El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Crónica de inicio de año o lo peor está por venir

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Son las seis de la tarde de un siete de enero. En los alrededores del centro comercial donde tengo mi negocio, por la zona norte de Maracaibo, ha habido poco movimiento comercial estos primeros días del año. Muchos comercios no han abierto sus puertas al público.  Unos, porque no tienen mercancía que vender. Otros, porque prefieren no vender hasta saber qué sucederá con el precio del dólar y poder ajustar sus precios de manera de no perder el valor de reposición de inventario.

A las puertas de una farmacia se aglomera la gente. Hay desodorante y champú y lo venden en combo con un frasco de salsa de ajo. Supongo que a la farmacia se lo vendieron así también. Es la modalidad que se ha impuesto en el país:  te vendo un producto escaso pero te obligo a llevar uno de poca salida -el hueso, que llamamos- también.

El supermercado tiene dos días dedicado única y exclusivamente a vender dos paquetes de 900 gramos leche en polvo por persona y un paquete de detergente en polvo para ropa y cuatro rollos de papel tualé, mientras hubo papel tualé. Todos los pasillos del local se encuentran trancados con carritos de compra para que la gente no pase. Se vende sólo lo dicho y las colas afuera del establecimiento, por momentos pasan de 200 personas. Al local acceden de 20 en 20.

Yo aproveché el día anterior un bajón en la cola y compré los dos paquetes de leche y el detergente. Ya papel sanitario no había.

En la fila para pagar, una chica delante de mí no pudo comprar porque la captahuellas no hubo manera ni forma de que le reconociera su huella.

Límpiese el dedo.
Limpie la captahuellas.
Ponga otro dedo.
Incline el dedo.
Mueva el dedo hacia los lados.
Limpie la captahuella.
Ponga el dedo de la otra mano…
Nada.
La chica tiene el dedo muy pequeño y muy finito y el remardito aparato no lee la huella.
Se fue a probar suerte en otra caja, con otra captahuellas.

Una señora angustiada detrás de mí miraba su reloj:
-Me van a botar. Tengo 10 minutos para volver al trabajo. Ni siquiera pude almorzar por venir a comprar la leche para los muchachos. Aquí en la cartera tengo el almuerzo.

-Pase usted, señora -le dije-. Yo no tengo apuro. Y usted también pase, amiga, que está embarazada y en otras condiciones y en otro país, tendría preferencia. -Le dije sonriendo a una barrigona de unos seis meses de embarazo. 

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Media hora después, deprimido, salí con la leche y el jabón. Afuera, la cola había crecido como un rumor. La gente se impacientaba. Algunos trataban de colearse. Ya había presencia policial.

Seguí mi camino.

Pues, bien. Hoy, después de un cansado día de trabajo. A las seis de la tarde. Voy a llevar la leche comprada a los viejos. Al llegar, me espera la noticia de que a mi pariente epiléptica le queda menos de un mes del Valprón de su tratamiento. Eso, que en cualquier parte del mundo no debería ser motivo de alarma, en este país, es estar en la reserva y correr el riesgo de quedarse sin medicamento y convulsionar.

Empezamos a mover los hilos anti-escasez.

Una llamada y la amiga nos dice que llamemos a la farmacia que era de sus padres a ver si hay:

-Buenas, estoy llamando de parte de Carolina. ¿Tendrán Valprón de 500?
-Sí. ¿Cuántos necesita?

¡No podemos creerlo!

-¿Cuánto nos pueden vender?

-Diez o doce cajas.

Felices e ilusionados emprendemos un largo viaje. Eso son unos cinco meses de tratamiento asegurados. Sólo nos quedaría conseguir un poco más de Tegretol para estar tranquilos.

La farmacia queda en el barrio Cuatricentenario. Una zona de estratos D y E que uno poco frecuenta. Para llegar a ella, atravesamos el sector de Los Plataneros. Nos sorprende la actividad comercial que a esa hora de la noche y con tanta oscuridad, se palpa en la avenida principal. Parece otro mundo.

Es otro mundo. Los comercios están abiertos. Los chiringuitos de productos “bachaqueados” tienen mucho movimiento de clientes. Pasamos dos farmacias hasta llegar a la que buscamos.

El local se ve como nuevo. Bien iluminado. Un vidrio del mostrador al techo separa a los clientes de los dependientes. Seguridad como la de los bancos. 

-Buenas noches. Yo soy el amigo de Carolina. Vengo por el Valprón.

