El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

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Mucho «mariconeo» en Madrid

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Esto lo escribo mientras voy por la carretera rumbo a Lisboa desde Madrid. A los lados de la vía me rodea un paisaje reseco de tonos ocres y verdes. En algunos tramos la vista se llena del amarillo de los sembrados de girasoles o del oro del pasto seco. En otros el paisaje vira a unos tonos entre gris y verde, los característicos de las siembras de olivares, para de pronto tornarse verde intenso con los inmensos maizales. El cielo es de un tono azul brillante y plano, apenas surcado por una que otra nube. El sol resplandece en lo alto y mientras avanzamos, rememoro lo vivido estos últimos días.

wpid-img_20150707_000029.jpgLos días 3 y 4 de julio fueron jornadas de marcha y algarabía en Madrid. Caminar por los alrededores de Sol y Chueca era asistir a una exhibición de diversidad y de la variedad de la especie humana. Días de fiesta y mariconeo por todos lados. Las lenguas e idiomas se mezclaban cual torre de Babel. Los colores de la piel relucían en todas su manifestaciones bajo un cielo soleado y azul. La noche del 3 quedamos en encontrarnos con Jacqueline y Guillermo junto a «la osa» de Sol. Dos viejos amigos de Maracaibo que llevan unos años viviendo en Madrid. En un bar por Sol nos bebimos unos tragos, comimos un delicioso queso manchego, pan y aceitunas. La conversa, como es habitual, giró en torno a la política, la inseguridad, la inflación y la escasez de Venezuela. No podían faltar algunas comparaciones y referencias a la realidad española y al espanto con el que algunos venezolanos recibimos el discurso de Podemos.

Luego, nos reuniríamos con Yofrank y José para pasear un rato por la Madrid de trasnocho y botellón. Más tarde, se nos uniría Marco.

Difícil decidir hacia dónde apuntar la cámara entre tanta gente llamativa y edificios y monumentos. Gran Vía esa noche era un inmenso templete. El botellón más grande que esa vieja dama que es Madrid haya podido observar. Por los lados de Callao, frente al cine del mismo nombre, una tarima ofrecía un concierto de «Las amistades peligrosas». El lugar estaba atiborrado de gente, algo muy significativo pues, justo en esa parte de wpid-img_20150705_085355.jpgMadrid, antes exhibían pintas de «Bienvenidos a la zona libre de homosexuales», o algo parecido, según me contó Marco Tulio. Al día siguiente, fuimos a una terraza para reunirnos con un grupo de españoles para almorzar antes de ir al desfile del orgullo gay. La mesa parecía el set de una película de Almodóvar. Gente alegre y divertida con ese humor característico de los personajes almodovarianos. Una rica paella, patatas bravas y una refrescante y deliciosa sangría. Un agua de Valencia, para concluir.

De allí, nos fuimos rumbo al Café de la luz a encontrarnos con Elvia Sánchez, una vieja amistad virtual con vínculos fraternales en la vida real. El encuentro fue ameno y divertido. Un grupo de amigas con las que provoca pasar horas conversando, todas con vínculos especiales con Venezuela, así que se imaginan sobre qué versó la mayor parte de la conversación. Pero, antes de llegar al Café de la luz, pasamos por la Calle del Desengaño, un viejo anhelo por cumplir. La calle no cuenta con el portal número 21 de la serie «Aquí no hay quién viva», llega hasta el 20, pero sí conserva algo del ambiente mostrado en el seriado televisivo que tantas risas me ha regalado por años. Está llena de putas viejas y gorditas echadas en los portales que hablan con diferentes acentos; colombianas, rumanas, dominicanas…

wpid-img_20150705_091050.jpgDel Desengaño, fuimos directo a Cibeles para ver el desfile. Los alrededores del Ayuntamiento, ese imponente edificio que era el Palacio de Comunicaciones y la sede de Correos en mi viaje anterior, frente a la fuente de la Diosa, estaba a tope.

Mucha piel, mucho cuero, mucha pluma. Toda la diversidad imaginable se daba cita para festejar el orgullo de ser y dejar ser. Niños, jóvenes, ancianos. Blancos, negros, amarillos. Judíos, católicos, cristianos, musulmanes, agnósticos, ateos… Homosexuales, transexuales, bisexuales, travestis, intersexuales; la calle de Alcalá era una vitrina de las diferencias. Las banderas de arcoiris ondeaban por doquier y relucían bajo el cielo azul y el resplandeciente sol de Madrid. Los bomberos rociaban agua con las mangueras para aminorar el sofocón.

wpid-img_20150705_095744.jpgAl final, el desfile no fue lo esperado. Las carrozas nunca aparecieron. Pero fue divertido y una experiencia interesante para practicar la tolerancia y superar prejuicios. La galería humana daba todo de sí, como se aprecia en las fotos.  A eso de las 11 y media de la noche, llegábamos exhaustos a casa. Luego nos enteraríamos de que a esa hora comenzaron a desfilar las carrozas. ¡VayaPalaMierda!

El domingo, nos levantamos tarde. Comimos una deliciosa pasta con ibéricos y crema hecha por Yofrank y salimos a pasear por el parque público de Tres Cantos. Un espacio con cisnes, patos, tortugas y pájaros. Con hermosos jardines y perfumadas y coloridas rosas. Puro relax.

Luego, al teatro. A La Latina, junto Lavapiés para ver «ATCHÚUSSS!!!», un divertido montaje dirigido por Carles Alfaro, con textos cortos de Anton Chejov, firmados con el seudónimo de Antosha Chejonte utilizado por el ruso wpid-img_20150706_001422.jpgen su juventud. Cinco historias breves, cinco estornudos que garantizan montones de risa. El dispositivo escénico es lúdico e ingenioso. Con dos grandes espejos decorados que funcionan como parabán y en el que, por efecto de la iluminación, nos permite observar a través para ver en segundo plano como los artistas se cambian de vestuario para encarnar múltiples personajes cada uno. La escenografía está muy bien concebida y el vestuario tipo clown contribuye a la explosión de carcajadas inspiradas por unos personajes miserables, unos pobres diablos que desnudan ante el espectador sus mezquindades, avaricias y miserias. Personajes interpretados magistralmente por Malena Alterio y Fernando Tejero de «Aquí no hay quién viva», Adriana Ozores  y Enric Benavent, el alcalde de «El secreto de Puente viejo», con lo cual, el espectáculo da la impresión de ser un encuentro entre viejos y divertidos conocidos. La selección de los textos y la secuencia hecha le imprimen un ritmo que hace que las carcajadas vayan in crescendo, con un humor inteligente que no se conforma con la vulgaridad y el chiste fácil. Hacía mucho no me reía tanto con una obra de teatro.

Al salir de la sala, dimos un paseo por la zona de El Rastro, pero sin el mercadillo y allí mismo cenamos con los añorados huevos rotos con jamón y patatas. Otro deseo cumplido. De allí, a casa para preparar la maleta para el viaje a Portugal al día siguiente. La aventura apenas empieza.

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Fresa y Chocolate en el Baralt

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Recuerdo con claridad la sensación de nudo en la garganta y ojos aguados con que salí hace 20 años del cine luego de ver Fresa y Chocolate. Fue en el cine Viaducto en Mérida, creo que ya no existen esas salas de cine, al menos no como tales.

Había pasado tan poco tiempo de mi viaje al Festival de Cine de La Habana que la película pegó duro al recordar esos días de tristeza por las calles habaneras, las conversaciones con amigos tan parecidos en sus discursos a los personajes de la película, tan apesadumbrados y siempre pensando en la posibilidad de poder largarse de un país que no tenía más que miseria, represión y miedo para ofrecer.

Las lágrimas de entonces eran por una realidad lejana y ajena, que nos golpeaba en cuanto a seres humanos que sentíamos que no había derecho a que por el gusto al poder de unos pocos se sometiera a todo un pueblo. Era algo que veíamos en una pantalla de cine, leíamos en un libro o, como mucho, vivíamos por ocho o quince días de un viaje turístico a la Cuba.

La noche del 9 de julio, en el Teatro Baralt, una vez más la historia de David y Diego me removió el alma. El nudo en la garganta y los lagrimones tomaron cuerpo nuevamente al pasear por la relación de esos dos amigos, y una punzada en la boca del estómago me impidió más tarde conciliar el sueño.

