El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivar para el mes “agosto, 2013”

Alegoría citadina

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A veces, cuando uno anda desprevenido por la calle, pensando en la cuadratura del círculo y la inmortalidad del cangrejo, como decía reiteradamente un viejo profesor de mi escuela de Comunicación Social, en la ULA, Táchira, algunas cosas lo sacan violentamente del ensimismamiento y se le presentan como una especie de alegoría, como un signo que se manifiesta para darnos luces sobre una verdad.

IMG-20130829-12475Así me pasó hace pocos días cuando distraído por una calle de Maracaibo, algo hizo que despegara los ojos de la pequeña pantalla del teléfono para tropezarme con ese muñón tricolor que se yergue en alguna esquina de la ciudad.

El mutilado tronco de árbol, cuyo grosor es testimonio de que la planta vivió mejores tiempos y de que en alguna época más afortunada brindó su frondosa sombra a quien se quisiera proteger del sol, parece representar con fidelidad lo que ha pasado con Venezuela en los últimos 15 años.

Como al viejo árbol, al rico país le amputaron sus riquezas tanto materiales como morales dejando apenas un tocón en apariencia inservible. Y así como pasa en el país, el tronco parece invocar a los santos benefactores, a la querida Virgen de La Chinita y a San Benito como implorando auxilio para recuperar el esplendor esquilmado por unos insensibles malhechores.

Pero, en la base, parecen aún abrirse paso ante la fatalidad, unas fuertes raíces que Capture10_17_8amenazan con hacer cimbrar el concreto que las cubre hasta reventarlo en pedazos.

Tal vez, esas sean las raíces de la Patria que aún sobreviven al infortunio de unos malhadados años.

Quiero pensar que, en mi alegoría citadina, los duendes están augurando un renacer. Que a pesar de que los malvivientes han logrado con sus garras y codicia arrancarnos los frutos y la protección de la Patria, aún no han podido con la raíz que sigue pujando para rebelarse.

Amén.

¿Cuánta patria puede aguantar un corazón?

Foto tomada de la web

Foto tomada de la web

Esta vez no lloré de tristeza. Lloré de rabia. Lloré de indignación. Llanto de patria mortalmente herida, de gentilicio aborrecido. Lloré de arrechera.

Tengo dos días recorriendo y llamando a todas las farmacias buscando el medicamento Manidón, una pastilla que un amigo de 80 años, con marcapaso y con extracción de un riñón, debe tomar diariamente y que ya tiene una semana sin tomarlo porque no lo consigue.

En mi peregrinar de farmacia en farmacia, decidí salir a buscarlo y, de paso, comprar el Omega que yo mismo debo tomar para controlar mis elevados índices de triglicéridos y colesterol y evitar un colapso.

Como salí a pie, dejé en mi tienda el bolso para evitar tentar la suerte por la calle con la atemorizante inseguridad que nos azota. Al llegar a la tienda naturista donde generalmente compro el Omega, la amiga chavista, dueña del negocio, me da la ya habitual y cotidiana respuesta del “no hay”.

-Hago los pedidos y me llega menos de la mitad de lo que pido –dice-. Y cada vez más caros.

-¡Seguí votando por estos desgraciados!

-Ay, sí. Porque vos no votaste.

-Por ellos jamás. Siempre voto pero por la oposición.

-Igual estás pasando por lo mismo que yo.

-Claro, por los que como tú, siguen votando por ellos a pesar de sufrir las consecuencias.

Salgo de allí un poco cabreado. Camino hasta la farmacia. Tres que tengo en la vía. En ninguna consigo el Manidón. Cuando salgo de la tercera veo que pasa frente a mí una señora con bolsas del supermercado Latino. Institntivamente, le escaneo los paquetes. ¡Lleva Harina PAN!

Miro hacia la acera y veo una larga fila de gente a pleno sol, 36 grados centígrados de temperatura con sensación térmica como de 42. Me asomo y veo poca gente dentro del establecimiento. La hilera en la acera la conforma la gente que va solo a comprar la harina. Es decir, “bachaqueros”, o pobres que no tienen para pagar una compra de 300 bolívares.  Quienes van a adquirir otros productos o van a comprar la harina pero en compras de más de 300 bolívares pueden pasar sin esperar.

