El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Un mes de #SOSVenezuela – La lucha por la leche

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Jueves 13 de marzo. Un mes desde que en Venezuela de iniciara el pandemónium. Un mes en el que nos dormimos con los ojos húmedos con las noticias e imágenes de la juventud venezolana regando con su sangre las calles del país, esperando que algún día la lucha de frutos. Un mes en el que la vida de seres humanos se ha visto abrupta y repentinamente detenida por tiros de la represión. Más exactamente 29 días en los que el luto ha sido una constante en el país, aunque desde las esferas del poder no se decrete duelo. Ni un minuto de silencio siquiera por los 28 muertos que han tornado rojizo el negro pavimento donde los sorprendió la certera bala. Muchas veces a quemarropa y en la cabeza. Un caído por día…

Han sido 29 días en los que dormimos sobresaltados. Nos despertamos en la madrugada, intranquilos, desvelados. Con lagrimones acumulados en los ojos por las pesadillas. Y en la mañana, la vigilia empieza antes de tiempo porque la angustia nos despabila, las lágrimas ruedan y ya no hay manera de volver a conciliar el sueño.

Otros menos afortunados, son despertados por las mismas detonaciones que les impedían dormirse. Su despertador es un violento ¡POMP! Acompañado del ardor en los ojos y la garganta. Para ellos la pesadilla es en carne vívida.

Y en ellos pensamos los que estamos apartados. Nos acostamos con el Cristo en la boca pidiendo y orando por los seres queridos que están atrapados en sus residencias en medio de las explosiones y  las asfixias. Nos dormimos pidiendo a Santa Bárbara que nos libre de la muerte repentina y que nos proteja de tanto mal.

Pero la vida sigue. La supervivencia no da descanso. La depresión, el miedo y la tristeza no nos pueden vencer. No podemos sumirnos en la desesperanza porque hay necesidades básicas que solo moviéndonos y batallando podemos cubrir para nosotros y para los que dependen de nosotros. Como  esos viejos de 80 y tantos años que se quedan sin leche encerrados en medio de la balacera. Por ellos, por los niños, por los que no pueden salir a hacer horas de cola para obtener un jabón, un papel tualé o cualquier otro producto básico, vencemos la depresión y salimos a sobrevivir.

Unos tienen suerte y logran su cometido de llevar la leche a su casa. Otros se ven en un violento maremágnum del cual salen golpeados y en muchos casos sin la leche o la harina.

Jueves 13 de marzo. Horas de la mañana. Un mes en que el infierno se quitó la máscara. Con la energía en mínimo y la tristeza y la depresión al full, salgo a enfrentar la calle. A sobrevivir. A vencer el día. Pero me consigo un video en el grupo de Whats app y me derrumbo.

Una multitud alrededor de un camión 350 se agolpa en un desesperado afán por adquirir un leche3kilo de leche. Por comprarlo, porque no es que se lo regalan. Un solo kilo que cuesta en tiempo, ira y dignidad arrebatada mucho más de lo que vale.

La escena se desarrolla en Ejido, ciudad de mi querida Mérida natal y el texto de quien lo envía, testigo presencial de lo sucedido, hace que las lágrimas se derramen una vez más.

Amiga 1: “Esto fue esta mañana aquí en Ejido. Yo fui testigooo. 
Qué lamentable, por comprar un kilo de leche.
Desespero, enfrentamientos entre la misma gente. La gente con la policía y pare de contar.
La cava estaba bajo el control de la policía del Estado.  Ellos empezaron a vender pero se les salió de control la situación”.

 Amigo: “Qué arrechoooo es la palabra. Y allá es a donde nos quieren llevar y lo están logrando”.

Amiga 2: “Qué horror”.
 
Amigo: “Imagínate que la turba se arreche de verdad y lo hubieran linchado.
El policía después de que se lo sonaron fue y le dio al carajo”.
 
Amiga 1: “El camión primero estaba en frente de la policía y la cola llegaba al final ya para salir a la Carabobo. Luego vieron mucho desastre y se movieron con la cava y la gente corría detrás del camión. Mucha gente quedó en cola y otra corría. Se detuvieron por el canal de subida de la plaza Bolívar y pasó lo que está en el video. Y al final de todo, la cava se fue con la leche y no vendieron más. Un todos contra todos por un kilo de leche. Fue tan triste ver como la gente corría detrás de esa cava. Muchas mujeres con bebés en sus brazos. Y metidas ahí en esa trifulca”.
 
