El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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“A esto se llama justicia” ¿Justicia?

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“A esto le llamo justicia”, decía la leyenda tallada en el tronco al pie de una pieza de Alberto Manzanilla, hecha en madera tallada y policromada y que se exhibía en la sala alta del Centro de Arte de Maracaibo, Lía Bermúdez.

En el rótulo, al lado, una pequeña variación del este texto tallado le daba título a la obra: “A esto se llama justicia”. Un pequeño cambio de palabras pero que sirve para significar que tanto el artista, como muchas otras personas, llaman, a lo representado en esa pieza de arte popular, “justicia”.

La obra muestra a un buey que, parado en dos patas, lleva frente a sí a un par de humanos uncidos al yugo del arado y los pica con la lanza ante la mirada triste y rencorosa de quienes voltean a observar a su victimario. Es una pieza que forma parte de la colección del Museo de Arte Popular Salvador Valera, que se exhibió en el CAMLB.

El explotado pasa a ser el explotador, el victimario pasa a ser la víctima, los papeles se invierten y, para muchos, eso es “la justicia”.

La imagen me chocó y me quedó rondando en la cabeza. Esa pieza constituye una de esas cuestiones que en mis noches de insomnio me taladran la cabeza: la justicia. ¿Qué es la justicia? ¿Qué entiende la gente por justicia? ¿Qué es lo justo para la mayoría? ¿Somos capaces los seres humanos de distinguir lo que es justicia de lo que es revancha, de lo que es resentimiento, de lo que es venganza?

Todos en un momento u otro hemos sido víctimas de actos injustos o, al menos, nos hemos sentido víctimas de injusticias. Pero ¿esto nos daría derecho a hacerles a los otros lo mismo que nos hicieron y considerarlo un acto de justicia? ¿Es justo el ojo por ojo y el diente por diente o eso es revancha y solo generará resentimiento y más injusticia?

Cuando estaba en los últimos años de la carrera de Comunicación Social en la Universidad de Los Andes, por allá por el año 1988 u 89, y perdonen la distancia, alguien me contactó con los dueños de una emisora de radio en San Cristóbal para hacer como una especie de pasantía en el noticiero de la emisora. Mi trabajo consistía en redactar  el noticiero del mediodía, con muy escasos recursos, apenas la prensa del día –para entonces no teníamos el recurso de la Internet para acceder de manera rápida a la información–.

Cuando me enteré, luego de tres o cuatro días en la emisora, por boca de la directora e hija del dueño de la estación, que no me pagarían por mi trabajo y, encima de eso, tendría que calarme como corrector y censor al locutor del noticiero quien no era periodista, no me pareció para nada justa la situación. Incluso me ofendió que la directora me tomara por idiota y con tono de magnánima madre me dijera:

–Toma tu paso por la emisora como una experiencia. Esto te servirá para hacer currículo. Si tú lo haces bien aquí, Golcar, posiblemente alguien de otro medio te vea y te contrate y puedas entonces tener un sueldo como periodista y llegar a ser un Nelson Bocaranda.

Suerte la de la caraja que entonces yo era un muchachito andino muy bien educadito, muy comme il faut. Muy de La Parroquia. Sin armar el escándalo se merecía, y que armaría hoy, y sin tirar puertas, le di la mano y me despedí para no volver a pisar la emisora.

Cerca de año y medio después, una situación similar me aconteció cuando, ya graduado, en Mérida, me ofrecieron un trabajo medio tiempo en un diario local. Emocionado por lo que sería mi primer trabajo como periodista en un periódico, me fui al encuentro del director. Un hombre muy simpático que me informó que mi trabajo consistiría en sentarme con una radio cassettera y una vieja máquina de escribir, grabar los noticieros de radio y luego transcribirlos en la destartalada máquina de escribir a la que incluso le faltaban teclas, con lo que la yema de los dedos se herían al teclear el desnudo metal, y convertir esas noticias en informaciones para rellenar páginas de la edición del día siguiente del periódico.