Me asomo y veo que dentro del establecimiento hay poca gente. Contraviniendo mi propia norma de no pisar los supermercados Latinos porque siempre maltratan a los clientes, cedo ante la tentación de poder hacerme con cuatro paquetes de Harina Pan que ya se me ha acabado en casa, y entro.

Recorro los pasillos metiendo en el carro de la compra un montón de productos que no necesito pero que siempre hacen falta en casa o están por terminarse. Todo con el objetivo de cubrir los 300 bolívares que me darán el derecho a poder comprar la harina sin el castigo de esperar a pleno sol 3 horas en una cola.

Como hace más de 3 meses no compro leche, aprovecho y meto un paquete de leche “crecimiento” para probarla, una leche para niños de uno a tres años, que es la que se consigue. Si me gusta, la seguiré comprando en vista de la escasez tan tenaz que estamos viviendo.

La cola de la caja es razonablemente corta. No obstante, sin razón aparente, no avanza con la rapidez que debería. En un rincón, una señora de unos 30 años grita a todo pulmón a un empleado que le dice “¡Pues tú no vas a entrar porque no me da la gana!”. Todos pensamos que se trata de una “bachaquera”.

A los 20 minutos, una empleada se acerca, acompañada con un policía, a la cola donde me encuentro.  Señalando a una chica que se está detrás de mí, le dice:

-¡Chica, ven acá!

Cuando la joven se acerca, la mujer y el policía le dicen que les muestre el celular.

-¿Por qué? –le pregunta la chica con toda la altanería que puede exhibir una niña de 16 años.

-Porque tú tomaste una foto de la cola y eso está prohibido y la tienes que borrar.

Por supuesto, se me volaron los tapones. Le grité a la mujer, al policía y a dos empleados más que se acercaron que dónde decía que estaba prohibido hacer fotografías. Discutimos un buen rato  hasta que dejaron en paz a la chica quien, afortunadamente, no dio su brazo a torcer y no borró la imagen.

-Esta se la voy a pasar a @HCapriles-. Me dijo con un contoneo retador que me subyugó.

Pasado el impasse, seguimos en nuestra cola conversando como es habitual del país que nos ha obligado a vivir un puñado de resentidos, corruptos y malvivientes que se apoderaron de Venezuela desde hace 15 años. De cómo, cuando los venezolanos íbamos a comprar a Colombia porque todo era más barato allá, jamás escuchamos que en ese país escaseará la comida y, mucho menos, que la racionaran. Al contrario, Colombia aprovechó la situación y producía lo que necesitaban allá y lo que comprábamos los venezolanos. ¡Producían! Cosa que no se puede hacer en Venezuela porque el Socialismo del Siglo XXI acabó con las industrias…

Una amiga que está delante de mí, me pide el favor de que le saque unas pechugas de pollo que no le permitieron comprar porque “excede el límite de compra diaria de pollo”.

Por fin, llega mi turno de chequear en caja mi compra. Subo todo en la correa y la cajera me pide la cédula de identidad laminada. “¡Coño de la madre!” Se me olvidó que no llevaba bolso y que en este país, incluso para pagar en efectivo, si uno va a comprar productos regulados como la Harina PAN, debe presentar el documento de identidad, que se quedó en el bolso con la billetera cuando decidí no tentar a los choros caminando con un bolso terciado por la calle.

-Si no tiene cédula laminada, no puede llevar la harina. Le puedo chequear lo demás pero tiene que dejar la harina-. Dice la cajera.

El señor que está detrás de mí en la cola, amablemente pone su cédula para que yo pueda hacer mi compra. Más de 500 bolívares es el monto de lo que llevo. Cuando el señor va a pagar lo suyo, la cajera le dice que su cédula está bloqueada para la Harina Pan porque ya la pasó con mi compra. El señor saca la cédula de su esposa y le dicen que tiene que estar presente el titular.

