El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivar para el mes “agosto, 2014”

Hasta barato me pareció…

pantene

Al salir del trabajo, después de haber ido a comprar un antialérgico y tener la suerte de conseguir el último que quedaba en existencia, y con las palabras de una señora que entró a la farmacia aún zumbando como un eco en mi cabeza: “¿Tienen jabón de baño o gel de baño?” en un tono de disimulada desesperación, como de quien quiere ocultar la humillación, pasé por un chino que descubrí hace poco para comprar jamón de pavo y queso mozzarella.

Debo confesar que me he negado consuetudinariamente a comprar en esos establecimiento de chinos porque me parecen que todos trabajan al margen de la ley y no pagan ningún tipo de impuestos. Pero la dramática escasez de productos que padecemos y la exorbitante inflación que carcome nuestros ingresos como un óxido al hierro, me han obligado a dar mi brazo a torcer y buscar la manera de rendir los cobres.

Hace pocos día descubrí que el kilo de mozzarella que  en la panadería-charcutería en la que habitualmente compro me cuesta 400 bolívares, en el chino que queda justo frente a la panadería, me sale a 280 y, con lo que compro un kilo de tocineta en el chino, apenas compro 200 gramos a mi charcutero.

15 pasos a la derecha de diferencia y 50 por ciento de ahorro.

En fin, que a eso de las 6 y media de la tarde, paré en el chino. Mientras pasaban mi queso y mi jamón de pavo por la rebanadora, se acercó una chica de unos 16 años, entre apurada y desesperada y dijo:

-¿Tienen champú? Un amigo me dijo que hoy compró aquí champú, ¿de cuál les llegó? ¿Pantene o Head&Shoulders?

-Llegó de los dos pelo ya no hay-. Dijo el chino con su cara de culo habitual. Jamás lo he visto sonreír a pesar de ser un joven como de 22 años. Aunque con los chinos es un albur calcular la edad.

-Te avisalon talde.

-¡Ay! ¿Y Prestobarba? Él me dijo que había conseguido también Prestobarba aquí.

Plestobalba si hay-

-Bueno, deme un paquete. Al menos compro eso que también es oro.

En ese momento, me percaté que de un alambre colgaban unos sobres de champú y acondicionador Pantene. Sobres como para una lavada de cabello. De los que tal vez se precisen dos, si es una larga melena. Sobresitos como de muestra gratis o de los que ponen en los hoteles.

Al verlos, recordé que en algún sitio, hacía poco, había visto guindados de manera similar de un alambre, unas bolsitas clic con unos cuantos gramos de leche en polvo. Más o menos la cantidad requerida para un tetero de un niño. En esa oportunidad, no tuve estómago para preguntar el precio de la leche. Me deprimía pensar en la necesidad que tiene que estar pasando una madre para alimentar a su bebé con una leche vendida en esas condiciones de insalubridad y preferí irme sin saber más.

Pero como hoy estaba de un humor a prueba de malas noticias, me atreví a preguntar:

-¿Cuánto cuesta un sobresito de esos de champú?

Tles bolívales.

Hasta barato me pareció…

Como si hubiera escalado el Everest en shorts

cedula

En busca de la ciudadanía robada 2

Con el gentilicio magullado y el orgullo patrio desvanecido luego del baño de realidad e ineficiencia burocrática y del fracaso del día anterior al intentar obtener mi cédula de identidad, robada a punta de revólver en diciembre, volví a levantarme antes del amanecer para con obstinada persistencia acometer nuevamente la empresa. Esta vez, en un pueblo cercano a Maracaibo.

El nuevo madrugonazo surtió efecto. Una hora de viaje y ya tengo el comprobante. (Sí, retrocedimos más 30 años, a la época cuando saqué mi primera cédula y daban primero un papelito verde que certificaba que el trámite estaba en proceso).

Llegamos un poco antes de las siete de la mañana y ya habia unas 50 personas en cola. Esperamos un rato allí en la acera a que llegaran los funcionarios del Saime. Afortunadamente hacía brisa y el calor no era agobiante, más bien estaba fresco.

Al ubicarnos de últimos en la fila, donde nos correspondía, un señor canoso con un gran termo de café, luego de que declináramos su oferta de vendernos un cafecito, nos contó:

-Ayer no había casi gente. Es que esto es una jornada especial de dos semanas. Aquí sacan cédula normalmente solo los lunes y es un berenjenal. A las dos de la mañana ya hay como 200 personas y atienden nada más a 100. Allí -señala al llamado “Mercado Guajiro”, un espacio en frente a donde nos encontramos y donde montan chiringuitos de buhoneros de venta de ropa- cuelgan los chinchorros y duermen hasta que abren las oficinas.

