El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Velando a Chávez

image A efectos de actividad normal en el país, hoy, 12 de enero, viene a ser como el primer día del año. Los comercios empiezan a laborar de manera general, las escuelas, liceos y universidades inician su actividad escolar. Se supone que los motores que mueven un país,aceitados con el descanso de las vacaciones de navidad y año nuevo, deben arrancar a funcionar con potencia.

Es lunes y, como cualquier lunes, el cuerpo acusa recibo del día como si fuera un karma. Peor aún este lunes “inicio de año”. Abro la ojos y, bostezo, estiro los músculos para desentumencerlos y, pereceando en la cama, enciendo el celular. El primer mensaje que leo en el whats app, termina de despabilarme el sueño:

“Buenos días…  Saqueado Farmatodo de Bella Vista (Frente a ENNE) a las 2 am. luego de fuerte mollejero”.

Al mensaje lo acompaña una tenebrosa fotografía de una interminable fila de gente, que en la oscuridad de las dos de la madrugada, rodea el establecimiento. Ese Farmatodo queda cerca de donde vivo. Una cola más que no por frecuente deja de sorprender y entristecer. Pero, para completar de deprimir el amanecer del lunes, otra foto de brazos marcados con números, pone:

“Asi marcaron a los clientes en Farmatodo. Hasta que empezó el saqueo 2am”. image Después me entero de que, si bien no hubo saqueo como tal, sí se llevaron algunas medicinas, papel tualé y computadoras y de que el sitio permanece resguardado por militares. Con el corazón resquebrajado, me voy a trabajar. No es fácil sacar ánimo de hacer patria luego de esas imágenes y noticias y de saber que los militares y policías se encuentran desplegados por la ciudad. A la depresión se le añade el temor.

Pocos minutos antes de las doce del día, con una “pepa de sol” de más de 40 ° C., antes de que me cierren la joyería, salgo a pie a mandar a hacer un trabajo. El aviso de la casa de empeños que marca el precio de compra del oro y me sirve para darme una idea de cómo aumenta el valor del dólar paralelo ha dado un salto de 3650 que lo dejé el sábado, a 3900, hoy.

image Sigo mi camino.

A lo lejos, distingo una multitud. Hacia ella me voy acercando. Recostada a una reja, una larga hilera de personas se achicharra los sesos a pleno sol. Hay hombres, mujeres jóvenes, embarazadas, mayores, mujeres con bebés en brazos. Es la cola para el Centro 99, porque a ese supermercado llegaron pañales. Parece que pollo y papel tualé también.

Mientras espero que me hagan mi trabajo en la joyería, salgo a dar una vuelta. De regreso, unos 5 minutos después, escucho que alguien dice que se acabaron los pañales. La gente de la cola, dando voces,  empieza a correr hacia la puerta del supermercado.

“¡Ahí hay. Ahí hay!”, gritan algunos. Otros vociferan: “¡Patria, patria!”. El supermercado baja sus santamarías. La joyería en la que estoy también lo hace. Yo grabo unos cortos vídeos de la marabunta. image Me entregan mi trabajo y, agachado para no tropezar con el borde de la santamaría, salgo y regreso a mi tienda. La cola sigue al sol. A la espera, a ver si vuelven a sacar pañales o cualquier otro producto escaso y “bachaqueable”.

Ya en mi trabajo, veo un titular en Noticiero Digital con una foto de Nicolás sentado frente a un hombre con túnica y turbante que dice:

“Maduro: Venezuela exportará alimentos a países árabes”.

Sólo atino a decir:

Debe ser un buen negocio bachaquear a Arabia“.

image Quisiera empezar el día, la semana, el año, con el espíritu de los artículos de Carlos Lavado y Sumito Estévez que leí el fin de semana, pero no es fácil. Veo las colas y oigo los gritos de la gente en ellas. Veo sus caras de frustración tostada por el sol, mustias, y pienso:

Aquí yacen los restos de Chávez y su “revolución bonita. Este gentío lo está velando” .

Golcar Rojas

El chavismo como forma de ser del venezolano

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A veces pasan cosas que me hacen pensar que el chavismo no es algo exclusivamente de los chavistas. El chavismo parece ser una forma de ser del venezolano en general. Una conducta atávica, una tara, que será muy difícil de erradicar.

Cuando no asumimos nuestras pifias. Cuando reaccionamos con violencia a las críticas justificadas. Cuando volteamos a ver quién está al lado para achacarles la culpa de nuestros errores. Cuando nos apoyamos en la mediocridad del régimen para pretender justificar la nuestra. Cuando una crítica la asumimos como una ofensa. Estamos actuando como chavistas, aunque seamos acérrimos opositores.

La historia de hoy comenzó hace algunos meses. Cuando la escasez de productos empezó a hacerse más grave y los proveedores empezaron a tener graves fallas de productos. Cada vez tenían menos inventario y los productos más caros. Los beneficios como créditos y descuentos los fueron eliminando. Nada que en época de crisis grave uno no pueda prever y entender.

Mientras el país estaba relativamente “bien” -hace tanto que no lo está ralmemte-, los proveedores tenían una atención también relativamente “buena”. Los vendedores hacían más o menos bien su trabajo. Visitaban, tomaban pedidos, despachaban y cobraban. Lo normal. Lo básico y sin esforzarse mucho. No era una atención especialmente buena pero con lo mínimo teniamos.

El problema vino después. Cuando las dificultades para adquirir los productos se incrementaron y en esa misma proporción, lamentablemente, fue disminuyendo la atención.

Este drama, que llegó hoy a su clímax,  se inició hace unos meses.

Necesitaba unos productos para mi tienda y un distribuidor de Valencia los tenía, como en efecto pude constatar en la lista de precios que cada dos o tres días me actualizan por e-mail.

Hice lo habitual. Llamé varias veces a la vendedora para hacer el pedido. Su celular no conectaba. A los días, luego del cuarto intento infructuoso, le pasé por mensaje de texto mi pedido, como había hecho en innumerables ocasiones.
Pasaron los días y ni señas del pedido ni de la vendedora. A los dos meses de espera, decidí llamar a la compañía en Velencia. No lo había hecho antes para no dejar mal parada a la chica con sus jefes.

-Ella tiene dos meses sin teléfono.
Me respondieron al otro lado de la línea. Sólo les pedí que le dijeran que pasara por mi tienda.

A los 15 días se apareció. Cuando le dije que tenía dos meses tratando de hacer un pedido, se limitó a decirme que no tenía teléfono pero que le podría haber enviado el pedido por el correo que ella me envía la lista de precios. Para ese momento, ya no quedaba en inventario ninguno de los productos que yo precisaba.

Le expliqué que no sabía que ese era su correo porque venía a nombre de la compañía y no sabía si recibían pedidos por esa vía. Y le dije, a manera de consejo, que si no le parecía que lo más apropiado hubiera sido que por ese mismo correo ella enviase un texto explicando su problema con el teléfono y que mientras lo solventaba hiciéramos los pedidos a través del correo.

Se limitó a levantar los hombros y decir:

-Ay, Golcar, no pelees que a nosotros se nos está haciendo muy difícil trabajar y si sigues peleando te vas a quedar sin proveedores.

Pasó.

Un mes después, cuando me llegó la lista de precios con productos que estaban escasos y ellos tenían. Hice mi pedido por correo. Al día siguiente me llegó la respuesta. En ella me aclaraban que para despacharme lo pedido había ciertas condiciones como comprar junto lo que pedí algún otro producto de baja rotación (huesos en pocas palabras) y que me indicarían en otro correo las cantidades que me asignarían de acuerdo al inventario disponible. Supuse que lo hacían así para cubrir a todos sus clientes por igual o, al menos, a la mayoría.

Perfecto. Me calaré sin pelear las condiciones. Pasaron 15 días, un mes. Ni señas del correo ni de la mercancía pedida. Vuelve a llegar un mail con la actualización de la lista de precios y les respondo:

“Me quedé esperando el último pedido. Quedaron en que avisaban cómo distribuirían la mercancía para cada cliente y de eso hace ya casi un mes y nada. Ni aviso ni mercancía,”.

15 días más y nada.

Hoy se aparece la vendedora a cobrar una factura. Le digo:

-Ustedes no quieren servir para nada.

