El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Devuelvan a la cómoda los hilos dentales

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Yo sé que hay muchas y muchos que cuando Obama dijo que declaraba a Venezuela como un peligro para Estados Unidos, corrieron a la gaveta de la cómoda a sacar los hilos dentales, las panteleticas y los calzoncillos de salir porque ya se veían empotrados contra la pared por un Marine de más de un metro noventa de estatura, con los ojos rubios del color del Mar Caribe y sonrisa Crest, de esa que ya hace tiempo no se ve por estas tierras del socialismo del SXXI.

Otros empezaron a dar alaridos histéricos porque ya sentían el zumbido de los misiles tierra aire sobre sus cabezas. Veían el hongo de la explosión de una bomba atómica en el horizonte.  Se imaginaban al negrito Obama mandando a ponerle 3en1 a las plataformas de los misiles que desde los tiempos de la Guerra Fría apuntaban hacia Rusia para moverlos unos grados a la derecha y enfilarlos a las costas venezolanas.

¡Terror!

No se les ocurrió pensar que esa declaración de “peligro inusual y extraordinario” -extraordinario tomado literalmente como fuera de lo ordinario, fuera de lo común; no como inmenso como lo pintan algunos traductores-, no es más que un requisito previo, un trámite burocrático, para poder proceder legalmente a sancionar a quienes sancionó, quitarles las visas y, si tienen cuentas en el imperio, poder congelárselas.

Acostumbrados como estamos a que en esta república bananera del norte del sur, se saltan la legalidad a la torera y con la Constitución hacen papel tualé,  pensamos que Obama podría hacer lo mismo. Quitar visas a lo arrecho y congelar cuentas.

Pues, no. Por muy guapo y guapachoso que sea el negrito, por mucha sinicutancia que tenga. Allá en el imperio hay una pautas legales que tiene que seguir. Unos requisitos constitucionales que cumplir. Y de eso se trató. El decreto se enfila contra quienes “violen los derechos humanos de ciudadanos venezolanos y que se involucren en actos de corrupción pública…”.

Para poner un ejemplo doméstico.  Es como si un odontólogo le dice al paciente que use una pasta dental equis pero que para que la pasta dental funcione debe primero comprar un buen cepillo de dientes. Sí no, la pasta dental no.surtirá efecto.

El paciente va a comprar el cepillo como le indicaron y alguien que lo observa dice:  ‘¡Qué peligro! Si le saca punta a ese cepillo puede hace un chuzo y sacarle un ojo a.alguien o atravesarle el corazón. Eso lo hizo un asesino en 1967″ .

Pues sí. Podría. Pero por lo pronto, sólo lo compra para cepillarse los dientes porque es el requisito para poder usar bien la pasta dental.

Por ahora, la declaración de peligro es sólo para hacer lo que hizo. Proceder contra funcionarios venezolanos corruptos y violadores de Derechos Humanos. Esos son los que tienen que estar asustados. Quienes tienen dinero de corrupción y narcotráfico en Estados Unidos. Quienes matan estudiantes y apresan sin debido proceso a la disidencia.

Esa declaración no es para invadir mañana a Venezuela y llevarse a Nicolás como a Noriega. O para hacer lo que hicieron en los años tales con tal país. Como quieren algunos hacernos creer.

¿Que esa acción de Obama beneficia a Nicolás?

Si Obama no lo hubiese hecho, el régimen se lo habría inventado -como de hecho lo venía haciendo-, porque saben que apelando al nacionalismo, al patriotismo ramplón, al chovinismo de librito, es la única vía que tienen para tratar de mantener ese menos de 20 por ciento de simpatía en el electorado que aún les queda.

Así que bájenle dos a las histeria de la guerra y las bombas y los misiles. Quítense esos hilos dentales antes de que se les manchen y agarren mal olor. Devuelvan los interiores y las pantaleticas de salir a la gaveta del chifonier. Siéntense en el bidet y échense agüita fría para que se les pase el sofoco, que, por ahora, no vendrá ningún Marine con cuerpo de escaparate de dos puertas y sonrisa Crest a empotrar a nadie.

Las sonrisas que seguiremos viendo a diario son las tristes y resignadas sonrisas Colgate tailandesa en las colas para comprar comida. No tendremos que apuntar fusiles -por muchas prácticas que se ponga Nicolás a hacer-. Lo que sí tendremos que apuntar será nuestro dedo en las captahuellas que ya se extienden por todo el país para que nos vendan lo básico. Lo que llegue. Lo que haya.

Para quienes quieran ir a la fuente original, este es el párrafo original en inglés y al picar en él acceden a todo el texto.:
I, BARACK OBAMA, President of the United States of America, find that the situation in Venezuela, including the Government of Venezuela’s erosion of human rights guarantees, persecution of political opponents, curtailment of press freedoms, use of violence and human rights violations and abuses in response to antigovernment protests, and arbitrary arrest and detention of antigovernment protestors, as well as the exacerbating presence of significant public corruption, constitutes an unusual andextraordinary threat to the national security and foreign policy of the United States, and I hereby declare a national emergency to deal with that threat.

