El blog de Golcar

Este no es un reality show sobre Golcar, es un rincón para compartir ideas y eventos que me interesan y mueven. No escribo por dinero ni por fama. Escribo para dejar constancia de que he vivido. Adelante y si deseas, deja tu opinión.

Volver a la infancia con una Paradura de Niño

Al poco tiempo de haber vivido la hermosa experiencia

narrada en esta crónica,aaaelba
me llegó la noticia de la muerte de Elba Toro.

Esta constituyó su última paradura

de niño y yo tuve el honor y el privilegio de estar allí para vivirla con ella.
 Quede esta crónica como homenaje y muestra de cariño y admiración por esa gran mujer merideña.

Cuando era un niño, una de las maneras que mis hermanos encontraban divertida de hacerme rabiar hasta las lágrimas era diciéndome que me meterían en la escuela de música a estudiar violín.

Yo pataleaba, lloraba, chillaba, berreaba, gritaba que ¡NO! y llegaba casi al histerismo, hasta que alguno se compadecía de mi furia y me decía que eran mentiras, que era solo una mamadera de gallo. Yo sollozaba y poco a poco lograba tranquilizarme.

Como comprenderán, al ser el menor de 13 hermanos, siempre a alguno, en

cualquier momento de aburrimiento, se le podía ocurrir la jugarreta y yo, más que ingenuo, medio bobo, volvía a montar el show, hasta que se compadecían y, entre carcajadas, me aclaraban que todo era un juego.

Esta broma, como muchas otras con las que se divertían mis hermanos, tenía su época del año en que se hacía con más frecuencia. Por ejemplo, en Semana Santa, el juego consistía en que yo era Jesús al momento de la resurrección. Para tal efecto, me ubicaba detrás de un muro, agachado debajo de una ventana y alguno de mis hermanos debía decir:

-Gloria a Dios en las alturas.

En ese momento, yo, con mis brazos extendidos hacia arriba, emergía detrás del muro, lentamente, como había visto que lo hacía María Montilla, encarnando el papel del Jesús resucitado en la iglesia de La Parroquia, todos los sábados de Gloria a las doce de la noche.

Siempre, irremediablemente, alguno de los presentes se encargaba de hacer alguna broma que me saboteaba el juego, me hacía reír o rabiar y, cómo Sísifo,

En mi familia, los niños son los protagonistas de las paraduras

el acto debía comenzar otra vez. Así podían pasar horas, ellos prometiendo que esta vez sí me dejarían hacerlo bien y con seriedad y yo agachándome detrás del muro para la actuación.

En una oportunidad, recuerdo, lo hicimos en un pipote inmenso que acababan de comprar para la basura en el que cabía yo completico y, como tenía tapa, se prestaba para que al momento de decir el Gloria, yo lanzara la tapa con estruendo y saliera con gran dramatismo, en mi acto de resurrección.

Pasamos horas en el juego. Una de las bromas que consiguieron en esa oportunidad mis hermanos para sabotear, fue sentarse sobre la tapa del pipote de modo que, cuando decían “Gloria” y yo intentaba salir, el peso sobre la tapa me impedía emerger. Me desesperaba, lloraba y, bajo la promesa de “Esta vez sí”, volvía al pipote y se repetía la historia hasta el tedio…

Ser el menor de 13 hermanos tiene muchas ventajas, pero tiene otras tantas desventajas, como ven.

La amenaza de ponerme a estudiar violín ocurría, por lo general, para los días de enero, cuando en Mérida se celebran las Paraduras de Niño, ceremonias en las que la música se acompasa, principalmente, al ritmo del violín, para conmemorar el pasaje bíblico según el cual el niño Jesús se perdió a los doce años en Jerusalén y fue hallado a los tres días en el templo.

De niño detestaba el sonido del violín en las paraduras

¡Cómo detestaba ese sonido destemplado que salía del roce del arco contra las cuerdas! Era como un llanto de gatos metidos en un saco. Me imaginaba obligado a estudiar violín y sacando esas melodías con el instrumento y enfurecía.

Con el tiempo, aprendí a apreciar y disfrutar la hermosa música que puede salir de las cuerdas del violín bien ejecutado, pero el recuerdo del destemplado instrumento durante las paraduras se ha mantenido clavado en mi cerebro como una tortura.

Este año, a principios de enero, tuve oportunidad de volver a escuchar, después de muchísimos años, las notas del violín en una paradura pero el sonido que detestaba se volvió nostalgia, y el odio que recordaba tenerle trasmutó en ternura. El violín ahora suena como una plegaria desgarrada, como una sentida oración, una petición, un ruego que en las palabras del rosario dice:

“Niño bendito, divino y glorioso,

haz que mis penas se conviertan en gozo”

Cuando los músicos en casa de Elba Toro, en Zumba, una pequeña urbanización de Mérida, comenzaron a ensayar las canciones de la paradura y sonaron los primeros acordes del violín, volví a tener 10 años y las imágenes actuales se mezclaban con aquellas en mi cabeza de niño, cuando recorríamos las calles de La Parroquia tocando de puerta en puerta al ritmo del villancico:

“-Tuntún,
-¿quién es?
-Gente de paz. Ábranos la puerta
Queremos entrar”.