Cara de Calimero. Pucheros. Trompita. La retahíla de excusas. Que la compañía. Que la escasez. Que el país…

No sé con qué rocambolesca figura todo terminó siendo mi culpa por la semana que me tomé de descanso. Justo en esos días ella se apareció. A cobrar, no a recibir pedido que se supone ya estaba hecho, pero creyó que me podía engañar.

Me alteré. Bueno, no me alteré. Se me fueron los tapones. La grité feo. Muy feo, para decirle que lo único que yo pedía era una respuesta. Un correo que dijera que no me despacharían lo pedido. Que no me vistiera que no iba.

Se ofendió por los gritos. Bajó la mirada.

-¿Qué culpa tengo yo de que el país esté hecho mierda?

Nunca asumió su pifia. Fue incapaz de decir “Discúlpame, he debido avisarte”. Todo fue el país que no sirve y que ella no era la única vendedora que fallaba, que en todas las compañías estaba pasando lo mismo porque “ESTE PAÍS NO SIRVE”.

Alterado, le hice su cheque mientras con excesiva grosería le decía:

-El problema no es la crisis ni el país. El peo no es el gobierno. Eso es otra cosa. El problema es que tú no sirves para un coño. Eres incapaz de atender a un cliente como se debe. Un simple correo a tiempo explicando la situación es lo único que tenías que hacer y no dejarme en el aire. ¡El problema eres tú! Y tu excusa es el país, y la crisis, y tus jefes, y la compañía. Con eso pretendes justificarte.

Ahí rodó otro proveedor. Gracias, por favores recibidos.

Pero entonces me queda esa sensación de que el chavismo es una forma de ser que no tiene nada que ver con estar de acuerdo con el régimen, con apoyar y votar por los que gobiernan. Esa actitud de responder a la crítica con ataques, de justificar las pifias propias en el otro, de asumir que si todo el mundo lo hace así yo también lo voy a hacer aunque sepa que no está bien. Esa capacidad de usar la mediocridad del otro para justificar la propia. Ese “Lo hacemos porque siempre se ha hecho así. Porque los otros también lo hacían o lo hacen”. Y, finalmente, el “Lo hago porque me da la gana”, conductas y actitudes tan exhibidas en cadenas de medios durante estos últimos 16 años, han calado en nuestros huesos ¿o venía desde antes en nuestros genes?

¿Es posible que el venezolano haya sido chavista aún antes de Chávez? ¿Que el chavismo sea nuestra forma de ser?

Golcar Rojas

¡26 horas de San Cristóbal a Maracaibo!

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Como es habitual luego del cambio de huso horario inventado por el difunto, en Venezuela,  por estas épocas de fin de año, a las seis y media de la tarde ya es noche y, a las siete el cielo está negro como boca de lobo.

Para quien no está acostumbrado a circular por las carreteras en horas nocturnas, no es fácil esquivar los huecos y los policías acostados que no cuentan con la más mínima señalización y que proliferan sin necesidad de riego.

Esa noche, el cielo estaba nublado y la luna en cuarto creciente no se veía. Esto, sumado a la total ausencia de iluminación en las vías y falta de un efectivo pintado de la carretera, hacían de la vía una segura guillotina. Y si, a todo esto, le sumamos el cansancio producido por la angustia y tensión de no saber si conseguiríamos donde poner gasolina, la hora y pico que estuvimos sofocados en una cola para repostar el combustible y una pequeña falla que estaba presentando nuestro carro que hacía que por momentos se ahogara y corcoveara, pues todo nos aconsejaba que buscásemos un sitio donde pasar la noche, reposar el estrés, descansar y continuar el viaje al día siguiente.

Afortunadamente, nos detuvimos en esa estación de gasolina de La Morita y colocamos los 30 litros que nos permitieron. Después de esa, pasamos unas cuantas que estaban cerradas y, de no haber colocado allí, habríamos tenido que hacer como vimos en una gasolinera: aunque el lugar estaba fuera de servicio, a sus puertas ya había una fila de autos que se quedaron sin combustible en el camino al no encontrar gasolineras abiertas y no tenían más remedio que pernoctar allí a esperar que en algún momento de la noche o a la mañana siguiente, abrieran el sitió y pudieran repostar.

paisajeFuimos afortunados y, por eso mismo, decidimos  no tentar más la suerte. Debíamos encontrar un lugar para dormir y descansar.

Entramos a un extraño, lúgubre y solitario hotel de carretera que parecía no haber sido terminado de construir. Subimos unas amplias escaleras estilo italiano, de madera, hasta la recepción y consultamos con un señor moreno, el único ser vivo que se apreciaba en metros a la redonda, si disponía de habitación.

Luego de su afirmativa respuesta, solicitamos verla. Era una pieza en la que no coincidía una funda de almohada con la otra ni la sábana y el forro de la cama. Mucho menos tenían parecido éstas con las de la cama vecina y las cobijas se notaban viejas, con flores desteñidas. Las paredes desconchadas y el piso manchado. El baño con baldosas manchadas de moho.

Me senté en una de las camas para probar el colchón. Total, lo que queríamos era dormir.

–¡No la arrugue!  –Gritó nervioso el moreno–. Si ven la cama arrugada piensan que alquilé la habitación y me la cobran.

Me paré de un brinco. Y traté de alisar la sábana pasando la mano por encima.

Pero lo que hizo  finalmente que desistiéramos de rentar la covacha, fue cuando vi el diminuto aire acondicionado que tenía. No pasaba los 12 mil btu y en Caja Seca, tierra de calor húmedo y sofocante, eso erapaisaje6 indicio de pasar una noche de acalorado insomnio y amanecer más cansados de lo que ya estábamos.

El moreno nos dijo que más adelante había un hotel más familiar y con piscina,  que fuéramos a ese que estaba a unos 15 minutos. Dimos las gracias y marchamos.

Previendo que el lugar no contase con un restaurante donde tomar algo, paramos y en Fito’s Burguer, –un carrito de arepas, perros calientes y hamburguesas, a orillas de la carretera–. Nos comimos una hamburguesa mixta de pollo y carne, con todo, incluyendo parásitos y amebas porque ¡hay que ver el tobo de pintura en el que lavaban las verduras!

“Cenamos” por doscientos bolívares y seguimos rodando por la oscura carretera. Por fin, después de pasar unas cuantas fuera de servicio, vimos una gasolinera abierta. Rellenamos el tanque para no tener que hacerlo en la mañana en una larga cola y seguimos.

Una alcabala, casi a la salida de la gasolinera:

–¿De dónde vienen los señores? Sonó la voz del Guardia Nacional en la penumbra a través de la ventanilla.

–De San Cristóbal.

–Aquí huele a gasolina –dijo en un tono como insinuando que podíamos andar cargando combustible ilegalmente. Parece que nos vio cara de “bachaqueros”.

–Claro, acabamos de llenar el tanque allí.

Abrió la puerta trasera del carro, iluminó el interior con su linterna y nos permitió seguir sin más preguntas ni insinuaciones.

hotelPor fin encontramos el “Hotel familiar” del que nos habló el moreno. Un sitio pequeño con entrada de tierra y granzón. Rodeado por una reja y coronado por cerca de alambre electrificado.

Un señor con camisa desabotonada y panza al aire, con mirada un podo perdida apareció del fondo.

–¿Tendrá habitación disponible?

El hombre balbuceaba sin saber si decir que sí o que no. Me miraba a mí que me había bajado del carro para hablarle y miraba hacía el vehículo con desconfianza. Finalmente dijo algo que asumí como un “sí”.

–¿Podemos verla?

Quitó el candado de la reja corrediza y empujó para dar paso al auto. Yo seguía parado mientras Cristian metía el carro en el terreno pedregoso que fungía de estacionamiento. Mientras lo hacía, el hombre con la mirada cada vez más de loco y tono de voz que demostraba que estaba tan asustado de recibirnos como nosotros de estar allí, me dijo:

–Entren rápido para cerrar porque hace ratico vino un loco a pedir habitación –hablaba mirando a los lados para asegurarse de que el hombre no estaba por allí–. Estaba todo sudado y dijo que era un estudiante. Pa’mí que era uno de los presos esos que se fugaron.

–¿De los 43 de Santa Teresa del Tuy?

