El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Hilaria (y 8)

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(Cuento)

Entrega final

***

Hilaria encuentra dentro de una Biblia una vieja foto de su papá en medio de unos sembradíos de papas en Mucuchíes. Estaba enterote y buen mozo, como nunca lo conoció Hilaria o, al menos, como no recordaba haberlo visto jamás. Para ella, Rigoberto no era más que un lastimoso viejo apestoso y borracho del que por más que se esforzaba no podía tener ningún buen recuerdo.

El padre nunca le perdonó que por puta, El Brujo lo hubiese abandonado sin terminar de tumbarle el trabajo de brujería que lo había anulado en la vida y sumido en el alcohol y las drogas. En los muy pocos momentos de lucidez que tenía, cuando empezaban sus ataques de ira por la abstinencia, se quejaba a gritos de las hijas rameras que había criado y de su insufrible vida por culpa del mal que le echara aquella maldita mujer. Cuando el ímpetu de su furia se tornaba peligroso `por sus violentos arrebatos, cualquiera de las hijas acudía corriendo con las drogas en la mano y una botella de cerveza. Eso lo tranquilizaba por unas cuantas horas.  La marihuana, a la cual se había hecho adicto con los años con el pretexto de que le ayudaba a calmar los dolores de huesos que lo tenían postrado en una silla de ruedas, también servía para apaciguar sus accesos de furia.

“¡Puta!” Le gritaba a Hilaria cada vez que se cruzaba en su camino y su hija sin responder solo podía pensar en lo irónico que le resultaba que su padre le dijera puta cuando nunca más pudo soportar la caricia de un hombre sobre su piel. El Brujo había sido el único hombre que conoció y le produjo tal repulsión por el género masculino que ni siquiera soportaba un beso en la mejilla. Lamentablemente, las mujeres tampoco le atraían sexualmente, por lo que terminó siendo un ser asexuado, para quien el sexo no existía ni le interesaba, aunque Rigoberto no dejara pasar la más pequeña oportunidad para llamarla “¡Puta!”.

Al Brujo parecía habérselo tragado la tierra. Como llegó desapareció del rancho. Nadie tuvo entonces información de dónde había ido a esconderse. Por un tiempo, Milagros y Fabiola contemplaron la idea de pedirle a un policía amigo que lo buscaran para denunciarlo y ponerlo preso, pero desistieron porque el mismo policía les dijo que sería muy difícil comprobar la violación, que sería doloroso para Hilaria porque tendría que contar una y otra vez lo sucedido, reviviendo su horror a cada instante.

Hilaria les dijo que no quería saber nada de aquel hombre. Que dejaran eso así. Ya Dios se encargaría del desgraciado. Quería olvidarlo aunque no sabía si algún día tendría que enfrentar lo sucedido para contarle a Jacqueline su origen.

El 27 de febrero del 89, mientras ella trataba de huir de la revuelta que la sorprendió en el Mercado de Coche con su hija, le pareció ver a El Brujo salir de una casa cercana corriendo perseguido por una hombre, mientras una niña lloraba desconsoladamente en la puerta de la vivienda. Todo fue muy rápido. El Caracazo se tornaba cada vez más violento. El ruido de detonaciones y los gritos de la gente la tenían aturdida y prefirió pensar que la visión no era más que un espejismo producido por el terror que le inspiraba el sacudón.

Como pudo, llegó al edificio de El Universal, donde desde hacía varios meses trabajaba limpiando las oficinas del periódico. El rotativo estaba revuelto. Nadie parecía tener claro qué era lo que estaba sucediendo pero todos corrían de un lado a otro tratando de armar un rompecabezas de terror con las imágenes, las noticias y los cuentos que traían los reporteros.

Hilaria vio que un equipo reporteril salía en un jeep y les pidió que la dejaran en algún sitio cercano a su casa. Un rancho por los lados de El Valle, hacia donde se dirigía la  unidad de reporteros del diario.  Era una vivienda pobre de bloque rojizo sin friso. Dos habitaciones con techo de zinc y un espacio con la cocina, el comedor y cuatro sillas redondas de tubos de hierro, tejidas con cuerdas plásticas verdes y blancas. Allí vivía con Jacqueline después de que Rigoberto muriera y vendieran la casa de la Panamericana, a donde no quería volver nunca más.

