El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Mucho «mariconeo» en Madrid

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Esto lo escribo mientras voy por la carretera rumbo a Lisboa desde Madrid. A los lados de la vía me rodea un paisaje reseco de tonos ocres y verdes. En algunos tramos la vista se llena del amarillo de los sembrados de girasoles o del oro del pasto seco. En otros el paisaje vira a unos tonos entre gris y verde, los característicos de las siembras de olivares, para de pronto tornarse verde intenso con los inmensos maizales. El cielo es de un tono azul brillante y plano, apenas surcado por una que otra nube. El sol resplandece en lo alto y mientras avanzamos, rememoro lo vivido estos últimos días.

wpid-img_20150707_000029.jpgLos días 3 y 4 de julio fueron jornadas de marcha y algarabía en Madrid. Caminar por los alrededores de Sol y Chueca era asistir a una exhibición de diversidad y de la variedad de la especie humana. Días de fiesta y mariconeo por todos lados. Las lenguas e idiomas se mezclaban cual torre de Babel. Los colores de la piel relucían en todas su manifestaciones bajo un cielo soleado y azul. La noche del 3 quedamos en encontrarnos con Jacqueline y Guillermo junto a «la osa» de Sol. Dos viejos amigos de Maracaibo que llevan unos años viviendo en Madrid. En un bar por Sol nos bebimos unos tragos, comimos un delicioso queso manchego, pan y aceitunas. La conversa, como es habitual, giró en torno a la política, la inseguridad, la inflación y la escasez de Venezuela. No podían faltar algunas comparaciones y referencias a la realidad española y al espanto con el que algunos venezolanos recibimos el discurso de Podemos.

Luego, nos reuniríamos con Yofrank y José para pasear un rato por la Madrid de trasnocho y botellón. Más tarde, se nos uniría Marco.

Difícil decidir hacia dónde apuntar la cámara entre tanta gente llamativa y edificios y monumentos. Gran Vía esa noche era un inmenso templete. El botellón más grande que esa vieja dama que es Madrid haya podido observar. Por los lados de Callao, frente al cine del mismo nombre, una tarima ofrecía un concierto de «Las amistades peligrosas». El lugar estaba atiborrado de gente, algo muy significativo pues, justo en esa parte de wpid-img_20150705_085355.jpgMadrid, antes exhibían pintas de «Bienvenidos a la zona libre de homosexuales», o algo parecido, según me contó Marco Tulio. Al día siguiente, fuimos a una terraza para reunirnos con un grupo de españoles para almorzar antes de ir al desfile del orgullo gay. La mesa parecía el set de una película de Almodóvar. Gente alegre y divertida con ese humor característico de los personajes almodovarianos. Una rica paella, patatas bravas y una refrescante y deliciosa sangría. Un agua de Valencia, para concluir.

De allí, nos fuimos rumbo al Café de la luz a encontrarnos con Elvia Sánchez, una vieja amistad virtual con vínculos fraternales en la vida real. El encuentro fue ameno y divertido. Un grupo de amigas con las que provoca pasar horas conversando, todas con vínculos especiales con Venezuela, así que se imaginan sobre qué versó la mayor parte de la conversación. Pero, antes de llegar al Café de la luz, pasamos por la Calle del Desengaño, un viejo anhelo por cumplir. La calle no cuenta con el portal número 21 de la serie «Aquí no hay quién viva», llega hasta el 20, pero sí conserva algo del ambiente mostrado en el seriado televisivo que tantas risas me ha regalado por años. Está llena de putas viejas y gorditas echadas en los portales que hablan con diferentes acentos; colombianas, rumanas, dominicanas…

wpid-img_20150705_091050.jpgDel Desengaño, fuimos directo a Cibeles para ver el desfile. Los alrededores del Ayuntamiento, ese imponente edificio que era el Palacio de Comunicaciones y la sede de Correos en mi viaje anterior, frente a la fuente de la Diosa, estaba a tope.

Mucha piel, mucho cuero, mucha pluma. Toda la diversidad imaginable se daba cita para festejar el orgullo de ser y dejar ser. Niños, jóvenes, ancianos. Blancos, negros, amarillos. Judíos, católicos, cristianos, musulmanes, agnósticos, ateos… Homosexuales, transexuales, bisexuales, travestis, intersexuales; la calle de Alcalá era una vitrina de las diferencias. Las banderas de arcoiris ondeaban por doquier y relucían bajo el cielo azul y el resplandeciente sol de Madrid. Los bomberos rociaban agua con las mangueras para aminorar el sofocón.

wpid-img_20150705_095744.jpgAl final, el desfile no fue lo esperado. Las carrozas nunca aparecieron. Pero fue divertido y una experiencia interesante para practicar la tolerancia y superar prejuicios. La galería humana daba todo de sí, como se aprecia en las fotos.  A eso de las 11 y media de la noche, llegábamos exhaustos a casa. Luego nos enteraríamos de que a esa hora comenzaron a desfilar las carrozas. ¡VayaPalaMierda!