-¡Pero yo soy de Encontrados y mi esposa está allá!

-Si no está el titular presente no puede llevar la harina.

La chica del impasse con la foto, hija del señor, saca su carnet de la universidad para que chequeen la compra a su nombre.

-Tiene que ser la cédula laminada y tiene que ser mayor de edad para poder comprar la harina. Además, en esta compra no hay 300 bolívares-. Dice la cajera.

Mi corazón se acelera. Golpea con tanta fuerza que siento que se me va a salir del pecho. Siento que las sienes me van a estallar. Las manos me tiemblan. Estoy hecho un energúmeno. No queda una sola grosería de mi repertorio sin que se la estampe en la cara a la cajera y al montón de empleados que se han acercado para corroborar que las cosas son como las expone la dependiente.

Quiero matar a alguien. Agradezco a Dios que le tengo pavor a las armas porque, si llego a tener una, no queda uno solo vivo. Maldigo a Chávez, maldigo a Nicolás, maldigo a los chinos dueños de la cadena de supermercados quienes entrenan a sus empleados para que funcionen como  policías represores, como sapos cubanos, y no como trabajadores que ofrecen un servicio y se deben al público. Maldigo la mala hora en que incumplí mi promesa de no pisar nunca más un Latino en mi vida.

Camino enajenado y tembloroso, con las bolsas en la mano, las cuatro cuadras hasta mi tienda. Allí lloro mi rabia. Desahogo con llanto mi frustración. Lloro con arrechera, como hacía tiempo no lloraba. Pienso en cuántos días puede aguantar el corazón del viejo de 80 años sin su Manidón y en cuántas arrecheras como esa podría aguantar el mío sin explotar. ¿Cuánta patria puede aguantar un corazón sin que se parta en mil pedazos?

Cuando por fin puedo sosegarme y contarle a Cristian lo que ha pasado. Mi socio me dice:

-Vino tu amiga la defensora pública. La que te contó las cosas de la cárcel. Me dijo que te dijera que hoy, a una jueza, le pusieron un revólver en la sien.

…Pero tenemos patria

Dos y media de la tarde. Hago mi segundo viaje del día a Corpoelec para pagar la factura del servicio eléctrico que muy amablemente amenazaron con cortar vía telefónica, temprano en la mañana. Ya el viernes anterior había ido pero la oficina estaba cerrada a las 12 del mediodía y la taquilla externa, que durante años funcionaba en ese horario, estaba fuera de servicio.

Volví a insistir hoy, a las 11 y media. Nada. La oficina trabaja hasta las 11 y vuelve a abrir a la una de tarde. La taquilla externa continúa sin prestar servicio y sin dar explicación de por qué.

¡Casi 40 números por delante!

Me armo de paciencia y espero entretenido con las redes sociales y los chats del teléfono inteligente.

Cuando, por fin, aparece mi número, el 136, en la pequeña pantalla digital, me acerco a la ventanilla. Me recibe una cara nueva. Una amable y simpática chica a la que nunca había visto. Me dice el monto a pagar. Sacó el dinero y la chica procede a meter en la pequeña impresora la mitad de una hoja tamaño carta para imprimir mi recibo. Es entonces cuando entablamos este corto diálogo. Susurrando entre dientes, pues no es el caso que la chica se vaya a meter en problemas en su trabajo si la escucha algún sapo de los que parecen reproducirse en el país con la misma celeridad que se afianza el Socialismo del Siglo XXI.

Yo: ¿Y esa hoja?

La chica sonríe. Hace una mueca con la boca y levanta los hombros como en señal de fastidio.

Yo: ¿No tienen rollo para la impresora?

Ella: No. Hace tiempo se acabó y no nos han traído más -vuelve a entornar los hombros-. No hay nada. Cada vez es más difícil trabajar.

Yo: Hace poco no llegaba el recibo porque no tenían papel. Luego porque no tenían tonner…

Ella: Sí. Cada vez trabajamos en peores condiciones. La gente se está yendo. Renuncian porque se hace difícil trabajar así.

Yo: Y parece que cada vez se va a poner peor.

