El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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La mejor familia de la bolita del mundo

hermanos

Este post no se ha terminado aún de escribir porque falta aquí el cumpleaños de La Negrita, la menor de las hembras. La que está justo antes de mí en la lista de los hijos y cumple a comienzos de año. Por eso abrirá los cumpleaños de mis hermanos en el 2015. Pero quise cerrar mi año 2014 en esta bitácora con lo más importante que cualquier ser humano pueda o deba tener: La familia.

En este último post de 2014, repoduzco las semblanzas que escribí en Facebook para cada no de mis hermanos en sus cumpleaños porque este post va de amor y unión familiar.

A mí Dios (la vida, para los ateos) me premió con la mejor familia de la bolita del mundo. Grande, bulliciosa, alborotada, alegre, sincera, luchadora.

Somos trece hermanos que se han multiplicado hasta llegar a ser un montón que no para de crecer. Ya ni siquiera intento contarlos porque cuando estoy terminando la lista, han nacido dos nuevos miembros.

Nacen dos más y es como si fueran los primeros dos que han nacido en muchos años. Es alegría. Es fiesta. Es negrala certeza de que el amor se prolonga, de que la unión se mantiene. De que el cariño filial es inacabable.

El mundo no es lo suficientemente grande ni hay mares ni montañas que nos puedan distanciar. Donde esté uno de los Rojas Marquina o sus descendientes, allí está el montón.

Somos un montón.
Somos EL MONTÓN.

Somos la constancia, la prueba, la evidencia de un gran amor que nació allá, antes del año 50 del siglo XX entre Golfredo Rojas y Carmen Marquina y que se ha prolongado hasta hoy.

Un amor que ha superado y sobrevivido incluso a los propios amantes pues permanece en el cariño y la unión de sus hijos, sus nietos, sus bisnietos…

Somos una Gran Familia, con mayúsculas porque llevamos dentro la semilla de ese amor eterno. De ese amor que no dejó de ser cuando murieron sus protagonistas. Esa semilla germina y da frutos imparable e incansablemente.

Somos de madera fina, como diría Yordano.

Nos peleamos, discutimos. Nos decimos las verdades aunque las verdades duelan. Pero nunca una pelea ni una discusión han perdurado ni han sobrevivido al cariño. No pasamos, por muy molestos que estemos con algún miembro del montón, más que minutos sin hablarnos. Y al poco tiempo todo está solventado y olvidado. Nunca mamá permitió que los hermanos se dejarán de hablar, por muy fuerte que hubiese sido la pelea.

Nos criticamos sin piedad.
Nos hacemos bromas sin compasión.
Nos ayudamos a crecer sin límites.
Nos respetamos sin peros.
Nos asumimos con amor.

Eso es lo que nos hace una Gran Familia. Un clan. Un “montón”.

Y tenemos siempre espacio en el pecho para recibir a quien nos quiera adoptar como su familia.

El humor ácido y negro nos viene de Golfredo y el no estar satisfechos nunca, de Carmen. Defectos y a la vez virtudes. Dos características que, con el amor,  han sido nuestras valiosas armas para enfrentar la vida, afrontar las adversidades y superar los momentos más difíciles.

No es una familia perfecta –gracias a Dios–, pero es una Gran Familia y una familia grande. Una familia que crece copiosamente porque la semilla que se sembró en 1945, cuando se casaron Golfredo y Carmen se ha regado con amor desde entonces y se sigue regando con amor cada día.

Eso.
Quería compartir con mis lectores eso.
Mi familia, que es mi vida.

zoleivaZoleiva 6 de marzo

Cumple la hermana Zoleiva. La mayor. La que todo lo ve bonito y que tiene la capacidad de a lo feo conseguirle la enseñanza y hacerlo ver, si no bonito, como positivo. La que chancletea escaleras arriba y escaleras abajo desde las seis de la mañana, haciendo resonar la madera bajo su rápida pisada con la energía de quien tiene ya tres horas levantada y desayuno puesto. La que siempre sonríe porque para qué llorar,  si reír es más sano y más bonito. Besos y bendiciones y que Dios te conserve siempre carajita y sonreída.

Ana Aída 2 de abril

Hoy cumple Ana Aida  La quinta hermana. La octava hija. La andariega. La que nunca se sabe con exactitud dónde está Ana aidapero siempre está. La que me leía de pequeño el Humor y Amor de Aquiles Nazoa. La que los 31 de diciembre nos atrae la prosperidad con las mejores lentejas de la bolita del mundo y hace el ponche crema más delicioso. La que nunca sabemos cuándo va a llegar ni cuándo se irá. Pero quien siempre llega y se irá cuando sea conveniente que se vaya. La que nunca vemos arrecha -aunque diga que lo está- y nunca está apurada. Hoy cumple la quinta hermana. La andariega, y desde aquí solo mandarle un beso y la buena vibra que sabemos siempre la acompañará. ¡Feliz cumple!

Oraima 4 de abril

Hoy cumple la séptima hija, la cuarta hermana. La del medio. La escandalosa. La rebelde. La de la risa como oraimaun chorro de agua cantarina. La habilidosa de manos prodigiosas. La determinada. La que un día decidió que no se le engarrotarían más las manos y no se le engarrotaron más. La que otro día puso la caja de cigarrillos en la peinadora y dijo: Ahí se quedan y no fumo más. Y allí se quedaron, llamándola con insistencia y ella venciendo el llamado. La que decía me fumo el cigarro y limpio la casa. Y llegaba la hora del otro cigarro y la casa sin limpiar, “Me fumo este y ahora sí la limpio…”. La tira piedra que cuando todos en la familia eran adecos o masistas, ella era copeyana. Eso sí, ¡chavista nunca! Feliz cumple Carmen Oraima. La séptima hija. La cuarta hermana. La del medio.

Golfredo 10 de mayo

Hoy cumple años el quinto hijo. El tercer varón. El hermano del medio de los cinco hombres. El judío golfredoerrante. El que para superar su frustración de no haber podido ser torero, decidió convertirse en uno de los mejores fotógrafos taurinos de la bolita del mundo y recorrer la tierra de feria en feria, de coso taurino en coso taurino, de plaza en plaza tomando las mejores instantáneas de toros y toreros, rejoneadores,capotes y banderillas. El que un día nos puso a todos los de la familia -de mamá hasta mí, el menor- a clavar tablas hasta montar una plaza de toros portátil en Los Curos en Mérida, para celebrar una novillada. El que siempre tiene el chiste y el juego de palabras a mano. El que un día me llegó con un pasaje para USA para que me fuera a aprender inglés mientras esperaba mi entrada a la Universidad, regalándome no solo una segunda lengua sino mi primer viaje en avión y solo hasta Miami. Pocas palabras para grandes agradecimientos y pequeñas memorias para honrar y felicitar a Golfredo Rojas Marquina, el quinto hijo, el tercer varón. El judío errante que hoy mismo no sé en qué plaza de toros del mundo celebra su cumple. Que sea hasta 120.

Riquelmi 10 de junio

Hoy cumple el segundo hijo. El primero de los varones. El mayor. La mente ahora le jugó una extraña pasada. Parece que tanta lucidez y conocimiento cobran en algunas personas. Ya no sé cuando me ve si me mira a mí o a su hijo Pla. Su mente anda ocupada en otras cosas. Pero yo sí sé que cumple el mayor. El queme2grandote. El más tremendo de todos. El que en un impulso me prendió un encendedor en el pelo muerto de la risa. El que tiene cuentos que lo describen a la perfección como: “¿Y la gorda se fue sin decir nada? ¿Y no se ha reportado? Ya me va a oír cuando la vea. ¡No puede ser que se vayan sin avisar y no llamen a decir dónde y cómo están! Me la voy a hartar cuando la vea. Ya va a ver”. Y llegó Ana Aída y cuando la vio le dijo: “¿Quihubo gorda, cómo está la vaina?” Cumple el guerrillero urbano. Aquel a quien yo esperaba ansioso cuando llegaba de Caracas. El hermano que siempre tuvo y estuvo para todos. El intelectual. Cumple el mayor. El paisano. A quien tanto debemos. Que los cumplas feliz, Riquelmi. “Queme”. El hermano mayor. El segundo hijo.