–Ajá. Cuando le dije que no tenía habitación me dijo que le diera un sitio con techo donde pasar la noche. Le dije que no podía porque el dueño estaba aquí.

paisaje11La habitación estaba limpia y el baño impecable. El aire acondicionado funcionaba a perfección. Ya eran las once de la noche. Teníamos 12 horas de viaje y no podíamos más con nuestras almas. Pagamos los 400 bolívares que costaba el cuarto y el hombre agarró de una estantería dos cobijas enrolladas. Las miró dudoso. No parecía estar muy convencido de darnos esas. Tomó las que estaban desordenadas sobre la que, evidentemente, era su cama. Las levantó en el aire y las olió y dijo:

–Estas están mejor.

–No se preocupe –dije tomando las enrolladas con rapidez–, Con estas nos apañamos. ¿Estará seguro el carro allí?

–A menos que aparezca el loco y le tire piedras… era muy raro ese tipo. Menos mal que allí tengo a dos que llegaron hoy…

Caminamos a la habitación y decidimos pegar la pesada litera de madera de pino contra la puerta. Si alguien –el tipo que no se sabía si era un loco sudado o un preso fugado– quería entrar, con esa tranca no podría.

cielo2Tomamos una ducha con agua helada. Las cobijas de la duda tenían un tamaño como para Barbie, al igual que las sábanas. Encendimos el televisor para distraernos un rato y dormir relajados. El sitio es tan “Familiar” que al hacer zapping, aparecieron desbloqueados los canales pornográficos de Direct TV.  “Me tiré a mi padrastro blanco” ponía en inglés el título de una de las películas. Apagamos el aparato y agotados nos dormimos.

Al día siguiente nos paramos. Salimos apurados y tomamos de nuevo la carretera. En un mercado de “microempresarios” socialistas desayunamos cuatro empanadas chiclosas y dos jugos rancios por el “precio justo” de 160 bolívares, todo. En el pueblo de El Venado nos detuvimos a tomarle fotos a los bustos de Bolívar y Chávez que parecen tratarse de tú a tú en el pedestal del centro de la plaza.

Un lugareño, tirando verdes para recoger maduras, al vernos haciendo fotos a los bustos nos espetó:

–Yo estoy cobrando por eso.

–¿Cobrando por qué? Dije.

–Por las fotos. Yo soy el que cuida la plaza.

–Estás clarito. Dije. El tipo sonrió y siguió su camino.

Unos motorizados con cara de pocos amigos hicieron que apurásemos la labor y pusiéramos pies en polvorosas.

A eso de la una de la tarde, cruzábamos el Puente sobre el Lago que, a esa hora, tenía encendido su alumbrado eléctrico en un país donde el gobierno nos culpa a los ciudadanos de no ahorrar energía.

Hicimos en 26 horas el viaje de San Cristóbal a Maracaibo que en condiciones normales no debería durar más de cinco o seis horas.

Un paseo para celebrar la unión y el reencuentro familiar termina convertido en una crónica del miedo. La fiesta deviene en el horror de no saber nunca quién es quién. Todos tememos de todos porque todos sabemos que de cualquier pretina de pantalón puede saltar el arma que nos apuntará. Cosas y formas de vivir que nos ha legado al morir ese hombre que en un pedestal de plaza pretende tutearse con El Libertador.

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Hora y media en las profundidades del socialismo. ¡Llego leche!

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Mi cabeza parece una vasija llena de grillos, chicharras y sapos. Estoy aturdido como si estuviera en una discoteca con la música a todo volumen. Mi pecho da brincos como cuando el changa changa del DJ excede la capacidad de decibelios del equipo y uno está junto a una corneta que distorsiona el bom-bum de la música.

La tortura comenzó cuando me disponía a sentarme a seguir mi re-lectura de Trópico de cáncer -con el precio actual de los libros, toca recurrir a los ejemplares que uno guarda en la biblioteca-, y repicó el celular:

-¡Venite ya, que van a sacar leche en polvo de la que cuesta 40 bolívares!

Aparte del precio, lo que más me impulsa a cerrar el libro y correr al supermercado es que haya leche y poder olvidar por un tiempo la asquerosa leche líquida ecuatoriana que conseguí la última vez y que era un agua amarillenta e insípida.

Dejo el libro a un lado, tomo mi billetera con la cédula de identidad -requisito indispensable para poder comprar productos de primera necesidad- y me voy a paso rápido al supermercado.

La gente empieza a aglomerarse. El dato ha corrido por diferentes vías y el local se llena de compradores. Aún no sacan la leche.

-Mientras la sacan, pasa por la captahuellas. Me susurra mi amiga.

-Pero yo hace como dos horas que vine registré mi huella. Le advierto, pensando que no tendría que volverlo a hacer.

-Cada vez que vengas tienes que pasar por la captahuellas, Golcar. Eso se desactiva una vez que se registra tu compra en la caja. Así que anda antes de que se haga más larga la cola.

Le pregunto si los bachaqueros se han ahuyentado con las captahuellas y me dice que a ella le parece que ahora hay más bachaqueros que antes.

Me empieza a incomodar la situación pero ya estoy allí y me da vergüenza despreciar el gesto de la amiga que tan amablemente se toma la molestia de llamar y avisarme cuando llegan productos de los que escasean. Asumo una “actitud de sociólogo”, repiro profundo y me resigno a pasar por la aventura cotidiana del socialismo del Siglo XXI legado por el insepulto Chávez.

Me meto en la fila de la captahuellas. Han habilitado tres aparatos para la ocasión. La gente sigue llegando al local.  La cola tras de mi se va haciendo aceleradamente más larga.

La gente se empieza a impacientar. Se miran unos a otros con desconfianza. Nadie dice con claridad a qué han venido pero todos sabemos que el dato de la leche en polvo se ha regado velozmente.

Al poco tiempo, la cola es una larga anaconda furibunda. Ya yo he pasado por la captahuellas y observo como la hilera crece, atraviesa el local, serpentea, se enrosca hasta llegar a la pared del fondo. Hay un murmullo general con una rabia contenida. La fila es una vibora enfurecida que parece estar dispuesta a atacar y soltar su veneno en cualquier momento. No veo por ningún lado la alegría con la que Méndez, encargado de los “precios justos” del gobierno, dice que el pueblo compra lo que necesita. En la fila lo que se respira es rabia, incomodidad,  desconfianza, ira.

Hay algunos amagos de pelea entre la gente que no piensa permitir que nadie se colee. En estos casos, no vale que seas mayor de 60 años, que andes con bastón o andarivel, que lleves tapaboca o estés embarazada. Nadie tiene preferencia y la mirada de furia de quienes están en los primeros puestos de la cola y de los empleados del supermercado encargados de resguardar el orden lo certifican.

En la captahuellas también hay los momentos de incomodidad y roce. El sistema está lento. A algunas personas la máquina no les reconoce la huella. Pasa mucho con la gente mayor.

Pruebe con el otro dedo.
Límpiese bien el dedo.
Pongamos gel en la captahuellas.

Algunos se van furiosos sin poder comprar porque su huella parece estar definitivamente borrada. Otros logran superar la prueba.

Le digo a mi amiga que ya registré la huella y le consulto qué debo hacer.

-Da unas vueltas por allí. Ya la van a sacar. Disfruta de la “patria” y del socialismo.  Me dice con sonrisa sarcástica.

Observo a la gente. Por ningún lado veo “la felicidad de comprar lo que se necesita al precio justo”. Sin duda, Méndez no ha venido en momentos como estos cuando comprar es adentrarse en las profundidades del socialismo a la cubana.

Un empleado le da un golpe con su hombro por la cara a una señora. Esta grita y se soba la mejilla. Le digo sonriendo “Eso es el socialismo”.

-No. Eso fue un coñazo. Y se sigue sobando.

Se hace difícil moverse. Sigue llegando gente y nadie se va porque todos esperan la aparición de la preciada leche. Registran sus huellas y permanecen en el local. Nadie dice con claridad a qué esperan pero todos lo sabemos. Algunos preguntan qué van a sacar y se les responde con dudas:

-Dicen que leche en polvo.

Ya ha pasado más de una hora y nada que sacan la leche. A mí la impaciencia ya me gana. La barriga me da brincos. Las sienes me palpitan. Hago chistes necios con la gente para distraerme. Le comento a mis amigos que trabajan en el sitio que no sé cómo no han enloquecido.

