El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Lo que calla la noche

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Un homenaje a lo efímero.  A la urgencia de expresar. Una magnífica forma de manifestar la contundencia que puede llegar a tener la brevedad.

Son poemas, que son sentencias, que son microcuentos, que son tuits. Tuitpoemas.

Son textos escritos entre hashtgags, etiquetas, que no llegan en la mayoría de los casos a 140 caracteres pero contienen una historia, un relato que se cuenta y se sugiere.

Lo que calla la noche‘ está impregnado de sensualidad, de erotismo, de feminidad. Es pura pasión de mujer que se revela en pocas palabras y con pocas letras desnuda su alma en la urgencia de un tuit.

La sencilla y artesanal edición de libro refuerza ese sentido efímero que posee un tuit. Un texto que se pierde en un timeline de miles de seguidores pero que deja una huella en quien lo leyó.

El débil papel kraft que cubre las toscas hojas de papel bond da la sensación de que, como un tuit, se irá diluyendo, deshaciéndose con el tiempo. Y el trazo simple con que se realizó la imagen de mujer que ilustra la portada dice mucho de la urgencia en la expresión y de ese mundo de feminidad que encierran los cortos poemas.

Georgina Ramírez, autora de los poemas,  unos mejor acabados que otros, algunos con un sutil acercamiento a la cursilería sin llegar a caer en ella, salvándolos con un inteligente giro. Todos llenos, impregnados, de apasionante feminidad y sensualidad, se declara adicta a las redes.  De allí su destreza para plasmar sentimientos en Twitter, la red del microblogging.

Ediciones del Movimiento, de Maracaibo, tuvo la pertinente iniciativa de plasmar esos tuitpoemas en un pequeño formato de libro y rescatarlos, con prólogo de la poeta Jacqueline Goldberg, de esa vorágine que llega a ser un timeline de Twitter para poder disfrutarlos en cualquier momento.

Golcar Rojas

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Te voy a llevar al cielo

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Este es el título de una historia de ficción que escribí y que ahora está a la venta en Amazon.

Es una novela corta escrita en clave de humor negro llena de intriga, suspenso, sexo y perversiones en el marco de un país en revolución.

Es la historia de un joven que al salir de bachillerato decide, en vista de las condiciones de su país, dejar de estudiar y empezar a trabajar para ganar dinero. Su padre, tratando de disuadirlo de esta decisión termina pidiéndole a un amigo que emplee a su hijo, aún menor de edad, para trabajar como empleado de la limpieza en un motel de lujo donde los clientes van a satisfacer sus más extravagantes fantasías.

Pero un día, la vida de Ángel, el joven limpiador de habitaciones, da un vuelco al encontrar en la Suite Heaven del Sueños Inn el cadáver de una hermosa mujer vestida de novia sexy. A partir de allí, obsesionado con la víctima, con quien sueña que le pide ayuda, trata entonces de descubrir quién y por qué mataron y abandonaron en la Suite a la hermosa chica viéndose inmerso en un complejo mundo de perversión y manipulación política.

La novela está disponible en Kindle en la página de Amazon -solo en formato digital- y puede ser adquirida clicando en este link:

http://www.amazon.com/dp/B00TPZMIYM

A continuación, dejo un abre boca de la historia que conseguirán si se animan a continuar leyendo:

Te voy a llevar al cielo

Por Golcar Rojas

1

La muerta de la Suite Heaven

–José Alberto, tienes que venirte ya al Sueños Inn.

– ¡Coño, Andrés! No son ni las seis de la mañana. A esta hora ni las calles están puestas y menos un domingo ¿Qué te pasa?

–No te lo puedo decir por teléfono. Tú sabes que estos bichos están pinchados y es una vaina grave y pa’yer.

–A ti te encanta un misterio, Andrés. De vez en cuando se te sale la loca intrigante que tienes reprimida por dentro. Dime cuál es la verga…

­– ¡Coño, José Alberto! Deja la pendejada y mueve el culo que es de vida o muerte. No quiero que venga la policía antes de que tú me digas qué hacer.

– ¡Verga! ¿Policía? ¡No me cagues! Ya voy pa’llá.

José Alberto se pasaba las manos alternadamente por la cabeza tratando de poner sus pensamientos en orden. Para nada le gustaba lo que se había encontrado en el Sueños Inn. Su intuición de hombre curtido en  ambientes de bajos fondos le decía que si no actuaba con cautela todo podría salirse de las manos y complicarse.

–Esto es fatal para el Hotel y para los dueños. Ahorita lo que menos nos conviene es un escándalo de este tipo –Dijo José Alberto al llegar a la escena del crimen, mirando alternativamente a Ángel y a Andrés.

–Tendré que llamar a Carmelo, el dueño, antes de hacer nada porque esto hay que tratarlo con mucho cuidado y discretamente. ¿Qué viste, tú, Ángel?

–Nada. Me había quedado dormido en el pasillo porque no tenía nada qué hacer y mientras esperaba que desocuparan alguna habitación para limpiarla, cabeceé sentado en el suelo al fondo del corredor. Me despertó un ruido metálico y cuando abrí los ojos vi un tipo con mono deportivo y gorra que cruzaba con paso apurado el pasillo para irse. Traté de llamarlo pero no me dio chance. Después, me conseguí a la diosa aquí en la cama de la Heaven cuando entré a limpiar. Pensé que estaba dormida. Cuando la toqué me di cuenta de que estaba muerta y le avisé a Andrés.

–Bueno, primero que nada, tú, desapareces, Ángel. Un menor de edad metido en esta historia es lo que menos nos interesa ahora. Andrés, para los efectos subsiguientes, incluso para Carmelo, tú, al ver que el hombre se iba solo, subiste a ver qué pasaba, porque esperaste un rato a que saliera la mujer y nada que aparecía. Como estabas seguro de que no habías visto salir a la chica, subiste a ver qué sucedía y te encontraste la sorpresa en la habitación. Ángel no figura en toda esta historia. ¿Estamos claros?

Ambos asintieron con la cabeza con un sí, apenas audible.

–Voy a llamar a Carmelo. Él sabrá qué hacer.

Mientras marcaba el número del propietario del la cadena Sueños Inn. José Alberto le dijo a Ángel  que se fuera. Que desapareciera rápidamente del hotel.

–Carmelo, necesito verte en persona, pero es ya.

–Ya va. ¿Viste qué hora es? No hace ni media hora que llegué de la fiesta de los ascensos militares y hasta medio borracho estoy. Ya me iba a dormir. Mejor nos vemos en la tarde. Te llamo y…

–No. ¡Tiene que ser ya! Y es grave el asunto. Tiene que ver con el hotel, pero por teléfono no te puedo decir nada. Es muy delicado.

–Pásame una pista por pin a ver si es en verdad tan importante. Yo sé cómo exageras con toda vaina.

José Alberto escribió: «Nos dejaron una novia muerta en la Heaven».

« ¡Vergación, voy pa’llá!» contestó Carmelo.

Afortunadamente para José Alberto, era domingo y a esa hora las autopistas están libres. En poco más de 10 minutos llegó Carmelo al Sueños Inn a pesar de que vivía en el extremo opuesto de la ciudad.

Mientras subía con José Alberto en el ascensor, rumbo a la suite Heaven, el gerente lo iba poniendo al tanto de la situación. Le contó la versión que había acordado con los empleados minutos antes. Ya no había rastro del menor por ningún lado.