Amiga 3: “Yo estaba ahí. Fui testigo. Pero cuando la cava arrancó y todo ese desastre, yo ya estaba en el edificio en catastro, por cosas del trabajo.  Estaba con mi bebé. El susto no era normal. Cuando entré a pagar, había una cola que hicieron porque -para que se calmaran- creo que les dijeron que la cava volvía, y la cajera y yo escuchamos cuando una señora le decía a otra “Uy, pero es que provocaba lincharlo”….  No sé a quién ni nada, pero para que vean cómo estaban los ánimos…”.

Entonces, leo. Entonces, veo el video. Entonces, pienso en Bassil, en Génesis, en Daniel, en Mónica… Entonces, vienen a mi mente los 28 muertos, los cientos de heridos… Entonces, pienso ¿Cómo criticar que la gente tenga un mes desesperada protestando? ¿Cómo molestarme con las barricadas que me impiden el libre tránsito? ¿Cómo no querer a esos estudiantes que levantan la bandera de la dignidad después de 15 años de humillaciones y oprobio? Entonces, una vez más, lloro.

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Mi propósito de año nuevo se hizo trizas

Fotografía de Luis Brito.

Fotografía de Luis Brito.

Me había propuesto no escribir nada en mi bitácora de 2014 hasta encontrar un bonito tema, un motivo optimista que plasmar. Quería iniciar mis escritos en el nuevo año con un texto cargado de esperanzas, preñado de futuro, pleno de buenaventura.

Por eso, no escribí nada acerca del atraco del que fui víctima el 22 de diciembre a las ocho de la noche en mi casa. Me limité a dejar unos exaltados comentarios en Twitter y Facebook. No quería contaminar mis artículos con los escabrosos detalles de lo terrible que es para un ser humano que se encuentra desnudo en su casa, en su habitación, sentado frente a la computadora y siente que se abre la puerta y una voz quebrada y queda, dice:

-Ay, Golcar, tranquilo.

Inocente, volteo para encontrar a Cristian con un hombre atrás que lo apunta con un revólver y a su vez dice:

-Tranquilo, ¿dónde está el dinero? ¿Dónde está el oro?

Lo demás es más de lo mismo, más de nuestra cotidianidad y no quería, me negaba a que mi primer texto del año tuviera que ver con eso. Hice lo posible por pasar la página. Olvidar. Necesitaba olvidar. Quería borrar esa sensación de que en ese atraco se llevaron algo más importante que las cosas de valor con las que cargaron y que con tanto trabajo había adquirido. Se llevaron el poquito de paz que me quedaba, el poquito de sosiego al que me aferraba. Me dejaron el miedo y el sobresalto. Me quedó la absoluta sensación de indefensión que siente un ser humano que se encuentra desnudo ante sus agresores que, en un momento, llegaron a ser cuatro hurgando por toda la casa, cada uno con un arma más grande que la del otro.

A pesar de la depresión y el desasosiego, los planes de fin de año se mantuvieron igual. El viaje a Mérida para recibir el año en el abrigo y protección de la familia continuó en pie. Estaba seguro que la dosis de cariño familiar mitigaría la desazón y ansiedad.

Contra viento y marea, sin aire acondicionado porque se dañó en una mala época cuando todo cierra, el 28, Día de los Inocentes, arrancamos el largo viaje de siete horas por las desastrosas y ahuecadas carreteras de la patria. El cielo no se condolió ni un minuto. No hubo una nube que aunque fuese por un ratito tapara el abrasador sol.

A eso de las cuatro de la tarde, llegamos sudorosos y abochornados a una estación de gasolina en El Vigía para reponer el combustible pues la aguja ya marcaba menos de un cuarto de tanque y faltaba un buen trecho. Hicimos la cola y, al llegar frente a la máquina despachadora, el bombero jurungó un aparato y, asomándose a la ventanilla nos dijo:

-No autorizado.

-¿Cómo que no autorizado?

-No pueden cargar gasolina porque el chip no está autorizado.

-¿Y qué?¿Nos quedamos aquí?

-Llamen al 0800 octanos para que les activen el chip.

Ya nos habíamos olvidado que en alguna oportunidad habíamos instalado el bendito chip de Chávez que nunca entró en funcionamiento en Zulia pero sí en otros estados del país. En ese momento me percaté del chip y recordé que no tenía teléfono porque “los amigos malandros de Nicolás” se lo habían llevado aquella noche del 22.

