El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Madrid es una fiesta

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Debo confesar que la salida de Venezuela fue menos traumática de lo esperada. Cuando hace más de un año compramos los boletos por Conviasa, yo, como todo aquel a quien le comentaba, me hacía cruces pensando en lo que sería intentar volar con la línea aérea bandera de Venezuela. Ya me veía tres días sembrado en Maiquetía junto a 300 pasajeros más, con el calor sofocante sufrido la última vez que viajé, pues los aires no funcionaban…

Nada qué ver. La primera sorpresa fue sentir el friíto de los aires acondicionados del aeropuerto trabajando a tope. Y luego, al llegar al área de chequeo, la fila de pasajeros ya era larga y empezaba a moverse. Aparentemente, no nos quedaríamos varados como sucedió días antes con un grupo de 200 viajeros.

Un tipo, “amablemente”, se ofreció a ayudarnos a saltar la larga hilera de gente. Luego de varios ofrecimientos rechazados, terminó pidiendo “algo pa’los refrescos“. Conmigo que no cuente.
La fila se movió bastante rápido y a pesar de la cantidad de gente en pocos minutos, estábamos chequeados. Luego, vino la cola para migración. Larga y lenta, pero se movió sin contratiempos. Descalzarnos, sacar cinturones, vaciar bolsillos, una manoseada del guardia que cachea y, al poco rato, ya estábamos dentro. Todo sucedía con inesperada fluidez.

Otra sorpresa fue conseguir las tiendas de Duty Free más surtidas que la última vez. Comimos una pasta rápida. Compramos ron Carúpano para llevar a los amigos y mientras esperábamos el abordaje, el tiempo pasó veloz entregado a la lectura de la obra de teatro “Polvo de hormiga hembra” (Editorial Eclepsidra), que me regalara autografiado, el día anterior, su autora, Yoyiana Ahumada Licea. Un drama hecho poesía o como dice la propia Yoyiana, un poedrama. Una dramática historia con una importante carga poética que nos deja conmovidos y con unas inmensas ganas de poder ver puesta en escena la historia de Maya, esa decadente, frágil, moribunda, adicta a la morfina y maltratada bailarina de ballet clásico cuya acción se mueve -nunca mejor dicho- entre la danza, el ballet y el teatro.

Con la historia de Maya, la espera fue un poema y sin apenas darnos cuenta, ya nos encontrábamos en la fila para abordar. Una fila más rápida para los hombres y la insufrible fila de las mujeres, pués en Venezuela, como contará en una crónica Jacqueline Goldberg, ser mujer y viajar sola, son motivos suficientes para ser sospechosa. ¿De qué? De lo que sea y, posible carne de matraca, también. Una vez en el gusano para acceder al avión, la última revisión absurda, en pleno túnel de abordaje con un vapor concentrado que hace que los Guardias Nacionales tengan caras transidas. Le regalo un ibuprofeno al que me manosea para ver si llevo armas y que se queja de un dolor de cabeza que lo tortura desde la mañana y, al entrar al avión, me llevo la sorpresa de que la tripulación me recibe en inglés con acento asiático y que no entienden ni papa de español. Ya una chica de migración, al preguntar si sabía si el vuelo estaría a tiempo, me había advertido:  “Debe estar puntual, porque Conviasa lo está sirviendo una línea de Malasia y ellos sí son puntuales”.

En el avión, haciendo un poco de intérprete para que los pasajeros comprendieran lo que aeromozas y sobrecargos intentaban comunicar o lo que el pasaje les intentaba decir, me distraigo con las fotografías de promoción del turismo por Malasia, que cunden por toda al nave. No hay muestras por ningún lado de que esté viajando con la línea aérea de Venezuela.

La vecina de asiento es una señora de San Cristóbal, con el cansancio de un viaje en autobús de casi 24 horas reflejado en sus enrojecidos ojos y el susto de estar realizando su primer viaje en avión para ir a Santiago de Compostela a visitar a su hija a quien tiene cuatro años de no ver, y a conocer a su primer nieto que acaba de nacer con cuatro kilos y 51 centímetros. Otra familia a la que la inseguridad del país desmembró cuando un secuestro en casa de cuatro horas para robarlos, los dejó amordazados y aterrados, con la decisión de la hija mayor de abandonar su país a la primera oportunidad. La emoción de la señora es tal, que pronto olvida la humillación sufrida minutos antes cuando la interrogaron por ser mujer y viajar sola.

Ocho horas de calor e insomnio después, aterrizábamos en Barajas. Un breve chequeo del pasaporte y en minutos nos encontramos con el abrazo de Yofrank y José que fueron a recogernos a la T1.
Ya en Tres Cantos, José nos preparó un delicioso arroz asopado con mariscos, comimos cerezas de temporada, tomamos sangría y a dormir el jets lag, por poco más de una hora.

A las nueve de la noche (de la tarde, para los españoles), arrancamos rumbo a Sol.

Algunos cambios nos encontramos en la plaza del kilómetro cero. Una ampliación de la estación del metro. El oso resultó ser osa (tal vez para estar acorde con los tiempos de diversidad que vivimos) y ya su escultura no está emplazada en la misma esquina. La corrieron algunos metros. El legendario aviso del Tío Pepe también fue mudado de sitio.

Por las calles del centro de Madrid, el ambiente es de fiesta. Ríos de gente multicolor deambulan por doquier. Algunos exhiben con orgullo sus esculpidos músculos, extravagantes atuendos y peinados. La bandera del arcoiris ondea por doquier y en cada esquina se ubican policías que parecen sacados de un número de Men’s Health, atléticos y apuestos.
Recorrimos Chueca, entramos a un restaurante mexicano y cenamos con un rico y picante picoteo de platos típicos de México. Allí, llamamos a Marco Tulio Socorro para ponerle piel a ese largamente esperado abrazo, luego de años de amistad virtual y amigos en común. Grata conversa y luego a otro sitio “a por un trago”.

Chueca es una incesante algarabía y el bullicio es alegre e indiferente a las indiscretas miradas de admiración y asombro que no puedo ni quiero controlar. Los cuerpos esculturales de hombres y mujeres forman parte del paisaje urbano alegre y festivo. En el cielo, la hermosa luna llena madrileña encandila la noche. El edifico del Ayuntamineto, antiguo de Correos, se ilumina con los colores del arcoiris y ondea en su fachada una larga bandera multicolor. Madrid es un orgullo. Madrid es una fiesta.

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Golcar Rojas

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Un pensamiento en “Madrid es una fiesta

  1. beatrice en dijo:

    QUÉ RICOOOOOOOO

    Me gusta

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