a supermercados para tratar de pescar un kilo de leche o un litro de aceite, se le suman la nuevas, las desatadas al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”. Frente a las tiendas de electrodomésticos, frente a Traki, a Zara, a Epa… el río de gente en frenética onda consumista se reúne para aprovechar la rebatiña. Uno no deja de sorprenderse ante semejante furor consumista propiciado por un régimen que se autocalifica como comunista.

La locura consumista desatada por el desafortunado llamado de Nicolás Maduro es tal, que la gente ni siquiera se percata de que, en muchos casos, están haciendo colas de hasta cinco horas para comprar al mismo precio que estaba la mercancía antes del desatino de Nicolás. Otros, después de horas en la hilera entran con 10 mil bolívares a pretender comprar un aire que está en 18 mil. Dan una vuelta y salen con las manos vacías y la decepción y el cansancio en el rostro.

“¡Que no quede nada en los anaqueles!” resultó ser la mejor promoción, el mejor slogan, que le pudieron haber hecho a muchos comerciantes. Sus anaqueles quedaron vacíos sin bajarle ni un bolívar a sus productos.

Junto a los engañados y los ilusos, se apuestan a las puertas de los establecimientos los aprovechadores de siempre. Esos que ven en este festín la gran oportunidad de hacerse con arte popular7mercancía a precios de gallina flaca para luego aprovechar de revenderla a precios de oro cuando la escasez que se avizora haga su entrada triunfal y el mercado negro en ciernes se termine de configurar. Otros, compran para llevar esa mercancía a Colombia y obtener millonarias ganancias con poco esfuerzo. Solo unas horas de cola y una buena mordida a los Guardias de la frontera. Muy poco esfuerzo para tan jugoso negocio.

Definitivamente, la evasión no es posible. Por donde uno meta la cabeza, la realidad lo cachetea con fuerza. Una imagen de una torta de chocolate y fresas en Facebook, colgada para endulzar el triste día, termina siendo un rosario de lamentaciones sobre política.

La vecina me cuenta que a muchas de las empresas que hoy obligan a vender a precios rebajados, según lo contó alguien cercano al régimen, efectivamente recibieron divisas a precios preferenciales. Nada nuevo en realidad. Todos sabemos como muchos empresarios terminaron adquiriendo dólares preferenciales a través de empresas de maletín, en contubernio con gente del régimen que se llevaba su buena tajada por adjudicar esos dólares. Ninguno de esos dueños de empresas son los que están detenidos en este momento. Solo los gerentes y encargados de las tiendas parecen tener que responder con la privativa de libertad. Todo hecho arbitrariamente, obviando la presunción de inocencia y el debido proceso. ¿Acaso esos gerentes y encargados de tiendas fueron los que se enriquecieron con las divisas preferenciales?

Llego a mi casa, aturdido luego de una semana agobiante de depresión y angustia y solo da vueltas en mi cabeza la imagen de un cuadro de Nabor Terán que vi en el Centro de Arte de Maracaibo, Lía arte popular5Bermúdez.

Fue el 24 de octubre, día de fiesta y asueto regional. En las salas altas del CAM, se exhibían las piezas de la colección del Museo de Arte Popular Salvador Valero de Trujillo. Una interesante colección con lo más representativo de la imaginería popular venezolana. Una delicia de exhibición en la que la imagen de “La revolución por la torta en Venezuela”, de Terán, una pieza ensamblaje en relieve de 2002, se quedó fijada en mi mente como una alegoría de la Venezuela actual y que en estos días de delirio consumista “revolucionario”, me asalta a cada instante.

Vi la obra de Terán, justo después de un desagradable recorrido por la nave central del Centro de Arte donde se desarrollaba la Fería del Libro, un evento que repugnaba por la palurda propaganda del régimen que abundaba por todas partes con afiches de Nicolás y del difunto dispuestos en los paneles de los stands. Una vergonzosa muestra de la viveza de quienes detentan el poder.

El cuadro de Terán, en ese contexto, resultaba aún más elocuente de lo que de por sí es: En la parte inferior central, se ubica un pastel. A sus lados, una hilera de roedores negros con boinas rojas y manchas blancas, a la izquierda. Otra hilera, de ratas blancas con banderines, a la derecha. Ambos grupos se ven dispuestos a atacar a dentelladas, sin compasión, el pastel en medio de la calle. En la esquina superior izquierda, un hombre solitario -¿tú? ¿Yo? ¿Bolívar?- de espaldas a un ave se pregunta: “Dónde están presos los corruptos”.

Del lado de las ratas negras con boinas rojas, un texto reza: “Quién pudiera comer uvas y no clavos… Tenemos manchas blancas porque el cáncer se pega…”.

Leo  la inscripción y corro una vez más a ver la fecha de la realización del cuadro: “2002”, diez arte popular6años antes de que nos enterásemos que Chávez, el padre de todo este desastre, moriría de la fatal enfermedad. ¿Una premonición?

Entre el pastel y las ratas blancas con banderines, otra inscripción reza: “¿Ustedes quieren la patria o la torta? ¡La torta! ¿Por qué? por ella somos millonarios a costas de mentiras nosotras vivimos felices. Cuando se muere un tonto, nace un penal… ¡Sigan botando!”.

Es arte popular. Es arte ¿ingenuo? Es un cuadro desgarrador que nos retrata tan literalmente que no puedo dejar de pensar en él con la piel erizada cuando veo lo que nos pasa y avizoro lo que nos vendrá.

Venezuela entre los síndromes de Munchausen y de Estocolmo

El régimen le ha venido progresivamente inoculando al país el virus letal de un socialismo trasnochado, que ellos llaman del Siglo XXI, hasta producirle la grave patología que presenta en la actualidad. (Ilustración tomada de Twitter Venezuela)

Cuando escuché que Nicolás Maduro y su combo en cadena nacional hablaban de que todo lo que están haciendo con los comercios del país es “Para defender al pueblo. Para proteger el dinero de los pobres. Para defender a la población de la burguesía usurera y apátrida que ha vendido la patria con su avaricia desmedida. Esos pelucones que ponen los precios basándose en ese dolar fantasma y ficticio que manejan los gusanos desde Miami… bla bla bla…” Palabras más palabras menos, recordé este texto que escribí en el 2010 cuando el difunto aún estaba vivo y ya tenía una larga y fructífera acción encaminada a destruir el aparato productivo y caotizar la economía del país.

Una vez más, el Síndrome Munchausen vino a mi mente, esa extraña distorsión de la psique de algunas madres que hace que enfermen a sus hijos para luego acudir presurosas a “salvarlos” de la enfermedad. Es justo lo que el régimen lleva 15 años haciendo con la economía del país. Propició con su ineptitud y corrupción un estado tal de caos que hizo que el mercado sufriera de las peores perversiones económicas como la especulación, la usura, el afán por el enriquecimiento súbito… Todo un conjunto de cuestiones que han sido propiciadas por el caos actual al que llevaron al país.

Lo que vivimos hoy en Venezuela, no es más que el resultado de las mal intencionadamente erróneas políticas económicas y de la falta, a su vez, de verdaderas políticas económicas. El exceso de controles ha propiciado todo este caos y descontrol. Caos y descontrol del que todos sabemos han sabido sacar provecho políticamente los adalides del régimen y también ha favorecido el enriquecimiento en pocos años de quienes tienen acceso a  los dólares controlados. Esos que han podido obtener hoy un dolar a 6,30, que al día siguiente lo venden a 60 bolívares para comprarse 9 dolares que se convertirán al día siguiente en  540 bolívares con los que comprarán 90 dolares a 6,30 y venderlos nuevamente a 60 cada uno… Siga usted la secuencia y llegará al momento en que en poco tiempo amasaron ingentes fortunas, poniendo la mitad en dólares en paraísos fiscales mientras con la otra mitad continuaban especulando con la divisa.