Solo que la tristeza de hoy no fue como la de hace 20, por una realidad lejana. Los lagrimones en el Baralt eran por mí y no por unos amigos dejados en una miserable isla caribeña. Lo que veía en escena gracias al Grupo Actora 80 no era la realidad cubana, era mi cotidianidad.

Héctor Manrique nos ofreció una puesta en escena limpia, sencilla y correcta. No sé si fue su intención pero la puesta logró trasladarme al teatro cubano. El estilo de la propuesta de Manrique con su versión de “Fresa y chocolate” se me pareció mucho al de obras teatrales que en varias oportunidades pude apreciar de agrupaciones de la isla. La música en la versión teatral de Manrique es realmente buena y apoya atinadamente los momentos claves de la pieza, acentuando la emotividad y la acción. El vestuario está a la altura y ayuda a configurar muy bien la personalidad de cada uno de los personajes. La iluminación está bien diseñada para contribuir con el clima de las diferentes escenas de la obra.

El texto, por supuesto, no tiene desperdicio y en escena logra llevar al espectador de la mano por las diversas emociones y momentos de los personajes consiguiendo dibujar ese complejo mundo de sentimientos y emociones que configuran los dos personajes principales tan opuestos entre ellos.

Molesta un poco en la propuesta de Manrique lo estereotipado de los tres personajes en escena. Por momentos parecen demasiado caricaturizados, los actores no parecen calzar para los matices y posibilidades que ofrecen los personajes imaginados por Senel Paz. Especialmente el personaje de Diego tiende a ser un “maricon” demasiado cliché, más cerca de la loca de programas cómicos que del sutil personaje creado por Senel Paz en su cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”. Y la interpretación del comisario policial peca de sobreactuación a la vez de estereotipado.

Las actuaciones de los tres intérpretes tienden al estereotipo sin llegar a aprovechar los matices que como personajes tiene cada uno. Diego logra parecerse al personaje creado por Paz cuando arranca la escena de la despedida, ya casi al final de la pieza, cuando el personaje parece dar un vuelco y ser más el intelectual culto y gay que dibujara el autor del cuento que la loca suelta plumas que hemos visto a lo largo de la pieza.

Afortunadamente, el texto de la obra es tan bueno -por momentos un poco atropellado por los actores- y la puesta en escena y dirección están tan bien concebidas que las deficiencias actorales uno llega a obviarlas para disfrutar de una excelente pieza teatral.

El dolor de hace 20 años pensando en lo mal que lo pasaban los cubanos, recordando los amigos del teatro Mella al ver su realidad reflejada en la pantalla, hoy se volvió dolor en carne propia, gracias a la puesta en escena del Grupo Actoral 80 en el Teatro Baralt. Aquella historia de Diego que tiene que irse de la isla porque allí ya no tiene futuro, ahora, es la nuestra, la de nuestros jóvenes, la de un país en donde quienes no se han ido están planeando o anhelando irse. La historia de quienes piensan que más que partir por propia voluntad lo hacen porque sienten que el país los está echando. Que la patria se les agotó en una cola y en un futuro inseguro e incierto

Por último, por favor, señores productores, aunque sea una función a beneficio, como en el caso de esta representación de “Fresa y chocolate” en Maracaibo traída para recaudar fondos para el Cine Club Universitario, entreguen a la entrada un programa de mano, aunque sea en fotocopias. Mas cuando se trata de una entrada costosa que se paga con gusto para colaborar, pero que lo deja a uno con la sensación de que algo no está bien en una obra cuando ni programa de mano dan. Por eso, esta reseña queda sin los nombres de quienes intervinieron en la ficha artística y técnica y va solo con la foto del ticket de la entrada, como protesta porque me niego a tener que recurrir a Google para obtener la información que me debió ser dada en el programa de mano.

Por lo demás, una vez más hay que decirlo, ¡que viva el teatro!

Una catedral de sal en Zipaquirá y una excelente actriz en Pharmakon.

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Hay varias maneras de trasladarse desde Bogotá a Zipaquirá para ir a conocer la Catedral de Sal.

La que más me llamaba la atención y que quería tomar para ir, era en tren. Una antigua locomotora. Pero resulta que solo hace el recorrido los fines de semana y días feriados y es un paseo desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde, cuando regresa. Nuestro viaje lo haríamos un jueves así que tuvimos que buscar las otras alternativas.

IMG-20130926-13178Nos fuimos hasta el terminal de autobuses y allí tomamos un Alianza que por cuatro mil pesos nos llevó a nuestro destino. Es un poco fastidioso porque uno debe llenarse de paciencia. La unidad (nueva y en perfectas condiciones, todo hay que decirlo) arranca a 10 kilómetros por hora y va recogiendo pasajeros por la avenida, haciendo varias paradas lo cual hace que el viaje se alargue más tiempo del esperado hasta que por fin toma su velocidad de viaje. No obstante, a mí me sirvió el trayecto para escribir alguno de los artículos con mis impresiones sobre Bogotá.

La otra opción es tomar el transmilenio hasta Portal del Norte y allí tomarIMG-20130926-13167 un alimentador que lo llevará hasta Zipaquirá.

Lo lento del viaje en el autobús lo compensó la excelente atención del conductor. Cuando compramos los boletos y supo que éramos turistas, se mostró dispuesto a prestarnos toda su colaboración para orietarnos sobre cómo llegar al pueblo. Al punto que, cuando ya estábamos en Zipaquirá, le pidio a dos pasajeros que cambiaran de unidad para que fueran en otro autobús hasta el terminal, solo con el objetivo de dejarnos a nosotros lo más cerca posible del centro de Zipaquirá.

Caminamos unas dos cuadras desde donde nos dejó el autobús hasta la plaza del pueblo a cuyo alrededor se encuentran la antigua Catedral, hermosas casas coloniales perfectamente mantenidas y en contraste con las eificaciónes de estilo francés de la Alcaldía y la Gobernación.

IMG-20130926-13172La iglesia estaba cerrada. Me acerqué a un vendedor de helados que estaba en la plaza para preguntarle a qué hora la abrirían.

-Solo la abren cuando hay entierros -me respondió el hombre.

-O sea que, cuando uno venga, ¿tiene que ligarla que se haya muerto alguien en el pueblo? -Bromeé, yo.

Un hombre que acababa de comprar un helado me invitó a hacer una inversión en la explotación de sus minas de esmeraldas.

-Estoy buscando inversionistas extranjeros que quieran aportar capital en unas tierras que tengo y donde hay importantes minas.

-Bueno, vecino -le dije- si busca inversionistas que sean de Venezuela, tendrá que procurar que sean boliburgueses porqueIMG-20130926-13198 el resto de los venezolanos estamos en el ladre.

Zipaquirá es un pueblo pequeño, bonito, limpio y bien cuidado. En una esquina me mató de la risa el siguiente diálogo entre unos zipaquirenses. Uno venía caminando, con sombrero en la cabeza, hacia los otros dos hombres que estaban en la esquina y, sin detener el paso les dijo;

-Voy al velorio del cuñado mío, que se murió anoche.

-¿Y eso? -preguntó su amigo desde la esquina- ¿Qué le dio?

-Pues le dio por morirse y así tenemos excusa para beber tinto gratis.

No aguanté y solté la carcajada que fue coreada por las risas de los hombres.

Después de pasear un rato por el pueblo y hacer unas cuantas fotos, emprendimos el ascenso hacia la Catedral de Sal. Hay un trencito que por mil pesos lo lleva a uno hasta la entrada del templo pero como la idea era pasear y disfrutar del lugar, Cristian y yo IMG-20130926-13204decidimos subir caminando por las empinadas calles y luego los interminables escalones que culminan en un parquecito con restaurante, kioscos de dulces y helados, y artesanías. Una línea blanca, recordando el color de la sal, lo va guiando a uno en el trayecto. Compramos nuestras entradas y esperamos pocos minutos para entrar con un grupo de turistas a conocer el templo subterráneo contruido hace 15 años con sus paredes y pisos de sal, ubicado en los túneles y socavones de la vieja mina de sal, en sustitución de la catedral original que tuvieron que cerrarla por problemas estructurales.

