El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Hilaria (7)

hilaria2

(Cuento)

Séptima entrega

***

Ese día de abril, “El Brujo” la puso frente al altar de María Lionza, la hizo persignarse y rezar un Padre Nuestro y le dijo:

-Hoy terminaremos de tumbar el trabajo que tiene jodido a Rigoberto.

Hilaria no lo miró. Vio a Maria Lionza sobre la danta y le pareció ver que brotaban lágrimas de los ojos a la esfinge de la diosa. Por fin se acabaría ese infierno, pensó. Si como decía El Brujo, ese día terminaban con la brujería, ya no tendría que volver a la pieza ni aguantar al tipo y los olores y la humareda de inciensos y tabacos.

El Brujo prendió un tabaco y empezó a girar en torno a Hilaria lanzándole las bocanadas de humo. Tomó la botella de ron que tenía sobre la mesa de los santos, echó un chorro al suelo ofreciéndoselo a los muertos y tomo un buche que luego lo escupió con estruendo en la cara de la muchacha. Hilaria cerró los ojos. Ya había aprendido a que en cierto momento de las sesiones debía respirar profundo y abstraerse.

Haciendo un cuenco con la mano, El Brujo se echó ron y se lo derramó en la cabeza, luego con fuertes restregones que empezaban con ambas manos en la coronilla de la cabeza de Hilaria bajaba con fuerza rozando cuello y brazos de la chica hasta terminar azotando las manos en el aire como para expulsar de ellas lo que le sacaba a la muchacha. Al mismo tiempo, daba fuertes, rápidas y continuas chupadas al tabaco subiendo y bajando alrededor de Hilaria. Murmurando ininteligibles oraciones mientras sujetaba el tabaco con los amarillentos dientes.

Hilaria ya estaba lejos. Desde su nebulosa veía sin sentir. Ni cuenta se dio cuando El Brujo la despojó de su ropa y, desnuda, la acostó en la alfombrilla de mimbre. Con el ramillete de ruda comenzaron los azotes y los rezos en lenguas extrañas intercalando el nombre de Rigoberto Altuve de vez en cuando.

El brujo tomó un velón negro con 7 mechas y encendió las siete llamas una por una. Con la ruda en una mano y el velón en la otra danzaba alrededor de la muchacha, con pequeños brincos, pasaba por encima de ella. Un chorro de oscura esperma caliente le cayó en el vientre a Hilaria y, por un instante sintió que caía de su nebulosa por el dolor que sentía pues su piel ardió al contacto con la cera caliente. Se concentró, inhaló profundamente una vez más el viciado aire de la pieza y recuperó su lugar en la nebulosa.

El hombre no paraba de hacer ruidos y de danzar. En un instante bufó como un toro salvaje y se dejó caer sobre el cuerpo desfallecido de Hilaria. La chica acusó el cuerpo del hombre sobre el de ella, el peso le impedía respirar, pero con esfuerzo se mantuvo ausente de todo lo que pasaba en el pequeño cuarto.

En esta ocasión, El Brujo la sorprendió porque, por primera vez, él también estaba completamente desnudo sobre ella. Solo conservaba puestos los collares de colores y el colmillo del animal se le clavaba en medio del pecho. Hilaria apretó fuertemente los ojos y respiró intensamente. Inhalaba y exhalaba con dificultad. La desnudez del  hombre sobre ella la aterraba pero no quería permitir que el pánico se apoderada de ella y la bajara de su lejana nebulosa. Sentía la fetidez del ron mezclado con tabaco y chimó del aliento nauseabundo del Brujo impregnando su nariz y escuchaba muy lejanos los murmullos de rezos que le recitaba al oído. La chica luchaba de manera sobrehumana para evadirse mentalmente. Su cuerpo empezó a experimentar pequeñas convulsiones incontrolables. Inhalaba y exhalaba. Inhala, exhala. Respira hondo. Cierra los ojos. Su cuerpo no le respondía, los temblores eran cada vez más violentos. De pronto sintió que algo le desgajaba el vientre. Un dolor intenso en su vagina como si le rasgaran algo adentro con una navaja. Abrió los ojos y las lágrimas le corrían por los extremos. Los malditos temblores no paraban y ahora El Brujo parecía temblar a un ritmo acompasado con sus involuntarias convulsiones. María Lionza lloraba copiosamente, en silencio. San Lázaro soltó sus muletas y sus perros empezaron a ladrar pelando los dientes con furia. Guiacaipuro sacudía la cabeza y el Negro Primero reía a carcajadas. El Brujo restregaba su cuerpo contra el de Hilaria cada vez con más violencia y rapidez sin dejar los macabros rezos. La india Rosa se tapaba los ojos con sus manos temblorosas. Santa Bárbara blandió en el aire su espada como queriendo destajar la nada y con violencia volteó su copa. Del cuenco salió un río de sangre roja y espesa. El mundo se detuvo. Solo las lágrimas seguían manando de los ojos de Hilaria. Las salinas gotas eran lo único que no se detenía y corrían hasta mezclarse con la sangre de la copa de Changó.