Al final, el bombero amablemente me prestó su teléfono al contarle el drama del robo y luego de advertirme que no me lo fuera a llevar. Llamé al número indicado y una operadora automática con un extraño y desagradable acento argentino en la voz me fue guiando en el proceso para la activación del chip. Finalmente, me pasó con una persona de carne y hueso, por cuya forma de hablar supuse que era de un militar encargado de la materia y quien luego de solicitarme algunos datos, me dijo que en media hora estaría activo el dispositivo y podría poner gasolina al vehículo para continuar el viaje.

Decidí borrar también todo ese episodio. Mi propósito de año nuevo impedía que mi primer texto del año tuviera la más mínima queja. Continué mi viaje hacia el cariño familiar con la fe de que esos días de afecto me brindarían el tema optimista y esperanzador con el que quería inaugurar mis escritos del 2014. A tal efecto, limité al mínimo mi presencia en las redes sociales y mi acceso a las noticias y me volqué a la lectura de “Leonora” de Elena Poniatowska y a los brazos de hermanos y sobrinos. Allí, sin duda, debía andar mi inspiración.

La experiencia con la familia y los sentimientos aflorados por las fechas, iban poco a poco llevándome a un punto de equilibrio emocional. Los dos días de playa en Falcón en unión de mi familia, consintiendo a los más pequeños y dejando en las salinas aguas las mala vibras del 2013, estaba seguro de que completarían el trabajo. Solo una noche me desperté con sobresalto sintiendo que los ladrones me apuntaban al pie de la cama. Un verdadero éxito, sin duda.

Pero justo el día del regreso, al despertar, llega la noticia del cruento asesinato de la bella y talentosa Mónica Spears y su esposo. Una masacre que en un segundo me hizo revivir el horror del la noche del 22 en mi habitación y sacó de mí la parte más horrible del ser humano, la indolencia al pensar “Gracias a Dios, no fui yo, ni uno de los míos. Pude haber sido yo, ese 22 de diciembre frente a cuatros armas de fuego. Puedo ser yo en cualquier momento porque en un país con 25 mil muertes violentas en un año, nadie está a salvo. Pero, gracias a Dios, no fui yo”. El miedo, la inseguridad y la violencia nos hacen viles y egoístas.

Volvió la angustia, el desasosiego. El terror cobró impulso una vez más dentro de mí. En cada cara que se me cruzaba en la calle veía a un potencial ladrón. Cada gesto de la persona frente a mí era un amago de sacar un arma del cinto. Con el miedo a flor de piel, emprendimos el regreso a Maracaibo.

La carretera estaba fresca. A pesar de los huecos, reductores de velocidad y vendedores en mitad de la vía que siempre retrasan el viaje, llevábamos buen tiempo. Pasamos la alcabala de Mene Mauroa y, unos 10 minutos después, de repente, un trancón. El tráfico completamente paralizado a la altura de una vía que presumíamos en reparación. Sospechamos que el atasco se debía a las obras y nos dispusimos a esperar que nos dieran paso.

10 minutos, 20 minutos, media hora. Una mujer que pasó nos gritó:

-¡Devuélvanse que hay protestas!

40 minutos. Increpamos a unos jóvenes que pasaron en moto sobre lo que sucedía:

-Huelga de hambre.

-¿?

-Sí, la gente está protestando por comida. Camión con alimentos que pasa, camión que asaltan- Dicen los muchachos sonriendo y yo no lo puedo creer.

Otro muchacho nos advirtió que él viaja cada dos meses y que esa vía no la están arreglando, que tiene muchísimo tiempo en esas condiciones y no hay visos de que la reparen.

Los vehículos empezaron a devolverse. No teníamos ni idea de adónde ir o qué vía tomar. Desandamos el camino y llegamos a la alcabala donde dos guardias nacionales absortos con sus teléfonos celulares nos recibieron sin mirarnos. Preguntamos cómo podíamos hacer para llegar a Maracaibo, si había una vía alterna y un ciudadano que se encontraba allí nos indicó que tomáramos a la izquierda, vía El Consejo y Mecocal y de allí a Miranda.

Les pregunté a los guardias sobre lo que sucedía y, sin levantar la vista de sus teléfonos, me respondieron que desde las diez de la mañana la vía se encontraba cerrada por protestas de la gente. ¡Desde las diez y estos malnacidos son incapaces de poner un aviso o de advertirles a los conductores de la situación! ¡A ellos no parece importarles que la gente pase horas allí parada! Esa es la Guardia Nacional Bolivariana.

