El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Hilaria (6)

hilaria2

(Cuento)

Sexta entrega

***

Me encantaría que Jac usara “Sueño de una niña grande” como música para el vals de sus 15 años”. Piensa Hilaria mientras pulsa el stop para sacar la cinta y ponerla junto con las otras cosas halladas. En la misma caja de zapatos encuentra un recorte de prensa con el obituario de Teresa. Un pequeño rectángulo publicado en las páginas de clasificados de El Universal. -La tristeza y la culpa te mataron mamá. Nunca aceptaste que tú no tuviste la culpa. No podías hacer nada. Ni adivina que fueras… Si alguien tuvo la culpa fue Rigoberto, mamá, que se apareció aquella noche con El Brujo, borrachos como cosacos los dos…

***

-Hilaria, lleva una colchoneta para la pieza de las herramientas abajo en la siembra para que duerma allí El Brujo –Dijo Rigoberto escupiendo saliva y tambaleándose al entrar a la casa. Desde ese momento y sin que valieran las protestas de Teresa y sus hijas, El Brujo se instaló en el pequeño cuarto de trastes que habían hecho cerca de los sembradíos de flores y verduras en la parte baja del barranco. Una forma que encontró Rigoberto de mantenerse vinculado a su páramo natal, al que no dejaba de extrañar. La parcelita sembrada era una forma de continuar el oficio de agricultor que era lo que realmente siempre le había apasionado. No dejaba de maravillarse cuando una flor abría o cuando arrancaba una zanahoria de la tierra o contemplaba extasiado las acelgas de un verde intenso. En ese momento se sentía realmente poderoso, el milagro de la tierra lo revivía y hacía que desaparecieran la sensación de frustración y pobreza que se le habían instalado en los huesos y que cada día parecían anularlo más ante sus propios ojos. Hilaria llevó la colchoneta y la dejó en el trastero con una cobija de lana gruesa. Cuando regresó, no le gustó la forma como El Brujo la miró para agradecerle el mandado. -Está muy bonita la niña, Rigoberto. Tienes buen molde para las hijas porque me acuerdo que las dos mayores eran muy lindas también y hasta la enfermita tenía su gracia. -Dios me dio un canasto de cucas que a veces pienso que es parte de un castigo. Nunca tuve el varón que siempre quise. A lo mejor todo sería diferente si hubiera tenido un macho que me ayudara… El Brujo se quedó en el trastero de herramientas para la siembra. A medida que pasaba el tiempo, Rigoberto portaba cada vez menos por la siembra. Parecía haberle perdido el interés a sus verduras y legumbres. Hasta que abandonó por completo la actividad que por un tiempo era la que parecía mantenerlo lúcido a ratos. Supuestamente, la estadía de El Brujo sería por una temporada nada más, mientras encontraba una pieza donde mudarse. Pero los meses pasaban y no daba señas de estar buscando sitio a dónde irse. El cuarto de los trastes lo llenó de imágenes de santos y de brujería. En un rincón sobre unos guacales de madera improvisó un altar con María Lionza presidiendo al tope, montada en una danta. El Negro Primero y Guaicaipuro a cada lado de la diosa y más abajo la india Rosa, el indio Felipe, San Lázaro, Santa Bárbara, la Caridad del Cobre y Simón Bolívar. Siempre mantenía un velón encendido que le servía para alumbrar a los santos y para velar las contras y reliquias que hacía para sus clientes. También alumbraba los tabacos y las barajas con los que les leía el futuro a las personas. Un día de principios de abril del 75, fue el peor de todos los días para Hilaria. Después del almuerzo y sin que sus padres lo notaran, El Brujo pasó junto a la chica y le susurró al oído “Te espero en la pieza esta noche”. -Me voy a la pieza. Creo que prontito habremos terminado el trabajo, Rigoberto. Anoche tuve un sueño en el que me revelaron que el vudú ya estaba próximo a romperse. Estamos a nada de tumbar ese trabajo que te montaron hace tantos años y que por poco acaba con tu vida. El Brujo hablaba como si se dirigiera a Rigoberto pero no dejaba de mirar a Hilaria de arriba abajo. Teresa lo notó y le reclamó a su marido: -No me gusta que ese tipo siga metido aquí. No me gusta como mira a las muchachas, Rigoberto. ¿Hasta cuándo va a estar aquí? -El Brujo es un buen hombre, Teresa, y me está ayudando mucho. Ya me siento bastante mejor. No sé por qué Usted le tiene tanta tirria. Ese lo único que hace es rezarle a sus santos y ayudar a la gente… Cuando me quite la brujería que me montaron, ya va a ver como todo va a cambiar. Cuando me quite el vudú ese, ya tengo pensado ir a buscar trabajo en las oficinas del Metro porque ya están por empezar la construcción, Teresa. ¡Ahí sí nos vamos a forrar de plata!  Ya Teobaldo me dijo que me llevará con él a meter planillas porque tiene unos contactos buenísimos. Ahora sí vamos a ver los frutos de estos años en Caracas, Teresa, ya va a ver. -Desde que tengo uso de razón estoy oyendo el cuento del dichoso Metro ese, creo que me voy a morir y no veré que muevan un metro de tierra para construirlo… -Que no, chica. Ahora sí es verdad. El compadre de Teobaldo, el secretario del partido, le dijo que ya está a punto de arrancar la construcción y que van a necesitar muchos trabajadores… -Mientras Usted siga con las borracheras y las pepas para el “dolor de cabeza” no creo que le dure ningún trabajo. -Pues para eso es que cuento con El Brujo, Tere. Cuando ya la brujería no tenga fuerza se acabarán los dolores y le prometo que no vuelvo a beber. Es que solo las pastillas y el miche me calman la cabeza, Tere.