De allí vino todo el desastre de hoy y esos, quienes tienen las riendas del control de cambio, lo sabían, lo propiciaron, lo aprovecharon y lo permitieron. Se enriquecieron mientras quebraban el país y ahora salen como buenas madres “a proteger al pueblo”, a ese pueblo que timaron.

A mucha gente la han convencido de que la están protegiendo. Al punto de que muchos que se creen opositores aplauden lo que han hecho contra los comerciantes violando todos sus derechos y el principio de presunción de inocencia que debería prevalecer. La gente ha salido a la calle a comprar electrodomésticos y ropas Zara sin percatarse que lo que se están comprando es un boleto sin retorno a ese mar de la “suprema felicidad” que es Cuba. Seguramente, el 8 de diciembre muchos acudirán con su franela Zara rojita a votar por ese régimen que “lo protege” sin darse cuenta del país que están adquiriendo al pagar esa franela a precios “baratos”.

Les dejo, una vez más, por su vigencia, ese texto de 2010.

Venezuela entre Munchausen y Estocolmo

Hace algunos años, me comentaba una amiga que una mujer cercana a alias “Esteban”, le había dicho que el hombre, cuando aún le quedaba un ápice de conciencia y cordura, sufría muchísimo por lo que consideraba era como una maldición que lo perseguía. Decía esta mujer que llegaba hasta a llorar al preguntarse por qué siempre le hacía daño a quienes tenía cerca, por qué hacía sufrir y dañaba a quienes quería y lo querían.

Esta confesión, sea cierta o falsa, nunca la he olvidado y al ver la situación a la que ha llevado alias “Esteban” al país en la actualidad y a riesgo de parecer simplista y que este escrito está basado en un manual de sicología en 25 mil palabras -como esos que aparentemente se han  “medio leído” las eminencias del régimen sobre el socialismo y el marxismo-, me voy a permitir hacer una extrapolación hacia la situación de Venezuela, del trastorno psicológico que sufren algunas madres denominado “síndrome de Munchausen” y que consiste en que las madres perturbadas mentalmente inducen en sus hijos síntomas de enfermedades que pueden ser reales o aparentes.

Es decir, la mamá –perturbada- enferma o hace que su hijo se enferme o parezca enfermo. “La madre puede simular síntomas de enfermedad en su hijo añadiendo sangre a su orina o heces, dejando de alimentarlo, falsificando fiebres, administrándole secretamente fármacos que le produzcan vómito o diarrea o empleando otros trucos como infectar las vías intravenosas (a través de una vena) para que el niño aparente o en realidad resulte enfermo”.

Así, indudablemente, ha venido actuando el régimen venezolano desde hace casi doce años ya. Ha sido más de una década en la que el chavismo se ha empeñado en enfermar al país hasta llevarlo al borde del colapso en que nos encontramos. El régimen le ha venido progresivamente inoculando al país el virus letal de un socialismo trasnochado, que ellos llaman del Siglo XXI, hasta producirle la grave patología que presenta en la actualidad, ha procedido de la misma manera como lo hace la desequilibrada madre víctima del síndrome de Munchausen que le inyecta fármacos al niño para que se le manifiesten los síntomas de la enfermedad.

Como la madre perturbada, el gobierno dice que sus acciones están hechas desde el amor y buscando el bienestar del “pueblo” –generalmente, Chávez, al pronunciar la palabra “pueblo”, como cuando dice “Estado”, se golpea el pecho con la palma de la mano en un gesto que evidentemente deja entrever que él es el “pueblo” y él es el “Estado”-.

Con las excusas del amor, la soberanía y la independencia el régimen ha llevado el país al colapso, como la madre mentalmente enferma y víctima del Munchausen, ha enfermado a Venezuela política, económica, social, ética y moralmente. No voy a enumerar todos los graves problemas que padecemos los venezolanos porque creo que son ampliamente conocidos y sufridos por todos, pero es evidente que el causante “amoroso”, el culpable “libertario” no es otro más que el gobierno.

El  régimen nos ha ido cerrando todas las puertas y bloqueando las salidas. Como en el cuento de los cerdos salvajes, nos ha ido poniendo cercas y secuestrándonos, ha enfermado de manera deliberada al país sin encontrar una cura para esta grave enfermedad que sufrimos y que pareciera estar llegando a su estadio terminal.

SINDROME DE ESTOCOLMO

Pero Venezuela no sufre en la actualidad solamente del síndrome de Munchausen, de otra parte están quienes parecieran a su vez padecer de otro síndrome: el de Estocolmo.

Es impresionante ver cómo muchos venezolanos están conscientes de los problemas que enfrenta el país en seguridad, escasez de alimentos, corrupción, desempleo, pérdida vertiginosa de la calidad de vida, violencia, etc. Y, como los secuestrados que padecen del síndrome de Estocolmo, justifican a sus captores, los entienden, y aceptan resignados los maltratos que les propinan sus secuestradores.

Si uno se acerca a Twitter, por ejemplo, y revisa las peticiones que le hacen a @Chavezcandanga -la cuenta que hace unos meses abriera el presidente para tener un contacto más “directo” con los ciudadanos y que días más tarde terminara siendo atendida por una guerrilla de 200 personas contratadas para tal fin-, se encontrará con que la gran mayoría de los mensajes que recibe la cuenta son solicitudes de personas que tienen problemas de vivienda, de empleo, de seguridad, que presentan denuncias de corrupción o atropellos y abusos de poder, pero todos comienzan agradeciendo al comandante por su gobierno, por su “patria socialismo o muerte”. Saben que sus carencias no han sido satisfechas en estos 12 años, pero siguen seducidos por Chávez, como “la víctima de un secuestro, o persona retenida contra su propia voluntad, (que) desarrolla una relación de complicidad con quien la ha secuestrado. En ocasiones, dichas personas secuestradas pueden acabar ayudando a sus captores a alcanzar sus fines…”.

Una muestra de estas manifestaciones de la gente se puede apreciar al leer algunos de los comentarios hechos en el artículo “Chavezcandanga, Esteban llegó a twitter“, que escribí en abril de 2010.

Dice Wikipedia que “Los delincuentes se presentan como benefactores ante los rehenes para evitar una escalada de los hechos. De aquí puede nacer una relación emocional de las víctimas por agradecimiento con los autores del delito”. Creo que esto explica perfectamente a lo que me refiero cuando sostengo que quienes aún continúan creyendo y esperanzados en el  gobierno les proporcionará la satisfacción de sus necesidades y les mejorará la calidad de vida, parecieran estar absolutamente afectados por el síndrome de Estocolmo. Son estos quienes comienzan su rosario de quejas y solicitudes manifestando su profundo amor y admiración hacia el comandante y su revolución.

Pero, lamentablemente, en Venezuela, junto con los dos síndromes anteriores, convive un problema que puede ser aún más grave de solucionar, y aquí vuelvo a hacer otra extrapolación: un elevado número de venezolanos pareciera sufrir de “trastorno o desorden de deficiencia de atención”. Estos son los que ven la situación que atraviesa el país con total apatía, indiferencia y desinterés. A estos no les importa que se vaya la luz, que cierren emisoras de radio y TV, que haya escasez de alimentos, que no se pueda tener acceso a los dólares, que hayan intervenido y cerrado bancos y que el resto del sistema bancario se encuentre bajo permanente amenaza, que se pudran toneladas de alimentos en contenedores, que se consigan medicamentos e insumos médicos vencidos almacenados en depósitos del gobierno, que sus vecinos hayan sido robados o asesinados, que sus primos estén desempleados, que sus mejores amigos se hayan visto obligados a emigrar para buscar una oportunidad laboral que le fue vetada en el país por haber trabajado en la antigua Pdvsa o, simplemente, para obtener  mejor calidad de vida para ellos y sus hijos. El trastorno de déficit de atención sólo les permite estar pendientes del fin de semana, de la playa y el cine, del álbum de Panini, del juego de su equipo deportivo favorito y si, por casualidad, se les toca el tema de la situación de crisis del país, sencillamente voltean a mirar la luna o zanjan el tema con un “qué fastidio a mí la política no me interesa”.