“Sin duda, pienso, estamos de suerte”. El cafecero prosigue:

-Si van a sacar cédula por primera vez, tienen que traer la partida de nacimiento original vigente. Si es renovación deben tener copia y original de la cédula vencida. Si es por robo, o extravío, hay que traer una denuncia puesta en la prefectura o la policía. Si el número de cédula pasa los 22 millones, también es necesario que traigan la partida de nacimiento original…

Extrañado ante este requisito, lo interrumpí y le consulté a qué se debía que los portadores de cédulas de identidad con números superiores a los 22 millones debían presentar la partida de nacimiento.

-Es que de los 22, 23, 24 y más millones, hay muchas cédulas escaneadas -falsas quiere decir-. Gente a la que le dieron cédula sin que presentarán la partida de nacimiento y que ni siquiera la tienen. Ahora están en revisión todas esas cédulas…

Es, sin duda, el resultado de aquellas cedulaciones express que se hicieron cada vez que se avecinaba un proceso electoral y que abultaron vertiginosamente el Registro Electoral Permanente de una manera asombrosa que en múltiples oportunidades fue denunciado por los partidos de oposición y organizaciones no gubernamentales veedores y garantes de la transparencia en las elecciones. Pocos años después, una vez más, la realidad les da la razón a quienes fueron, además de desoídos, desprestigiados por sus denuncias.

Poco después de las ocho de la mañana comenzaron a verificar que los usuarios llevasen los requisitos exigidos en orden y a pasar a tomar asiento en orden numérico en unas sillas rojas de plástico identificadas con las siglas del Partido Socialista Unido de Venezuela, Psuv, en el respaldar. Por suerte, el espacio era techado.

Como ya el día anterior, luego del fracaso en Zumaque y del paseo por el Saime de La Rita y por el aeropuerto, nos habían advertido de que la denuncia del robo en el cual se llevaron nuestras cédulas debía ser original, la tarde anterior nos acercamos con las fotocopias de la misma hasta la sede de la policía municipal para que nos hicieran el favor de ponerle un sello húmedo que certificase el documento como original. No hubo mayor problema, nos pusieron el sello solicitado mientras un señor con su hija nos contaba que acababan de abrirles el carro en la Vereda del Lago, donde habian ido a hacer ejercicios y los habian dejado sin documentos. Hasta la licencia de conducir que le habían entregado el día anterior a la chica por primera vez, se llevaron los choros. Nada que no forme parte de nuestra cotidianidad.

En efecto, el sello húmedo funcionó y accedimos al recinto. Al pasar por ese primer filtro de los requisitos, muchas personas fueron rebotadas, por lo cual a nosotros nos tocaron los números 28, 29 y 30. Tomamos asiento en las sillas plásticas. Pasaron los que estaban en la fila de la tercera edad. Todo tranquilo y muy organizado. Los funcionarios todos muy amables.

Empezaron a llamar por numero y, pasadas las nueve y media de la mañana, entramos a una oficina con aire acondicionado sorteando con éxito el segundo filtro de revisión de documentos.

La espera duró lo que tardó una hermosa chica morena en contarnos su calvario de varios intentos por diferentes oficinas del Saime para obtener su cédula. Esta era como la cuarta o quinta vez que trataba y, parecía que, por fin, lo conseguiría.

-El otro día me fui a Zumaque. Llegué a las dos de la mañana y ya había un montón de gente esperando. Allí dormí en unos cartones en la calle. Cuando me percaté de que los que estaban al lado mío le estaban comprando unos números a un hombre, decidí comprar yo también para asegurarme de tener un puesto que me permitiera entrar. 150 bolívares le pagué. Cuando empezaron a pasar y faltaban tres números para el mío, anunciaron que se había acabado el material. Perdí la madrugada, el viaje y mi plata.

“#VayaPalaMierda”, pensé y entonces me llamaron para continuar con mi trámite. Me senté frente al funionario. En la captahuellas me hacieron poner todos mis dedos en la pantalla, me tomaron datos y foto y pasé a la siguiente etapa.

-Esta denuncia es vieja -dijo el funcionario. Le puse cara angélica y le expliqué:

-Si. Nos robaron en diciembre en la casa y no ha sido posible sacar la cédula desde entonces. Cuando no es que no hay material, es que se acaba de terminar.