Golcar Rojas

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Todo es peor

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Hay ciertas expresiones que desde hace tiempo se escuchan en Venezuela y que en este último mes, con la escalada de represión y violación de los Derechos Humanos por parte del régimen, se dicen con más frecuencia, que siempre me han hecho ruido, me molestan y me parecen además de injustas, peligrosas, porque en el fondo parecieran justificar, sustentar, una cierta aceptación –inconscientemente o no– de la violación de nuestros Derechos.

Cuando se trata de la conculcación, violación e irrespeto de los Derechos Humanos, todo es peor. No hay nada menos malo ni “menos peor”. Ninguna situación que viole los DDHHs  de los ciudadanos es menos mala. Todas son graves, todas son peores y todas deben ser denunciadas ddhhy aborrecidas.

Uno oye y lee con frecuencia, “A ese estudiante lo detuvieron y los torturaron y “lo peor es que” ni siquiera estaba protestando”, “A esa señora le dieron un tiro cuando iba a la nevera a servirse un vaso de agua, “lo peor es que” ni siquiera estaba en el lugar de la protesta”, “La policía les allanó la casa y se los llevó detenidos y “lo peor es que” ni siquiera han quemado un caucho”, “Los torturaron salvajemente, “lo peor es que” son menores de edad”…

Cuando nos expresamos de esa manera, el discurso se torna peligroso porque deja una puerta abierta para “justificar” en algunos casos la violación de los Derechos Humanos y el uso excesivo y desproporcionado de la fuerza en el control de las manifestaciones y protestas.

Aunque una persona esté en la protesta activamente, aunque esté de forma pasiva observando, aunque hayan quemado basura o cauchos o puesto barricadas, aunque sean mayores de edad, diálogo6nada puede justificar que se le violen sus Derechos Humanos. A nadie pueden detener injustamente por protestar, a nadie pueden allanarle su casa sin orden judicial y sin presencia de representantes del Ministerio Público, a nadie pueden meterle un tiro en la cabeza por quemar un caucho y, a las piedras de los estudiantes, no se puede responder con balas, perdigones de plomo y gases tóxicos de manera indiscriminada.

Los ataques que hemos visto por parte de la Guardia Nacional a conjuntos residenciales con bombas lacrimógenas y balas y la entrada de la Policía Nacional reventando puertas y disparando indiscriminadamente a los apartamentos y casas no tiene ninguna justificación y no se puede pretender quitarle gravedad al asunto diciendo: “Bueno, es que allí viven los que diálogo8protestan”. Hay un debido proceso que se debe seguir y respetar. Lo que se salga de ese debido y justo proceso nunca es “menos malo”, no tiene matices. Todo es peor.

Igual sucede cuando vemos cómo unos Guardias Nacionales atacan salvajemente a una mujer indefensa, cuando se llevan detenidos a menores de edad, cuando patean y golpean a una persona que tienen ya absolutamente sometida y rendida, cuando golpean hasta casi hacer perder el conocimiento a una persona con capacidades diferentes, cuando una gorila golpea salvajemente con el casco la cabeza de una mujer a quien tiene sometida e indefensa bajo el peso de su cuerpo; cuando a una manifestación pacífica, a una marcha en la que van madres con sus hijos entonando el Himno Nacional, la atacan a mansalva con bombas, balas y gases. Cuando estas cosas pasan, algunos dicen “Esos diálogoguardias no pueden ser venezolanos”, “Esos guardias son cubanos”, “Un venezolano no sería capaz de atacar tan salvajemente a sus compatriotas.

Todos sabemos que es cierto que Venezuela está invadida de cubanos en puestos claves del régimen. Sabemos que están en el Saime, en los Registros y Notarías, en los vice ministerios, en los ministerios y en las Fuerzas Armadas. Esa es una verdad tan evidente que hasta en el metro de Nueva York en el 2011 me encontré a un hombre que me confesó ser padre de una mujer cubana que estaba en un puesto de mando en el Ministerio de Educación.

Pero el ser cubano no es óbice para justificar el ataque sangriento y la tortura y tampoco le quita responsabilidad a los venezolanos que están al lado de esos cubanos que violan los Derechos Humanos y no hacen nada para impedirlo. En esos casos, es tan culpable el guardia “posiblemente cubano” que ejecuta la tortura como el guardia venezolano que la permite. Con su silencio y falta de acción, los militares venezolanos apoyan esos hechos violatorios de los Derechos Humanos y algún día tendrán que responder por eso.

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Esta marcha en Maracaibo terminó atacada por la ballena de la GN y gases cuando entonaban el Himno Nacional frente al CORE 3

En Maracaibo, como en otras ciudades del país, marcharon contra la cubanización de las Fuerzas Armadas. La marcha contó con la presencia de hombres, mujeres y niños que caminaron hasta la sede del Comando Regional para exigir que las FAN sean depuradas y que se expulsen a los cubanos. Al momento de entonar el himno frente a la institución castrense, parece que les molestó el canto patrio y arremetieron contra la manifestación con gases y con la ballena. Posiblemente, algunos de esos guardias que atacaron fuesen cubanos y por eso les molesta que los venezolanos les canten el Gloria al Bravo Pueblo, pero la mayoría de los guardias que estaban allí y cohonestaron el ataque, son venezolanos y ninguno fue capaz de intervenir para impedir el violento ataque. Eso también es peor.

