El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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¡26 horas de San Cristóbal a Maracaibo!

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Como es habitual luego del cambio de huso horario inventado por el difunto, en Venezuela,  por estas épocas de fin de año, a las seis y media de la tarde ya es noche y, a las siete el cielo está negro como boca de lobo.

Para quien no está acostumbrado a circular por las carreteras en horas nocturnas, no es fácil esquivar los huecos y los policías acostados que no cuentan con la más mínima señalización y que proliferan sin necesidad de riego.

Esa noche, el cielo estaba nublado y la luna en cuarto creciente no se veía. Esto, sumado a la total ausencia de iluminación en las vías y falta de un efectivo pintado de la carretera, hacían de la vía una segura guillotina. Y si, a todo esto, le sumamos el cansancio producido por la angustia y tensión de no saber si conseguiríamos donde poner gasolina, la hora y pico que estuvimos sofocados en una cola para repostar el combustible y una pequeña falla que estaba presentando nuestro carro que hacía que por momentos se ahogara y corcoveara, pues todo nos aconsejaba que buscásemos un sitio donde pasar la noche, reposar el estrés, descansar y continuar el viaje al día siguiente.

Afortunadamente, nos detuvimos en esa estación de gasolina de La Morita y colocamos los 30 litros que nos permitieron. Después de esa, pasamos unas cuantas que estaban cerradas y, de no haber colocado allí, habríamos tenido que hacer como vimos en una gasolinera: aunque el lugar estaba fuera de servicio, a sus puertas ya había una fila de autos que se quedaron sin combustible en el camino al no encontrar gasolineras abiertas y no tenían más remedio que pernoctar allí a esperar que en algún momento de la noche o a la mañana siguiente, abrieran el sitió y pudieran repostar.

paisajeFuimos afortunados y, por eso mismo, decidimos  no tentar más la suerte. Debíamos encontrar un lugar para dormir y descansar.

Entramos a un extraño, lúgubre y solitario hotel de carretera que parecía no haber sido terminado de construir. Subimos unas amplias escaleras estilo italiano, de madera, hasta la recepción y consultamos con un señor moreno, el único ser vivo que se apreciaba en metros a la redonda, si disponía de habitación.

Luego de su afirmativa respuesta, solicitamos verla. Era una pieza en la que no coincidía una funda de almohada con la otra ni la sábana y el forro de la cama. Mucho menos tenían parecido éstas con las de la cama vecina y las cobijas se notaban viejas, con flores desteñidas. Las paredes desconchadas y el piso manchado. El baño con baldosas manchadas de moho.

Me senté en una de las camas para probar el colchón. Total, lo que queríamos era dormir.

–¡No la arrugue!  –Gritó nervioso el moreno–. Si ven la cama arrugada piensan que alquilé la habitación y me la cobran.

Me paré de un brinco. Y traté de alisar la sábana pasando la mano por encima.

Pero lo que hizo  finalmente que desistiéramos de rentar la covacha, fue cuando vi el diminuto aire acondicionado que tenía. No pasaba los 12 mil btu y en Caja Seca, tierra de calor húmedo y sofocante, eso erapaisaje6 indicio de pasar una noche de acalorado insomnio y amanecer más cansados de lo que ya estábamos.

El moreno nos dijo que más adelante había un hotel más familiar y con piscina,  que fuéramos a ese que estaba a unos 15 minutos. Dimos las gracias y marchamos.

Previendo que el lugar no contase con un restaurante donde tomar algo, paramos y en Fito’s Burguer, –un carrito de arepas, perros calientes y hamburguesas, a orillas de la carretera–. Nos comimos una hamburguesa mixta de pollo y carne, con todo, incluyendo parásitos y amebas porque ¡hay que ver el tobo de pintura en el que lavaban las verduras!

“Cenamos” por doscientos bolívares y seguimos rodando por la oscura carretera. Por fin, después de pasar unas cuantas fuera de servicio, vimos una gasolinera abierta. Rellenamos el tanque para no tener que hacerlo en la mañana en una larga cola y seguimos.