El domingo, nos levantamos tarde. Comimos una deliciosa pasta con ibéricos y crema hecha por Yofrank y salimos a pasear por el parque público de Tres Cantos. Un espacio con cisnes, patos, tortugas y pájaros. Con hermosos jardines y perfumadas y coloridas rosas. Puro relax.

Luego, al teatro. A La Latina, junto Lavapiés para ver «ATCHÚUSSS!!!», un divertido montaje dirigido por Carles Alfaro, con textos cortos de Anton Chejov, firmados con el seudónimo de Antosha Chejonte utilizado por el ruso wpid-img_20150706_001422.jpgen su juventud. Cinco historias breves, cinco estornudos que garantizan montones de risa. El dispositivo escénico es lúdico e ingenioso. Con dos grandes espejos decorados que funcionan como parabán y en el que, por efecto de la iluminación, nos permite observar a través para ver en segundo plano como los artistas se cambian de vestuario para encarnar múltiples personajes cada uno. La escenografía está muy bien concebida y el vestuario tipo clown contribuye a la explosión de carcajadas inspiradas por unos personajes miserables, unos pobres diablos que desnudan ante el espectador sus mezquindades, avaricias y miserias. Personajes interpretados magistralmente por Malena Alterio y Fernando Tejero de «Aquí no hay quién viva», Adriana Ozores  y Enric Benavent, el alcalde de «El secreto de Puente viejo», con lo cual, el espectáculo da la impresión de ser un encuentro entre viejos y divertidos conocidos. La selección de los textos y la secuencia hecha le imprimen un ritmo que hace que las carcajadas vayan in crescendo, con un humor inteligente que no se conforma con la vulgaridad y el chiste fácil. Hacía mucho no me reía tanto con una obra de teatro.

Al salir de la sala, dimos un paseo por la zona de El Rastro, pero sin el mercadillo y allí mismo cenamos con los añorados huevos rotos con jamón y patatas. Otro deseo cumplido. De allí, a casa para preparar la maleta para el viaje a Portugal al día siguiente. La aventura apenas empieza.

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Madrid es una fiesta

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Debo confesar que la salida de Venezuela fue menos traumática de lo esperada. Cuando hace más de un año compramos los boletos por Conviasa, yo, como todo aquel a quien le comentaba, me hacía cruces pensando en lo que sería intentar volar con la línea aérea bandera de Venezuela. Ya me veía tres días sembrado en Maiquetía junto a 300 pasajeros más, con el calor sofocante sufrido la última vez que viajé, pues los aires no funcionaban…

Nada qué ver. La primera sorpresa fue sentir el friíto de los aires acondicionados del aeropuerto trabajando a tope. Y luego, al llegar al área de chequeo, la fila de pasajeros ya era larga y empezaba a moverse. Aparentemente, no nos quedaríamos varados como sucedió días antes con un grupo de 200 viajeros.

Un tipo, “amablemente”, se ofreció a ayudarnos a saltar la larga hilera de gente. Luego de varios ofrecimientos rechazados, terminó pidiendo “algo pa’los refrescos“. Conmigo que no cuente.
La fila se movió bastante rápido y a pesar de la cantidad de gente en pocos minutos, estábamos chequeados. Luego, vino la cola para migración. Larga y lenta, pero se movió sin contratiempos. Descalzarnos, sacar cinturones, vaciar bolsillos, una manoseada del guardia que cachea y, al poco rato, ya estábamos dentro. Todo sucedía con inesperada fluidez.

Otra sorpresa fue conseguir las tiendas de Duty Free más surtidas que la última vez. Comimos una pasta rápida. Compramos ron Carúpano para llevar a los amigos y mientras esperábamos el abordaje, el tiempo pasó veloz entregado a la lectura de la obra de teatro “Polvo de hormiga hembra” (Editorial Eclepsidra), que me regalara autografiado, el día anterior, su autora, Yoyiana Ahumada Licea. Un drama hecho poesía o como dice la propia Yoyiana, un poedrama. Una dramática historia con una importante carga poética que nos deja conmovidos y con unas inmensas ganas de poder ver puesta en escena la historia de Maya, esa decadente, frágil, moribunda, adicta a la morfina y maltratada bailarina de ballet clásico cuya acción se mueve -nunca mejor dicho- entre la danza, el ballet y el teatro.

