El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Venezuela es una alimaña…

Ilustración realizada por Lerians Rojas

Venezuela es una alimaña.

Es el sueño de una hiena.

Víbora psicótica que frenéticamente devora su cola.

Zamuro que baila al momento de zamparse un pestilente pescado
mientras a su espalda se pudre el lomito de su próximo condumio.

Gato hidrofóbico que defeca en su alimento para que muera famélico el perro
aunque  él mismo sucumba luego por inanición.

Es un asno que persigue
una zanahoria envenenada
mientras cae por el despeñadero.

Delirio de una mantis religiosa estéril

Osa enfurecida
que engulle a su osezno

Araña histérica
que amordaza a una abeja

Pesadilla de un perro hambriento,
con torsión estomacal
que mira un suculento bistec.

¿Cuándo águila,
león,
delfín?

¡Ave fénix!

¿Cuándo?

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De tierras garciamarqueanas a un país kafkiano

Adios, Bogotá.

Adios, Bogotá.

Los ocho días pasaron volando. Bogotá logró cautivarnos, seducirnos y enamorarnos. Por momentos nos sentíamos que estábamos en la Venezuela de finales de los ochentas y principios de los noventas, en aquella Caracas que era una promesa de progreso, un pronóstico de bienestar y desarrollo. Aquella ciudad que no parecía dejar de crecer y afianzarse como una de las ciudades más importantes de Larinoamérica.

Caminar por la Carrera Séptima era como hacer un viaje al pasado, a aquellos días cuando recorrer el boulevard de Sabana Grande era una certeza de sorpresa y diversión. Entrar a un supermercado Éxito en Bogotá fue experimentar un dolor. Parado en medio de esos pasillos llenos de productos de todas las marcas y precios, con anaqueles atiborrados de Harina Pan en todas sus presentaciones, de papel tualé en bultos incontables, aceites de maíz para escoger… fue confirmar que Venezuela se fue a la mierda.

Que un país como Colombia que siempre fue el hermano pobre, el menos favorecido y con futuro más incierto, tenga la calidad de vida que hoy tiene y compararla con la “rica y petrolera Venezuela”, significó una punzada en el pecho y una certeza de que nos retrocedieron de golpe y porrazo a principios del Siglo XX. Y de que no hay excusa de “guerra económica” o “golpe económico” que justifique las penurias que estamos viviendo en la actualidad los venezolanos.

Del moderno y hermoso aeropuerto El Dorado de Bogotá, esa mágica tierra garciamarqueana que nos brindo hospitalidad y diversión, partimos luego de pasar un rato en su salón VIP, con aire acondicionado y alimentos para picar a gusto, y después de un breve y amable paso por migración. Sin traumas ni penurias. Como en cualquier país medianamente civilizado del mundo.

A la hora y media, aterrizamos en el kafkiano aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía. La cola en migración era interminable y parecía no moverse. Los funcionarios parecían querer mordernos a los pasajeros. Nadie tenía claro qué debía hacer y qué rumbo seguir. Todo se hizo por imitación, haciendo lo que hacía quien iba adelante.

Pasado el trauma, recogimos las maletas y nos encaminamos a la sección donde se suponía las  recibirían  para llevarlas al terminal nacional, donde debíamos tomar nuestros vuelos hasta las ciudades de Maracaibo – Cristian y yo –, y a Mérida, mi sobrina Moreli. Mientras caminábamos se oía la cantinela por los alto-parlantes de no sé qué cosa con los aires acondicionados para “optimizar el servicio”, lo cierto es que en varias áreas del aeropuerto, el calor era infernal.

Una vez frente a los counters, cuando pensábamos que ya podríamos seguir más livianos nuestro camino, nos informaron que no podían recibirnos el equipaje porque las bandas transportadoras estaban dañadas y que debíamos seguirlas arrastrando nosotros mismos hasta el terminal nacional. Así lo hicimos. Tratando de respirar profundo para no entrar en cólera porque todavía nos quedaban unas cuantas horas de espera.

Al llegar al nacional y consultar qué debíamos hacer para tomar nuestros respectivos vuelos, un atento funcionario del aeropuerto, nos indicó que debíamos salir del área de embarque, hacer la cola de chequeo afuera como la estaban haciendo quienes no venían en conexión y entrar de nuevo. Ante mi incredulidad y tono de protesta, el funcionario bajando la voz todo lo que podía y disimulando para que nadie viera y entendiera lo que me decía, balbuceó:

–Estás llegando a le República Bolivariana de Venezuela, amigo. Esto es lo que hay.

