El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Hilaria (4)

hilaria2

(Cuento)

Cuarta entrega

***

En agosto de ese año 63, Rigoberto agarró sus ahorros y los envolvió en un pañuelo, tomó los pocos chécheres que tenían utilidad o valor, a sus tres hijas y a su mujer embarazada de tres meses y se montó en la furgoneta Volkswagen de Diomedes, su compañero de jornada en la cosecha de papas y enfilaron rumbo a Caracas en un largo viaje que duró casi 24 horas.

El aguardiente y el chimó le ayudaron a tolerar el viaje y a pasar el malhumor que le producían los vómitos de Teresa que cada dos por tres los obligaban a detenerse a orillas de la carretera para volcar solo un líquido amarillento y espumoso, pues no tenía nada en el estómago luego de la tercera vomitada. De nada servía haberse forrado la panza en papel periódico como le había aconsejado Clotilde, su vecina, ni el limón con bicarbonato que normalmente le calmaba las nauseas. “Ojalá, esta vez sea el ansiado varoncito, porque no tengo intenciones de volver a quedar preñada nunca más”. Este embarazo era el que peor le había sentado y el viaje interminable no ayudaba mucho.

¡Por fin llegaron a Caracas! En pocos minutos estarían en casa del primo Teobaldo quien les había ofrecido techo a Rigoberto y su familia mientras construían un ranchito en  un pequeño terreno al borde de la carretera de Los Teques, donde Teo vivía desde hacía 8 años, cuando, al igual que ahora hacía Rigoberto, había decidido dejar el páramo merideño para irse a la capital en busca de un mejor futuro para él y su familia.

El ranchito de Teobaldo estaba casi a nivel de la carretera. Era una casa de tres habitaciones con paredes de cartón piedra, piso de cemento pulido rojo en las áreas comunes y verde en los cuartos. El techo era de zinc y solo tenía en construcción de bloques, las paredes externas. En una sola habitación se ubicaron Rigoberto, Teresa, Milagros, Fabiola y Lucrecia. Mientras construían en el terreno más hacia abajo del barranco, bajando unos escalones hechos de tierra, la que sería su casa hasta que la suerte del petróleo los tocara con su vara mágica y los sacara definitivamente de pobres.

Lo que más les gustaba a todos de la zona donde estaban viviendo, es que era como no haber dejado nunca el páramo andino. El clima era frío y por las tardes y al amanecer la neblina cubría todo y entraba por puertas y ventanas. Era como seguir en Mérida pero con una perspectiva de futuro más próspero acorde con el progreso que en general estaba haciendo de Venezuela un país en vías de desarrollo.

En pocos meses, con la ayuda de Teobaldo y su hijo mayor, ya tenían levantado el rancho. Un rectángulo de tres paredes de bloques, la mayoría robados de la construcción donde estaban trabajando Teobaldo y Rigoberto de albañiles y una cuarta que no era más que un inmenso peñasco en la montaña que taparon con un panel de cartón piedra, material con el que también dividieron la habitación en dos para que las tres niñas durmieran aparte en su cuarto. Solo pusieron puerta de madera hecha con listones de estibas,  a la entrada principal. Para las habitaciones de los esposos y las niñas, bastaba con unas cortinas de flores. El resto del espacio, sería la sala, cocina y comedor. El piso era de tierra, mientras echaban uno de cemento pulido, cuando la paga de Rigoberto le permitiera ahorrar un poco para los materiales.

A Milagros y Fabiola de 12 y 13 años, las inscribieron en el liceo público que quedaba cerca del “rancho”, como insistían en llamar Rigoberto y Teresa a su vivienda haciendo rabiar a las niñas. Lucrecia se quedaba siempre en casa con Teresa, mientras Rigoberto pasaba de una construcción a otra. Unas veces levantando muros de altos edificios, otras echando platabandas, poniendo tuberías de aguas negras y blancas. Lo que no sabía, lo aprendía, no podía darse el lujo de rechazar trabajos con esa prole qué mantener.

El 4 de febrero de 1964 nació su cuarta hija. ¡Otra niña! Sus esperanzas de tener un varón que perpetuara su apellido y lo ayudara a sacar la familia adelante se desvanecieron cuando el médico del hospital salió de la sala de parto y les dijo que era niña y que estaba sana y saludable. Teresa también estaba bien. Dolorida por el parto pero en perfecto estado y con las tetas cargadas de leche como para criar trillizos.

-Pues será Hilaria, entonces. Que se llame Hilaria –Dijo Rigoberto.

El y Teresa estaban tan convencidos de que sería varón que habían decidido ponerle Hilario, como el abuelo de Rigoberto. En ningún momento pensaron nombres de niñas, así que se llamaría Hilaria, en honor al abuelo, y sanseacabó.

***

Hilaria tira la colilla al suelo y la pisa con la chancleta. “Tengo que dejar de fumar”. Sacude la vela de la Primera comunión de su hija en el aire, más para espantar los recuerdos que para apagarla y con cuidado la ubica junto a todas la cosas que ha conseguido. Jacqueline estará feliz con su regalo de cumpleaños. Mira el reloj y aún faltan unas horas para que la hija regrese del liceo. Tiene tiempo de seguir escudriñando para encontrar recuerdos. Después tendrá que buscar un buen lugar donde esconder todos los objetos, no vaya a ser que Jac los consiga antes de tiempo y eche a perder la sorpresa. Será solo por un tiempito, unos 2 meses, hasta el día del cumpleaños.