Aunque uno se encuentra a 180 metros bajo tierra caminando a través de túneles oscuros, no llega a sentirse claustrofobia. Los túneles son amplios y frescos y la ventilación es excelente. Claro, nada qué temer, excepto si a uno le toca un guía como le tocó a mi sobrina Moreli unos días después, que no tuvo mejor idea que sacar aIMG-20130926-13205 colación, en pleno recorrrido, lo acontecido a los 33 mineros de Chile que permanecieron días atrapados en la mina. Una desafortunada anécdota para contarla en ese instante, sin duda.

El recorrido es verdaderamente interesante. El diseño de la iglesia con las estaciones del viacrucis puestas en los socavones es impresionante. El diseño de iluminación le da un dramatismo especial aunque no llegué a experimentar la sensación de asistir a un templo. Más parecía una visita a un parque temático que a un lugar de recogimiento espiritual.

La parte de las tiendas me recordó un poco los parques gringos. Hay una IMG-20130926-13212parte que recrea un pueblo con su cárcel, presos, alcaldía, casas y plaza que me pareció bastante feo y fuera de lugar. Así como me pareció grotesca unas representaciones de figuras indígenas hechas en material dorado, supuestamente simbolizando la leyenda de El Dorado. Un horror.

El efecto óptico del área del espejo de agua es realmente asombroso. La densidad que le otorga la salinidad al agua, y la iluminación hacen que esta parezca un hueco cuando en realidad se trata del reflejo del techo en el espejo de agua que tiene apenas diez centímetros de profundidad. Y el show de luces y sonido es en verdad un goce para la vista y el oído.IMG-20130926-13312

Ya saliendo, vimos el cortometraje de animación 3D que cuenta la historia de Zipaquirá y la formación de su mina de sal. Me dejó gratamente impresionado la factura del audiovisual con una calidad digna de Hollywood y totalmente hecha en estudios de animación zipaquirenses con personal artístico y técnico de la localidad. Un verdadero logro.

Al terminar el recorrido por la iglesia, salimos para descender al pueblo y buscar un sitio donde almorzar. Lloviznaba y hacía frío al salir de la mina. Un robusto y juguetón perro blanco y negro nos acompañó en la bajada.

Al llegar al restaurán ya llovía con más fuerza. Cuando nos disponíamos a sentarnos, pregunté si aceptaban tarjeta de crédito y la respuesta negativa hizo que nos dispusiéramos a salir a dar tumbos por el pueblo bajo la lluvia para encontrar un lugar donde poder comer y pagar con plástico.

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Uno de los chicos se ofreció amablementa a guiarnos unas cuadras más abajo hasta otro lugar donde sí aceptaban crédito. A medida que caminábamos, la lluvia se hacía más copiosa. Por fin llegamos al asadero La Catedral del Llano. Una comidería donde sirven carne en vara y deliciosas sopas.

Mojados llegamos al asadero y cuando el encargado nos dijo que no tenían punto de venta nos quisimos morir. El hambre y el frío apretaban.

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-No se preocupen -dijo el hombre-. Coman tranquilos y cuando terminen, como van a bajar a tomar el autobús de regreso, pasan por un sitio donde nos prestan el punto y pagan. Siéntense y pidan.

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Así lo hicimos. Pedimos el menú: ajiaco y mixto de carne llanera (en vara) de cerdo y de res, acompanadas con papas y yuca. Una delicia que nos devolvió el alma al cuerpo. Al terminar, un joven nos llevó al sitio donde pasaríamos la tarjeta, una feria de comida rápida dentro de un moderno centro comercial con esculturas de hierro reciclado en sus pasillos.

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Luego, el chico nos indicó cómo ir hasta la parada del autobús. A los pocos minutos llegó una buseta y una joven en la parada nos dijo que si íbamos a Bogotá la podíamos tomar.

Alejandra Borrero, Pharmakon

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Al llegar a Bogotá eran cerca de las 7 de la noche. Debíamos correr para llegar a Chapinero a la sede del Teatro Libre para ver la obra “Las flores del mal y otras hierbas”, un teatro cabaret con poemas de los poetas malditos, musicalizado por Víctor Hernández y dirigido por Ricardo Camacho.

A paso apurado comenzamos a buscar, medio perdidos, el teatro. De nada sirvieron las vueltas y el apuro. Llegamos a eso de las siete y media a la taquilla y resultó que la boletería se había agotado. No había poder humano ni divino que nos consiguiera dos asientos en el teatro. Decepcionado y con muchas ganas de ir al teatro, pregunté a la chica de la taquilla por alguna puesta en escena cercana que nos permitiera llegar a tiempo. Comenzaba a lloviznar.

La diligente muchacha se fajó a conseguirnos algo por internet. Nos propuso un espectáculo de magia que no me llamó la atención. Su siguiente propuesta fue “Pharmakon”, en la Casa Ensamble de La Soledad, a las ocho.

IMG-20130926-13342No tenía ni idea de qué se trataba la obra, pero cuando me leyó la sinopsis y escuché que se trataba de un unipersonal de la actriz colombiana Alejandra Borrero, inmediatamente, me interesó. Faltaban 20 minutos para las ocho, la hora de la función. Allí mismo, la chica nos vendió las entradas. Debíamos correr para llegar a tiempo. Lo mejor era tomar un taxi en la avenida. Diez minutos y siete mil pesos más tarde, el taxista nos estaba dejando frente a la sede del Teatro Ensamble, una hermosa casa en la carrera 24 adaptada para un proyecto de espectáculos teatrales con múltiples salas que permiten montar simultáneamente varias piezas, cuenta con un divertido café-bar y es, a la vez, academia para la formación de talentos teatrales. Más adelante me enteraría que Casa Ensamble es una corporación sin fines de lucro de la cual es propietaria Alejandra Borrero.

A la actriz la recordaba muy bien de la telenovela “La otra mitad del sol”, en la que interpretaba tres personajes diferentes en distintas épocas y en la que se lucía con su carisma y capacidad actoral. Con ese antecedente, decidí que deseaba ver Pharmakon, con cierto temor a decepcionarme de la Borrero pues, muchas veces, los actores que deslumbran en la pantalla chica, son un desastre en teatro o cine.

Me pasó en Buenos Aires con Cecilia Roth, una excelente actriz de cine a la que admiro profundamente pero que en teatro de dejó un mal sabor al ver en el complejo “La plaza” -un proyecto similar a “Casa Ensamble”, por cierto-, la obra “Una relación pornográfica”, junto a Darío Grandinetti, con versión y dirección de Javier Daulte. No es que estuviera mal la IMG-20130926-13345actuación de la Roth, es que me molestó mucho la utilización de micrófonos de balita para proyectar la voz, muestra de que algo falla en los actores, especialmente tratándose de un espectáculo en una sala pequeña en la que con un mínimo de técnica vocal podrían proyectar sin problemas. En el teatro me gusta escuchar la voz de los actores sin filtros ni distorsiones técnológicas. La voz en escena es primordial para saber de la técnica y del método actoral y al filtrarla a través de parlantes me produce ruido, me saca de la pieza y se me hace extraño. Es como mirar una película con un mal doblaje, no me atrapa.

Pero, volviendo a “Pharmakon” y a Alejandra Borrero. La pieza, escrita por Carlos Mayolo y dirigida por Sandro Romero, es una obra intensa, con textos poéticos y densos que a ratos parecen delirios pero que cobran un sentido y profundidad especial gracias a la puesta en escena y a la conmovedora actuación de Borrero.

A pesar de que Alejandra se define como una actriz de carrera televisiva, especialmente de telenovelas, en teatro tiene un asombroso y profundo dominio de la técnica y el método, lo cual hace de su actuación un momento imborrable para el espectador.

En “Pharmakon, la actriz interpreta a un hombre mayor, adicto como condición intrínseca a su personalidad, hospitalizado y en pleno desarrollo de un proceso de delirium trémens. Es un unipersonal multimedia apoyado con videos que dan las claves para comprender el delirio del hombre en su lucha con las drogas, su adicción, su relación amor-odio con todo lo que lo hace dependiente. La actriz no hace uso de clichés como bigotes o cortes de pelo a rape para interpretar su personaje. Un poco de dramatismo en el maquillaje para disimular un poco la belleza natural que la caracteriza, un pijama y un saco borrero1viejo, son suficientes para hacernos ver a ese hombre mayor que entre delirios poéticos nos cuenta su historia. Es pura fuerza y energía actoral lo que se siente en escena. La voz, los gestos, los tics característicos de quienes presentan síndrome de abstinencia parecen fluir de una manera espontánea y natural. Sin duda un gran esfuerzo interpretativo de Alejandra Borrero que debe implicarle un gran desgaste físico y emocional al final de cada función.