-Ah, usted fue el que llamó por el Bactrón…

-¡NO! Por el Valprón. No por el Bactrón.

-Ay, yo le entendí Bactrón. Valprón no hay.

Tampoco hay Trittico, que nos encargó una amiga desesperada porque no consigue en ningún lado. Ni Teocolfene, que nos encargó otra.

De regreso, paramos en las otras dos farmacias para probar suerte.  En esas, la seguridad, más que de banco, parecía de cárcel.  En ninguna había Valprón pero conseguimos en una el Trittico, y uno que no es el Teocolfene pero es igual. Es lo que hay.

Paramos en un puesto a comprar huevos aprovechando que los vimos al pasar. 240 el cartón. Creo que está caro porque hace menos de un mes lo compré a 170. Pero, como los memes de la rana René, me acuerdo que en Venezuela la inflación es descontrolada y se me pasa.

Mientras me despachan y cobran los huevos, un comprador pregunta por el precio de un paquete papel higiénico Scott de 12 rollos: “¡800 bolívares!”.

-Y pañales, ¿tiene?
-Sí. A 900 bolívares.

Por cusriosidad, pregunto por el precio de una lata de leche condensada Nestlé de 300 cc.

-220 bolívares
-¡VayaPalaMierda!

Entro a un supermercado de la zona y me encuentro que un litro de aceite se oliva El Gallo está en 2300 bolívares. Un Nescafé de 200 gramos, 1780. Y el cartón de huevos que compré “caro” dos cuadras antes a 240, en el súper está a 278 bolívares.

Al llegar a casa con la depresión vivita, leo en los portales web de noticias este ramillete de declaraciones de los voceros del régimen:

Yván José Bello Rojas dice que se exagera con la crisis y que él también hace colas, por ejemplo, para ir a un juego de béisbol.

Dante Rivas dice que mejor que no haya papas importadas para las  papas fritas de Mc Donalds y que hagan yuca frita que es criolla.

Osorio dice que el desabastecimiento es “normal” para la fecha.

Y Eljuri dice que las colas se deben a que el venezolano come demasiado.

Al terminar el día, el consuelo que me queda es que estamos muy mal, pero lo peor está por venir.

Golcar Rojas

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Hora y media en las profundidades del socialismo. ¡Llego leche!

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Mi cabeza parece una vasija llena de grillos, chicharras y sapos. Estoy aturdido como si estuviera en una discoteca con la música a todo volumen. Mi pecho da brincos como cuando el changa changa del DJ excede la capacidad de decibelios del equipo y uno está junto a una corneta que distorsiona el bom-bum de la música.

La tortura comenzó cuando me disponía a sentarme a seguir mi re-lectura de Trópico de cáncer -con el precio actual de los libros, toca recurrir a los ejemplares que uno guarda en la biblioteca-, y repicó el celular:

-¡Venite ya, que van a sacar leche en polvo de la que cuesta 40 bolívares!

Aparte del precio, lo que más me impulsa a cerrar el libro y correr al supermercado es que haya leche y poder olvidar por un tiempo la asquerosa leche líquida ecuatoriana que conseguí la última vez y que era un agua amarillenta e insípida.

Dejo el libro a un lado, tomo mi billetera con la cédula de identidad -requisito indispensable para poder comprar productos de primera necesidad- y me voy a paso rápido al supermercado.

La gente empieza a aglomerarse. El dato ha corrido por diferentes vías y el local se llena de compradores. Aún no sacan la leche.

-Mientras la sacan, pasa por la captahuellas. Me susurra mi amiga.

-Pero yo hace como dos horas que vine registré mi huella. Le advierto, pensando que no tendría que volverlo a hacer.

-Cada vez que vengas tienes que pasar por la captahuellas, Golcar. Eso se desactiva una vez que se registra tu compra en la caja. Así que anda antes de que se haga más larga la cola.

Le pregunto si los bachaqueros se han ahuyentado con las captahuellas y me dice que a ella le parece que ahora hay más bachaqueros que antes.

Me empieza a incomodar la situación pero ya estoy allí y me da vergüenza despreciar el gesto de la amiga que tan amablemente se toma la molestia de llamar y avisarme cuando llegan productos de los que escasean. Asumo una “actitud de sociólogo”, repiro profundo y me resigno a pasar por la aventura cotidiana del socialismo del Siglo XXI legado por el insepulto Chávez.