Ella: Claro. Y los que nos quedamos nos vamos llenando de más trabajo porque ahora tenemos que hacer lo que hacíamos antes y lo que hacían los que han renunciado, porque no reponen al personal que se va.

Yo: ¿O sea que los cargos que quedan vacantes no son ocupados por nuevos empleados?

Ella: No. No hay plata para pagarles. Entonces nos toca a nosotros asumir esas funciones.

Yo: ¡Carajo, esto es increíble!, porque, además, cada mes cobran más caro el servicio. En mi casa tengo ya 4 meses sin secadora de ropa, 3 sin ducha eléctrica y 2 que no se plancha y en lugar de bajar el monto de la factura; todos los meses aumenta.

Ella: Ya son bastantes los clientes que se quejan de lo mismo y de las multas…

Yo: Este país nos lo volvieron mierda.

Ella sonríe, arquea las cejas, me guiña un ojo, levanta nuevamente los hombros y, sin dejar de sonreír, con ironía, dice:

-¡Pero tenemos patria!

De Homofobia y política

Fotografía de Mirna Chacín

Fotografía de Mirna Chacín

“Ojalá, Dios no te castigue con un hijo gay”, sueltan algunas personas para “defender” a alguien de un ataque homofóbico. En esos momentos, pienso «No me defiendas, compadre».

En otras ocasiones, amigos que se consideran “open minded”, preguntan con cara compungida y gesto de esperanzada incredulidad, como quien pregunta por la expectativa de vida de un paciente con una enfermedad terminal:

-¿Tú crees que Capriles sea gay? ¡Ay, Dios, yo no creo!

O manifiestan lo tristes que se pusieron el día que Ricky Martin decidió salir del closet y hacer pública su homosexualidad.

En esos momentos, cuando algún amigo, deja que inconscientemente sus prejuicios contra la homosexualidad salgan a flote con comentarios, expresiones o gestos “involuntariamente” homofóbicos, pienso: “¿Qué se puede esperar de trogloditas como Pedro Carreño o Elías Sayegh respecto al tema?”

Hay comentarios de personas que se consideran a sí mismas como amplias y gay friendly, a quienes su subconsciente los traiciona, a pesar de que tratan conscientemente de superar sus pre-conceptos. Como bien señalaba el diputado argentino durante la discusión en el Congreso de la Ley Igualitaria y de aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo:

“Cuando decimos, por ejemplo, ‘ah, bueno, si es gay es buen trabajador’, ya hacemos una discriminación, porque ese ‘buen trabajador’ tuvo que hacer méritos desde la infancia para que no se le note diferente, y tuvo que sufrir desde la infancia para cubrir las diferencias que pudieron haber tenido en una sociedad que los discriminaba”.

Son comentarios prejuiciados, con diferente matiz a lo manifestado por Sayegh y Carreño, pero cargados con la misma negatividad.

Algunos saldrán a decir que no meta en el mismo saco a Carreño y a Sayegh, que son muy diferentes. A esos les respondo que los igualo porque, aunque se diferencien en la forma de expresarse, uno, con tono y expresiones vulgares y soeces y, el otro, con pose de catedrático del Opus; en el fondo, ambos manifiestan el mismo prejuicio y la misma intención de desconocer los derechos de las personas LGTB. En ese campo, por lo menos, ambos pertenecen al mismo bando.

Por eso, me asombró cuando posteé en Twitter el video de Elías Sayegh en el que manifiesta su abierta oposición al matrimonio igualitario y un joven, tal vez demasiado joven para entender el alcance de su posición, me respondió:

“yo soy el cordinador del movimiento gay de El Hatillo y apoyamos la candidatura de @eliasayegh”.

Y no conforme, agregó en otro tweet:

“si no afecta a nuestro movimiento y a los que lo integramos no creo que afecte a otras personas”.

Solo pude recomendarle que si él en verdad coordina un movimiento gay y es activista LGTB, revisara sus conceptos y sus apoyos políticos, pues es incomprensible que un defensor de los gays apoye a quien le niega sus derechos.