Entraron juntos a la suite. A Carmelo le llamó la atención el orden perfecto en que se encontraba todo en la habitación. La cama estaba como recién hecha y no había muestras de violencia por ningún lado. El asesino se tomó la molestia de arreglar todo y acomodar el cadáver en el medio de la cama como si esperara una sesión fotográfica para la revista Hola.

–Aquí no parece que hubiera habido pelea ¿no?

Dijo mientras se acercaba a la cama donde yacía el cadáver de la mujer.

– ¡Ah la puta! ¡Es María Virginia, la esposa del General!

–No sé de quién hablas Carmelo, pero no me gusta nada la combinación de muerta, Sueños Inn y General. A mí sí me daba un aire a alguien conocido pero no sé bien de dónde…

–Es la mujer del General Edelmiro Berroterán. Con razón que la muy zorrita no estaba anoche en la fiesta celebrando con su marido el ascenso a General de División. La muy perra tenía su fiesta privada. Esa mujer con su carita de virgen de Murillo nunca me dio buena espina –Dijo Carmelo mientras recordaba cómo le habían presentado a la mujer de Berroterán en muchas oportunidades y siempre se hacía la que no lo conocía.

En una oportunidad en que se atrevió a acercarse y preguntarle por qué siempre simulaba no conocerlo a pesar de haber coincido tantas veces en diferentes reuniones y tener tantos conocidos en común, María Virginia le confesó que no quería tener cercanía con alguien de quien todo el mundo decía que era el testaferro de Dagoberto y que era propietario, o mampara por lo menos, de un hotel de lujuria y sexo que más parecía un lupanar que un hotel.

«No es nada personal en tu contra, Carmelo –dijo María Virginia con amabilidad pero con firmeza–. Es que no me gustaría que mi imagen se viera por algún equívoco relacionada con alguien de quien se rumorea que trafica con sexo y corrupción»

«Es bueno saberlo, señora –Dijo Carmelo tratando de contener su ira y disimular su odio­–. Así nos evitamos malentendidos. Trataré de no volverla a importunar con mi presencia».

Ese día Carmelo se juró que algún día la mujercita se tragaría sus palabras y su desprecio. Algo muy negro debía esconder cuando la sola presencia de alguien como él la hacía sentir tan incómoda.

– ¡Bella la condenada! Tan santita que se veía. No hagas nada todavía, José Alberto. Nada de policía por ahora. Déjame llamar a Dagoberto a ver qué nos recomienda hacer. Él es amigo de Berroterán y posiblemente juntos decidan qué es lo mejor que podemos hacer. Ya lo voy a llamar.

Mientras hablaba, Carmelo sacaba el Blackberry por el que se comunicaba con el diputado Dagoberto Hernández, Vicepresidente de la Asamblea Nacional de Diputados. Era una línea que sólo estaba destinada para hablar con el diputado y que solo debía utilizar para casos de suma importancia. La aparición en el Sueños Inn de la esposa del General, amigo y compañero de tolda política del dueño del hotel, asesinada en semejantes circunstancias era, sin duda, un caso de tanta importancia que ameritaba la utilización de la línea en cuestión. Carmelo contemplaba la escultural mujer mientras intentaba comunicar:

«Estaba comiendo bien, el Generalito –pensó– Esa mujer es una diosa».

–Dago, necesito verte en 15 minutos en el parque que está a dos cuadras de tu casa.

– ¡Tú estás loco, Carmelo! Acabo de desvestirme para acostarme. Vengo llegando del after hour de la fiesta.

–Loco vas a quedar tú, cuando te diga lo que pasa. A mí hasta la pea se me pasó del tiro. ¡Apúrate que tenemos un bombita en la mano y si nos tardamos mucho nos explotará!

–Ok. En quince minutos en el parque. ¡Qué ladilla!

Carmelo tomó unas cuantas fotos del cadáver con su teléfono para llevárselas a su “socio” como prueba de que todo era cierto, sabía muy bien lo desconfiado que era Dagoberto y había aprendido hacía mucho tiempo que al diputado todo había que probárselo sin que quedarán espacios para dudas. Antes de salir, le dio una ojeada al video de seguridad, haciendo una foto del monitor en la parte donde mejor se distinguían los dos personajes antes de entrar a la habitación.

–Que nadie vuelva entrar a esta suite hasta que les demos órdenes, José Alberto. Y nada de comentarios ni rumores al respecto. –Dijo y salió a toda prisa a reunirse con su socio.

***

Que el diputado Dagoberto Hernández era dueño de la mayoría de las acciones de los hoteles Sueños Inn, especialistas en hacer realidad las fantasías eróticas más imposibles, era un secreto a voces en el país. Así como también, que era propietario de la mayoría de los casinos. De los legales primero y de los clandestinos, después, cuando por ley fueron prohibidos. También era propietario de una cadena de supermercados en la que nunca escaseaba ninguno de los productos que no aparecían en los anaqueles de los supermercados nacionales y de una importante línea aérea. Todo mediante testaferros. Perros fieles de su absoluta confianza, dispuestos a dar sus vidas por mantenerle el secreto al diputado.

Las malas lenguas murmuraban que, después de ser un teniente sin pena ni gloria, que logró alcanzar importantes posiciones políticas gracias al padrinazgo de “Gigante”, con quien en años de servicio militar había acometido una fracasada intentona golpista para derrocar al presidente del país, y por cuyos favores había llegado a amasar una cuantiosa fortuna, gracias a la explotación del dólar paralelo, cuyo precio en el mercado, insistían los insidiosos adversarios, era fijado desde unas oficinas de administración que tenía en un importante edificio de la capital del país y desde sus instalaciones en Florida.

Algunos, incluso, sostenían que era “El Canciller”, apodo con el que se referían a uno de los jefes del cartel de narcotráfico denominado “La Cancillería”, con actividad delictiva a nivel internacional en el tráfico de estupefacientes a gran escala. Nada de esto era comprobable pero medio país lo daba por cierto.

Sus más recalcitrantes opositores aseguraban que era el hombre más rico y poderoso del país, uno de los más ricos de Latinoamérica y que era el verdadero poder, detrás del poder, junto con su compañero de tolda política, amigo y compadre, el General Edelmiro Berroterán.

Los rumores daban cuenta de un hombre taimado, cínico y ambicioso, que estaba al tanto de lo más mínimo que acontecía en la nación y que no caía una hoja de un árbol sin que él se enterara, lo autorizara y tratara de sacar provecho y ventaja de eso. Hasta de la honestidad en su relación con el compañero y compadre, Edelmiro Berroterán, se dudaba en los corrillos de pasillos y había quienes decían por lo bajo que el diputado se la había jurado a su compadre y que en cualquier momento lo atacaría por el lado que más le dolería.

Sus seguidores, por el contrario, metían las manos al fuego tanto por el diputado como por el general. Decían que todo eso eran rumores de la oposición malsana y perversa que los querían fuera del gobierno. Inventos de los golpistas que vivían conspirando contra Gigante y sus más cercanos colaboradores. Si alguien les insinuaba la posible propiedad de Dagoberto de los Sueños Inn o su aparente participación en el negocio del narcotráfico, saltaban como fieras a decir que Dagoberto era un “hombre cristiano. Un hombre de Dios, que llegó pobre al gobierno y saldría igual, porque jamás se prestaría para semejantes tipos de comercios, ni para marramuncias”.

***

– ¡Coño, Carmelo!, espero que la supervivencia de la especie humana dependa de lo que me vas a decir porque no he dormido nada y ya se me está desarrollando un ratón que me hará estallar la cabeza.