NOTA: Si alguien conoce un tratamiento o una terapia que puedan ser efectivos para enfrentar estos trastornos que presenta Venezuela en la actualidad, por favor deje su receta en un comentario al terminar de leer el texto.

Daka, el rostro de la miseria humana

venezuela
Lo de Daka no se me sale de la cabeza. Es como una idea fija. Como una obsesión. No puedo evitar pensar en esas caras de alegría de la gente saliendo con cajas que no podía ni cargar, en los vidrios desplomándose ante la arremetida de la poblada, en Nicolás diciendo en cadena “¡Que no quede nada en los anaqueles!”.

Daka removió cosas dentro de mí, hizo que, una vez más, me pregunte ¿De qué materia está hecho el venezolano? ¿Siempre hemos sido así o los últimos 15 años nos han tranformado?

Veía los videos y no podía dejar de pensar en la Bobulina, en esa terrible escena de Zorba, El Griego, en la que mientras la mujer agoniza en su lecho de muerte, las viejas arpías entran a todos los rincones a saquear cualquier trapo, cualquier adorno, cualquier baratija. Nadie se preocupa por la moribunda, todos están poseídos por la avaricia.

Como cuando, hace pocos meses, el hombre del camión de cervezas agonizaba en su vehículo volcado mientras la gente solo se afanaba por recoger botellas como botín. Nadie le dio atención, a nadie le importó su vida. Lo único que contaba era el momento de rebatiña.

Pero eso no es lo peor. Lo que me retumba en la cabeza es las explicaciones que he leído de algunos, bien para acometer el saqueo, o bien para justificarlo.

Dicen esos: “Eso fue pactado con los dueños”. “Bien hecho que los saqueen porque esos carajos son chavistas”. “A ellos los saquearon como ellos saquearon el bolsillo de la gente con su usura”. “Ellos recibían dolar Cadivi y ponían los precios a dolar paralelo”. “El dueño de Daka es Diosdado Cabello, bien hecho que lo saqueen”…

Leía y pensaba en Franklin Brito. En ese hombre que murió de inanición reclamando justicia sin que el país se inmutara. Venezuela contempló como un hombre de más de un metro ochenta de estatura y mas de 100 kilos se convertía en un saco de huesos cubiertos por la piel venezuela8como quien ve una película animada de Tim Burton. Tal vez, la película remueva más sentimientos en los venezolanos que la visión de un hombre que ante sus ojos se convertía en un remedo de ser humano. Todo después de haberse amputado un dedo y haber tratado por diferentes medios de ser oído, de tener acceso a la justicia,  que su reclamo fuera escuchado.

Cuando Franklin Brito hacía su huelga de hambre, algunos amigos decidieron no hacer nada para apoyarlo porque “eso se lo había buscado él”.

Unos decían que no iban a meterse en eso porque todo obedecía a un problema de faldas. Supuestamente, Brito se había metido con la mujer de alguien del gobierno y éste le estaba pasando factura.

Otros sostenían que no moverían un dedo por el agricultor porque él se había robado parte de esas tierras, había corrido los estantillos unos metros apropiándose de una gran extensión de terreno que no le pertenecía.

En fin, en el caso de Franklin Brito, como en el de Daka, todos parecían tener una razón para no actuar. Para no pronunciarse. Para no pedir justicia. Para justificar la falta de solidaridad.

Nadie parece ponerse a pensar que los que nos pronunciamos en ambos casos, como en muchos otros, no estábamos ni estamos defendiendo a una persona. No se trata de “los dueños de Daka”, -que a lo mejor es cierto que viven en Panamá felices o, seguramente tienen seguros que les pagarán sus pérdidas- ni se trataba de Franklin Brito, el posible ladrón de tierras. Se trata de JUSTICIA.

Se trata de que hay un sistema legal y de justicia al que los ciudadanos deberíamos sentirnos con el derecho y el deber de acudir cuando sintamos que nuestros derechos están siendo venezuela5conculcados y que ese sistema debería prestarnos oídos y darnos una justa y satisfactoria respuesta. Se trata de que las sociedades tienen un estamento jurídico al que se debería acudir para dirimir los conflictos.

Si los dueños de Daka cometieron un delito, quienes los acusan están obligados a demostrar por la vía legal y de la justicia que ésto fue así. Si Franklin Brito reclamaba justicia, el Estado debió atender su reclamo y darle un tratamiento justo. En ambos casos debería prevalecer la presunción de inocencia hasta que quienes acusan demuestren la culpabilidad.

Lo que no se puede permitir sin inmutarse, sin levantar un dedo, sin hacer escuchar aunque sea una voz de protesta, es que Franklin Brito muriera de inanición esperando por la justicia, ni que una poblada enardecida salga, al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”, a derrumbar vidrios, saquear y llevarse hasta los puntos de venta. Y menos aún podemos ser indiferentes ante imágenes y videos de miembros de la policía y la Guardia Nacional participando de esos saqueos.

Es allí donde el gentilicio duele, donde yo siento que el 8.036.631, ese numerito que acompaña mi cédula de identidad de ciudadano venezolano, comienza a desvanecerse. Es en el momento venezuela3cuando veo gente robando alegre un televisor plasma de un tamaño que posiblemente ni cabrá en su casa, cuando veo que la ley que impera es la del más fuerte y el más arrecho, es entonces cuando el pasaporte quiere convertirse en una visa y en un papelito de residente de cualquier país donde me den las más básicas y mínimas garantías de que, al momento de requerir justicia y legalidad, el Estado estará en capacidad de darme a mí y darle a todos los ciudadanos esa justicia y esa legalidad.

Mientras escribo esto, me asomo a la calle y me invade la tristeza, la desesperanza. Unas inmensas ganas de llorar me nublan las pupilas. A pocos pasos de donde me encuentro, hay una cola de gente esperando para cargar con lo que pueda en una tienda de electrodomésticos venezuela6de un amigo. Como zamuros ante la carroña se acumulan a la puerte de Mega Hogar.

Una amiga me cuenta que parece que ya acabaron con Imgeve. Que, supuestamente, la Guardia Nacional terminó poniendo la mercancía en la calle para que la poblada se la llevara. No sé que tan cierto sea, pero las ganas de llorar no pasan. Un señor comenta que en Los Plantaneros saquearon un local de repuestos de automóviles y mi gentilicio, una vez más, sufre un desvanecimiento.

Mis interrogantes sobre la naturaleza ética y moral del venezolano, me abruman. Hacen que me duela la cabeza. El nudo en el estómago es una punzada en la nacionalidad. Creo que nunca terminaré de comprender cuáles son los sentimientos  que mueven a mis compatriotas. No sé qué hace que todo termine siendo una exhibición de las miserias humanas. Venezuela es una inmensa e indefensa Bobulina. Las arpías acechan. Esperan una mínima señal.

No conozco a los venezolanos. Desconozco lo que nos mueve. Pero tengo la certeza de que el régimen sí nos conoce al militmetro. Sabe cuáles teclas tocar para que emanen nuestras miserias. Y lo hace cuando más le conviene.

Hay gente que piensa que el régimen quiere generar violencia y caos para suspender las elecciones. Yo creo que no se llegará a la violencia descontrolada. Todo es medido y calculado. Los policías y la Guardia Nacional se encargan de eso. Para suspender elecciones solo les venezuela7bastaría una llamada, una orden al CNE.