***

Hilaria mira el reloj y se da cuenta de que falta poco para que regrese Jacqueline. Debe apurarse para esconder lo que ha conseguido y que la niña no sospeche lo que tiene planeado. Lo llevará en una caja a la casa de su vecina Enriqueta para que se los tenga allí un tiempito.

Entonces, sin pensarlo, se monta en la silla y toma la cartera de patente opaco, saca el recorte de prensa y lee una vez más la nota que recortara una tarde en su trabajo, cuando fue a recoger la basura y a envolverla en un hoja del periódico y vio la foto de la cara del hombre impresa junto a su pie derecho. A pesar del grano y de lo desenfocado de la imagen, Hilaria no tuvo duda de quién se trataba. Esa cara no podría olvidarla nunca.

“Decapitado sádico en cárcel de Santa Ana”.

Lee una vez más toda la información. Ha guardado ese recorte porque pensaba que algún día le contaría a Jacqueline todo el horror que le causó ese hombre. Quería que la hija odiara al maldito como ella lo odiaba, pero ahora, al revivir los 15 años de la vida de su hija buscando recuerdos, decide que su hija no se merece el sufrimiento que le causaría conocer esa terrible verdad.

Saca el encendedor del bolsillo y le prende fuego al pedazo de papel mientras reza un Padre Nuestro y tres Ave María:

“Brille para Xavián la luz perpetua”. Por primera y única vez en su vida, lo nombra.

Después de dos años de muerto, es la primera oportunidad en que una oración se eleva al cielo en memoria de aquel hombre. Nadie lloró su muerte. Nadie lamentó su acribillamiento. Muchos fueron los “Bien hecho”, “Era lo que se merecía” que se escucharon. Nadie rezó un rosario ni mandó a hacer una misa de difuntos.

“Narran algunos testigos que en ningún momento el occiso intento defenderse. Ni siquiera se le escuchó gritar o lamentarse. Era como si, resignado, aceptara su condena”.

Ahora, Hilaria, al resumir la dicha que Jacqueline significa en su vida, decide perdonarlo y, sobre todo, perdonarse a sí misma. Extraña y cruel forma tuvo la vida de entregarle lo que más ama y quien más feliz la hace. Las negras cenizas del recorte quemado caen al suelo. Una lágrima rueda por la mejilla de Hilaria cuando dice:

“Descansa en paz. Amén”.

FIN

Abril/24/2014
Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria
Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
Tercera entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZZ 
Cuarta entrega http://wp.me/p2UoX7-209
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Séptima entrega http://wp.me/p2UoX7-20n
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Hilaria (7)

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(Cuento)

Séptima entrega

***

Ese día de abril, “El Brujo” la puso frente al altar de María Lionza, la hizo persignarse y rezar un Padre Nuestro y le dijo:

-Hoy terminaremos de tumbar el trabajo que tiene jodido a Rigoberto.

Hilaria no lo miró. Vio a Maria Lionza sobre la danta y le pareció ver que brotaban lágrimas de los ojos a la esfinge de la diosa. Por fin se acabaría ese infierno, pensó. Si como decía El Brujo, ese día terminaban con la brujería, ya no tendría que volver a la pieza ni aguantar al tipo y los olores y la humareda de inciensos y tabacos.

El Brujo prendió un tabaco y empezó a girar en torno a Hilaria lanzándole las bocanadas de humo. Tomó la botella de ron que tenía sobre la mesa de los santos, echó un chorro al suelo ofreciéndoselo a los muertos y tomo un buche que luego lo escupió con estruendo en la cara de la muchacha. Hilaria cerró los ojos. Ya había aprendido a que en cierto momento de las sesiones debía respirar profundo y abstraerse.

Haciendo un cuenco con la mano, El Brujo se echó ron y se lo derramó en la cabeza, luego con fuertes restregones que empezaban con ambas manos en la coronilla de la cabeza de Hilaria bajaba con fuerza rozando cuello y brazos de la chica hasta terminar azotando las manos en el aire como para expulsar de ellas lo que le sacaba a la muchacha. Al mismo tiempo, daba fuertes, rápidas y continuas chupadas al tabaco subiendo y bajando alrededor de Hilaria. Murmurando ininteligibles oraciones mientras sujetaba el tabaco con los amarillentos dientes.