–Tú me dirás si es grave o no. Tenemos una muerta en la Suite Heaven. La afortunada ganadora del pasaje sin retorno es nada más y nada menos que María Virginia, la esposa del General Edelmiro Berroterán, tu amigo y compadre. Aquella, a la que le molestaba mucho que pudieran vincularla contigo, con tu hotel o conmigo.

Dagoberto se desplomó sobre el banco de cemento del parque tratando de ordenar sus pensamientos y aclarar su mente.

– ¿Cómo fue? ¿Quién fue?

–No sabemos. Parece que la ahorcaron con una cinta de seda, por lo que vimos. Se registraron con nombres falsos y a eso de las cinco de la mañana, al recepcionista, le llamó la atención que el hombre saliera solo del hotel. Esperó un rato a que saliera la acompañante y como no la veía, fue a la habitación donde consiguió el cadáver. Lo extraño es que todo está en su lugar. No hay muestras de pelea o violencia y la mujer está como dormida. Lo único que tiene es una línea en el cuello que delata el ahogo.

– ¿Y las tarjetas de crédito?

–Pagaron en efectivo, como hace la mayoría de los que van con sus amantes y no quieren dejar rastros.

– ¿Y las cámaras de seguridad?

–Después de llamarte, fui a ver los videos. Pensé que podía encontrar algo pero solo se aprecia a la mujer llegando con un hombre vestido de mono de hacer deportes, una gorra que impide, junto con un falso bigote, que se distingan las facciones del rostro. Es un tipo atlético, alto, calculo que mide más de un metro noventa, porque es más alto que la difunta y ella es más alta de lo normal para una mujer latina. Dice José Alberto que Andrés, el recepcionista, le comentó que, cuando se registraron, no les paró mucho porque tenían pinta de ser la típica parejita que iba a hacer realidad su fantasía de la ricachona y el entrenador del gym. Mira, tomé estas fotos para que las vieras.

Carmelo le tendió su teléfono abierto en la carpeta de imágenes para que Dagoberto las observara.

–Pásame esas fotos por pin ¿Quiénes saben de esto? ¿Has avisado a alguien?

–Solo lo sabemos Andrés, José Alberto y yo. Bueno, ahora tú. Ya les dije en el hotel, a quienes saben del caso, que nada de comentarios. No hemos avisado a nadie porque quería esperar tus instrucciones.

–Está bien. No llames a la policía. Voy a hablar con Edelmiro. Él tiene que estar al tanto de todo lo antes posible para que nos dé instrucciones de cómo actuar. Al fin y al cabo, la mujercita era su esposa y es a él al que más le afecta todo esto. Vete al hotel y espera allá las indicaciones. ¡Coñuelamadre! Ahora tengo que ir yo a llevarle la noticia al compadre, con lo encabronado que está con esa caraja desde que la conoció en París, tanto, que hasta logró distanciarnos un poco, aunque no del todo.

2

La sexy novia dormida

Poco antes de las cinco de la mañana, un ruido metálico despertó a Ángel que se había quedado dormido en el suelo del pasillo del hotel Sueños Inn, esperando a que se desocupara alguna habitación para proceder a limpiarla. Sobresaltado, el adolescente abrió los ojos y pudo ver cómo un hombre vestido de mono deportivo oscuro y gorra en la cabeza, devolvía apurado la escoba al lugar de donde la había tumbado al tropezar con el balde de aluminio. Se tapaba aún más el rostro con la visera de la gorra y se perdía al doblar en la esquina del pasillo.

“¡Caramba, terminaron pronto! –pensó Ángel mirando hacia el fondo del corredor, al punto por donde se perdió el deportista en su carrera al huir–. La mujer como que lleva más prisa que él, porque ni se paró a esperar mientras el tipo acomodaba el estropicio que hizo al tropezar el balde lleno de agua”.

–¡Qué bueno que hoy me podré ir más temprano! –dijo mientras se levantaba y desperezaba–. “Limpio la Heaven y me largo. Al terminarla ya serán como las seis y media…”.

La puerta de la Suite Heaven estaba entreabierta. Evidentemente, la parejita tenía prisa por salir y ni siquiera tuvieron el cuidado de cerrarla bien. Ángel se percató de que la mayoría de las lámparas estaban apagadas. Apenas se vislumbraban unos reflejos de luz en la penumbra.

–Esos deben estar poniéndole los cuernos a sus parejas y no quieren que los vean –Dijo Ángel a media voz y sonrió–. ¡Típico! Los que salen antes de que amanezca y apuraditos así, es porque no están en cosas muy santas que digamos.

Fue a buscar el carrito de la limpieza que estaba aún en el fondo del corredor, se puso los guantes, exprimió el lampazo con la palanca y secó el agua que se había derramado cuando el hombre tropezó.

Empujó el carro y sonriendo aún, pensando en los vaporones que pasan las parejas infieles cuando se ven descubiertas, se dirigió a la puerta de madera maciza en cuyo frente ponía en letras doradas y cursivas “Suite Heaven“.

Con un empujón del carrito de limpieza terminó de abrir la puerta y con una patada del pie derecho, sin soltar el manubrio, la cerró de un golpe suave tras entrar a la habitación. No encendió las luces de una vez. Le encantaba contemplar el efecto que en la obscuridad producían las estrellas, lunas y planetas fosforescentes que se encontraban desplegados por todos los cielos rasos de esa suite. Era uno de los espacios del hotel que más le gustaban y excitaban sin saber exactamente por qué.

« ¿Cuántos pajazos me habré dado yo en esta suite? De todas las habitaciones y suites de este tiradero de lujo, ésta es la que más me gusta y me pone cachúo». Pensó.

Pasó a la semi–oscuridad de la salita recibidor, empujando el balde sobre ruedas y persiguiendo la tenue luz que salía de las lámparas de los costados de la cama king size de la habitación principal.

«Si no estuviera tan mamao y no me quisiera ir temprano, me daría una buena paja hoy, porque ya el cachorrito se me está alborotando». Le divertía referirse a su miembro viril como si se tratara de una mascota mimada y desde que había entrado a trabajar en el Sueños Inn sus hormonas parecían haberse salido de control.

Sacudió la cabeza para espantar esos pensamientos libidinosos. Se conocía muy bien y sabía que sí seguía por ese camino, terminaría soltando los implementos de limpieza y masturbándose frente a un espejo y se había propuesto terminar pronto con la suite para irse a su casa. Sin dejar de contemplar las figuras fosforescentes de los techos, empujaba los utensilios dentro de la habitación pues limpiaba siempre desde el fondo hacia afuera, como le habían enseñado.

Cuando llegó al dintel dio un frenazo violento al carro y se paró en seco. Su respiración se detuvo por unos segundos ante la sorpresa y el corazón se le empezó a acelerar al ver la imagen que tenía frete a sí.

Tendida boca arriba, sobre la mullida cama cubierta con sábanas y edredones con motivos de nubes, soles y lunas y almohadones de plumas también con fundas celestiales, que simulaban una mullida nube azulada, yacía una mujer vestida con un negligé de seda brillante, medias de nailon con encajes, sostenidas perfectamente tensas por unos ligueros en tonos marfil. Todo el ajuar de la “bella durmiente” era de un impoluto blanco.

La cabeza la tocaba un corto velo de novia de tul, blanco también, sostenido por una pequeña tiara de falsos brillantes que contribuían a sacarle brillo a la negra, larga y ondulada cabellera, perfectamente peinada hacia el hombro izquierdo. El pelo era tan negro que parecía tener destellos azulados según le incidiera la poca luz de las lámparas sobre las mesillas a los costados de la cama.