Pharmakon es tan profunda e intensa, con una sencilla e ingeniosa puesta en escena, que habría que verla varias veces para captar todas las lecturas que ofrece. Es un texto cargado de poesía, magistralmente interpretado que no ofrece concesiones. Es una pieza que golpea fuerte al espectador mostrando un lado de la adicción del que por lo general preferimos huir. Al final uno queda con la sensación de haber asistido a un gran espectáculo teatral pero con una sensación de parálisis que no le permite aplaudir con la fuerza deseada. Solo durante el segundo saludo de Alejandra Borrero mi voz pudo articular, entre los aplausos, una sola palabra que salió de mis entrañas: ¡Brava!

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Gledys Ibarra tiene su tumbao

Imagen hurtada del Facebook de Mateo Manaure

Imagen hurtada del Facebook de Mateo Manaure

Veía a Gledys Ibarra en el acto de artistas con Capriles y el mismo nudo en la garganta que se le hizo a todos los venezolanos que la vieron, se me hizo a mí. El mismo nudo que, a ratos, acusaban el quiebre de la voz de la hermosa actriz y sus aquosos ojos verdes. Verde esperanza y verde picardía y buen humor. Ese buen humor que no perdió y cuya chispa brillaba en sus paraparas verdes, aún en los momentos más emotivos de su intervención, cuando tenía a toda Venezuela moqueando y pasando mensajes de texto, tweets, actualizando estados de Facebook y lanzando pines y whasapps que dejaban en evidencia que hasta los corazones más duros del país se conmovieron con la negrita.

Es que Gledys es como la vemos en esta imagen hurtada del muro de Facebook de Mateo Manaure. Ella encarna a la mujer venezolana echada pa´lante, cuatriboleada. Ella es la representación de la mujer que a fuerza de trabajo, talento, tesón y esfuerzo logró superar su pobreza.

Gledys es la venezolana que creció en una humilde calle de una barriada pobre caraqueña. De esas venezolanas que uno consigue a las 6 de la mañana en el metro vía a su trabajo sin importar si la noche anterior la fiebre de uno de sus pequeños no la dejó dormir o si una balacera en el barrio fue la causa de su insomnio que no le permitió conciliar el sueño hasta que su hijo llegó a dormir. Bien dormida o mal dormida, a las 6 de la mañana de cada día esa mujer va en su vagón decidida a seguirle echando pichón a la vida y con el objetivo de salir de la pobreza a base de trabajo y esfuerzo.

Gledys Ibarra creció en Catia, en una calle ubicada en una pendiente de la barriada. A esa calle fuimos hace unos cuantos años a grabar un testimonio de la actriz para la Agenda Venezuela. Fuimos allí, no porque la agencia o la producción de la campaña lo hubiese acordado así. Fue ella, Gledys, quien cuando le propusimos que hiciera el testimonio, sin titubear y con su verde mirada puesta en el futuro del país, dijo que con mucho gusto lo haría pero no desde un estudio. Ella quería dar su testimonio de superación personal desde la calle donde creció, desde la pobreza donde vivió y de la que logró salir con talento, constancia y esfuerzo.

La negrita representa a esa estirpe de venezolanos que no se arredran, que miran siempre hacia adelante, que no se sientan sobre un guacal que funge de mueble de sala de casa a esperar que un gobierno le dé una limosna o una misión que le permita comer por una semana, para luego seguir sumidos en su pobreza. Gledys no pidió un pescado, aprovechó un país que le brindaba oportunidades y le arrebató a la vida la caña de pescar, se lanzó a las turbulentas aguas de uns Venezuela convulsa a pescar su pescado de cada día y a guardar para los siguientes días.

Gledys está hecha de la madera de los mejores árboles venezolanos y al verla en el acto de Capriles y al observarla en la imagen de Manaure, no puedo evitar pensar que la actriz es del guáramo y el temple de mi madre, Carmen Marquina de Rojas, viuda joven, quien a fuerza de hacer pastelitos andinos, pasapalos para fiestas y hallacas para vender logró sacar adelante a una familia de 13 hijos. Mujeres que nunca esperaron una limosna. Se amarraron sus pantalones y, con trabajo, salieron adelante.

Por eso, esté donde esté, Gledys no necesita enseñar su documento de identidad para demostrar que es venezolana. ¡Ella es Venezuela! Se encuentre donde se encuentre, trabaje donde trabaje, Gledys es nuestro gentilicio. Es la venezolana humilde que salió del barrió, pero nunca olvidó que allí vivió ni se avergüenza de su origen. Ella mantiene su frente en alto, se enorgullece de lo logrado y no olvida de donde viene.

Gledys es una mujer valiente y triunfadora en el más estricto sentido de la palabra. “Esa negrita tiene su tumbao” y yo la he admirado siempre y ahora la admiro y la respeto aún más. Es triunfadora, no porque haya alcanzado la fama y la popularidad; sino porque se superó a sí misma y a sus circunstancias. Es triunfadora como lo fue mi mamá, sin ser famosa, y como lo son todas esas personas que a diario enfrentan la vida, batallan contra la adversidad y aprovechan los recursos y talentos que tienen para superarse y progresar.

Gledys Ibarra es el ejemplo de esa Venezuela que dice “Yo soy venezolano y sí se puede”.

Faranduleando. Sobre sindicatos “independientes”, Norkys y una Venezuela enferma

Ilustración Lerians “Chachi” Rojas

Hacía mucho tiempo que la farándula no formaba parte cuantitativamente importante en mi vida. Me enteraba de algunas cosas por comentarios de la gente o por titulares en twitter pero es un tema que no me apasiona particularmente.

Cuando estaba en mi tardía niñez y durante mi adolescencia, estar al día en la vida y obra de la farándula nacional era más importante para mí que hacer las tareas escolares. Al llegar de clases corría a la librería “Coquito” -una papelería, venta de útiles escolares y de revistas, más que librería-, que quedaba en un local que mi familia le alquiló en nuestra casa materna a Mercedes Pinto y donde, mientras papá vivió, existía una bodega, frente a la plaza Bolívar de La Parroquia, en Mérida.

La querida Mercedes, me permitía instalarme allí a leer gratuitamente Venezuela Gráfica, Venezuela Farándula, Ronda, Vanidades y no recuerdo qué tantas más publicaciones del género, así como Condorito, Sandokan, fotonovelas y cuanta cosa tuviera fotos, dibujos y letras. Todas las tardes pasaba horas devorando historias e historietas.

Mi fascinación (por cierto, creo recordar, ahora que escribo la palabra, que había una revista llamada así) era estar al día, especialmente de la farándula nacional. Poco me llamaban la atención los artistas hollywoodenses. Lo mío era saber en qué andaba mi querida Doris Wells, adoración de mi infancia junto a Libertad Lamarque. Estaba locamente enamorado de Pierina España y soñaba que me daba esos besos con lengua que le daba a Giancarlo Simancas en las telenovelas que no me perdía por nada del mundo. La capacidad interpretativa de Elba Escobar me dejaba perplejo. Y odiaba a Marina Baura porque los chismes decían que le hacía maldades a mi “ídola” Doris Wells. Siempre preferí los culebrones de Radio Caracas a los de Venevisión, canal que me resultaba demasiado elitesco y repugnante.

Después, con el crecimiento, empecé a perderle el gusto a las telenovelas nacionales y a la farándula en general. Me empezaron a interesar otras lecturas y me enfiebré con las telenovelas brasileñas. “Todo Vale”, “Loco Amor”, “Nido de serpientes”, “La Esclava Isaura” me mantenían hipnotizado frente a la pantalla y Gloria Pires, Fernanda Montenegro y Susana Vieira, sustituyeron a a la Lamarque y junto con la Wells (a quien amo al día de hoy), pasaron a formar parte de mis afectos y admiraciones faranduleros.

La última producción que recuerdo haber visto con constancia, interés y dedicación fue “Xica Da Silva”. A partir de allí, las telenovelas dejaron de interesarme y la televisión nacional la veo solo en Globovisión (poco y preferiblemente en noticieros). Por Venevisión ni paso y en cuanto a los artistas de la farándula estoy prácticamente perdido. No sé quienes son ni qué hacen. Exceptuando los que por una u otra razón suenan mucho en los medios y noticias.