-Yo estoy que me subo las enaguas y me jalo los pelos del chocho, como diría mi madre. Les comento y ríen a carcajadas.

-Ya nos acostumbramos. Dicen, pero la tensión en sus rostros y la ira en la mirada los delata. Ellos también están al límite.

Un empleado habla con uno de los vigilantes:

-Anda a buscar a tus compañeros porque yo solo ni de verga saco eso. Si vengo con la carrucha y se me viene la gente encima, dejo esa vaina botada.

“Tienes culillo”, le digo riendo y el hombre sonríe y asiente con su cabeza: “La pinga”.

Custodiada por unos seis hombres sale rodando la carrucha con las cajas de leche. La gente se alborota. Los murmullos ya son gritos. Corren todos a las cajas a hacer la cola para pagar pues la leche la entregarán después de cancelada. Dos paquetes de 900 gramos por persona.

Quedo de cuarto en mi caja. En la mano llevo dos paquetes de medio kilo de caraotas, un kilo de sal y una mayonesa. La cajera es lenta y hay una compra grande de primero. Pasa gente que consulta si deben pasar por la captahuellas para comprar compotas. Sí y son solo cuatro por persona.

Veinte minutos más tarde, pago. 166 bolívares hace mi cuenta con los dos paquetes de leche. Un solo paquete de 900 gramos de la descremada en polvo que se consigue con más frecuencia y facilidad cuesta 250 bolívares. Casi cien más de lo que estoy pagando por un kilo de caraotas negras, uno de sal y la mayonesa de medio kilo. He ahí la razón de tanto barullo.

Pago. Una corta cola para que me entreguen la leche y me despido de mi amiga con un beso y el corazón en la boca de hora y media de angustia y rabia contenidas. Hora y media en las que, una vez más, la realidad desmiente la propaganda oficial. Falso que las captahuellas agilicen o disminuyan las colas y eviten el bachaqueo.

-Gracias, cariño. Me voy a hacer yoga para recuperar mi centro.

-Ja ja ja ja, ahora sí me habéis hecho reír. Ya sabes lo que es tener patria. Has vivido la experiencia del socialismo profundo.

Golcar Rojas

En busca de la ciudadanía robada

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Cinco y media de la mañana. La angustia de quedarme dormido a pesar de haber puesto la alarma del teléfono y programado el televisor para encender a diez para la seis hace que me despierte antes de lo pautado.

Por las rendijas que deja la cortina del cuarto ya se empiezan a colar las luces del día que empieza a clarear. A pesar del aire acondicionado, el cuerpo acusa el calor y la humedad característicos de los días infernales de agosto en Maracaibo. El bochorno.

Para evitar volverme a quedar dormido, me levanto. Quiero que lleguemos a Zumaque antes de las siete de la mañana para conseguir sacar la cédula de identidad, documento de ciudadanía del cual carezco desde el 22 de diciembre gracias a la amabilidad de los choros que nos encañonaron con sendos revólveres cargando con todos los papeles. ¡Ocho meses y no ha sido posible obtener el documento!

Voy con Laura y Cristian que están en similares condiciones.

Después de mucho rodar, pasar por zonas realmente feas de la ciudad y preguntar,  logramos llegar al bendito sitio denominado Zumaque en donde se encuentran las oficinas del Saime.

En el camino recuerdo que debia llevar copia de algún papel y pienso que a lo mejor por lo temprano de la hora y lo lejano del lugar, se me hará difícil conseguir donde hacerla. ¡Es que todavía no me acostumbro a esta nueva Venezuela de la bandera de ocho estrellas y el escudo con el caballo virado! A las afueras del recinto que tiene mas pinta de cancha deportiva que de oficinas de identificación,  pulula un floreciente comercio informal donde hacen copias, a blanco y negro, a color, ampliaciones, plastificado… Todo un centro de copiado en plena acera y bajo un toldo de lona con varios puestos que prestan el servicio, además de ventas de empanadas, refrescos y café.  Todo el habitual comercio que florece alrededor de la ineficiencia oficial de la revolución chavista.

Hacemos las copias que necesitamos, las pagamos más caras que lo que nos hubieran costado en un negocio formal de un centro comercial de esos que pagan servicios, tienen aire acondicionado y pagan los impuestos de ley. Pero, bueno, se paga y se agradece el no tener que dar más vueltas con este madrugonazo.

Entramos al recinto. Nos paramos oteando a todos lados intentando discernir de qué va la cosa. Cómo se desenvuelve ese mar de gente que tenemos en frente haciendo diferentes filas y los otros que se aglomeran en varias partes de la cancha techada.

Ante lo indescifrable de la situación, decido preguntarle a un miliciano con uniforme verde oscuro al más claro y puro estilo cubano:

-Buenos días, ¿Dónde es la cola para sacar cédula?

Con voz apenas audible que delata sumisión y hasta cierto temor, me dice:

-Yo no sé.  Pregúntele a mi teniente.

Y me señala a otro uniformado que se encuentra sentado conversando con una mujer. Me le acerco y repito mi pregunta.

-La última allá, la que está más cercana a la reja.

Entramos para ubicarnos de últimos en la fila. La hilera no debe ser de menos de 150 personas y junto a la nuestra hay otra larga fila de la tercera edad.

Respiramos profundo y nos ubicamos resignados a pasar una larga y calurosa mañana pretendiendo obtener ese pequeño papel plastificado con nuestra foto que certifica que somos ciudadanos de este país. En la fila, se ve gente precavida que vino con bancos y sillas plegables y hasta un señor con una colchoneta.  Muestra de que llegó tan temprano que durmió en la cola.

Junto a nuestra hilera, tras la reja, otro centro de copiado. Aprovechamos de sacar copia de la denuncia del robo que nos acaban de informar que la pedirán para poder hacer el trámite. Pagamos la copia a precio de joyería. La gente se comienza a impacientar. Pasan los primeros 40 y los de la tercera edad, no obstante, nuestro sitio en la fila no se altera, no avanzamos ni un centímetro.

El bululú se calma para volverse a alborotar al rato. Un joven más bien bajo, con un carnet guindado al cuello con una cinta roja que lo identifica como funcionario, comienza a anotar a la gente que pasará y a anotar en la parte trasera de los documentos, luego de verificar que estén en orden, el número que le corresponde a cada persona.

A algunas personas las rebotan. Sus documentos están fallos. No porta la denuncia del robo de su cédula al CICPC. Una chica indignada cuenta que a ella la devuelven porque no se parece a la foto de la cédula vencida que lleva. “¡Cómo me voy a parecer si tenía nueve años cuando la saqué!”. Ahora aparenta unos veinte y tantos.

El funcionario termina de anotar y la cola no merma en lo mas mínimo. Anuncian que ya se acabaron los numeros por hoy que habrá y que volver otro día. Son cerca de las nueve de la mañana. Una señora vestida con una franela que la identifica como fiel seguidora del proceso revolucionario, se lamenta:

-Yo me paré a las dos de la mañana para venirme a sacar la cédula. Hasta miedo me dio al salir de mi casa porque en la esquina unos hombres en moto atracaron a una muchacha que estaba llegando a su casa y ahora me salen con que tengo que volver…

La gente se dispersa. Decidimos ir a la oficina del Saime en La Rita, una población a unos 15 minutos después de pasar el puente sobre el Lago de Maracaibo. Tenemos la ingenua esperanza se que allí haya menos gente y nos puedan atender. El hambre aprieta. No hemos tomado ni café.

Al llegar al sitio, el cogeculo de gente a las puertas de la institución es tal, que ni siquiera nos bajamos a preguntar. Son la nueve y pico y decidimos desayunar. Unas empanadas grasientas y recalentadas y una malta a la que le noto un nuevo diseño en la botella. Pienso “¿Será que es colombiana porque aquí ya no hay o será que La Polar, a pesar de todo, sigue invirtiendo en este país?” Seguimos vía al aeropuerto de La Chinita.

Las informaciones que tenemos de la oficina del Saime en el aeropuerto son confusas y hasta opuestas. Van desde “Esa oficina la quitaron hace meses”, hasta “Una amiga mía sacó su cédula allí la semana pasada”. Decidimos ir personalmente a cerciorarnos. En efecto. La oficina ya no existe. Después de perder una mañana productiva de trabajo, “pasear” por el Zulia con tráfico y calor de infierno, y un madrugonazo llegamos a nuestras casas, agotados, sofocados y en la misma condición de indocumentados que salimos en la mañana.