Ni qué decir que la historia del pago fue más o menos similar a la de la emisora de radio, creo que si acaso me darían algo para el transporte o alguna miseria así. Una vez más, salí de allí para no volver.

Ya más recientemente, tanto con mi casa como con el local donde tengo mi negocio, me he sentido víctima de la viveza y de la falta de consideración de quienes me arriendan ambos espacios. Exagerados cánones de arrendamientos y prácticamente nada de servicios en contraprestación. Irrespeto a la antigüedad, aumentos desproporcionados del alquiler anualmente, con el conocido “si no te sirve, desocupa”. Y una larga letanía de atropellos que no voy a detallar para no aburrir.

A lo que voy. Estas historias personales las recreo aquí porque, cuando el régimen venezolano cerró arbitrariamente varias docenas de emisoras de radio, recordé mi fallida experiencia en San Cristóbal y a pesar de eso, no me alegré. Cuando el periódico de Mérida tuvo que cerrar sus puertas, me acordé de mi frustración de joven recién graduado en ese medio y no me sentí feliz. Cuando he escuchado que la gente no paga los alquileres porque se sienten protegidos por la ley, cuando veo que algunos invaden viviendas, cuando amenazan a los dueños de locales comerciales con que pronto la ley de arrendamientos irá por ellos también, no me siento reivindicado. No espero que la ley en algún momento diga que el local o la casa que ocupo por más de 20 años, pagando anualmente los aumentos de los cánones de arrendamiento, son míos. Nunca, por muy injusto que crea que ha sido el trato de los arrendatarios, he pretendido quedarme con lo que no es mío.

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Para mí, la venganza y la revancha propiciadas por el resentimiento no constituyen justicia. Como no lo es tampoco que con la excusa de proteger mi dinero y combatir la usura y la especulación, el régimen atropelle los derechos de los comerciantes sin un debido proceso y sin garantizar la presunción de inocencia. Haciendo que paguen justos por pecadores. No creo en una justicia que, por satisfacer el resentimiento y afán de venganza de algunos, ponga en riesgo los derechos de otros, como pasa con todos esos trabajadores que viven momentos de incertidumbre y angustia porque no saben si con todos estos atropellos contarán con un empleo a final de año o para comenzar el otro.

¡Tristes fiestas navideñas tendrán muchos este año! La angustia y la incertidumbre que viven los trabajadores de Epa, de Traki, de Dorsay, de Daka… de todos esos comercios que han sido violentados por un régimen que no respeta el estado de derecho, no se la deseo a nadie. Eisquel, de Epa, Luz de Ferre Total, todos esos empleados con los que he podido conversar en estos días tendrán las peores navidades de sus vidas. ¿Cómo sentirme reivindicado y protegido contra la supuesta especulación mientras atropellan a tanta gente trabajadora?

Si hay –como estoy convencido que en efecto hay– especulación de algunos, una especulación y usura propiciadas por las absurdas medidas y controles económicos excesivos y que han crecido bajo la mirada complaciente del régimen, no puede ser este atropello la manera de hacer justicia. Esto es revancha, desquite, retaliación. Es el imperio del resentimiento. En este festín de consumismo desatado por los autodenominados comunistas no veo justicia por ningún lado.

Yo entiendo por justicia que la ley me proteja a mí de los abusos de los otros pero que también protejan a los demás de mis posibles abusos. No quiero venganza ni revancha.

No quiero que al dueño de la emisora de radio le expropien su estación, quiero que la ley garantice que al trabajador se le pague lo justo por su trabajo. No quiero que el periódico que me atropelló como profesional, cierre. Quiero que haya una ley que obligue a los propietarios a brindar a sus trabajadores condiciones dignas de trabajo y salarios justos. No quiero que un juez determine que la casa o el local que me alquilan desde hace 20 años, es mía sin pagar. Quiero una ley que me proteja como inquilino y que obligue al propietario a satisfacer las necesidades y requerimientos de sus inquilinos en justicia y de acuerdo a lo legal, y dado el caso, que me venda a justo precio la propiedad.