Yandira 5 de julio

Hoy cumple años Yandy. El décimo retoño del matrimonio Rojas Marquina. La sexta hija. La coqueta. La yandysiempre linda y de punta en blanco. La que con un short y una franelita limpiando la casa seguía estando linda. La que se paraba de madrugada a ayudar a mamá a freír pasteles y sin que se le quitara un milímetro de belleza, coquetería y dignidad, con orgullo, caminaba al liceo para dejar los pasteles en la cantina y seguir a sus clases. Yandira, la décima hija. La que solo ha sido fea cuando se embarazó y que sabemos que fue porque la belleza se metió en su vientre en esas dos oportunidades para darnos los lindos sobrinos: Diego y Patricia. Cumple años la abuela más coqueta de Montevideo y zonas circunvecinas. La bella y maniática del orden y la casa limpia. Hoy cumple Yandy, la linda. La décima hija. La sexta de las hembras. La coqueta. “¡Feliz cumpleaños! Bella por fuera y hermosa por dentro.

Lala 14 de julio

Hoy cumple Lala. La tercera de los hijos, la segunda hembra. El desparpajo. La sinceridad. Lala, a quien no Lalahay que preguntarle a menos que estemos dispuestos a escuchar la verdad, incluso la que no quisiéramos oír. Cumple la que es feliz bailando. La que cantaba Magia Blanca a todo pulmón cuando yo estaba pequeñito. La que sin darse cuenta ni saberlo me inculcó el gusto por García Márquez cuando un día, en una conversación de grandes, la escuché emocionada hablar de “Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles”. La tercera hija, la que nos convoca siempre alrededor de su mesa. La que nos une en torno a un hervido o a un pasticho. La segunda de las hembras. La que todo lo dice porque si no explota. La que explota pero luego se le pasa y olvida y perdona. La que quisiera tener cinco dedos más en cada mano para ponerse 10 anillos más de los que no crecen más. La sinceridad. El desparpajo. La tercera de los hijos, la segunda de las hembras. Araida, la querida Lala. La de la grosería con gracia y la voz ronca. Feliz cumpleaños, Lalita.

Gerardo 12 de agosto

Hoy cumple el noveno hijo, el cuarto varón. Cumple Gerardo, El Ejemplo. Nos separan cinco años y nos unegerardo una vida. Cumple el muchacho a imitar, el mejor estudiante, el buen hijo. El noveno, el cuarto varón siempre con un balón o una pelota, siempre con las mejores notas. El que reunía los cromos de los álbumes hasta completarlos. Cumple quien al graduarse y empezar a trabajar siempre estuvo allí para ayudarme en lo que necesitara, quien me regaló el aparatito de radio cassette que me acompañó en la universidad y mis meses en Caracas. Tatuca que una vez se ganó un disco de Demise Roussos en un concurso de Radio Universidad y yo lo fui a buscar. Gerardo que oía a Los Darts, a Los 007, a los argentinos, a Los Beatles todos esos cantantes que aprendí a escuchar porque él los escuchaba. Mis primeras gomas Adidas las tuve porque él me las dio, y mi franela Fred Perry… y tantas cosas que dejó de tenerlas él para dármelas a mí. Tanto me ha dado que hasta a su hijo Gabriel me lo dio de ahijado. Cumple Gerardo, el noveno hijo, el cuarto varón. El ejemplo, la solidaridad. Cumple años y con las felicitaciones y los buenos deseos solo puedo entregarle mis eternas gracias.

Yajaira 21 de septiembre

Hoy, cumple años la onceava hija. La séptima de las hembras. La Extraviada. Hermana compañera de infancia. De recorridos, excursiones a pie por Los Curos, junto a La Negra, cuando Los Curos quedaba lejos,Yaja pasando ríos y quebradas y era monte tupido y carreteras de tierra. Y juntas se divertían asustándome. Yo simpre tan gallina. Una espiga desgajada en mi hombro era un gusano monstruo que me hacía palidecer. Yajaira, la lectora impenitente, la que escribe. La onceava, la séptima niña. La que por muchos años estuvo perdida, buscándose, entre tienieblas o entre sus luces particulares. La que ha vivido lo que seguramente tenía que vivir para hacernos entender que no todo lo tenemos bajo control y que, a veces, hay que soltar y dejar hacer porque cada quien tiene que vivir y crecer de forma individual y particular. Yaja, que nos dio “tres soles” que nos iluminan y nos hacen sentir orgullosos y que solo por eso ha valido la pena. Cumple la bella niña que a los 16 nos deslumbraba con su belleza y su cabellera larga, brillante, sedosa y abundante. La onceava, la séptima. La Extraviada. La que está de vuelta. Feliz cumple y que las enseñanzas no pasen por debajo de la mesa. Que lo vivido tenga sentido, que el dolor haya dado resultados y sirva para crecer, como todos lo hicimos y que los 120 años que restan sean para disfrutar de lo aprendido y llenos de dicha y alegrías.

Toño 26 de noviembre

Hoy cumple años Toño. El cuarto hijo. El segundo varón. La severidad. El de carácter recio. El más rígido de los 13. Toño, como un pan siciliano de corteza dura y miga esponjosa y suave. El cuarto hijo. El metódico quetoño hace las mejores parrillas aunque haya que comerlas al amanecer porque la cocción es a fuerza de humito y brasas bajas. El segundo varón que leía las novelas del oeste de Marcial Lafuente Estefanía de cabo a rabo y a mediodía veía en Venevision Superman con George Reeves en blanco y negro. “La severidad”. Cumple Toño quien a mis 13 me prestó un dinero con el que emprendería el negocio del siglo. Compré vasos y copas de vidrio y teñí arenas con Wiki-Wiki para hacer los terrararios coronados con cactus que me harían millonario. Al final, ni el dueño de la tienda donde los dejé a consignación me pagó a mí ni yo le pagué a Toño. Seguí siendo pobre pero con la certeza de poder contar con él. Cumple años el que se tomaba a pecho los viajes en caravana de las vacaciones de agosto a la playa o a diferentes zonas de Venezuela. Sin su insistencia y tozudez, aún estaríamos tratando de ponernos de acuerdo las 50 personas que viajábamos, sobre la hora y el lugar. Él decía y empujaba y arreaba. Así por muchos años.
Cumple años Toño sin Facebook, porque si tuviera Facebook, twitter, teléfono inteligente o cualquier otro adminiculo tecnológico, no sería Toño. El cuarto hijo. El segundo varón. El metódico. El pan. La severidad.
¡Feliz cumpleaños!