Lo que quieren es garantizarse el voto de esos que hoy saquean a mansalva. Quieren hacerles creer que el régimen los cuida y protege. Parece que para estas elecciones, la caja chica de Pdvsa ya no alcanza para ir con cheques en blanco a comprar electrodomésticos y llevárselos a la gente para comprarles el voto. No hay dinero. La forma de darles eso, a lo que los tienen acostumbrados a cambio de su voto, es mandarlos a saquear.

Al final, estoy más convencido que nunca que no se trata de Daka, ni de Brito. Se trata de mí. De ti. De nosotros. ¿A quién acudiremos cuando nos toque el turno? ¿A quién, cuando vengan por nosotros? ¿A quién acudirás cuando vengan por ti?

Lloro…

Memorias de un viaje a Cuba

cuba

I – Diciembre, 1990

Yo estaba recién graduado en Comunicación Social, trabajaba en la Universidad de Los Andes y tenía frescas las ideas del socialismo que nos emocionaban cuando éramos universitarios. Me sentía ansioso por conocer la patria de Fidel y  ver de cerca la maravilla que podía ser el sistema socialista. La oportunidad me llegó con el Festival de Cine de La Habana. Una semana en la isla a un precio que mi escaso sueldo de recién graduado podría afrontar.

Así que, preñado de ilusiones, me enrumbé por ocho días al Festival de Cine, en un viaje financiado a pagar en dos años, con más intenciones de conocer de cerca La Habana que de encerrarme en los cines a ver películas.

Lo primero que me asombró al bajar del avión y subir al autobús que nos llevaría al hotel Vedado, fue la obscuridad en la que estaba sumida la ciudad. Eran cerca de las once de la noche, y  no podía creer que estuviera llegando a la capital de un país, con esas calles en tinieblas y solitarias.

El autobús hizo una primera parada en el hotel Deauvill para dejar al lote de venezolanos que se hospedaría allí. Entonces, recibí la segunda sorpresa del viaje: en una edificación en frente del hotel, amparadas por la obscuridad de la calle y tras unas columnas, se encontraban dos mujeres. Una era mayor, según pude distinguir y la otra bastante joven, vestida con una minifalda roja con lunares blancos, una blusa descotada y una cartera terciada al brazo.

No me pude contener y le comenté al amigo que iba en el asiento a mi lado:

-¿No que en Cuba no hay, prostitución? ¡Pues, esas son putas, aquí y en cualquier país del mundo!

En ese momento comencé a sentir que algo no encajaba con la visión que yo llevaba de La Habana y la realidad que se me estaba mostrando.

Al día siguiente, me levanté, me bañé con agua bien caliente y agarré calle sin ningunas ganas de ir al cine. Bajé a desayunar y me pareció que la comida tipo buffet estaba bastante aceptable y abundante. La servía una señora de unos cuarenta y  tantos años. Cuando me sirvió mi ración le dije “oye, pero que pichirre. ¿por qué me pone tan poquito?”

-¡Ay, mimí! -forma cariñosa que tienen los cubanos para llamar a la gente- si tú supieras lo que tengo que comer yo-. Dijo la señora y me pareció que se le aguaron los ojos. Ante lo cual, sonreí apenado, di media vuelta y me fui a la mesa. Ya empezaba a notar como una opresión extraña en el pecho.

Tomé mi desayuno y empecé a caminar por esas calles de La Habana, rumbo hacia el Malecón.

Las avenidas, aunque en buen estado, tenían muy poca circulación de carros y me llamaba la atención lo viejo de los modelos, los más nuevos eran los rusos, Lada. Entonces, me percaté que la ciudad toda era como si se hubiera detenido en el tiempo.

Las edificaciones más nuevas eran de los años sesenta, una arquitectura hermosa, pero bastante deteriorada.

De repente, tuve la sensación de que estaba realizando un viaje al pasado…

II – Cuando la realidad te golpea en la cara

La Habana, a pesar de la falta de mantenimiento que se podía apreciar en sus edificios y casas, tenía algo que me fascinaba. Una energía particular que me recargaba las baterías y me permitía, con apenas dos o tres horas de sueño por noche, recuperarme y salir a buscar cubanos que me mostraran una imagen más agradable de la ciudad que la que dan los marginales que pululan alrededor de los hoteles y lugares turísticos, y a impregnarme de ese mundo que me resultaba extraño y atrayente.

Al segundo día, caminando por Coppelia, el parque donde se encuentra la famosa heladería, donde los cubanos podían ir consumir con sus pesos solo el helado “Varadero”, ya que los demás estaban destinados para las divisas de los turistas, me encontré a unos amigos venezolanos que no daban crédito a la especie de hamburguesa que habían comprado y que no pudieron comerse. Era una cosa seca como paja y sin sabor. Días después, algunos cubanos me comentarían que la carne la rendían con cartón. La verdad no sé si es un mito urbano, pues no me interesó comprobarlo.

Dejé a mis amigos en el cine y seguí escudriñando la ciudad. Iba distraído, admirando la arquitectura que no me dejó de impactar durante los ocho días que estuve en la isla. Realmente, La Habana es hermosa.

Andaba deambulando por las calles de la capital cubana sin rumbo fijo cuando, de pronto, veo una hilera interminable de gente. Era la hora del almuerzo y, por curioso, comencé a recorrer la fila de atrás hacia adelante para averiguar qué me esperaría al inicio de esa cola. Luego de pasar unas cuantas caras lánguidas siguiendo el rastro de la fila, noté  que el río de gente se adentraba en un almacén que, en alguna época, debió ser una tienda por departamentos o algo así. La hilera continuaba a lo largo del establecimiento y yo no sabía si mirar a los que estaban en ella o la ropa y los zapatos mal hechos que vendían en el establecimiento.

Al llegar al comienzo de la cola los ojos se me iban a salir de las órbitas. Esa gente estaba allí para recibir, la verdad no llegué a preguntar si tenían que pagarlo, un plato mazacotudo de pasta que de sólo verlo revolvía el estómago.

Recordé a la señora del restaurante del hotel y, con unas terribles ganas de llorar, salí del sitio sin poder dejar de mirar los artículos que allí vendían. En viejos maniquíes y mesones se observaban pantalones con una bota más ancha que otra y de tallas inverosímiles, descomunales pantaletas, camisas mal cortadas con una manga más larga que la otra…

Días después, Fidel, un poeta a quien conocí en el teatro Mella, me indicaría que en las fábricas donde hacían la ropa, lo que importaba era la producción y no la calidad. Esto explicaba porqué, cuando un turista quería meter a un cubano al hotel (donde tenían prohibida la entrada, como en muchos otros sitios), generalmente, le buscaban ropa prestada. Una de las formas de reconocerlos era por la indumentaria y, la otra, por el acento.

Según me contó el poeta, los cubanos sólo podían disfrutar de los hoteles para turistas, cuando se casaban. Entonces les permitían pasar tres días de luna de miel allí. Eso sí, siempre y cuando no llegaran clientes del exterior y necesitaran las habitaciones. Si esto sucedía, tenían que abandonar el hotel, pues el turista tiene preferencia porque deja divisas.

A partir del tercer día, ya los recuerdos se me agolpan y no puedo distinguir exactamente que pasó primero y que después. Todo lo que iba viviendo era muy intenso y desconocido para mí. Sentía que las injusticias que estaba viendo me cargaban cada vez más y me indignaba que los cubanos fueran ciudadanos de quinta categoría en su propia tierra. Lo que sí tengo muy claro es que esos recuerdos más que en la memoria los llevo guardados en el alma…

III – Mi encuentro con la ley

A los pocos días de estar en La Habana, pude conocer de cerca lo que es la inteligencia del régimen al tener un desagradable encuentro con la ley.