El chico se levantó con mis papeles en la mano, consultó con un superior y regresó. Imprimió el comprobante y me lo dio:

-El lunes a las dos de la tarde, con este papel, puede retirar su cédula.

Le di las gracias. Me despedí de todos y salí. A pocos metros del Saime, nos desayunamos unas deliciosas empanadas de maíz pilao rellenas de carne mechada y otras de papá con queso, acompañadas con una Coca-Cola que era lo único que el simpático señor de la comidería tenía para beber.

El hombre además de amable estaba tan contento porque le había llegado el agua por varios días seguidos que cuando le pedí prestado el baño me dijo:

-¡Cómo no! Pero para acá no se lo puedo traer. Pase, es en esa puerta. Si quiere se puede hasta bañar porque tengo agua recogida.

Así es la gente sencilla, es feliz con poco y transmiten su felicidad sin mezquindad.

Una hora más de viaje para regresar a Maracaibo. Dos mañanas productivas de mi negocio destinadas a obtener un documento que la Constitución dice que es un derecho. Horas hombre de trabajo que se pierden en un trámite que no debería tardar más de media hora. No importa. Ha sido mi pequeño triunfo. Una vez más me he impuesto sobre el deterioro al que nos tienen sometidos y me siento como si hubiera conquistado el Everest en shorts y franelilla. La próxima semana, con seguridad, merendaré con esas ricas empanadas, ya con mi cédula laminada en el bolsillo.

Golcar Rojas

En busca de la ciudadanía robada

cola2

Cinco y media de la mañana. La angustia de quedarme dormido a pesar de haber puesto la alarma del teléfono y programado el televisor para encender a diez para la seis hace que me despierte antes de lo pautado.

Por las rendijas que deja la cortina del cuarto ya se empiezan a colar las luces del día que empieza a clarear. A pesar del aire acondicionado, el cuerpo acusa el calor y la humedad característicos de los días infernales de agosto en Maracaibo. El bochorno.

Para evitar volverme a quedar dormido, me levanto. Quiero que lleguemos a Zumaque antes de las siete de la mañana para conseguir sacar la cédula de identidad, documento de ciudadanía del cual carezco desde el 22 de diciembre gracias a la amabilidad de los choros que nos encañonaron con sendos revólveres cargando con todos los papeles. ¡Ocho meses y no ha sido posible obtener el documento!

Voy con Laura y Cristian que están en similares condiciones.

Después de mucho rodar, pasar por zonas realmente feas de la ciudad y preguntar,  logramos llegar al bendito sitio denominado Zumaque en donde se encuentran las oficinas del Saime.

En el camino recuerdo que debia llevar copia de algún papel y pienso que a lo mejor por lo temprano de la hora y lo lejano del lugar, se me hará difícil conseguir donde hacerla. ¡Es que todavía no me acostumbro a esta nueva Venezuela de la bandera de ocho estrellas y el escudo con el caballo virado! A las afueras del recinto que tiene mas pinta de cancha deportiva que de oficinas de identificación,  pulula un floreciente comercio informal donde hacen copias, a blanco y negro, a color, ampliaciones, plastificado… Todo un centro de copiado en plena acera y bajo un toldo de lona con varios puestos que prestan el servicio, además de ventas de empanadas, refrescos y café.  Todo el habitual comercio que florece alrededor de la ineficiencia oficial de la revolución chavista.

Hacemos las copias que necesitamos, las pagamos más caras que lo que nos hubieran costado en un negocio formal de un centro comercial de esos que pagan servicios, tienen aire acondicionado y pagan los impuestos de ley. Pero, bueno, se paga y se agradece el no tener que dar más vueltas con este madrugonazo.

Entramos al recinto. Nos paramos oteando a todos lados intentando discernir de qué va la cosa. Cómo se desenvuelve ese mar de gente que tenemos en frente haciendo diferentes filas y los otros que se aglomeran en varias partes de la cancha techada.

Ante lo indescifrable de la situación, decido preguntarle a un miliciano con uniforme verde oscuro al más claro y puro estilo cubano:

-Buenos días, ¿Dónde es la cola para sacar cédula?

Con voz apenas audible que delata sumisión y hasta cierto temor, me dice:

-Yo no sé.  Pregúntele a mi teniente.

Y me señala a otro uniformado que se encuentra sentado conversando con una mujer. Me le acerco y repito mi pregunta.

-La última allá, la que está más cercana a la reja.