Una alcabala, casi a la salida de la gasolinera:

–¿De dónde vienen los señores? Sonó la voz del Guardia Nacional en la penumbra a través de la ventanilla.

–De San Cristóbal.

–Aquí huele a gasolina –dijo en un tono como insinuando que podíamos andar cargando combustible ilegalmente. Parece que nos vio cara de “bachaqueros”.

–Claro, acabamos de llenar el tanque allí.

Abrió la puerta trasera del carro, iluminó el interior con su linterna y nos permitió seguir sin más preguntas ni insinuaciones.

hotelPor fin encontramos el “Hotel familiar” del que nos habló el moreno. Un sitio pequeño con entrada de tierra y granzón. Rodeado por una reja y coronado por cerca de alambre electrificado.

Un señor con camisa desabotonada y panza al aire, con mirada un podo perdida apareció del fondo.

–¿Tendrá habitación disponible?

El hombre balbuceaba sin saber si decir que sí o que no. Me miraba a mí que me había bajado del carro para hablarle y miraba hacía el vehículo con desconfianza. Finalmente dijo algo que asumí como un “sí”.

–¿Podemos verla?

Quitó el candado de la reja corrediza y empujó para dar paso al auto. Yo seguía parado mientras Cristian metía el carro en el terreno pedregoso que fungía de estacionamiento. Mientras lo hacía, el hombre con la mirada cada vez más de loco y tono de voz que demostraba que estaba tan asustado de recibirnos como nosotros de estar allí, me dijo:

–Entren rápido para cerrar porque hace ratico vino un loco a pedir habitación –hablaba mirando a los lados para asegurarse de que el hombre no estaba por allí–. Estaba todo sudado y dijo que era un estudiante. Pa’mí que era uno de los presos esos que se fugaron.

–¿De los 43 de Santa Teresa del Tuy?

–Ajá. Cuando le dije que no tenía habitación me dijo que le diera un sitio con techo donde pasar la noche. Le dije que no podía porque el dueño estaba aquí.

paisaje11La habitación estaba limpia y el baño impecable. El aire acondicionado funcionaba a perfección. Ya eran las once de la noche. Teníamos 12 horas de viaje y no podíamos más con nuestras almas. Pagamos los 400 bolívares que costaba el cuarto y el hombre agarró de una estantería dos cobijas enrolladas. Las miró dudoso. No parecía estar muy convencido de darnos esas. Tomó las que estaban desordenadas sobre la que, evidentemente, era su cama. Las levantó en el aire y las olió y dijo:

–Estas están mejor.

–No se preocupe –dije tomando las enrolladas con rapidez–, Con estas nos apañamos. ¿Estará seguro el carro allí?

–A menos que aparezca el loco y le tire piedras… era muy raro ese tipo. Menos mal que allí tengo a dos que llegaron hoy…

Caminamos a la habitación y decidimos pegar la pesada litera de madera de pino contra la puerta. Si alguien –el tipo que no se sabía si era un loco sudado o un preso fugado– quería entrar, con esa tranca no podría.

cielo2Tomamos una ducha con agua helada. Las cobijas de la duda tenían un tamaño como para Barbie, al igual que las sábanas. Encendimos el televisor para distraernos un rato y dormir relajados. El sitio es tan “Familiar” que al hacer zapping, aparecieron desbloqueados los canales pornográficos de Direct TV.  “Me tiré a mi padrastro blanco” ponía en inglés el título de una de las películas. Apagamos el aparato y agotados nos dormimos.

Al día siguiente nos paramos. Salimos apurados y tomamos de nuevo la carretera. En un mercado de “microempresarios” socialistas desayunamos cuatro empanadas chiclosas y dos jugos rancios por el “precio justo” de 160 bolívares, todo. En el pueblo de El Venado nos detuvimos a tomarle fotos a los bustos de Bolívar y Chávez que parecen tratarse de tú a tú en el pedestal del centro de la plaza.

Un lugareño, tirando verdes para recoger maduras, al vernos haciendo fotos a los bustos nos espetó:

–Yo estoy cobrando por eso.