Tomamos camino en la dirección que nos indicaron. Una carretera intermitentemente de tierra y de pavimento ahuecado. Un camino que de seguir con esta desidia pronto será totalmente de tierra. A las orillas, entre el alambre de púas y los estantillos, pastaban unas escuálidas reses tratando de conseguir hierbas comestibles entre los inmensos y secos pastizales. Las costillas se les marcaban y el rosario de las vértebras brotaba a todo lo largo de la columna vertebral de los rumiantes.

Como una alegoría garciamarquiana que nos advertía del retroceso que vive nuestro país, en el medio de la nada, vimos los buses y carpas de un circo de pueblo. “¡Macondo vive!” pensé.

Llegamos por fin, exhaustos, a Maracaibo. Con la depresión viva me dispongo a comprar, sin muchas ganas, un teléfono para reponer el robado. Recorro infructuosamente varias tiendas. Al trauma del robo de nuestras pertenencias, se suma el de no tener la posibilidad de reponer lo robado porque la escasez también campea en los teléfonos celulares.

En cada agente autorizado que llego no consigo una sola persona que me diga que no ha sido víctima de un robo, un asalto, un atraco, un secuestro. Todos en Venezuela tenemos una historia que contar. “A mí me apuntaron con una arma en un carro por puesto y me quitaron todo”. “Mi carro me lo quitaron a punta de revólver y en el grupo había una mujer que era la más violenta”. “A mí me ruletearon secuestrado en un taxi durante cuatro horas con un revólver en la nuca”. “A mis amigos les robaron la camioneta, como no pagaron rescate y compraron otra con lo del seguro, se la volvieron a robar y, como no pagaron de nuevo el rescate, les mataron un hijo”…

Al final compro el único teléfono que había. El último que les quedaba. Pagué mucho más dinero de lo que en verdad vale. Esa es otra de las “virtudes” de esta Venezuela revolucionaria, pagamos a precio de oro, productos de quinta categoría. “Es lo que hay”.

Mientras me activan la línea, el corazón da un vuelco cada vez que la puerta se abre y alguien entra. En ese momento, me doy cuenta de que mi propósito de hacer un texto optimista y de crecimiento para inaugurar mi bitácora del 2014 se ha hecho trizas. Estamos a nueve de enero y el país no me ha ofrecido nada que permita cumplir con mi intención.

Los ladrones se llevaron mi tablet, mi cámara recién comprada, mi teléfono con el que tenía cuatro años, algunos pocos ahorros. Me dejaron el miedo, la indefensión, la angustia. El país se llevó a la porra mi esperanza, mi optimismo. Ahora solo me queda el sobresalto, las pesadillas al dormir, el temor  al despertar. A nueve días del nueve año Venezuela no me ha dado un buen tema para escribir. El país solo me entrega, a cada instante, unas tristes y profundas ganas de “irme demasiado”.

Daka, el rostro de la miseria humana

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Lo de Daka no se me sale de la cabeza. Es como una idea fija. Como una obsesión. No puedo evitar pensar en esas caras de alegría de la gente saliendo con cajas que no podía ni cargar, en los vidrios desplomándose ante la arremetida de la poblada, en Nicolás diciendo en cadena “¡Que no quede nada en los anaqueles!”.

Daka removió cosas dentro de mí, hizo que, una vez más, me pregunte ¿De qué materia está hecho el venezolano? ¿Siempre hemos sido así o los últimos 15 años nos han tranformado?

Veía los videos y no podía dejar de pensar en la Bobulina, en esa terrible escena de Zorba, El Griego, en la que mientras la mujer agoniza en su lecho de muerte, las viejas arpías entran a todos los rincones a saquear cualquier trapo, cualquier adorno, cualquier baratija. Nadie se preocupa por la moribunda, todos están poseídos por la avaricia.

Como cuando, hace pocos meses, el hombre del camión de cervezas agonizaba en su vehículo volcado mientras la gente solo se afanaba por recoger botellas como botín. Nadie le dio atención, a nadie le importó su vida. Lo único que contaba era el momento de rebatiña.

Pero eso no es lo peor. Lo que me retumba en la cabeza es las explicaciones que he leído de algunos, bien para acometer el saqueo, o bien para justificarlo.