Hilaria ya estaba lejos. Desde su nebulosa veía sin sentir. Ni cuenta se dio cuando El Brujo la despojó de su ropa y, desnuda, la acostó en la alfombrilla de mimbre. Con el ramillete de ruda comenzaron los azotes y los rezos en lenguas extrañas intercalando el nombre de Rigoberto Altuve de vez en cuando.

El brujo tomó un velón negro con 7 mechas y encendió las siete llamas una por una. Con la ruda en una mano y el velón en la otra danzaba alrededor de la muchacha, con pequeños brincos, pasaba por encima de ella. Un chorro de oscura esperma caliente le cayó en el vientre a Hilaria y, por un instante sintió que caía de su nebulosa por el dolor que sentía pues su piel ardió al contacto con la cera caliente. Se concentró, inhaló profundamente una vez más el viciado aire de la pieza y recuperó su lugar en la nebulosa.

El hombre no paraba de hacer ruidos y de danzar. En un instante bufó como un toro salvaje y se dejó caer sobre el cuerpo desfallecido de Hilaria. La chica acusó el cuerpo del hombre sobre el de ella, el peso le impedía respirar, pero con esfuerzo se mantuvo ausente de todo lo que pasaba en el pequeño cuarto.

En esta ocasión, El Brujo la sorprendió porque, por primera vez, él también estaba completamente desnudo sobre ella. Solo conservaba puestos los collares de colores y el colmillo del animal se le clavaba en medio del pecho. Hilaria apretó fuertemente los ojos y respiró intensamente. Inhalaba y exhalaba con dificultad. La desnudez del  hombre sobre ella la aterraba pero no quería permitir que el pánico se apoderada de ella y la bajara de su lejana nebulosa. Sentía la fetidez del ron mezclado con tabaco y chimó del aliento nauseabundo del Brujo impregnando su nariz y escuchaba muy lejanos los murmullos de rezos que le recitaba al oído. La chica luchaba de manera sobrehumana para evadirse mentalmente. Su cuerpo empezó a experimentar pequeñas convulsiones incontrolables. Inhalaba y exhalaba. Inhala, exhala. Respira hondo. Cierra los ojos. Su cuerpo no le respondía, los temblores eran cada vez más violentos. De pronto sintió que algo le desgajaba el vientre. Un dolor intenso en su vagina como si le rasgaran algo adentro con una navaja. Abrió los ojos y las lágrimas le corrían por los extremos. Los malditos temblores no paraban y ahora El Brujo parecía temblar a un ritmo acompasado con sus involuntarias convulsiones. María Lionza lloraba copiosamente, en silencio. San Lázaro soltó sus muletas y sus perros empezaron a ladrar pelando los dientes con furia. Guiacaipuro sacudía la cabeza y el Negro Primero reía a carcajadas. El Brujo restregaba su cuerpo contra el de Hilaria cada vez con más violencia y rapidez sin dejar los macabros rezos. La india Rosa se tapaba los ojos con sus manos temblorosas. Santa Bárbara blandió en el aire su espada como queriendo destajar la nada y con violencia volteó su copa. Del cuenco salió un río de sangre roja y espesa. El mundo se detuvo. Solo las lágrimas seguían manando de los ojos de Hilaria. Las salinas gotas eran lo único que no se detenía y corrían hasta mezclarse con la sangre de la copa de Changó.

Sin atender a lo que El Brujo decía acerca de que casi estaban listos con la brujería de su papá, Hilaria se vistió como pudo y salió corriendo de la pieza de las herramientas. No quería volver a pisar nunca más ese lugar. Se sentía sucia y le enfurecía que las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos. Por suerte, ya todos en la casa estaban durmiendo cuando llegó. Con sigilo para no hacer ruido quitó la tranca de la puerta, cerró y se fue al baño. Necesitaba bañarse. Quería lavarse y quitarse toda la suciedad. Se frotó con fuerza el jabón por todo el cuerpo hasta casi hacerse daño. Quería arrancarse la piel. Sentía que no se le quitaba el hedor del aliento del brujo que llevaba como un pegote en su cuerpo y, de su vagina, subía un olor mortecino que la hizo arquear. Al final, se sentó en el suelo bajo el chorro del agua helada de la noche y lloró, lloró, lloró.