Un mes de #SOSVenezuela – La lucha por la leche

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Jueves 13 de marzo. Un mes desde que en Venezuela de iniciara el pandemónium. Un mes en el que nos dormimos con los ojos húmedos con las noticias e imágenes de la juventud venezolana regando con su sangre las calles del país, esperando que algún día la lucha de frutos. Un mes en el que la vida de seres humanos se ha visto abrupta y repentinamente detenida por tiros de la represión. Más exactamente 29 días en los que el luto ha sido una constante en el país, aunque desde las esferas del poder no se decrete duelo. Ni un minuto de silencio siquiera por los 28 muertos que han tornado rojizo el negro pavimento donde los sorprendió la certera bala. Muchas veces a quemarropa y en la cabeza. Un caído por día…

Han sido 29 días en los que dormimos sobresaltados. Nos despertamos en la madrugada, intranquilos, desvelados. Con lagrimones acumulados en los ojos por las pesadillas. Y en la mañana, la vigilia empieza antes de tiempo porque la angustia nos despabila, las lágrimas ruedan y ya no hay manera de volver a conciliar el sueño.

Otros menos afortunados, son despertados por las mismas detonaciones que les impedían dormirse. Su despertador es un violento ¡POMP! Acompañado del ardor en los ojos y la garganta. Para ellos la pesadilla es en carne vívida.

Y en ellos pensamos los que estamos apartados. Nos acostamos con el Cristo en la boca pidiendo y orando por los seres queridos que están atrapados en sus residencias en medio de las explosiones y  las asfixias. Nos dormimos pidiendo a Santa Bárbara que nos libre de la muerte repentina y que nos proteja de tanto mal.

Pero la vida sigue. La supervivencia no da descanso. La depresión, el miedo y la tristeza no nos pueden vencer. No podemos sumirnos en la desesperanza porque hay necesidades básicas que solo moviéndonos y batallando podemos cubrir para nosotros y para los que dependen de nosotros. Como  esos viejos de 80 y tantos años que se quedan sin leche encerrados en medio de la balacera. Por ellos, por los niños, por los que no pueden salir a hacer horas de cola para obtener un jabón, un papel tualé o cualquier otro producto básico, vencemos la depresión y salimos a sobrevivir.

Unos tienen suerte y logran su cometido de llevar la leche a su casa. Otros se ven en un violento maremágnum del cual salen golpeados y en muchos casos sin la leche o la harina.

Jueves 13 de marzo. Horas de la mañana. Un mes en que el infierno se quitó la máscara. Con la energía en mínimo y la tristeza y la depresión al full, salgo a enfrentar la calle. A sobrevivir. A vencer el día. Pero me consigo un video en el grupo de Whats app y me derrumbo.

Una multitud alrededor de un camión 350 se agolpa en un desesperado afán por adquirir un leche3kilo de leche. Por comprarlo, porque no es que se lo regalan. Un solo kilo que cuesta en tiempo, ira y dignidad arrebatada mucho más de lo que vale.

La escena se desarrolla en Ejido, ciudad de mi querida Mérida natal y el texto de quien lo envía, testigo presencial de lo sucedido, hace que las lágrimas se derramen una vez más.

Amiga 1: “Esto fue esta mañana aquí en Ejido. Yo fui testigooo. 
Qué lamentable, por comprar un kilo de leche.
Desespero, enfrentamientos entre la misma gente. La gente con la policía y pare de contar.
La cava estaba bajo el control de la policía del Estado.  Ellos empezaron a vender pero se les salió de control la situación”.

 Amigo: “Qué arrechoooo es la palabra. Y allá es a donde nos quieren llevar y lo están logrando”.

Amiga 2: “Qué horror”.
 
Amigo: “Imagínate que la turba se arreche de verdad y lo hubieran linchado.
El policía después de que se lo sonaron fue y le dio al carajo”.
 
Amiga 1: “El camión primero estaba en frente de la policía y la cola llegaba al final ya para salir a la Carabobo. Luego vieron mucho desastre y se movieron con la cava y la gente corría detrás del camión. Mucha gente quedó en cola y otra corría. Se detuvieron por el canal de subida de la plaza Bolívar y pasó lo que está en el video. Y al final de todo, la cava se fue con la leche y no vendieron más. Un todos contra todos por un kilo de leche. Fue tan triste ver como la gente corría detrás de esa cava. Muchas mujeres con bebés en sus brazos. Y metidas ahí en esa trifulca”.
 