Me meto en la fila de la captahuellas. Han habilitado tres aparatos para la ocasión. La gente sigue llegando al local.  La cola tras de mi se va haciendo aceleradamente más larga.

La gente se empieza a impacientar. Se miran unos a otros con desconfianza. Nadie dice con claridad a qué han venido pero todos sabemos que el dato de la leche en polvo se ha regado velozmente.

Al poco tiempo, la cola es una larga anaconda furibunda. Ya yo he pasado por la captahuellas y observo como la hilera crece, atraviesa el local, serpentea, se enrosca hasta llegar a la pared del fondo. Hay un murmullo general con una rabia contenida. La fila es una vibora enfurecida que parece estar dispuesta a atacar y soltar su veneno en cualquier momento. No veo por ningún lado la alegría con la que Méndez, encargado de los “precios justos” del gobierno, dice que el pueblo compra lo que necesita. En la fila lo que se respira es rabia, incomodidad,  desconfianza, ira.

Hay algunos amagos de pelea entre la gente que no piensa permitir que nadie se colee. En estos casos, no vale que seas mayor de 60 años, que andes con bastón o andarivel, que lleves tapaboca o estés embarazada. Nadie tiene preferencia y la mirada de furia de quienes están en los primeros puestos de la cola y de los empleados del supermercado encargados de resguardar el orden lo certifican.

En la captahuellas también hay los momentos de incomodidad y roce. El sistema está lento. A algunas personas la máquina no les reconoce la huella. Pasa mucho con la gente mayor.

Pruebe con el otro dedo.
Límpiese bien el dedo.
Pongamos gel en la captahuellas.

Algunos se van furiosos sin poder comprar porque su huella parece estar definitivamente borrada. Otros logran superar la prueba.

Le digo a mi amiga que ya registré la huella y le consulto qué debo hacer.

-Da unas vueltas por allí. Ya la van a sacar. Disfruta de la “patria” y del socialismo.  Me dice con sonrisa sarcástica.

Observo a la gente. Por ningún lado veo “la felicidad de comprar lo que se necesita al precio justo”. Sin duda, Méndez no ha venido en momentos como estos cuando comprar es adentrarse en las profundidades del socialismo a la cubana.

Un empleado le da un golpe con su hombro por la cara a una señora. Esta grita y se soba la mejilla. Le digo sonriendo “Eso es el socialismo”.

-No. Eso fue un coñazo. Y se sigue sobando.

Se hace difícil moverse. Sigue llegando gente y nadie se va porque todos esperan la aparición de la preciada leche. Registran sus huellas y permanecen en el local. Nadie dice con claridad a qué esperan pero todos lo sabemos. Algunos preguntan qué van a sacar y se les responde con dudas:

-Dicen que leche en polvo.

Ya ha pasado más de una hora y nada que sacan la leche. A mí la impaciencia ya me gana. La barriga me da brincos. Las sienes me palpitan. Hago chistes necios con la gente para distraerme. Le comento a mis amigos que trabajan en el sitio que no sé cómo no han enloquecido.

-Yo estoy que me subo las enaguas y me jalo los pelos del chocho, como diría mi madre. Les comento y ríen a carcajadas.

-Ya nos acostumbramos. Dicen, pero la tensión en sus rostros y la ira en la mirada los delata. Ellos también están al límite.

Un empleado habla con uno de los vigilantes:

-Anda a buscar a tus compañeros porque yo solo ni de verga saco eso. Si vengo con la carrucha y se me viene la gente encima, dejo esa vaina botada.

“Tienes culillo”, le digo riendo y el hombre sonríe y asiente con su cabeza: “La pinga”.

Custodiada por unos seis hombres sale rodando la carrucha con las cajas de leche. La gente se alborota. Los murmullos ya son gritos. Corren todos a las cajas a hacer la cola para pagar pues la leche la entregarán después de cancelada. Dos paquetes de 900 gramos por persona.

Quedo de cuarto en mi caja. En la mano llevo dos paquetes de medio kilo de caraotas, un kilo de sal y una mayonesa. La cajera es lenta y hay una compra grande de primero. Pasa gente que consulta si deben pasar por la captahuellas para comprar compotas. Sí y son solo cuatro por persona.

Veinte minutos más tarde, pago. 166 bolívares hace mi cuenta con los dos paquetes de leche. Un solo paquete de 900 gramos de la descremada en polvo que se consigue con más frecuencia y facilidad cuesta 250 bolívares. Casi cien más de lo que estoy pagando por un kilo de caraotas negras, uno de sal y la mayonesa de medio kilo. He ahí la razón de tanto barullo.