–¿Cobrando por qué? Dije.

–Por las fotos. Yo soy el que cuida la plaza.

–Estás clarito. Dije. El tipo sonrió y siguió su camino.

Unos motorizados con cara de pocos amigos hicieron que apurásemos la labor y pusiéramos pies en polvorosas.

A eso de la una de la tarde, cruzábamos el Puente sobre el Lago que, a esa hora, tenía encendido su alumbrado eléctrico en un país donde el gobierno nos culpa a los ciudadanos de no ahorrar energía.

Hicimos en 26 horas el viaje de San Cristóbal a Maracaibo que en condiciones normales no debería durar más de cinco o seis horas.

Un paseo para celebrar la unión y el reencuentro familiar termina convertido en una crónica del miedo. La fiesta deviene en el horror de no saber nunca quién es quién. Todos tememos de todos porque todos sabemos que de cualquier pretina de pantalón puede saltar el arma que nos apuntará. Cosas y formas de vivir que nos ha legado al morir ese hombre que en un pedestal de plaza pretende tutearse con El Libertador.

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Un paseo por las entrañas de la Venezuela “chévere”

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Son las 4 y 45 de la tarde. Estoy en La Morita,  un punto que no debe aparecer en los mapas de Venezuela porque es un lugar en el medio de la nada. En la carretera que une los estados Mérida y Táchira.

Es un pueblo tan insignificante para el común de los venezolanos que de no ser porque me encuentro en una larguísima cola para poner combustible,  ni siquiera me habría detenido a mirar el.aviso verde con letras blancas a la orilla de la vía que indica que estoy en “La Morita”.

Esta historia comenzó hace un par de días cuando decidimos asistir a la celebración de 15 años de mi sobrina Karen para aprovechar la fiesta y saludar a mis sobrinos que viven fuera de Venezuela y que vinieron exclusivamente para la celebración en San Cristóbal.

No es fácil celebrar la unión familiar y hacer turismo interno en esta Venezuela

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que nos legó Chávez.  Por mucho que uno se ufane de ser precavido y haber aprendido a sobrevivir en este caos del socialismo del Siglo XXI, las sorpresas y los imponderables siempre terminan por imponerse

Yo pensaba que al contar mi vehículo con el chip de racionamiento de combustible me ahorraría la incomodidad de hacer las largas colas para repostar combustible que se aprecian por todas las estaciones de servicio de la ciudad a cualquier hora del día que la gasolinera esté de servicio. ¡Qué iluso!

Las colas son justamente de los que cuentan con el famoso chip. Sí. Una vez más la propaganda oficialista nos engañó.  El chip del racionamiento no aminoró las colas de las gasolinares como cacareó el régimen para instalarlo. Y como en este país lo anormal, por frecuente,  termina pareciéndonos “normal”, cuando comenté acerca de esas largas filas de autos, alguien me dijo:

-Sí. Son largas. Pero pasan rápido. Uno tarda sólo como media hora para poner gasolina.

A eso sólo pude responder que rápido es llegar y en tres minutos estar servido con la cantidad de combustible que necesite y pueda pagar. Y no perder media hora para que surtan máximo 30 litros. Ni un cc más. 

En fin, que al segundo día vimos una cola que “solo” media una cuadra de carros y nos metimos a repostar.  Unos 20 minutos más tarde, salimos con nuestros 30 litros en el tanque.

Esa noche, pretendí compartir con mis sobrinos de Estados Unidos un helado y fuimos a una famosa heladería. 

Todo normal. Como en cualquier país del mundo llegamos a la caja para hacer el pedido, pagar, recibir los helados y sentarnos a disfrutar del fresco de la noche en las mesas de la terraza.

¡Oh, sorpresa!  La heladería no tenía o no le funcionaba el punto de venta. Solamente aceptaban efectivo.

Con el dinero que teníamos,  compramos algunos helados y mientras los comían fuimos, allí mismito, a un cajero automático para sacar el efectivo que faltaba para los otros. 