Entramos para ubicarnos de últimos en la fila. La hilera no debe ser de menos de 150 personas y junto a la nuestra hay otra larga fila de la tercera edad.

Respiramos profundo y nos ubicamos resignados a pasar una larga y calurosa mañana pretendiendo obtener ese pequeño papel plastificado con nuestra foto que certifica que somos ciudadanos de este país. En la fila, se ve gente precavida que vino con bancos y sillas plegables y hasta un señor con una colchoneta.  Muestra de que llegó tan temprano que durmió en la cola.

Junto a nuestra hilera, tras la reja, otro centro de copiado. Aprovechamos de sacar copia de la denuncia del robo que nos acaban de informar que la pedirán para poder hacer el trámite. Pagamos la copia a precio de joyería. La gente se comienza a impacientar. Pasan los primeros 40 y los de la tercera edad, no obstante, nuestro sitio en la fila no se altera, no avanzamos ni un centímetro.

El bululú se calma para volverse a alborotar al rato. Un joven más bien bajo, con un carnet guindado al cuello con una cinta roja que lo identifica como funcionario, comienza a anotar a la gente que pasará y a anotar en la parte trasera de los documentos, luego de verificar que estén en orden, el número que le corresponde a cada persona.

A algunas personas las rebotan. Sus documentos están fallos. No porta la denuncia del robo de su cédula al CICPC. Una chica indignada cuenta que a ella la devuelven porque no se parece a la foto de la cédula vencida que lleva. “¡Cómo me voy a parecer si tenía nueve años cuando la saqué!”. Ahora aparenta unos veinte y tantos.

El funcionario termina de anotar y la cola no merma en lo mas mínimo. Anuncian que ya se acabaron los numeros por hoy que habrá y que volver otro día. Son cerca de las nueve de la mañana. Una señora vestida con una franela que la identifica como fiel seguidora del proceso revolucionario, se lamenta:

-Yo me paré a las dos de la mañana para venirme a sacar la cédula. Hasta miedo me dio al salir de mi casa porque en la esquina unos hombres en moto atracaron a una muchacha que estaba llegando a su casa y ahora me salen con que tengo que volver…

La gente se dispersa. Decidimos ir a la oficina del Saime en La Rita, una población a unos 15 minutos después de pasar el puente sobre el Lago de Maracaibo. Tenemos la ingenua esperanza se que allí haya menos gente y nos puedan atender. El hambre aprieta. No hemos tomado ni café.

Al llegar al sitio, el cogeculo de gente a las puertas de la institución es tal, que ni siquiera nos bajamos a preguntar. Son la nueve y pico y decidimos desayunar. Unas empanadas grasientas y recalentadas y una malta a la que le noto un nuevo diseño en la botella. Pienso “¿Será que es colombiana porque aquí ya no hay o será que La Polar, a pesar de todo, sigue invirtiendo en este país?” Seguimos vía al aeropuerto de La Chinita.

Las informaciones que tenemos de la oficina del Saime en el aeropuerto son confusas y hasta opuestas. Van desde “Esa oficina la quitaron hace meses”, hasta “Una amiga mía sacó su cédula allí la semana pasada”. Decidimos ir personalmente a cerciorarnos. En efecto. La oficina ya no existe. Después de perder una mañana productiva de trabajo, “pasear” por el Zulia con tráfico y calor de infierno, y un madrugonazo llegamos a nuestras casas, agotados, sofocados y en la misma condición de indocumentados que salimos en la mañana.

En el trayecto recuerdo que el difunto Chávez se enorgullecía de la eficiencia de la Misión Identidad y del sistema biométrico y automatizado de identificación instalado en el país. Cuando uno en una cola se quejaba del desastre de país que estamos viviendo, siempre saltaba un oficialista a resaltar las bondades del Saime y la rapidez con la que uno sacaba su cédula y obtenía su pasaporte. Era prácticamente la única bandera de eficiencia que podían enarbolar. Ya ni eso.

Y uno se pegunta “¿En qué galpón u oficina se están enmoheciendo y dañando las cientos de miles de máquinas que se compraron en Venezuela para las jornadas de cedulación que hacían con regularidad en cada esquina del pais? ¿En casa de quién fueron a parar las miles de cámaras fotográficas que había para sacar cédulas? ¿Y las computadoras? ¿Tendremos que esperar un nuevo proceso electoral para que el régimen vuelva a poner celeridad en el trámite de identificación del ciudadano o esta historia de retroceso, como todo el retroceso del país, es irreversible?