Amiga 3: “Yo estaba ahí. Fui testigo. Pero cuando la cava arrancó y todo ese desastre, yo ya estaba en el edificio en catastro, por cosas del trabajo.  Estaba con mi bebé. El susto no era normal. Cuando entré a pagar, había una cola que hicieron porque -para que se calmaran- creo que les dijeron que la cava volvía, y la cajera y yo escuchamos cuando una señora le decía a otra “Uy, pero es que provocaba lincharlo”….  No sé a quién ni nada, pero para que vean cómo estaban los ánimos…”.

Entonces, leo. Entonces, veo el video. Entonces, pienso en Bassil, en Génesis, en Daniel, en Mónica… Entonces, vienen a mi mente los 28 muertos, los cientos de heridos… Entonces, pienso ¿Cómo criticar que la gente tenga un mes desesperada protestando? ¿Cómo molestarme con las barricadas que me impiden el libre tránsito? ¿Cómo no querer a esos estudiantes que levantan la bandera de la dignidad después de 15 años de humillaciones y oprobio? Entonces, una vez más, lloro.

¿Cuánta patria puede aguantar un corazón?

Foto tomada de la web

Foto tomada de la web

Esta vez no lloré de tristeza. Lloré de rabia. Lloré de indignación. Llanto de patria mortalmente herida, de gentilicio aborrecido. Lloré de arrechera.

Tengo dos días recorriendo y llamando a todas las farmacias buscando el medicamento Manidón, una pastilla que un amigo de 80 años, con marcapaso y con extracción de un riñón, debe tomar diariamente y que ya tiene una semana sin tomarlo porque no lo consigue.

En mi peregrinar de farmacia en farmacia, decidí salir a buscarlo y, de paso, comprar el Omega que yo mismo debo tomar para controlar mis elevados índices de triglicéridos y colesterol y evitar un colapso.

Como salí a pie, dejé en mi tienda el bolso para evitar tentar la suerte por la calle con la atemorizante inseguridad que nos azota. Al llegar a la tienda naturista donde generalmente compro el Omega, la amiga chavista, dueña del negocio, me da la ya habitual y cotidiana respuesta del “no hay”.

-Hago los pedidos y me llega menos de la mitad de lo que pido –dice-. Y cada vez más caros.

-¡Seguí votando por estos desgraciados!

-Ay, sí. Porque vos no votaste.

-Por ellos jamás. Siempre voto pero por la oposición.

-Igual estás pasando por lo mismo que yo.

-Claro, por los que como tú, siguen votando por ellos a pesar de sufrir las consecuencias.

Salgo de allí un poco cabreado. Camino hasta la farmacia. Tres que tengo en la vía. En ninguna consigo el Manidón. Cuando salgo de la tercera veo que pasa frente a mí una señora con bolsas del supermercado Latino. Institntivamente, le escaneo los paquetes. ¡Lleva Harina PAN!

Miro hacia la acera y veo una larga fila de gente a pleno sol, 36 grados centígrados de temperatura con sensación térmica como de 42. Me asomo y veo poca gente dentro del establecimiento. La hilera en la acera la conforma la gente que va solo a comprar la harina. Es decir, “bachaqueros”, o pobres que no tienen para pagar una compra de 300 bolívares.  Quienes van a adquirir otros productos o van a comprar la harina pero en compras de más de 300 bolívares pueden pasar sin esperar.

Me asomo y veo que dentro del establecimiento hay poca gente. Contraviniendo mi propia norma de no pisar los supermercados Latinos porque siempre maltratan a los clientes, cedo ante la tentación de poder hacerme con cuatro paquetes de Harina Pan que ya se me ha acabado en casa, y entro.

Recorro los pasillos metiendo en el carro de la compra un montón de productos que no necesito pero que siempre hacen falta en casa o están por terminarse. Todo con el objetivo de cubrir los 300 bolívares que me darán el derecho a poder comprar la harina sin el castigo de esperar a pleno sol 3 horas en una cola.

Como hace más de 3 meses no compro leche, aprovecho y meto un paquete de leche “crecimiento” para probarla, una leche para niños de uno a tres años, que es la que se consigue. Si me gusta, la seguiré comprando en vista de la escasez tan tenaz que estamos viviendo.

La cola de la caja es razonablemente corta. No obstante, sin razón aparente, no avanza con la rapidez que debería. En un rincón, una señora de unos 30 años grita a todo pulmón a un empleado que le dice “¡Pues tú no vas a entrar porque no me da la gana!”. Todos pensamos que se trata de una “bachaquera”.

A los 20 minutos, una empleada se acerca, acompañada con un policía, a la cola donde me encuentro.  Señalando a una chica que se está detrás de mí, le dice:

-¡Chica, ven acá!

Cuando la joven se acerca, la mujer y el policía le dicen que les muestre el celular.

-¿Por qué? –le pregunta la chica con toda la altanería que puede exhibir una niña de 16 años.

-Porque tú tomaste una foto de la cola y eso está prohibido y la tienes que borrar.

Por supuesto, se me volaron los tapones. Le grité a la mujer, al policía y a dos empleados más que se acercaron que dónde decía que estaba prohibido hacer fotografías. Discutimos un buen rato  hasta que dejaron en paz a la chica quien, afortunadamente, no dio su brazo a torcer y no borró la imagen.

