El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Archivo para el día “julio 6, 2013”

“Tengo un sueño”… (Que alguien, por favor, me despierte ¡YA!)

sueño

Como buen hijo de bodeguero de pueblo, uno de los juegos favoritos de mi infancia consistía en jugar a “la tiendita”. Bastaban unas latas vacías de diablitos y sardinas para hacer con barro unas tortas para vender. Una tapa de lata de leche colgando de pabilos, servía de peso, la mesa de planchar de mi madre fungía de mostrador y cuanto envase de cartón, lata o papel usado nos tropezáramos en la vía, valían para pasar tardes enteras divertidas de juegos infantiles. Después, vinieron los estudios y los primeros trabajos, pero parece que el espíritu de pequeño comerciante seguía rondando en el subconsciente, corría por los genes.

Lo cierto es que la cosa terminó siendo así: el pequeño hijo menor del bodeguero de La Parroquia, de joven, mientras estudiaba, y después de graduado, soñaba con llegar a ser un profesional, montar su propio negocio, tener un pequeña empresa que le permitiera vivir bien, desarrollar su carrera sin depender de nadie. No tener jefes, ni horarios, ser independiente, La aspiración era que uno fuese su propio jefe para hacer lo que se le viniera en gana,sin tener que cumplir horarios, ni rendirle cuentas a nadie. Uno sueña en sus primeros trabajos con que los tiempos de empleado quince y último, de asalariado, terminen al montar su propia empresa. Pero, como pasa con muchos sueños, en algún momento se tornan en pesadillas.

Un buen día, después de años de ser empleado, cobrando un sueldo mensual, más vacaciones y utilidades, decides dar el paso. Renuncias a tu empleo e inviertes lo ahorrado en esos años de asalariado, en un pequeño negocio con la esperanza de que sea próspero, crezca y poder, con el tiempo, dedicarte a disfrutar de las rentas que el negocio rinda.

El inicio es duro. Tratas de cubrir los gastos operativos. Las cuentas por pagar terminan siendo una tortura china cada vez que llega la hora del cierre del día y ves que lo vendido no da pero cubrir los gastos. Pero al día siguiente, la venta mejora y se equilibran las cuentas. Respiras aliviado. Parece que vas a lograr superar la prueba. El pequeño negocio comienza a coger forma y a despegar.

En mala época, el país entra en crisis en el preciso momento cuando piensas que la pequeña empresa comenzará a dar dividendos. Las ventas descienden a la mitad justo un año después de que has contratado a un buen empleado fijo y a uno que viene dos veces por semana porque ya la empresa se mueve tan bien que necesitas ayuda.

Los ingresos disminuyen de tal manera con la crisis que apenas logras cubrir los gastos del sueldo del fiel empleado fijo, del alquiler, del local, de los servicios… Prescindes del del trabajador a destajo para bajar los gastos, ya te apañarás sin él,  y tu sueldo lo cobras cuando hay. Dejas de comprar jamón y pescado para empezar a consumir mortadela y sardinas enlatadas. ¡Ni pensar en tomar vacaciones!

Al fin de año, contra viento y marea, logras cumplir con los compromisos patronales y mientras en la cuenta de tu empleado se depositan las utilidades y prestaciones, las tuyas están vacías. Eres un empresario responsable y orgulloso pero no tienes ni para comprarte una camisa para estrenar el 31 y recibir el año como Dios manda.

No importa. Parece que lo peor está pasando y para el próximo año las cosas mejorarán. ¡El negocito al que nadie le arrendaba las ganancias, venció la crisis! Pero sigues sin un centavo en el banco. Lo que entra sale. No desistes. Con la frente erguida, citas al negrito Martin Luther King: “Tengo un sueño”.

Todo empieza a remontar. Las ventas mejoran un poco cada día y las deudas empiezan a ser saldadas. Cuando estás convencido de que será un buen año, vence el contrato de alquiler y te sorprenden los dueños del local con un 120 por ciento de aumento en el canon. ¡Justo cuando ya el punto está hecho!

Hablas con el dueño. Berreas, pataleas, explicas y suplicas. Lo máximo que consigues es que el aumento sea de 100 por ciento. Ni modo, a tratar de mejorar las ventas para poder cubrir semejante aumento -ni pensar en mudar el negocio, habría que dar 4 meses de depósito más un mes adelantado y no tienes ese dinero. Además, ya has hecho una clientela fija donde estás-. Ni modo, habrá que esforzarse no solo pare cubrir ese aumento, sino para cumplir con los pagos de impuestos, de permisos, de patentes… y los benditos recibos de servicios que no parecen dejar de aumentar.

Otro año más en que no podrás tomar vacaciones. ¡Ya pierdes la cuenta de cuántos llevas sin tomarte aunque sea un fin de semana largo! Pero tu sueño de infancia merece el sacrificio -tratas de convencerte-.

El sueño sigue en pie. Ahí vas con la mejor energía y disposición. Si pasaste semejante crisis, lo que viene tiene que ser coser y cantar. ¡Qué bien le está yendo al negocio! Parece que por fin va a despegar y, de repente, ¡una devaluación! Una nueva crisis. Otra vez la reducción de gastos y sentir que por tercera vez se empieza de cero. Miras al buhonero que vende en el semáforo frente a tu negocio y piensas en lo bien que le debe ir sin tener que pagar impuestos, alquiler, empleados, permisos, patentes, servicios. ¡El hombre en la calle vende los productos al mismo precio o más caro que tú!

