El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Lo que calla la noche

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Un homenaje a lo efímero.  A la urgencia de expresar. Una magnífica forma de manifestar la contundencia que puede llegar a tener la brevedad.

Son poemas, que son sentencias, que son microcuentos, que son tuits. Tuitpoemas.

Son textos escritos entre hashtgags, etiquetas, que no llegan en la mayoría de los casos a 140 caracteres pero contienen una historia, un relato que se cuenta y se sugiere.

Lo que calla la noche‘ está impregnado de sensualidad, de erotismo, de feminidad. Es pura pasión de mujer que se revela en pocas palabras y con pocas letras desnuda su alma en la urgencia de un tuit.

La sencilla y artesanal edición de libro refuerza ese sentido efímero que posee un tuit. Un texto que se pierde en un timeline de miles de seguidores pero que deja una huella en quien lo leyó.

El débil papel kraft que cubre las toscas hojas de papel bond da la sensación de que, como un tuit, se irá diluyendo, deshaciéndose con el tiempo. Y el trazo simple con que se realizó la imagen de mujer que ilustra la portada dice mucho de la urgencia en la expresión y de ese mundo de feminidad que encierran los cortos poemas.

Georgina Ramírez, autora de los poemas,  unos mejor acabados que otros, algunos con un sutil acercamiento a la cursilería sin llegar a caer en ella, salvándolos con un inteligente giro. Todos llenos, impregnados, de apasionante feminidad y sensualidad, se declara adicta a las redes.  De allí su destreza para plasmar sentimientos en Twitter, la red del microblogging.

Ediciones del Movimiento, de Maracaibo, tuvo la pertinente iniciativa de plasmar esos tuitpoemas en un pequeño formato de libro y rescatarlos, con prólogo de la poeta Jacqueline Goldberg, de esa vorágine que llega a ser un timeline de Twitter para poder disfrutarlos en cualquier momento.

Golcar Rojas

Las horas claras de Jacqueline Goldberg

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Con algunos libros y autores me pasa que en oportunidades leo y al terminar, fascinado con la historia,  siento en el fondo que yo podría haberla escrito.

Con Jacqueline Goldberg me sucede todo lo contrario. Termino sus obras absolutamente convencido de que jamás yo podría haber escrito un texto como el que acabo de vivir. Siempre quedo con una extraña sensación de vértigo en la boca del estómago. Un desasosiego. Con un dolor revelado. Un vacío suspendido. Y con una indescriptible inseguridad al momento de querer referirme a lo que acabo de leer porque me da la impresión de que no hay manera de plasmar en una reseña ese mundo que se devela en cada texto de Jac.

“Las horas claras”* no ha sido la excepción. Lo leí a sorbos, despacio. Como quien degusta un fuerte y delicioso brandy que pega en el paladar pero cuyo fuerte sabor fascina, atrae e invita a un siguiente trago. Luego lo releí para descubrir nuevas fascinaciones. Nuevas lecturas. Nuevos sabores.

No es solo ese cabalgar entre la poesía y la prosa, entre la novela y el poema, que la hizo merecedora del premio XII del Concurso Anual Transgenérico, lo que fascina en “Las horas claras”. Es también la habilidad que tiene Jacqueline para encontrar la palabra exacta. Su precisa utilización del lenguaje,  que hace que en un párrafo o verso, con potentes imágenes nos cuente una historia completa para la que cualquier otro escritor precisaría de muchos párrafos.

Las pausas, la respiración que exige la lectura de “Las horas claras” la hacen parecer un poema casi épico. Pocas líneas con imágenes precisas le bastan para contar un capítulo completo. No hay reiteraciones, repeticiones o enumeraciones innecesarias. Cada línea está y cuenta lo que necesita contar.

Al leer y releer “Las horas claras”, me da la sensación de que en la historia se entremezclan las emociones de la protagonista con las de la propia Jacqueline Goldberg.  Parece narrar por momentos, más allá de la historia de la Villa Savoye y la angustia de Madame Eugénie Thellier  de la Neuville, sus vicisitudes con el arquitecto Le Corbusier y esa casa que no parece terminar de ser como la ha soñado, sus propias angustias y temores.

La novela pareciera entreverar magistralmente lo que es la vida de la Villa Savoye, la angustia de Eugénie y las emociones y obsesiones de la narradora. Con la constante, atrayente y atemorizante presencia de esas oronjas verdes que por momentos parecen querer y poder acabar con su atractiva morbidez, con la vida de la protagonista. ¿O son tal vez una amenaza para la casa… o para la narradora?

Es que “Las horas claras” es “… ese paraíso que seguía siendo retrato, autorretrato. Epitafio, vertedero.”. Es esa casa que gotea… gotea… se agrieta… se arruga. Pero ¿es la casa o es Madame Savoye la que se deteriora? ¿O es la propia narradora?

jac1¿Transfiere Jacqueline sus temores y angustias a la Villa Savoye y a la protagonista sus propios temores y angustias o se ha sentido identificada con ellas? Como cuando dice “Lo padeció antes de los cuarenta años, cuando una histerectomía le hizo sentir la proximidad de la muerte. Su cuerpo albergaba malignidades inaguantables. La vaciaron de cuajo. Aun siente mordimientos en el abdomen, cansancio al retroceder”. Y uno inmediatamente se remite a aquella última de las “Postales negras”** que empieza diciendo:

“Sobre el escritorio

reposa fotografiado mi útero descolgado,

amasijo que tan poco dice

de la tenencia y de sus fibras.”.