***

Milagros logró tranquilizar a su mamá y salió a buscar las cosas para el bebé, ese sobrinito que la vida le traía de sorpresa. Un sedante que le dio una enfermera ayudó a que Teresa cogiera mínimo y se sentara en una silla con la mirada fija en una araña que caminaba por el techo. No podía dormirse pero tampoco se sentía despierta. Un monito con su gorrito para el frío, guantes y escarpines a juego para el día que lo fueran a sacar del hospital. Todo amarillo, para la suerte. Unas franelitas en colores unisex. Pañales de algodón, biberones, mantas y cobijas, hasta una pequeña almohada y un peluche de Mickey Mouse le compró Milagros a la criatura. Se gastó todo lo que tenía de la quincena. Al fin y al cabo, se trataba de la primera de las hermanas que le daría un sobrino a las otras y eso tenía que ser un motivo de alegría, hasta en las peores circunstancias. Cuando regresó al hospital,  encontró a una enfermera tratando de que Teresa le hiciera caso a lo que le estaba diciendo. Pero la mujer seguía mirando la araña en del techo en la misma posición que la había dejado Milagros unas dos horas antes. -Es una niña. Necesitamos un nombre para identificarla en los papeles. Milagros sin pensarlo mucho le dio el nombre que tenía pensado para cuando Dios la bendijera con una hija: -Jacqueline, con c y con q, como la Kennedy. Jacqueline Altuve Urdaneta. La enfermera se fue y solo entonces Teresa volvió de su letargo: -¿Quién pudo hacerle eso a Hilaria? ¿Qué carajito desalmado pudo arruinarle así la vida a una niña, Milagros? ¿Cómo no me di cuenta de que algo pasaba con la güina? Milagros le mostró las cosas que compró. La tomó del brazo y fue a buscar más información sobre su hermana y su sobrina. Ya las estaban llevando a la habitación. Tendrían que permanecer uno o dos días en observación en el hospital y de acuerdo a cómo evolucionaran ambas ya les darían el alta. Aunque el médico les informó que todo había salido bien y que tanto Hilaria como Jacqueline, con c y con q, se veían sanas y estables, era mejor ser precavidos. Teresa no decía nada. Todo lo dejó por cuenta de Milagros. Sentía la cabeza pesada y la mente vacía. Un dolor en las cervicales le taladraba el cuello y una presión en los globos oculares y en la frente, la hacían sentir que en cualquier momento los ojos le saltarían de las cuencas. Pasaron dos días en el hospital y, aunque insistían con las preguntas, no lograban hacer que Hilaria dijera quién le había hecho el daño. La chica solo decía “No sé. No sé. No puedo decir nada. No sé…” y Teresa sentía que no tenía fuerzas para insistirle. El dolor en el cuello y en los ojos no mitigaba con nada. Los calmantes que le inyectaron no le hacían efecto alguno y la poca energía que tenía, la usaba para atender a Jacqueline. “No puedo decir nada porque a papá lo mataría…”.

Continuará
Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria
Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
Tercera entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZZ 
Cuarta entrega http://wp.me/p2UoX7-209
Quinta entrega http://wp.me/p2UoX7-20e
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