Dicen esos: “Eso fue pactado con los dueños”. “Bien hecho que los saqueen porque esos carajos son chavistas”. “A ellos los saquearon como ellos saquearon el bolsillo de la gente con su usura”. “Ellos recibían dolar Cadivi y ponían los precios a dolar paralelo”. “El dueño de Daka es Diosdado Cabello, bien hecho que lo saqueen”…

Leía y pensaba en Franklin Brito. En ese hombre que murió de inanición reclamando justicia sin que el país se inmutara. Venezuela contempló como un hombre de más de un metro ochenta de estatura y mas de 100 kilos se convertía en un saco de huesos cubiertos por la piel venezuela8como quien ve una película animada de Tim Burton. Tal vez, la película remueva más sentimientos en los venezolanos que la visión de un hombre que ante sus ojos se convertía en un remedo de ser humano. Todo después de haberse amputado un dedo y haber tratado por diferentes medios de ser oído, de tener acceso a la justicia,  que su reclamo fuera escuchado.

Cuando Franklin Brito hacía su huelga de hambre, algunos amigos decidieron no hacer nada para apoyarlo porque “eso se lo había buscado él”.

Unos decían que no iban a meterse en eso porque todo obedecía a un problema de faldas. Supuestamente, Brito se había metido con la mujer de alguien del gobierno y éste le estaba pasando factura.

Otros sostenían que no moverían un dedo por el agricultor porque él se había robado parte de esas tierras, había corrido los estantillos unos metros apropiándose de una gran extensión de terreno que no le pertenecía.

En fin, en el caso de Franklin Brito, como en el de Daka, todos parecían tener una razón para no actuar. Para no pronunciarse. Para no pedir justicia. Para justificar la falta de solidaridad.

Nadie parece ponerse a pensar que los que nos pronunciamos en ambos casos, como en muchos otros, no estábamos ni estamos defendiendo a una persona. No se trata de “los dueños de Daka”, -que a lo mejor es cierto que viven en Panamá felices o, seguramente tienen seguros que les pagarán sus pérdidas- ni se trataba de Franklin Brito, el posible ladrón de tierras. Se trata de JUSTICIA.

Se trata de que hay un sistema legal y de justicia al que los ciudadanos deberíamos sentirnos con el derecho y el deber de acudir cuando sintamos que nuestros derechos están siendo venezuela5conculcados y que ese sistema debería prestarnos oídos y darnos una justa y satisfactoria respuesta. Se trata de que las sociedades tienen un estamento jurídico al que se debería acudir para dirimir los conflictos.

Si los dueños de Daka cometieron un delito, quienes los acusan están obligados a demostrar por la vía legal y de la justicia que ésto fue así. Si Franklin Brito reclamaba justicia, el Estado debió atender su reclamo y darle un tratamiento justo. En ambos casos debería prevalecer la presunción de inocencia hasta que quienes acusan demuestren la culpabilidad.

Lo que no se puede permitir sin inmutarse, sin levantar un dedo, sin hacer escuchar aunque sea una voz de protesta, es que Franklin Brito muriera de inanición esperando por la justicia, ni que una poblada enardecida salga, al grito de “¡Que no quede nada en los anaqueles!”, a derrumbar vidrios, saquear y llevarse hasta los puntos de venta. Y menos aún podemos ser indiferentes ante imágenes y videos de miembros de la policía y la Guardia Nacional participando de esos saqueos.

Es allí donde el gentilicio duele, donde yo siento que el 8.036.631, ese numerito que acompaña mi cédula de identidad de ciudadano venezolano, comienza a desvanecerse. Es en el momento venezuela3cuando veo gente robando alegre un televisor plasma de un tamaño que posiblemente ni cabrá en su casa, cuando veo que la ley que impera es la del más fuerte y el más arrecho, es entonces cuando el pasaporte quiere convertirse en una visa y en un papelito de residente de cualquier país donde me den las más básicas y mínimas garantías de que, al momento de requerir justicia y legalidad, el Estado estará en capacidad de darme a mí y darle a todos los ciudadanos esa justicia y esa legalidad.

Mientras escribo esto, me asomo a la calle y me invade la tristeza, la desesperanza. Unas inmensas ganas de llorar me nublan las pupilas. A pocos pasos de donde me encuentro, hay una cola de gente esperando para cargar con lo que pueda en una tienda de electrodomésticos venezuela6de un amigo. Como zamuros ante la carroña se acumulan a la puerte de Mega Hogar.

Una amiga me cuenta que parece que ya acabaron con Imgeve. Que, supuestamente, la Guardia Nacional terminó poniendo la mercancía en la calle para que la poblada se la llevara. No sé que tan cierto sea, pero las ganas de llorar no pasan. Un señor comenta que en Los Plantaneros saquearon un local de repuestos de automóviles y mi gentilicio, una vez más, sufre un desvanecimiento.