-Esta se la voy a pasar a @HCapriles-. Me dijo con un contoneo retador que me subyugó.

Pasado el impasse, seguimos en nuestra cola conversando como es habitual del país que nos ha obligado a vivir un puñado de resentidos, corruptos y malvivientes que se apoderaron de Venezuela desde hace 15 años. De cómo, cuando los venezolanos íbamos a comprar a Colombia porque todo era más barato allá, jamás escuchamos que en ese país escaseará la comida y, mucho menos, que la racionaran. Al contrario, Colombia aprovechó la situación y producía lo que necesitaban allá y lo que comprábamos los venezolanos. ¡Producían! Cosa que no se puede hacer en Venezuela porque el Socialismo del Siglo XXI acabó con las industrias…

Una amiga que está delante de mí, me pide el favor de que le saque unas pechugas de pollo que no le permitieron comprar porque “excede el límite de compra diaria de pollo”.

Por fin, llega mi turno de chequear en caja mi compra. Subo todo en la correa y la cajera me pide la cédula de identidad laminada. “¡Coño de la madre!” Se me olvidó que no llevaba bolso y que en este país, incluso para pagar en efectivo, si uno va a comprar productos regulados como la Harina PAN, debe presentar el documento de identidad, que se quedó en el bolso con la billetera cuando decidí no tentar a los choros caminando con un bolso terciado por la calle.

-Si no tiene cédula laminada, no puede llevar la harina. Le puedo chequear lo demás pero tiene que dejar la harina-. Dice la cajera.

El señor que está detrás de mí en la cola, amablemente pone su cédula para que yo pueda hacer mi compra. Más de 500 bolívares es el monto de lo que llevo. Cuando el señor va a pagar lo suyo, la cajera le dice que su cédula está bloqueada para la Harina Pan porque ya la pasó con mi compra. El señor saca la cédula de su esposa y le dicen que tiene que estar presente el titular.

-¡Pero yo soy de Encontrados y mi esposa está allá!

-Si no está el titular presente no puede llevar la harina.

La chica del impasse con la foto, hija del señor, saca su carnet de la universidad para que chequeen la compra a su nombre.

-Tiene que ser la cédula laminada y tiene que ser mayor de edad para poder comprar la harina. Además, en esta compra no hay 300 bolívares-. Dice la cajera.

Mi corazón se acelera. Golpea con tanta fuerza que siento que se me va a salir del pecho. Siento que las sienes me van a estallar. Las manos me tiemblan. Estoy hecho un energúmeno. No queda una sola grosería de mi repertorio sin que se la estampe en la cara a la cajera y al montón de empleados que se han acercado para corroborar que las cosas son como las expone la dependiente.

Quiero matar a alguien. Agradezco a Dios que le tengo pavor a las armas porque, si llego a tener una, no queda uno solo vivo. Maldigo a Chávez, maldigo a Nicolás, maldigo a los chinos dueños de la cadena de supermercados quienes entrenan a sus empleados para que funcionen como  policías represores, como sapos cubanos, y no como trabajadores que ofrecen un servicio y se deben al público. Maldigo la mala hora en que incumplí mi promesa de no pisar nunca más un Latino en mi vida.

Camino enajenado y tembloroso, con las bolsas en la mano, las cuatro cuadras hasta mi tienda. Allí lloro mi rabia. Desahogo con llanto mi frustración. Lloro con arrechera, como hacía tiempo no lloraba. Pienso en cuántos días puede aguantar el corazón del viejo de 80 años sin su Manidón y en cuántas arrecheras como esa podría aguantar el mío sin explotar. ¿Cuánta patria puede aguantar un corazón sin que se parta en mil pedazos?

Cuando por fin puedo sosegarme y contarle a Cristian lo que ha pasado. Mi socio me dice:

-Vino tu amiga la defensora pública. La que te contó las cosas de la cárcel. Me dijo que te dijera que hoy, a una jueza, le pusieron un revólver en la sien.

Ser diferente. Ser especial

Miguel Andrés fotografiado por su tía Oraima Rojas

Nunca es fácil poner un adjetivo a la diferencia sin que a la larga contenga una carga -en unos casos mayor y en otros menor- de negatividad.

Al referirnos a las personas que se salen de los cánones de lo socialmente aceptado como “normal”, “regular” o “común”, subyace un riesgo de poner de manifiesto una no total aceptación del diferente. Incluso llegamos a no saber cómo nombrarlos, cómo referirnos a las personas distintas sin que parezca que en nuestra expresión, en el fondo, hay una cierta animadversión, incomodidad, compasión, lástima, vergüenza o rechazo por la diferencia.

Por eso las discusiones de cómo llamar a la gente diferente vienen de hace mucho tiempo. Siempre hay algún estudioso del lenguaje que termina descubriendo la carga negativa en las palabras empleadas o la imposibilidad que tiene el lenguaje para proporcionar un término que se ajuste a lo que en verdad se quiere expresar cuando nos referimos al diferente y a su diferencia.