***

Teresa se dedicó en cuerpo y alma a atender a Jacqueline. No le importaban sus dolores de cuello cada vez más intensos ni la terrible presión en los ojos. No desamparaba a la nieta ni de día ni de noche. No quería que nadie que no fuera de la más estricta intimidad de la familia se le acercara a la niña. Hablaba poco. Apenas lo necesario. A Rigoberto no lo quería ni ver. Sus otras hijas tuvieron que hacerse cargo del hombre pues ella solo vivía para no dejar que a Jacqueline se le parara ni un insecto. Era como si estuviera decidida a no permitir que a la pequeña le pasara nada por un descuido de ella.

Cuando llegaron del hospital con su nieta y Rigoberto, cada vez más borracho y drogado, contó que El Brujo se había despedido el día anterior diciendo que ya estaba curado, que la brujería había sido tumbada y que ya podría tener el control de su vida de nuevo, Teresa entendió todo lo que había pasado.

Solo en  ese instante comprendió que quien le había dañado a su güina, a su pequeña,  era ese hombre que en mala hora metió en su casa su marido.  La culpa terminó de apoderarse de su alma y fue cuando decidió que, mientras ella viviera, a su nieta no le pasaría nada malo.

“Fue El Brujo”, le dijo a Hilaria cuando se quedaron solas. No era una pregunta, ni siquiera una duda. Era la certeza que como una revelación tuvo en el instante mismo cuando Rigoberto anunció la ida del desgraciado.

En un murmullo apenas audible, Hilaria le dijo “Sí”. Sin llanto y en un tono neutro que aterró a Teresa, la hija le contó a su madre cómo El Brujo la obligó a ir a la pieza para las sesiones para “curar” a su papá. Las amenazas de que, si no iba ella, tendría que llevar a Lucrecia y de que si decía algo, la brujería terminaría matando a su papá. Teresa se agarró el cuello que había empezado a dolerle como nunca, sentía  como si le estuvieran clavando un puyón entre las cervicales, intentando calmar la punción con la presión de sus manos sobre las vértebras, murmuró: “Maldito”.

Teresa quiso gritarle a su marido todo el odio que sentía, maldecirlo, ahorcarlo con sus manos, pero la falta de energía y la seguridad de que el hombre no entendería en medio de su borrachera nada de lo que diría, la hicieron desistir. No tenía sentido desgastarse con su marido que ya no era más que una piltrafa sin sentimientos ni remordimientos. Solo le dijo en tono de reproche:

-Ese desgraciado no solo no te curó. Te terminó de hundir en la mierda y malogró a tu hija preñándola con apenas 11 años y ahora tienes una nieta, hija de ese malnacido.

-¡El Brujo es un buen hombre! Son tus hijas las que nacieron torcidas y todas de piernas flojas. ¡Putas, todas! ¡Seguro ella se le metía en la pieza al pobre hombre para tentarlo!

Teresa lo dejó gritando solo. No quería volver a verlo nunca más. Los gritos alarmaron a Milagros y a Fabiola quienes llegaron de una vez con las pastillas y el vaso de agua en la mano para que su padre se calmara. Ya sabían que lo mejor era mantenerlo borracho y drogado para no tener que oír sus gritos y peleas que cada vez se hacían más violentos.

A Jacqueline la bautizaron a los pocos días de nacida. Teresa no paraba de decir que había que hacerlo lo antes posible porque los espíritus estaban detrás de la niña. Ella tenía pesadillas. Unas sombras siniestras llegaban en la madrugada para llevarse a su nieta. Estaba convencida de que las brujerías del malnacido Brujo le harían mucho daño a la pequeña si no recibía pronto el agua bendita y la bendición de un cura.

Pocos meses después, ante los cada vez más fuertes dolores de Teresa y contra su voluntad, la llevaron al médico. Un tumor voraz en su cerebro estaba acabando con la vida de la mujer. A los dolores se sumaron copiosas sudoraciones. Perdía kilo y medio por día. Cáncer, fue el terrible y fatídico diagnóstico. Un violento cáncer en el cerebro la convertía en un saco de huesos forrados en arrugada piel y, tres días después de diagnosticado el mal, se llevó a Teresa, cuando Jacqueline apenas cumplía seis meses de edad.