Una vez más siento que mi identidad se desvanece, que más que la cédula me han robado la ciudadanía. Vivo en un país que cada vez reconozco menos y que se empeña a diario en desconocerme a mí con descarnada insistencia. Mañana haremos otro intento. Otro “paseo” por otras latitudes del Zulia. Si no resulta, tocará recurrir al habitual soborno de algún funcionario que, 200 o 300 bolívares de por medio, nos haga el favor de pasarnos para sacar el documento. Alguien tiene que haber que esté haciendo su negocio a punta de matraca en este caso, como en todos.

Golcar Rojas

Vivir en un paréntesis

parentesis

Hace 16 años en Venezuela se abrió un paréntesis. Muchos apoyaron, muchos celebraron, muchos se pusieron a la orden del nuevo gobierno para colaborar en la recuperación del país y la profundización de la democracia. Tendremos una democracia participativa y no solo representativa como hasta ahora. Otros estábamos recelosos, desconfiábamos de un gobierno en manos de militares golpistas. Unos y otros, en todo caso, creímos que se trataría de un paréntesis de cinco años. Ese paréntesis duraría lo que duraba un período presidencial, a lo sumo.

Pasó el tiempo. Vino la constituyente.  Empezaron los desencuentros y las desilusiones. El régimen empezaba a mostrar el tramojo pero aún había fiesta de triunfo en muchos sectores. La esperanza del cambio no se desvanecía. El paréntesis seguía abierto.

Se empezaron a crear argucias legales para afianzar el régimen en el poder. A vuelo de pájaro creo recordar que una decisión del Tribunal Supremo de Justicia determinó que el período presidencial no debía teminar cuando le correspondía

No obstante,  muchos insistían en que ya estaba por cerrarse ese paréntesis.  Al régimen le queda poco. Está  “débil, asustado y acorralado” por eso actúa como actúa. De allí tanto desafuero. La procrastinación nos invadía.

Llegó el 2002, un paro general de actividades pondría cierre al paréntesis. El país no aguanta más. Llegaba el fin de unos funestos años. Ningún gobierno podría sostenerse con cientos de miles de personas en la calle y toda la actividad productiva, incluyendo la principal fuente de divisas, la industria petrolera, exigiendo su salida. El paréntesis estaba por cerrarse. Es sólo cuestión de aguantar un poco.

Llegó el golpe de Estado. La confusión. La supuesta renuncia. La entronización de Carmona Estanga. La supresión de todos los poderes. La persecución de algunos. La huída de otros. La muerte de muchos. Cerrar el paréntesis traía consecuencias.

De pronto. Unas negociaciones. Unos hechos que aún no quedan claros. La carta de renuncia no era tal. “La cual aceptó”  ya no fue más.  El retorno fantasmagórico a media noche del tirano depuesto. El paréntesis seguía abierto.

20 mil trabajadores de la petrolera quedaron sin trabajo de un pitazo, literalmente. Hasta de sus viviendas los sacaron. Los persiguieron para que no encontraran trabajo en otros sitios. Muchos se fueron del pais. Otros lograron montar negocios. Algunos empezaron a hacer comida para vender. No había por qué asustarse. El paréntesis algún día se cerraría y regresarían todos a sus puestos de trabajo para reconstruir la industria que estaba en el suelo. Serán recibidos como héroes y su sacrificio recompensado, cuando el paréntesis se cierre. La industria y el país no aguantarían muchos años en esas manos inexpertas.

Vino el cierre de RCTV que para muchos sería la guinda.  Si se atrevían a ir contra el más viejo y popular canal d televisión, el paréntesis se cerraría definitivamente. Lo cerraron. “Un amigo es para siempre”. Miles de personas quedaron sin trabajo pero tranquilos, eso sería por poco tiempo. RCTV más temprano que tarde regresará . El paréntesis estaba próximo a cerrarse.

Tuvimos elecciones de diputados en 2005. La línea de la oposición fue abstenerse de participar. Eso es una pantomima. No vamos a convalidar al régimen en una Asamblea Nacional. Si no hay representantes de la mitad del país opositora en esa Asamblea todas sus acciones serán ilegítimas e ilegales y el mundo la desconocerá… El paréntesis tendría que cerrarse forzosamente ante un régimen ilegítimo donde la oposición no tendría  voz ni representación.