De “Anormales” pasamos a “Minusválidos” “Discapacitados” a “Personas Excepcionales”, a “Personas Especiales”, a “Personas con Capacidades Especiales”, a “Personas con Capacidades Diferentes”… No hay modo, seguimos sin encontrar el término para esas minorías diferentes, que no son enfermas, no padecen una enfermedad sino que tienen una condición diferente. Gente que no esta entre los márgenes de lo “normal” o “regular”.

¡Es que hasta para nombrar a quienes no poseen una condición diferente o minoritaria se nos hace difícil!

Para efectos de este artículo, quiero ampliar el término “diferente” o “especial” para incluir también a otras minorías o grupos de personas que son o han sido discriminados y maltratados por la única razón de no ser como la mayoría.

A nadie le gusta escuchar que una persona diga “Yo soy normal” para referirse a que no es, por ejemplo, homosexual, transexual, con Síndrome de Down, con Sídrome Bipolar, o con cualquier otra condición diferente a lo que consideramos como regular o común, porque allí se ubica la mayoría de los seres humanos.

No es para nada fácil nombrar a las minorías, definitivamente, ni referirse a la mayoría al enfrentarla a esas minorías.

Entonces se llega a una tenue línea divisoria que muchas veces traspasamos sin darnos cuenta, en la que, al referirnos a las minorías, terminamos siendo discriminatorios, incluso, sin quererlo.

Aunque en otros casos, muchas personas lo hacen absolutamente a propósito, utilizan la diferencia para burlarse, insultar, discriminar o menospreciar.

A veces escuchamos cosas como: “Yo no soy racista, a mi me presentan un negro y hasta la mano le doy”, o “No seas mongólico”, “Tu eres un retrasado” o “pareces bipolar” “el es gay, pero es buena gente”… podría seguir con una larga lista en la que incluso llegamos a encontrar referencias a opciones religiosas o tendencias políticas. La capacidad del ser humano para insultar a partir de la diferencia no parece tener límites.

Es irónico y contradictorio porque la mayoría de la gente, si no se siente especial, diferente u original, quisiera serlo, pero utilizan a quienes sí lo son y no por propia decisión sino porque es su condición natural, para insultar y menospreciar.

Por todo eso, los países se ven en la necesidad de legislar para que las personas que pertenecen a minorías diferentes cuenten con un marco legal que las proteja, que las defienda de la discriminación, del abuso, del acoso, del bullying de la mayoría “normal”.

Uno de los mayores avances en nuestro país en cuanto a lo que se refiere al trato y legislación sobre las personas diferentes, es la inclusión de artículos en la Ley del Trabajo en los que se busca garantizar el derecho al trabajo de las personas con capacidades diferentes. Un logro, sin duda, de quienes durante años han trabajado y luchado para obtener ese tipo de reivindicaciones.

Hoy, mi sobrino y ahijado, Miguel Andrés, empezó a trabajar en una farmacia en Mérida. Cuando vi en el grupo de Whatsapp de la familia su foto con con la franela del uniforme del trabajo, no pude evitar que se me aguaran los ojos -de hecho, escribo esto con los lagrimones asomándose- y el pecho se me hinchó de orgullo, al verlo feliz con su ajuar de trabajador.

Pero la alegría y la emoción no evitaron que me pusiera a reflexionar sobre estas cosas que escribo aquí.

Al mirarlo, junto con la alegría de verlo orgulloso exhibiendo su franela, pensé en que si bien es un gran logro exigir por ley que las empresas tengan plazas de trabajo para personas diferentes o especiales o con capacidades especiales o como más a gusto nos sintamos para referirnos a ellos, es absurdo que en nuestro país no exista la posibilidad de que esas personas puedan terminar, en la medida de sus posibilidades y capacidades, los estudios regulares.

Miguel estuvo en colegios hasta donde su capacidad de aprendizaje de acuerdo a la edad, se lo permitió. Aprendió a leer y escribir, un poco más tarde y con mayor dificultad que la mayoría, pero aprendió. Está en natación y en Kárate desde pequeño, aprende pirograbado en un taller y es percusionista de la Orquesta Sinfónica. Trabaja en la Biblioteca de la ULA y ahora en la farmacia.

Es un joven inquieto, le gusta aprender. Se mete en la computadora e investiga sobre las cosas que le interesan. Es un muchacho que a su edad debería estar estudiando. Formándose.

Pero no hubo manera de que se consiguiera una institución escolar donde lo pudieran seguir enseñando. Donde pudiera continuar sus estudios. Las fundaciones y organismos que en Mérida, como en el resto del país, con más amor que recursos económicos y apoyo gubernamental, se encargan de darles educación a las personas especiales, tienen capacidad hasta cierto punto, solamente. Llega un momento en que los padres tienen que, por su cuenta, ingeniárselas para que sus hijos tengan actividades que los enseñen al tiempo que los entretengan porque el Estado no se ha encargado, como lo ha hecho con el Derecho al Trabajo, de garantizar el Derecho que tienen a la educación.