Mis interrogantes sobre la naturaleza ética y moral del venezolano, me abruman. Hacen que me duela la cabeza. El nudo en el estómago es una punzada en la nacionalidad. Creo que nunca terminaré de comprender cuáles son los sentimientos  que mueven a mis compatriotas. No sé qué hace que todo termine siendo una exhibición de las miserias humanas. Venezuela es una inmensa e indefensa Bobulina. Las arpías acechan. Esperan una mínima señal.

No conozco a los venezolanos. Desconozco lo que nos mueve. Pero tengo la certeza de que el régimen sí nos conoce al militmetro. Sabe cuáles teclas tocar para que emanen nuestras miserias. Y lo hace cuando más le conviene.

Hay gente que piensa que el régimen quiere generar violencia y caos para suspender las elecciones. Yo creo que no se llegará a la violencia descontrolada. Todo es medido y calculado. Los policías y la Guardia Nacional se encargan de eso. Para suspender elecciones solo les venezuela7bastaría una llamada, una orden al CNE.

Lo que quieren es garantizarse el voto de esos que hoy saquean a mansalva. Quieren hacerles creer que el régimen los cuida y protege. Parece que para estas elecciones, la caja chica de Pdvsa ya no alcanza para ir con cheques en blanco a comprar electrodomésticos y llevárselos a la gente para comprarles el voto. No hay dinero. La forma de darles eso, a lo que los tienen acostumbrados a cambio de su voto, es mandarlos a saquear.

Al final, estoy más convencido que nunca que no se trata de Daka, ni de Brito. Se trata de mí. De ti. De nosotros. ¿A quién acudiremos cuando nos toque el turno? ¿A quién, cuando vengan por nosotros? ¿A quién acudirás cuando vengan por ti?

Lloro…

Las colas de la patria

colas1Allí están. En larga formación frente a las puertas del supermercado. Pasan de cien. En su mayoría son indígenas wayúu y la mayoría, mujeres. Hacen fila pacientemente, con sus caras morenas que reflejan el tono curtido que les otorga el ardiente sol de la Guajira. Con sus largos, lisos, negros y gruesos cabellos empapados de sudor. Con las frentes brillantes por la humedad que les imprime el bochorno de una calurosa tarde marabina. Con sus coloridas batas ondeando a cada movimiento del cuerpo.

Allí están. Como estuvieron ayer, como estuvieron hace seis meses, como tienen años estando.  Como estarán mañana. Con la paciencia de Job hacen su fila para comprar el kilo de leche que su número de cédula de identidad les permite. Un kilo, no más.

Allí están. “Los desgraciados guajiros”, “Los malparidos guajiros”, “Los apátridas bachaqueros”. Sí, también en esto ha triunfado la revolución bolivariana. Gracias a la persecución, estigmatización, criminalización hecha por la acción gubernamental que acosa al indígena con la excusa de salvaguardar la “seguridad alimentaria” del país, el zuliano ha afincado sus prejuicios racistas. La mayoría de la gente ha comprado a ciegas la versión del gobierno de que la escasez de alimentos de la canasta básica se debe al contrabando de los “bachaqueros” en su gran mayoría miembros de la etnia originaria wayúu, sin detenerse a pensar que las perversión del mercado socialista y la destrucción del aparato productivo son los principales responsables.

Es parte del legado del difunto Chávez, parte de su éxito al dividirnos y acentuar los resentimientos y la discriminación con sus desaforadas e interminables peroratas de odio. Antes de morir sembró al país de odio, división, escasez, resentimiento y… colas. Esas insufribles e indignantes colas de caras tristes que ahora son nuestra cotidianidad, a cualquier hora del día, por donde uno pase y que hacen que retumben en mi cabeza las palabras de aquella negra cubana en La Habana, cuando visité la isla en 1991: “Asere, aquí en Cuba tenemos que hacer cola hasta para hacer el amor”.

Cuántos discursos vacíos ha gastado el régimen venezolano para vociferar su amor por los pobladores originarios del país, para pregonar la búsqueda del bienestar de los indígenas y de los pobres y cuán poco hace efectivamente por otorgarles una vida digna a esos pobladores en minusvalía, a indìgenas y pobres.

La historia empezó cuando, a eso de las cinco de la tarde, una querida amiga me pasó por whats app una foto de su mamá abrazando feliz cuatro paquetes de leche en polvo La Campiña con el siguiente texto:

“Mami acaparando leche en De Cándido de Delicias”.