Pago. Una corta cola para que me entreguen la leche y me despido de mi amiga con un beso y el corazón en la boca de hora y media de angustia y rabia contenidas. Hora y media en las que, una vez más, la realidad desmiente la propaganda oficial. Falso que las captahuellas agilicen o disminuyan las colas y eviten el bachaqueo.

-Gracias, cariño. Me voy a hacer yoga para recuperar mi centro.

-Ja ja ja ja, ahora sí me habéis hecho reír. Ya sabes lo que es tener patria. Has vivido la experiencia del socialismo profundo.

Golcar Rojas

Hasta barato me pareció…

pantene

Al salir del trabajo, después de haber ido a comprar un antialérgico y tener la suerte de conseguir el último que quedaba en existencia, y con las palabras de una señora que entró a la farmacia aún zumbando como un eco en mi cabeza: “¿Tienen jabón de baño o gel de baño?” en un tono de disimulada desesperación, como de quien quiere ocultar la humillación, pasé por un chino que descubrí hace poco para comprar jamón de pavo y queso mozzarella.

Debo confesar que me he negado consuetudinariamente a comprar en esos establecimiento de chinos porque me parecen que todos trabajan al margen de la ley y no pagan ningún tipo de impuestos. Pero la dramática escasez de productos que padecemos y la exorbitante inflación que carcome nuestros ingresos como un óxido al hierro, me han obligado a dar mi brazo a torcer y buscar la manera de rendir los cobres.

Hace pocos día descubrí que el kilo de mozzarella que  en la panadería-charcutería en la que habitualmente compro me cuesta 400 bolívares, en el chino que queda justo frente a la panadería, me sale a 280 y, con lo que compro un kilo de tocineta en el chino, apenas compro 200 gramos a mi charcutero.

15 pasos a la derecha de diferencia y 50 por ciento de ahorro.

En fin, que a eso de las 6 y media de la tarde, paré en el chino. Mientras pasaban mi queso y mi jamón de pavo por la rebanadora, se acercó una chica de unos 16 años, entre apurada y desesperada y dijo:

-¿Tienen champú? Un amigo me dijo que hoy compró aquí champú, ¿de cuál les llegó? ¿Pantene o Head&Shoulders?

-Llegó de los dos pelo ya no hay-. Dijo el chino con su cara de culo habitual. Jamás lo he visto sonreír a pesar de ser un joven como de 22 años. Aunque con los chinos es un albur calcular la edad.

-Te avisalon talde.

-¡Ay! ¿Y Prestobarba? Él me dijo que había conseguido también Prestobarba aquí.

Plestobalba si hay-

-Bueno, deme un paquete. Al menos compro eso que también es oro.

En ese momento, me percaté que de un alambre colgaban unos sobres de champú y acondicionador Pantene. Sobres como para una lavada de cabello. De los que tal vez se precisen dos, si es una larga melena. Sobresitos como de muestra gratis o de los que ponen en los hoteles.

Al verlos, recordé que en algún sitio, hacía poco, había visto guindados de manera similar de un alambre, unas bolsitas clic con unos cuantos gramos de leche en polvo. Más o menos la cantidad requerida para un tetero de un niño. En esa oportunidad, no tuve estómago para preguntar el precio de la leche. Me deprimía pensar en la necesidad que tiene que estar pasando una madre para alimentar a su bebé con una leche vendida en esas condiciones de insalubridad y preferí irme sin saber más.

Pero como hoy estaba de un humor a prueba de malas noticias, me atreví a preguntar:

-¿Cuánto cuesta un sobresito de esos de champú?

Tles bolívales.

Hasta barato me pareció…

Un mes de #SOSVenezuela – La lucha por la leche

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Jueves 13 de marzo. Un mes desde que en Venezuela de iniciara el pandemónium. Un mes en el que nos dormimos con los ojos húmedos con las noticias e imágenes de la juventud venezolana regando con su sangre las calles del país, esperando que algún día la lucha de frutos. Un mes en el que la vida de seres humanos se ha visto abrupta y repentinamente detenida por tiros de la represión. Más exactamente 29 días en los que el luto ha sido una constante en el país, aunque desde las esferas del poder no se decrete duelo. Ni un minuto de silencio siquiera por los 28 muertos que han tornado rojizo el negro pavimento donde los sorprendió la certera bala. Muchas veces a quemarropa y en la cabeza. Un caído por día…

Han sido 29 días en los que dormimos sobresaltados. Nos despertamos en la madrugada, intranquilos, desvelados. Con lagrimones acumulados en los ojos por las pesadillas. Y en la mañana, la vigilia empieza antes de tiempo porque la angustia nos despabila, las lágrimas ruedan y ya no hay manera de volver a conciliar el sueño.

