El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivar en la categoría “Colas”

Un dolor en gerundio…

10 de febrero, Maracaibo. 1

10 de febrero

Quiero reunir aquí este dolor que no cesa.
Es un dolor en gerundio…
Un dolor que no es nuevo. LLeva años.
Pero que desde hace un tiempo es constante.
Periódico.
Diario.
Todos los días ellos están allí.
Con 26 grados centígrados o 42.
A pleno solo del mediodía o en la alborada o en la penumbra del atardecer.
Como el pan nuestro de cada día.
Y uno pasa a cualquier hora y ellos están allí.
Ojalá nunca nos acostumbremos a este dolor.
Que cada día nos sorprenda como la primera vez.
Qué no llegue el momento en que pasemos y no los veamos,
como un poste de luz.
Que siempre que los veamos nos duela,
nos sorprenda,
nos indigne…
Nos duela…
Ellos son nosotros.
Por eso los reúno aquí como en un calendario,
de fechas negras.
Un recordatorio.

7 de enero, Santa Rosa de Lima, Caracas. Esta foto llega de una-patriótica cola en Santa Rosa de Lima. Se adivina en la bolsa que había detergente en polvo.

7 de enero, Santa Rosa de Lima, Caracas. Esta foto llega de una-patriótica cola en Santa Rosa de Lima. Se adivina en la bolsa que había detergente en polvo.

7 de enero, Maracaibo. Aquí yacen Chávez y su revolución bonita. Tranquilos ayer y hace rato la #cola era más larga.

7 de enero, Maracaibo. Aquí yacen Chávez y su revolución bonita. Tranquilos ayer y hace rato la #cola era más larga.

7 de enero, Maracaibo. Aquí yacen los restos de Chávez y su revolución bonita. #colas Venezuela. #tropa Yván José ‘Bellísimo’ Rojas dice que se exagera con la crisis y que él también hace colas, por ejemplo, para ir a un juego de béisbol. Dante Rivas dice que mejor que no haya papas fritas en Mc Donalds y que hagan yuca frita. Osorio dice que el desabastecimiento es “normal” para la fecha. Eljuri dice que las colas se deben a que el venezolano come mucho. ¿Entenderán los chavistas de medio pelo, los pata en el suelo que se burlan de ellos? ¿Notarán los fieles seguidores del proceso que los toman por tontos y brutos? ¿Se percatarán los chavistas que dejan la vida en una cola y se aferran al cuento de la “guerra económica” que con estas declaraciones es a la #tropa a quien toman por pendejos y no a mí que tengo muy claro el porqué hemos llegado a donde llegamos?

09 de enero, Maracaibo. El 'verguero' para Centro 99 porque hay Harina Pan. #AquíYacenChávezYSuRevolución

09 de enero, Maracaibo. El ‘verguero’ para Centro 99 porque hay Harina Pan. #AquíYacenChávezYSuRevolución

12 de enero, Maracaibo. Cola en la madrugada en Farmatodo Bella Vista.

12 de enero, Maracaibo. Cola en la madrugada en Farmatodo Bella Vista.

12 de enero, Maracaibo. 11:50 am. Sol 'cachúo' decimos en Maracaibo. YO siento más de 40 grados centígrados. A las 12 m. escuché que se acabaron los pañales.

12 de enero, Maracaibo. 11:50 am.
Sol ‘cachúo’ decimos en Maracaibo. YO siento más de 40 grados centígrados. A las 12 m. escuché que se acabaron los pañales.

15 de enero, Mérida. Ellos también van a comprar #TipoFeliz como los de la propaganda del régimen. #VayaPalaMierda

15 de enero, Mérida. Ellos también van a comprar #TipoFeliz como los de la propaganda del régimen. #VayaPalaMierda

16 de enero, Maracaibo. #cola de gente en la Saas para comprar dos potes de leche Previo. Y los atienden a pleno sol por el auto servicio. #Maracaibo.JPG

16 de enero, Maracaibo. #cola de gente en la Saas para comprar dos potes de leche Previo. Y los atienden a pleno sol por el auto servicio. #Maracaibo.

21 de enero, Maracaibo. Así está todos los días Corpoelec y adentro es peor. Dijo un señor en la cola: "Este gobierno no sirve ni para cobrar".

21 de enero, Maracaibo. Así está todos los días Corpoelec y adentro es peor. Dijo un señor en la cola: “Este gobierno no sirve ni para cobrar”.

21 de enero, Maracaibo. Comprando #TipoNormal en plena calle a las 6:20 pm. mientras Nicolás mete mentiras en cadena.#TipoNormal en plena calle a las 6:20 pm. mientras Nicolás mete mentiras en cadena.

21 de enero, Maracaibo. Comprando #TipoNormal en plena calle a las 6:20 pm. mientras Nicolás mete mentiras en cadena.#TipoNormal en plena calle a las 6:20 pm. mientras Nicolás mete mentiras en cadena.

21 de enero, Charallave. #colas #Locatel #Venezuela #socialismo #AquíYacenChavezYsuRevolucion

21 de enero, Charallave. #colas #Locatel #Venezuela #socialismo #AquíYacenChavezYsuRevolucion

22 de enero, Maracaibo. Ahí están, en la cola, Como en la mañana. Como todo el día. Como todos los días. Los hijos de Chávez velando al difunto padre. 22 de enero. 6:15 pm..

22 de enero, Maracaibo.
Ahí están,
en la cola,
Como en la mañana.
Como todo el día.
Como todos los días.
Los hijos de Chávez velando al difunto padre.
22 de enero. 6:15 pm..

22 de enero, Maracaibo. 12 m. A menos de 24 horas de la paja de Nicolás la cola para el super a pleno sol.

22 de enero, Maracaibo.
12 m. A menos de 24 horas de la paja de Nicolás la cola para el super a pleno sol.

27 de enero, Maracaibo.  I Quisiera que esto no me afectara. Pasar de largo. Sin inmutarme. Quisiera no mirar. No ver a esas mujeres con la teta expuesta en la calle y el niño de meses pegado. Quisiera no sentir este desconsuelo. ¡Son las 12 del día! ¡Hacen 40 grados a la sombra! No quiero ver a esas criaturas mamando mientras les tratan de comprar UN paquete de pañales. Con suerte, UNA fórmula láctea. Pero no hay cómo no verlos. Están por toda la ciudad. Por el país. Tomo la foto. No me acostumbro. Algo duele adentro. II A veces, en mis ratos de ocio. Entre la salida de un cliente y la colecta del mojón de Toya. Mientras Charlie ronronea se funde en mi papada, Pienso. Sueño. Imagino la vida en otros sitios. Allá, donde el último litro de leche en la nevera no estresa. Al día siguiente, se repone. Y la azucarera nunca está vacía. En la calle, la gente tiene ojos. Las mujeres tienen culo. Tetas Los hombres tienen 'paquete'. No son una bolsa que flota. Y los amigos se reúnen Las conversas son sobre la película de anoche. El libro que compraron. La obra de teatro que verán. Sin pensar ni preguntar ¿Dónde conseguiste pañales? ¿Sacaron leche? ¿Cuántas dejan comprar? ¡Necesito una batería! Un muerto por robo escandaliza Moviliza. Traumatiza. No es "normal". ¡Impensable 50 asesinatos en un fin de semana! En el ascensor se habla del calor, "Nunca en esta época hizo este calor" No del estudiante detenido por protestar. Allí, en esos lugares, Una vida de colas y escasez De mortandad Es algo lejano. Que se ve en televisión. Son cosas que preocupan pero no duelen. ¿Mujeres con niños pegados a la teta En una cola en la calle Rodeados de moscas y basura? Esas son vainas lejanas Vainas de allá De Venezuela.