Pero, los hechos recientes me sacaron de mi distanciamiento farandulero y empecé a oír y leer acerca de un tal Messuti, de Jorges Reyes -a quien recuerdo más por el escándalo del pornovideo (que por cierto, no vi), que por su trabajo actoral-, Cristóbal Lander -otro de quien no tenía ni idea que es actor-, Susej Vera -a la que tuve que googlear para medio ubicarla-, Layla Succar -al día de hoy no sé si se distingue por actriz, modelo, locutora o qué-, la mejor intérprete para mí de “Amémonos”, Mirna Ríos, el que se resiste a que lo olviden Henry Stephen del “Limón limonero”, la bella, carismática y sensual, Norkys Batista, el consagrado Javier Vidal, el inefable e insoportable (y medio gafe, según las malas lenguas) ex Mr. Venezuela, Winston Vallenila; alguien que siempre me pareció más hinchado por los medios que talentoso, Roque Valero y Manuel “Coco” Sosa, que vaya usted a saber qué ha hecho para ser famoso.

Mi retiro farandulero se interrumpió porque, como de todos es sabido, un buen día se desató el escándalo con la conformación de un nuevo “sindicato” de artistas orquestado por Messuti y Vallenilla, según versiones de twitter. Sindicato “independiente” en cuyo acto de constitución se declararon a favor del candidato oficialista a la presidencia, lo cual desató los vientos de furia y los rumores de que quienes allí están recibieron 500 mil bolívares cada uno por “saltar la talanquera” pues, hasta hacía poco, muchos se habían identificado con la oposición, algunos marchaban contra el gobierno, firmaron referedos o enviaban mensajes de solidaridad a familiares de presos políticos por DM en twitter.

Se desataron los aires de furia. A los artistas del sindicato les caímos encima a insultos por las redes sociales. Digo caímos porque yo los llamé “mercenarios del entretenimiento” porque una persona que es capaz de vender su conciencia y el destino de un país, por dinero, sea mucho o poco (en este caso poco porque ni para una casa modesta alcanza), no puede ser llamada “artista”, sin ofender a quienes en verdad lo son, serios, conscientes de su labor y comprometidos con el arte.

Al sol del día en que escribo estas líneas, con las aguas ya un poco más calmas, creo que en toda esta historia, predicha una semana antes de que sucediera por Javier Vidal en twitter, puede haber, por lo menos, tres tipos de protagonistas. Los que, posiblemente sí cobraron el dinero o participaron porque les prometieron algún tipo de pago, los que se anotaron porque efectivamente están de acuerdo con el proceso castro-comunista que se está implantando en el país y los que, por ingenuos, se vieron envueltos en el culebrón y terminaron sirviendo de tontos útiles a los propósitos de quienes inescrupulosamente los manipularon.

La hermosa Mariangel Ruíz, en una serie de 3 tweets relató cómo habría sido el proceso para la supuesta compra de consciencias, lo cual me hace inferir que posiblemente a ella se lo ofrecieron, o alguno de los involucrados le contó que así fue, y Vidal, en una respuesta a @cgomezavila le dijo que Cristóbal Lander y otro actor cuyo nombre no recuerdo ahora, pero que trabaja junto con Lander en la obra que dirige Vidal, le dijo que ellos no habían aceptado. Esto da a entender que a ellos, posiblemente les hicieron la oferta, la rechazaron y le contaron lo sucedido a Javier. Sería buenos que los involucrados aclarasen esos puntos.

Decir a estas alturas que cada quien, sea artista o albañil, tiene derecho a tener una opinión política, a sostenerla y a expresarla abiertamente o no, es de perogrullo. Defiendo a capa y espada el derecho de cada quien a ser y expresarse y me encanta el lema “prohibido prohibir”.

Pero, por eso mismo, por la libertad, también los personajes públicos tienen que hacerse cargo de lo que hacen y dicen y aguantar el chaparrón que les caerá encima cada vez que cometan una pifia. Aspirar a lo contrario, implicaría que se retiren de la vida publica y se dediquen a la paz de sus hogares. Acepto que no deben ser insultados ni amenazados, pero ellos deben tomar esas expresiones como parte del precio a pagar por la fama que han perseguido con tanto afán y anhelo y por la que han trabajado.

Quienes en esta historia hayan podido cobrar por la venta de su conciencia y sin tomar en cuenta el futuro de Venezuela, me parecen peor que prostitutas, porque una puta ofrece su servicio a quien la contrata en una negociación entre dos en la que no sale nadie más perjudicado, se va a su casa, se lava con agua y jabón y listo, cumplió su función. Hasta ahora no conozco el detergente que pueda lavar conciencias.

Lo cierto es que los comentarios acalorados surgieron de lado y lado. Los involucrados salieron a declarar, en muchos casos a victimizarse por los insultos y amenazas recibidos y algunos a dar explicaciones que en lugar de salvarlos los retrataban y hundían más.

Leí que Roque Valero, en un tono más que amedrentado, decía que a él del oficialismo le gusta el “nacionalismo” y, de inmediato, pensé ¿de qué nacionalismo está hablando Valero? ¿Del nacionalismo que cerró RCTV y unas cuantas emisoras de radio? ¿Del nacionalismo que tiene presos y sin juicio a Simonovis y a Afiuni? ¿Del nacionalismo que nos ha sumido en la oscuridad de los cortes y racionamientos de electricidad y en la escasez de medicinas y alimentos? ¿El nacionalismo que ha multiplicado las muertes a manos del hampa?¿El nacionalismo que disfraza una doble devaluación con los ropajes de un “ajuste cambiario” para “defender” el bolívar? Eso más parece “nazionalismo”. Ahora, si es el nacionalismo de “viva Venezuela, mi patria querida”, del tricolor nacional, el himno, las alpargatas y el joropo, que yo sepa, contra este nacionalismo no se ha expresado Capriles.

En medio de todo este escándalo de la creación del sindicato “independiente” cuyos integrantes al día siguiente de conformado, aparecen en un acto junto al candidato de los Castro y todo su combo del Psuv, lo cual lo desacredita inmediatamente como sindicato y lo parcializa como movimiento político, después de que muchos de ellos pregonaban que no se pronunciaban a favor de ninguna tendencia porque “se debían a su público”, para salir a hacerlo en plena campaña electoral, surge la polémica por la prohibición del régimen de que Norkys Batista se presente con su monólogo en el hotel Venetur, propiedad del estado, no del gobierno, o sea, es de todos los venezolanos, a lo que se sumó la denuncia de Chataing de que no le permiten presentarse en el estado Barinas.

Dias antes, el ministro encargado de la cartera de turismo había advertido que a los hoteles Venetur no se les permitiría la entrada a los apátridas opositores que hubiesen osado hablar más del venerable difunto, El Cadaverísimo, cuyos restos yacen en el Cuartel de la Montaña y la presentación pautada del monólogo de la Batista fue la ocasión especial para demostrar que no estaba mamando gallo. Norkys no se puede presentar por ser oposición.

Como era de esperarse, el país saltó ante el atropello, en un mismo día, los caricaturistas más renombrados del país le dedicaron a la actriz y ex miss sus trabajos y todo el mundo empezó a exigirle al recientemente creado y desafortunado sindicato que actuara e hiciera que se respetasen los derechos de Norkys, como artista, de presentarse en cualquier espacio y más en un hotel que pertenece al estado venezolano, no al oficialismo.

Entre las excusas dadas para la suspensión del espectáculo dijeron que “no era apto”. Es decir que a la vergüenza de la discriminación por razones políticas, le sumaron el oprobio de la censura. Pero, a estas alturas, a los venezolanos nos nos asombran esos exabruptos del régimen. Es lo que de ellos cabe esperar. Lo contrario sí nos sorprendería.

Lo que escuchaba en el programa radial de Losinski y sí que no podía creer eran las declaraciones que Jorge Reyes daba acerca de la censura del régimen a la Batista.

Entre su balbuceo poco entendible que evidenciaba la incapacidad del muchacho a expresarse sin un guión en la mano, soltó esta perla: si Norkys quiere que el sindicato se pronuncie en su caso, pues que se inscriba en él.