Otros menos afortunados, son despertados por las mismas detonaciones que les impedían dormirse. Su despertador es un violento ¡POMP! Acompañado del ardor en los ojos y la garganta. Para ellos la pesadilla es en carne vívida.

Y en ellos pensamos los que estamos apartados. Nos acostamos con el Cristo en la boca pidiendo y orando por los seres queridos que están atrapados en sus residencias en medio de las explosiones y  las asfixias. Nos dormimos pidiendo a Santa Bárbara que nos libre de la muerte repentina y que nos proteja de tanto mal.

Pero la vida sigue. La supervivencia no da descanso. La depresión, el miedo y la tristeza no nos pueden vencer. No podemos sumirnos en la desesperanza porque hay necesidades básicas que solo moviéndonos y batallando podemos cubrir para nosotros y para los que dependen de nosotros. Como  esos viejos de 80 y tantos años que se quedan sin leche encerrados en medio de la balacera. Por ellos, por los niños, por los que no pueden salir a hacer horas de cola para obtener un jabón, un papel tualé o cualquier otro producto básico, vencemos la depresión y salimos a sobrevivir.

Unos tienen suerte y logran su cometido de llevar la leche a su casa. Otros se ven en un violento maremágnum del cual salen golpeados y en muchos casos sin la leche o la harina.

Jueves 13 de marzo. Horas de la mañana. Un mes en que el infierno se quitó la máscara. Con la energía en mínimo y la tristeza y la depresión al full, salgo a enfrentar la calle. A sobrevivir. A vencer el día. Pero me consigo un video en el grupo de Whats app y me derrumbo.

Una multitud alrededor de un camión 350 se agolpa en un desesperado afán por adquirir un leche3kilo de leche. Por comprarlo, porque no es que se lo regalan. Un solo kilo que cuesta en tiempo, ira y dignidad arrebatada mucho más de lo que vale.

La escena se desarrolla en Ejido, ciudad de mi querida Mérida natal y el texto de quien lo envía, testigo presencial de lo sucedido, hace que las lágrimas se derramen una vez más.

Amiga 1: “Esto fue esta mañana aquí en Ejido. Yo fui testigooo. 
Qué lamentable, por comprar un kilo de leche.
Desespero, enfrentamientos entre la misma gente. La gente con la policía y pare de contar.
La cava estaba bajo el control de la policía del Estado.  Ellos empezaron a vender pero se les salió de control la situación”.

 Amigo: “Qué arrechoooo es la palabra. Y allá es a donde nos quieren llevar y lo están logrando”.

Amiga 2: “Qué horror”.
 
Amigo: “Imagínate que la turba se arreche de verdad y lo hubieran linchado.
El policía después de que se lo sonaron fue y le dio al carajo”.
 
Amiga 1: “El camión primero estaba en frente de la policía y la cola llegaba al final ya para salir a la Carabobo. Luego vieron mucho desastre y se movieron con la cava y la gente corría detrás del camión. Mucha gente quedó en cola y otra corría. Se detuvieron por el canal de subida de la plaza Bolívar y pasó lo que está en el video. Y al final de todo, la cava se fue con la leche y no vendieron más. Un todos contra todos por un kilo de leche. Fue tan triste ver como la gente corría detrás de esa cava. Muchas mujeres con bebés en sus brazos. Y metidas ahí en esa trifulca”.
 
Amiga 3: “Yo estaba ahí. Fui testigo. Pero cuando la cava arrancó y todo ese desastre, yo ya estaba en el edificio en catastro, por cosas del trabajo.  Estaba con mi bebé. El susto no era normal. Cuando entré a pagar, había una cola que hicieron porque -para que se calmaran- creo que les dijeron que la cava volvía, y la cajera y yo escuchamos cuando una señora le decía a otra “Uy, pero es que provocaba lincharlo”….  No sé a quién ni nada, pero para que vean cómo estaban los ánimos…”.