27 de enero, Maracaibo.
I
Quisiera que esto no me afectara.
Pasar de largo.
Sin inmutarme.
Quisiera no mirar.
No ver a esas mujeres con la teta expuesta en la calle y el niño de meses pegado.
Quisiera no sentir este desconsuelo.
¡Son las 12 del día! ¡Hacen 40 grados a la sombra!
No quiero ver a esas criaturas mamando mientras les tratan de comprar UN paquete de pañales.
Con suerte, UNA fórmula láctea.
Pero no hay cómo no verlos.
Están por toda la ciudad.
Por el país.
Tomo la foto.
No me acostumbro.
Algo duele adentro.
II
A veces, en mis ratos de ocio.
Entre la salida de un cliente y la colecta del mojón de Toya.
Mientras Charlie ronronea
se funde en mi papada,
Pienso.
Sueño.
Imagino la vida en otros sitios.
Allá, donde el último litro de leche en la nevera no estresa.
Al día siguiente, se repone.
Y la azucarera nunca está vacía.
En la calle, la gente tiene ojos.
Las mujeres tienen culo. Tetas
Los hombres tienen ‘paquete’.
No son una bolsa que flota.
Y los amigos se reúnen
Las conversas son sobre la película de anoche.
El libro que compraron.
La obra de teatro que verán.
Sin pensar ni preguntar
¿Dónde conseguiste pañales?
¿Sacaron leche?
¿Cuántas dejan comprar?
¡Necesito una batería!
Un muerto por robo escandaliza
Moviliza. Traumatiza. No es “normal”.
¡Impensable 50 asesinatos en un fin de semana!
En el ascensor se habla del calor,
“Nunca en esta época hizo este calor”
No del estudiante detenido por protestar.
Allí, en esos lugares,
Una vida de colas y escasez
De mortandad
Es algo lejano. Que se ve en televisión.
Son cosas que preocupan pero no duelen.
¿Mujeres con niños pegados a la teta
En una cola en la calle
Rodeados de moscas y basura?
Esas son vainas lejanas
Vainas de allá
De Venezuela.

27 de enerp, Maracaibo. I 6:30 pm. #Maracaibo  Colas a las afueras de supermercados, en gasolineras, para las baterías. No hace falta llamar a un paro. El país esta parado en una cola. II Cuando se nos pase el asombro.  Cuando ya no tengamos ánimos para buscar nombres jocosos.  Cuando el 'ameizin' no sea suficiente.  Cuando ya el ingenio no nos dé para inventarle apelativos al ¡no puede ser! Cuando los adjetivos graciosos no nos sirvan, no nos alcancen para nombrar tanta vida miserable. Tal vez entonces...

27 de enero, Maracaibo.
I
6:30 pm. #Maracaibo 
Colas a las afueras de supermercados, en gasolineras, para las baterías. No hace falta llamar a un paro. El país esta parado en una cola.
II
Cuando se nos pase el asombro.
Cuando ya no tengamos ánimos para buscar nombres jocosos.
Cuando el ‘ameizin’ no sea suficiente.
Cuando ya el ingenio no nos dé para inventarle apelativos al ¡no puede ser!
Cuando los adjetivos graciosos no nos sirvan, no nos alcancen para nombrar tanta vida miserable.
Tal vez entonces…

31 de enero, Maracaibo. Sábado 6 pm. La cola para entrar al supermercado ¿Cuál fue el #malparío miinistro que dijo que las colas han disminuido?

31 de enero, Maracaibo. Sábado 6 pm. La cola para entrar al supermercado ¿Cuál fue el #malparío miinistro que dijo que las colas han disminuido?

31 de enero, Maracaibo. La cola para uno de los comercios fascistas que esconden la comida para desestabilizar. ¡Ah, no! Es para un Abasto Bicentenario.

31 de enero, Maracaibo. La cola para uno de los comercios fascistas que esconden la comida para desestabilizar.
¡Ah, no!
Es para un Abasto Bicentenario.

3 de febrero, Maracaibo. Si el régimen venezolano pusiera la mitad del empeño e inventiva que pone en vejar a la gente, en tratar de resolver los problemas, Venezuela sería otra. Todos los días uno se entera de una humillación nueva a la gente pobre que no gana para pagar productos bachaqueados ni para disgustos. Ya no es solo la humillación de pasar horas a pleno sol en una cola en la calle. Ahora, de nuevo, hay dos filas, una para quienes van a comprar más de 500 bs y productos a precios regulados y otra para sólo compras de regulados. Las dos duran horas y hoy me enteré que la gente debe entregar su cédula al funcionario de la cola al momento de recibir el número de la cola y sólo cuando ya va a acceder al supermercado, se la devuelven. #VayaPalaMierda

3 de febrero, Maracaibo. Si el régimen venezolano pusiera la mitad del empeño e inventiva que pone en vejar a la gente, en tratar de resolver los problemas, Venezuela sería otra.
Todos los días uno se entera de una humillación nueva a la gente pobre que no gana para pagar productos bachaqueados ni para disgustos.
Ya no es solo la humillación de pasar horas a pleno sol en una cola en la calle. Ahora, de nuevo, hay dos filas, una para quienes van a comprar más de 500 bs y productos a precios regulados y otra para sólo compras de regulados. Las dos duran horas y hoy me enteré que la gente debe entregar su cédula al funcionario de la cola al momento de recibir el número de la cola y sólo cuando ya va a acceder al supermercado, se la devuelven.
#VayaPalaMierda

3 de febrero, Maracaibo. 6:30 de la tarde. El sol ya está dando los últimos estertores del día. Sus rayos se debilitan velozmente. El cielo se colorea de un asqueroso y húmedo gris. No hay belleza en el atardecer de hoy. Si la hubiera, Quienes, como el día, languidecen en una cola para comprar lo que sea que llegó al súper, No la notarían. Para ellos no hay belleza. Solo cansancio, Hastío, Sudor... Y la esperanza de en algún momento llegar a casa. 5 de febrero, Mérida Esta llega de #Mérida Imagen que se repite en todo el país. Colas, colas y más colas. Un país en ruinas Y toda la fuerza y productiva en la calle Literalmente en la calle. No produciendo, no. En largas colas de horas improductivas Tiempo gastado en comprar papel tualé, Harina Pan, jabón. Un país en ruinas y parado en una cola.

3 de febrero, Maracaibo.
6:30 de la tarde.
El sol ya está dando los últimos estertores del día.
Sus rayos se debilitan velozmente.
El cielo se colorea de un asqueroso y húmedo gris.
No hay belleza en el atardecer de hoy.
Si la hubiera,
Quienes, como el día, languidecen en una cola para comprar lo que sea que llegó al súper,
No la notarían.
Para ellos no hay belleza.
Solo cansancio,
Hastío,
Sudor…
Y la esperanza de en algún momento llegar a casa.
5 de febrero, Mérida
Esta llega de #Mérida
Imagen que se repite en todo el país.
Colas, colas y más colas.
Un país en ruinas
Y toda la fuerza y productiva en la calle
Literalmente en la calle.
No produciendo, no.
En largas colas de horas improductivas
Tiempo gastado en comprar papel tualé, Harina Pan, jabón.
Un país en ruinas y parado en una cola.

5 de febrero, Mérida Esta llega de #Mérida Imagen que se repite en todo el país. Colas, colas y más colas. Un país en ruinas Y toda la fuerza y productiva en la calle Literalmente en la calle. No produciendo, no. En largas colas de horas improductivas Tiempo gastado en comprar papel tualé, Harina Pan, jabón. Un país en ruinas y parado en una cola.

5 de febrero, Mérida
Esta llega de #Mérida
Imagen que se repite en todo el país.
Colas, colas y más colas.
Un país en ruinas
Y toda la fuerza y productiva en la calle
Literalmente en la calle.
No produciendo, no.
En largas colas de horas improductivas
Tiempo gastado en comprar papel tualé, Harina Pan, jabón.
Un país en ruinas y parado en una cola.

 6 de febrero, Maracaibo. Ahí están. Como todos los días. Con sus caras mustias a pleno sol de las 11 de la mañana. En una #cola infinita de hambre. Una cola que pareciera ser la misma de hace una semana, De.hace un mes. La cola para un kilo de leche, Un pote de champú, Cuatro rollos de papel tualé, un paquete de pañales... Ahí están, perdiendo su vida en una cola Mientras el país se termina de ir al foso.