–Perdón, señorita, pensé que la suite ya estaba vacía… como vi salir hace rato al señor y dejó la puerta abierta… señorita, seño… –Musitaba Ángel con cuidado de no despertar a la huésped de manera brusca. No se atrevía a acercarse por temor a la reacción de la dama. Temía que si actuaba rudamente la mujer podría sobresaltarse y armar un escándalo que pusiera en peligro su empleo.

La contempló un rato en silencio. Se fue acercando a la cama con sigilo pero sentía que el ímpetu que iban adquiriendo los latidos de su corazón lo delataría y su fuerte bum bum despertaría a la diosa. A medida que se aproximaba al cuerpo plácidamente tendido en el lecho celestial de la cama, podía ir distinguiendo en la penumbra la hermosura de la fémina. Con el corazón dando tumbos se quedó un rato en silencio junto al lecho, admirando la belleza de la tersa y provocativa piel blanca, suave como la seda del negligé. Las cejas gruesas y limpias, perfectamente peinadas y los labios pintados con carmín rojo sangre. Todo en conjunto la hacía parecer una diosa en reposo esperando ser despertada por algún elegido ser.

***

Con Proserpina en la piel

El hermoso ejemplar de Proserpina llegó a mis manos gracias a Elsy Manzanares.

El hermoso ejemplar de Proserpina llegó a mis manos gracias a Elsy Manzanares.

“Solo hay una zona rotunda del sexo que nos llama,
una tierra totalmente clausurada a la que queremos llegar con el amor
y esa región hermética, impronunciablemente mítica donde detrás de Justina
me acecha María Lionza mirándome como Isis con los ojos redivivos
de mi prima Proserpina”.

Armando Rojas Guardia

Proserpina, de Armando Rojas Guardia, es un texto denso, hermético. Un cuento cargado de imágenes poéticas, metáforas, símbolos y significantes que lo hacen una historia que es una y varias.

Es este un cuento escrito en clave de profecía, de predicción, de videncia del futuro que sucederá a los personajes en El Cairo. Es como un flash forward. Un recuerdo del futuro, musicalizado con Fauré. ¿Puede el amor redimir el pasado en un futuro?

El futuro recompone el pasado y, desde el pasado, ese futuro luce como una redención. Como una expiación. Como la poesía de Lezama Lima, autor al que menciona y remite Rojas Guardia, las imágenes, símbolos y estructura del cuento marcan la historia con ritmo y profundidad poéticos, que le dan un hermetismo característico.

En Proserpina hay tres tiempos: Un futuro que a ratos parece ser como una videncia que proviene de las brasas y cenizas de un tabaco  fumado a los pies del altar de María Lionza y, por momentos,  luce como una sublimación de un pasado oscuro, marcado por la culpa, que trata de ser expiada con el paso del tiempo. Un pasado, más realista, menos romántico, más como la vida misma. Sin eufemismos. Y un presente que es el tiempo del autor, que nos lleva del futuro ¿imaginado? a ese pasado que pretende redimir. Tres partes separadas pero entrelazadas por la presencia de Proserpina, el erotismo, el amor, la culpa y la muerte.

Es como si el protagonista del cuento quisiera adelantar el tiempo para que el recuerdo cubra todo la culpa del amor incestuoso, corrija esos intentos fallidos en el sexo de los amantes, cubra con el manto de la sublimación las decepciones y pecados de esa historia a orillas del río Tuy, signado por la pasión erótica de un joven que con desenfreno se une a esa morena entrada en carnes de la hacienda familiar mientras en su mente juguetea y sueña con las carnes de su prima.

En ese futuro “ideal”, el amor y el sexo también serán idealizados. El paisaje exótico de Egipto y el refinamiento de los personajes contribuirán a dejar en el closet lo prosaico de aquel amor juvenil en el bucólico paisaje de un pueblo del interior de Venezuela.

¿Acaso existió o existirá aquel embajador en El Cairo? ¿O es todo una invención, una idealización? ¿Es la Proserpina del futuro visionado en Egipto la idealización de la prima Proserpina de orillas del Tuy? ¿Es todo una videncia de lo que realmente pasará o no es más que el deseo, el anhelo del autor de que la historia hubiese sido de otra forma? ¿Es el personaje o es el autor el que busca expiar culpas y redimir o redimirse? ¿Es el futuro predicho como será? ¿O es como el tiempo y la mente del protagonista terminarán viendo el pasado. Recordando de manera idealizada lo vivido?

La historia de Proserpina es una historia sórdida, signada por la culpa, lo sexual y la muerte contada a ritmo de poesía. Las metáforas e imágenes de Rojas Guardia la embellecen, le dan sentimiento y profundidad. Las descripciones del acto sexual son tratadas con un verismo alejado de la vulgaridad. Con un intenso erotismo descarnado pero sin atisbos de pornografía. Su historia cala en el alma.

Uno termina el cuento de Armando Rojas Guardia con la sensación de que la prima Proserpina se quedó en nuestra piel.

“Proserpina”. Armando Rojas Guardia.
Ediciones La guayaba de Pascal. 2014.

“Otro inquilino de Plaza Odot” de Fernando Núñez Noda

Foto tomada de Ciberneticón http://ciberneticon.com/preludio/

Foto tomada de Ciberneticón http://ciberneticon.com/preludio/

Tiene Fernando Núñez Noda una capacidad especial para despertar en mí una especie de susto con algunos de sus textos. Crea unos mundos ficticios, irreales, paralelos que a medida que voy leyendo me embargan de temor, de una aparente certeza de que lo que estoy leyendo puede ser o convertirse en real.

Ese susto lo experimenté a medida que iba recorriendo las líneas de su novela “Otro inquilino de la Plaza Odot”, un thriller periodístico cargado de suspenso y contado en tono de historia de ciencia ficción muy al estilo de Minority Report, aquella película futurista que en 2002 protagonizara Tom Cruise dirigido por Steven Spielberg.

La historia es una investigación periodística sobre un hombre, una presencia, un ectoplasma, un nosesabequé que habita en las instalaciones de Plaza Odot y que se ha tornado en una obsesión para los administradores del lugar. Es una novela en la que el autor nos remite a La carta robada de Poe pues, como en el cuento policial del estadounidense, una carta robada le da al personaje el poder sobre el devenir de la historia.

El personaje del huidizo Inquilino le permite a Núnez Noda hilar una trama de misterio que atrapa describiendo un mundo imaginario en el que la tecnología y los avances de internet, bits, redes,  pasan a convertirse en un personaje siempre omnipresente en la trama que tal vez es lo que contribuye a crear en el lector ese susto de que podría ser o llegar a ser una realidad aterradora.

La novela está escrita en dos partes plenamente diferenciadas. Una primera parte narrada por un narrador omnisciente que cuenta cómo el periodista investigador se ve obsesionado gracias a la atracción de una mujer, por la historia que le encomendaran investigar sobre el misterioso inquilino, para un reportaje que en un principio no le apetecía en lo absoluto.

Y una segunda parte narrada en primera persona por el  propio inquilino por medio de una carta que dejara al periodista investigador. Un cambio de narrador que, no obstante, logra mantener la unidad de estilo y la ilación de la historia.

Aunque la novela está ubicada en los primeros años del siglo XXI, tiene un tono y estructura que la ubican a mí entender en una especie de novela futurista, de historia de ciencia ficción.

Al final, es inevitable hacer un paralelismo entre la historia del Inquilino y la propia historia del autor pues tanto el protagonista de la novela como Núñez Noda se desplazan en el espacio, huyen del caos, se mudan en busca de un futuro mejor o de una realización personal augurando un destino de cambio  y posible retorno, si no del propio inquilino,  sí de unas nuevas generaciones. Así lo dice el Inquilino:

“El caso es que ya mis ojos acarician el plateado océano, cruzamos las alturas hacia tierras antípodas, mientras garrapateo estas confesiones”.