¿Será que ese muchacho no ha pensado que ese alcalde, que abiertamente declara su oposición a las uniones del mismo sexo, jamás le reconocerá sus derechos como ciudadano diferente y que hasta podría, en caso extremo, perseguirlo por su opción sexual? Pequeños detalles que deberían tener muy en cuenta quienes en verdad toman el tema LGTB en serio, a la hora de decidir por quién votarán para que los representen en los cargos públicos.

De la asquerosa y oprobiosa intervención de Pedro Carreño en la Asamblea Nacional, y la repetición de sus absurdas acusaciones en boca de Nicolás Maduro, poco tiempo después, basadas en unas fotografías privadas y obtenidas mediante el abuso del poder y el atropello a la Constitución, no voy a hablar aquí. Bastante se ha dicho y ambos quedan perfectamente retratados en sus comentarios y expresiones.

Solo agrego que, si el régimen va a buscar “pruebas” de ese tipo para acusar a los ciudadanos, va a tener un gran trabajo allanando hogares, pues dificulto que haya alguna casa en el país donde no se guarden fotografías del tenor de las mostradas en la Asamblea, recuerdos de divertidas fiestas familiares hasta con tipos disfrazados de “negritas” como antaño se usaba, y en las que solo una mente enferma, malintencionada y con objetivos muy pre concebidos, puede ver indicios de “trata de blancas”, “prostitución”, “consumo y tráfico de estupefacientes”. Queda completamente claro, en las acusaciones de Carreño y en las declaraciones dadas por NIcolás, que para ellos ser homosexual es indicio de depravación, prostitución, drogadicción… Una foto de unos hombres en actitud cariñosa constituye prueba, para ellos, de trata de blancas y prostitución masculina y femenina.

Lo sucedido ese día en la Asamblea Nacional es el fiel reflejo del atraso que en materia de igualdad de derechos presenta nuestro país. En Venezuela la discusión de los derechos LGTB no ha sido tomada en serio. Los políticos únicamente se refieren al tema para menospreciar al adversario, minimizarlo, atacarlo, disminuirlo, subestimarlo y acusarlo moralmente como si la homosexualidad fuese un delito.

¿En qué me podría afectar a mí como fanático o público el hecho de que Ricky Martin se acueste con hombres o con mujeres? ¿En qué me podría afectar como ciudadano el hecho de que Capriles sea homosexual o heterosexual? ¿Acaso lo

Fotografía de Mirna Chacín

Fotografía de Mirna Chacín

que una persona haga en la privacidad de su alcoba y bajo sus sábanas puede determinar su desempeño como político o artista? ¿Es peor presentadora Ellen Degeneres que Chelsey por el hecho de ser lesbiana? ¿Es mejor actriz Meryl Streep que Judy Foster por ser heterosexual?

Algún día a la gente no le interesará con quien se acuesta la persona que tiene enfrente -espero- a menos que tenga el deseo o la intención de acostarse con ella. Dejaremos de darnos golpes con el codo y de murmurar cuando pase a nuestro lado un hombre que bota pluma o un transexual. Llegará el tiempo en que votaremos a un político por su desempeño como líder y sus propuestas, sin importarnos a quién meta en su cama. En algún momento disfrutaremos de la creación de un artista sin que el morbo nos limite el disfrute porque se pueda acostar con alguien de su mismo sexo.

Como sabiamente expresa en el video el niño Graeme Taylors, de 14 años, en la defensa que hiciera a su profesor suspendido por haber defendido a la comunidad LGTB. Es el discurso de un niño de 14 años, gay, quien a los nueve intentó suicidarse y que pide que, así como Luther King esperaba que algún día a las personas no se les juzgase por el color de la piel, sino por el contenido de su carácter, tampoco sean juzgadas por su opción sexual.

“Espero que algún día, nosotros también podamos ser juzgados por el contenido de nuestro carácter -dice el niño-, y no por a quién amamos”.