Corría el tercer o cuarto día de estar en el Hotel Vedado, ya estaba harto de la comida. Todos los días lo mismo: cochino frito, pollo frito, no sé cuántas fritangas más y esas ensaladas a las que no les cabía más mayonesa. Pero, como los viajes a la isla sólo se pueden hacer con hotel y alimentación pre pagada, no tenía más alternativa. Además, el presupuesto para el viaje era corto, con un sueldo de recién graduado.

Uno de esos días me agarró la hora del almuerzo en el hotel Capri y me dije: “Pues yo me voy a arriesgar y voy a tratar de comer aquí para variar la comida”.

Así lo hice y !oh sorpresa! el menú era exactamente igual que el del Hotel Vedado. El mismo que en el Habana Libre y el mismo que en todos los hoteles. Decepcionado, me senté y almorcé.

No recuerdo bien si ese mismo día o el siguiente, en la noche, cuando  me encontraba en el bar del Habana Libre con unos amigos venezolanos, apareció un muchacho cubano que había conocido a uno de los participantes del festival que estaba conmigo y lo fue a buscar al bar, con la mala suerte para mí que, al momento de ir a agarrar a su amigo para sacarlo del bar, se arrepintió y halándome por un brazo me llevó al lobby del hotel donde lo aguardaban una chica -su supuesta novia-, junto a otro amigo.

Yo no entendía muy bien de qué iba la cosa, hasta que el cubano me dijo:

-Asere, yo conozco al amigo que está contigo en la mesa y lo que queremos es entrar a compartir con ustedes.

Hasta allí, aunque extraño, no me pareció nada fuera de lo normal y pensé que tal vez esos muchachos me podrían dar una visión diferente de la isla. Les dije que bueno, que vinieran conmigo al bar. Para entonces, yo no tenía ni idea que los cubanos no podían entrar a los hoteles de turistas, esa información la obtuve después, esa misma noche, de una manera poco amigable, al tener mi encuentro con agentes de la ley.

No habíamos dado más de cuatro pasos, cuando aparecieron, como por arte de magia, cerca de cinco policías vestidos de paisano. De verdad que en los días que tenía en la ciudad no me había percatado que los hoteles eran estrictamente vigilados por estos agentes.

Se me acercó un negro tan grande como King Kong, con ojos enrojecidos y con la actitud de un verdadero gorila. Tenía cara de pocos amigos. Me preguntó que quienes éramos y hacia dónde nos dirigíamos.

Le expliqué que íbamos a tomarnos unos tragos al bar y, entonces, nos solicitó las identificaciones.

Mostré mi credencial como participante del Festival de Cine, que resultó una especie de salvoconducto y me dijo que todo estaba bien, que yo podía ir de nuevo al bar, pero que los cubanos tenían que irse con él.

No sé de donde saqué coraje y le respondí que no, que ellos estaban conmigo y que yo iría a donde los llevaran a ellos. Me contestó que no había problema y nos llevó a una oficina del hotel. Más tarde me enteré que esas son las oficinas que la inteligencia cubana tiene sembradas en todos los hoteles de turistas.

El gorila brió la puerta y dejó que entraran los cubanos. Cuando fui a entrar yo, otro agente me detuvo y me dijo:

-Tú no. Tú si quieres los esperas aquí.

Me imagino que ellos pensaban que no los esperaría pero, para mi propio asombro, me quedé plantado allí, frente a la puerta cerrada como por quince o veinte minutos, tratando de percibir algo a través de la gruesa madera oscura.

De repente, se abrió la puerta y salieron todos, policías y retenidos de lo más sonreídos. El cubano que parecía ser el líder de los tres, me pasó un brazo por el cuello y, sonriendo, me pidió que fuéramos al bar.

Yo no podía creer lo que estaba viviendo. Entonces, el muchacho se me acercó y me dijo entre dientes para que los agentes no lo oyesen:

-Todo bien, el policía me recordó que tenemos prohibido entrar a los hoteles y me advirtió que me tengo que ir del bar cuando se vayan ustedes.

-Ok. Pero me tienes que contar lo que pasó allí adentro –dije también entre dientes.

Cuando ya estábamos solos les pedí que me contaran con detalle lo que había pasado en la oficina y me dijeron que todo estaba bien, que los habían hecho firmar una caución y que les habían ordenado que dejaran el hotel al salir nosotros y que si los volvían a ver por allí, se los llevarían presos.

-¿Y que decía la caución que firmaron? –Dije, sin salir de mi asombro.

“No sabemos” fue la respuesta. “No nos permitieron leerla”.

Sólo después del incidente, el amigo venezolano que conocía a los cubanos me contó que eran dos jineteros y una jinetera que había conocido la noche anterior en la calle, al salir de su hotel. Se le habían acercado para preguntarle qué le gustaba a él, los hombres o las mujeres, porque les llamaba la atención su correa y le conseguirían lo que él quisiera, a cambio de ella, incluso mariguana.

Este es el tipo de gente con la que uno tiene contacto primeramente al llegar a Cuba, jineteras, traficantes, personas que están a la espera de cualquiera que les pueda ofrecer una posibilidad de acceder a las cosas que no tienen acceso debido a las restricciones que les impone el régimen. Gente malviviente que se sostiene de la prostitución y el tráfico de drogas.

Yo no me resignaba a pensar y aceptar que todos los cubanos fueran así, que todos se presentaran simpáticos y amables para esperar la menor oportunidad para tratar de sacar provecho de uno, al punto de llegar a ofrecerle matrimonio a cualquiera que los ayudara a salir de la Isla.

¡Qué difícil es establecer contacto con el pueblo cubano!

Yo seguía, cual Diógenes, buscando al hombre. En pos de conocer al cubano trabajador y honesto, a ese ser humano desinteresado que estaba seguro iba a encontrar. No me resignaba a irme de La Habana con la imagen del cubano que busca aprovecharse de la buena voluntad de los turistas desprevenidos…

IV – “Aquí tenemos que hacer cola hasta para hacer el amor”

A medida que transcurrían mis días en La Habana, la opresión que sentía en el pecho se iba haciendo más fuerte.

No podía comprender cómo los ciudadanos de un país podían ser tratados como seres de tercera categoría, mientras veían en sus narices el trato que les daban a los turistas. No me parecía justo y esto no se compadecía con la imagen de igualdad y equidad que me habían vendido. Nade de lo que veía tenía relación ni parecido con mi idea del socialismo y del pensamiento de izquierda.

Allí pude comprobar que en la Cuba de la igualdad, algunos son “más iguales que otros” y que a los cubanos les queda solo conformarse con las migajas que el régimen les quiera dar.

No podía creer que al entrar a las tiendas de turistas de los hoteles, podía encontrar cualquier cantidad de productos importados a los que los cubanos no tenían acceso, pues eran almacenes para turistas en los que solo se podía comprar con dólares y a donde los nacionales tenían prohibida la entrada. La divisa estadounidense estaba prohibida para los cubanos y su tenencia constituía un delito.

La única manera en que un cubano podía adquirir productos de los establecimientos de Intur era si, de forma ilegal, conseguía dólares y algún turista le hacia el favor de comprarlos para ellos. Fue así como un actor, protagonista de telenovelas de la televisión cubana, pudo cambiar los zapatos rotos con los que andaba desde hacía 2 años: pidiéndole a un amigo venezolano que se los comprara.

Sobrecogido por tanta injusticia decidí entrar a ver una película del festival para tratar de distraerme y olvidarme, aunque fuera por 2 horas,  de la dramática situación del pueblo cubano. Con esa intención, me metí en una larga cola para entrar al cine.