Para terminar con esta predicción:

“Lejos de esta tierra de éxodo nacerá en los próximos cinco años la tan esperada, anticipada y magnifica Ciudad Odot, nueve veces mayor que su hermana la ciudadela.

Y es entonces cuando el otro inquilino de Plaza Odot piensa traer una nueva generación a este mundo”.

Nota: La novela será presenta en físico el jueves, 20 de noviembre. The Chill Concept. 114 NE 20th Terrace. Miami, Fl. 33137 – 8 pm. Y está disponible en Amazon

Mis 10 libros en Facebook

libros fb

Hay en el facebook una catajarria de jueguitos insoportables, de esos que hinchan las pelotas como dirían los perfectísimos argentinos, en los que lo etiquetan a uno para hacer unas especies de cadenas que terminan siendo un verdadero coñazo.

El tema es que te nombran y tienes que hacer lo que te invitan a hacer, por más ridículo que te parezca, y al mismo tiempo echarle la vaina a unos cuantos amigos más, quienes a su vez se supone que deben continuar el incordio hasta que, supongo, algún día, te vuelve a caer la plaga a ti. Tengo en mi bandeja de mensajes unos cuantos jueguitos que dejé guindando sin siquiera dar explicaciones. Que la vaina, en términos criollos, es una ladilla.

Pues bueno. En estos días, el amigo Juancé Gómez me convidó a hacer una lista de mis 10 libros preferidos. Luego de pensar en escurrir el bulto y hacerme el policía de Valera, me animé y escribí en mi muro la lista de mis libros.

Doy fe de que lo allí escrito y descrito es rigurosamente cierto y que cada libro mencionado tuvo los efectos descritos en mi alma, espíritu y mente y que tal vez de allí provenga este entuerto mental que intelectualmente me caracteriza. La lista, como toda lista, es arbitraria y está compuesta por los títulos que salieron espontáneamente de mi archivo mental, de primer golpe y sin escudriñar mucho. Si la hiciera con más detenimiento posiblemente terminaría siendo otra lista pero, al final, esto fue lo que dije en facebook y transcribo aquí con muy pocos retoques:

Ok. Juancé, aunque me ladillan un poco estas listas y hubiera debido mandarte a hacer puñetas como sabiamente lo hizo Milagros González, como me agarraste de buen humor –cosa rara en mí–,  voy a ponerme al descubierto.

No están en mi lista los grandes maestros de la literatura.  Esos, pocas emociones me han despertado. Me han enseñado muchas cosas pero muy pocas emociones, realmente.

Mi lista va de libros que por diferentes motivos y en diversas épocas de mi vida cayeron en mis manos,  los leí y me impresionaron independientemente de la calidad literaria y la originalidad o profundidad.

1º – A los 14 años cayó en mis manos “Motín en el reformatorio” de Jack Thomas, una historia perversa y negra no apta para un niño de 14 años de La Parroquia que me devoré impresionado con el relato. Por ese entonces, vivía mi hermano Toño detrás del reformatorio de Mérida y cuando escuchaba a las reclusas gritar obscenidades y cochinadas a los hombres a través de las ventanas, recordaba la cochambrosa novela de Thomas. Al día de hoy me eriza la piel la imagen de esas chicas, casi niñas, violando al vigilante del reformatorio en el baño.

2º – Al poco tiempo, paró en mis manos sin saber porqué pues no creo que ningún adulto me lo hubiera podido recomendar, un libro que,  por lo gordo y por las páginas de papel cebolla, parecía una biblia y que fue causa de mis desvelos adolescentes, pues me daban las cinco de la madrugada pegado a la historia de un grupo de jóvenes adolescentes que pasan un verano desenfrenado en un pueblo español, consumiendo cuanta droga se cruzaba en su camino, mucho sexo y licor y mucha diversión. “Los hijos de Torremolinos” de James A. Michener. Tampoco apto para la edad. O tal vez sí.

3º – “Por quién doblan las campanas”, de Hemminway, otro libro que me erizaba la piel y no me dejaba dormir. Eso de no preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti. Me retumbaba en la cabeza al cerrar el libro y apagar la luz.

4º “El pájaro espino”, de Collen McCollough. Tenía como 17 y las hormonas alborotadas. La sórdida historia de amor entre el cura y la protagonista me dejaba siempre con una erección. Nunca superé que, al final, todo termina siendo para la protagonista como un castigo divino a tanta irreverencia y lascivia. “Hay un pájaro que desde que nace empieza a buscar la espina más grande y alta del bosque. Cuando la consigue, la clava en su corazón y canta por primera y única vez en la vida. Entre más se hunde la espina y se aproxima la muerte, más lindo es su canto”. Versión mía del epígrafe de la novela. La versión seriada para la televisión, después, fue una decepción.

5º – “Shogún”, de James Clavell. Otro mamarro de libro que leí en inglés en mis meses en Wilmington,  Carolina del Norte, y que me presentó el fascinante mundo japonés con todo su exotismo y enseñanza de vida y la impresionante costumbre del sepukku.

6º – “Peonía” y otros libros de Pearl Buck, novelas que me mostraban el contraste entre el mundo chino y americano y que me gustaban por lo fácil que era leerlas y disfrutarlas. Siempre recuerdo una escena en una de ellas en la que la protagonista comentaba como había resuelto el contraste entre el impoluto blanco de la ropa de bebés de los gringos y el poco higiénico colorinche de los vestidos chinos. Ella decidió vestir a su bebé con ropa interior asépticamente blanca y la ropa exterior con la alegría de los colores chinos. Era su forma de sacar lo mejor de los dos mundos.

7º – “Las sandalias del pescador”, de Morris West, que puso en duda todo un sistema de creencias y enseñanzas, sobre la vida, la fe y la religión.

8º – “Entrevista con la historia” de Oriana Fallaci y otros libros de ella que me metieron el gusanito del periodismo en el cuerpo y me mostraron que los grandes personajes de la historia no son más que seres humanos con sus virtudes y muchos defectos.

9º – “El túnel” de Sábato que me mantuvo loco por casi un mes. Deambulando por las calles y haciendo cosas impensables a la gente que me quería. Hoy me juzgarían por violencia hacia la mujer y al prójimo.

10º – Los cuentos de “Autopista del Sur” y de “El perseguidor” de Cortázar que fueron mis noches de cielo estrellado en isla de Coche hace 30 años, tirado en el suelo de la plaza Bolívar del pueblo, a la luz de una farola y recostando la cabeza a un banco. Coche era dos calles de tierra entonces y oscuridad absoluta en la mayor parte del pueblo. Al día de hoy paso por esa plaza y me parece reconocer a “Circe” entre los arbustos de la plaza, o ser empujado por sombras invasoras en “Casa tomada”, o el atasco de la autopista francesa, o la impresionante visión de “Continuidad de los parques”…

De ñapa, te dejo mi biblia: “Memorias de Adriano” de Marguerite Yourcenar, un libro que es enseñanza de vida. Que a mí me enseñó a vivir. Si los seguidores de Paulo Coelho y toda la paja loca de la autoayuda tomaran esa biografía del emperador romano, la leyeran, saborearan, deglutieran, asumieran y entendieran toda la enseñanza que encierra sobre la belleza, los placeres de la vida, el amor, la tolerancia y la estrategia, quemarían en una hoguera a Coelho con sus libros y aprenderían a vivir la vida a plenitud.