En el trayecto recuerdo que el difunto Chávez se enorgullecía de la eficiencia de la Misión Identidad y del sistema biométrico y automatizado de identificación instalado en el país. Cuando uno en una cola se quejaba del desastre de país que estamos viviendo, siempre saltaba un oficialista a resaltar las bondades del Saime y la rapidez con la que uno sacaba su cédula y obtenía su pasaporte. Era prácticamente la única bandera de eficiencia que podían enarbolar. Ya ni eso.

Y uno se pegunta “¿En qué galpón u oficina se están enmoheciendo y dañando las cientos de miles de máquinas que se compraron en Venezuela para las jornadas de cedulación que hacían con regularidad en cada esquina del pais? ¿En casa de quién fueron a parar las miles de cámaras fotográficas que había para sacar cédulas? ¿Y las computadoras? ¿Tendremos que esperar un nuevo proceso electoral para que el régimen vuelva a poner celeridad en el trámite de identificación del ciudadano o esta historia de retroceso, como todo el retroceso del país, es irreversible?

Una vez más siento que mi identidad se desvanece, que más que la cédula me han robado la ciudadanía. Vivo en un país que cada vez reconozco menos y que se empeña a diario en desconocerme a mí con descarnada insistencia. Mañana haremos otro intento. Otro “paseo” por otras latitudes del Zulia. Si no resulta, tocará recurrir al habitual soborno de algún funcionario que, 200 o 300 bolívares de por medio, nos haga el favor de pasarnos para sacar el documento. Alguien tiene que haber que esté haciendo su negocio a punta de matraca en este caso, como en todos.

Golcar Rojas

Vivir en un paréntesis

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Hace 16 años en Venezuela se abrió un paréntesis. Muchos apoyaron, muchos celebraron, muchos se pusieron a la orden del nuevo gobierno para colaborar en la recuperación del país y la profundización de la democracia. Tendremos una democracia participativa y no solo representativa como hasta ahora. Otros estábamos recelosos, desconfiábamos de un gobierno en manos de militares golpistas. Unos y otros, en todo caso, creímos que se trataría de un paréntesis de cinco años. Ese paréntesis duraría lo que duraba un período presidencial, a lo sumo.

Pasó el tiempo. Vino la constituyente.  Empezaron los desencuentros y las desilusiones. El régimen empezaba a mostrar el tramojo pero aún había fiesta de triunfo en muchos sectores. La esperanza del cambio no se desvanecía. El paréntesis seguía abierto.

Se empezaron a crear argucias legales para afianzar el régimen en el poder. A vuelo de pájaro creo recordar que una decisión del Tribunal Supremo de Justicia determinó que el período presidencial no debía teminar cuando le correspondía

No obstante,  muchos insistían en que ya estaba por cerrarse ese paréntesis.  Al régimen le queda poco. Está  “débil, asustado y acorralado” por eso actúa como actúa. De allí tanto desafuero. La procrastinación nos invadía.

Llegó el 2002, un paro general de actividades pondría cierre al paréntesis. El país no aguanta más. Llegaba el fin de unos funestos años. Ningún gobierno podría sostenerse con cientos de miles de personas en la calle y toda la actividad productiva, incluyendo la principal fuente de divisas, la industria petrolera, exigiendo su salida. El paréntesis estaba por cerrarse. Es sólo cuestión de aguantar un poco.

Llegó el golpe de Estado. La confusión. La supuesta renuncia. La entronización de Carmona Estanga. La supresión de todos los poderes. La persecución de algunos. La huída de otros. La muerte de muchos. Cerrar el paréntesis traía consecuencias.

De pronto. Unas negociaciones. Unos hechos que aún no quedan claros. La carta de renuncia no era tal. “La cual aceptó”  ya no fue más.  El retorno fantasmagórico a media noche del tirano depuesto. El paréntesis seguía abierto.

20 mil trabajadores de la petrolera quedaron sin trabajo de un pitazo, literalmente. Hasta de sus viviendas los sacaron. Los persiguieron para que no encontraran trabajo en otros sitios. Muchos se fueron del pais. Otros lograron montar negocios. Algunos empezaron a hacer comida para vender. No había por qué asustarse. El paréntesis algún día se cerraría y regresarían todos a sus puestos de trabajo para reconstruir la industria que estaba en el suelo. Serán recibidos como héroes y su sacrificio recompensado, cuando el paréntesis se cierre. La industria y el país no aguantarían muchos años en esas manos inexpertas.

Vino el cierre de RCTV que para muchos sería la guinda.  Si se atrevían a ir contra el más viejo y popular canal d televisión, el paréntesis se cerraría definitivamente. Lo cerraron. “Un amigo es para siempre”. Miles de personas quedaron sin trabajo pero tranquilos, eso sería por poco tiempo. RCTV más temprano que tarde regresará . El paréntesis estaba próximo a cerrarse.

Tuvimos elecciones de diputados en 2005. La línea de la oposición fue abstenerse de participar. Eso es una pantomima. No vamos a convalidar al régimen en una Asamblea Nacional. Si no hay representantes de la mitad del país opositora en esa Asamblea todas sus acciones serán ilegítimas e ilegales y el mundo la desconocerá… El paréntesis tendría que cerrarse forzosamente ante un régimen ilegítimo donde la oposición no tendría  voz ni representación.

Venevision y Televen empezaron a bailar al son que sonaba en Miraflores. De un plumazo cerraron más de 30 emisoras de radio. Pero no había de qué preocuparse. Eso no sería para siempre.  Lo que vivía el país no era más que un paréntesis.

Cerraron miles de empresas e industrias. El país se deterioraba a toda prisa. Cada vez se producía menos. No había inversión en infraestructuras. Venezuela se sumía en la oscuridad por falta de inversión en el sector de la electricidad. La población crecía, se triplicaba y la infraestructura de Venezuela no le seguía el ritmo. No se invertía, no se crecía en servicios al ritmo que lo exigía el crecimiento poblacional. El parque automotor se triplicó y las vías seguían siendo las mismas y sin mantenimiento. El colapso se hacía inminente. La delincuencia, el narcotráfico, la corrupción, la entrega de las FAN, de ministerios, de la nación a manos cubanas era intolerable. La palabra “pran” se hizo familiar y el secuestro y el sicariato cotidianos en cualquier ciudad. La inflación no tiene límite ni control. El país se rebelaría  en cualquier momento para cerrar este oprobioso paréntesis de nuestra historia. No se podía humillar tanto al “bravo pueblo”.

Cada nueva elección se nos decía que ahora sí llegaba el fin. El paréntesis a puntico de cerrarse. Metieron presos a muchos por órdenes dadas en cadenas de radio y televisión. Murió Franklin Brito reclamando justicia. Todo signos de que el régimen estaba por caer.

Sin apenas darnos cuenta y sin reaccionar nos vimos haciendo cola. Tres, cuatro horas de cola para comprar alimentos básicos cuando hay y racionados. Largas colas para la gasolina, para el gas. El numero de.cédula paso a ser el control del racionamiento. Los anaqueles de los supermercados se vaciaron. No hay. No hay. No hay.  NO HAY. Ni azúcar, ni aceite, ni harina de maíz, ni harina de trigo, ni jabón de baño, ni detergente para lavar ropa, ni afeitadoras, ni pañales, ni papel tualé, ni medicinas, ni insumos médicos en hospitales, ni cauchos para vehículos, ni baterías… En cualquier porche de vivienda una ponen una mesa con los productos inexistentes en loa supermercados a cuatro veces su precio sin que haya autoridad que lo evite y sancione. En muchos sitios el mercado negro es controlado y cuidado por policías y militares.

El exilio se volvió sino y signo de la venezolanidad actual. Las familias se desmembraron. Las despedidas de ojos salobres nos marcan a diario. Ayer un hijo, hoy un hermano, mañana un amigo. Venezuela pasó de ser hogar de acogida de inmigrantes a regalarle sus hijos al mundo. Se cuentan por miles los venezolanos que se han ido procurando el futuro, el bienestar y la tranquilidad que les niega hoy su país natal. Se van con la expectativa de un posible futuro retorno, cuando el paréntesis se cierre…

Ese paréntesis abierto se hace eterno e invivible, pero se sobrevive en la esperanza de que un día habrá de cerrarse.  Esto no lo aguanta nadie. Esto es insoportable. Sigue la procrastinación.