Mientras esperaba que la fila avanzara se me ocurrió comentar en voz alta que “hasta cuándo tendría que hacer colas en La Habana” y escuché una voz detrás de mí que me decía:

-Oye cariño, ¡aquí en Cuba tenemos que hacer cola hasta para hacer el amor! -La voz era de una hermosa trigueña que, como tantos otros cubanos, no perdían oportunidad para expresar su descontento.

Entonces recordé que, días antes, una amiga venezolana me había contado su experiencia al ir con su novio cubano a una de esas habitaciones que les alquilan por horas a los residentes de la isla para hacer el amor.

-Son sitios horribles -comentaba mi amiga-. Después de hacer la cola para poder entrar, resulta que los cuartos son una pocilga. ¡No pudimos hacer nada! Al rato de estar adentro, comenzaron a tocarnos la puerta para que nos apuráramos porque había más parejas en la cola esperando para entrar a utilizar “la habitación”.

Con esas palabras y recuerdos agolpados en mi cabeza, me dispuse a entrar a ver la película “Hello Hemingway”, inspirada en la obra “El viejo y el mar” del autor estadounidense Ernest Hemingway.

Casi no recuerdo nada del film de Fernando Pérez pues, al encenderse la pantalla, comenzaron a presentar el corto documental “El Fanguito”, una película dirigida por Jorge Luis Sánchez, en la que se muestra desde dentro la indignante cotidianidad de un barrio marginal en Cuba, con su pobreza y  el drama de la escasez de alimentos y la falta de servicios públicos.

Como si no bastase con lo que veía a cada paso en la ciudad, me encuentré con ese documental en el que se me ratifican de una manera cruda las impresiones que había acumulado durante mi estancia en la caribeña isla.

Ahí si no pude más. Arranqué a llorar desde que vi las primeras imágenes y no pude parar hasta que se encendieron las luces de la sala. Me sentía un poco avergonzado con el amigo que estaba sentado a mi lado pero no tenía forma de controlar el llanto.

Con una cierta sensación de liberación después de tanto moquear, me fui al hotel a descansar un rato para ir en la noche al teatro Mella a un recital de boleros, donde, por fin, me esperaría una agradable sorpresa.

V – ¡Por fin, Cuba, más allá de traficantes y jineteras!

Después de la catarsis realizada por la función del melodrama de Fernando Pérez, ”Hello Hemingway” y, sobre todo, por  las crudas imágenes de “El Fanguito”, el corto documental de Jorge Luis Sánchez en el que, por primera vez, un creador se atrevía a mostrar la cruel realidad que viven las barriadas más pobres de Cuba, me fui al hotel a dormir un rato. Necesitaba cargar baterías para la noche que prometía ser larga.

Así lo hice. Dormí poco más de una hora, me levanté y me fui al teatro Mella a un recital de boleros con una cantante que me habían recomendado mucho, aunque ahora no recuerdo su nombre. Mis amigos me habían dicho que después del concierto nos reuniríamos en el café del teatro para conversar un rato.

Llegué y me encontré con la puerta del teatro cerrada y el café vacío por completo. Me quedé un rato parado mirando hacia adentro, pensando que tal vez estaban ya en la función y que alguien me abriría para poder entrar.

Pero nada. No se oía el más mínimo ruido. Convencido de que me había equivocado de teatro, ya estaba listo para regresar al hotel, cuando vi que una pareja se acercaba a la puerta y venía hacia donde yo estaba.

-¿Qué pasó asere? – me dijo el muchacho.

Le conté lo sucedido y él me informó que el recital lo habían hecho a las cinco de la tarde y que ya todo el mundo se había retirado.

Lamentando la confusión me disponía a irme cuando la muchacha me dijo que entrara  para que, por lo menos, conociera el teatro.

Pensé: “total, si ya los planes de la noche se me habían arruinado, pues conocería el Mella y luego me iría al malecón, donde indefectiblemente terminaban las jornadas y siempre se conseguía diversión durante las noches del festival.

Abrieron la puerta y se presentaron: Alejandro, se llamaba el muchacho y era el encargado del teatro. Ella se llamaba Verónica y lo estaba acompañando en su guardia.

Al entrar me sorprendió conseguir un grupo de cubanos adentro conversando. Hasta ese momento, había pensado que sólo estarían Alejandro y Verónica.

Los otros, al verme se miraron entre sí. Extrañados, inquirieron con la mirada a la pareja. Estos les explicaron mi situación y poco a poco todos nos fuimos relajando y dejando a un lado la mutua desconfianza que sentíamos inicialmente.

Así fue como conocí al escritor Ernesto Fidel, tal y como suena, nombre más revolucionario no podía tener. Al poeta Julio Vicioso, a Eugenio, que era administrador de algún teatro, si mal no recuerdo, a la actriz de teatro Verónica y a Alejandro, descendiente de familia acomodada, a la que la revolución le expropió sus propiedades y quien, en ese momento, era el encargado de cuidar el teatro Mella.

Esa fue una de las mejores noches que pasé en La Habana. El teatro, que cuenta con un aforo de cerca de 1500 butacas, era espectacular, con su gran escenario a la italiana y su moderno estilo arquitectónico.

Lo mejor de la noche fue que, por fin, pude tener contacto con el cubano llano, el ciudadano que vive su vida sin pretender que un turista le proporcione las cosas de las que se ve privado en su cotidianidad. El cubano que trabaja para su sustento sin estar esperando la oportunidad de aprovecharse del prójimo. Nada de jineteras y traficantes.

A medida que se fue rompiendo el hielo del primer contacto, comencé a relatarles a los muchachos mis vivencias en su ciudad. Mis decepciones con respecto al régimen y a la calidad de vida del pueblo cubano y la tristeza que me producía cada vez que yo tenía privilegios o preferencias como turista y era mejor tratado que los nacidos en esa tierra.

Pasamos la noche cantando, sacamos máscaras y vestuarios de los espectáculos que allí se habían producido y jugamos como niños. Ellos bebían del ron cubano, no del Havana Club, por supuesto. Ese está destinado a los turistas. Ellos tomaban del ron de menor calidad al que el gobierno les permitía acceder.

Cuando ya había descargado con ellos mi rabia y frustración, me dijeron:

-Es impresionante como en tan pocos días has podido captar lo esencial de la vida del pueblo cubano. Pero, aunque todo eso es así, también hay otra parte de la isla que nosotros te quisiéramos mostrar para que puedas completar tu visión de Cuba.

Fidel y Julio me comentaron que eran muy pocos los turistas que veían lo que realmente es La Habana pues el sistema no les permite que tengan contacto con la realidad más allá de lo que el régimen le quiere mostrar. “Tropi collage”, comentaron a coro y me prometieron que después me explicarían a qué se referían con esa expresión.

Todos tenían sus fuertes críticas al régimen e incluso llegaban a tener agrias discusiones cuando se enfrentaban quienes, dentro del grupo buscaban la forma de salir de la isla y los que sostenían que debían quedarse, dar la pelea y tratar de mejorar la situación. Por supuesto, también estaban quienes se ubicaban en un punto intermedio y trataban de conciliar las dos posiciones.

Con la finalidad de mostrarme un rostro más amable de la Cuba revolucionaria, Eugenio se ofreció a llevarme al día siguiente a conocer otras cosas de la ciudad y Fidel me invitó a cenar a su casa.

Salimos del teatro como a las 2 de la mañana, felices. No podíamos parar de hablar y comentar mi experiencia en Cuba. Nos fuimos caminando, cantando y conversando hasta el malecón donde, sentados a la orilla del mar, esperamos el espectáculo del hermoso amanecer habanero. Nos despedimos y Eugenio se comprometió a buscarme a las 10 de la mañana en el hotel para ir a visitar La Habana Vieja, declarada por la Unesco como Patrimonio Histórico de la Humanidad.