6 de febrero, Maracaibo.
Ahí están.
Como todos los días.
Con sus caras mustias a pleno sol de las 11 de la mañana.
En una #cola infinita de hambre.
Una cola que pareciera ser la misma de hace una semana,
De.hace un mes.
La cola para un kilo de leche,
Un pote de champú,
Cuatro rollos de papel tualé, un paquete de pañales…
Ahí están, perdiendo su vida en una cola
Mientras el país se termina de ir al foso.

10 de febrero, Maracaibo. A sus espaldas Un hermoso atardecer de tonos metálicos anuncia que el día llega a su fin. Ellos no lo ven. No sienten ningún éxtasis al contemplar esos hilos de oro y plata que bordan las siluetas de las nubes. Sólo miran a la puerta del supermercado y al reloj: 6 pm. Pasan el niño de un agotado brazo al otro. Apoyan el hastío ora en una pierna, ora en la otra. Indiferentes a los arreboles que se van formando en el horizonte. Solo piensan en que cuando salgan de esas interminables colas ya será oscuro. Saldrán con el cansancio y el miedo en el cuerpo, con sus bebés en brazos a enfrentarse a los peligros de la noche. Con una oración en la boca, Pedirán llegar a casa físicamente ilesos Aunque en el alma llevan una nueva cicatriz.

10 de febrero, Maracaibo.
A sus espaldas
Un hermoso atardecer de tonos metálicos anuncia que el día llega a su fin.
Ellos no lo ven.
No sienten ningún éxtasis al contemplar esos hilos de oro y plata que bordan las siluetas de las nubes.
Sólo miran a la puerta del supermercado y al reloj: 6 pm.
Pasan el niño de un agotado brazo al otro.
Apoyan el hastío ora en una pierna, ora en la otra.
Indiferentes a los arreboles que se van formando en el horizonte.
Solo piensan en que cuando salgan de esas interminables colas ya será oscuro.
Saldrán con el cansancio y el miedo en el cuerpo, con sus bebés en brazos a enfrentarse a los peligros de la noche.
Con una oración en la boca,
Pedirán llegar a casa físicamente ilesos
Aunque en el alma llevan una nueva cicatriz.

13 de febrero, Maracaibo. Vistos desde las alturas, Con sus sombrillas, Con sus sombreros de cartón que no logran burlar el incandescente sol marabino de mediodía,  Sus rayos sofocantes te abrasan por cualquier resquicio,  Parece, efectivamente, una hilera de laboriosas hormigas.  Bachacos... Una fila de pequenas hormigas empeñadas en cargar sobre su lomo un peso que cada vez se hace más insostenible,  Insoportable.  Un peso físico que agota y amarga, Pero también un peso en el alma, en la autoestima, Ese no se alivia al dejar la carga en la despensa.  Ese peso quedará, corroyendo aún mucho tiempo despues...

13 de febrero, Maracaibo.
Vistos desde las alturas,
Con sus sombrillas,
Con sus sombreros de cartón que no logran burlar el incandescente sol marabino de mediodía,
Sus rayos sofocantes te abrasan por cualquier resquicio,
Parece, efectivamente, una hilera de laboriosas hormigas.
Bachacos…
Una fila de pequenas hormigas empeñadas en cargar sobre su lomo un peso que cada vez se hace más insostenible,
Insoportable.
Un peso físico que agota y amarga,
Pero también un peso en el alma, en la autoestima,
Ese no se alivia al dejar la carga en la despensa.
Ese peso quedará, corroyendo aún mucho tiempo despues…

 

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En mis ratos de ocio

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A veces, en mis ratos de ocio.
Entre la salida de un cliente y la colecta del mojón de Toya.
Mientras Charlie ronronea
se funde en mi papada,
Pienso.
Sueño.
Imagino la vida en otros sitios.
Allá, donde el último litro de leche en la nevera no estresa.
Al día siguiente, se repone.
Y la azucarera nunca está vacía.
En la calle, la gente tiene ojos.
Las mujeres tienen culo. Tetas
Los hombres tienen ‘paquete‘.
No son una bolsa que flota.
Y los amigos se reúnen
Las conversas son sobre la película de anoche.
El libro que compraron.
La obra de teatro que verán.
Sin pensar ni preguntar
¿Dónde conseguiste pañales?
¿Sacaron leche?
¿Cuántas dejan comprar?
¡Necesito una batería!
Un muerto por robo escandaliza
Moviliza. Traumatiza. No es “normal”.
¡Impensable 50 asesinatos en un fin de semana!
En el ascensor se habla del calor,
“Nunca en esta época hizo este calor”
No del estudiante detenido por protestar.
Allí, en esos lugares,
Una vida de colas y escasez
De mortandad
Es algo lejano. Que se ve en televisión.
Son cosas que preocupan pero no duelen.
¿Mujeres con niños pegados a la teta
En una cola en la calle
Rodeados de moscas y basura?
Esas son vainas lejanas
Vainas de allá
De Venezuela.

Golcar Rojas

Crónica de inicio de año o lo peor está por venir

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Son las seis de la tarde de un siete de enero. En los alrededores del centro comercial donde tengo mi negocio, por la zona norte de Maracaibo, ha habido poco movimiento comercial estos primeros días del año. Muchos comercios no han abierto sus puertas al público.  Unos, porque no tienen mercancía que vender. Otros, porque prefieren no vender hasta saber qué sucederá con el precio del dólar y poder ajustar sus precios de manera de no perder el valor de reposición de inventario.

A las puertas de una farmacia se aglomera la gente. Hay desodorante y champú y lo venden en combo con un frasco de salsa de ajo. Supongo que a la farmacia se lo vendieron así también. Es la modalidad que se ha impuesto en el país:  te vendo un producto escaso pero te obligo a llevar uno de poca salida -el hueso, que llamamos- también.

El supermercado tiene dos días dedicado única y exclusivamente a vender dos paquetes de 900 gramos leche en polvo por persona y un paquete de detergente en polvo para ropa y cuatro rollos de papel tualé, mientras hubo papel tualé. Todos los pasillos del local se encuentran trancados con carritos de compra para que la gente no pase. Se vende sólo lo dicho y las colas afuera del establecimiento, por momentos pasan de 200 personas. Al local acceden de 20 en 20.

Yo aproveché el día anterior un bajón en la cola y compré los dos paquetes de leche y el detergente. Ya papel sanitario no había.

En la fila para pagar, una chica delante de mí no pudo comprar porque la captahuellas no hubo manera ni forma de que le reconociera su huella.

Límpiese el dedo.
Limpie la captahuellas.
Ponga otro dedo.
Incline el dedo.
Mueva el dedo hacia los lados.
Limpie la captahuella.
Ponga el dedo de la otra mano…
Nada.
La chica tiene el dedo muy pequeño y muy finito y el remardito aparato no lee la huella.
Se fue a probar suerte en otra caja, con otra captahuellas.

Una señora angustiada detrás de mí miraba su reloj:
-Me van a botar. Tengo 10 minutos para volver al trabajo. Ni siquiera pude almorzar por venir a comprar la leche para los muchachos. Aquí en la cartera tengo el almuerzo.

-Pase usted, señora -le dije-. Yo no tengo apuro. Y usted también pase, amiga, que está embarazada y en otras condiciones y en otro país, tendría preferencia. -Le dije sonriendo a una barrigona de unos seis meses de embarazo. 

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Media hora después, deprimido, salí con la leche y el jabón. Afuera, la cola había crecido como un rumor. La gente se impacientaba. Algunos trataban de colearse. Ya había presencia policial.

Seguí mi camino.

Pues, bien. Hoy, después de un cansado día de trabajo. A las seis de la tarde. Voy a llevar la leche comprada a los viejos. Al llegar, me espera la noticia de que a mi pariente epiléptica le queda menos de un mes del Valprón de su tratamiento. Eso, que en cualquier parte del mundo no debería ser motivo de alarma, en este país, es estar en la reserva y correr el riesgo de quedarse sin medicamento y convulsionar.

Empezamos a mover los hilos anti-escasez.

