El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Hilaria (3)

hilaria2

(Cuento)

Tercera entrega

 

***

Rigoberto conoció a “El Brujo” el dos de febrero de 1963 en la Plaza Bolívar de La Parroquia en Mérida. Como todos los años, desde hacía muchos que le había hecho la promesa a La Candelaria de bajar desde el páramo donde vivía para celebrar el día de la virgen aparecida en una tablita por los lados de Zumba y a la que Rigoberto, como muchos merideños, le rendía devoción por ser la patrona de los campesinos y en especial de los agricultores.

Ese día salió antes del amanecer de su casa de gruesas paredes de bahareque en Mucuchíes, cuando el autobús Blue Bird tocó la bocina por segunda vez frente a su puerta. Montó en el bus los guacales con verduras en el fondo del pasillo, buscó su ruana de lana marrón y se caló su sombrero. La madrugada estaba fresca y despejada. No quedaba ni rastro de la llovizna y de la niebla de la media noche. Apenas un rocío en las hojas de los frailejones del jardín delantero de la casa y en el monte crecido de un momento a otro.

No se sentía mucho el frío porque el viento se había detenido. En el oscuro cielo las estrellas brillaban con intensidad y una luna que empezaba a crecer languidecía en el horizonte. Luego de acomodar los guacales, Rigoberto buscó a su mujer y a sus tres hijas, tomó una mascada de chimó que colocó debajo de su lengua y los cinco subieron al autobús saludando con alegría al chófer.

Milagros, Fabiola y Lucrecia de sentaron en el puesto de tres asientos, dejando a Lucrecia en el medio de sus dos hermanas mayores. Rigoberto y su mujer se ubicaron en el asiento de al lado. Las tres niñas se durmieron casi inmediatamente al arrancar el autobús. La madre se recostó a la ventanilla con los ojos cerrados rezando y tratando de dormir y Rigoberto iba pendiente de la carretera. Esas curvas del páramo siempre le causaban temor y los bruscos movimientos del conductor al momento de tomarlas lo hacían estremecer. Cada cierto tiempo sacaba la carterita de aguardiente envuelta en una bolsa de papel y se tomaba un trago para que lo ayudara a encontrar el valor perdido.

El viaje se le hizo eterno. Sintió un poco de alivio cuando el sol empezó a clarear y la vía se veía con nitidez. Era obvio que el chófer conocía la sinuosa carretera de memoria, pero Rigoberto no podía evitar su pánico. Ni siquiera se atrevía a mirar a los lados porque la visión de los barrancos infinitos de la montaña le producía un terrible vértigo. Para no tener que asomar la cabeza por la ventanilla para escupir el chimó, se apertrechó con un cartón vacío de leche donde lanzaba los escupitajos marrones cada cierto tiempo.

Por fin llegaron a La Parroquia. La Plaza ya empezaba a mostrar actividad de feria. Las chicas estaban felices. Para ellas las fiestas de La Candelaria eran una divertida aventura que esperaban ansiosas todos los años. Estrenaban vestidos y era el día del año en que su papá nunca se ponía de mal humor y las complacía comprándoles algodón de azúcar y cotufas saladas y acarameladas.

En casa del compadre Golfredo, el prefecto de La Parroquia, padrino de Milagros, la mayor de la hijas de los Altuve Urdaneta. Como todos los años, los recibieron con un rico desayuno de arepas de harina de trigo, chocolate caliente y queso rallado y, después de comer, le dieron prestadas las sillas y las mesas con las que montarían su tarantín debajo del árbol de mamón en la esquina de la plaza, frente a la prefectura.

A las nueve de la mañana ya la plaza estaba a tope. Se veían pasar de un lado a otro a los vasallos de La Candelaria ataviados con sus coloridos trajes fucsia, celeste, rojos, amarillos, parecidos a los de los toreros. Con alpargatas y estrambóticos sombreros de ala ancha de colorines también, con borlas pequeñas colgando en el borde y amarrados por una cinta de color al mentón. En la mano llevaban el bastón de madera  y la maraca de los bailes en honor a la virgen.

La plaza era una algarabía. En la caminería del borde y en las aceras frente a las casa de los parroquianos había mesas en las que vendían diferentes objetos y comidas. Pasteles de carne y arroz, pasteles de queso, aliados o templones, esa gelatinosa chuchería hecha con la jalea que se obtiene de la cocción de las patas de res, tuétano y papelón de azúcar, melcochas de coco, dulces abrillantados, cotufas y algodones de azúcar, chicha de arroz y chicha andina de maíz con guarapo de piña fermentado. También había mesas de juegos, bingos, magos y adivinadores…

Junto al puesto de Rigoberto se ubicó en una pequeña mesa un extraño hombre de barba entrecana y mirada intensa, vendiendo largos cirios de color amarillo, adornados con cintas con el tricolor de la bandera de Venezuela trenzadas en mitad de las velas con un lazo. Los cirios estaban perfectamente ordenados por orden de tamaño y a un costado de la mesa había estampitas y medallas de la virgen de La Candelaria y del Perpetuo Socorro, mezcladas con las de María Lionza, el Negro Primero y el indio Guaicaipuro. Manos de azabache y pulseras con peonías y azabaches y algunas pepas de zamuro.

Era la primera vez que Rigoberto veía a ese hombre en las fiestas y le llamó la atención que en una fiesta religiosa alguien vendiera ese tipo de objetos usados en brujería. De vez en cuando, Rigoberto se sorprendía mirando fijamente los negros ojos del hombre que le respondía con una mueca que intentaba ser sonrisa e inclinando la cabeza.