En una caja de zapatos consigue un casete TDK con las canciones que le ponía a Jac de pequeña para dormir. Ya se había olvidado de ese casete. “Música para soñar”, decía en la carátula. Lo puso en el pasa cintas y la canción que sonó hizo que se le aguaran los ojos. La voz de María Teresa Chacín cantando “…Hoy hay fiesta en el bosque, como a las nueve. Se casa la hormiguita con ratón Pérez. Larai larai…” la llevó a los días en que Jac no era más que una muñeca de carne y hueso que acunaban los brazos de la niña madre a los doce años, mientras le cantaba y bailaba para dormirla.

 

***

-Su hija está en proceso de parto, señora.

Teresa no entendía nada de lo que le decía el doctor. Ese hombre tenía que haberse vuelto loco o le estaba mamando gallo. ¿Cómo iba a estar su niña de apenas once años pariendo? ¡Si ni siquiera tenía novio! Y la regla le vino una vez y nunca más.

-Tiene que haberse intoxicado con las hallacas de anoche. Doctor. Ella, antes de venir, decía que le dolía mucho la barriga, que tenía retorcijones y como calambres. Por un momento pensé que podía ser dolor de vientre por la menstruación y le hice un bebedizo de conchas de naranja pero como no se le calmaba y decía que cada vez le dolía más pues decidimos venirnos al hospital para que la revisaran… Eso es una intoxicación seguro… ¿Serán parásitos, doctor?

Teresa no paraba de hablar. Milagros que la había acompañado, la escrutaba sin entender nada. Veía cómo Hilaria se retorcía en la camilla y con la mirada interrogaba al doctor.

-Señora, ¿usted no sabía que su hija estaba embarazada? ¿No la llevaron nunca a control? ¡Esto es inaudito! Necesito que me autoricen para hacerle una cesárea. No creo que debamos esperar que dé a luz sola porque es muy niña aún y se puede complicar. Pero tenemos que ingresarla a quirófano ya porque el parto está en proceso…

-¡¿Cuál parto?! ¡Usted está loco! –Gritaba histérica Teresa.

Finalmente, Milagros firmó los papeles “Haga lo que tenga que hacer, doctor”. Teresa sacudía a Hilaria por los hombros “¡Puta, puta! ¿Con quién te acostaste?”. Hilaria solo gritaba de dolor. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. Solo sentía que algo le quemaba el vientre como si le hubieran sembrado carbones prendidos o un afilado cuchillo desde adentro la desgarrara. Se plegaba sobre su abdomen apretando el vientre con fuerza con las dos manos. A lo lejos escuchaba al médico hablar de embarazo, parto y cesárea y nunca pensó que se refería a ella hasta que su mamá en el clímax de la histeria le dio dos cachetadas y gritando le preguntó:

-¿De quién es ese muchacho que vas a tener? ¿Cómo nunca me dijiste que estabas preñada? ¡Puta! ¿Quién te hizo eso?

-No sé, mamá. No sé nada. No sé cómo voy a tener un hijo –decía entre sollozos y dolores-. ¡Ni siquiera sé cómo se hace para tener un hijo! ¡Yo no soy puta, mamá!

El médico se llevó a Hilaria luego de arrancarla de la histeria materna. “Cálmala”, le dijo a Milagros. “Después tendrán tiempo de aclararlo todo pero ahora hay que atender a la niña y salvar a la criatura. Ojalá que venga bien porque un embarazo sin control y a esa edad es de alto riesgo”.

-¿Cómo se lo diré ahora a Rigoberto? ¡Con razón que no hacía sino engordar! Y yo poniéndola a dieta y a hacer ejercicios porque estaba como una vaca. ¡Rigoberto me va a matar!

Teresa saltaba de un tema a otro sin ningún orden de continuidad. Milagros no quería escucharla, no quería pensar. Lo que menos le preocupaba era lo que dijera su papá. Entre los calmantes y el miche, era más lo que vivía en las nubes que de lo que se enteraba. Cuando no estaba borracho, estaba drogado y, la mayoría de las veces, las dos cosas al mismo tiempo. Ya no sabía ni cómo se llamaba.

Para tapar los gritos de su madre, se concentró en el sonido del radio que tenía la enfermera encendido. El locutor hablaba de la importancia de este primero de enero de 1976 para el país. A partir de esta fecha, Venezuela será otra, más desarrollada y más soberana con la nacionalización del petróleo… y la inconfundible voz de Carlos Andrés Pérez desde el Salón Elíptico del Congreso se escuchaba en el aparato mal sintonizado:

“El petróleo es nuestro y está en nuestras manos la posibilidad de demostrar que somos capaces de manejarlo, que podemos confiar en nosotros mismos, que será herramienta de desarrollo democrático, de justicia social”.

Continuará…
Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria
Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
Tercera entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZZ
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