Eso solo lo dice todo. No hay mucho más que agragar a tan lamentable posición. Pero más tarde, en el mismo programa, la propia actriz le comentaba a Losinski que ella había llamado personalmente a Messuti para exponerle su caso y cuando le dijo que no la dejaban presentarse en el Venetur por ser oposición cuando ya tenían entradas vendidas y la fecha estaba encima, Messuti le dijo que no le creía que no podía ser por eso. Evidentemente, él no leyó ni oyó al ministro.

Finalmente, Norkys le dijo que al llegar al hotel lo llamaba para decirle lo que le dijeran allí. La actriz llegó y, efectivamente, no le permitieron la actuación. Al llamar a Messuti, este le dijo que no era porque ella fuese oposición que le cancelaban el show sino por el contenido de la obra.

A mí, al oír esto, la quijada me llegó a las rodillas. Me resulta inconcebible que un artista pueda apoyar la censura, que le parezca bien que una obra sea prohibida por su contenido. Esto cuadra con cualquier esbirro de cualquier régimen facho, pero que lo diga alguien que se llama a sí mismo artista y que está conformando un sindicato, me parece deleznable. Sin tomar en cuenta que esa misma obra ya se había presentado anteriormente en esos espacios sin que nadie se quejara de su “contenido”.

Al escuchar en Buenas Noches a Mirna Ríos explicar su posición, tratando de entender entre su sentido llanto que no la hizo perder su buen humor y la verborrea, malos chistes y característica habladera de paja de Kico y Roland que hace que uno tenga que extraer con pinzas los que el entrevistado tiene que decir, infiero que la cantante actuó correctamente y tal vez fue sorprendida en su buena fe al verse luego envuelta en algo que terminó siendo un movimiento político, un acto de campaña más del oficialismo. Ella posiblemente resultó ser una del grupo de los tontos útiles.

Lo lamentable de toda esta historia es que pone en evidencia, una vez más, el país enfermo en el que estamos viviendo. Al insepulto se lo llevó su enfermedad, pero nos legó un país lleno de odio y resentimiento. Una Venezuela enferma física, psicológica, ética y moralmente. Nos dejó la profunda brecha divisoria excavada a fuerza de manipulación, odio, resentimientos y compras de conciencias durante 14 años, que al más pequeño de los eventos saca a relucir lo peor de cada uno de nosotros como seres humanos.

Que en un mundo superficial y de divertimento como el de la farándula, un mundo que es para el placer, el entretenimiento, el enriquecimiento del espíritu, pasen cosas como las que hemos visto y que nos retratan como personas, delatan la gravedad del país que nos legó “el proceso”.

Los seres humanos se enferman y, o bien se curan, o se mueren. Pero los países no mueren. Los países están en la obligación de sanarse. No tienen otra salida. Siempre pueden llegar a estar peor porque el fondo no parece existir, siempre se puede caer más, pero no llegar a morir. Venezuela está enferma, muy enferma, en nuestras manos está el ver cuándo vamos a empezar a aplicarle el tratamiento para que se cure.
Cada uno de nosotros tiene en sus manos la dosis de medicamento que la puede sanar o del veneno que la puede empeorar. Todo es cuestión de consciencia y decisión.

La Velada de Santa Lucía dijo adiós

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Los ángeles de la fuente con la imagen de la Santa y Mártir Lucía al tope nos reciben vestidos de naranja y con las cuatro letras de la palabra “AMOR” estampadas. La plaza y la calle 2 se encuentran atestadas de gente y artistas. La brisa fresca que circula entre el gentío nos evita el sofoco y se agradece.

En algún punto de la plaza un hombre de turbante dentro de un cuadrilátero de cuerdas con fotografías colgantes y con el fondo musical del saxo IMG-20130301-11444tocando jazz dan testimonio de lo que será un performance para criticar las guerras y el fanatismo. Más allá, una chica muestra su desnudez cubierta con un maquillaje corporal de vegetación a manera de estatua viviente que hace homenaje a natura y frente a ella pasean hombres vestidos de payasos.

La gente recorre el lugar, observa con atención las diferentes manifestaciones artísticas de calle. Algunos ríen, otros se burlan, otros más no parecen comprender muy bien de qué va la cosa, pero el lugar continúa llenándose de gente que viene a la que será la XIII Velada de Santa Lucía y la última edición del evento.

Entre la multitud se ve a una pareja vestida de blanco quienes protestan por el maltrato a los animales y las corridas de toros y a su lado, una estatua viviente de una madona con el niño. Son las 9 de la noche y la velada se encuentra a tope.

IMG-20130301-11453Frente a la casa dónde Clemencia Labin, creadora y promotora del evento, se aglomera la gente a la espera que la artista realice su performance, este año inspirado en una imagen de un cuadro de Santa Clemencia, cuyo contenido se reproduce en el medio de la sala a manera de altar. La hilera inamovible de gente frente a la puerta de la vivienda me indican que será prácticamente imposible entrar y ver la actuación de la Labin, por lo que, entre empujones y pisotones me decanto por ir a ver lo que exhiben las demás casas que participan de la velada.

Una mujer realiza una actuación en la cornisa de una de las casas de la calle 2 de Santa Lucía y entre la multitud circulan zanqueros con coloridos trajes y se encuentran diversas estatuas vivientes junto a las cuales la gente trata, en  muchos casos infructuosamente, de sacarse fotos. En la transversal hay todo un “happening”. De unas cuerdas guindaron una inmensa turbina que expulsa espuma de jabón a borbotones y la gente se divierte jugando entre las pompas de jabón.IMG-20130301-11454

A la entrada de la calle, frente a una improvisada carpa de quiromántica y como ajena a la algarabía de la espuma tras de ella, una gitana sentada en la acera parece esperar su próximo cliente en busca de su destino.

Entro a una de las casas y me recibe el rítmico sonido de la gaita zuliana a todo volumen con una exposición fotográfica sobre El Zulia, su arquitectura, sus paisajes y su gente. En la parte trasera de la vivienda han hecho una instalación en la que se critica y denuncia la situación de la frontera venezolana en la actualidad con el contrabando de gasolina y los productos alimenticios de la cesta básica hacia la hermana república de Colombia. La instalación deja plasmado cómo la tortilla se ha dado vuelta, el peso ahora vale igual o más de lo que hace 20 años valía el bolívar, ya Maicao y Cúcuta han dejado de ser una opción para los venezolanos de  comprar productos económicos. Ahora son los colombianos los que buscan en Venezuela los artículos baratos que podrán revender en su país con jugosas ganancias.

En la casa 89B20 Marco Montiel-Soto aglomera innumerables objetos reunidos en una instalación de denomina “Arqueología en la memoria de las familias de Santa Lucía”. Todo un trabajo en el que el artista IMG-20130301-11470hurgó en cada hogar de la barriada recolectan cuadros, fotografías, lámparas, muñecos, cerámicas, muebles… Toda una serie de objetos que al juntarlos en una sola muestra parecen conformar lo que sería la memoria colectiva de “El Empedrao”, con todo la carga kisch que el barrio puede. En el centro de un sofá, frente a la compilación de diversas “Ultimas Cenas” de los hogares de Santa Lucía, un muñeco de trapo hecho a imagen de Jesús, da pie para que a su lado se ubiquen 12 muñecos más de trapo y peluche a manera de Última Cena, esa manida imagen que parece imprescindible en los comedores de las casas de la barriada. Y casi a la salida, entre el abarrotamiento de objetos, nos sorprende un cuadro cinético religioso que nos muestras 3 imágenes diferentes de santos dependiendo del ángulo desde el cual se observe.

En la calle 2 se ve la ropa blanca colgada en cuerdas para secarse al aire y al fondo la iluminada iglesia de Santa Lucía. La gente va y vuelve, recorre las casas, conversa. Es una ocasión en la que uno se consigue con amigos que tiene tiempo sin ver. Algunos que solo vemos cada año en la celebración de la velada.

En baño de otra vivienda, las fotografías de gente bañándose decoran la pared de la ducha en una sencilla e interesante instalación y frente a estas unas muy buenas tintas chinas se superponen a la desconchada pared. También vemos escultóricas sillas hechas con papel maché y en el porcheIMG-20130301-11486 de una vivienda una pareja de esculturas hechas de envoplast parecen conversar y pasar la noche recibiendo el fresco a la luz de la anaranjada e inmensa luna que comienza a asomarse tras los aleros de las casas. Mientras en el muro de una de las viviendas una imagen de santa Lucía estampada en la pared se apresta a recibir en “post it” autoadhesivos las peticiones de los observadores en una instalación que parece re-construirse minuto a minuto a fuerza de fe.