Venevision y Televen empezaron a bailar al son que sonaba en Miraflores. De un plumazo cerraron más de 30 emisoras de radio. Pero no había de qué preocuparse. Eso no sería para siempre.  Lo que vivía el país no era más que un paréntesis.

Cerraron miles de empresas e industrias. El país se deterioraba a toda prisa. Cada vez se producía menos. No había inversión en infraestructuras. Venezuela se sumía en la oscuridad por falta de inversión en el sector de la electricidad. La población crecía, se triplicaba y la infraestructura de Venezuela no le seguía el ritmo. No se invertía, no se crecía en servicios al ritmo que lo exigía el crecimiento poblacional. El parque automotor se triplicó y las vías seguían siendo las mismas y sin mantenimiento. El colapso se hacía inminente. La delincuencia, el narcotráfico, la corrupción, la entrega de las FAN, de ministerios, de la nación a manos cubanas era intolerable. La palabra “pran” se hizo familiar y el secuestro y el sicariato cotidianos en cualquier ciudad. La inflación no tiene límite ni control. El país se rebelaría  en cualquier momento para cerrar este oprobioso paréntesis de nuestra historia. No se podía humillar tanto al “bravo pueblo”.

Cada nueva elección se nos decía que ahora sí llegaba el fin. El paréntesis a puntico de cerrarse. Metieron presos a muchos por órdenes dadas en cadenas de radio y televisión. Murió Franklin Brito reclamando justicia. Todo signos de que el régimen estaba por caer.

Sin apenas darnos cuenta y sin reaccionar nos vimos haciendo cola. Tres, cuatro horas de cola para comprar alimentos básicos cuando hay y racionados. Largas colas para la gasolina, para el gas. El numero de.cédula paso a ser el control del racionamiento. Los anaqueles de los supermercados se vaciaron. No hay. No hay. No hay.  NO HAY. Ni azúcar, ni aceite, ni harina de maíz, ni harina de trigo, ni jabón de baño, ni detergente para lavar ropa, ni afeitadoras, ni pañales, ni papel tualé, ni medicinas, ni insumos médicos en hospitales, ni cauchos para vehículos, ni baterías… En cualquier porche de vivienda una ponen una mesa con los productos inexistentes en loa supermercados a cuatro veces su precio sin que haya autoridad que lo evite y sancione. En muchos sitios el mercado negro es controlado y cuidado por policías y militares.

El exilio se volvió sino y signo de la venezolanidad actual. Las familias se desmembraron. Las despedidas de ojos salobres nos marcan a diario. Ayer un hijo, hoy un hermano, mañana un amigo. Venezuela pasó de ser hogar de acogida de inmigrantes a regalarle sus hijos al mundo. Se cuentan por miles los venezolanos que se han ido procurando el futuro, el bienestar y la tranquilidad que les niega hoy su país natal. Se van con la expectativa de un posible futuro retorno, cuando el paréntesis se cierre…

Ese paréntesis abierto se hace eterno e invivible, pero se sobrevive en la esperanza de que un día habrá de cerrarse.  Esto no lo aguanta nadie. Esto es insoportable. Sigue la procrastinación.

Y llegó el cáncer. La enfermedad nos salvaría. La parca se encargaría de hacer lo que los venezolanos no pudimos o no quisimos. La muerte nos cerraría el paréntesis.

Murió.

Cual monarca, dejó un sucesor. Al que menos esperábamos. Al menos preparado. Por quien nadie daba medio. Quién definitivamente cerraría el paréntesis porque ni hablar sabe. Imposible que con semejante currículum y falta de preparación el país vote por él. Las elecciones pondrían fin al paréntesis y punto final al desastre.

El sucesor ganó las elecciones. No durará 6 meses. Imposible que semejante personaje gobierne al pueblo “que el yugo lanzó”. No creo que a este le aguanten lo que le aguantaron al difunto. Pasaron los meses. Llegaron las guarimbas. Llegó el diálogo.  Llegó #lasalida. Pasó un año.

Ya no quedan medios de comunicación independientes más allá de El Nacional y uno que otro programa de radio. Globovisión, Últimas Noticias y El Universal más tardaron en decir que no cambiarían su línea editorial que en incumplir su palabra. La censura es el pan de cada día. Los diarios han reducido sus páginas gracias a la falta de papel y divisas para importarlo. Otros han cerrado.

El régimen está débil. Está acorralado. Se siente débil y por eso hace lo que hace. Están raspando la olla porque se saben fuera. El país no aguanta más. La procrastinación se perpetúa. El paréntesis sigue abierto…

Golcar Rojas

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