Moreida 21 de diciembre

Hoy cumple la sexta hija. La tercera de las hembras. La Deméter. El soporte. Con 17 años empezó a trabajar y se echó al hombro junto con mamá la casa y los hermanos menores. Así la quinta hija terminó siendo la mamá de todos. Y la tía de todos. La que siempre ha estado. Tal vez por eso, cuando tanto ella como todos estábamos resignados a que siempre sería la tía y la mamá de los hijos de otros, Dios, la vida, decidieron morecompensarle tanta entrega y le regaló dos hermosos hijos propios. Pero igual siguió siendo la Deméter, la que prodiga a todos el amor de madre y la comprensión y complicidad de tía.
De sonrisa fácil y exageración en todo. No tiene medida ni para comprar comida ni para las loqueteras y disparates ni para dar cariño. No por casualidad nació un 21 de diciembre. Con ella siempre llega el espíritu de navidad. Ella se encarga de las compras de los ingredientes de las comidas navideñas para 60 personas y de los regalos para la chorrera de sobrinos y, cuando ha sido necesario, se ha puesto una almohada de panza, un traje de Santa y con una mochila al hombro ha repartido los regalos.
Cumple la quinta hija, la tercera niña, la disparatada que es capaz de discutirle a “Pedro” que él no se llama Pedro y aunque Pedro le insista que es Pedro, ella, muerta de risa, le porfiará que no.
Hoy cumple la Deméter, la madre de todos. Moreida, el soporte y, junto con mi agradecimiento que es el de todos, van las bendiciones y los deseos porque sean años felices hasta 120. Dándonos risas y cariños sin medida. ¡Feliz cumple, More!

Feliz Navidad a todos y un 2015 lleno de amor. Que todos los seres humanos del mundo encuentren el amor familiar. Que todos encuentren su familia. Porque en el amor de la familia las penas se hacen más leves y el hambre se sacia aunque no haya comida. De eso y de andar limpios sabemos mucho los Rojas Maquina.

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A veces canto

Imagen tomada de Noticias 24

Imagen tomada de Noticias 24

Canto:

É pau, é pedra
É o fim do caminho
É um resto de toco
É um pouco sozinho…

É um caco de vidro
É a vida, é o sol
É a noite, é a morte
É um laço, é o anzol…

Canto “Las aguas de marzo” que suenan en el equipo porque no quiero pensar. Voy en el carro y no quiero recordar la escena que acabo de vivir. Por eso, le subo el volumen al equipo de sonido y canto:

São as águas de março
Fechando o verão
É a promessa de vida
No teu coração…

É pau, é pedra
É o fim do caminho
É um resto de toco
É um pouco sozinho…

Poco antes de las seis de la tarde, hora en que normalmente cerramos nuestro negocio, decidimos cerrar y correr al supermercado. Había llegado leche en polvo y llamamos al dueño del supermercado para ver si nos podían vender la cantidad que necesitamos para nuestras familias que hace ya unos cuantos días no consiguen el preciado alimento.

En realidad, las familias son tan numerosas que es casi imposible que en una sola compra podamos satisfacer toda la demanda, pero si lográbamos comprar un poco más que los dos paquetes que corresponden por persona, pues algo aliviaríamos a los más urgidos.

-Eso ahora está bastante complicado porque estamos muy vigilados –nos dice el amigo–, pero déjame ver si puedo conseguirles un bulto.

Si, un bulto de leche. 12 paquetes de 900 gramos cada uno. Eso es a lo máximo que podíamos aspirar para los familiares de Maracaibo y los de Mérida que pasan con facilidad las 50 personas incluyendo niños en edades en las que la leche debe ser parte imprescindible de la alimentación. Pero, bueno. De nada, algo…

Al poco tiempo llega el siguiente mensaje de texto:

“Pásame 6 números de cédula de identidad para poder chequearte el bulto porque solo son 2 paquetes por persona”.

A los cinco minutos las cédulas estaban en su bandeja de entrada y recibíamos la respuesta diciendo que pasáramos por el supermercado y preguntáramos por la gerente quien tenía las instrucciones para vendernos el producto.

Cerramos y corrimos al lugar.

El supermercado estaba a tope. Quienes iban a comprar solo los dos paquetes de leche en polvo debían hacer una fila en la calle hasta que les correspondiera el turno de pasar a hacer la cola dentro del local. Quienes iban a comprar más de 300 bolívares de otros productos podían pasar directo, hacer su compra y hacer también la inamovible fila para pagar.

Contactamos a la gerente –siempre de un asombroso buen humor a pesar de lo deprimente de la situación y de la presión del momento–. Nos pidió que esperáramos mientras nos resolvía nuestro pedido.

Tomé asiento en la silla del vigilante que estaba vacía porque el hombre, junto con otro grupo de empleados trataba de poner orden en la calle y adentro.

La gerente se me acerca y me dice:

–En estos días un hombre me partió el vidrio de la entrada. Era un bachaquero borracho… si hubiera tenido un revólver habría matado a alguien.

Sigue atendiendo su trabajo. Despacha por aquí, da instrucciones por allá. Siempre amable y con una sonrisa en los labios. Son las siete de la noche y ella se encuentra como si acabase de llegar a un relajado despacho de oficina. Recibe llamadas y avisa a quienes llaman que sí, que pueden venir a buscar leche que todavía están a tiempo. Yo miro a la mujer y no puedo menos que admirar su paciencia y su capacidad para atender mil cosas a la vez. Me dice:

–Ya saben que no podrán comprar más leche en una semana porque la cédula queda registrada como que ya compraron y si intentan comprar de nuevo, los bloquean.

Una vez más pienso en como nuestro documento de identidad devino en libreta de racionamiento. De la fila de la calle veo que entran las 20 personas a las que les permitieron entrar en ese momento. Una mujer regordeta pasa y justo cuando está frente a mí, se detiene, se saca su chancleta y la levanta para verificar que está despegada. Su rostro está sonriente. Las dos horas haciendo cola afuera no parecen haberla amargado. Lleva unos leggings a media pierna y al detallarle la franela distingo que, al nivel de los senos, tiene una calcomanía  de Arias Cárdenas con un corazón tricolor. Se acomoda su chancleta de nuevo en su pie y sigue hacia la cola de la leche.

Más atrás, viene otra mujer con franela roja. Esta lleva los ojos del difunto Chávez al nivel de sus voluminosas tetas.

Pienso en cómo una gente puede, después de pasar tan humillante momento para comprar 2 paquetes de leche en polvo, ir el siguiente domingo a dar su voto por un régimen que lo ha sometido a semejante bochorno.

La gerente me saca de mis elucubraciones, cuando la oigo a mi lado decir a un empleado, casi en un susurro:

–Alfredo, busca una caja de huevos para meter la leche de los señores porque si los que están afuera ven que salen con un bulto de leche, los linchan.

La mujer me mira y no tengo más remedio que sonreír con una mueca y decirle:

–En este país se puede comprar cocaína con más facilidad y menos riesgo que unos cuantos kilos de leche.

Asiente con la cabeza y me da las 6 facturas con los números de cédulas que le habíamos pasado al dueño en el mensaje de texto. Con su amabilidad característica, dice:

–Cojan la caja y salgan rápido…

Nos montamos en el carro y al prenderlo, el pendrive suena “La maldita primavera” de la mexicana Yury.

Llevo el alma en el suelo. El haber conseguido comprar ese bulto de leche que para unos sería un gran triunfo, me hace sentir triste y derrotado.

Recuerdo las colas de Cuba para todo y por todo que en el 91 me parecían tan insólitas y no puedo creer lo que estoy viviendo en mi rico y petrolero país.

Recuerdo la crónica de Leonardo Padrón en su libro “Kilómetro cero”, sobre su visita a Cuba en el 92:

“…Uno se pregunta cuál sería el estado actual de la revolución si Estados Unidos la hubiera dejado crecer libremente, si se hubiera podido  intentar la construcción del ‘hombre ideal’ sin tanto cerco y sin tanta dependencia lejana…”

Reviso esas líneas de Padrón y me convenzo que en realidad el bloqueo no fue más que la excusa de Fidel para someter a su pueblo. El proceso en Venezuela lo confirma. Sin bloqueo de USA y con el engaño caza-bobos de una imaginada y cacareada “guerra económica”, han logrado sumir a la gente de un país rico en las miserias de la isla caribeña.