VI – La hermosa Habana Vieja

A la mañana siguiente de haber conocido a los muchachos del teatro Mella, mientras me bañaba, tomé la decisión de que no permitiría que las injusticias que veía por doquier en La Habana, me afectaran hasta el punto de casi amargarme el viaje. Total, nada podía yo hacer para remediar la situación y conocerlos a ellos me sembró una esperanza de que ese pueblo, algún día, conseguiría superar sus problemas y vivir en una mejor sociedad.

Estaba terminando de vestirme, cuando sonó el teléfono de la habitación para informarme que Eugenio me esperaba abajo. Tomé unos pesos cubanos que tenía en la habitación y no había utilizado pues todo había que pagarlo en divisas y fui a su encuentro para visitar La Habana Vieja y comprar algunos libros, que era el único artículo que un turista podía comprar con los pesos.

Cuando entré al lobby, me extrañó no encontrar a Eugenio en el salón, miré alrededor y lo conseguí afuera del hotel. Le molestaba bastante la incomodidad que significaba estar esperando dentro de un sitio donde sabía que no era bien visto. Así me lo hizo saber.

Recorrimos las hermosas calles de La Habana Vieja, con su arquitectura barroca y neoclásica. Visitamos la barroca Catedral de San Cristóbal que necesitaba una urgente restauración pero, según me dijo Eugenio, era muy costosa pues tenía serías fallas estructurales que se debían reparar y el gobierno no contaba con el dinero precisado para eso.

Fuimos al Capitolio que, irónicamente, recuerda al de Estados Unidos, la Plaza de Armas, contemplamos el faro de El Morro y visitamos la Bodeguita del Medio, donde entramos sólo para ver uno de los lugares preferidos de Hemingway, con sus paredes tapizadas de fotos autografiadas de personajes famosos de todo el mundo, que han tertuliado en el sitio. La visita fue sólo para curiosear y conocer, pues los precios eran prohibitivos para un joven turista con corto presupuesto para viajar.

Los pies me ardían de tanto andar, pero lo que estaba viendo bien valía el cansancio. Tenía la mirada llena con esa arquitectura colonial que lo devolvía a uno a siglos anteriores.

Comenzamos a visitar librerías y me puse frenético comprando libros. Los pesos que tenía se me agotaron y no me alcanzaron para todos los libros que tenía seleccionados. Comencé a apartar algunos para llevarme sólo los que más me interesaban. Eugenio me preguntó que por qué no los llevaba todos.

Le expliqué que los pesos no me alcanzaban y él, amablemente, se ofreció a dármelos. Pensé “primera vez que en este país, en lugar de pedirme, me ofrecen algo”. Apenado, le dije que bueno, que sería un préstamo y que al llegar al hotel, cambiaría dinero y le devolvería sus pesos, sesenta en total que me faltaban.

-No te preocupes, asere -me dijo-, esos te los regalo yo.

Por supuesto, no podía aceptarlo y así se lo hice saber. Le dije que si no me los cobraba no podía recibirlos pues, yo sabía que eso era cerca de la mitad de lo que él ganaba al mes.

-Para lo que me sirve el dinero -fue su respuesta-. Yo, dinero tengo; lo que no tengo es qué comprar con él. De lo que gano al mes, generalmente, me sobran pesos, pues las cosas que necesito no las puedo comprar con ellos.

Recordé haberme prometido a mi mismo que no me afectarían ese tipo de comentarios y llegamos al acuerdo de que le compraría en la tienda de Intur alguna cosa que necesitara y así le pagaría sus sesenta pesos.

Me pidió cassettes vírgenes para grabar música, una de las pasiones que tenía y que le costaba satisfacer pues los cassettes sólo los vendían en divisas, monedas que él no poseía.

Así quedamos y ya casi al final de la tarde, a eso de las cinco, me acompañó al hotel y nos despedimos hasta la noche, cuando nos veríamos en casa de Fidel Ernesto, donde nos reuniríamos para cenar junto con Julio, Alejandro y Verónica.

VII – Tropi collage

Lo primero que hice al llegar al hotel, después del recorrido por La Habana Vieja, fue entrar a la tienda de Intur a comprar los cassettes para los muchachos y el pote de mantequilla de maní más grande que encontré, pues uno de ellos me había dicho que siempre la había querido probar y me pareció una buena idea que la compartiéramos después de cenar.

Eugenio me buscó en el hotel y llegamos a casa de Fidel como a las ocho y media de la noche. Allí estaban ya Verónica, Julio y el anfitrión.

La casa era de los años 50, deteriorada por falta de mantenimiento, humilde pero limpia. Tenía unos muebles viejos con tapicería descolorida y un equipo de sonido portátil en la sala que le permitía a Fidel satisfacer su pasión por la música.

Minutos después de llegar,  los muchachos pusieron un cassette con música de Carlos Varela, explicándome que era un cantautor de la nueva trova que se estaba atreviendo a hacer música de protesta, con una profunda crítica al sistema cubano.

-¿Te acuerdas del “tropi collage” que te hablamos en el Mella?, me preguntó Fidel, y se dispuso a poner una canción con este título en la que se cuenta la historia de un turista que llega a La Habana, va a Varadero, al Tropicana, se hospeda en el Habana Libre y  se marcha de Cuba, creyendo que con ese recorrido ya conoció el país.

SE FUE EN HABANA AUTOS,

RUMBO HASTA VARADERO/ APANADO EN ARENA.

FUMÁNDOSE UN HABANO,

SE TIRÓ ALGUNAS FOTOS

RECOSTADO A UNA PALMA.

VOLVIÓ AL HABANA LIBRE

ALQUILÓ UN TOURIST TAXI/ PARA IR AL TROPICANA

DESPUÉS AL AEROPUERTO

Y ASÍ SE FUE CREYENDO

QUE CONOCIÓ LA HABANA.

ESE TIPO PAGÓ LA CUENTA

QUE LE ESTABAN SACANDO.

PERO EN LA POLAROID DE SU CABEZA LLEVA

TROPICOLLAGE, COLLAGE COLLAGE, TROPICOLLAGE…

Varela había comenzado a componer en 1978 y grabó su primer álbum “Jalisco Park”, en 1989. Sólo dos años antes de mi viaje a Cuba y, justamente, en el 90, el año en que visité la isla, se realizó la grabación de “Carlos Varela en Vivo”. Es ese el disco que me mostraron en casa de Fidel y que ya se estaba convirtiendo en objeto de culto para los cubanos que tenían serias diferencias con el régimen político de la Isla.

Escuchamos toda la grabación mientras ellos me explicaban cómo, por ejemplo, Guillermo Tell es una canción en la que se critica, con metáforas, la larga permanencia de una persona en el poder, haciendo alusión directa a Fidel.

En este tema, el hijo de Guillermo Tell ya ha crecido y  le dice a su padre que ya está cansado de ponerse la manzana en la cabeza para que demuestre su puntería. Ya llegó la hora de que el padre le ceda la ballesta a su descendiente y que le permita probar su valor, apuntando a la manzana que su progenitor deberá sostener en la cabeza.

Esa canción es un grito lanzado al gobierno para que dé paso a nuevas generaciones y les permita tomar las riendas de la vida del país.

“Memorias” es el título de una de las canciones del disco de Varela en la que un hombre rememora su vida en el régimen cubano, comparando como creció con Elpidio Valdez en lugar de Supeman y con un televisor ruso. Así dice:

”No tengo mucho más de lo que puedo hacer

y a pesar de todo lucho.

No tuve Santi Claus ni árbol de navidad,

pero nada me hizo extraño.

Y así pude vivir, teniendo que inventar

los juguetes una vez al año”.