Una llamada y la amiga nos dice que llamemos a la farmacia que era de sus padres a ver si hay:

-Buenas, estoy llamando de parte de Carolina. ¿Tendrán Valprón de 500?
-Sí. ¿Cuántos necesita?

¡No podemos creerlo!

-¿Cuánto nos pueden vender?

-Diez o doce cajas.

Felices e ilusionados emprendemos un largo viaje. Eso son unos cinco meses de tratamiento asegurados. Sólo nos quedaría conseguir un poco más de Tegretol para estar tranquilos.

La farmacia queda en el barrio Cuatricentenario. Una zona de estratos D y E que uno poco frecuenta. Para llegar a ella, atravesamos el sector de Los Plataneros. Nos sorprende la actividad comercial que a esa hora de la noche y con tanta oscuridad, se palpa en la avenida principal. Parece otro mundo.

Es otro mundo. Los comercios están abiertos. Los chiringuitos de productos “bachaqueados” tienen mucho movimiento de clientes. Pasamos dos farmacias hasta llegar a la que buscamos.

El local se ve como nuevo. Bien iluminado. Un vidrio del mostrador al techo separa a los clientes de los dependientes. Seguridad como la de los bancos. 

-Buenas noches. Yo soy el amigo de Carolina. Vengo por el Valprón.

-Ah, usted fue el que llamó por el Bactrón…

-¡NO! Por el Valprón. No por el Bactrón.

-Ay, yo le entendí Bactrón. Valprón no hay.

Tampoco hay Trittico, que nos encargó una amiga desesperada porque no consigue en ningún lado. Ni Teocolfene, que nos encargó otra.

De regreso, paramos en las otras dos farmacias para probar suerte.  En esas, la seguridad, más que de banco, parecía de cárcel.  En ninguna había Valprón pero conseguimos en una el Trittico, y uno que no es el Teocolfene pero es igual. Es lo que hay.

Paramos en un puesto a comprar huevos aprovechando que los vimos al pasar. 240 el cartón. Creo que está caro porque hace menos de un mes lo compré a 170. Pero, como los memes de la rana René, me acuerdo que en Venezuela la inflación es descontrolada y se me pasa.

Mientras me despachan y cobran los huevos, un comprador pregunta por el precio de un paquete papel higiénico Scott de 12 rollos: “¡800 bolívares!”.

-Y pañales, ¿tiene?
-Sí. A 900 bolívares.

Por cusriosidad, pregunto por el precio de una lata de leche condensada Nestlé de 300 cc.

-220 bolívares
-¡VayaPalaMierda!

Entro a un supermercado de la zona y me encuentro que un litro de aceite se oliva El Gallo está en 2300 bolívares. Un Nescafé de 200 gramos, 1780. Y el cartón de huevos que compré “caro” dos cuadras antes a 240, en el súper está a 278 bolívares.

Al llegar a casa con la depresión vivita, leo en los portales web de noticias este ramillete de declaraciones de los voceros del régimen:

Yván José Bello Rojas dice que se exagera con la crisis y que él también hace colas, por ejemplo, para ir a un juego de béisbol.

Dante Rivas dice que mejor que no haya papas importadas para las  papas fritas de Mc Donalds y que hagan yuca frita que es criolla.

Osorio dice que el desabastecimiento es “normal” para la fecha.

Y Eljuri dice que las colas se deben a que el venezolano come demasiado.

Al terminar el día, el consuelo que me queda es que estamos muy mal, pero lo peor está por venir.

Golcar Rojas

Un paseo por las entrañas de la Venezuela “chévere”

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Son las 4 y 45 de la tarde. Estoy en La Morita,  un punto que no debe aparecer en los mapas de Venezuela porque es un lugar en el medio de la nada. En la carretera que une los estados Mérida y Táchira.

Es un pueblo tan insignificante para el común de los venezolanos que de no ser porque me encuentro en una larguísima cola para poner combustible,  ni siquiera me habría detenido a mirar el.aviso verde con letras blancas a la orilla de la vía que indica que estoy en “La Morita”.

Esta historia comenzó hace un par de días cuando decidimos asistir a la celebración de 15 años de mi sobrina Karen para aprovechar la fiesta y saludar a mis sobrinos que viven fuera de Venezuela y que vinieron exclusivamente para la celebración en San Cristóbal.

No es fácil celebrar la unión familiar y hacer turismo interno en esta Venezuela

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que nos legó Chávez.  Por mucho que uno se ufane de ser precavido y haber aprendido a sobrevivir en este caos del socialismo del Siglo XXI, las sorpresas y los imponderables siempre terminan por imponerse

Yo pensaba que al contar mi vehículo con el chip de racionamiento de combustible me ahorraría la incomodidad de hacer las largas colas para repostar combustible que se aprecian por todas las estaciones de servicio de la ciudad a cualquier hora del día que la gasolinera esté de servicio. ¡Qué iluso!

Las colas son justamente de los que cuentan con el famoso chip. Sí. Una vez más la propaganda oficialista nos engañó.  El chip del racionamiento no aminoró las colas de las gasolinares como cacareó el régimen para instalarlo. Y como en este país lo anormal, por frecuente,  termina pareciéndonos “normal”, cuando comenté acerca de esas largas filas de autos, alguien me dijo:

-Sí. Son largas. Pero pasan rápido. Uno tarda sólo como media hora para poner gasolina.

A eso sólo pude responder que rápido es llegar y en tres minutos estar servido con la cantidad de combustible que necesite y pueda pagar. Y no perder media hora para que surtan máximo 30 litros. Ni un cc más. 

En fin, que al segundo día vimos una cola que “solo” media una cuadra de carros y nos metimos a repostar.  Unos 20 minutos más tarde, salimos con nuestros 30 litros en el tanque.

Esa noche, pretendí compartir con mis sobrinos de Estados Unidos un helado y fuimos a una famosa heladería. 

Todo normal. Como en cualquier país del mundo llegamos a la caja para hacer el pedido, pagar, recibir los helados y sentarnos a disfrutar del fresco de la noche en las mesas de la terraza.

¡Oh, sorpresa!  La heladería no tenía o no le funcionaba el punto de venta. Solamente aceptaban efectivo.

Con el dinero que teníamos,  compramos algunos helados y mientras los comían fuimos, allí mismito, a un cajero automático para sacar el efectivo que faltaba para los otros. 

Para hacer un largo viacrucis corto, sólo diré que tuvimos que ir a cuatro o cinco sitios porque unos cajeros no funcionaban y otros no tenían efectivo disponible. Cuando llegué,  ya mis invitados se habían comido sus helados. Pedí el mío. Y de esa manera se desarrolló nuestro compartir familiar,

¡Qué linda y chévere se nos ha vuelto Venezuela!

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Llegó el momento del regreso.  Como teníamos aún medio tanque de gasolina, decidimos no hacer las interminables colas de tres cuadras y agarrar carretera, una vez más confiados en que con el famoso chip no tendríamos inconvenientes en rellenar el tanque en cualquier estación del camino.

¡Qué ilusos!

Íbamos a tomar el camino más corto. Por la vía de Machiques. La mala señalización de la vía nos hizo dar un largo rodeo y extraviarnos.

Preguntamos y retomamos la vía. Al llegar a cierto punto, un piquete de la Guardia Nacional tenía trancada la carretera. Un efectivo con más fusil que edad nos informó que no había paso porque en Orope estaban protestando.

“¿Tardarán mucho en reabrir el paso?” Preguntamos ingenuamente.

“Están quemando dos gandolas”,  fue la respuesta recibida.

Deshicimos el trayecto.

Pasamos una estación de gasolina. Cerrada. “A diez minutos hay otra”.  Llegamos a esa otra. Cerrada. “A 15 minutos hay otra”.  Llegamos a esa otra. Cerrada. Nos quedaba memos de un cuarto de tanque y más de la mitad del camino por recorrer.

Comemzábamos a ser presas del pánico y la angustia. 

Un hombre al que preguntamos nos dijo:

“En esa casita de las matas de coco, venden gasolina”.