Es que algunas paraduras de niño eran una verdadera fiesta patronal y la procesión buscando al niño de casa en casa alcanzaba una gran multitud que caminaba con velas encendidas por las calles del pueblo hasta encontrar la imagen del Divino Niño en alguna vivienda y ponerla sobre un pañuelo de lino blanco que sería asido en cada una de sus puntas por los cuatro afortunados padrinos escogidos para la ocasión quienes, con una mano sostenían el pañuelo y, con la otra, un cirio grande encendido para encabezar el regreso del niño a su puesto en el pesebre.

A partir de ese día, la imagen del Niño Dios permanecería parada en su portal hasta el momento en que se levanta el pesebre que, en algunos hogares, no se quita hasta el 2 de febrero, día de La Candelaria y cuando, oficialmente, termina la época de navidad.

Ya la noche anterior, en mi casa de La Parroquia, en la intimidad de la familia

Buñuelos en miel, vino Pasita y bizcochuelo son platos típicos de la Paradura

(se pueden imaginar lo que significa “intimidad de la familia” en una casa de 13 hermanos y como setenta sobrinos y sobrinos-nietos con esposos, esposas y uno que otro primo o amigo invitado), habíamos realizado nuestra sencilla paradura que sólo consiste en rezar el rosario, pasear al niño por la casa, besar los pies de la imagen en señal de adoración, retornarla a su pesebre para que permanezca de pie y luego compartir un vaso de vino pasita -es el que se usa para la ocasión-, bizcochuelo y buñuelos de harina de trigo, de maíz, yuca, auyama y apio sumergidos en miel especiada con clavitos de olor.

Pero la paradura en casa de Elba es más grande. A su casa llega un gentío y para la celebración contratan músicos que se dedican especialmente a estas fiestas y que son contactados desde los primeros días de octubre si se quiere contar con ellos pues, de dejar la contratación para más tarde, se corre el riesgo de que no tengan fechas disponibles.

Elba Toro, orgullosa y cariñosa matrona.

Un beso al Niño Jesús en señal de adoración

Esta paradura la hacen en la mañana y mientras iba camino a la casa de Elba recordaba que, cuando yo era pequeño, ir de mi casa en La Parroquia a la de ella en Zumba, era toda una aventura. Era un paseo a través de monte y cañaverales, por caminos de tierra en los que nos podíamos extraviar, o ser sorprendidos por animales o fantasmas, o ser robados por brujas…

Hoy, se trata solo de atravesar unas cuantas calles asfaltadas pasando por urbanizaciones colmadas de casas a ambos lados de la vía. En cuestión de máximo cinco minutos uno se encuentra en aquella casa a la que hogaño organizábamos paseos para hacer sancochos y bajar a la orilla del río.

Con mis ojos llenos de niñez, llegué con mis familiares a casa de Elba, contemplé el bello pesebre de papeles de colores con tres nacimientos y luces intermitentes. Saludé a la bella, simpática y orgullosa dueña de casa quien logró con su trabajo y esfuerzo levantar un hermoso hogar en cuyos terrenos algunos de sus hijos construyeron sus casas.

Cariñosa, recordó viejos tiempos de cuando ayudaba a mi mamá. Me hizo el honor de nombrarme padrino de uno de los 3 niños del pesebre. Nos brindó de su vino y bizcochuelo. Nos deleitó con sus sabrosas hallacas. Y, sobre todo, con su fiesta y su música de violín, guitarra, cuatro y charrasca, me regaló, una vez más, mi infancia.

(Enero, 2012)

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10 pensamientos en “Volver a la infancia con una Paradura de Niño

  1. ydacira montilla p. en dijo:

    hola golcar como esta, muy bonito el tema se las paraduras, q tiempos aquellos como disfrutamos de esas paraduras, da nostalgia, todavia las vivo en compania de la familia. los recordamos con gran carino,tiempos que no vuelven. Tila Montilla.

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  2. la bea en dijo:

    Donde yo viví mi infancia no se usaba la paradura, luego, en la adolescencia, tuve la fortuna de que se mudaran al lado de mi casa la familia Dugarte Bravo, la señora era merideña y fue allí donde conocí esta hermosa tradición. Este escrito de hoy me hizo llorar, primero: porque yo también soy la menor de mis hermanos y sé cómo es la cosa de las bromas y la jerarquía y todo eso que sólo sirve para que nosotros los benjamines desarrollemos una inteligencia especial ja ja ja ja. Segundo: porque allí describes la fantasía infantil de una manera muy bella. Gracias y un beso.

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  4. Pasan y pasan los años y el recuerdo de esas vivencias siempre nos haran reir y relatadas a tu manera, no dejan de arrancarnos una que otra lagrimita sobre todo al recordar personajes como Elba y familia.
    Creo que no recuerdas cual era la finalidad de tus estudios de violin; Tenían un loable fin, acompañar las visitas de los novios de tus hermanas solteras; ja ja ja .
    Por favor una próxima entrada con las ventajas de ser el menor, porque dá verguenza con la gente, ja ja ja

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  5. Así es. Un texto entrañable. Vai Golcar, decíme como votar, que hasta ahora no he podido, esa blogosfera es una ladilla y no tengo tiempo de figurarme el mecanismo….

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  6. Zoleiva Rojas de Santos en dijo:

    Precioso tu escrito, nos reimos a carcajadas con tus cuentos y recordamos viejos tiempos de paraduras y otros eventos, porsupuesto no faltaron mis lagrimitas nostalgicas, besos

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    • Fanny Moreno en dijo:

      Hola Golcar…qué bonito recuerdo, nací también en La Parroquia, soy contemporánea de su hermana Moraima con quien estudié en el colegio del pueblo.

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