Pienso en que el domingo yo estaré haciendo mi cola para votar contra esa humillación que acabo de vivir en ese supermercado, pero me inquieta e indigna que tantas personas –como esas dos mujeres con propagandas del régimen en sus pechos–, sin pensar en el apagón de cuatro horas sufrido dos días antes ni en la horas de vida que pierden en una cola para llevar un poco de alimentos a sus hijos, estarán en esa misma cola para seguir votando por las colas y la ruina de un país que alguna vez fue uno de los más ricos y prósperos de América Latina.

Le doy volumen al radio y canto a todo pulmón:

Lo que tu paso dejo 
es un beso que no pasa de un beso 
una caricia que no suena sincera 
un te quiero y no te quiero 
y aunque no quieras 
sin quererlo piensa en mi. 

Si para enamorarme ahora 
volverá a mi la maldita primavera 
que importa si para enamorarme basta una hora 
pasa ligera la maldita primavera 
pasa ligera me maldice solo a mi. 

¡Nada como “La maldita primavera” para desahogar un grito! Sigo cantando. Canto para no pensar. Canto para no llorar.

Las colas de la patria

colas1Allí están. En larga formación frente a las puertas del supermercado. Pasan de cien. En su mayoría son indígenas wayúu y la mayoría, mujeres. Hacen fila pacientemente, con sus caras morenas que reflejan el tono curtido que les otorga el ardiente sol de la Guajira. Con sus largos, lisos, negros y gruesos cabellos empapados de sudor. Con las frentes brillantes por la humedad que les imprime el bochorno de una calurosa tarde marabina. Con sus coloridas batas ondeando a cada movimiento del cuerpo.

Allí están. Como estuvieron ayer, como estuvieron hace seis meses, como tienen años estando.  Como estarán mañana. Con la paciencia de Job hacen su fila para comprar el kilo de leche que su número de cédula de identidad les permite. Un kilo, no más.

Allí están. “Los desgraciados guajiros”, “Los malparidos guajiros”, “Los apátridas bachaqueros”. Sí, también en esto ha triunfado la revolución bolivariana. Gracias a la persecución, estigmatización, criminalización hecha por la acción gubernamental que acosa al indígena con la excusa de salvaguardar la “seguridad alimentaria” del país, el zuliano ha afincado sus prejuicios racistas. La mayoría de la gente ha comprado a ciegas la versión del gobierno de que la escasez de alimentos de la canasta básica se debe al contrabando de los “bachaqueros” en su gran mayoría miembros de la etnia originaria wayúu, sin detenerse a pensar que las perversión del mercado socialista y la destrucción del aparato productivo son los principales responsables.

Es parte del legado del difunto Chávez, parte de su éxito al dividirnos y acentuar los resentimientos y la discriminación con sus desaforadas e interminables peroratas de odio. Antes de morir sembró al país de odio, división, escasez, resentimiento y… colas. Esas insufribles e indignantes colas de caras tristes que ahora son nuestra cotidianidad, a cualquier hora del día, por donde uno pase y que hacen que retumben en mi cabeza las palabras de aquella negra cubana en La Habana, cuando visité la isla en 1991: “Asere, aquí en Cuba tenemos que hacer cola hasta para hacer el amor”.

Cuántos discursos vacíos ha gastado el régimen venezolano para vociferar su amor por los pobladores originarios del país, para pregonar la búsqueda del bienestar de los indígenas y de los pobres y cuán poco hace efectivamente por otorgarles una vida digna a esos pobladores en minusvalía, a indìgenas y pobres.

La historia empezó cuando, a eso de las cinco de la tarde, una querida amiga me pasó por whats app una foto de su mamá abrazando feliz cuatro paquetes de leche en polvo La Campiña con el siguiente texto:

“Mami acaparando leche en De Cándido de Delicias”.

La felicidad se dibujaba en el rostro de su madre. No es para menos. Para los venezolanos del interior del país, desde hace colas2años, tener acceso a productos como leche, azúcar, aceite de maíz, papel tualé, jabón de baño o pasta dental, entre muchos otros, se ha convertido en una hazaña, una proeza solo alcanzable con mucha suerte y paciencia. Si, además, logras que te vendan más de un producto de cada uno, puedes considerarte tan afortunado como si te hubieras sacado la lotería.

–¿Hay mucha gente? –Pregunté poco esperanzado en la respuesta. Una señora me acababa de contar su drama en un supermercado cuando, luego de más de cinco horas en cola para pagar su compra, tuvo que dejar la mayor parte de los productos porque, sin darse cuenta en el despelote de gente que se forma dentro de los establecimientos, se metió por la caja rápida y, al querer pagar, no le permitieron facturar más que los diez productos estipulados para esas cajas. Lo contrario habría significado hacer de nuevo la eterna cola para pagar por otra caja.

–No. Eso fue hace como veinte minutos.

Pensé en mi familia en Mérida que justamente el día anterior me había preguntado si podría  conseguir leche para mandarles. A lo mejor lograba sacar unos seis paquetes en ese momento  y otros seis otro día y reunir así suficiente como para que el pago del flete del envío valiese la pena.

A eso de las seis y media de la tarde pasé frente a un supermercado. En la acera se apretujaba una larga hilera de más de cien personas a la espera para poder entrar al establecimiento para comprar productos regulados, cualquier producto regulado que en ese momento hubiera. Con el carro en marcha, saqué el teléfono y tomé una foto.

Seguí camino al supermercado donde me había dicho la amiga que había leche. Al estacionar y bajar, vi, recostadas a la reja del estacionamiento a otras más de cien personas que se aglomeraban en hilera, esperando su turno para entrar a comprar leche.

En la semi penumbra del atardecer, a esa hora cuando aún no es oscuro pero tampoco es claro, pude distinguir que la mayoría de quienes pacientemente se formaban para entrar, eran wayúus, mujeres guajiras con sus batas coloridas. También había unos cuantos ancianos y algunos niños que acompañaban a los mayores.

La perversión del sistema ideado por el gobierno para “combatir el bachaqueo” y “garantizar” la seguridad alimentaria, ha hecho que quienes van a comprar solo productos con precios regulados tengan hacer interminables colas a las afueras de los supermercados. Solo quienes tienen disponibles más de 300 bolívares para comprar otros productos, aparte de los regulados, pueden ingresar a los supermercados evadiendo la humillante cola de horas a pleno sol.

Por eso se ve a todas esas personas formadas en fila a las puestas de los expendios de alimentos. Es cierto, unos cuantos deben ser contrabandistas que pasan el día persiguiendo productos regulados para venderlos en Colombia y traerse unos dólares que luego venderán en el mercado negro. Otros tantos deben ser revendedores locales, gente que compra a precios regulados y luego vende en sus bodegas al doble del precio estipulado o más. Pero muchos de los que allí se apostan durante horas para comprar un kilo de leche, lo hacen porque no tienen todos los días disponibles 300 bolívares para comprar productos que, posiblemente, no necesiten o tengan ya en sus casas, solo para eximirse de hacer la humillante cola para acceder a los alimentos regulados que realmente necesitan. 300 bolívares que reducen el tiempo de cola de siete horas a tres o cuatro, porque de la insufrible espera nadie se salva.

De esta forma, pagamos justos por pecadores en este régimen que se autodenomina igualitario y justo. Un gobierno que supuestamente “ama a los pobres”, pero los somete a una indigna cola para comprar comida solo por el hecho de ser pobres, de no contar con el dinero que les permitiría, como a otros, saltarse la larga fila a pleno sol y solo soportar la infernal cola dentro del establecimiento para pagar la compra.