Una vivienda humilde con encharcada entrada de tierra y.cortinas en lugar de puertas. Junto a la estación de servicio. Nos atendió un chico:

-¿Cuánta gasolina quieren?
-¿Cuánto cuesta?
-¿Cuánta quieren?
-Unos veinte,  veinticinco litros.
-Salen en 800 bolívares, los 20 litros.

Para quienes leen esto y no saben, el tanque del carro de 40 litros se llena con unos cuatro bolívares.  Echen numeros.

Dijimos no.

Decidimos correr el riesgo y continuar andando hasta una próxima gasolinera.
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Es así como llegamos a La Morita a las 4 y 45 de la tarde. El calor y la humedad son sofocantes. Mientras escribo,  miro el reloj del panel frontal del carro. Han pasado 40 minutos desde que empezamos a hacer la cola en plena carretera. La fila avanza lentamente.

Sediento,  me bajo a comprar un agua energizanfe. Un par de loros con su alegre graznido surcan el cielo en vuelo sobre mi cabeza.

Retomo mi puesto en la cola. Al lado, el bombero levanta una vara con el chip de los motorizados para que el scanner pueda leerlo y despacharles su combustible.

Una hora y diez minutos después,  con los 30 litros de gasolina que nos correspondían por el día en el tanque y 2 bolívares menos en el bolsillo. Salimos de la gasolinera para retomar el camino de regreso a casa.

Empieza a oscurecer. Tenemos seis horas rodando en un viaje que se suponía haríamos en cinco, y aún nos falta más de la mitad del trayecto.

Estamos agotados. Tal vez sea tiempo de parar

Golcar Rojas

Hora y media en las profundidades del socialismo. ¡Llego leche!

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Mi cabeza parece una vasija llena de grillos, chicharras y sapos. Estoy aturdido como si estuviera en una discoteca con la música a todo volumen. Mi pecho da brincos como cuando el changa changa del DJ excede la capacidad de decibelios del equipo y uno está junto a una corneta que distorsiona el bom-bum de la música.

La tortura comenzó cuando me disponía a sentarme a seguir mi re-lectura de Trópico de cáncer -con el precio actual de los libros, toca recurrir a los ejemplares que uno guarda en la biblioteca-, y repicó el celular:

-¡Venite ya, que van a sacar leche en polvo de la que cuesta 40 bolívares!

Aparte del precio, lo que más me impulsa a cerrar el libro y correr al supermercado es que haya leche y poder olvidar por un tiempo la asquerosa leche líquida ecuatoriana que conseguí la última vez y que era un agua amarillenta e insípida.

Dejo el libro a un lado, tomo mi billetera con la cédula de identidad -requisito indispensable para poder comprar productos de primera necesidad- y me voy a paso rápido al supermercado.

La gente empieza a aglomerarse. El dato ha corrido por diferentes vías y el local se llena de compradores. Aún no sacan la leche.

-Mientras la sacan, pasa por la captahuellas. Me susurra mi amiga.

-Pero yo hace como dos horas que vine registré mi huella. Le advierto, pensando que no tendría que volverlo a hacer.

-Cada vez que vengas tienes que pasar por la captahuellas, Golcar. Eso se desactiva una vez que se registra tu compra en la caja. Así que anda antes de que se haga más larga la cola.

Le pregunto si los bachaqueros se han ahuyentado con las captahuellas y me dice que a ella le parece que ahora hay más bachaqueros que antes.

Me empieza a incomodar la situación pero ya estoy allí y me da vergüenza despreciar el gesto de la amiga que tan amablemente se toma la molestia de llamar y avisarme cuando llegan productos de los que escasean. Asumo una “actitud de sociólogo”, repiro profundo y me resigno a pasar por la aventura cotidiana del socialismo del Siglo XXI legado por el insepulto Chávez.

Me meto en la fila de la captahuellas. Han habilitado tres aparatos para la ocasión. La gente sigue llegando al local.  La cola tras de mi se va haciendo aceleradamente más larga.

La gente se empieza a impacientar. Se miran unos a otros con desconfianza. Nadie dice con claridad a qué han venido pero todos sabemos que el dato de la leche en polvo se ha regado velozmente.

Al poco tiempo, la cola es una larga anaconda furibunda. Ya yo he pasado por la captahuellas y observo como la hilera crece, atraviesa el local, serpentea, se enrosca hasta llegar a la pared del fondo. Hay un murmullo general con una rabia contenida. La fila es una vibora enfurecida que parece estar dispuesta a atacar y soltar su veneno en cualquier momento. No veo por ningún lado la alegría con la que Méndez, encargado de los “precios justos” del gobierno, dice que el pueblo compra lo que necesita. En la fila lo que se respira es rabia, incomodidad,  desconfianza, ira.

Hay algunos amagos de pelea entre la gente que no piensa permitir que nadie se colee. En estos casos, no vale que seas mayor de 60 años, que andes con bastón o andarivel, que lleves tapaboca o estés embarazada. Nadie tiene preferencia y la mirada de furia de quienes están en los primeros puestos de la cola y de los empleados del supermercado encargados de resguardar el orden lo certifican.

En la captahuellas también hay los momentos de incomodidad y roce. El sistema está lento. A algunas personas la máquina no les reconoce la huella. Pasa mucho con la gente mayor.

Pruebe con el otro dedo.
Límpiese bien el dedo.
Pongamos gel en la captahuellas.

Algunos se van furiosos sin poder comprar porque su huella parece estar definitivamente borrada. Otros logran superar la prueba.

Le digo a mi amiga que ya registré la huella y le consulto qué debo hacer.

-Da unas vueltas por allí. Ya la van a sacar. Disfruta de la “patria” y del socialismo.  Me dice con sonrisa sarcástica.

Observo a la gente. Por ningún lado veo “la felicidad de comprar lo que se necesita al precio justo”. Sin duda, Méndez no ha venido en momentos como estos cuando comprar es adentrarse en las profundidades del socialismo a la cubana.

Un empleado le da un golpe con su hombro por la cara a una señora. Esta grita y se soba la mejilla. Le digo sonriendo “Eso es el socialismo”.

-No. Eso fue un coñazo. Y se sigue sobando.

Se hace difícil moverse. Sigue llegando gente y nadie se va porque todos esperan la aparición de la preciada leche. Registran sus huellas y permanecen en el local. Nadie dice con claridad a qué esperan pero todos lo sabemos. Algunos preguntan qué van a sacar y se les responde con dudas:

-Dicen que leche en polvo.

Ya ha pasado más de una hora y nada que sacan la leche. A mí la impaciencia ya me gana. La barriga me da brincos. Las sienes me palpitan. Hago chistes necios con la gente para distraerme. Le comento a mis amigos que trabajan en el sitio que no sé cómo no han enloquecido.

-Yo estoy que me subo las enaguas y me jalo los pelos del chocho, como diría mi madre. Les comento y ríen a carcajadas.

-Ya nos acostumbramos. Dicen, pero la tensión en sus rostros y la ira en la mirada los delata. Ellos también están al límite.

Un empleado habla con uno de los vigilantes:

-Anda a buscar a tus compañeros porque yo solo ni de verga saco eso. Si vengo con la carrucha y se me viene la gente encima, dejo esa vaina botada.

“Tienes culillo”, le digo riendo y el hombre sonríe y asiente con su cabeza: “La pinga”.

Custodiada por unos seis hombres sale rodando la carrucha con las cajas de leche. La gente se alborota. Los murmullos ya son gritos. Corren todos a las cajas a hacer la cola para pagar pues la leche la entregarán después de cancelada. Dos paquetes de 900 gramos por persona.

Quedo de cuarto en mi caja. En la mano llevo dos paquetes de medio kilo de caraotas, un kilo de sal y una mayonesa. La cajera es lenta y hay una compra grande de primero. Pasa gente que consulta si deben pasar por la captahuellas para comprar compotas. Sí y son solo cuatro por persona.

Veinte minutos más tarde, pago. 166 bolívares hace mi cuenta con los dos paquetes de leche. Un solo paquete de 900 gramos de la descremada en polvo que se consigue con más frecuencia y facilidad cuesta 250 bolívares. Casi cien más de lo que estoy pagando por un kilo de caraotas negras, uno de sal y la mayonesa de medio kilo. He ahí la razón de tanto barullo.