Eso es todo querido amigo. Largo porque no sé hacerlo corto.

P.S. No me etiqueten en jueguitos del facebook, plis.

Las horas claras de Jacqueline Goldberg

jac

Con algunos libros y autores me pasa que en oportunidades leo y al terminar, fascinado con la historia,  siento en el fondo que yo podría haberla escrito.

Con Jacqueline Goldberg me sucede todo lo contrario. Termino sus obras absolutamente convencido de que jamás yo podría haber escrito un texto como el que acabo de vivir. Siempre quedo con una extraña sensación de vértigo en la boca del estómago. Un desasosiego. Con un dolor revelado. Un vacío suspendido. Y con una indescriptible inseguridad al momento de querer referirme a lo que acabo de leer porque me da la impresión de que no hay manera de plasmar en una reseña ese mundo que se devela en cada texto de Jac.

“Las horas claras”* no ha sido la excepción. Lo leí a sorbos, despacio. Como quien degusta un fuerte y delicioso brandy que pega en el paladar pero cuyo fuerte sabor fascina, atrae e invita a un siguiente trago. Luego lo releí para descubrir nuevas fascinaciones. Nuevas lecturas. Nuevos sabores.

No es solo ese cabalgar entre la poesía y la prosa, entre la novela y el poema, que la hizo merecedora del premio XII del Concurso Anual Transgenérico, lo que fascina en “Las horas claras”. Es también la habilidad que tiene Jacqueline para encontrar la palabra exacta. Su precisa utilización del lenguaje,  que hace que en un párrafo o verso, con potentes imágenes nos cuente una historia completa para la que cualquier otro escritor precisaría de muchos párrafos.

Las pausas, la respiración que exige la lectura de “Las horas claras” la hacen parecer un poema casi épico. Pocas líneas con imágenes precisas le bastan para contar un capítulo completo. No hay reiteraciones, repeticiones o enumeraciones innecesarias. Cada línea está y cuenta lo que necesita contar.

Al leer y releer “Las horas claras”, me da la sensación de que en la historia se entremezclan las emociones de la protagonista con las de la propia Jacqueline Goldberg.  Parece narrar por momentos, más allá de la historia de la Villa Savoye y la angustia de Madame Eugénie Thellier  de la Neuville, sus vicisitudes con el arquitecto Le Corbusier y esa casa que no parece terminar de ser como la ha soñado, sus propias angustias y temores.

La novela pareciera entreverar magistralmente lo que es la vida de la Villa Savoye, la angustia de Eugénie y las emociones y obsesiones de la narradora. Con la constante, atrayente y atemorizante presencia de esas oronjas verdes que por momentos parecen querer y poder acabar con su atractiva morbidez, con la vida de la protagonista. ¿O son tal vez una amenaza para la casa… o para la narradora?

Es que “Las horas claras” es “… ese paraíso que seguía siendo retrato, autorretrato. Epitafio, vertedero.”. Es esa casa que gotea… gotea… se agrieta… se arruga. Pero ¿es la casa o es Madame Savoye la que se deteriora? ¿O es la propia narradora?

jac1¿Transfiere Jacqueline sus temores y angustias a la Villa Savoye y a la protagonista sus propios temores y angustias o se ha sentido identificada con ellas? Como cuando dice “Lo padeció antes de los cuarenta años, cuando una histerectomía le hizo sentir la proximidad de la muerte. Su cuerpo albergaba malignidades inaguantables. La vaciaron de cuajo. Aun siente mordimientos en el abdomen, cansancio al retroceder”. Y uno inmediatamente se remite a aquella última de las “Postales negras”** que empieza diciendo:

“Sobre el escritorio

reposa fotografiado mi útero descolgado,

amasijo que tan poco dice

de la tenencia y de sus fibras.”.

(…)

“Aún siento mordimientos en el abdomen

cansancio al retroceder.”.

¿Es Madame Savoye o es la Goldberg en ese instante?

Así como en el género, se mezclan, confunden e intercambian las historias. La casa, la protagonista y la narradora parecen ser cada una, metáforas o símiles de las otras.

“La casa ha comenzado a padecer. Aún sin columnas ni desagües. Posee la ignorancia de los muros nunca culminados, la soledad de los pasadizos obstruidos”. ¿La casa? Y otra vez:

“La villa comienza a emitir aullidos de cal. Se contorsiona, desobedece, lista para ser habitada”.

Ese posible reflejo entre el personaje y la autora queda plasmado desde el comienzo cuando dice:

“Hubiese querido ser cantante o bailarina o escritora o pintora. Ser alta, robusta, de cabello claro. Habría dado lo que fuese por lucir una voz ronca, mirada punzante, manos sutiles, menos sísmicas.”. ¿Es esta Eugénie o Jacqueline que aferra el lápiz entre sus dedos en su eterna batalla contra los incontrolables temblores?

Así la historia nos va seduciendo. La casa parece habitarnos. La sufrimos y padecemos. Cuando la casa está tomada por los soldados y llueve. Uno siente que sus defectos, esas fallas que enervaban a su dueña, ahora le sirven de defensa y de venganza:

“Llueve.

Seguramente también llueve dentro de la villa, sobre las cabezas desorbitadas de los soldados alemanes”.

Ese indefinible mundo entre lo que es, lo que fue y lo que imaginó la autora nos atrapa. Nos envuelve. Vivimos la historia narrada, la guerra que es textual y es metáfora de la guerra interna de personajes y narradora. Nos golpea con mano suave que acaricia.

Un cuerpo se arruga.

Un país se resquebraja.

Una guerra. Unas grietas. Unas gotas. Un temblor.

“Esta casa es más mía que ninguna. Vi crecer sus muros, le veré nacer arrugas. Pero seré yo quien muera.”…

“Las horas claras” es un dolor sin drama. Una tristeza sin llanto. Un sufrimiento sin quejas. Al final, la casa -¿como el cuerpo?-, comienza a ser un padecimiento,  un fantasma que se le viene encima.  Jamás volvería la protagonista a esa casa que recibiría la luz de las horas claras, que traería  la claridad. “El sueño se había hecho inhabitable”.

*Las horas claras, Jacqueline Goldberg. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2013.

**Postales negras, Jacqueline Goldberg. Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011.

Margarita Infanta, un boleto para viajar en el tiempo

Hay en la vida de uno como lector algunos libros que parecen buscarlo para ser leídos. Obras que se posan allí, en nuestro camino como diciedo “aquí estoy, esperando por tus ojos para sentirme vivo y hacerte sentir vivo”. Libros que bien pudieron haber sido escritos por uno mismo porque lo que cuentan es tu historia. En sus páginas está tu vida, o parte de tu vida.

Algo así me sucedió hace poco cuando fui a la librería Nacho buscando los “Siete pecados capitales del venezolano” de Juancé Gómez y “Kilómetro cero” de Leonardo Padrón.

Mientras curucuteaba en las estanterías esperando que la dependienta me localizara los libros requeridos en el sistema, un pequeño libro, con la vieja fotografía de dos niños con caras tristes y de desconcierto, pareció hacerme señas. Era una imagen de dos infantes tímidamente tomados de la mano y vestidos como provincianos niños un día de domingo para ir a misa. Tomé entre mis manos el ejemplar y leí la portada: Margarita Infanta. Francisco Suniaga. Literatura Mondadori.