Al ver esta segunda hilera de gente en la calle, al mirar las caras de los guajiros con su paciencia esperando la señal que les indicaría que ya podían entrar al supermercado para tomar el kilo de leche y pasar a hacer la otra cola eterna para pagarla, sentí una opresión en el pecho, una intensa punzada que empezaba en el gentilicio y terminaba en el corazón.

Sin detenerme a entristecerme más, seguí camino al supermercado. Por el pasillo, frente a mí, ya de salida, venía una mujer con su colorida bata guajira blandiendo en la mano, como un trofeo, un paquete de un kilo de leche. ¿Cuántas horas de su vida habrá tenido que dejar esa mujer en una cola para comprar ese íngrimo paquete de leche al que se aferran sus dos manos?

Al entrar, dispuesto a llenar el carro de compras de productos que no necesito para poder acceder a la leche que enviaría a mi familia en Mérida, las largas colas de más de sesenta personas en cada caja para pagar, me produjeron una nueva punzada en el pecho e hicieron que desistiera de mi intento. Con el corazón dolorido, di media vuelta y, frustrado, me fui.

Al dirigirme al carro, pasé una vez más junto a los pacientes representantes de las etnias originarias del país, los colasprimigenios pobladores de la patria, que seguían allí formados en fila, a la espera de poder pasar a comprar su kilo de leche.

Allí estaban. Pasaban de cien. En su mayoría eran mujeres wayúu. Hacían fila, pacientemente, con sus caras morenas que reflejan el ardiente sol de la Alta Guajira. Con sus largos, lisos, negros y gruesos cabellos empapados de sudor. Con las frentes brillantes por la humedad que les imprimía el bochorno de una calurosa tarde marabina. Con sus coloridas batas ondeando a cada movimiento del cuerpo.

Allí estaban. Como estuvieron el día anterior, como estuvieron hace seis meses, como tienen años estando. Como estarán mañana.

Compungido, abrí el grupo de whats app de la familia buscando escapar de la angustia que amenazaba con hacerme su presa, y leí:

“A Eliana le acaban de robar el teléfono en el Mc Donalds de Mérida”.

Sientí de nuevo la punzada en el lado izquierdo del pecho. Miré al firmamento y distinguí en la oscuridad las parpadeantes luces de un avión que surcaba el oscuro cielo. Pensé “¡Cómo me gustaría ir en ese avión a cualquier lado, a cualquier sitio, lejos de esta patria que, por ahora, parece estar bajo los efectos de una nefasta y temible maldición!”

Cerré los ojos para imaginarme en vuelo y, al apretarlos, una solitaria y furiosa lágrima brotó de mi ojo izquierdo y cayó con ira, allí, donde sentía la opresión, en la parte del pecho donde dolía la punzada. Donde dolía el país.

Ser diferente. Ser especial

Miguel Andrés fotografiado por su tía Oraima Rojas

Nunca es fácil poner un adjetivo a la diferencia sin que a la larga contenga una carga -en unos casos mayor y en otros menor- de negatividad.

Al referirnos a las personas que se salen de los cánones de lo socialmente aceptado como “normal”, “regular” o “común”, subyace un riesgo de poner de manifiesto una no total aceptación del diferente. Incluso llegamos a no saber cómo nombrarlos, cómo referirnos a las personas distintas sin que parezca que en nuestra expresión, en el fondo, hay una cierta animadversión, incomodidad, compasión, lástima, vergüenza o rechazo por la diferencia.

Por eso las discusiones de cómo llamar a la gente diferente vienen de hace mucho tiempo. Siempre hay algún estudioso del lenguaje que termina descubriendo la carga negativa en las palabras empleadas o la imposibilidad que tiene el lenguaje para proporcionar un término que se ajuste a lo que en verdad se quiere expresar cuando nos referimos al diferente y a su diferencia.

De “Anormales” pasamos a “Minusválidos” “Discapacitados” a “Personas Excepcionales”, a “Personas Especiales”, a “Personas con Capacidades Especiales”, a “Personas con Capacidades Diferentes”… No hay modo, seguimos sin encontrar el término para esas minorías diferentes, que no son enfermas, no padecen una enfermedad sino que tienen una condición diferente. Gente que no esta entre los márgenes de lo “normal” o “regular”.

¡Es que hasta para nombrar a quienes no poseen una condición diferente o minoritaria se nos hace difícil!

Para efectos de este artículo, quiero ampliar el término “diferente” o “especial” para incluir también a otras minorías o grupos de personas que son o han sido discriminados y maltratados por la única razón de no ser como la mayoría.

A nadie le gusta escuchar que una persona diga “Yo soy normal” para referirse a que no es, por ejemplo, homosexual, transexual, con Síndrome de Down, con Sídrome Bipolar, o con cualquier otra condición diferente a lo que consideramos como regular o común, porque allí se ubica la mayoría de los seres humanos.

No es para nada fácil nombrar a las minorías, definitivamente, ni referirse a la mayoría al enfrentarla a esas minorías.

Entonces se llega a una tenue línea divisoria que muchas veces traspasamos sin darnos cuenta, en la que, al referirnos a las minorías, terminamos siendo discriminatorios, incluso, sin quererlo.

Aunque en otros casos, muchas personas lo hacen absolutamente a propósito, utilizan la diferencia para burlarse, insultar, discriminar o menospreciar.

A veces escuchamos cosas como: “Yo no soy racista, a mi me presentan un negro y hasta la mano le doy”, o “No seas mongólico”, “Tu eres un retrasado” o “pareces bipolar” “el es gay, pero es buena gente”… podría seguir con una larga lista en la que incluso llegamos a encontrar referencias a opciones religiosas o tendencias políticas. La capacidad del ser humano para insultar a partir de la diferencia no parece tener límites.

Es irónico y contradictorio porque la mayoría de la gente, si no se siente especial, diferente u original, quisiera serlo, pero utilizan a quienes sí lo son y no por propia decisión sino porque es su condición natural, para insultar y menospreciar.

Por todo eso, los países se ven en la necesidad de legislar para que las personas que pertenecen a minorías diferentes cuenten con un marco legal que las proteja, que las defienda de la discriminación, del abuso, del acoso, del bullying de la mayoría “normal”.

Uno de los mayores avances en nuestro país en cuanto a lo que se refiere al trato y legislación sobre las personas diferentes, es la inclusión de artículos en la Ley del Trabajo en los que se busca garantizar el derecho al trabajo de las personas con capacidades diferentes. Un logro, sin duda, de quienes durante años han trabajado y luchado para obtener ese tipo de reivindicaciones.

Hoy, mi sobrino y ahijado, Miguel Andrés, empezó a trabajar en una farmacia en Mérida. Cuando vi en el grupo de Whatsapp de la familia su foto con con la franela del uniforme del trabajo, no pude evitar que se me aguaran los ojos -de hecho, escribo esto con los lagrimones asomándose- y el pecho se me hinchó de orgullo, al verlo feliz con su ajuar de trabajador.

Pero la alegría y la emoción no evitaron que me pusiera a reflexionar sobre estas cosas que escribo aquí.

Al mirarlo, junto con la alegría de verlo orgulloso exhibiendo su franela, pensé en que si bien es un gran logro exigir por ley que las empresas tengan plazas de trabajo para personas diferentes o especiales o con capacidades especiales o como más a gusto nos sintamos para referirnos a ellos, es absurdo que en nuestro país no exista la posibilidad de que esas personas puedan terminar, en la medida de sus posibilidades y capacidades, los estudios regulares.