Sonaron las campanas de la iglesia, señal de que la misa había terminado. Rigoberto le dijo a su mujer que llevara a las niñas para que vieran el baile del sebucán que ya iban a empezar a tejerlo los vasallos frente al templo.

Milagros y Fabiola agarraron cada una de una mano a Lucrecia y fueron a buscar puesto entre la multitud para ver como al ritmo de la música, los vasallos, dando pequeños saltos unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda, iban girando y tejiendo una trama de rombos hechos con gruesas cintas multicolores alrededor del palo para luego invertir sus movimientos y destejerlos. Era como un baile mágico para las niñas.

Después vino el baile del “lo lo lo ló, lo lo lo ló” de los vasallos con sus bastones de madera y sus maracas, lanzando versos a la virgen y escenificando las diferentes etapas de la siembra en el campo, hasta terminar con el entierro del gallo y ese baile alrededor del hermoso gallo metido en una jaula de alambre y madera y los vasallos bailando y saltando alrededor, escapando de los violentos bastonazos que con fuerza se lanzaban unos a otros haciendo zumbar la madera en el aire y obligándolos a brincar para esquivar el golpe.

La fiesta daba todo de sí para que la gente se divirtiera. Los juegos de los muchachos hacían que la multitud se alborotara en un solo griterío. El público aupaba con gritos y aplausos a los chicos que intentaban coronar el palo encebado para ganarse la moneda que habían puesto en el tope del mástil. La carrera de sacos y el corretear tras el cochino encebado hacían que la gente se desternillara de la risa.

Rigoberto se paró y dio unos pasos para estirar las piernas. Se acercó a la mesa del enigmático hombre y empezó a curucutear los objetos. Miraba las estampitas con curiosidad. Las pulseras de peonías con la mano de azabache le parecían bonitas para sus hijas. Las velas con el lazo hecho con la bandera nacional atada en medio, le llamaban la atención.

El hombre desde su silla, lo dejaba hacer y lo observaba sin decir nada.  Hasta que Rigoberto le preguntó para qué se usaban las pulseras y la pepas de zamuro.

-Las pulseras son para proteger a los niños del mal de ojo. Siempre es bueno que las criaturas pequeñas lleven una puesta porque uno nunca sabe cuando la mala energía puede hacer efecto. Y la pepa de zamuro es algo que uno siempre debe llevar en el bolsillo para protegerse de las malas energías y de los espíritus malignos. Yo las preparo en forma de reliquia en una bolsita de estas –tomó una pequeña bolsa de hilo rojo tejido- les pongo la pepa de zamuro, una mano Todo Poderosa y una medalla de las tres divinas potencias, una ramita de ruda y las rezo durante siete noches a la luz de una vela roja. Con eso en el bolsillo, no te cae ni coquito.

-uuuhmmm

El hombre de repente, tomó la mano de Rigoberto con fuerza y le estiró los dedos. Miraba la palma de la mano sin decir nada. Con el dedo índice iba recorriendo cada una de las líneas. Cerró los ojos un instante, echó hacia atrás la cabeza y, mirando fijamente a Rigoberto, le dijo:

-Esa mujer le echó una vaina. Le montó un trabajo para que no pueda levantar cabeza nunca más. Por eso la hija suya, la menorcita, nació así. Fue un trabajo que le montaron y con los años va a ir cobrando más fuerza porque fue enterrado en un cementerio. Yo se lo puedo quitar, pero tumbar ese tipo de brujería es un trabajo largo. Si usted quiero podemos…

-No, mijo. Yo no creo en esas vainas…

-A varios que han dicho lo mismo los he visto venir después suplicando…

-No. No. Esas son zoquetadas. Los que creemos en Dios y la Virgen estamos ya protegidos contra todo mal.

-Bueno. Compre un cirio de La Candelaria, entonces. Para que la luz de la virgen lo ayude y acompañe.

-Eso sí. Véndame este, para que la virgencita me alumbre el camino. Este año me voy a Caracas a probar suerte. El páramo ya no da para más y las niñas ya tienen que empezar en el liceo. No quiero que se queden brutas como yo.

-La capital está creciendo rápido. Hay muchas industrias y compañías extranjeras que se están instalando allá. El futuro está en Caracas. El petróleo está haciendo que esa ciudad se convierta en una metrópolis y todo el que llega se hace rico rápido porque hay mucho real en la calle.

-Eso me han dicho. Yo tengo fe en que me va a ir bien…

El hombre metió el cirio en una bolsa de papel y se lo tendió a Rigoberto.

-Tome. Al no más llegar a Caracas, préndaselo a la virgen para que lo ilumine… Ah, y tome, le regalo esta pepa de zamuro para que lo proteja. Pero sepa que ese trabajo que le montaron va para peor. Si no hace algo…

-No hombre, con Dios y la virgen siempre.

Terminó la fiesta. Hora de recoger los bártulos y prepararse para regresar.  Rigoberto y Golfredo se abrazan con estruendosas palmadas en la espalda:

-Bueno, compadre, que Dios los lleve con bien. Cuida a las niñas y a mi ahijada especialmente –Dijo Golfredo, bendiciendo con la señal de la cruz en la frente a Milagros y deslizando a escondidas en su mochila un sobre con un fuerte.

-Gracias compa, hasta el próximo 2 de febrero, si Dios y La Candelaria lo permiten.

-Lo vi conversando mucho con El Brujo, compadre. Tenga cuidado que ese hombre no me gusta. Demasiado charlatán y embaucador…

-Tranquilo, compadre. Yo no creo en esas vainas. Parece un buen tipo, pero igual no creo que lo vuelva a ver.

Continuará…
Primera entrega http://wp.me/s2UoX7-hilaria
Segunda entrega http://wp.me/p2UoX7-1ZQ
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