(…)

“Aún siento mordimientos en el abdomen

cansancio al retroceder.”.

¿Es Madame Savoye o es la Goldberg en ese instante?

Así como en el género, se mezclan, confunden e intercambian las historias. La casa, la protagonista y la narradora parecen ser cada una, metáforas o símiles de las otras.

“La casa ha comenzado a padecer. Aún sin columnas ni desagües. Posee la ignorancia de los muros nunca culminados, la soledad de los pasadizos obstruidos”. ¿La casa? Y otra vez:

“La villa comienza a emitir aullidos de cal. Se contorsiona, desobedece, lista para ser habitada”.

Ese posible reflejo entre el personaje y la autora queda plasmado desde el comienzo cuando dice:

“Hubiese querido ser cantante o bailarina o escritora o pintora. Ser alta, robusta, de cabello claro. Habría dado lo que fuese por lucir una voz ronca, mirada punzante, manos sutiles, menos sísmicas.”. ¿Es esta Eugénie o Jacqueline que aferra el lápiz entre sus dedos en su eterna batalla contra los incontrolables temblores?

Así la historia nos va seduciendo. La casa parece habitarnos. La sufrimos y padecemos. Cuando la casa está tomada por los soldados y llueve. Uno siente que sus defectos, esas fallas que enervaban a su dueña, ahora le sirven de defensa y de venganza:

“Llueve.

Seguramente también llueve dentro de la villa, sobre las cabezas desorbitadas de los soldados alemanes”.

Ese indefinible mundo entre lo que es, lo que fue y lo que imaginó la autora nos atrapa. Nos envuelve. Vivimos la historia narrada, la guerra que es textual y es metáfora de la guerra interna de personajes y narradora. Nos golpea con mano suave que acaricia.

Un cuerpo se arruga.

Un país se resquebraja.

Una guerra. Unas grietas. Unas gotas. Un temblor.

“Esta casa es más mía que ninguna. Vi crecer sus muros, le veré nacer arrugas. Pero seré yo quien muera.”…

“Las horas claras” es un dolor sin drama. Una tristeza sin llanto. Un sufrimiento sin quejas. Al final, la casa -¿como el cuerpo?-, comienza a ser un padecimiento,  un fantasma que se le viene encima.  Jamás volvería la protagonista a esa casa que recibiría la luz de las horas claras, que traería  la claridad. “El sueño se había hecho inhabitable”.

*Las horas claras, Jacqueline Goldberg. Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, 2013.

**Postales negras, Jacqueline Goldberg. Ediciones Sociedad de Amigos del Santo Sepulcro, 2011.

Nosotros los salvados

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Foto de la portada del libro de Jacqueline Goldberg

Algunos nombres  y apellidos me resultan impronunciables pero para sentir el horror y el dolor no hace falta pronunciar los nombres. Ni siquiera hace falta leerlos…

Cada página del libro “Nosotros los salvados” de Jacqueline Goldberg es un alarido ahogado, es una dolorida historia, es un poema de pocas líneas, cortas frases, estructuradas y diseñadas de tal manera que no hace falta más para sentir todo el horror vivido por el protagonista.

En un poema de cuatro versos cortos uno llega a experimentar la historia completa de la Shoá, de la masacre del pueblo judío y cada vuelta de página es como si le dieran una nueva lazada a ese apretujado nudo en la boca del estómago que se empieza a formar desde la primera línea de los testimonios de los sobrevivientes.

Leí “Nosotros los salvados” de un solo tirón y en cada página encontré una pequeña película, un micro-cuento, pero cargado con tal fuerza poética que hace que, esa pequeña historia, nos golpee las entrañas y que sus pocas líneas nos dibujen todo el drama y el dolor que está mucho más allá de esas pocas palabras escritas. Es poesía documental y esto la hace más fuerte que un poema y más real que un documental.

Cada página es un coñazo en la boca del estómago que nos lleva a preguntarnos cómo es posible que el ser humano, después de haber pasado a lo largo de la historia por todo lo que ha pasado, todavía hoy, después de tanto dolor vivido y tanto miedo calado en los huesos, se dé el lujo de señalar, discriminar, segregar, dividir…

“Nosotros los salvados” toma su nombre de la primera línea del poema “El coro de los salvados” de Nelly Sachs, sobreviviente de la masacre del pueblo judío. Como hoy es 22 de abril, Día del Libro, me pareció oportuno dejar aquí, de regalo a quienes visiten mi blog, el libro de Jacqueline.  Aquí les dejo el link para descargarlo y las palabras Jacqueline Goldberg en su muro de facebook

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Jacqueline Goldberg

“Anoche publiqué mi primer E-Book, “Nosotros los salvados”, poesía documental surgida de testimonios de supervivientes de la Shoá que hicieron de Venezuela su patria. Es gratuito y puede descargarse en diversos formatos en:

https://www.smashwords.com/books/view/308471

Los poemas buscan el registro de una belleza diferente, donde desaparecen entrevistador, transcriptor, escritor y autor para despejar el cauce de una escritura venida del desastre, de lo esencial, de lo más terrible. Escritura sin duda imprescindible en estos días en que supuran por doquier las cicatrices del fascismo, la intolerancia, el antisemitismo, el racismo, la xenofobia y las persecuciones”.

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