Miguel estuvo en colegios hasta donde su capacidad de aprendizaje de acuerdo a la edad, se lo permitió. Aprendió a leer y escribir, un poco más tarde y con mayor dificultad que la mayoría, pero aprendió. Está en natación y en Kárate desde pequeño, aprende pirograbado en un taller y es percusionista de la Orquesta Sinfónica. Trabaja en la Biblioteca de la ULA y ahora en la farmacia.

Es un joven inquieto, le gusta aprender. Se mete en la computadora e investiga sobre las cosas que le interesan. Es un muchacho que a su edad debería estar estudiando. Formándose.

Pero no hubo manera de que se consiguiera una institución escolar donde lo pudieran seguir enseñando. Donde pudiera continuar sus estudios. Las fundaciones y organismos que en Mérida, como en el resto del país, con más amor que recursos económicos y apoyo gubernamental, se encargan de darles educación a las personas especiales, tienen capacidad hasta cierto punto, solamente. Llega un momento en que los padres tienen que, por su cuenta, ingeniárselas para que sus hijos tengan actividades que los enseñen al tiempo que los entretengan porque el Estado no se ha encargado, como lo ha hecho con el Derecho al Trabajo, de garantizar el Derecho que tienen a la educación.

No hay liceos, no hay escuelas técnicas, no hay institutos de educación superior que den acogida a jóvenes como Miguel Andrés, quienes quieren aprender y quienes, con la debida atención escolar, podrían llegar a tener una mejor formación y educación e, incluso títulos universitarios. Todo queda en lo que los padres puedan hacer por cuenta propia y de acuerdo a sus propias capacidades económicas e intelectuales.

En fin, a la edad de Miguel, sería impensable que una familia se alegrase porque un muchacho sin alguna condición diferente empiece a trabajar. Eso sería, incluso, un drama en muchos casos, porque a esa edad un joven la única responsabilidad que debería tener es la de estudiar y prepararse.

Pero quienes sabemos cómo ha sido la historia de Miguel Andrés, cómo han sido las historias de miles de Migueles en Venezuela y en el mundo, sabemos que llegar a obtener un trabajo es un gran triunfo. Como lo fue aprender a ir al baño, aprender a hablar, a nadar, aprender a leer y a escribir, a manejar la computadora y el Blackberry. Todo ha sido una batalla, una lucha, una guerra ganada, por él y por Moreida y Marcos, sus padres y Moreli, su hermana, quienes nunca se han dado por vencidos.

Por eso aplaudimos y nos ponemos felices al verlo con su uniforme de la farmacia.
Y lo dejo hasta aquí porque las lágrimas no me permiten continuar…

Volver a la infancia con una Paradura de Niño

Al poco tiempo de haber vivido la hermosa experiencia

narrada en esta crónica,aaaelba
me llegó la noticia de la muerte de Elba Toro.

Esta constituyó su última paradura

de niño y yo tuve el honor y el privilegio de estar allí para vivirla con ella.
 Quede esta crónica como homenaje y muestra de cariño y admiración por esa gran mujer merideña.

Cuando era un niño, una de las maneras que mis hermanos encontraban divertida de hacerme rabiar hasta las lágrimas era diciéndome que me meterían en la escuela de música a estudiar violín.

Yo pataleaba, lloraba, chillaba, berreaba, gritaba que ¡NO! y llegaba casi al histerismo, hasta que alguno se compadecía de mi furia y me decía que eran mentiras, que era solo una mamadera de gallo. Yo sollozaba y poco a poco lograba tranquilizarme.

Como comprenderán, al ser el menor de 13 hermanos, siempre a alguno, en

cualquier momento de aburrimiento, se le podía ocurrir la jugarreta y yo, más que ingenuo, medio bobo, volvía a montar el show, hasta que se compadecían y, entre carcajadas, me aclaraban que todo era un juego.

Esta broma, como muchas otras con las que se divertían mis hermanos, tenía su época del año en que se hacía con más frecuencia. Por ejemplo, en Semana Santa, el juego consistía en que yo era Jesús al momento de la resurrección. Para tal efecto, me ubicaba detrás de un muro, agachado debajo de una ventana y alguno de mis hermanos debía decir:

-Gloria a Dios en las alturas.

En ese momento, yo, con mis brazos extendidos hacia arriba, emergía detrás del muro, lentamente, como había visto que lo hacía María Montilla, encarnando el papel del Jesús resucitado en la iglesia de La Parroquia, todos los sábados de Gloria a las doce de la noche.

Siempre, irremediablemente, alguno de los presentes se encargaba de hacer alguna broma que me saboteaba el juego, me hacía reír o rabiar y, cómo Sísifo,

En mi familia, los niños son los protagonistas de las paraduras

el acto debía comenzar otra vez. Así podían pasar horas, ellos prometiendo que esta vez sí me dejarían hacerlo bien y con seriedad y yo agachándome detrás del muro para la actuación.

En una oportunidad, recuerdo, lo hicimos en un pipote inmenso que acababan de comprar para la basura en el que cabía yo completico y, como tenía tapa, se prestaba para que al momento de decir el Gloria, yo lanzara la tapa con estruendo y saliera con gran dramatismo, en mi acto de resurrección.

Pasamos horas en el juego. Una de las bromas que consiguieron en esa oportunidad mis hermanos para sabotear, fue sentarse sobre la tapa del pipote de modo que, cuando decían “Gloria” y yo intentaba salir, el peso sobre la tapa me impedía emerger. Me desesperaba, lloraba y, bajo la promesa de “Esta vez sí”, volvía al pipote y se repetía la historia hasta el tedio…

Ser el menor de 13 hermanos tiene muchas ventajas, pero tiene otras tantas desventajas, como ven.

La amenaza de ponerme a estudiar violín ocurría, por lo general, para los días de enero, cuando en Mérida se celebran las Paraduras de Niño, ceremonias en las que la música se acompasa, principalmente, al ritmo del violín, para conmemorar el pasaje bíblico según el cual el niño Jesús se perdió a los doce años en Jerusalén y fue hallado a los tres días en el templo.

De niño detestaba el sonido del violín en las paraduras

¡Cómo detestaba ese sonido destemplado que salía del roce del arco contra las cuerdas! Era como un llanto de gatos metidos en un saco. Me imaginaba obligado a estudiar violín y sacando esas melodías con el instrumento y enfurecía.

Con el tiempo, aprendí a apreciar y disfrutar la hermosa música que puede salir de las cuerdas del violín bien ejecutado, pero el recuerdo del destemplado instrumento durante las paraduras se ha mantenido clavado en mi cerebro como una tortura.

Este año, a principios de enero, tuve oportunidad de volver a escuchar, después de muchísimos años, las notas del violín en una paradura pero el sonido que detestaba se volvió nostalgia, y el odio que recordaba tenerle trasmutó en ternura. El violín ahora suena como una plegaria desgarrada, como una sentida oración, una petición, un ruego que en las palabras del rosario dice:

“Niño bendito, divino y glorioso,

haz que mis penas se conviertan en gozo”

Cuando los músicos en casa de Elba Toro, en Zumba, una pequeña urbanización de Mérida, comenzaron a ensayar las canciones de la paradura y sonaron los primeros acordes del violín, volví a tener 10 años y las imágenes actuales se mezclaban con aquellas en mi cabeza de niño, cuando recorríamos las calles de La Parroquia tocando de puerta en puerta al ritmo del villancico:

“-Tuntún,
-¿quién es?
-Gente de paz. Ábranos la puerta
Queremos entrar”.

Es que algunas paraduras de niño eran una verdadera fiesta patronal y la procesión buscando al niño de casa en casa alcanzaba una gran multitud que caminaba con velas encendidas por las calles del pueblo hasta encontrar la imagen del Divino Niño en alguna vivienda y ponerla sobre un pañuelo de lino blanco que sería asido en cada una de sus puntas por los cuatro afortunados padrinos escogidos para la ocasión quienes, con una mano sostenían el pañuelo y, con la otra, un cirio grande encendido para encabezar el regreso del niño a su puesto en el pesebre.