Para hacer un largo viacrucis corto, sólo diré que tuvimos que ir a cuatro o cinco sitios porque unos cajeros no funcionaban y otros no tenían efectivo disponible. Cuando llegué,  ya mis invitados se habían comido sus helados. Pedí el mío. Y de esa manera se desarrolló nuestro compartir familiar,

¡Qué linda y chévere se nos ha vuelto Venezuela!

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Llegó el momento del regreso.  Como teníamos aún medio tanque de gasolina, decidimos no hacer las interminables colas de tres cuadras y agarrar carretera, una vez más confiados en que con el famoso chip no tendríamos inconvenientes en rellenar el tanque en cualquier estación del camino.

¡Qué ilusos!

Íbamos a tomar el camino más corto. Por la vía de Machiques. La mala señalización de la vía nos hizo dar un largo rodeo y extraviarnos.

Preguntamos y retomamos la vía. Al llegar a cierto punto, un piquete de la Guardia Nacional tenía trancada la carretera. Un efectivo con más fusil que edad nos informó que no había paso porque en Orope estaban protestando.

“¿Tardarán mucho en reabrir el paso?” Preguntamos ingenuamente.

“Están quemando dos gandolas”,  fue la respuesta recibida.

Deshicimos el trayecto.

Pasamos una estación de gasolina. Cerrada. “A diez minutos hay otra”.  Llegamos a esa otra. Cerrada. “A 15 minutos hay otra”.  Llegamos a esa otra. Cerrada. Nos quedaba memos de un cuarto de tanque y más de la mitad del camino por recorrer.

Comemzábamos a ser presas del pánico y la angustia. 

Un hombre al que preguntamos nos dijo:

“En esa casita de las matas de coco, venden gasolina”.

Una vivienda humilde con encharcada entrada de tierra y.cortinas en lugar de puertas. Junto a la estación de servicio. Nos atendió un chico:

-¿Cuánta gasolina quieren?
-¿Cuánto cuesta?
-¿Cuánta quieren?
-Unos veinte,  veinticinco litros.
-Salen en 800 bolívares, los 20 litros.

Para quienes leen esto y no saben, el tanque del carro de 40 litros se llena con unos cuatro bolívares.  Echen numeros.

Dijimos no.

Decidimos correr el riesgo y continuar andando hasta una próxima gasolinera.
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Es así como llegamos a La Morita a las 4 y 45 de la tarde. El calor y la humedad son sofocantes. Mientras escribo,  miro el reloj del panel frontal del carro. Han pasado 40 minutos desde que empezamos a hacer la cola en plena carretera. La fila avanza lentamente.

Sediento,  me bajo a comprar un agua energizanfe. Un par de loros con su alegre graznido surcan el cielo en vuelo sobre mi cabeza.

Retomo mi puesto en la cola. Al lado, el bombero levanta una vara con el chip de los motorizados para que el scanner pueda leerlo y despacharles su combustible.

Una hora y diez minutos después,  con los 30 litros de gasolina que nos correspondían por el día en el tanque y 2 bolívares menos en el bolsillo. Salimos de la gasolinera para retomar el camino de regreso a casa.

Empieza a oscurecer. Tenemos seis horas rodando en un viaje que se suponía haríamos en cinco, y aún nos falta más de la mitad del trayecto.

Estamos agotados. Tal vez sea tiempo de parar

Golcar Rojas

Maracaibo-Mérida, Crónica de carretera

atardecer

Poco más de tres horas rodando. El viaje ha sido tranquilo. Hay tráfico pero se avanza con constancia y sin atascos. La carretera en grandes tramos está en mejores condiciones que la última vez que transité por ella. La han repavimentado y quitado cerca de la mitad de los absurdos reductores de velocidad que tenían. Todavía quedan demasiados en los que se siguen apostando vendedores de café, jugos, tortas, conservas, ponqués y toda clase de avíos, pero hay que reconocer que está un poco más despejada. Todavía hay largos tramos llenos de cráteres pero ya uno hasta agradece que hayan tapado algunos.