Continuará

Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria
Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
Tercera entrega http://wp.me/p2UoX7-209
Cuarta entrega http://wp.me/p2UoX7-209
Quinta entrega http://wp.me/p2UoX7-20e
Sexta entrega http://wp.me/p2UoX7-20i

Hilaria (6)

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(Cuento)

Sexta entrega

***

Me encantaría que Jac usara “Sueño de una niña grande” como música para el vals de sus 15 años”. Piensa Hilaria mientras pulsa el stop para sacar la cinta y ponerla junto con las otras cosas halladas. En la misma caja de zapatos encuentra un recorte de prensa con el obituario de Teresa. Un pequeño rectángulo publicado en las páginas de clasificados de El Universal. -La tristeza y la culpa te mataron mamá. Nunca aceptaste que tú no tuviste la culpa. No podías hacer nada. Ni adivina que fueras… Si alguien tuvo la culpa fue Rigoberto, mamá, que se apareció aquella noche con El Brujo, borrachos como cosacos los dos…

***

-Hilaria, lleva una colchoneta para la pieza de las herramientas abajo en la siembra para que duerma allí El Brujo –Dijo Rigoberto escupiendo saliva y tambaleándose al entrar a la casa. Desde ese momento y sin que valieran las protestas de Teresa y sus hijas, El Brujo se instaló en el pequeño cuarto de trastes que habían hecho cerca de los sembradíos de flores y verduras en la parte baja del barranco. Una forma que encontró Rigoberto de mantenerse vinculado a su páramo natal, al que no dejaba de extrañar. La parcelita sembrada era una forma de continuar el oficio de agricultor que era lo que realmente siempre le había apasionado. No dejaba de maravillarse cuando una flor abría o cuando arrancaba una zanahoria de la tierra o contemplaba extasiado las acelgas de un verde intenso. En ese momento se sentía realmente poderoso, el milagro de la tierra lo revivía y hacía que desaparecieran la sensación de frustración y pobreza que se le habían instalado en los huesos y que cada día parecían anularlo más ante sus propios ojos. Hilaria llevó la colchoneta y la dejó en el trastero con una cobija de lana gruesa. Cuando regresó, no le gustó la forma como El Brujo la miró para agradecerle el mandado. -Está muy bonita la niña, Rigoberto. Tienes buen molde para las hijas porque me acuerdo que las dos mayores eran muy lindas también y hasta la enfermita tenía su gracia. -Dios me dio un canasto de cucas que a veces pienso que es parte de un castigo. Nunca tuve el varón que siempre quise. A lo mejor todo sería diferente si hubiera tenido un macho que me ayudara… El Brujo se quedó en el trastero de herramientas para la siembra. A medida que pasaba el tiempo, Rigoberto portaba cada vez menos por la siembra. Parecía haberle perdido el interés a sus verduras y legumbres. Hasta que abandonó por completo la actividad que por un tiempo era la que parecía mantenerlo lúcido a ratos. Supuestamente, la estadía de El Brujo sería por una temporada nada más, mientras encontraba una pieza donde mudarse. Pero los meses pasaban y no daba señas de estar buscando sitio a dónde irse. El cuarto de los trastes lo llenó de imágenes de santos y de brujería. En un rincón sobre unos guacales de madera improvisó un altar con María Lionza presidiendo al tope, montada en una danta. El Negro Primero y Guaicaipuro a cada lado de la diosa y más abajo la india Rosa, el indio Felipe, San Lázaro, Santa Bárbara, la Caridad del Cobre y Simón Bolívar. Siempre mantenía un velón encendido que le servía para alumbrar a los santos y para velar las contras y reliquias que hacía para sus clientes. También alumbraba los tabacos y las barajas con los que les leía el futuro a las personas. Un día de principios de abril del 75, fue el peor de todos los días para Hilaria. Después del almuerzo y sin que sus padres lo notaran, El Brujo pasó junto a la chica y le susurró al oído “Te espero en la pieza esta noche”. -Me voy a la pieza. Creo que prontito habremos terminado el trabajo, Rigoberto. Anoche tuve un sueño en el que me revelaron que el vudú ya estaba próximo a romperse. Estamos a nada de tumbar ese trabajo que te montaron hace tantos años y que por poco acaba con tu vida. El Brujo hablaba como si se dirigiera a Rigoberto pero no dejaba de mirar a Hilaria de arriba abajo. Teresa lo notó y le reclamó a su marido: -No me gusta que ese tipo siga metido aquí. No me gusta como mira a las muchachas, Rigoberto. ¿Hasta cuándo va a estar aquí? -El Brujo es un buen hombre, Teresa, y me está ayudando mucho. Ya me siento bastante mejor. No sé por qué Usted le tiene tanta tirria. Ese lo único que hace es rezarle a sus santos y ayudar a la gente… Cuando me quite la brujería que me montaron, ya va a ver como todo va a cambiar. Cuando me quite el vudú ese, ya tengo pensado ir a buscar trabajo en las oficinas del Metro porque ya están por empezar la construcción, Teresa. ¡Ahí sí nos vamos a forrar de plata!  Ya Teobaldo me dijo que me llevará con él a meter planillas porque tiene unos contactos buenísimos. Ahora sí vamos a ver los frutos de estos años en Caracas, Teresa, ya va a ver. -Desde que tengo uso de razón estoy oyendo el cuento del dichoso Metro ese, creo que me voy a morir y no veré que muevan un metro de tierra para construirlo… -Que no, chica. Ahora sí es verdad. El compadre de Teobaldo, el secretario del partido, le dijo que ya está a punto de arrancar la construcción y que van a necesitar muchos trabajadores… -Mientras Usted siga con las borracheras y las pepas para el “dolor de cabeza” no creo que le dure ningún trabajo. -Pues para eso es que cuento con El Brujo, Tere. Cuando ya la brujería no tenga fuerza se acabarán los dolores y le prometo que no vuelvo a beber. Es que solo las pastillas y el miche me calman la cabeza, Tere.