Pago. Una corta cola para que me entreguen la leche y me despido de mi amiga con un beso y el corazón en la boca de hora y media de angustia y rabia contenidas. Hora y media en las que, una vez más, la realidad desmiente la propaganda oficial. Falso que las captahuellas agilicen o disminuyan las colas y eviten el bachaqueo.

-Gracias, cariño. Me voy a hacer yoga para recuperar mi centro.

-Ja ja ja ja, ahora sí me habéis hecho reír. Ya sabes lo que es tener patria. Has vivido la experiencia del socialismo profundo.

Golcar Rojas

Como si hubiera escalado el Everest en shorts

cedula

En busca de la ciudadanía robada 2

Con el gentilicio magullado y el orgullo patrio desvanecido luego del baño de realidad e ineficiencia burocrática y del fracaso del día anterior al intentar obtener mi cédula de identidad, robada a punta de revólver en diciembre, volví a levantarme antes del amanecer para con obstinada persistencia acometer nuevamente la empresa. Esta vez, en un pueblo cercano a Maracaibo.

El nuevo madrugonazo surtió efecto. Una hora de viaje y ya tengo el comprobante. (Sí, retrocedimos más 30 años, a la época cuando saqué mi primera cédula y daban primero un papelito verde que certificaba que el trámite estaba en proceso).

Llegamos un poco antes de las siete de la mañana y ya habia unas 50 personas en cola. Esperamos un rato allí en la acera a que llegaran los funcionarios del Saime. Afortunadamente hacía brisa y el calor no era agobiante, más bien estaba fresco.

Al ubicarnos de últimos en la fila, donde nos correspondía, un señor canoso con un gran termo de café, luego de que declináramos su oferta de vendernos un cafecito, nos contó:

-Ayer no había casi gente. Es que esto es una jornada especial de dos semanas. Aquí sacan cédula normalmente solo los lunes y es un berenjenal. A las dos de la mañana ya hay como 200 personas y atienden nada más a 100. Allí -señala al llamado “Mercado Guajiro”, un espacio en frente a donde nos encontramos y donde montan chiringuitos de buhoneros de venta de ropa- cuelgan los chinchorros y duermen hasta que abren las oficinas.

“Sin duda, pienso, estamos de suerte”. El cafecero prosigue:

-Si van a sacar cédula por primera vez, tienen que traer la partida de nacimiento original vigente. Si es renovación deben tener copia y original de la cédula vencida. Si es por robo, o extravío, hay que traer una denuncia puesta en la prefectura o la policía. Si el número de cédula pasa los 22 millones, también es necesario que traigan la partida de nacimiento original…

Extrañado ante este requisito, lo interrumpí y le consulté a qué se debía que los portadores de cédulas de identidad con números superiores a los 22 millones debían presentar la partida de nacimiento.

-Es que de los 22, 23, 24 y más millones, hay muchas cédulas escaneadas -falsas quiere decir-. Gente a la que le dieron cédula sin que presentarán la partida de nacimiento y que ni siquiera la tienen. Ahora están en revisión todas esas cédulas…

Es, sin duda, el resultado de aquellas cedulaciones express que se hicieron cada vez que se avecinaba un proceso electoral y que abultaron vertiginosamente el Registro Electoral Permanente de una manera asombrosa que en múltiples oportunidades fue denunciado por los partidos de oposición y organizaciones no gubernamentales veedores y garantes de la transparencia en las elecciones. Pocos años después, una vez más, la realidad les da la razón a quienes fueron, además de desoídos, desprestigiados por sus denuncias.

Poco después de las ocho de la mañana comenzaron a verificar que los usuarios llevasen los requisitos exigidos en orden y a pasar a tomar asiento en orden numérico en unas sillas rojas de plástico identificadas con las siglas del Partido Socialista Unido de Venezuela, Psuv, en el respaldar. Por suerte, el espacio era techado.

Como ya el día anterior, luego del fracaso en Zumaque y del paseo por el Saime de La Rita y por el aeropuerto, nos habían advertido de que la denuncia del robo en el cual se llevaron nuestras cédulas debía ser original, la tarde anterior nos acercamos con las fotocopias de la misma hasta la sede de la policía municipal para que nos hicieran el favor de ponerle un sello húmedo que certificase el documento como original. No hubo mayor problema, nos pusieron el sello solicitado mientras un señor con su hija nos contaba que acababan de abrirles el carro en la Vereda del Lago, donde habian ido a hacer ejercicios y los habian dejado sin documentos. Hasta la licencia de conducir que le habían entregado el día anterior a la chica por primera vez, se llevaron los choros. Nada que no forme parte de nuestra cotidianidad.

En efecto, el sello húmedo funcionó y accedimos al recinto. Al pasar por ese primer filtro de los requisitos, muchas personas fueron rebotadas, por lo cual a nosotros nos tocaron los números 28, 29 y 30. Tomamos asiento en las sillas plásticas. Pasaron los que estaban en la fila de la tercera edad. Todo tranquilo y muy organizado. Los funcionarios todos muy amables.

Empezaron a llamar por numero y, pasadas las nueve y media de la mañana, entramos a una oficina con aire acondicionado sorteando con éxito el segundo filtro de revisión de documentos.

La espera duró lo que tardó una hermosa chica morena en contarnos su calvario de varios intentos por diferentes oficinas del Saime para obtener su cédula. Esta era como la cuarta o quinta vez que trataba y, parecía que, por fin, lo conseguiría.

-El otro día me fui a Zumaque. Llegué a las dos de la mañana y ya había un montón de gente esperando. Allí dormí en unos cartones en la calle. Cuando me percaté de que los que estaban al lado mío le estaban comprando unos números a un hombre, decidí comprar yo también para asegurarme de tener un puesto que me permitiera entrar. 150 bolívares le pagué. Cuando empezaron a pasar y faltaban tres números para el mío, anunciaron que se había acabado el material. Perdí la madrugada, el viaje y mi plata.

“#VayaPalaMierda”, pensé y entonces me llamaron para continuar con mi trámite. Me senté frente al funionario. En la captahuellas me hacieron poner todos mis dedos en la pantalla, me tomaron datos y foto y pasé a la siguiente etapa.

-Esta denuncia es vieja -dijo el funcionario. Le puse cara angélica y le expliqué:

-Si. Nos robaron en diciembre en la casa y no ha sido posible sacar la cédula desde entonces. Cuando no es que no hay material, es que se acaba de terminar.

El chico se levantó con mis papeles en la mano, consultó con un superior y regresó. Imprimió el comprobante y me lo dio:

-El lunes a las dos de la tarde, con este papel, puede retirar su cédula.

Le di las gracias. Me despedí de todos y salí. A pocos metros del Saime, nos desayunamos unas deliciosas empanadas de maíz pilao rellenas de carne mechada y otras de papá con queso, acompañadas con una Coca-Cola que era lo único que el simpático señor de la comidería tenía para beber.

El hombre además de amable estaba tan contento porque le había llegado el agua por varios días seguidos que cuando le pedí prestado el baño me dijo:

-¡Cómo no! Pero para acá no se lo puedo traer. Pase, es en esa puerta. Si quiere se puede hasta bañar porque tengo agua recogida.

Así es la gente sencilla, es feliz con poco y transmiten su felicidad sin mezquindad.

Una hora más de viaje para regresar a Maracaibo. Dos mañanas productivas de mi negocio destinadas a obtener un documento que la Constitución dice que es un derecho. Horas hombre de trabajo que se pierden en un trámite que no debería tardar más de media hora. No importa. Ha sido mi pequeño triunfo. Una vez más me he impuesto sobre el deterioro al que nos tienen sometidos y me siento como si hubiera conquistado el Everest en shorts y franelilla. La próxima semana, con seguridad, merendaré con esas ricas empanadas, ya con mi cédula laminada en el bolsillo.