Una obra de formato pequeño. La pasta mate y dura (ya casi no se consiguen libros con ese tipo de pasta). En el envés daba una resumida descripción sobre el tema tratado y ponía, como una profecía de lo que conseguiría en las páginas interiores, el precio: 55,00 bolívares. Hacía mucho no veía un libro que costara menos de 100 bolívares y menos aún con la calidad del que tenía en mis manos.

Tomé el libro y, lentamente, lo acerqué a mi nariz. Inspiré profunda y suavemente el olor del papel. El aroma, inmediatamente me hizo viajar en el tiempo, a mis 10 años en La Parroquia, en Mérida.

El olor me ubicó en la librería Coquito, frente a la plaza Bolívar, en el local que mi madre le alquiló a Mercedes Pinto para que montara la primera -y por muchos años, única- librería y papelería con la que contó el pueblo. Allí pasaba mis tardes infantiles entre revistas y libros impregnados con ese mismo olor que brotaba de la obra de Suniaga. En ese momento, sentí que Margarita Infanta se convertía en una promesa de amena lectura, en un económico boleto para echar un paseíto por la infancia. 55,00 bolívares por un pasaje para viajar en el tiempo, ¡Eso es un regalo!

Con mi pequeño tesoro, me fui a casa y, una tarde de largo y caluroso apagón eléctrico a nivel nacional que nos dejó no solo sin electricidad sino también sin televisión, sin Twitter y sin Facebook, cogí Margarita Infanta de Francisco Suniaga, y me lo devoré.

Cada una de las diecisiete historias narradas por Suniaga sobre su infancia en Margarita, parecía una crónica que contase parte de mi propia niñez en La Parroquia. Las diferencias geográficas y topográficas entre la isla y el pequeño pueblo enclavado en las montañas andinas parecieron diluirse. Los recuerdos de la niñez, de la inocencia, de la infancia no distingue de terrenos. Las emociones son las mismas para un niño que nació a la orilla del oceáno que para uno que conoció el mar a los 14 años. La memoria termina siendo pura emoción cuando algo nos traslada en el tiempo a los días de juegos infantiles.

“Cuando pienso en mi ciudad, no evoco a La Asunción sino a mi infancia”, dice Suniaga con toda razón. En sus líneas está dibujada la niñez de quien las lee, haya nacido en La Asunción, en Barinas o en Mérida.

La historia de la tristeza manifiesta en los acuosos ojos de su hermano en la portada del libro, me recordó mi propia historia cuando tío Expedito emocionado me regaló unos zapatos de cuero marrón que tenían una lengua espantosa y con los que se suponía debía ir a una fiesta. ¡Qué decepción cuando abrí la caja y encontré ese adefecio! ¡Qué ganas de llorar! Los zapatos, en mi mente infantil, parecían gritar “¡campesino, montuno!”.

A partir de esa historia llamada “Retrato”, en cada línea de “Margarita Infanta” encontré rastros de “La Parroquia Infanta”, mi pueblo merideño.

El maestro Fiel fue Doña Clori, mi maestra de primer grado, el Tirano Aguirre se convirtió en el temido hombre sin cabeza o el jinete de medianoche que arrastraba cadenas en su galope aterrorizando inocentes que no se atrevían ni a asomar la nariz a la calle en las solitarias noches pueblerinas. El cine de Felix Silva fue la pared de la iglesia en la que proyectaban películas religiosas, o el Cinelandia de la calle Lora donde trabajaba mi prima Aurora en la taquilla o el Glorias Patrias a donde fui por primera vez solo a ver La Pantera Rosa.

El amigo “cineasta” Leonét bien podría ser tío Chuy, Alberto Collazo o el señor Zambrano que nos asombraban con sus exageradas historias de aventuras en selvas rodeados de peligros que solo ellos podrían salvar. Y el miedo a que un vampiro le atacara la yugular que obligó a Suniaga a dormir con una cobija enrollada al cuello, fue mi propio temor luego de ver la película y que me hacía aferrar mis pequeñas manos alrededor del cuello hasta dormirme, para evitar la mordida. Y el cruel y sangriento asesinato de “Chamero” en su bodega para robarlo se me apareció al leer la historia de Brígido, sorprendido también por un ladrón en su tiendita de La Asunción, en unos tiempos cuando esas cosas no sucedían en los pequeños pueblos del interior del país.

Al cerrar Margarita Infanta con el corazón hecho melcocha y las pupilas inundadas de niñez, no tuve más remedio que cerrar los ojos y volver a aspirar el olor a tinta y papel que me lleva irremediablemente a mi infancia y desde mis más tiernas y atesoradas querencias, darle las gracias a Francisco Suniaga por tan divertido y conmovedor viaje en el tiempo.

Simpatía por Kiko Mendive

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Nunca me gustó Kiko Mendive. Mejor dicho, nunca me gustaron los personajes que interpretaba en la Rochela. Me parecía deprimente la forma cómo terminaba siendo una caricatura de sí mismo. Un fracasado que terminó haciendo burla de su fracaso y desventura. Al menos, así me parecía en los años de adolescencia cuando los lunes, más por hábito que por gusto, terminaba sintonizando el programa cómico más viejo de la televisión venezolana. Por ese entonces no había cable ni mucho de dónde escoger, aunque ahora no es que la televisión ofrezca muchas opciones.

Con los personajes de Kiko, y de otros tantos actores de La Rochela, me pasaba lo que me pasa hoy día cuando por e-mail, Twitter o Facebook me encuentro con fotos de personas desdentadas, o exageradamente gordas o excesivamente feas, amaneradas, bizcas, con culos estrambóticos y celulíticos, viejas con hilos dentales… encuentro que son de un humor cruel, que se burla de los defectos físicos -o intelectuales- de las personas, una especie de bullying, y la repulsa ante eso es algo más fuerte en mí, que la hilaridad que en la mayoría de las personas pueden producir esas imágenes o esos sketches “cómicos”.

En cuanto a Kiko Mendive, cuando veía sus interpretaciones de personajes que parecían ser la burla del actor, ataviado con esos leotardos ajustados que ponían en relieve sus escuálidas y enclenques piernas, recalcadas por chaquetones 4 tallas más grandes de lo que su esmirriado y flacuchento cuerpo debía usar, no podía evitar sentir cierta compasión y pena ajena. Se me hacía imposible creer que ese “fracaso” en la pantalla pudiera provocarle hilaridad a alguien y que el artista pudiese haber tenido una promisoria y exitosa carrera en México, en sus años mozos, como decían los entendidos en la materia y que para mí terminaba siendo nada más que una leyenda urbana más de la farándula criolla.

Así veía a Kiko y veía a muchos otros actores más del programa cómico de los lunes a las ocho de la noche. Para mí La Rochela era como el purgatorio de los actores. Siempre me dio la impresión de que allí iban a parar los actores de poco talento, resentidos, buscadores de fama y popularidad “cueste lo que cueste”, o de talentosos pero desafortunados humoristas que se resignaban a hacer comicidad en el show a la espera de que les llegara su verdadera oportunidad de demostrar el talento y el valor de su arte.

Esta impresión adolescente pareció confirmarse cuando en unas jornadas de producción de una campaña de propaganda gubernamental, me tocó grabar por varios días en RCTV testimoniales de artistas de la planta y, en el corre-corre de las grabaciones, me pareció que, mientras actores dramáticos de trayectoria contaban con camerinos con sus nombres en las puertas en letras doradas, los actores de La Rochela compartían unos camerinos comunitarios distribuidos a lo largo de estrechos pasillos. Tuve entonces la sensación de que mientras la sección de “Arte Dramático” de RCTV era una especie de “el este”, la de “Comicidad” se correspondía con “el oeste” de la ciudad.