A partir de ese día, la imagen del Niño Dios permanecería parada en su portal hasta el momento en que se levanta el pesebre que, en algunos hogares, no se quita hasta el 2 de febrero, día de La Candelaria y cuando, oficialmente, termina la época de navidad.

Ya la noche anterior, en mi casa de La Parroquia, en la intimidad de la familia

Buñuelos en miel, vino Pasita y bizcochuelo son platos típicos de la Paradura

(se pueden imaginar lo que significa “intimidad de la familia” en una casa de 13 hermanos y como setenta sobrinos y sobrinos-nietos con esposos, esposas y uno que otro primo o amigo invitado), habíamos realizado nuestra sencilla paradura que sólo consiste en rezar el rosario, pasear al niño por la casa, besar los pies de la imagen en señal de adoración, retornarla a su pesebre para que permanezca de pie y luego compartir un vaso de vino pasita -es el que se usa para la ocasión-, bizcochuelo y buñuelos de harina de trigo, de maíz, yuca, auyama y apio sumergidos en miel especiada con clavitos de olor.

Pero la paradura en casa de Elba es más grande. A su casa llega un gentío y para la celebración contratan músicos que se dedican especialmente a estas fiestas y que son contactados desde los primeros días de octubre si se quiere contar con ellos pues, de dejar la contratación para más tarde, se corre el riesgo de que no tengan fechas disponibles.

Elba Toro, orgullosa y cariñosa matrona.

Un beso al Niño Jesús en señal de adoración

Esta paradura la hacen en la mañana y mientras iba camino a la casa de Elba recordaba que, cuando yo era pequeño, ir de mi casa en La Parroquia a la de ella en Zumba, era toda una aventura. Era un paseo a través de monte y cañaverales, por caminos de tierra en los que nos podíamos extraviar, o ser sorprendidos por animales o fantasmas, o ser robados por brujas…

Hoy, se trata solo de atravesar unas cuantas calles asfaltadas pasando por urbanizaciones colmadas de casas a ambos lados de la vía. En cuestión de máximo cinco minutos uno se encuentra en aquella casa a la que hogaño organizábamos paseos para hacer sancochos y bajar a la orilla del río.

Con mis ojos llenos de niñez, llegué con mis familiares a casa de Elba, contemplé el bello pesebre de papeles de colores con tres nacimientos y luces intermitentes. Saludé a la bella, simpática y orgullosa dueña de casa quien logró con su trabajo y esfuerzo levantar un hermoso hogar en cuyos terrenos algunos de sus hijos construyeron sus casas.

Cariñosa, recordó viejos tiempos de cuando ayudaba a mi mamá. Me hizo el honor de nombrarme padrino de uno de los 3 niños del pesebre. Nos brindó de su vino y bizcochuelo. Nos deleitó con sus sabrosas hallacas. Y, sobre todo, con su fiesta y su música de violín, guitarra, cuatro y charrasca, me regaló, una vez más, mi infancia.

(Enero, 2012)

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El legado de mamá

Diez de los 13 hermanos del clan Rojas Marquina

El 03  de enero, cuando venía de regreso a Maracaibo desde Mérida a donde fui a recibir el año nuevo junto a mi familia, mientras recorría las sinuosas carreteras del páramo andino que me continúan produciendo, simultáneamente, una gran fascinación por la hermosura del paisaje y un profundo vértigo similar al experimentado al subir una montaña rusa, en la cabeza me daba vueltas una y otra vez la pregunta sobre ¿qué mecanismos se activan en los miembros de mi familia que nos hace funcionar como un clan hermético y al mismo tiempo tan permeable que hace que cualquier persona al llegar a la casa se sienta como un miembro más de ese clan?

Hacía más de 10 años que no pasaba un año viejo con mis hermanos, sobrinos y resobrinos, son las desventajas de poseer un negocio que funciona prácticamente los 365 días del año. Y fue a la par de hermoso, gratificante, poder constatar, al no más llegar, que la tradición familiar permanece intacta y no me deja de maravillar como en nuestra familia, a pesar de que los padres fundadores del apellido Rojas Marquina, Carmen y Golfredo, hace ya más de 25 años que no se encuentran entre nosotros, todavía disfrutamos un montón reuniéndonos y celebrando juntos en cada oportunidad que podemos.

Al llegar el 30 a La Parroquia y encontrarme al gentío que conforma el grupo familiar terminando los preparativos para la cena de noche vieja, me sorprendía disertando sobre ¿qué hace que los Rojas sintamos placer reuniéndonos para preparar más de 400 hallacas, por qué nos produce alegría concentrarnos alrededor de 10 kg de papas y 6 de zanahorias para pelarlas y cortarlas entre conversa y anécdotas para preparar una de las 3 ensaladas, cada una de unos 18 kilos, que se servirán en la cena del 31, por qué tanta algarabía mientras se rellenan las gallinas y se condimenta el pernil que saldrán doraditos del horno para el deleite de todos?

Pinchos hechos en “cayapa”

La preparación de las comidas familiares funciona como una perfecta cadena socialista de producción (con el perdón por la utilización de estos términos tan puteados en nuestro país en estos días). Por ejemplo, en la preparación de las hallacas a los más jóvenes les corresponde lavar las hojas mientras otros preparan el guiso y la masa para, finalmente, reunirse las mujeres alrededor de un mesón y proceder, entre chistes, chismes y anécdotas, con el armado de las “multisápidas”. Primero se untan todas las hojas con la masa de Harina Pan, se apilan a un lado y, cuando ya todas las hojas cuentan con su porción de masa, se le pone el guiso y los adornos, se cierran y, otro grupo de la familia se dedica al amarre de las mismas.

Así se hace con prácticamente todos los platos. Se realizan en “cayapa” lo cual hace de la preparación una especie de ritual en el que participa la mayoría de los miembros, desde el más viejo hasta los de menor edad.

El barullo de esos días, los hermanos y sobrinos que gritaban, hablaban, reían, cantaban, me hicieron recordar lo que dijo Lolita Aniyar cuando la conocí y la invité a mi casa en La Parroquia a comer unas arepas andinas de harina de trigo. Al ver que salía gente hasta de debajo de los muebles, Lolita dijo:

-¡Esto es como estar viviendo, en directo, una vieja película italiana! Me parece que en cualquier momento atravesará la escena una mujer con un salchichón gigante al hombro o un hombre con un inmenso escaparate en brazos!

Gasolina para el espíritu

Los últimos días del año viejo y los primeros del nuevo junto a mi familia me hicieron comprender que más de 10 años sin disfrutar de estas celebraciones es demasiado tiempo, que la energía con la que se me carga el espíritu cuando comparto con “el montón” me es tan imprescindible como la gasolina para un vehículo.

Precisamente, de esa energía me comentaba Cristian –quien por primera vez compartió las fiestas de año nuevo con mi familia- en el camino de regreso:

-Cuando dieron las doce de la noche –dijo- y comenzó el alboroto y la alegría de los abrazos, sentí una energía tan bonita y particular, que me entraron ganas de llorar.

Y es que cada año es así. De hecho, más de uno no puede contenerse y deja correr sus lagrimones mientras, a moco tendido, va pasando de unos brazos a otros en ese ritual familiar que lo deja a uno con los brazos felizmente agotados de tanto apretar a los seres queridos para desearles lo mejor en el año que comienza. Nunca he logrado comprender cómo hacemos para, entre tanta gente, llevar la cuenta de a quiénes se les ha dado el abrazo o no, pero lo que sí es cierto, es que nunca se nos queda ninguno sin su respectivo apretujón.