En pocas y simples palabras, no quiero que los bueyes vayan detrás.

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Daka, el rostro de la miseria humana

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Lo de Daka no se me sale de la cabeza. Es como una idea fija. Como una obsesión. No puedo evitar pensar en esas caras de alegría de la gente saliendo con cajas que no podía ni cargar, en los vidrios desplomándose ante la arremetida de la poblada, en Nicolás diciendo en cadena “¡Que no quede nada en los anaqueles!”.

Daka removió cosas dentro de mí, hizo que, una vez más, me pregunte ¿De qué materia está hecho el venezolano? ¿Siempre hemos sido así o los últimos 15 años nos han tranformado?

Veía los videos y no podía dejar de pensar en la Bobulina, en esa terrible escena de Zorba, El Griego, en la que mientras la mujer agoniza en su lecho de muerte, las viejas arpías entran a todos los rincones a saquear cualquier trapo, cualquier adorno, cualquier baratija. Nadie se preocupa por la moribunda, todos están poseídos por la avaricia.

Como cuando, hace pocos meses, el hombre del camión de cervezas agonizaba en su vehículo volcado mientras la gente solo se afanaba por recoger botellas como botín. Nadie le dio atención, a nadie le importó su vida. Lo único que contaba era el momento de rebatiña.

Pero eso no es lo peor. Lo que me retumba en la cabeza es las explicaciones que he leído de algunos, bien para acometer el saqueo, o bien para justificarlo.

Dicen esos: “Eso fue pactado con los dueños”. “Bien hecho que los saqueen porque esos carajos son chavistas”. “A ellos los saquearon como ellos saquearon el bolsillo de la gente con su usura”. “Ellos recibían dolar Cadivi y ponían los precios a dolar paralelo”. “El dueño de Daka es Diosdado Cabello, bien hecho que lo saqueen”…

Leía y pensaba en Franklin Brito. En ese hombre que murió de inanición reclamando justicia sin que el país se inmutara. Venezuela contempló como un hombre de más de un metro ochenta de estatura y mas de 100 kilos se convertía en un saco de huesos cubiertos por la piel venezuela8como quien ve una película animada de Tim Burton. Tal vez, la película remueva más sentimientos en los venezolanos que la visión de un hombre que ante sus ojos se convertía en un remedo de ser humano. Todo después de haberse amputado un dedo y haber tratado por diferentes medios de ser oído, de tener acceso a la justicia,  que su reclamo fuera escuchado.

Cuando Franklin Brito hacía su huelga de hambre, algunos amigos decidieron no hacer nada para apoyarlo porque “eso se lo había buscado él”.

Unos decían que no iban a meterse en eso porque todo obedecía a un problema de faldas. Supuestamente, Brito se había metido con la mujer de alguien del gobierno y éste le estaba pasando factura.

Otros sostenían que no moverían un dedo por el agricultor porque él se había robado parte de esas tierras, había corrido los estantillos unos metros apropiándose de una gran extensión de terreno que no le pertenecía.

En fin, en el caso de Franklin Brito, como en el de Daka, todos parecían tener una razón para no actuar. Para no pronunciarse. Para no pedir justicia. Para justificar la falta de solidaridad.

Nadie parece ponerse a pensar que los que nos pronunciamos en ambos casos, como en muchos otros, no estábamos ni estamos defendiendo a una persona. No se trata de “los dueños de Daka”, -que a lo mejor es cierto que viven en Panamá felices o, seguramente tienen seguros que les pagarán sus pérdidas- ni se trataba de Franklin Brito, el posible ladrón de tierras. Se trata de JUSTICIA.

Se trata de que hay un sistema legal y de justicia al que los ciudadanos deberíamos sentirnos con el derecho y el deber de acudir cuando sintamos que nuestros derechos están siendo venezuela5conculcados y que ese sistema debería prestarnos oídos y darnos una justa y satisfactoria respuesta. Se trata de que las sociedades tienen un estamento jurídico al que se debería acudir para dirimir los conflictos.