La felicidad se dibujaba en el rostro de su madre. No es para menos. Para los venezolanos del interior del país, desde hace colas2años, tener acceso a productos como leche, azúcar, aceite de maíz, papel tualé, jabón de baño o pasta dental, entre muchos otros, se ha convertido en una hazaña, una proeza solo alcanzable con mucha suerte y paciencia. Si, además, logras que te vendan más de un producto de cada uno, puedes considerarte tan afortunado como si te hubieras sacado la lotería.

–¿Hay mucha gente? –Pregunté poco esperanzado en la respuesta. Una señora me acababa de contar su drama en un supermercado cuando, luego de más de cinco horas en cola para pagar su compra, tuvo que dejar la mayor parte de los productos porque, sin darse cuenta en el despelote de gente que se forma dentro de los establecimientos, se metió por la caja rápida y, al querer pagar, no le permitieron facturar más que los diez productos estipulados para esas cajas. Lo contrario habría significado hacer de nuevo la eterna cola para pagar por otra caja.

–No. Eso fue hace como veinte minutos.

Pensé en mi familia en Mérida que justamente el día anterior me había preguntado si podría  conseguir leche para mandarles. A lo mejor lograba sacar unos seis paquetes en ese momento  y otros seis otro día y reunir así suficiente como para que el pago del flete del envío valiese la pena.

A eso de las seis y media de la tarde pasé frente a un supermercado. En la acera se apretujaba una larga hilera de más de cien personas a la espera para poder entrar al establecimiento para comprar productos regulados, cualquier producto regulado que en ese momento hubiera. Con el carro en marcha, saqué el teléfono y tomé una foto.

Seguí camino al supermercado donde me había dicho la amiga que había leche. Al estacionar y bajar, vi, recostadas a la reja del estacionamiento a otras más de cien personas que se aglomeraban en hilera, esperando su turno para entrar a comprar leche.

En la semi penumbra del atardecer, a esa hora cuando aún no es oscuro pero tampoco es claro, pude distinguir que la mayoría de quienes pacientemente se formaban para entrar, eran wayúus, mujeres guajiras con sus batas coloridas. También había unos cuantos ancianos y algunos niños que acompañaban a los mayores.

La perversión del sistema ideado por el gobierno para “combatir el bachaqueo” y “garantizar” la seguridad alimentaria, ha hecho que quienes van a comprar solo productos con precios regulados tengan hacer interminables colas a las afueras de los supermercados. Solo quienes tienen disponibles más de 300 bolívares para comprar otros productos, aparte de los regulados, pueden ingresar a los supermercados evadiendo la humillante cola de horas a pleno sol.

Por eso se ve a todas esas personas formadas en fila a las puestas de los expendios de alimentos. Es cierto, unos cuantos deben ser contrabandistas que pasan el día persiguiendo productos regulados para venderlos en Colombia y traerse unos dólares que luego venderán en el mercado negro. Otros tantos deben ser revendedores locales, gente que compra a precios regulados y luego vende en sus bodegas al doble del precio estipulado o más. Pero muchos de los que allí se apostan durante horas para comprar un kilo de leche, lo hacen porque no tienen todos los días disponibles 300 bolívares para comprar productos que, posiblemente, no necesiten o tengan ya en sus casas, solo para eximirse de hacer la humillante cola para acceder a los alimentos regulados que realmente necesitan. 300 bolívares que reducen el tiempo de cola de siete horas a tres o cuatro, porque de la insufrible espera nadie se salva.

De esta forma, pagamos justos por pecadores en este régimen que se autodenomina igualitario y justo. Un gobierno que supuestamente “ama a los pobres”, pero los somete a una indigna cola para comprar comida solo por el hecho de ser pobres, de no contar con el dinero que les permitiría, como a otros, saltarse la larga fila a pleno sol y solo soportar la infernal cola dentro del establecimiento para pagar la compra.

Al ver esta segunda hilera de gente en la calle, al mirar las caras de los guajiros con su paciencia esperando la señal que les indicaría que ya podían entrar al supermercado para tomar el kilo de leche y pasar a hacer la otra cola eterna para pagarla, sentí una opresión en el pecho, una intensa punzada que empezaba en el gentilicio y terminaba en el corazón.

Sin detenerme a entristecerme más, seguí camino al supermercado. Por el pasillo, frente a mí, ya de salida, venía una mujer con su colorida bata guajira blandiendo en la mano, como un trofeo, un paquete de un kilo de leche. ¿Cuántas horas de su vida habrá tenido que dejar esa mujer en una cola para comprar ese íngrimo paquete de leche al que se aferran sus dos manos?