Golcar Rojas

En busca de la ciudadanía robada

cola2

Cinco y media de la mañana. La angustia de quedarme dormido a pesar de haber puesto la alarma del teléfono y programado el televisor para encender a diez para la seis hace que me despierte antes de lo pautado.

Por las rendijas que deja la cortina del cuarto ya se empiezan a colar las luces del día que empieza a clarear. A pesar del aire acondicionado, el cuerpo acusa el calor y la humedad característicos de los días infernales de agosto en Maracaibo. El bochorno.

Para evitar volverme a quedar dormido, me levanto. Quiero que lleguemos a Zumaque antes de las siete de la mañana para conseguir sacar la cédula de identidad, documento de ciudadanía del cual carezco desde el 22 de diciembre gracias a la amabilidad de los choros que nos encañonaron con sendos revólveres cargando con todos los papeles. ¡Ocho meses y no ha sido posible obtener el documento!

Voy con Laura y Cristian que están en similares condiciones.

Después de mucho rodar, pasar por zonas realmente feas de la ciudad y preguntar,  logramos llegar al bendito sitio denominado Zumaque en donde se encuentran las oficinas del Saime.

En el camino recuerdo que debia llevar copia de algún papel y pienso que a lo mejor por lo temprano de la hora y lo lejano del lugar, se me hará difícil conseguir donde hacerla. ¡Es que todavía no me acostumbro a esta nueva Venezuela de la bandera de ocho estrellas y el escudo con el caballo virado! A las afueras del recinto que tiene mas pinta de cancha deportiva que de oficinas de identificación,  pulula un floreciente comercio informal donde hacen copias, a blanco y negro, a color, ampliaciones, plastificado… Todo un centro de copiado en plena acera y bajo un toldo de lona con varios puestos que prestan el servicio, además de ventas de empanadas, refrescos y café.  Todo el habitual comercio que florece alrededor de la ineficiencia oficial de la revolución chavista.

Hacemos las copias que necesitamos, las pagamos más caras que lo que nos hubieran costado en un negocio formal de un centro comercial de esos que pagan servicios, tienen aire acondicionado y pagan los impuestos de ley. Pero, bueno, se paga y se agradece el no tener que dar más vueltas con este madrugonazo.

Entramos al recinto. Nos paramos oteando a todos lados intentando discernir de qué va la cosa. Cómo se desenvuelve ese mar de gente que tenemos en frente haciendo diferentes filas y los otros que se aglomeran en varias partes de la cancha techada.

Ante lo indescifrable de la situación, decido preguntarle a un miliciano con uniforme verde oscuro al más claro y puro estilo cubano:

-Buenos días, ¿Dónde es la cola para sacar cédula?

Con voz apenas audible que delata sumisión y hasta cierto temor, me dice:

-Yo no sé.  Pregúntele a mi teniente.

Y me señala a otro uniformado que se encuentra sentado conversando con una mujer. Me le acerco y repito mi pregunta.

-La última allá, la que está más cercana a la reja.

Entramos para ubicarnos de últimos en la fila. La hilera no debe ser de menos de 150 personas y junto a la nuestra hay otra larga fila de la tercera edad.

Respiramos profundo y nos ubicamos resignados a pasar una larga y calurosa mañana pretendiendo obtener ese pequeño papel plastificado con nuestra foto que certifica que somos ciudadanos de este país. En la fila, se ve gente precavida que vino con bancos y sillas plegables y hasta un señor con una colchoneta.  Muestra de que llegó tan temprano que durmió en la cola.

Junto a nuestra hilera, tras la reja, otro centro de copiado. Aprovechamos de sacar copia de la denuncia del robo que nos acaban de informar que la pedirán para poder hacer el trámite. Pagamos la copia a precio de joyería. La gente se comienza a impacientar. Pasan los primeros 40 y los de la tercera edad, no obstante, nuestro sitio en la fila no se altera, no avanzamos ni un centímetro.

El bululú se calma para volverse a alborotar al rato. Un joven más bien bajo, con un carnet guindado al cuello con una cinta roja que lo identifica como funcionario, comienza a anotar a la gente que pasará y a anotar en la parte trasera de los documentos, luego de verificar que estén en orden, el número que le corresponde a cada persona.

A algunas personas las rebotan. Sus documentos están fallos. No porta la denuncia del robo de su cédula al CICPC. Una chica indignada cuenta que a ella la devuelven porque no se parece a la foto de la cédula vencida que lleva. “¡Cómo me voy a parecer si tenía nueve años cuando la saqué!”. Ahora aparenta unos veinte y tantos.

El funcionario termina de anotar y la cola no merma en lo mas mínimo. Anuncian que ya se acabaron los numeros por hoy que habrá y que volver otro día. Son cerca de las nueve de la mañana. Una señora vestida con una franela que la identifica como fiel seguidora del proceso revolucionario, se lamenta:

-Yo me paré a las dos de la mañana para venirme a sacar la cédula. Hasta miedo me dio al salir de mi casa porque en la esquina unos hombres en moto atracaron a una muchacha que estaba llegando a su casa y ahora me salen con que tengo que volver…

La gente se dispersa. Decidimos ir a la oficina del Saime en La Rita, una población a unos 15 minutos después de pasar el puente sobre el Lago de Maracaibo. Tenemos la ingenua esperanza se que allí haya menos gente y nos puedan atender. El hambre aprieta. No hemos tomado ni café.

Al llegar al sitio, el cogeculo de gente a las puertas de la institución es tal, que ni siquiera nos bajamos a preguntar. Son la nueve y pico y decidimos desayunar. Unas empanadas grasientas y recalentadas y una malta a la que le noto un nuevo diseño en la botella. Pienso “¿Será que es colombiana porque aquí ya no hay o será que La Polar, a pesar de todo, sigue invirtiendo en este país?” Seguimos vía al aeropuerto de La Chinita.

Las informaciones que tenemos de la oficina del Saime en el aeropuerto son confusas y hasta opuestas. Van desde “Esa oficina la quitaron hace meses”, hasta “Una amiga mía sacó su cédula allí la semana pasada”. Decidimos ir personalmente a cerciorarnos. En efecto. La oficina ya no existe. Después de perder una mañana productiva de trabajo, “pasear” por el Zulia con tráfico y calor de infierno, y un madrugonazo llegamos a nuestras casas, agotados, sofocados y en la misma condición de indocumentados que salimos en la mañana.

En el trayecto recuerdo que el difunto Chávez se enorgullecía de la eficiencia de la Misión Identidad y del sistema biométrico y automatizado de identificación instalado en el país. Cuando uno en una cola se quejaba del desastre de país que estamos viviendo, siempre saltaba un oficialista a resaltar las bondades del Saime y la rapidez con la que uno sacaba su cédula y obtenía su pasaporte. Era prácticamente la única bandera de eficiencia que podían enarbolar. Ya ni eso.

Y uno se pegunta “¿En qué galpón u oficina se están enmoheciendo y dañando las cientos de miles de máquinas que se compraron en Venezuela para las jornadas de cedulación que hacían con regularidad en cada esquina del pais? ¿En casa de quién fueron a parar las miles de cámaras fotográficas que había para sacar cédulas? ¿Y las computadoras? ¿Tendremos que esperar un nuevo proceso electoral para que el régimen vuelva a poner celeridad en el trámite de identificación del ciudadano o esta historia de retroceso, como todo el retroceso del país, es irreversible?

Una vez más siento que mi identidad se desvanece, que más que la cédula me han robado la ciudadanía. Vivo en un país que cada vez reconozco menos y que se empeña a diario en desconocerme a mí con descarnada insistencia. Mañana haremos otro intento. Otro “paseo” por otras latitudes del Zulia. Si no resulta, tocará recurrir al habitual soborno de algún funcionario que, 200 o 300 bolívares de por medio, nos haga el favor de pasarnos para sacar el documento. Alguien tiene que haber que esté haciendo su negocio a punta de matraca en este caso, como en todos.