Sin atender a lo que El Brujo decía acerca de que casi estaban listos con la brujería de su papá, Hilaria se vistió como pudo y salió corriendo de la pieza de las herramientas. No quería volver a pisar nunca más ese lugar. Se sentía sucia y le enfurecía que las lágrimas no paraban de brotar de sus ojos. Por suerte, ya todos en la casa estaban durmiendo cuando llegó. Con sigilo para no hacer ruido quitó la tranca de la puerta, cerró y se fue al baño. Necesitaba bañarse. Quería lavarse y quitarse toda la suciedad. Se frotó con fuerza el jabón por todo el cuerpo hasta casi hacerse daño. Quería arrancarse la piel. Sentía que no se le quitaba el hedor del aliento del brujo que llevaba como un pegote en su cuerpo y, de su vagina, subía un olor mortecino que la hizo arquear. Al final, se sentó en el suelo bajo el chorro del agua helada de la noche y lloró, lloró, lloró.

***

Teresa se dedicó en cuerpo y alma a atender a Jacqueline. No le importaban sus dolores de cuello cada vez más intensos ni la terrible presión en los ojos. No desamparaba a la nieta ni de día ni de noche. No quería que nadie que no fuera de la más estricta intimidad de la familia se le acercara a la niña. Hablaba poco. Apenas lo necesario. A Rigoberto no lo quería ni ver. Sus otras hijas tuvieron que hacerse cargo del hombre pues ella solo vivía para no dejar que a Jacqueline se le parara ni un insecto. Era como si estuviera decidida a no permitir que a la pequeña le pasara nada por un descuido de ella.

Cuando llegaron del hospital con su nieta y Rigoberto, cada vez más borracho y drogado, contó que El Brujo se había despedido el día anterior diciendo que ya estaba curado, que la brujería había sido tumbada y que ya podría tener el control de su vida de nuevo, Teresa entendió todo lo que había pasado.

Solo en  ese instante comprendió que quien le había dañado a su güina, a su pequeña,  era ese hombre que en mala hora metió en su casa su marido.  La culpa terminó de apoderarse de su alma y fue cuando decidió que, mientras ella viviera, a su nieta no le pasaría nada malo.

“Fue El Brujo”, le dijo a Hilaria cuando se quedaron solas. No era una pregunta, ni siquiera una duda. Era la certeza que como una revelación tuvo en el instante mismo cuando Rigoberto anunció la ida del desgraciado.

En un murmullo apenas audible, Hilaria le dijo “Sí”. Sin llanto y en un tono neutro que aterró a Teresa, la hija le contó a su madre cómo El Brujo la obligó a ir a la pieza para las sesiones para “curar” a su papá. Las amenazas de que, si no iba ella, tendría que llevar a Lucrecia y de que si decía algo, la brujería terminaría matando a su papá. Teresa se agarró el cuello que había empezado a dolerle como nunca, sentía  como si le estuvieran clavando un puyón entre las cervicales, intentando calmar la punción con la presión de sus manos sobre las vértebras, murmuró: “Maldito”.

Teresa quiso gritarle a su marido todo el odio que sentía, maldecirlo, ahorcarlo con sus manos, pero la falta de energía y la seguridad de que el hombre no entendería en medio de su borrachera nada de lo que diría, la hicieron desistir. No tenía sentido desgastarse con su marido que ya no era más que una piltrafa sin sentimientos ni remordimientos. Solo le dijo en tono de reproche:

-Ese desgraciado no solo no te curó. Te terminó de hundir en la mierda y malogró a tu hija preñándola con apenas 11 años y ahora tienes una nieta, hija de ese malnacido.

-¡El Brujo es un buen hombre! Son tus hijas las que nacieron torcidas y todas de piernas flojas. ¡Putas, todas! ¡Seguro ella se le metía en la pieza al pobre hombre para tentarlo!

Teresa lo dejó gritando solo. No quería volver a verlo nunca más. Los gritos alarmaron a Milagros y a Fabiola quienes llegaron de una vez con las pastillas y el vaso de agua en la mano para que su padre se calmara. Ya sabían que lo mejor era mantenerlo borracho y drogado para no tener que oír sus gritos y peleas que cada vez se hacían más violentos.

A Jacqueline la bautizaron a los pocos días de nacida. Teresa no paraba de decir que había que hacerlo lo antes posible porque los espíritus estaban detrás de la niña. Ella tenía pesadillas. Unas sombras siniestras llegaban en la madrugada para llevarse a su nieta. Estaba convencida de que las brujerías del malnacido Brujo le harían mucho daño a la pequeña si no recibía pronto el agua bendita y la bendición de un cura.

Pocos meses después, ante los cada vez más fuertes dolores de Teresa y contra su voluntad, la llevaron al médico. Un tumor voraz en su cerebro estaba acabando con la vida de la mujer. A los dolores se sumaron copiosas sudoraciones. Perdía kilo y medio por día. Cáncer, fue el terrible y fatídico diagnóstico. Un violento cáncer en el cerebro la convertía en un saco de huesos forrados en arrugada piel y, tres días después de diagnosticado el mal, se llevó a Teresa, cuando Jacqueline apenas cumplía seis meses de edad.

Continuará

Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria
Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
Tercera entrega http://wp.me/p2UoX7-209
Cuarta entrega http://wp.me/p2UoX7-209
Quinta entrega http://wp.me/p2UoX7-20e
Sexta entrega http://wp.me/p2UoX7-20i
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