Y llegó el cáncer. La enfermedad nos salvaría. La parca se encargaría de hacer lo que los venezolanos no pudimos o no quisimos. La muerte nos cerraría el paréntesis.

Murió.

Cual monarca, dejó un sucesor. Al que menos esperábamos. Al menos preparado. Por quien nadie daba medio. Quién definitivamente cerraría el paréntesis porque ni hablar sabe. Imposible que con semejante currículum y falta de preparación el país vote por él. Las elecciones pondrían fin al paréntesis y punto final al desastre.

El sucesor ganó las elecciones. No durará 6 meses. Imposible que semejante personaje gobierne al pueblo “que el yugo lanzó”. No creo que a este le aguanten lo que le aguantaron al difunto. Pasaron los meses. Llegaron las guarimbas. Llegó el diálogo.  Llegó #lasalida. Pasó un año.

Ya no quedan medios de comunicación independientes más allá de El Nacional y uno que otro programa de radio. Globovisión, Últimas Noticias y El Universal más tardaron en decir que no cambiarían su línea editorial que en incumplir su palabra. La censura es el pan de cada día. Los diarios han reducido sus páginas gracias a la falta de papel y divisas para importarlo. Otros han cerrado.

El régimen está débil. Está acorralado. Se siente débil y por eso hace lo que hace. Están raspando la olla porque se saben fuera. El país no aguanta más. La procrastinación se perpetúa. El paréntesis sigue abierto…

Golcar Rojas

Esto no es la depresión de un lunes

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Quisiera creer que todo está bien. Me gustaría pensar que la opresión en el pecho no es más que la depresión del lunes. Me gustaría poder decir que la sensación en el vientre no es más que el resultado de una pesada comida.

¡Cómo quisiera poder vivir en la ignorancia! Como aquella doctora que llega a comprar el alimento para su gato sin enterarse que en las tiendas de electrodomésticos el día anterior se empezó a aglutinar la gente para comprar “a precios justos”.

Como la chica que llega a buscar el Cat Chow para su mascota, coqueta y sudorosa luego de recorrer media ciudad infructuosamente y me dice:

-¿Qué está pasando con la comida de gatos que no se consigue en ninguna parte? He ido a tiendas de mascotas y supermercados y nada.

Yo, con esta amargura que se me está instalando en el alma, respondo con otra pregunta:

-¿Qué está pasando con la leche, con la azúcar? ¿Qué está pasando con el país?

Ella me mira con una mueca de sonrisa y yo sigo destilando mi hiel:

-Que estamos en un país socialista. En el país que nos heredó Chávez. En el país de Nicolás. Eso es lo que está pasando.

-¡Ay, ese hombre! Ojalá, se vaya ese Nicolás.

Cuando la oigo no puedo evitar terminar de espetarle mi vinagre:

-Por eso yo, antes de venirme a trabajar, pasé un buen rato a protestar.

-¿Protesta? ¿Cuál protesta?

No. Sé que esta no es la depresión del lunes. Es la depresión de pasar un domingo a las 11 de la mañana por Ferre Total para buscar unas piezas que le faltaron a mis persianas y conseguir que a pleno sol rechinante de Maracaibo, pegadas a la pared para agarrar un poquito de sombra del muro, había una fila de personas esperando turno para comprar a “precio justo” y, en la calle, la respectiva cola de autos. Todos de manera incosciente o conscientemente terminamos contribuyendo a la destrucción del país.

Es la depresión de ver el cansancio y la tristeza en los ojos de los empleados de Ferre Total que se esfuerzan por seguir dando una buena atención pero que no pueden disimular su depresión e incertidumbre.

Mientras espero que me busquen las dos piezas que le faltaron a mis persianas, leo el aviso puesto en la pared de entrada con la lista del límite de productos que cada cliente puede comprar, el racionamiento, pues. Sale un señor que hizo la insoportable cola para comprar 2 metros de cable «debe ser una emergencia», pienso, y veo que sale una señora con un galón de pintura y 6 ganchos para colgar ropa. Otra con un archivador de plástico y una más con una carretilla vacía… En fin, no quiero pensar que la gente pierda 3 horas de su vida a pleno sol, con 40 grados centígrados a la sombra, para comprar esas cosas.

Un chico se me acerca y comenta:

-Se me dañó una llave paso y tengo que cambiarla urgentemente y no tengo otro sitio dónde conseguirla hoy. En Epa no quedó nada. ¡Coño, yo no tengo tiempo para estas colas! Yo, para comprar, tengo que trabajar y si hago la cola no trabajo y, por lo tanto, no tendré con qué comprar. ¿Esta gente tiene plata y tiempo para hacer estas colas? ¿No trabajan?

Quiero pensar que ya el martes habrá pasado esta sensación de lunes, pero sé que al día siguiente volverá la depresión cuando salga a comprar, en la panadería de la que soy cliente desde hace 20 años, dos litros de leche y me digan que solo puedo llevar uno. O cuando me avisen llegó una extraña leche condensada al supermercado y me digan las dependientes que si quiero comprar 3 potecitos (se lee TRES unidades) de esa leche tengo que hacer una compra, de más de 300 bolívares. De lo contrario, solo me permiten comprar 1 pote (se lee UN pote de 350 ml.)

Me deprimiré una vez más al contemplar el kiosco de periódico del chavista Francisco que está por mi cuadra y se ha convertido en una especie de alegoría de lo que es el país.

Un Kiosco que hace 15 años estaba lleno de periódicos, revistas, juegos, chucherías. Donde compraba cigarrillos cuando fumaba, donde hasta hilo, agujas y pega loca podía conseguir. Es un remedo de kiosco.

Como Venezuela, ese kiosco ahora está vacío y oscuro. Dos periódicos y unos cuantos frascos vacíos es los único que se ve al pasar frente a él. Ya ni siquiera me detengo. Hago una mueca de saludo y solo le digo a Francisco:

-¡Coño, esa vaina está cada vez más pelada!

El me responde que “ahora no se puede tener lo que no se vende”.

Lo sé muy bien. Tengo 15 años adaptando mi negocio a las circunstancias del país. Eliminar rubros, perseguir otros. Disminuir costos. Rebuscar por todos lados.

La nueva modalidad es “bachaquear”. Buscar en cualquier rincón del país la mercancía que los clientes necesitan para poder continuar ofreciendo el servicio. Bajamos cada vez más el margen de ganancia pero al cliente le sigue costando cada vez más el producto. Mi familia recorre los negocios de Mérida persiguiendo alimentos para gatos para comprarlos a precios más elevados de lo que yo los vendía y enviármelos con exorbitantes fletes. Todo contribuye a encarecer el producto pero la gente agradece y paga porque su mascota es uno más de la familia.

Así vamos. Uno quisiera no tener que salir a la calle para no tropezarse con la escasez, con las colas por comida, por electrodomésticos, por productos ferreteros, para conseguir un taxi… Colas por todos lados y para todo. Uno quiere evadir la realidad para evitar la depresión, pero la realidad se mete por los intersticios de la cotidianidad para golpearte moral y anímicamente.

No hay modo de evadirse. La depresión reincide. Salgo a perseguir un pote de leche condensada y un paquete de papel tualé, y una vez más, tropiezo con Francisco, el chavista del kiosco de periódico, sentado en su silla de metal frente a lo que queda de lo que en un tiempo parecía ser un próspero negocio. Lo veo encanecido, en silencio, venido a menos como su tarantín y no puedo evitar sentir que la depresión me cae de sopetón. Es miércoles y reincido en mi depresión. Confirmo que lo de dos días antes no era la depresión del lunes.

Efectivamente, la pancarta de la chica en la protesta del 23N tiene toda la razón: Venezuela duele. Miro al disminuido Francisco y solo puedo pensar si ese hombre se ha dado cuenta de su deterioro y del de su negocio. ¿Seguirá pensando que todo eso vale la pena porque “tiene patria?

Crónica de un instante socialista

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Maracaibo. 11 de la mañana. El termómetro marca 36 grados centígrados que en la piel se sienten como 42.