Si los dueños de Daka cometieron un delito, quienes los acusan están obligados a demostrar por la vía legal y de la justicia que ésto fue así. Si Franklin Brito reclamaba justicia, el Estado debió atender su reclamo y darle un tratamiento justo. En ambos casos debería prevalecer la presunción de inocencia hasta que quienes acusan demuestren la culpabilidad.

Lo que no se puede permitir sin inmutarse, sin levantar un dedo, sin hacer escuchar aunque sea una voz de protesta, es que Franklin Brito muriera de inanición esperando por la justicia, ni que una poblada enardecida salga, al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”, a derrumbar vidrios, saquear y llevarse hasta los puntos de venta. Y menos aún podemos ser indiferentes ante imágenes y videos de miembros de la policía y la Guardia Nacional participando de esos saqueos.

Es allí donde el gentilicio duele, donde yo siento que el 8.036.631, ese numerito que acompaña mi cédula de identidad de ciudadano venezolano, comienza a desvanecerse. Es en el momento venezuela3cuando veo gente robando alegre un televisor plasma de un tamaño que posiblemente ni cabrá en su casa, cuando veo que la ley que impera es la del más fuerte y el más arrecho, es entonces cuando el pasaporte quiere convertirse en una visa y en un papelito de residente de cualquier país donde me den las más básicas y mínimas garantías de que, al momento de requerir justicia y legalidad, el Estado estará en capacidad de darme a mí y darle a todos los ciudadanos esa justicia y esa legalidad.

Mientras escribo esto, me asomo a la calle y me invade la tristeza, la desesperanza. Unas inmensas ganas de llorar me nublan las pupilas. A pocos pasos de donde me encuentro, hay una cola de gente esperando para cargar con lo que pueda en una tienda de electrodomésticos venezuela6de un amigo. Como zamuros ante la carroña se acumulan a la puerte de Mega Hogar.

Una amiga me cuenta que parece que ya acabaron con Imgeve. Que, supuestamente, la Guardia Nacional terminó poniendo la mercancía en la calle para que la poblada se la llevara. No sé que tan cierto sea, pero las ganas de llorar no pasan. Un señor comenta que en Los Plantaneros saquearon un local de repuestos de automóviles y mi gentilicio, una vez más, sufre un desvanecimiento.

Mis interrogantes sobre la naturaleza ética y moral del venezolano, me abruman. Hacen que me duela la cabeza. El nudo en el estómago es una punzada en la nacionalidad. Creo que nunca terminaré de comprender cuáles son los sentimientos  que mueven a mis compatriotas. No sé qué hace que todo termine siendo una exhibición de las miserias humanas. Venezuela es una inmensa e indefensa Bobulina. Las arpías acechan. Esperan una mínima señal.

No conozco a los venezolanos. Desconozco lo que nos mueve. Pero tengo la certeza de que el régimen sí nos conoce al militmetro. Sabe cuáles teclas tocar para que emanen nuestras miserias. Y lo hace cuando más le conviene.

Hay gente que piensa que el régimen quiere generar violencia y caos para suspender las elecciones. Yo creo que no se llegará a la violencia descontrolada. Todo es medido y calculado. Los policías y la Guardia Nacional se encargan de eso. Para suspender elecciones solo les venezuela7bastaría una llamada, una orden al CNE.

Lo que quieren es garantizarse el voto de esos que hoy saquean a mansalva. Quieren hacerles creer que el régimen los cuida y protege. Parece que para estas elecciones, la caja chica de Pdvsa ya no alcanza para ir con cheques en blanco a comprar electrodomésticos y llevárselos a la gente para comprarles el voto. No hay dinero. La forma de darles eso, a lo que los tienen acostumbrados a cambio de su voto, es mandarlos a saquear.

Al final, estoy más convencido que nunca que no se trata de Daka, ni de Brito. Se trata de mí. De ti. De nosotros. ¿A quién acudiremos cuando nos toque el turno? ¿A quién, cuando vengan por nosotros? ¿A quién acudirás cuando vengan por ti?

Lloro…

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