La batería de mi celular indica que ya está a punto de apagarse. Una rayita roja en el ícono de la batería es la señal de que gracias a tanta foto subida a Instagram, Facebook y Twitter y al intercambio de mensajes con la familia en el whats app, la batería se ha consumido con mayor rapidez.

Una especie de nerviosismo se empieza a apoderar de mí. Como un síndrome de “pre abstinencia”. Temo quedarme sin teléfono en mitad del viaje. Un temor que se fundamenta, por un lado, en el “pánico a la desconexión”, a pasar horas fuera de las redes sociales, sin acceso a información inmediata y sin posibilidad de comunicar cuanta pendejada pasa por mi mente. Y, por otro lado, en el miedo real de que suceda algo en mitad de la carretera y no tener cómo comunicarme para pedir auxilio. A pesar de mis temores, no  puedo parar de tomar fotos y postearlas. ¡Qué vicio!

Nos detenemos en una estación de servicio donde normalmente paramos para repostar combustible y tomar un café y aprovechamos para ver si tienen el químico limpiador de inyectores de vehículos que no conseguimos por ningún lado en Maracaibo, con excepción de uno carísimo en Ferre Total que costaba casi 400 bolívares.

Estamos de suerte. La bomba no solo cuenta con gasolina de 95 octanos, sino que tiene dos potes de limpia inyectores a 65 bolívares cada uno. Llenamos el tanque y compramos los dos potes de limpiador. Satisfechos, subimos los peldaños que nos llevarán al restauran de carretera donde podremos liberar la vejiga y tomar un café que nos espante la modorra vespertina.

Antes que nada, le pido al muchacho que, por favor, me ponga a cargar el teléfono mientras compramos el café y vamos al baño. Amablemente conecta el aparato a la corriente y mientras me prepara el café, observo el amplio lugar que he visitado incontables veces. Contemplo pensativo las vitrinas casi vacías. En unas apenas quedan unos cuatro paquetes grandes de Pepitos. Otras están desoladas. En un aparador hexagonal de vidrio, hay, tratando de llenar el espacio, unos cuantos potes de talco Borocanfor para los pies y unos dos corta uñas.

–¡Esto está pelado! –Comento; más triste que extrañado, pues es el lugar común en todos los establecimientos del país. La respuesta detrás de la máquina Gaggia en la que que empieza a borbotear el café que sale por el tubo, también es el lugar común en estos casos:

– No nos llega nada. No conseguimos mercancía. Los distribuidores vienen y no traen nada. Aquí tenía yo un estante lleno de chiclets y caramelos –dice señalando un espacio vacío sobre el tope de la barra–, tuve que eliminarlo porque ya no llega nada de eso. En este lado ­–dice apuntando en el aire a su derecha–, tenía un exhibidor grande lleno de Pepitos, papitas fritas, tostones, Cheese Trees... Nada de eso está llegando.

La letanía de la escasez y la dificultad para trabajar continúa. Veo el inmenso espacio y pienso en lo que debe costar en alquiler, impuestos, servicios y empleados mantener ese lugar, en el esfuerzo que ese muchacho está haciendo para defender con las uñas su medio de vida.

–Aquí es muy difícil trabajar –se lamenta-. Lo peor es que todavía hay mucha gente que no termina de ver hacia donde nos están llevando…

Al rato, pido mi celular y nos despedimos para continuar nuestro viaje. Miro el icono de la batería y sigue con la misma rayita roja. Los minutos conectado al enchufe no parecen haber servido de nada. El muchacho me da la solución:

–Unos 200 metros más adelante, en la orilla de la carretera, venden cargadores para carros. Compre uno ahí para que no se quede sin pila.

Efectivamente, a mano izquierda de la vía, hay dos puestos de ventas. Uno vende frutas y verduras. El otro, tiene forros y cargadores de celulares. Están casi sobre el pavimento, en un espacio de tierra en la que clavaron cuatro estacas de madera y le pusieron un escueto techo de paja. De unos alambres colgados entre dos de las estacas, guindan los accesorios para celulares. Todos genéricos. Todos chinos.

