El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Crónica de un instante socialista

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Maracaibo. 11 de la mañana. El termómetro marca 36 grados centígrados que en la piel se sienten como 42.

El astro rey, casi en su cénit, está como para pelar chivos, dirían en mi pueblo. Dentro del carro, con vidrios ahumados casi negros -que nos imponen tanto el calor y el sol despiadado como la inseguridad-, con el aire acondicionado encendido, siento una gota de sudor que resbala por mi sien. Sendas manchas en la franela a nivel de las axilas acusan el hervor al que nos enfrentamos.

Una impostergable diligencia me obliga a ir en el tráfico hacia la zona de El Tránsito, por los lados de Sanidad. Aunque lo que el cuerpo pide es agua fría en la ducha y encierro en algún lugar con aire central.

Ya a punto de llegar a mi destino. En el semáforo que está en la avenida Padilla, frente al cementerio El Cuadrado, la luz roja me obliga a parar y veo, recostada a una cerca de ciclón que recorre el perímetro de un terreno que pareciera un descampado o estacionamiento, una fila de gente pacientemente parada cubriéndose la cabeza con cualquier objeto disponible.

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Al inicio de la paciente y resignada hilera, unos tres o cuatro hombres con uniformes de la Guardia Nacional. No se sabe si están allí para resguardar el orden público o porque están haciendo la formación como el resto de los civiles. En este país uno ya no sabe distinguir cuando ve representantes de las fuerzas públicas en algún lugar, si están allí para cuidar, para extorsionar o para atender una llamada por atraco, asesinato o sicariato.

Por puro vicio y reacción instintiva, sin saber de qué va la cosa, saco el teléfono y hago unas cuantas fotos. La luz pasa a verde e, intrigado, sigo mi camino.

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En 25 minutos hago mi diligencia y, una vez de vuelta en la esquina, veo que la gente sigue apostada allí. Algunos, de repente, corren como si hubieran recibido una señal. Hay un instante de rebulicio.  A mi lado cruzan corriendo en estampida. Pasa una señora apurada arrastrando un andarivel. Otra cojea con su bastón tratando de apurar el paso y, atrás, en medio de las inmensas bolsas negras de basura que se acumulan en la calle, veo otra mujer con bastón.

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Pegado en el muro que está junto a lo que supongo será la entrada al terreno cercado, a la distancia, distingo un papel bond tamaño carta en el que pone a mano alzada: “Misa Comandante”, con un garabato que parece simular una cruz entre las dos palabras. Debajo, en letras pequeñas que no logro distinguir, se ofrecen los detalles del artesanal aviso. Es entonces cuando caigo que es el día 5 del mes, fecha de “cumplemes” del fallecimiento del hombre causante de todo este descalabro que vivimos en la actualidad en Venezuela. Intuyo que lo que pone el aviso en letras chicas es el lugar y la hora en que celebrará la misa por el alma del difunto.

La curiosidad me vence. Bajo el vidrio y siento que me sofoco con el aire caliente que me golpea el rostro.

A una señora gorda, de pelo canoso, la increpo, apurado antes de que quienes vienen atrás en el tráfico comiencen a tocar corneta:

-¿Qué hay allí, qué pasa, doñita?.

Ella voltea hacia mí, abre los ojos todo lo que sus órbitas le permiten y me dice:

-¡Están vendiendo comida!

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