A ese “oeste”, especie de purgatorio -según mi prejuiciada visión-, iban a parar algunos actores a la espera de terminar con sus huesos en el cielo del estrellato o en el infierno del estrellado.

Hoy, muchos años después, cuando mucho tiempo ha pasado desde que La Rochela salió del aire, el destino de sus comediantes parece dar la razón a esa lejana impresión. Da la casualidad de que los actores cuyos spkk2sketches me gustaron siempre, quienes creaban o para quienes los libretistas creaban personajes originales,  siguen brillando en sus carreras aunque ya no estén en pantalla. Otros, pasaron al infierno de las sombras o al otro, tal vez peor, de ser bufones de corte de “poderosos” de medio pelo.

En todo esto pensaba echado en el colchón de mi cama, tirado en medio de la sala del apartamento,  donde tuve que instalarme provisionalment – hasta que lograra desalojar a un indeseable y escurridizo roedor que se adueñó de mi cuarto-, mientras leía “Simpatía por King Kong” (Planeta, 2013), la más reciente novela que nos regalara la diestra y entretenida pluma de Ibsen Martínez.

Era tarde pelabolas de domingo. Esos domingos de tedio rutinario en los que la inseguridad y la carestía de la vida nos han obligado a sobrepasar en casa leyendo, viendo televisión o en internet.  La quincena estaba a punto de terminar y lo que (no) me había sobrado de dinero lo había invertido en un par de libros entre los que se encontraba la novela de Ibsen.

Mientras el roedor hacía estragos en mi habitación, yo, echado entre almohadas y cojines en medio de la sala, empezaba a devorar “Simpatía por King Kong”, una historia circular que termina al tiempo que nos invita a volver a empezar. Mientras,  nos lleva por La Habana de los cuarenta, por los inicios de la época de oro del cine mexicano con la película Distinto Amanecer (1943) como leiv motiv,  y por la convulsa Venezuela contemporánea de los años de la segunda presidencia de Carlos Andrés.

Leí SPKK de un tirón. La historia del pobre músico cubano que llega a alcanzar la gloria en México y a ser el descubridor de Pérez Prado logra atraparlo a uno de tal manera desde el primer capítulo –el cual les dejo aquí desde El Malpensante, Simpatía por King Kong– que es difícil soltarla y, como es una novela corta, uno siente que no vale la pena parar hasta terminar de recorrer las trabajadas, entretenidas, ilustradas y amenas líneas de Ibsen.

En esa cíclica historia, Ibsen Martínez lo lleva a uno a través de los diferentes períodos históricos y diversos países narrados sin apenas notar los cambios de tiempo y escenario. Solo lo saca a uno de la trama cuando en cierta especie de distanciamiento,  el escritor nos recuerda que la historia está siendo escrita por el narrador que pasa a ser el personaje conductor de la historia, quien nos echa todos los cuentos involucrados en la novela.

Confieso que esas acotaciones, “distanciamientos”, llegaron a molestarme porque me devolvían de un jalón a la realidad, justo en los instantes cuando estaba más ensimismado con la historia de la novela. Pero esa “molestia” en ningún momento llegó a ser tal que me impidiese volver inmediatamente a mi historia o provocase dejar de leer. Ibsen Martínez parece ingeniárselas para hacernos ir y venir a su antojo de la trama, manteniéndonos pegados a las hojas del libro.

No sé qué tanta parte de ficción y realidad haya en las anécdotas que de Kiko Mendive cuenta SPKK. En principio, el autor se encarga de dejar claro que lo narrado es producto de su imaginación desde el mismo instante en que sitúa la muerte del cómico, actor, cantante, bailarín y coreógrafo cubano en el marco y como consecuencia de heridas de bala sufridas durante los terribles saqueos acontecidos en 1999, a los pocos días de la coronación de CAP, cuando en realidad Mendive murió de una enfermedad, si mal no recuerdo, respiratoria, en el 2000.

La licencia que se toma el autor con el acontecimiento de la muerte del artista, le permite, a la vez de darle un giro interesante a  una muerte anodina, ubicarlo en esa etapa política venezolana que nos impactará a todos hasta el sol de hoy. A partir de allí, nos lleva por los entresijos y recovecos de la historia de un ser perseguido por el fracaso y el infortunio. Un personaje al que, luego de la historia de Ibsen, lo veo con cierta simpatía y nostalgia. Viene a ser Kiko como un precursor de los frikis que en la actualidad pululan por las pantallas de los medios televisivos. Tal vez con los años, el temor al fracaso pierde fuerza pues se llega a comprender que hay diferentes formas de triunfar y de fracasar en la vida y que todo tiene mucho que ver con las decisiones que en determinados momentos se tomen.

Simpatía por el “gorila”

Cuando empecé a leer la descripción de lo sucedido en Caracas durante los saqueos, no pude evitar relacionar el título “Simpatía por King Kong”, que en principio parece una paráfrasis de la canción de Losspkk1 Rolling Stones “Simpatía por el diablo”, con aquellos discursos de la época que hablaban como con cierta admiración y un halo de premonición del “ruido de sables”, de la supuesta  inconformidad existente para entonces en los cuarteles de la que hablaban algunos políticos, periodistas y articulistas, no sin cierta actitud de quien predice al tiempo que, con temor, desea que pasen las cosas. Una cierta simpatía de la época por un tipo de autoritarismo gorila, kingkongniano, que posiblemente hayan sido las aguas que trajeron estos lodos. No sé si mi sensación es personal o si la utilización del gorila cinematográfico en el título de la novela haya sido un recurso adrede de Ibsen para ilustrar  esa especie de simpatía de la época  por algún tipo de gorilismo político.

Lo cierto es que, al filo de la media noche de ese domingo que, de rutinario, viró a absolutamente entretenido con la versátil y profusa prosa de Ibsen, cerré, una vez terminada, la novela.

El sueño no lo logré conciliar hasta muy tarde, ya casi al amanecer. Las imágenes de SPKK daban vueltas en mi cabeza y se mezclaban con mis impresiones adolescentes sobre los artistas de la rochela. Los saqueos acudían en lote. Kiko Mendive se me aparecía con sus leotardos y chaquetones con un inmenso radio portátil al hombro. Lo veía herido, aunque sabía que eso era producto de la imaginación del autor.

El ruido de la rata en mi habitación masticando las rejillas del aire acondicionado donde había anidado, me hacía pensar que no era casual esa invasión.  La alimaña se volvió una metáfora hecha carne que habla de un país tomado, sitiado por alimañas que desde los tiempos de los saqueos, esos hechos contados por Ibsen, esperaban, en las sombras, la oportunidad para hacerse con el preciado botín que es Venezuela. El traqueteo del plástico entre los dientes de la rata me hizo pensar en el disfrute que esta plaga siente al devorarse las riquezas nacionales a sus anchas.

Como en “Casa tomada” de Cortázar, entre sueños,  me sentí arrinconado en mi propio apartamento, expulsado por la peste del roedor. Kiko se me aparecía con sus crías de canarios, queriendo tomar clases de música después de viejo para tratar de superar su sino. La animadversión que sentía por el personaje rochelero mutó en compasión y simpatía gracias al rescate que de él hace Ibsen Martínez en su novela.

Exhausto, más mental que físicamente, escuché una vez más el ruido de los dientes de la rata devorando el plástico del aire acondicionado y encajando sus dientes en los cebos envenenados que le había servido con miel y tomate como escuché que les gusta.  Pensé: “Esa alimaña tiene sus días contados. Los otros, los que se apoderaron del país, espero que también”. Y caí vencido por el sueño…

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