***

Milagros logró tranquilizar a su mamá y salió a buscar las cosas para el bebé, ese sobrinito que la vida le traía de sorpresa. Un sedante que le dio una enfermera ayudó a que Teresa cogiera mínimo y se sentara en una silla con la mirada fija en una araña que caminaba por el techo. No podía dormirse pero tampoco se sentía despierta. Un monito con su gorrito para el frío, guantes y escarpines a juego para el día que lo fueran a sacar del hospital. Todo amarillo, para la suerte. Unas franelitas en colores unisex. Pañales de algodón, biberones, mantas y cobijas, hasta una pequeña almohada y un peluche de Mickey Mouse le compró Milagros a la criatura. Se gastó todo lo que tenía de la quincena. Al fin y al cabo, se trataba de la primera de las hermanas que le daría un sobrino a las otras y eso tenía que ser un motivo de alegría, hasta en las peores circunstancias. Cuando regresó al hospital,  encontró a una enfermera tratando de que Teresa le hiciera caso a lo que le estaba diciendo. Pero la mujer seguía mirando la araña en del techo en la misma posición que la había dejado Milagros unas dos horas antes. -Es una niña. Necesitamos un nombre para identificarla en los papeles. Milagros sin pensarlo mucho le dio el nombre que tenía pensado para cuando Dios la bendijera con una hija: -Jacqueline, con c y con q, como la Kennedy. Jacqueline Altuve Urdaneta. La enfermera se fue y solo entonces Teresa volvió de su letargo: -¿Quién pudo hacerle eso a Hilaria? ¿Qué carajito desalmado pudo arruinarle así la vida a una niña, Milagros? ¿Cómo no me di cuenta de que algo pasaba con la güina? Milagros le mostró las cosas que compró. La tomó del brazo y fue a buscar más información sobre su hermana y su sobrina. Ya las estaban llevando a la habitación. Tendrían que permanecer uno o dos días en observación en el hospital y de acuerdo a cómo evolucionaran ambas ya les darían el alta. Aunque el médico les informó que todo había salido bien y que tanto Hilaria como Jacqueline, con c y con q, se veían sanas y estables, era mejor ser precavidos. Teresa no decía nada. Todo lo dejó por cuenta de Milagros. Sentía la cabeza pesada y la mente vacía. Un dolor en las cervicales le taladraba el cuello y una presión en los globos oculares y en la frente, la hacían sentir que en cualquier momento los ojos le saltarían de las cuencas. Pasaron dos días en el hospital y, aunque insistían con las preguntas, no lograban hacer que Hilaria dijera quién le había hecho el daño. La chica solo decía “No sé. No sé. No puedo decir nada. No sé…” y Teresa sentía que no tenía fuerzas para insistirle. El dolor en el cuello y en los ojos no mitigaba con nada. Los calmantes que le inyectaron no le hacían efecto alguno y la poca energía que tenía, la usaba para atender a Jacqueline. “No puedo decir nada porque a papá lo mataría…”.

Continuará
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