En la puerta de la casa del profesor de inglés, me detengo un rato a contemplar el video que se proyecta en la pared de la sala dormitorio del alcoholizado maestro. En el muro se contempla y oye al viejo, con una gracia particular, dictando sus clases de inglés. En la mitad del lugar se ubica la cama del instructor donde el anciano profesor se encuentra sentado junto a su bastón de IMG-20130301-11503aluminio. Su sonrisa sin dientes y mirada extraviada, a ratos, parece tropezar con la de alguno de los curiosos que se aglomeran en la puerta y ríen por lo bajito. Cómo cada año, salgo de esa casa con una sensación de presión en el pecho y espantando la depresión que se cierne sobre mí, pensando en si es el alcohol, la soledad, el karma o qué otro extraño sino lo que hace que una persona pueda terminar en semejante situación.

Las palabras impresas en el muro de la casa donde Clemencia Labín hizo su performance, justo la pared detrás del altar de Santa Clemencia, ubicadas junto a una sencilla y conmovedora instalación de pañuelos blancos, me sacan de la amenaza de depresión y me reconcilian con lo que acontece en la tumultuosa noche de velada.

La Velada de Santa Lucía, luego de trece ediciones, se despide. No se puede decir que haya cerrado con broche de oro porque, en realidad fue un final de fiesta un poco flojo, con más de lo mismo que hemos contemplado durante las últimas ediciones. Los artistas y creadores participantes pareciera que se quedaron en la zona de confort. Descubrieron lo que les funcionó en una primera oportunidad y se quedaron allí asumiendo muy poco riesgo en los sucesivos eventos.IMG-20130301-11517

La Velada da la impresión de que dio todo lo que tenía que dar y sus organizadores sabiamente lo percibieron y decidieron cortar por lo sano. De ahora en adelante, todos los primeros días de marzo, extrañaremos la fiesta del arte de la Calle 2 de Santa Lucía, recordaremos los gratos momentos que nos hizo pasar y esperaremos que surja en algún lugar y en algún momento un evento que nos mueva las simientes como lo supo hacer durante varios años la reunión de marzo en “El Empedrao”.

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X Velada de Santa Lucía. Toda la calle 2 para el arte

Ecos de La Velada de Santa Lucía. La Posición de Silencio

XI VELADA DE SANTA LUCIA

La XI Velada de Santa Lucía en el lente de Fernando Bracho

XII Velada de Santa Lucía ¿Llegó la hora de revisión?

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Arte, danza-teatro, sudestada y patanería argentina

Foto: Cristian Espinosa

Desde la mesa del Monet, a través del cristal, podemos ver como la lluvia arrecia y el viento sopla con fuerza. Lo que se ha desatado es un verdadero aguacero.

Aprovechamos el wi fi del lugar y nos conectamos para saber qué está sucediendo y comunicarnos con la familia. Las noticias no son muy alentadoras. Desde Uruguay, mi hermana Yandira nos dice que la tormenta que se ha desatado en Montevideo no es normal. Es la llamada sudestada, un fenómeno climático que hace que se desate la furia de la lluvia y los vientos fríos que vienen del sur en el cuadrante del sudeste, que puede ser de mayor o menor intensidad, pero que en esta oportunidad es tan fuerte que ha impedido que los barcos desde Colonia zarpen hacia Buenos Aires.

-Dicen que hoy no saldrán barcos por el temporal, averigüen a ver qué les dicen allá en Buenos Aires- escribe Yandy-. Si pueden. vayan a Galerías Pacífico que lo tienen cerca porque con la lluvia no es mucho lo que pueden hacer.

Foto: Cristian Espinosa

Aprovechamos que ya hemos almorzado y que la lluvia parece dar un respiro y, con una persistente garúa, caminamos hasta el lujoso centro comercial.

El lugar es lujoso y cuenta con las mejores franquicias y marcas pero, como ver tiendas no es precisamente lo que más me gusta hacer, y menos aún si no tengo dinero para gastar, decidimos sentarnos en las mesas de la feria de comida y aprovechar el wi fi. Queremos saber qué sucederá con el regreso a Montevideo. Busco los boletos para saber los números de teléfono de la compañía y llamar a averiguar.

Corro a buscar un teléfono público para llamar al Buquebús, la compañía de transporte, las monedas se consumen con la grabación de la compañía diciendo que están ocupados y que ya me atenderán. Al final, logro comunicarme, justo con el último peso que tengo sencillo, y la operadora me dice que espere un momento, pasan los minutos, el tiempo de llamada se consume la moneda y quedo igual que antes de llamar. Sin información.

Decido no preocuparme pues no es mucho lo que podré hacer. La información que llega desde Montevideo es la misma. Lo único que sabemos es que no se sabe nada con certeza. Entonces, tomando en cuenta que son las 6 de la tarde y que nos queda mucho tiempo de espera, hacemos caso del consejo de Yandy y nos enfilamos a buscar el Centro Cultural Borges, que tiene sede en el Galerías y ver qué actividad ofrece para pasar el rato de encierro involuntario por el temporal.

En la sala de exposiciones hay una exhibición de esculturas del artista plástico argentino  Hernán Guiraud llamada “El espacio holográfico”, piezas de mediano formato que a primera vista me recuerdan un poco el trabajo de Rafael Barrios, pero tras una mirada más detallada, observo que, a diferencia del escultor venezolano, las obras de Guiraud están hechas todas en blanco o negro y forman figuras cuyos pliegues dejan

Foto: Cristian Espinosa

orificios a través de los cuales se ve de fondo la realidad circundante. Cada artista tiene un manejo particular del espacio y del volumen que le da a sus piezas la connotación única y original. Un trabajo realmente interesante que juega con la luz y el espacio.

En la sala contigua, hay una exposición colectiva de pintura y en la parte de artes escénicas, el Centro Cultural está presentando espectáculos de tango durante toda la semana.

Así es la vida, llena de coincidencias y casualidades. Cuando iba en el autobús que nos llevaba al hotel, el día que llegamos a Buenos Aires, ya cercanos al obelisco, vi una gigante pancarta colgando de la fachada de un edificio con una hermosa fotografía, tomada cenitalmente en blanco y negro, de una pareja bailando tango, que me llamó la atención. Cada vez que pasaba frente a la pancarta me decía: “sería bueno averiguar sobre ese espectáculo para irlo a ver”, pero entre el ir y venir y una cosa y otra, se me pasaba y no averiguaba nada.

Casualmente, al revisar los carteles en el Borges, resulta que uno de los afiches tiene la fotografía de la pancarta y, coincidencialmente, el espectáculo que corresponde para la fecha es el “ConCiertoTango”, justamente la pieza que se anuncia con la foto de la pareja tanguera.

Averiguamos costo, horario y tiempo de duración de la obra. Todo indica que podemos ver la pieza y estar a tiempo en el hotel para cuando nos busque el transporte que nos llevará al puerto. Solo un pequeño inconveniente: no tenemos pesos y en el teatro no aceptan dólares ni tarjetas de crédito. ¡Bendito control de cambio de estas economías “cubano-socialistas”!

Por fortuna, la chica de la taquilla me informa que en la planta baja hay una casa de cambio. Nos enfilamos hacia allá, todavía faltan unos 40 minutos para la función, así que tenemos tiempo de sobra.

En mitad de uno de los pasillos del centro comercial, hay una pequeña taquilla  que parece una  pecera con dos chicas que atienden al público que desea cambiar dinero. Cambiamos lo necesario y, sin darnos apenas cuenta, terminamos hablando con la rubia que nos atiende del control cambiario y de la política. La chica está indignada con las declaraciones de Cristina Kirchner en las que decía que un argentino podría perfectamente comer con 6 pesos, 1,50 dólar a cambio oficial y 1,00 del mercado negro.

-¡Imagínense que la diferencia entre los dos tipos de cambio es de dos dólares! –dice alarmada.

Cuando le contamos que en Venezuela la diferencia entre ambos tipos de cambio es de 8 porque mientras un dólar oficial cuesta 4,30; el del mercado paralelo va por 12; no lo puede creer.