Golcar Rojas

Vivir en un paréntesis

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Hace 16 años en Venezuela se abrió un paréntesis. Muchos apoyaron, muchos celebraron, muchos se pusieron a la orden del nuevo gobierno para colaborar en la recuperación del país y la profundización de la democracia. Tendremos una democracia participativa y no solo representativa como hasta ahora. Otros estábamos recelosos, desconfiábamos de un gobierno en manos de militares golpistas. Unos y otros, en todo caso, creímos que se trataría de un paréntesis de cinco años. Ese paréntesis duraría lo que duraba un período presidencial, a lo sumo.

Pasó el tiempo. Vino la constituyente.  Empezaron los desencuentros y las desilusiones. El régimen empezaba a mostrar el tramojo pero aún había fiesta de triunfo en muchos sectores. La esperanza del cambio no se desvanecía. El paréntesis seguía abierto.

Se empezaron a crear argucias legales para afianzar el régimen en el poder. A vuelo de pájaro creo recordar que una decisión del Tribunal Supremo de Justicia determinó que el período presidencial no debía teminar cuando le correspondía

No obstante,  muchos insistían en que ya estaba por cerrarse ese paréntesis.  Al régimen le queda poco. Está  “débil, asustado y acorralado” por eso actúa como actúa. De allí tanto desafuero. La procrastinación nos invadía.

Llegó el 2002, un paro general de actividades pondría cierre al paréntesis. El país no aguanta más. Llegaba el fin de unos funestos años. Ningún gobierno podría sostenerse con cientos de miles de personas en la calle y toda la actividad productiva, incluyendo la principal fuente de divisas, la industria petrolera, exigiendo su salida. El paréntesis estaba por cerrarse. Es sólo cuestión de aguantar un poco.

Llegó el golpe de Estado. La confusión. La supuesta renuncia. La entronización de Carmona Estanga. La supresión de todos los poderes. La persecución de algunos. La huída de otros. La muerte de muchos. Cerrar el paréntesis traía consecuencias.

De pronto. Unas negociaciones. Unos hechos que aún no quedan claros. La carta de renuncia no era tal. “La cual aceptó”  ya no fue más.  El retorno fantasmagórico a media noche del tirano depuesto. El paréntesis seguía abierto.

20 mil trabajadores de la petrolera quedaron sin trabajo de un pitazo, literalmente. Hasta de sus viviendas los sacaron. Los persiguieron para que no encontraran trabajo en otros sitios. Muchos se fueron del pais. Otros lograron montar negocios. Algunos empezaron a hacer comida para vender. No había por qué asustarse. El paréntesis algún día se cerraría y regresarían todos a sus puestos de trabajo para reconstruir la industria que estaba en el suelo. Serán recibidos como héroes y su sacrificio recompensado, cuando el paréntesis se cierre. La industria y el país no aguantarían muchos años en esas manos inexpertas.

Vino el cierre de RCTV que para muchos sería la guinda.  Si se atrevían a ir contra el más viejo y popular canal d televisión, el paréntesis se cerraría definitivamente. Lo cerraron. “Un amigo es para siempre”. Miles de personas quedaron sin trabajo pero tranquilos, eso sería por poco tiempo. RCTV más temprano que tarde regresará . El paréntesis estaba próximo a cerrarse.

Tuvimos elecciones de diputados en 2005. La línea de la oposición fue abstenerse de participar. Eso es una pantomima. No vamos a convalidar al régimen en una Asamblea Nacional. Si no hay representantes de la mitad del país opositora en esa Asamblea todas sus acciones serán ilegítimas e ilegales y el mundo la desconocerá… El paréntesis tendría que cerrarse forzosamente ante un régimen ilegítimo donde la oposición no tendría  voz ni representación.

Venevision y Televen empezaron a bailar al son que sonaba en Miraflores. De un plumazo cerraron más de 30 emisoras de radio. Pero no había de qué preocuparse. Eso no sería para siempre.  Lo que vivía el país no era más que un paréntesis.

Cerraron miles de empresas e industrias. El país se deterioraba a toda prisa. Cada vez se producía menos. No había inversión en infraestructuras. Venezuela se sumía en la oscuridad por falta de inversión en el sector de la electricidad. La población crecía, se triplicaba y la infraestructura de Venezuela no le seguía el ritmo. No se invertía, no se crecía en servicios al ritmo que lo exigía el crecimiento poblacional. El parque automotor se triplicó y las vías seguían siendo las mismas y sin mantenimiento. El colapso se hacía inminente. La delincuencia, el narcotráfico, la corrupción, la entrega de las FAN, de ministerios, de la nación a manos cubanas era intolerable. La palabra “pran” se hizo familiar y el secuestro y el sicariato cotidianos en cualquier ciudad. La inflación no tiene límite ni control. El país se rebelaría  en cualquier momento para cerrar este oprobioso paréntesis de nuestra historia. No se podía humillar tanto al “bravo pueblo”.

Cada nueva elección se nos decía que ahora sí llegaba el fin. El paréntesis a puntico de cerrarse. Metieron presos a muchos por órdenes dadas en cadenas de radio y televisión. Murió Franklin Brito reclamando justicia. Todo signos de que el régimen estaba por caer.

Sin apenas darnos cuenta y sin reaccionar nos vimos haciendo cola. Tres, cuatro horas de cola para comprar alimentos básicos cuando hay y racionados. Largas colas para la gasolina, para el gas. El numero de.cédula paso a ser el control del racionamiento. Los anaqueles de los supermercados se vaciaron. No hay. No hay. No hay.  NO HAY. Ni azúcar, ni aceite, ni harina de maíz, ni harina de trigo, ni jabón de baño, ni detergente para lavar ropa, ni afeitadoras, ni pañales, ni papel tualé, ni medicinas, ni insumos médicos en hospitales, ni cauchos para vehículos, ni baterías… En cualquier porche de vivienda una ponen una mesa con los productos inexistentes en loa supermercados a cuatro veces su precio sin que haya autoridad que lo evite y sancione. En muchos sitios el mercado negro es controlado y cuidado por policías y militares.

El exilio se volvió sino y signo de la venezolanidad actual. Las familias se desmembraron. Las despedidas de ojos salobres nos marcan a diario. Ayer un hijo, hoy un hermano, mañana un amigo. Venezuela pasó de ser hogar de acogida de inmigrantes a regalarle sus hijos al mundo. Se cuentan por miles los venezolanos que se han ido procurando el futuro, el bienestar y la tranquilidad que les niega hoy su país natal. Se van con la expectativa de un posible futuro retorno, cuando el paréntesis se cierre…

Ese paréntesis abierto se hace eterno e invivible, pero se sobrevive en la esperanza de que un día habrá de cerrarse.  Esto no lo aguanta nadie. Esto es insoportable. Sigue la procrastinación.

Y llegó el cáncer. La enfermedad nos salvaría. La parca se encargaría de hacer lo que los venezolanos no pudimos o no quisimos. La muerte nos cerraría el paréntesis.

Murió.

Cual monarca, dejó un sucesor. Al que menos esperábamos. Al menos preparado. Por quien nadie daba medio. Quién definitivamente cerraría el paréntesis porque ni hablar sabe. Imposible que con semejante currículum y falta de preparación el país vote por él. Las elecciones pondrían fin al paréntesis y punto final al desastre.

El sucesor ganó las elecciones. No durará 6 meses. Imposible que semejante personaje gobierne al pueblo “que el yugo lanzó”. No creo que a este le aguanten lo que le aguantaron al difunto. Pasaron los meses. Llegaron las guarimbas. Llegó el diálogo.  Llegó #lasalida. Pasó un año.

Ya no quedan medios de comunicación independientes más allá de El Nacional y uno que otro programa de radio. Globovisión, Últimas Noticias y El Universal más tardaron en decir que no cambiarían su línea editorial que en incumplir su palabra. La censura es el pan de cada día. Los diarios han reducido sus páginas gracias a la falta de papel y divisas para importarlo. Otros han cerrado.

El régimen está débil. Está acorralado. Se siente débil y por eso hace lo que hace. Están raspando la olla porque se saben fuera. El país no aguanta más. La procrastinación se perpetúa. El paréntesis sigue abierto…

Golcar Rojas

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