No te gusta mucho el matiz que está adquiriendo tu sueño. Siguen pasando los años. Cada nuevo vencimiento del contrato de alquiler, el dueño del local que piensa que tienes que trabajar solo para pagarle a él, te duplica el canon, cuando no pretende triplicarlo. El tiempo transcurre y ya has perdido la cuenta de cuántas crisis has superado y cuántos atracos has sufrido, porque la inseguridad es otro karma al que como emprendedor has tenido que enfrentarte. El sueño de ser empresario para hacer lo que querías es una pesadilla de facturas y recibos. El pequeño que hacía tortas de barro en las latas vacías es una quimera. Miras con cierta envidia a esos amigos que piensan que escrúpulos es el apellido de un jugador de la selección de fútbol griega,  a esos que descaradamente emprendieron negocios corruptos con el gobierno. Esos sí, en dos años, se hicieron tan millonarios que, si quieren, no trabajan el resto de sus vidas.

Pero Murphy no se equivoca y lo que puede ser peor, será obstinadamente peor. “Tengo un sueño” -piensas en el negrito- pero que por favor alguien me despierte”. Un buen día aprueban una ley del trabajo que establece que los empleados trabajan solo 40 horas a la semana y que deben gozar de dos días libres continuos a la semana. Mientras tanto, tu debes trabajar de lunes a lunes, si quieres que el negocio siga funcionando y producir los suficientes ingresos para vivir tú y pagarle a fin de año prestaciones y utilidades a ese bendito empleado.

Entonces, un día, el empleado de marras, pide sus vacaciones. Al sacar las cuentas de los días que por Ley le corresponden, da un total de 35 (se lee ¡treinta y cinco!) días continuos. ¡Mas de un mes! Un largo mes durante el cual tendrás que seguir haciendo tus labores y suplir las de él.

Como buen masoquista empiezas a sacar cuentas, rumiando tu desgracia: El malparido empleado labora 5 días a la semana gracias a la “revolucionaria” Ley. Lo multiplicas por 4 para obtener un total de 20 días al mes. Este resultado lo multiplicas por 12 para saber cuántos días son al año: un total de 240 días. Lo divides entre 30 para saber a cuántos meses de trabajo al año corresponden esos 240 días: 8 meses. Interesante ¿No? De los 12 meses que le pagas al “mardito” empleado al año, resulta que sólo trabaja ocho. Cuando estás enardecido por semejante desafuero, caes en cuenta que aún es peor. A esos ocho meses de labor, hay que restarle poco más de un mes de vacaciones. Lo que indica que tu malnacido empleado ¡trabaja solo 7 meses, de los doce que le pagas!

¡Ah, pero, un momento! Esa cuenta no es exactamente así. A esos menos de siete meses tendríamos que quitarles dos días de carnaval y dos de Semana Santa y unos 10 días de fiestas nacionales, lo cual daría un promedio de unos 15 días libres adicionales.  Es decir que ese desgraciado termina trabajando, con suerte, 6 meses y medio al año. Eso, si no se enferma ningún día, si no te pide medio día para ir a hacer la cola para comprar leche o papel tualé y otro medio día porque llegó azúcar y pasta dental al supermercado. Si no se casa o se le muere un familiar. Si no se le enferma un hijo, si no le da la H1N1…

¡Máximo tu empleado trabaja séis meses y medio al año! Mientras tú, con mucha suerte, podrás tomarte libre 20 días, un mes a lo sumo, de vacaciones, tiempo durante el cual las ventas bajarán a la mitad, tu trabajo se irá acumulando y, al regresar, tendrás que ponerlo al día con un doble de esfuerzo.

Recuerdas con nostalgia los tiempos cuando jugabas a la tiendita, o cuando de recién graduado, soñabas con emprender un negocio. “Tengo un sueño” -Me cago en Luther King-. Miras con impotencia la pesadilla en la que se convirtieron juegos y sueños. Despertaste y lo que quisieras es correr a buscar un empleo. El sueño ahora es ser un quince y último, con tus vacaciones, utilidades, prestaciones, días libres, inamovilidad laboral y, además, el derecho a pataleo que te da la Ley, que siempre le termina dando la razón al trabajador, ¡incluso cuando este falta!

En tu fuero íntimo quisieras salir a gritar por la calle “¡quiero ser empleado!”. Es más, en esas condiciones, hasta esclavo quisieras ser. Ya no sueñas con ser un emprendedor independiente. ¿Para qué? si al final tendrás un negocio y trabajarás muy duro para poder tener un empleado que trabajará, a final del año, máximo 6 meses y medio mientras tú te partes el lomo de lunes a lunes, ganándole de velocidad a la crisis, a la escasez y a la inflación, enfrentando multas arbitrarias y matraqueo gubernamental cada vez que algún funcionario se antoje de tu negocio. Todo, para poder mantener la santamaría arriba y obtener las suficientes entradas para pagar el lujo que significa tener un hijodelagrandísima empleado en esta pesadilla de país.

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