El hombre amablemente me interroga sobre lo que busco e, inmediatamente detecto por su acento al hablar, que es colombiano. Se lo digo y se asombra de que lo descubriera “Todo el mundo me pregunta de una vez si soy colombiano. ¿Tanto se me nota?”. Obviamente, se le nota al parcero que viene de la hermana república.

–¿Para dónde van?

–A Mérida.

–¿Y cómo está la cosa en Mérida, ya se ha calmado?

–Se calma a ratos pero no del todo. Es que mientras sigan todos los problemas no se va a calmar del todo.

Al hombre le brillan los ojos. Me mira y me dice:

­–Tiene que calmarse porque al gobierno lo elegimos nosotros. Hace cuatro meses votamos y todos votamos por Nicolás.

El hombre junta los dedos como quien agarra una tiza y en un cartón que guinda de los palos del chiringuito, hace amago como de profesor que se presta a explicar en la pizarra algo a los alumnos:

-Lo que tienen que entender es que esto es una “Democracia” –dice al tiempo que mueve las manos como si escribiera la palabra–. Nosotros votamos y estamos felices con esto. Nosotros, como dicen, estamos felices comiendo mierda y eso tienen que entenderlo.

Le digo que una democracia no es solo eso y que en Venezuela somos dos mitades que tienen que convivir y respetarse mutuamente.

–No somos dos mitades. Somos un 51 por ciento y un 49 por ciento. Eso es lo que tienen que entender que somos un 51 por ciento que estamos felices comiendo mierda.

–O sea, que por ese uno por ciento de diferencia, ¿tiene que comer mierda el cien por ciento? –Le digo ya cabreado.

–Bueno esa es la democracia. Yo estoy feliz porque yo esto que hago aquí no lo podría hacer en otro país. Yo no podría vender esto porque me perseguirían y no me dejarían trabajar. Por eso yo voté por el socialismo.

–En otro país podrías hacerlo, pero tendrías que pagar impuestos y solicitar permisos para poder hacerlo. No como lo haces aquí. Y con esos impuestos que pagarías no tendrías esas troneras en la carretera que tienes en frente. Lo que no podrías hacer en otro país es vender una cosa que cuesta centavos de dólar como este cargador en 160 bolívares y no pagar impuestos ni servicios. Yo creeré que a ti te gusta el socialismo por el que votaste cuando esto que te cuesta 50 bolívares los vendas a 60 y no  a 160 como lo vendes. O sea, tú estás feliz aquí porque aquí haces lo que te da la gana y te vives el país sin importarte esos huecos que tienes en la carretera.

–¿Acaso la carretera lo es todo? Mi esposa dio a luz hace un año y vino la ambulancia, la buscó, la llevó al hospital y la atendieron y solo tuvimos que pagar lo mínimo, casi nada pagamos. Por eso es que estamos felices comiendo mierda.

–Eso no es nuevo. Cuando yo tenía 14 años, en la Venezuela democrática, me fracturé la pierna y en el hospital me atendieron, me pusieron un yeso y me corrigieron la fractura sin pagar ni medio. Anda hoy a un hospital a ver si pasa lo mismo. Ni yeso tienen.

–Bueno, pero nosotros votamos por eso y tienen que respetarlo. Es más, yo sé que algún día la revolución no va a tener para seguirnos dando todo, por eso yo ahorro, para que, cuando el gobierno no pueda darme, yo tener con qué…

–Claro, tu ahorras porque le ganas más a lo que vendes que lo que le pueden ganar los comerciantes que pagan impuestos, servicios y generan empleos. Este cargador que me vendes en 160 bolívares lo consigo en eso o menos en un centro comercial, en cualquier negocio de esos que el régimen acosa por los “precios justos”. Esa es toda la felicidad de ustedes, hacer lo que les da la gana y vivirse al país.

La taquicardia retumba en mis oídos. Me monto de nuevo en el carro, respiro profundo varias veces y retomo la lectura de “Los incurables” para terminar de calmarme. Mientras el libro me ayuda a recobrar el equilibrio y estabilizar el ritmo cardíaco, el celular se carga con el aparato comprado al colombiano.

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