Mientras escribo estas líneas y revivo esos momentos, me vuelve a asaltar la pregunta de ¿a qué se debe que en mi familia se siga manteniendo esa unión a pesar de que Carmen y Golfredo partieron hace tanto tiempo? Recuerdo cómo los sobrinos, a la hora del brindis -otra especie de ritual en el que todos bebemos champán de la misma copa gigante, desde el mayor de los adultos presentes hasta el menor de los niños., pedían porque la unión del “montón” se mantuviera por muchas generaciones más y que los hijos de los hijos de los hijos pudieran experimentar lo que ellos, desde siempre han vivido en las fiestas decembrinas.

   

La respuesta a mis interrogantes vino en una nota que le enviara Néstor, un primo, a Lala en facebook y que decía:

“Hola, prima Lala. ¡cuánto me alegra saber de ustedes! Tengo muy bellos recuerdos de ese solaz ángel, mi bella Tía Carmen, de su carácter tan afable, risueño como los colibrís en busca de miel, de su mirada celestial, de esa mujer bregadora que siempre tenía un sabroso chiste a flor de labios con desayuno y café incluidos, de esa gran casa, de ese bello hogar que ella enseñó a construir con un buen humor fuera de lo común capaz de domar situaciones volviéndolas insólitamente enanas y estériles como por arte de magia. Tía Carmen, la del poder invisiblemente persuasivo poco común para hacer olvidar cualquier tormenta gracias a su sabia dulzura y noble ponderación. ¡¡¡Ay, Lala!!! cuánta felicidad le darían al mundo los gobernantes si hubiesen más “Tías Cármenes” como Tía. ¡¡¡Paradojas de la vida… De lo bueno poco!!! Tía Carmen, la Heroica Madre, la Eterna Amiga, sin mácula y sin malicia que esconder, la mujer niña de humildad contagiante, con su espíritu de bondad y servicio hacia los demás tan difícil de encontrar en estos tiempos. Remembranzas de frailejón y sonrisas andinas que en mi quedaron como un sello, esos instantes que aún viven y están retratados en 3D HD. Sueños vividos de esa Grandísima Mujer que nos hace recordar todos los días que, a pesar de los pesares, <La Vita E Bela>. Tia Carmen que con seguridad Dios la tiene en la Gloria, toda una Utopía del Siglo 20 y 21 y próximas generaciones, esa Titánica Súper Señora que Dios les y nos regaló tanto aquí en la tierra. Qué más puedo decir Prima Lala, si cada pedacito de todo lo anterior resume lo que en cada uno de ustedes esta legado, y eso es lo que ustedes significan para mí. Recuerdos anhelantes de esa linda Parroquia… de Mérida (uno de los lugares más mágicos de Venezuela). Bien Primita Hermosa, salúdame a Primos, Tíos, Sobrinos que deben ser hiperbellos, inteligentísimos y prolíficos. Me retiro por ahora, por supuesto, “sin tocherías de peluquín”, y recordando que cuando la luna está llena, “está como para enamorar Bobos”, como usted y como yo, como todos los que aspiramos a ser un poquito más seres humanos!!! Ja, ja, ja. Dios los Bendiga. Los Quiero Muchote. Abrabesos!!! Su Primo Néstor.”

Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro…

José Martí dijo: “Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro“. Mamá no escribió el libro, pero compensó esta carencia sembrando de

Mámá

araguaneyes la plaza Bolívar de La Parroquia que, cuando florean, engalanan con sus flores amarillas ese hermoso parque que, para mi familia pasó a ser más que una plaza pública, el solar de juegos para varias generaciones de Rojas. Y, por último, Carmen no tuvo un hijo, ¡tuvo 13! Ocho hembras y cinco varones que a su vez tuvieron hijos que han tenido hijos y que continúan teniendo los hijos que llevarán por generaciones esos genes de bondad, generosidad, comprensión y cariño que Carmen Marquina de Rojas sembró y abonó por años en cada uno de nosotros.

Su principal legado ha sido justamente el de mantener los lazos filiales inalterables aún años después de su partida. Ella no fue una mujer culta, apenas alcanzó el cuarto grado, pero fue una mujer sabia, una mujer que se adaptó a los tiempos que le tocó vivir, que conoció la abundancia y la escasez y que siempre tuvo una actitud optimista y humilde para enfrentar tanto las alegrías como las tristezas que se le presentaron.Carmen nos  enseñó que en la casa siempre había un plato de comida para quien tuviera hambre y un lugar para dormir para quien tuviera sueño. En su casa de La Parroquia fueron muchos los primos, primas, tíos, ancianos allegados a la familia y amigos de mis hermanos que consiguieron calor de hogar y una familia, en algunos casos por unos días, en otros por meses o años. Ella nunca le cerró las puertas a nadie ni le negó, aún en sus épocas de mayores limitaciones económicas, un plato de caraotas a quien llegara con hambre. Una de las tantas anécdotas que se podrían retratar la capacidad de mamá para ayudar a todo el que lo necesitara y que a muchos les causa tanto asombro como risa e incredulidad, fue cuando, a pocos años de haber muerto papá, con escasos recursos económicos para criar los hijos aún pequeños, se presentó en la casa una trabajadora social del reclusorio para enfermos mentales de Bárbula a solicitar ayuda para unos pacientes:

-Señora, nosotros estamos desarrollando en Bárbula un programa para los pacientes enfermos mentales –empezó a contar la trabajadora social-. El programa consiste en ubicar temporalmente a los pacientes con familias para ver si, de esta forma, logran recuperarse de sus trastornos. Queríamos saber si usted estaría dispuesta a recibir aquí en su casa a algún paciente por una temporada.

-Pero, ¿los pacientes son agresivos?- Preguntó mamá

-No, para nada. Son muy pacíficos.

-¡Ah, bueno! Entonces tráigame dos –puntualizó mamá.

Así fue como llegaron a la casa Bertha y Lucía, dos “locas” de Bárbula para quedarse por un tiempo. Bertha vivió con nosotros como por seis meses. Ella, en las madrugadas se despertaba y

Mamá y yo el día de mi grado de bachiller

empezaba a hablar incoherencias y groserías a gritos y mamá la escuchaba con atención. Así, fue hilando un dato con otro entre las cosas que decía, y llegó a comprender de dónde era Bertha. Con los datos que logró reunir comenzó la búsqueda de la familia de la “loca” hasta que la consiguió en Barinas y Bertha regresó a su casa, de dónde un día salió y, sin saber por qué, la locura se apoderó de ella y no supo cómo regresar.

Lucía permaneció en la casa por poco más de un año. Recuerdo que ella sentía fascinación por el chorro del agua del lavaplatos y por la llama de la estufa de la cocina. Podía pasar horas contemplando el agua caer por sus manos o mirando el fuego del fogón. Mamá sólo se decidió a devolverla a la trabajadora social  cuando comprendió que las salidas de Lucía para ir a recoger “aguas de colores” en las fuentes de las avenidas de Mérida podían constituir un verdadero peligro para la joven.

Creo que está anécdota ilustra bastante bien de qué material estaba hecha mamá. Ella, más que sembrar un árbol sembró muchas semillas en los seres que la conocieron y dejó en sus hijos y nietos un legado de bondad y amor que sigue transmitiéndose a sus descendientes quienes, aún sin haber llegado a conocerla han aprendido a quererla y a extrañarla. Mamá no escribió el libro, fue una tarea que le quedó pendiente, pero escribió miles de páginas de vida y sabiduría que permanecen en nuestras almas y en el corazón de todos los que la queremos.

( Enero, 2011).

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