Al entrar, dispuesto a llenar el carro de compras de productos que no necesito para poder acceder a la leche que enviaría a mi familia en Mérida, las largas colas de más de sesenta personas en cada caja para pagar, me produjeron una nueva punzada en el pecho e hicieron que desistiera de mi intento. Con el corazón dolorido, di media vuelta y, frustrado, me fui.

Al dirigirme al carro, pasé una vez más junto a los pacientes representantes de las etnias originarias del país, los colasprimigenios pobladores de la patria, que seguían allí formados en fila, a la espera de poder pasar a comprar su kilo de leche.

Allí estaban. Pasaban de cien. En su mayoría eran mujeres wayúu. Hacían fila, pacientemente, con sus caras morenas que reflejan el ardiente sol de la Alta Guajira. Con sus largos, lisos, negros y gruesos cabellos empapados de sudor. Con las frentes brillantes por la humedad que les imprimía el bochorno de una calurosa tarde marabina. Con sus coloridas batas ondeando a cada movimiento del cuerpo.

Allí estaban. Como estuvieron el día anterior, como estuvieron hace seis meses, como tienen años estando. Como estarán mañana.

Compungido, abrí el grupo de whats app de la familia buscando escapar de la angustia que amenazaba con hacerme su presa, y leí:

“A Eliana le acaban de robar el teléfono en el Mc Donalds de Mérida”.

Sientí de nuevo la punzada en el lado izquierdo del pecho. Miré al firmamento y distinguí en la oscuridad las parpadeantes luces de un avión que surcaba el oscuro cielo. Pensé “¡Cómo me gustaría ir en ese avión a cualquier lado, a cualquier sitio, lejos de esta patria que, por ahora, parece estar bajo los efectos de una nefasta y temible maldición!”

Cerré los ojos para imaginarme en vuelo y, al apretarlos, una solitaria y furiosa lágrima brotó de mi ojo izquierdo y cayó con ira, allí, donde sentía la opresión, en la parte del pecho donde dolía la punzada. Donde dolía el país.

Cansancio… Hastío… Tristeza…

¡Qué cansancio!

Con una cola en el supermercado de 3 horas para comprar un kilo de leche, nos distraen, de los cientos de muertos a manos de la violencia desatada, con un grito de “maricones” nos distraen del fraude electoral, con un asesinato de un inocente desprevenido a manos de militares del “Patria Segura”, nos distraen de la escasez insufrible de productos básicos de alimentación y aseo personal.

Una Ley de la Cultura sirve para distraer la atención de la corrupción galopante, perversa y descarada de los dirigentes del régimen. La quiebra del país pasa desapercibida con el pote de humo del cambio de nombre de Sitme a Sicad. Con un “millones y millonas” nos entretienen para que olvidemos que Simonovis se está muriendo a manos del Estado que debe proteger y responder por su vida.

¡Qué hastío!

Un escándalo sigue a otro. Un desafuero sirve para distraer de un atropello. Una violación a la Constitución hace que nos olvidemos de la constante violación a la que nos tienen sometidos.

Todos los días un nuevo bochorno o, tal vez, el mismo, renovado, fortalecido, ampliado y radicalizado.

Al trapo rojo lo sigue el pote de humo. La retahila continúa día tras día como letanías en un sinfin…

Al final, no es ni trapo rojo, ni pote de humo. Nadie pretende distraernos. Al régimen no le interesa que dejemos de pensar en un problema para entretenernos con otro.

¡Qué tristeza!

La decadencia y la corrupción ética y moral son tan dañinas como la económica y física, y ambas acaban con las reservas del país. Al final no es distraer lo que consiguen sino demostrar que tienen fuerza, que tienen el poder. Que actúan y hace porque pueden y les da la gana. Porque todas las instituciones están bajo su mandato. Porque su puño somete a las ramas del poder que tendrían la obligación moral y constitucional de enfrentarlos, de denunciarlos, de someterlos a la justicia.

Nos complace decir que se “sienten perdidos”, que se “saben minoría”, que “están asustados”, que “están conscientes de que están en plena caída y decadencia”. Qué hacen lo que hacen porque “saben que están de salida”.

La verdad, ya no sé. Solo sé que hay un fuerte cansancio, una profunda depresión, un hastío que parece insalvable. Hay una sensación de que caemos y caemos… cada día el país se hunde un poco más en la podredumbre, el descaro y la falta de pudor, y el fondo no parece tener límite, no parece tener fin.

El oscurantismo, la Edad Media, el atraso y el oprobio se ciernen sobre una Venezuela desprevenida y, aparentemente, impotente.

¡Qué cansancio! ¡Qué hastío! ¡Qué tristeza!

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