El astro rey, casi en su cénit, está como para pelar chivos, dirían en mi pueblo. Dentro del carro, con vidrios ahumados casi negros -que nos imponen tanto el calor y el sol despiadado como la inseguridad-, con el aire acondicionado encendido, siento una gota de sudor que resbala por mi sien. Sendas manchas en la franela a nivel de las axilas acusan el hervor al que nos enfrentamos.

Una impostergable diligencia me obliga a ir en el tráfico hacia la zona de El Tránsito, por los lados de Sanidad. Aunque lo que el cuerpo pide es agua fría en la ducha y encierro en algún lugar con aire central.

Ya a punto de llegar a mi destino. En el semáforo que está en la avenida Padilla, frente al cementerio El Cuadrado, la luz roja me obliga a parar y veo, recostada a una cerca de ciclón que recorre el perímetro de un terreno que pareciera un descampado o estacionamiento, una fila de gente pacientemente parada cubriéndose la cabeza con cualquier objeto disponible.

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Al inicio de la paciente y resignada hilera, unos tres o cuatro hombres con uniformes de la Guardia Nacional. No se sabe si están allí para resguardar el orden público o porque están haciendo la formación como el resto de los civiles. En este país uno ya no sabe distinguir cuando ve representantes de las fuerzas públicas en algún lugar, si están allí para cuidar, para extorsionar o para atender una llamada por atraco, asesinato o sicariato.

Por puro vicio y reacción instintiva, sin saber de qué va la cosa, saco el teléfono y hago unas cuantas fotos. La luz pasa a verde e, intrigado, sigo mi camino.

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En 25 minutos hago mi diligencia y, una vez de vuelta en la esquina, veo que la gente sigue apostada allí. Algunos, de repente, corren como si hubieran recibido una señal. Hay un instante de rebulicio.  A mi lado cruzan corriendo en estampida. Pasa una señora apurada arrastrando un andarivel. Otra cojea con su bastón tratando de apurar el paso y, atrás, en medio de las inmensas bolsas negras de basura que se acumulan en la calle, veo otra mujer con bastón.

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Pegado en el muro que está junto a lo que supongo será la entrada al terreno cercado, a la distancia, distingo un papel bond tamaño carta en el que pone a mano alzada: “Misa Comandante”, con un garabato que parece simular una cruz entre las dos palabras. Debajo, en letras pequeñas que no logro distinguir, se ofrecen los detalles del artesanal aviso. Es entonces cuando caigo que es el día 5 del mes, fecha de “cumplemes” del fallecimiento del hombre causante de todo este descalabro que vivimos en la actualidad en Venezuela. Intuyo que lo que pone el aviso en letras chicas es el lugar y la hora en que celebrará la misa por el alma del difunto.

La curiosidad me vence. Bajo el vidrio y siento que me sofoco con el aire caliente que me golpea el rostro.

A una señora gorda, de pelo canoso, la increpo, apurado antes de que quienes vienen atrás en el tráfico comiencen a tocar corneta:

-¿Qué hay allí, qué pasa, doñita?.

Ella voltea hacia mí, abre los ojos todo lo que sus órbitas le permiten y me dice:

-¡Están vendiendo comida!

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A mí me sabría a mierda

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En verdad, la frase de María Gabriela da qué pensar y se presta para unas cuantas interpretaciones. Dijo La Hijísima en su Instagram: “Me sabe a ñoña la política,…”.

Por un lado, bien podría interpretarse que ante el ejemplo dejado por su padre en el ejercicio de la política y el poder, La Hijísima se siente tan asqueada, decepcionada, que la política le “sabe a ñoña”, porque vio de cerca cómo se puede abusar impunemente del poder, con la venia de todos los otros poderes arrodillados ante su padre y una cohorte de aduladores que a todo decían que sí como perrito de carro por puesto y reían y aplaudían hasta el peor de los chistes del difunto.

Por otro lado, al ver el estado de ruina y atraso en que la política del Socialismo del Siglo XXI de su padre y de sus sucesores han sumido al pobre país rico y petrolero llamado Venezuela, donde escasean los productos de la canasta básica alimentaria al punto de producirse heridos cuando aparecen en los mercados en la batalla por hacerse con un paquete de Harina PAN o un pote de margarina, pues la política le “sabe a ñoña”. Es que la asquerosa política ejercida por su papá y sus seguidores logró que desaparecieran hasta la pasta dental, el jabón y el papel tualé.

También se puede interpretar que, La Hijísima, al ver cómo se persigue a opositores políticos, se estigmatizan como traidores a la patria o vendepatria a todos los que se atreven a disentir, se mantienen en prisión a una juez como María Afiuni por cumplir con su trabajo, y a otros presos políticos como Simonovis, sin que terminen de ser juzgados y sentenciados pues, piensa en tanta porquería, y le “sabe a ñoña”, la política.

Al ver la corrupción que carcome todos los cimientos del régimen instaurado por su difunto “papito”, recordar cómo tantos amigos de su familia que hasta hace 14 años no tenían dónde caerse muertos, hoy ostentan mansiones, carros blindados importados, escoltas y cuantiosas cuentas en dólares en el extranjero, La Hijísima no tiene más remedio que decir que la política le “sabe a ñoña”.

Pero, otra posible interpretación, entre muchas otras que podrían surgir de tan sugerente frase, es que, viendo las  puñaladas traperas que empezaron a lanzarse entre sí los oficialistas, palpar cómo conspiran unos contra otros en su afán por mantenerse aferrados al poder, observar cómo los herederos políticos del difunto saltan en las grabaciones de Mario Silva, como conejos en sombrero de mago. Al leer los e-mails del hojillero donde no deja títere con cabeza, al ver cómo Nicolás y Diosdado fuerzan ante las cámaras una hermandad y amistad que no terminan de ser creídas por nadie, al recordar cómo se mintió y se manipuló la agonía y muerte de su “papito” durante más de 3 meses y luego se utilizó la imagen del muerto para manipularla políticamente y con ella obtener el voto de los seguidores en duelo, obviamente, la política, tiene que saberle a “ñoña”.

Es que yo me pongo en el lugar de la muchacha, veo tanta marramuncia, inmundicia y cochinada a su alrededor y no puedo pensar que la política me sabría a ñoña, de ser ella. No, a mí, directamente y sin eufemismos, me sabría a mierda.

Salió el macho criollo: “Yo sí tengo mujer”

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El 10 de marzo, inmediatamente después de que Henrique Capriles diera la rueda de prensa para aceptar su postulación como candidato de oposición a la presidencia,  acto en el cual claramente planteó ante el país una serie de dudas razonables acerca de la posible fecha del fallecimiento del presidente Chávez -dudas que lógicamente surgen a cualquier venezolano con un mínimo de criterio propio y raciocinio y que no se deja cegar por la propaganda oficial o por el fanatismo-, Nicolás Maduro acusó el golpe recibido y saltó como un energúmeno a responder a través de las cámaras de VTV, el canal de todos los venezolanos en cuya pantalla, justamente, no se vieron las declaraciones de Capriles.

La respuesta del presidente encargado fue destemplada, violenta, agresiva, burda, amenazante, intimidante, incoherente y hasta cantinflérica, aunque las cantinfladas, por lo general, tienen un trasfondo profundo tras la evidente incoherencia, profundidad de la cual careció por completo la intervención ante las cámaras de Maduro por cerca de tres cuartos de hora.

La inmediatez en la contestación de Maduro y la agresiva actitud ante las cámaras de televisión parecían ser la respuesta no pensada de quien se siente inesperadamente descubierto. La torpeza en sus gestos y en su mirada dirigida al telepronter,  delataban una reacción improvisada ante un hecho que lo tomó desprevenido. Evidentemente, Capriles tocó una tecla que desde el oficialismo jamás pensaron que tocaría. Una tecla tan importante en esta campaña electoral que, al día de hoy, los oficialistas no parecen haberse recuperado del golpe y, aunque Nicolás dijo en una entrevista que le hicieran en Telesur, refiriéndose a Capriles: “Yo a ese señor ni lo ignoro”, han echado garra de toda su artillería comunicacional para enfrentar lo dicho por Capriles.