Llegará ese día también a nuestro país. Un día cuando por fin y definitivamente en Venezuela podamos decir que TODOS los ciudadanos  contamos con la observación y el respeto de TODOS nuestros derechos. Como dice el diputado Argentino, un país donde su hijo homosexual tenga los mismos derechos que tienen su hija mujer y su hijo heterosexual. Porque una sociedad donde los derechos no son para todos sus ciudadanos es un sociedad injusta y discriminatoria.

Cansancio… Hastío… Tristeza…

¡Qué cansancio!

Con una cola en el supermercado de 3 horas para comprar un kilo de leche, nos distraen, de los cientos de muertos a manos de la violencia desatada, con un grito de “maricones” nos distraen del fraude electoral, con un asesinato de un inocente desprevenido a manos de militares del “Patria Segura”, nos distraen de la escasez insufrible de productos básicos de alimentación y aseo personal.

Una Ley de la Cultura sirve para distraer la atención de la corrupción galopante, perversa y descarada de los dirigentes del régimen. La quiebra del país pasa desapercibida con el pote de humo del cambio de nombre de Sitme a Sicad. Con un “millones y millonas” nos entretienen para que olvidemos que Simonovis se está muriendo a manos del Estado que debe proteger y responder por su vida.

¡Qué hastío!

Un escándalo sigue a otro. Un desafuero sirve para distraer de un atropello. Una violación a la Constitución hace que nos olvidemos de la constante violación a la que nos tienen sometidos.

Todos los días un nuevo bochorno o, tal vez, el mismo, renovado, fortalecido, ampliado y radicalizado.

Al trapo rojo lo sigue el pote de humo. La retahila continúa día tras día como letanías en un sinfin…

Al final, no es ni trapo rojo, ni pote de humo. Nadie pretende distraernos. Al régimen no le interesa que dejemos de pensar en un problema para entretenernos con otro.

¡Qué tristeza!

La decadencia y la corrupción ética y moral son tan dañinas como la económica y física, y ambas acaban con las reservas del país. Al final no es distraer lo que consiguen sino demostrar que tienen fuerza, que tienen el poder. Que actúan y hace porque pueden y les da la gana. Porque todas las instituciones están bajo su mandato. Porque su puño somete a las ramas del poder que tendrían la obligación moral y constitucional de enfrentarlos, de denunciarlos, de someterlos a la justicia.

Nos complace decir que se “sienten perdidos”, que se “saben minoría”, que “están asustados”, que “están conscientes de que están en plena caída y decadencia”. Qué hacen lo que hacen porque “saben que están de salida”.

La verdad, ya no sé. Solo sé que hay un fuerte cansancio, una profunda depresión, un hastío que parece insalvable. Hay una sensación de que caemos y caemos… cada día el país se hunde un poco más en la podredumbre, el descaro y la falta de pudor, y el fondo no parece tener límite, no parece tener fin.

El oscurantismo, la Edad Media, el atraso y el oprobio se ciernen sobre una Venezuela desprevenida y, aparentemente, impotente.

¡Qué cansancio! ¡Qué hastío! ¡Qué tristeza!

De exilio y desarraigo

La imagen de Eliana Balestrini captó la cola para comprar un kilo de leche en Makro, Mérida.

Hay varios tipos de exilio. Está el exilio de quienes se van por gusto a buscar nuevas experiencias y mejores perspectivas. El de quienes parten porque sienten que el país no les ofrece un futuro acorde a sus capacidades y expectativas. El de quienes se van porque el régimen les cerró todas las puertas y desde que los botaron de sus trabajos no les ha sido posible conseguir un empleo más allá de vender Amway, Omnilife o cualquier otra marca de esas o dedicarse a hacer tortas y comidas, después de que pasaron años dejando las pestañas en libros para sacar exitosamente una carrera con sus maestrías y post grados. El exilio de quienes tuvieron la suerte de ser llamados por empresas extranjeras para aprovechar sus talentos y cerebros. El exilio de quienes huyen con sus hijos a un país donde sus descendientes tengan un futuro que les asegure algo más que un tiro en una calle para robarles un par de zapatos. Esos que dejaron su familia y amigos para poder ofrecerles un futuro a sus hijos reduciendo su nucleo familiar a la pareja y sus retoños, dejando lejos padres, hermanos, primos…