No hay liceos, no hay escuelas técnicas, no hay institutos de educación superior que den acogida a jóvenes como Miguel Andrés, quienes quieren aprender y quienes, con la debida atención escolar, podrían llegar a tener una mejor formación y educación e, incluso títulos universitarios. Todo queda en lo que los padres puedan hacer por cuenta propia y de acuerdo a sus propias capacidades económicas e intelectuales.

En fin, a la edad de Miguel, sería impensable que una familia se alegrase porque un muchacho sin alguna condición diferente empiece a trabajar. Eso sería, incluso, un drama en muchos casos, porque a esa edad un joven la única responsabilidad que debería tener es la de estudiar y prepararse.

Pero quienes sabemos cómo ha sido la historia de Miguel Andrés, cómo han sido las historias de miles de Migueles en Venezuela y en el mundo, sabemos que llegar a obtener un trabajo es un gran triunfo. Como lo fue aprender a ir al baño, aprender a hablar, a nadar, aprender a leer y a escribir, a manejar la computadora y el Blackberry. Todo ha sido una batalla, una lucha, una guerra ganada, por él y por Moreida y Marcos, sus padres y Moreli, su hermana, quienes nunca se han dado por vencidos.

Por eso aplaudimos y nos ponemos felices al verlo con su uniforme de la farmacia.
Y lo dejo hasta aquí porque las lágrimas no me permiten continuar…

Adiós, Globovisión

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La protesta que se ha producido en Twitter contra Globovisión, no es contra los periodistas del canal. Es contra unos nuevos dueños que ofrecieron que la televisora no cambiaría sustancialmente y que buscaría el “equilibrio” informativo” y empezó por eliminar secciones que eran insignia de su parrilla de programación, siguió por sacar a Ismael García, continuó obviando actos en vivo de Capriles y, según los rumores, ya hay una lista de comunicadores que en los próximos días saldrán del canal.

El hecho de que el virado a rojo del canal lo hagan paulatinamente, no evitará que termine convertido en otro canal más de propaganda oficialista. Entiendo que los periodistas, por un lado, traten de mantener sus espacios y sus voces al aire para seguir siendo voceros de esa masa opositora que cada día se encuentra más amordazada, censurada y auto-censurada. Es loable su afán por mantener hasta el final ese huequito por donde la oposición pueda hacer sentir su voz y recibir la información que se le niega por los otros canales.

Por otro lado, se entiende también que los comunicadores traten de defender su campo de trabajo, su empleo, ese que les da el sustento de ellos y el de su familia. Nunca podría pedirles y, muchos menos exigirles, que renuncien a sus trabajos. Sé que la mayoría continúa fiel a sus principios dando la pelea desde donde consideran que es más viable y regidos por la defensa de los valores de la libertad de informar y ser informados y por el Derecho Humano fundamental de la libertad de expresión.

De Globovisión, desde siempre, son muchas más las cosas que me han distanciado que las que me han identificado. Siempre he considerado que es el anverso de una moneda que por el otro lado tiene a VTV. Lo veía con pinzas para extraer con sumo cuidado lo que era información y opinión y diferenciarlo de lo que era vulgar manipulación y propaganda disfrazada. De todo eso había mucho en Globo, cosa que se entendía y justificaba hasta cierto punto pues es la reacción natural ante el mismo hecho desde la acera de enfrente.

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Las redes sociales se desbocan contra Globovisión

No obstante, el canal era la única ventana que quedaba en pantalla de Tv. por la que uno podía acceder a la información que se nos niega tanto en los canales oficiales como en los privados que terminaron convertidos en medios de entretenimiento ligero, llenos de programas de concursos, reality shows y telenovelas, y en los que eliminaron todos los espacios de opinión y análisis, cuyos noticieros terminaron bastante limitados y auto-censurados en su deseo de no molestar a un régimen que fue cercando con efectividad todo lo que implicase información y comunicación para establecer la tan mentada “hegemonía comunicacional”.

El futuro de Globovisión, a estas alturas, me parece bastante previsible. Poco a poco irán eliminando de la parrilla los programas de opinión y análisis, especialmente los más “radicales”, para “favorecer” los “informativos”. Pretenderán convertirlo en lo que ya ellos han dado en llamar un “verdadero canal de noticias”. Todas estas comillas importantes y significativas pues sabemos a qué se refieren.

La pauta publicitaria oficial irá sustituyendo a la privada. Posiblemente perderá audiencia, como ya empezó a perder seguidores en Twitter pero, también es posible, que la recupere con creces, pues no es de extrañar que le den el permiso de transmisión libre a nivel nacional que por tantos años se les negó.

No sé hasta qué punto, siendo una canal privado, pueda la nueva Globovisión enfrentar pérdidas cuantiosas de pauta publicitaria como las enfrentó Tves, sin mucha preocupación, al pasar a estar en manos del Estado. Mantenido gracias a todos los venezolanos. El tiempo lo dirá. Posiblemente, si el objetivo era controlar un canal rebelde más que hacer un buen negocio, no les importará asumir las pérdidas porque “el fin justifica los medios” y esas pérdidas las verán compensadas por otros medios.