-Cuando comenzó el control de cambio en nuestro país, la proporción era similar a la actual de Argentina –le comento-. Ahora está por las nubes y hay gente que vive sin trabajar, que se ha hecho rica exclusivamente haciendo negocios con las divisas.

Trato de que la chica entienda más o menos cómo es el negocio de los dólares en Venezuela y es cuando me entero que en Argentina, cuando un ciudadano va a viajar, el gobierno les autoriza la cantidad de divisas que dispondrá diariamente y que no excede de 100 dólares por día, entregados en la moneda del país al que se viaja. Es decir, no es como en Venezuela que otorgan dólares o euros, de acuerdo al caso. Si viajas a Colombia, te dan el equivalente de lo aprobado en pesos colombianos, a Venezuela en bolívares y así respectivamente.

-Un señor que iba a viajar por motivos de salud, no pudo hacerlo porque lo que le otorgaron fueron 20 dólares diarios –cuenta la chica-. Yo creo que tendremos que irnos de este país. Ya estoy viendo qué haré el año que viene cuando termine los estudios, porque creo que aquí no tenemos futuro.

Ella, como tantos en Venezuela en estos 14 años de “revolución”, está programando su plan B: Emigrar.

Lo único que se me ocurre decirle es que, si se piensa ir, empiece a organizarlo todo para hacerlo lo antes posible porque emigrar no es fácil y debe prepararlo todo para que la salida no sea improvisada y la realice en los mejores términos.

Finalizamos el trámite cambiario y, de vuelta a la planta alta para comprar nuestras entradas para el “ConCiertoTango” que en pocos minutos comenzará.

La obra es un espectáculo de danza-teatro con proyección de videos y cuenta 3 historias de amor en diferentes tiempos a través de 3 parejas encarnadas por los mismos actores, Alida Orlando y Claudio Bameix. La producción es más bien modesta, en  contraste en con la fastuosa promoción vista por toda la ciudad. Es puro sentimiento, con historias bien actuadas y mejor bailadas, que nos ubican en diferentes épocas y lugares para narrarnos los encuentros y vivencias amorosas de las parejas protagónicas. Alida y Claudio bailan el tango sin enrevesadas piruetas ni movimientos de contorsionistas pero con verdadera pasión y sentimiento y el apoyo de los videos se hace imprescindible para ubicarnos en el tiempo y espacio de la narración.

A eso de las 9 y media de la noche, termina la función y nos dirigimos a pie hacia el hotel. Por fortuna, ya no llueve. El fuerte temporal ha amainado y aunque las calles aún acusan las largas horas de lluvia intensa, el clima está fresco y agradable. Paramos en un restaurante a comer algo porque el servicio de comida del Buquebús no ofrece nada muy bueno y no queremos pasar toda una noche de hambre hasta llegar a Montevideo.

En el restaurante, una vez más, tenemos la perfecta muestra de que el argentino no anda con apuro ni estresado. Por más que le indicamos al mesero que, por favor nos sirva tan rápido como pueda pues andamos con el tiempo justo, el servicio se tarda lo que se tiene que tardar. Cuando llega mi carne guisada con vegetales y la copa de vino tinto, le indico al hombre que, por favor, nos vaya trayendo la cuenta de una vez para no perder más tiempo. Es inútil, ellos no entienden lo que es tener el tiempo justo y estar apurados.

Terminamos de comer y, finalmente, tengo que acercarme hasta la caja para pagar porque, efectivamente ya estamos sobre la hora y si no nos apuramos, no llegaremos a tiempo al hotel para tomar el autobús que nos llevará al terminal marino.

Caminamos a la velocidad que nos dan los pies. Son las 10 y media, la hora cuando se supone que el bús nos buscará y aún estamos a unas cinco cuadras del hotel. Cuando cruzamos el umbral de la puerta tropezamos con un hombre que va de salida. Resultó ser el conductor que ya no nos iba a esperar más. Corro tras él. Lo alcanzo y regresamos hasta el lobby del hotel para recoger las maletas. En el camino, le comento al chofer que me habían dicho que no saldría el barco.

-Es que no saldrá –dice-, pero mis instrucciones son recogerlos y llevarlos hasta el terminal y allá les explicarán lo sucedido.

Mi olfato me dice que algo no terminará bien. Tomamos nuestro equipaje y nos vamos en el autobús hasta el terminal de Buquebús. Somos los últimos en subir, pedimos disculpas por la tardanza y tomamos vía al puerto.

Al llegar al terminal, ya cerca de las 11 y media, un trabajador de Buquebús nos recibe en la puerta:

-La situación es esta: hoy no han salido barcos debido a la sudestada y el de ustedes de la 12 de la noche, tampoco saldrá. Entonces, tienen dos opciones: Una es pasar la noche aquí en la estación y aguardar hasta mañana para ver si zarpan barcos. La otra es que vengan con nosotros a un hotel que conseguimos y que cuesta 70 dólares la noche. Ustedes deciden.

Me molesta un poco la actitud de tipo y le comento que no nos están ofreciendo ninguna solución porque pasar la noche en un banco de estación o pagar 70 dólares por un hotel no son opciones. Le explico que así como los argentinos tienen control de cambio, en Venezuela también y no podemos disponer con facilidad de 70 dólares para pagar una noche de hotel cuando en el paquete que yo había comprado para ir a Buenos Aires, la noche adicional costaba poco más de 50 dólares.

Entonces, la famosa patanería del argentino, por primera y única vez en todo el viaje, se materializa en el funcionario de la empresa naviera:

-Bueno, eso es lo que podemos ofrecerles. Si les gusta bien, si no ustedes verán qué hacen. Los que estén de acuerdo en venir al hotel, síganme para hacerles el cambio de boletos.

Le insisto en que no nos está ofreciendo verdaderas opciones, que si bien es cierto que el temporal no ha sido culpa de la compañía, sí lo ha sido la forma como manejaron la información, que bien podrían habernos ubicado temprano e informarnos de la suspensión del viaje para poder tomar previsiones y no llevarnos a la estación y dejarnos botados allí a las 12 de la noche.

El hombre hace gala de su grosería, voltea y me deja con la palabra en la boca diciendo “si no estás de acuerdo ve cómo resuelves. Vengan conmigo los demás”.

Así que allí estamos Cristian y yo, a medianoche en el terminal de Buquebús de Buenos Aires abandonados a nuestra suerte. Llamo a mi hotel para ver si puedo tener la noche adicional por el precio convenido al comprar el boleto en Montevideo y me dicen que la noche cuesta 180 dólares, que el precio del paquete solo puede ser contactado por medio de la agencia de viajes. A las 12 de la noche, ni modo de comunicarse con la agencia, tal vez, si nos hubiesen avisado durante el día, algo habríamos podido hacer…

Conseguimos dos parejas que están en la misma situación que nosotros y comenzamos en grupo a tratar de resolver. Shirley, una uruguaya que está con su esposo de fin de semana, me comenta que incluso los de Buquebús ni siquiera daban garantía de que en el hotel donde nos iban a llevar hubiese habitación porque todos los pasajeros del día los habían llevado para allá.

Total, que la empresa se desentendió de nosotros y ni siquiera nos puso un teléfono, internet o transporte a disposición para resolver. Llamo a varios hostels con los números que me facilita una chica de información y, por fin, logro conseguir 3 habitaciones por un precio relativamente razonable.

Empieza el calvario para conseguir transporte que nos lleve al hostel. ¡No hay línea de taxis en el terminal! Consigo el número telefónico de una línea, con el último peso sencillo que me queda llamo y me dice la operadora que no pueden enviar unidades al terminal por razones de seguridad. Casi la una de la mañana y nosotros allí, a la buena de Dios.

Finalmente, salimos a la avenida y logramos encontrar un taxi en el que se van 3 de los seis que estamos juntos. Le pido al conductor que nos llame uno que nos busque a los otros y dice que no puede hacerlo por seguridad. Nos toca esperar allí ateridos de frío e impotencia a que la providencia nos mande una unidad que nos lleve a los 3 hasta el lugar donde, por fin, podremos descansar. En el camino, voy pensando en qué manera tan absurda y ridícula de terminar un viaje que había sido perfecto hasta este momento. No puedo dejar de dar gracias al Buquebús por no hacer el más mínimo esfuerzo por ayudar a sus pasajeros.

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