El exilio de quienes acosados por el régimen se vieron forzados a pedir asilo en tierras lejanas. Un asilo que les impedirá, por muchos años, pisar el suelo que los vio nacer y que los obliga a ver a sus familiares solo cuando estos viajan al lugar donde se asilaron o acuerdan verse en un punto intermedio…

Muchas maneras de exiliarse. Cada uno de los que se han ido debe contar una forma nueva o diferente. A cada cual el exilio le genera un dolor y un desprendimiento doloroso. Pero los que nos quedamos, los que por diferentes motivos, razones e impedimentos, no podemos o no queremos dejar el país e irnos, nosotros, también vivimos otra especie de exilio.

Es un exilio mental y emocional. Un desarraigo. Un sentir que, un mal día nos arrancaron de cuajo y raíz de esta tierra y nos dejaron en el aire. Sin país, sin tierra, sin nación, sin patria que nos acoja. A los muchos que se han ido habría que sumarles los miles que nos quedamos pero sentimos que el país nos está botando. Nos sentimos extraños en la tierra donde nacimos. Cada día la realidad parece alejarse más de lo que somos y sentimos. El desarraigo es mental y visceral y duele como un golpe en el plexo solar.

¿Cómo tener sentido de pertenencia a un país cuando sales a la calle y ves interminables colas de gente a las puertas de un supermercado para acceder a un kilo de azúcar o un litro de aceite o un kilo de leche? ¿Como identificarse con una tierra donde una tarde te enteras que a un muchacho de 16 años, unos delincuentes, por puro gusto, le volaron media cara de un tiro cuando intentaban robarle el carro llegando a su casa y los asesinos, no conformes con eso, le dieron otro tiro en el pecho “por payaso”.

Yo no puedo sentir que pertenezco a una tierra donde un tipo, acólito del régimen, puede contar con orgullo cómo se hizo multimillonario estafando al Estado con los dólares del Sitme, para lo cual montó una sala de computación con costosísimos y potentes equipos que le permitían conectarse antes que nadie a las ofertas de adjudicación de bonos con sus más de 50 empresas, posiblemente ficticias, de maletín.

¿Dónde quedó aquel país en el que trabajar honestamente era el orgullo? Ahora todo es una trampa y un chanchullo. La relación de empleado y patrón es una relación de enemigos, marcada siempre por el resentimiento. No hay salario ni dinero que pueda pagar la sensación que se sembró en el trabajador de que siempre es “un explotado”. El amor al trabajo es una quimera y al final siempre se buscará cómo joder al patrón porque ha explotado y esclavizado al trabajador.

No puede uno sentir que pertenece a un país donde una relación que en un tiempo fue familiar, de cariño, ayuda y cooperación mutua, un buen día, deviene en odio y resentimiento porque terminó la relación laboral y se busca sacar el mayor provecho de quien por años estuvo allí, pendiente para proporcionar ayuda al trabajador y a sus familiares. La ingratitud y el resentimiento son los platos del día. Bien decía mi madre: “De desagradecidos está empedrado el camino del infierno”. Este país, hace tiempo, se volvió un infierno.

Entonces uno se siente extraño. Siente que no pertenece, que a pesar de seguir pisando el suelo que te vio nacer, estás en una tierra extraña, un lugar que no reconoces como tuyo, con unos compatriotas que no parecen tener nada qué ver contigo. Los principios y valores no son los que tienes arraigados en tu mente y en tu espíritu. La patria terminó siendo un concepto vacío, una palabra hueca que solo sirve para justificar la incompetencia, la desidia, el abandono, la ineptitud y la ineficiencia. Dicen “tenemos patria” y sientes que no te dicen nada. Una frase que usan quienes por odio y resentimiento dicen “que me roben, que me maten. No me importa no tener comida ni jabón pero no volverán”.

“Tenemos patria” es solo un comodín para calmar a un pueblo que siente que se quedó -además de sin comida, sin seguridad, sin salud y sin vida-, sin un país.

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