Jorge Rodríguez, Iris Valera, Freddy Bernal y otros representantes del chavismo no han escatimado en ofensas y amenazas contra Capriles. La lógica y contundente serenidad  con la que Capriles hizo sus planteamientos hizo que Villegas saliera, reiteradas veces, en cadena nacional de medios, a leer una carta de María Gabriela Chávez en la que “la hijísima” apela a la piedad y compasión por el dolor de su familia, para terminar con un insulto: “A los señores de la oposición enferma… Por el bien de la patria, les exhorto a hacer política y no ser tan sucios”.

Pero, volviendo al candidato oficialista, cualquiera diría que la torpeza en su mensaje la noche del 10 de marzo fue producto de la sorpresa ante el inesperado golpe recibido, que esa reacción obedeció a que se sintió descubierto y señalado como mentiroso. Así lo pensé yo en un principio.

No obstante,  no habían pasado más que unas pocas horas de tan desafortunada intervención cuando Nicolás se volvió a lucir ante el país y ante una multitud que lo acompañó hasta el CNE en la fiesta de la inscripción de su candidatura, con una andanada más de incoherente verborrea en la que hizo gala de todo su resentimiento, cursilería y odio.

A la ya trillada arremetida contra las “personas de apellidos”, en clara alusión a quienes, como Henrique Capriles, vienen de hogares bien constituidos, hogares como deberían ser todos los hogares del mundo, con hijos que cuentan con el apellido de una madre y con el de un padre, en oposición a los hogares en los que la mujer es madre y padre porque un hombre irresponsable los abandonó, como si eso fuese una virtud y contar con un padre y una madre un oprobio, le agregó la xenofobia al dar a entender con dejo de reproche que en muchos casos esos apellidos son extranjeros.

Pero eso le pareció poco. No conforme con mostrar un discurso resentido y xenófobo, Nicolás Maduro Moros (así, con dos apellidos) le añadió homofobia a sus palabras y la utilización de la mujer como un objeto que saca a relucir cual trofeo de presa y para lo cual, tristemente, se prestó su compañera,  Cilia Flores, sin medir la imagen machista que transmitían al mundo.

Chávez nos legó un país demasiado dividido y preñado de odios y resentimientos de lado y lado como para que los discursos de campaña, aumenten la brecha divisoria. En eso debería pensar, Nicolás, y ser un poco más consciente antes de abrir la boca.

“Yo sí tengo Mujer” se llenó la boca el candidato oficialista mientras esperaba que Cilia se le acercara. “A mí sí me gustan las mujeres, decía mientras la multitud de la galería coreaba a gritos histéricos “beso, beso, beso”.

Las dos tristes frases del candidato oficial las dijo como si se refiriese a una característica a resaltar en el Curriculum Vitae de quien se está presentando como candidato a dirigir los destinos de un país en el que, se supone, no hay, por mandato constitucional, discriminación de ningún tipo y menos aún por razones de raza, credo, género u opción sexual.

¿Acaso el hecho de que a Nicolás le gusten las mujeres lo hace más apto que cualquier otra persona para ejercer la presidencia? Además, ni siquiera tuvo la delicadeza de decir que le gusta “su mujer”, su esposa, su compañera. Como buen macho vernáculo, a él le gustan “las mujeres”, en general, como si lo que fuésemos a elegir el 14 de abril fuese un semental y no un presidente. Es de suponer, entonces, que si una mujer se lanza de candidata, bajo el criterio machista de Maduro, tendría que ser lesbiana para poder optar, pues el gusto por las mujeres parece ser imprescindible para ejercer el cargo.

Habría que aclararle a Maduro que a quien se elija como presidente el 14 de abril no será para sacarle cría. Que hay mujeres lesbianas, hombres gays, transgéneros, bisexuales, toda esa amplia gama de personas que conforman la comunidad LGTB, que están posiblemente más aptas que él para ejercer la presidencia de Venezuela, así como cualquier otro cargo público que él y sus homofóbicos compañeros de partido hayan ejercido. Seguramente lo harían con más respeto por los demás y con más éxito que lo que ellos lo han hecho.

Pretender atacar a Capriles porque no es casado o porque pueda ser homosexual deja a Nicolás Maduro absolutamente retratado como ser humano. Así como su nivel intelectual queda impreso cuando insiste en manipular a la gente con el absurdo de que a Chávez “el imperio le inoculó el cáncer”, sentencia que aún es capaz de empeorar al asegurar que el VIH es un virus creado por el imperio en laboratorio y que se les escapó. Con su lógica particular, hace un extraño paralelismo entre la “creación del VIH en laboratorio” y supuestas investigaciones gringas durante 70 años para conseguir inocular agresivos tipos de cáncer y concluir que eso fue lo que sucedió con Chávez.

A esa lógica del absurdo habría que agregarle que si al difunto lo asesinaron, lo principales sospechosos tendrían que ser los cubanos y quienes tuvieron acceso a él en los últimos años pues sus círculos de seguridad resultaban infranqueables.

Es triste que un país tenga de candidato a la presidencia, como posible opción ganadora, a una persona de semejante nivel intelectual, bien podría googlear, consultar antes de hablar aunque sea en Wikipedia, lo que va a decir, para no salir con esos exabruptos. Pero, peor aún, es atroz que un posible presidente de Venezuela tenga un discurso que segrega a extranjeros, a homosexuales y a las personas por su origen familiar. Esa forma de discriminar podría ser, sin duda, el signo de su manera de gobernar, sesgada y prejuiciada contra las minorías.

Es lamentable ese discurso fascista de discriminación, lamentable el lugar, la forma y el momento en que se pronunció, lamentable que la multitud, en la que había mujeres y seguramente homosexuales  -tal vez por el fragor de la fiesta-, no comprendiera el significado y alcance de lo que se estaba diciendo y escenificando;  pero, lo peor, es que allí, a pocos metros de Maduro, se encontraba riendo y aplaudiendo la diputada Nohelí Pocaterra, mujer e indígena, quien como representante de las mujeres venezolanas y representante de una minoría marginada y discriminada como los wayúu debería elevar y hacer sentir su voz de protesta por lo presenciado.

Señor Nicolás Maduro, así como ser o haber sido chófer no es ni una virtud ni un defecto que cualifique o desmerite para ejercer un cargo; tener dos apellidos, venir de un hogar con dos padres, proceder de un hogar en el que la mujer o el hombre fueron padre y madre, salir de un hogar pobre, rico o clase media, la orientación sexual o los orígenes extranjeros, tampoco lo hacen a uno más o menos apto para ejercer un cargo, un oficio o una profesión.

Usted dice “Yo sí tengo mujer”, como quien dice “yo sí tengo perro”, “yo si tengo un carro”, “yo si tengo un rólex”…  Y dice “a mí sí me gustan las mujeres” y lo que quiere decir, en realidad, es que a usted sí le gusta “acostarse con mujeres”, “tener sexo con mujeres”, que no es lo mismo ni expresa lo mismo. Las suyas, Nicolás, son expresiones misóginas y de poca hombría para referirse a quien se supone es la compañera de vida.

Si un “macho” como usted llegase a ganar la presidencia, quiera Dios y el voto de la gente que no, a su esposa le podrán decir primera dama, primera compañera, primera mujer, o como menos burgués e imperialista le suene; pero, en el fondo, la estarán tratando como un objeto que se posee y se irrespeta, como un adorno a juego con las yuntas y el pisacorbatas. Por eso, en muchos casos, el adjetivo que más se les ajusta a las compañeras de machos machotes como usted es “la cornuda”, “la engañada”, “la maltratada”, porque para los tipos que se expresan de las mujeres como usted lo hace, la mujer no pasa de ser más que un accesorio.

Finalmente, Nicolás, cito un atinado comentario que sobre el tema hiciera la periodista Faitha Nahmes en Facebook:

“Maduro tendría que haber volteado antes de hablar. Chávez no tenía esposa y Castro tampoco… ¿Entonces? Me parece machista, oscurantista, su frasecita de ‘yo sí tengo mujer’. El darle un piquito a la esposa, como para confirmar que la “tiene”, como posesión, subraya más aun ese machismo innegable del que alardean los funcionarios de este gobierno. Cuando dicen “ustedes y ustedas”, pero no demuestran interés en las denuncias de la hijastra de Daniel Ortega, que lo ha denunciado como abusador sexual, o dicen a los solteros “mariconsones”. Muy primitivo.”.

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