Entonces, leo. Entonces, veo el video. Entonces, pienso en Bassil, en Génesis, en Daniel, en Mónica… Entonces, vienen a mi mente los 28 muertos, los cientos de heridos… Entonces, pienso ¿Cómo criticar que la gente tenga un mes desesperada protestando? ¿Cómo molestarme con las barricadas que me impiden el libre tránsito? ¿Cómo no querer a esos estudiantes que levantan la bandera de la dignidad después de 15 años de humillaciones y oprobio? Entonces, una vez más, lloro.

La “guerra económica” en un carrito por puesto

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El viejo, oxidado y destartalado carro por puesto va impregnado de un repulsivo olor a carne y sangre de pollo recién beneficiado sin refrigerar. El nauseabundo olor se mezcla con el calor húmedo y bochornoso que entra por las ventanillas.

En la radio, se oye la monótona letanía de Nicolas recitando el discursito aprendido de la “guerra económica”.

“Hasta mil por ciento ganaban esos usureros. Son unos especuladores, estafadores apátridas que juegan con el hambre del pueblo. Un televisor que les costó 2 mil 500 bolívares lo venden en 16 mil… Yo no voy a permitir que sigan robando al pueblo, que sigan jugando con el hambre de los pobres…”.

Ya la cosa parece una cinta sinfin. Cuando uno cree que ha termiando, el tedioso discurso con el aburrido tono de voz de bobolongo queriendo aparentar carácter y determinación, vuelve a empezar.

Paralelamente, a mi lado, dos hombres, uno con dos grandes bolsas negras de compra de donde se desprende el hedor a pollo, conversa con el que va a su lado. Ambos se montaron en la parada de Las Pulgas pero yo no logro determinar si andan juntos, o son de esas personas que se conocen en una de las tantas colas que cotidianamente tienen que padecer y entablan una conversación.

Lo cierto es que, sin prestar atención a la perorata de Nicolás en la radio, entablan el siguiente diálogo:

Pasajero 1 (El de las bolsas de pollo): Yo vengo todos los días a comprar el pollo aquí en Las Pulgas porque hago almuerzos para vender a domicilio.

Pasajero 2: ¿Y es que ahí se lo venden a precio regulado?

Pasajero 1: No hombre, qué regulado. Me lo venden a 60 el kilo y a 120 el kilo de pechuga pero siempre es más barato que en la carnicería y no tengo que hacer las colas larguísimas del supermercado para que me vendan dos pollos nada más. Aquí compro más caro pero todo el que necesito.

Pasajero 2: ¿Y no se supone que eso está prohibido? Yo pensaba que esos dos jeeps de la Guardia Nacional Bolivariana que están allí era para vigilar que vendan las vainas al precio regulado.

Pasajero 1: Nooooo, qué va. Esos están allí porque el que tiene el negocio de la venta de pollos es un Guardia Nacional. Dicen que es el mismo que cobra vacuna en cada negocio para que los dejen vender tranquilos al precio que les de la gana.

Pasajero 2: ¿Cómo así? ¿Esos Guardias están ahí porque los comerciantes le pagan una vacuna a un militar? ¿Y por qué no los denuncian con otros Guardias para que los jodan?

Pasajero 1: Sí los han denunciado pero como que el militar que está detrás de todo es muy pesado porque vienen y, a lo que le dicen el nombre del tipo, se van sin hacer nada.

Pasajero 2: Por eso estamos como estamos y todo el mundo hace lo que le da la gana…

Pasajero 1: Aquí vos conseguís de todo lo que no hay en los supermercados y bodegas, eso sí, mucho más caro. El pote de leche lo venden en 220 bolívares, el Mazeite a 70, la Harina Pan en 40… Toda vaina a más de 5 o 6 veces del precio regulado. Todo con los militares ahí parados, “cuidando”…

Estoy próximo a llegar a mi parada. En el radio, oigo que Nicolás dice: “Nos están saboteando con la comida. Es una guerra económica. A los burgueses apátridas no les importan los pobres. Están jugando con el hambre de la gente…”.

En el cielo, a lo lejos, veo una bandada de zamuros que vuelan en círculo. Los dos pasajeros siguen conversando del militar que maneja el negocio del pollo y la “Vacuna” en Las Pulgas, sin percatarse de que Nicolás está hablando de la “guerra económica” que está “librando”.

Yo llego a mi destino y me bajo con el sofocón húmedo del mediodía empegostado en el cuerpo y el olor a pollo sembrado en mi nariz, convencido de que, efectivamente, en este país, hay gente que juega y se enriquece con el hambre de la gente.

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