Tomamos nuestros peroles y nos fuimos. Cristian y yo, a Laser, y Moreli, a Conviasa, para hacer los chequeos y poder entrar al área de embarque. Veinte minutos de cola después, ya estábamos chequeados para Maracaibo y nos fuimos a buscar a Moreli para entrar.

– Me chequearon el pasaje pero no me recibieron la maleta porque es muy temprano –Me dice Moreli–. Tengo que esperar media hora por lo menos para poder dejar el equipaje.

–¿Y volver a hacer la cola? –Pregunto yo, sin poder dar crédito a la situación.

Me acerqué a hablar con la gente del mostrador de la línea aérea bandera de Venezuela, a ver si nos daban alguna solución. Nada. Lo que imperaba era el absurdo.

Un seguidor del gobierno que parecía estar muy conforme con lo que estaba pasando pues él también debía volver a hacer la cola, pretendió decirme que eso era “normal” y que qué podíamos pedir con unos “boletos tan baratos”. Casi me lo comí vivo. Esa especie de conformismo y mendicidad a la que nos han acostumbrado en Venezuela me exaspera. El pensar que no tenemos derecho a exigir un trato digno y respeto porque las cosas son supuestamente baratas (a pesar de que pagamos muy caro por todo) me saca de quicio.

–Vamos a hacer la cola de una vez – dije–, porque mientras chequean a todos los que ya están en fila, se pasa la media hora que los malnacidos dijeron que había que esperar.

Efectivamente, con el calor producido por “la optimización del servicio de aire acondicionado” y la rabia, sentía que me sofocaba pero pasó la media hora y mi sobrina logró entregar su maleta. Corrimos a la zona de embarque para pasar el sofocón en el aire acondicionado del salón VIP, y tomar agua fría o algo que nos refrescase.

Al abrir la puerta del salón, un vapor caliente de aire nos golpeó la cara:

­– Lo sentimos mucho –dijo la sudorosa chica en el mostrador–. El salón está lleno y el aire acondicionado no funciona.

Salimos despavoridos. Nos sentamos en una mesa de un restaurante para tomar algo. Diez minutos… quince minutos… veinte minutos… Nadie se acercaba a atendernos. Al cabo de un rato, decidimos mudarnos de lugar, al restaurante vecino. Nos sentamos y al poco rato llegó un mesero con la carta.

Decidimos pedir agua mineral, Coca-Cola, un café marrón y una pizza cuatro quesos para compartirla.

– Agua mineral no tenemos. Pero si quieren pueden comprarla allí enfrente y traerla. Tenemos refrescos.

–Bueno, tráigame una Coca-Cola.

–Coca-Cola no tenemos. Solo colita y naranja.

–Está bien. Traiga dos naranjas y un marrón.

­–Marrón no tenemos. No hay leche. Solo tenemos expresso y  guayoyo.

–Traiga los refrescos. Y una pizza cuatro quesos.

–Pizza no hay. El pizzero acaba de llegar y el horno todavía está apagado.

–¡Traiga los refrescos!

En el baño, no había ni jabón ni papel. Un hombre, el encargado de la limpieza, supuse, con una botella de agua mineral llena de jabón líquido te dispensaba la ración para lavarte las manos y dos pliegos de papel absorbente para secarte. Todo a cambio de unas cuantas monedas, por supuesto. Ellos también tienen que sobrevivir al socialismo del Siglo XXI.

Así terminamos nuestro delicioso viaje por tierra garciamarquiana, llegando a un kafkiano aeropuerto donde de inmediato se encargan de hacer sentir a nacionales y a turistas que, como me dijo susurrado por lo bajo, a lo cubano, el funcionario, “Estás llegando a la Republica Bolivariana de Venezuela”, cuna del socialismo del Siglo XXI, y “Eso es lo que hay”.

A los pocos días, se impuso en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía la revisión de Cadivi, pienso en lo que eso añade al infierno que vivimos a la ida y al regreso y se me paran los pelos. Después, crearon el Viceministerio para la Suprema Felicidad Social.

¡Qué ironía! ¡No?

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