Los comunicadores sociales de Globovisión, así como sus técnicos, estoy seguro que no perderán el apoyo y el respeto de su audiencia, sea cual sea la decisión que tomen. Por lo menos, no, mientras se mantengan fieles a sus principios y a lo que los televidentes hemos apreciado y agradecido en ellos. Lo meses por venir serán tan amargos para ellos como para quienes, de una forma u otra, lamentamos la pérdida de canales de comunicación.

A quienes se siente derrotados, a quienes piensan que sin Globovisión estamos perdidos y están desesperanzados porque creen que quedaremos para siempre en manos del régimen autoritario, les recuerdo que muchos regímenes aún más fuertes que el actual venezolano, cayeron sin necesidad de radio y televisión. Con o sin medios radioeléctricos masivos se han tumbado regímenes dictatoriales a lo largo de la historia. Habrá que idear nuevos canales para comunicarse, el ingenio del ser humano es inagotable.

Ahora, cuando sentimos que perdemos un importante canal de comunicación, recuerdo que en mis tiempos de estudiante de Comunicación Social en la ULA, Táchira, había un periódico mural por el que los estudiantes lográbamos canalizar denuncias, informar y hasta entretener de manera clandestina. De un día a otro, aparecía en la puerta del edificio un inmenso pliego de papel periódico escrito a mano con todas las cosas que los estudiantes queríamos comunicar.

La creatividad dará frutos, el periódico mural tal vez es un punto de partida para idear nuevas formas de comunicar. Las redes sociales habrá que cuidarlas y multiplicar su poder. El boca a boca y el run run recobrarán importancia. A lo mejor resurgirán los grafittis, pasquines, panfletos…

Posiblemente se pierda un canal, pero la creatividad no. Es tiempo de imaginar, crear, ingeniar, luchar, resistir…

Lloré…

historia

Después de más de 25 años,  he vuelto a ver la película argentina “La historia oficial” (Luis Puenzo, 1985) y he vuelto a llorar.

Esta vez fue un llanto distinto y por diferentes motivos. A los 22 años, cuando la vi por primera vez, lloré como llora un joven que se conmueve con el sufrimiento ajeno, como un muchacho que se solidariza con el dolor de otros, que ve una historia desgarradora y lo conmueve desde la distancia física y temporal.

En ese entonces, los cuentos de dictaduras y represiones eran hechos de épocas anteriores a mi nacimiento, eran relatos de los padres que vivieron los días de Pérez Jiménez, era la Historia de Venezuela del liceo, era la telenovela de RCTV, “Estefanía”. Eran terribles vivencias de países sureños, de exiliados argentinos, uruguayos, chilenos, amigos que en tierras democráticas venezolanas consiguieron la libertad que se les negaba a fuerza de fusil y bota militar en sus países de origen.

Eran historias lejanas en el tiempo y en el espacio…

Ahora, lloré porque la vivencia de otros tiempos y otros espacios se hizo carne propia. La opresión y la represión se instalaron en suelo venezolano ante nuestros desconcertados ojos, ante nuestra incrédula mirada de quien decía: “No vale, yo no creo”. De quien con aire de superioridad sostenía: “Eso no podrá pasar en Venezuela. La comunidad internacional no lo permitiría”.

Hoy, lloré porque esos países que consiguieron toda la solidaridad del pueblo venezolano durante sus épocas de dictadura y obligado exilio se hacen los ciegos ante lo que sucede en Venezuela. Lloré porque esas mujeres tocadas con pañoletas blancas que caminaban en círculos alrededor de La Pirámide de La Plaza Mayo, con una fotografía en la mano o una pancarta, que nos conmovieron con su dolor hasta las lágrimas, hoy se ponen de lado de la bota que pisa a la ciudadanía venezolana, sin querer entender que la bota militar, sea de izquierda o de derecha, pisa con la misma fuerza y las balas de sus fusiles tienen el mismo poder de muerte.

Lloré por las “Alicias” que no ven, no quieren ver más allá de “La historia oficial”. Lloré porque amigos que lloraron conmigo hace más de 25 años cuando vieron la película, hoy parecen justificar el horror, la represión y el fascismo como si la libertad fuera un bien negociable que se defiende dependiendo de la ideología de quien nos la quiera arrebatar.  Lloré porque no hay nada que se parezca más a una dictadura de derecha que una dictadura de izquierda. Lloré porque esos amigos no quieren ver que las botas y las balas no conocen de ideologías. Los fusiles saben solo de poder, represión, violencia, dolor…

Lloré…

Lloro…

P.S. Esta nota la agrego unas cuantas horas después de haber visto la película y escrito el post porque quiso la casualidad que, en el instante cuando yo visualizaba La Historia Oficial y escribía estas líneas, fallecía en Buenos Aires su guionista Aída Bortnik. Que en paz descanse y queden estas líneas como homenaje póstumo.

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