Con la historia de Maya, la espera fue un poema y sin apenas darnos cuenta, ya nos encontrábamos en la fila para abordar. Una fila más rápida para los hombres y la insufrible fila de las mujeres, pués en Venezuela, como contará en una crónica Jacqueline Goldberg, ser mujer y viajar sola, son motivos suficientes para ser sospechosa. ¿De qué? De lo que sea y, posible carne de matraca, también. Una vez en el gusano para acceder al avión, la última revisión absurda, en pleno túnel de abordaje con un vapor concentrado que hace que los Guardias Nacionales tengan caras transidas. Le regalo un ibuprofeno al que me manosea para ver si llevo armas y que se queja de un dolor de cabeza que lo tortura desde la mañana y, al entrar al avión, me llevo la sorpresa de que la tripulación me recibe en inglés con acento asiático y que no entienden ni papa de español. Ya una chica de migración, al preguntar si sabía si el vuelo estaría a tiempo, me había advertido:  “Debe estar puntual, porque Conviasa lo está sirviendo una línea de Malasia y ellos sí son puntuales”.

En el avión, haciendo un poco de intérprete para que los pasajeros comprendieran lo que aeromozas y sobrecargos intentaban comunicar o lo que el pasaje les intentaba decir, me distraigo con las fotografías de promoción del turismo por Malasia, que cunden por toda al nave. No hay muestras por ningún lado de que esté viajando con la línea aérea de Venezuela.

La vecina de asiento es una señora de San Cristóbal, con el cansancio de un viaje en autobús de casi 24 horas reflejado en sus enrojecidos ojos y el susto de estar realizando su primer viaje en avión para ir a Santiago de Compostela a visitar a su hija a quien tiene cuatro años de no ver, y a conocer a su primer nieto que acaba de nacer con cuatro kilos y 51 centímetros. Otra familia a la que la inseguridad del país desmembró cuando un secuestro en casa de cuatro horas para robarlos, los dejó amordazados y aterrados, con la decisión de la hija mayor de abandonar su país a la primera oportunidad. La emoción de la señora es tal, que pronto olvida la humillación sufrida minutos antes cuando la interrogaron por ser mujer y viajar sola.

Ocho horas de calor e insomnio después, aterrizábamos en Barajas. Un breve chequeo del pasaporte y en minutos nos encontramos con el abrazo de Yofrank y José que fueron a recogernos a la T1.
Ya en Tres Cantos, José nos preparó un delicioso arroz asopado con mariscos, comimos cerezas de temporada, tomamos sangría y a dormir el jets lag, por poco más de una hora.

A las nueve de la noche (de la tarde, para los españoles), arrancamos rumbo a Sol.

Algunos cambios nos encontramos en la plaza del kilómetro cero. Una ampliación de la estación del metro. El oso resultó ser osa (tal vez para estar acorde con los tiempos de diversidad que vivimos) y ya su escultura no está emplazada en la misma esquina. La corrieron algunos metros. El legendario aviso del Tío Pepe también fue mudado de sitio.

Por las calles del centro de Madrid, el ambiente es de fiesta. Ríos de gente multicolor deambulan por doquier. Algunos exhiben con orgullo sus esculpidos músculos, extravagantes atuendos y peinados. La bandera del arcoiris ondea por doquier y en cada esquina se ubican policías que parecen sacados de un número de Men’s Health, atléticos y apuestos.
Recorrimos Chueca, entramos a un restaurante mexicano y cenamos con un rico y picante picoteo de platos típicos de México. Allí, llamamos a Marco Tulio Socorro para ponerle piel a ese largamente esperado abrazo, luego de años de amistad virtual y amigos en común. Grata conversa y luego a otro sitio “a por un trago”.

Chueca es una incesante algarabía y el bullicio es alegre e indiferente a las indiscretas miradas de admiración y asombro que no puedo ni quiero controlar. Los cuerpos esculturales de hombres y mujeres forman parte del paisaje urbano alegre y festivo. En el cielo, la hermosa luna llena madrileña encandila la noche. El edifico del Ayuntamineto, antiguo de Correos, se ilumina con los colores del arcoiris y ondea en su fachada una larga bandera multicolor. Madrid es un orgullo. Madrid es una fiesta.

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Golcar Rojas

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