Cuando escuché esta canción me percaté que era diciembre y por ningún lado de La Habana había algo que le recordara a uno que era época de navidad. Lo más aproximado a un adorno navideño que vi, fue un florerito de vidrio en el centro de una mesa en el restaurante del hotel con una flor plástica y un pequeño lazo hecho con cintas rojas y verdes, y atado con un cascabel dorado.

La velada en casa de Fidel fue muy tranquila y agradable. Comimos una ensalada de lechugas y huevos rellenos que era, sin duda, lo mejor que nos podía ofrecer el anfitrión, haciendo un hueco en su libreta de racionamiento.

Después de tantos días comiendo la misma comida en el hotel, de verdad que la cena en casa de Fidel me supo a gloria. Tal vez no fue la comida en sí, sino la compañía y la alegría que me producía estar con esta gente sencilla que estaba buscando cómo superar todos los obstáculos que la vida y el régimen socialista de Castro les presentaba.

Les robé un cassette de los que les llevaba de regalo y le pedí a Fidel que me grabara el disco de Carlos Varela. Esas canciones junto con el film El Fanguito, me permitían predecir que, mientras hubiera creadores que se atrevieran y gente como con la que compartí esa noche, no todo estaba perdido para los cubanos y que algún día su pesadilla terminaría.

Nos despedimos como a las tres y media de la madrugada. Yo debía descansar un rato pues ya estaban corriendo mis últimas horas en Cuba y al día siguiente iba para Varadero en la mañana temprano. En la tarde pasaría por la casa de Hemingway que la habían convertido en museo y permanecía exactamente igual a como estaba al momento de morir el escritor y, en la noche, al Tropicana. O sea que mi último  día en la isla prometía ser movido y emocionante.

VIII – Varadero, La Vigía, el Tropicana

Fin de viaje

En mi último día en Cuba tenía programado un viaje a las famosas playas de Varadero. Me paré tempranito y subí al autobús que nos habían asignado para que nos llevara al sitio.

El transporte era un pullman full equipo, con aire acondicionado y asientos reclinables. Nada que ver con las destartaladas “guaguas”, atestadas de gente que había visto transitar por La Habana y que constituían el medio de transporte público de los cubanos.

Junto a mí se sentó una chica de Caracas que iba comiendo un Tobblerone de los que no crecen más. Me impresionó ver la cara del moreno que fungía como guía turístico en el bus. Sus ojos parecían salirse de las órbitas viendo el chocolate de la chica. Esta se dio cuenta y, muy amablemente, le ofreció un trozo al muchacho.

En un principio, el guía intentó decirle que no, que a él no le gustaba el chocolate porque era muy dañino para la dentadura y producía caries, pero su salivación pudo más que su convicción y le aceptó un pedacito, comiéndolo con tanta ansiedad que de verdad no supe si lo disfrutó.

Ese era uno de los logros de la revolución: convencer a los cubanos de que sus carencias eran más bien beneficios, al punto de decir que el chocolate no lo consumían, no porque no tuvieran acceso a él, sino porque era perjudicial.

El paisaje del trayecto hacia Varadero era realmente hermoso pero nada comparado con la arena blanca y ese mar azul que nos recibió en el lugar. Verdaderamente, es una playa espectacular y entre palmeras pasamos el día tranquilo y con unos cuantos chapuzones en esas cálidas aguas.

Cerca de la hora del almuerzo, llegaron Fidel y Julio. Ellos me habían advertido que si podían se acercarían hasta Varadero, pero yo pensé que no lo harían.

Como a la una de la tarde, decidimos almorzar en el restaurante del complejo turístico. Un amigo venezolano y yo invitamos a Julio y a Fidel para que comieran con nosotros.

Al sentarnos a la mesa, se nos acercó el mesonero y mirando con cierto desdén a los cubanos nos preguntó qué deseábamos. Le explicamos que queríamos almorzar y, despectivamente, preguntó que si “ellos” también comerían. Yo notaba la incomodidad de los muchachos pero evité hacer ningún comentario.

-¿Ellos son cubanos? -preguntó, siempre dirigiéndose a mí, como si “ellos” no estuvieran allí. Le dije que sí, que si había algún problema.

-No, no hay ningún problema -comentó con una mueca que pretendía ser una sonrisa- Sólo que lo que ellos consuman tienen que pagarlo con divisas como lo de ustedes y no con pesos cubanos.

Me mordí la lengua para no explotar y le expliqué que ellos eran invitados nuestros y que pagaríamos nosotros.

Los cuatro pedimos lo mismo, pescado frito con ensalada y arroz. El mesonero se fue a hacer el pedido y nosotros buscamos, inmediatamente, un tema de qué conversar para no referirnos al mal rato que acabábamos de pasar.

Yo no podía creer lo que vi cuando llegaron con la comida. Traían los cuatro platos servidos y, cuando los distribuyeron, noté que el mesonero nos ponía los dos platos más abundantes al amigo venezolano y a mí. Mientras que los destinados a los cubanos eran casi la mitad de la ración. A ellos les pesaron el servicio, según supe después.

Otra vez me mordí la lengua, tomé mi plato y lo cambié por el de Fidel y el amigo cambió el suyo por el de Julio.

Miré al mesonero y con el tono más irónico que conseguí le dije: “No tenemos mucha hambre. Esta mañana comimos demasiado en el desayuno”. El tipo torció los ojos, les lanzó una mirada fulminante a los muchachos y torciendo la boca se retiró.

Una de las cosas que más rabia me daban en Cuba, además de las injusticias y limitaciones impuestas por el régimen, era la prepotencia y patanería de algunos empleados de menor rango en hoteles y restaurantes para con sus conciudadanos.

Se me parecían a esos policías rasos de barrio que se las tiran de guapos y apoyados y disfrutan haciendo sentir a sus semejantes como seres inferiores, presumiendo de un poder que en realidad no tienen.

Comimos y disfrutamos y ya pasadas las dos de la tarde me despedí de Fidel y Julio. Comenzamos el trayecto para ir al poblado de San Francisco de Paula, donde visitaríamos la finca La Vigía, el lugar de residencia en Cuba del escritor Ernest Hemingway y que había sido convertida en museo.

La casa, donde el escritor norteamericano escribió “El viejo y el mar” y donde terminó de escribir  “¿Por quién doblan las campanas?” era conservada tal y como la dejo el premio Nobel en su último viaje.

Curioseamos lo que permitían, pues sólo se podía observar desde afuera a través de puertas y ventanas, y regresamos a La Habana, a prepararnos para el Tropicana en la noche.

El cabaret resultó bastante decepcionante. Como todo en la isla, el espectáculo también estaba detenido en el tiempo. Buenos bailarines, con buena técnica y excelentes cantantes. Pero el vestuario, la escenografía, la iluminación y efectos eran bastante mediocres. Todo muy deteriorado, al punto de verse los rotos de las medias de malla de las bailarinas y los descocidos de los trajes. Todos parecían ser los utilizados 40 años antes.

El Tropicana no fue el mejor cierre para el viaje, con el agravante de que cuando intenté invitar a los amigos cubanos para que me acompañaran, me informaron que ellos no podían asistir al cabaret sino en los días en que estipulaba el gobierno. Los nacionales tenían días destinados para ir al espectáculo. De otra forma, se les hacía cuesta arriba disfrutar del show y, en caso de que los dejaran entrar conmigo, pues tendrían que cancelar la entrada en dólares.

Esa noche me fui a dormir con un amargo sabor en la boca. No podía conciliar el sueño. Repasaba una y otra vez todo lo que había vivido en esos ocho días en Cuba. Las imágenes venían a mi mente como en una película. Me preguntaba si algún día regresaría a La Habana y si podría mantener la amistad con los muchachos que me enseñaron la otra vida de la isla. Con estas cavilaciones, el cansancio me venció y me dormí. Al día siguiente debía emprender el viaje de regreso a Venezuela.

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